¡Mío, mío, mío!

Cualquiera que me conoce o ha visto este sitio a fondo, sabe dos cosas de mí: una, me gusta el slash y dos, odio el porno mal hecho. Es por eso que recibo con tanta alegría aquellos trabajos que no sólo están bien hecho, si no que son slash.

En esta ocasión, mi gusto se debe a un preciosísimo regalo que me hizo mi melli Selene. Se trata de un shot acerca de Tilde, mi más reciente vampiro, y Pierrot, un klowny creado por ella para su fandom Flor Imperial. Ambos, más otro montón de personajes, se ven involucrados en el roleo que llevamos a cabo y pueden encontrar aquí. Sobra decir que ella tuvo mi permiso para usar mi personaje y que ella me dio el suyo para traer el trabajo aquí, pero si cualquiera de nosotras vislumbra un plagio tanto de uno como de otro habrá que decir lástima por el desafortunado. Alguien lo dirá. Yo sólo me reiré cuando acabe de machacarlo.

Hay porno, sí. Y no es rosa, cliché, ni lindo. De hecho es sangriento, crudo y roza lo perturbador. ¿No suena demasiado tentador? Las críticas para elevar el ego de mi melli o ayudarla solamente. Con el resto haré lo que se me venga en gana.

Y sí, esta entrada es para presumir que tengo amigas muy buenas. Por si quedaban dudas.

Placer culpable

por Selene18

Habían pasado infinitas noches desde que ese ser lo había atacado.

Aunque sus heridas físicas habían sanado gracias a los cuidados y al suministro de azúcar extra a su organismo, lo cierto era que nunca más volvería a ser el mismo. Esa tarde, una parte de su alma había sido arrancada y destruida para siempre, además de haber lesionado seriamente su salud mental.

Las primeras noches tras el ataque, Pierrot no podía dormir; innumerables pesadillas lo acosaban, perturbando constantemente su sueño. Cuando creía abandonarse a aquel placentero estado de inconsciencia —buscando olvidarlo todo— resultaba que los dolorosos horrores vividos esa tarde volvían con más nitidez que nunca. Segundo a segundo, Pierrot veía una y otra vez a aquel ser —que de klowny no tenía nada— clavando en él sus ojos dorados, cargados de lascivia y sed de sangre dulce.

—Ni pesadilla, ni un sueño —le susurraba ese monstruo una y otra vez—. Tan real como la muerte.

Pero aquello no era lo peor, sino que no conforme con el horror que experimentaba mirar a esa criatura —parida sin duda de alguna oscuridad pestilente e infinita— dentuda, veía con una mezcla de horror y lascivia como ésta hundía sus colmillos en su sexo ya erecto, sacándole la sangre que allí se acumulaba debido al placer que su nefasto hermano mayor le obligaba a sentir.

Entonces, en esos segundos, se mezclaba el horror y el dolor con el placer, desencadenando una oleada de sentimientos de culpabilidad dentro de Pierrot, cuando éste despertaba azorado, más pálido de lo que ya era, bañado en completo sudor, y con una gran erección pujando por salir de su pijama. El klowny no entendía esto pues creía que era imposible sentirse excitado por estos espantosos recuerdos; muy a pesar de que su mente se negara a desvanecer la escena final, donde gritaba en medio del orgasmo, y bañado en sangre, como un unicornio herido.

Ni pesadilla, ni un sueño…

Tal real como la muerte…

Tan real, tan real…

Ni un sueño…

Ni un sueño…

La voz de ese vampiro retumbaba en sus oídos noche tras noche, causando que su sueño se rompiera en pedazos, dejándolo no sólo asustado y débil por el trasnocho continuo, sino experimentando un placer culpable al recordar lo inflingido en su cuerpo, y la forma en que lo disfrutó, muy a pesar de todo, muy a pesar de que reía entre lágrimas, muy a pesar de que durante esos segundos de placer forzado, quería tirarlo todo por la borda.

Sin ilusiones, sin engaños, sin hipocresías, ¡esto es la realidad!

 

Pierrot se llevó las manos y se cubrió sus largas orejas.

Ríndete y admite que perdiste. Será más honesto contigo mismo, al menos.

— ¡Cállense! ¡Cállense de una vez, malditos! —gritaba, preso de dolor y del pánico —. Váyanse de mi mente… por Korr, no sé si podré seguir…

En más de una ocasión había contemplado la idea del suicidio, pero terminaba descartándola. Pensaba en su familia, y en Jester, que estaba la mar de preocupado. Lo recordaba acudir religiosamente cada día y dispensar la mitad de su tiempo alimentándolo y atendiéndolo. Pierrot, sabedor que en más de una ocasión le había fallado y herido sus sentimientos, no tenía corazón para defraudarlo más de lo que ya lo había hecho. Tenía que vivir, y de alguna manera hallar una solución a este cruel desatino.

Sin embargo, esta noche Pierrot volvería de improviso a enfrentar sus miedos.

_____________________________

Esa noche era distinta de las demás; aunque era fría, la brisa no era fresca, sino enrarecida. Además, a diferencia de las otras, Pierrot se sentía más tenso de lo que usualmente se sentía.

Justo en el momento que aprovechaba para acurrucarse en la cama e intentar dormir, una voz suave lo sobresaltó.

—Buenas noches.

Menos mal que estaba sobre la cama, porque de haber estado en pie, las piernas le habrían flaqueado y lo habrían desplomado de una contra el suelo. Comenzó a retroceder, ayudándose con las manos, mientras su indeseado —pero conocido— visitante le sonreía, sin moverse ni un ápice.

Era Tilde, el monstruo que transformó su vida y la había convertido en un maldito infierno.

—Vete de aquí. —le dijo Pierrot, procurando mantener la voz neutral —. Vete, ya me causaste suficiente daño.

Tilde sonrió, y por un momento, su dentadura se veía normal. Mantuvo la compostura, a pesar de las palabras de Pierrot.

—Qué grosero, Pierrot. Sólo vengo a hacerte una visita de cortesía, para saber como estás. —contestó, con cierta afectación en su voz —. Ya sabes, me quedé muy preocupado por dejarte en un estado tan lamentable.

—Vete, no te lo repetiré. —insistió Pierrot, sacando una mano de naipes brillantes. Esta vez el hijo de puta de Myrrot no estaría para impedirle usar su magia —. Acércate y te hago tragar esto para que explotes, maldito.

Tilde negó suavemente con la cabeza.

—No me lastimarías, Pierrot. —dijo éste —. Puedo tomar serias represalias si lo haces, y creo que no lo querrías. Piensa en ese payasito que te observa con tanto amor.

Los ojos de Pierrot se dilataron.

— ¡NO TE ATREVAS! —vociferó —. NO toques a Jester, ¡déjalo fuera de esto!

Tilde volvió a negar.

—Lo siento, pero desde que fue a golpear a Myrrot a su casa, pienso que él también está metido oficialmente en esto. No sé cómo lo sabe, pero lo sabe, aunque no tiene pruebas…— se lanzó rápidamente hacia Pierrot hasta quedar sentado frente a él y acorralarlo contra la cabecera de la cama. —. Y tú tampoco las tienes, querido. Las mordidas que te dejé sanaron ya, incluso tus manos, que fracturé muy a gusto.

Tomó con fuerza las muñecas de Pierrot y la apretó firmemente. Podía sentir el hueso justo bajo su palma.

—Baja tus naipes, Pierrot. No vengo a hacerte más daño del que tengo pensado…— le dijo en voz baja —. Será un daño que estoy seguro que disfrutarás.

—Mientes. —negó Pierrot, bajando la mirada —. No te creo nada.

—Vamos, precioso, el de las mentiras no soy yo y lo sabes bien. —contestó Tilde —. Te seré franco: vengo a beber un poco de ti y a divertirme de nuevo contigo, pero a solas. Es todo.

Bajó la mirada y se percató de un abultamiento sospechoso entre las piernas de Pierrot. Tilde sonrió y entonó con dulzura.

—Oh, el pequeño klowny está caliente, a pesar de que el miedo y el rencor lo carcomen. —sonrió con cierta indulgencia —. Escucha Pierrot: déjate de amenazas absurdas y baja la guardia. Si lo haces, seré suave contigo.

Pierrot lo miró fijamente; sentía los ojos punzarle por la inminente caída de sus propias lágrimas. Bajó la vista apenas se percató de ello, contrayendo la cara.

— ¿Por qué demonios haces esto? —preguntó, haciendo desvanecer los naipes en su mano —. Ya complaciste a Myrrot, que según tú, te ayudó mucho… ¿qué diablos quieres de mi ahora? ¡Ya me despedazaste suficiente!

Tilde volvió a sonreír con su indulgencia acostumbrada.

—Nada, Pierrot. No quiero nada de ti. —aflojó un poco el agarre en una de sus muñecas, y con la mano libre, tomó la barbilla del klowny para alzarle la mirada —. Sin embargo, resultaste ser un platillo demasiado delicioso como para saborearlo sólo una vez. Digamos que vine por más.

«Esto no puede ser…»

—Puedo oler la sangre que se acumula entre tus piernas. —susurró Tilde —. Va de tu cuello hasta ella. Es imposible que disimules lo mucho que te gustan mis colmillos, ¿eh?

Dicho esto, chasqueó los labios y esbozó una sonrisa que dejó ver unos enormes caninos. Pierrot se estremeció de pies a cabeza, pero a la par del temblor en su cuerpo, su rostro se tiñó de rojo y percibió un intenso calor en su entrepierna. Intentó alejarse, pero sólo se dio contra la sólida cabecera de la cama.

—Anda, deja los nervios, bonito. —le dijo Tilde, con cierta ironía en su voz; colocó un dedo en el costado del cuello de Pierrot, tan sólo para deleitarse con su acelerado pulso —. Sé que te gusta. Puedo leerlo en tus temerosos ojos.

El vampiro se acercó a su cuello, lo suficiente para asustar a Pierrot haciéndole creer que iba a morderlo, pero no hizo nada semejante. Sólo le deslizó la pijama negra, dejando al descubierto la piel grisácea, un poco distinta a la de Myrrot, que era azulosa, pero no por ello, menos tersa. Parecía una seda, un tacto imposible incluso en la piel humana más perfecta.

«No sé por qué aun tengo la sensación de que estoy soñando. —se dijo Tilde a sí mismo —. Un samaritano guapo se me ofrece para saciar mi sed sin mayores miedos, y además me ofrece casa y me ayuda a convertirme en klowny. Y ahora estoy dándome banquete con estas exóticas criaturas de sólo Satán sabrá qué dimensión. Definitivamente, esto es una locura.»

Dócilmente, Pierrot se dejó quitar la parte superior de la pijama, pero en sus ojos aún había miedo, e incluso llegó a atisbar algo que sorprendió mucho a Tilde: culpabilidad.

Culpabilidad ¿por qué? Alguien como Pierrot, que se presumía muy correcto, pero que en realidad era un jodido amoral promiscuo y ciertamente abusivo y engañoso, era muy difícil que sintiera alguna clase de remordimiento de consciencia por sus actos. Sin embargo, muy a pesar del temor y la forzada serenidad que el otro se imponía, podía verla: se sentía mal por todo.

—Sin duda alguna la consciencia te remuerde, Pierrot. —comentó Tilde en un ronco susurro —. Y verte sufriendo en silencio por tus “travesuras” es un espectáculo muy hermoso.

—Basta. —dijo Pierrot —. Haz lo que quieras hacerme y vete. No estoy de humor para chanzas.

—No, bonito. Sería mejor que te sinceraras contigo mismo y dejaras de una vez la puñetera hipocresía que tanto me molestó la vez pasada. Aún si fueses un ser patético, te tendría más respeto porque al menos lo reconocerías y serías sincero contigo y con los demás. —dijo el vampiro, sonriendo tranquilamente —. Prefiero que seas patético a que seas hipócrita.

— ¿Y a ti qué te importa? —dijo Pierrot, hastiado con todo aquello —. Déjame en paz, Tilde. Fóllame, chúpame todo lo que te dé la puta gana y lárgate. En serio, no quiero escuchar tus sermones, porque no eres mi papá.

Aquello molestó a Tilde; tomó a Pierrot del cuello y le apretó la garganta.

—Ya te lo he dicho cientos de veces, idiota; —le dijo, mostrándole los colmillos —. Deja de decirme qué hacer y qué no, porque tú tampoco eres mi padre. Me quedaré aquí y te haré todo lo que me dé la gana hasta cansarme ¿te ha quedado clarito?

Tras decirle esto, Tilde le arrancó con violencia los pantalones, hasta que tuvo a Pierrot totalmente desnudo y vulnerable.

—Si dices una estupidez más, te sacaré de aquí, te morderé y te dejaré desnudo donde todos te vean. Tal vez así vean quien es el gran Pierrot…— no pudo decir más porque se sorprendió al olisquear la sangre que de golpe bajaba al sexo de su víctima. Tilde sonrió ampliamente.

— ¿Te excita la idea de que todos te vean desnudo y humillado, Pierrot? —acarició los pálidos pectorales; sus dedos encontraron una de las tetillas, que retorció rítmicamente, disparando torrentes de calor al cuerpo de su presa —. Vaya, eres peor que tu hermano mayor.

El aludido no respondió; Tilde tomó su silencio por una muda aceptación.

_____________________________

Pierrot se sintió sumamente abrumado y dolido; Tilde no sólo abusaba de su cuerpo y de su psique, sino también de su autoestima, pisoteándola y haciéndola pedacitos. Lo peor de todo, es que tenía que aguantarlo, so pena de que el vampiro la emprendiera con Jester, cosa que Pierrot jamás se perdonaría.

—Fantaseemos un poco entonces, Pierrot. —propuso Tilde, acariciando con la uña el sendero entre sus pectorales, y bajando lentamente por la línea que separaba los abdominales. —. Imagina que de hecho, te he dejado desnudo frente a tus compañeros de horda, y que todos te señalan… ¿Puedes imaginar qué es lo que dicen? ¿qué es lo que cuchichean tanto?

Al principio, Pierrot se resistió a dejar que esa horrible y vergonzosa fantasía se colara en su mente, pero así como el placer se colaba a pesar de la culpabilidad y el miedo, así lo hacía ese pensamiento. Muy pronto se visualizó a sí mismo, desnudo en la tarima de la horda. Entonces, le llegaron los murmullos.

¿Pero no es ese nuestro líder Pierrot?

¿Qué hace el hijo de Kyrriot mostrándose impúdicamente en ese estado?

¿Qué no lo han oído? El es un inmoral. Se acuesta con todos.

Incluso le pareció escuchar que alguien decía entre risas que era un exhibicionista, y que era vergonzoso que un líder se dejara ver de esa forma.

— ¿Puedes sentirlo, Pierrot? Los dedos señalándote, las risas burlonas, los murmullos de estupefacción…— le susurraba Tilde, con voz ronca y acariciante —. Eres un amoral, un exhibicionista: la vergüenza para la horda entera.

¡Ya vístete!

¡Eres una vergüenza! ¡No queremos a un líder así!

¡Largo de aquí! ¡Vete a un maldito ratsushki, condenado infeliz!

Pierrot cerró los ojos con fuerza e intentó desvanecer esa horrible fantasía, pero ésta se negaba a dejar su mente; entre más pensaba en ella, más su cuerpo reaccionaba, tornándose ardiente y sensible a las caricias expertas de Tilde.

Cuando abrió los ojos, se consiguió con sus manos atadas hacia atrás. Pierrot forcejeó para aflojar las ataduras, pero Tilde sólo lo veía divertido.

—Relájate. —le dijo con cierto tono jocoso —. Esto le dará algo de sabor a la cuestión.

Tilde se bajó el cierre del pantalón, y Pierrot se percató que no usaba ropa interior de ningún tipo. Su miembro —de proporciones muy generosas— saltó a sus ojos febriles, ostentando su grosor y sus prominentes venas. Sintió su boca humedecerse por el más puro deseo.

—Ven, Pierrot, sé que te mueres de ganas por probarme. —le conminó Tilde, agarrándose el miembro y ostentándolo ante los ojos ardientes de su presa. —. No te cortes.

_____________________________

El vampiro dejó salir una risita mientras Pierrot engullía su miembro con ansiedad. Maldito degenerado de mierda, era igual o peor que Myrrot, de eso estaba seguro. Había algo de ambos que le fascinaba, y ese algo era que los dos proyectaban un masoquismo diferente: el de Myrrot era abierto y desinhibido, mientras que el de Pierrot era ciertamente enclosetado y manifestado a la fuerza. No sabía cual de los dos le agradaba más, pero aquello no importaba.

Observó a Pierrot cerrar los ojos y entregarse a su labor con ferviente ardor. Su cabeza se movía, profundizando la penetración, intensificando la succión. Joder, eran labios hábiles, de alguien que estaba acostumbrado a chuparla día entraba, día salía. En más de una ocasión Myrrot le había dicho que Pierrot era un promiscuo de mierda, y en estas cosas se le notaba. Decidió pincharlo ahora con eso.

—Me han contado que eres un promiscuo, Pierrot. —le dijo Tilde, aferrando algunos de sus mechones rojizos —. Te gusta meter la verga en cuanto culo deseable se te ponga enfrente. Por eso también te gusta ser líder ¿no? Bajo la excusa de ayudar, siempre estás procurándote algo de placer.

Pierrot hizo un mohín y trató de concentrarse en su labor, pero se veía que las palabras de Tilde lo incomodaron un poco. Después de todo, la verdad no duele pero si incomoda ¿no?

—Lo sé, la verdad duele, Pierrot. —le dijo Tilde, con su usual sonrisa indulgente —. Pero la cuestión no termina ahí. Toda esa promiscuidad que te cargas sería relativamente tolerable si no fuera por las cosas que te guardas y que pretendes disimularlas dando la apariencia de un líder perfecto, correcto y que nada se le escapa ¿cierto?

Hundió un poco más la cabeza de Pierrot, haciendo que su erección le llegara al fondo de la garganta. Tilde frunció las cejas mientras siseaba de placer.

— ¿Qué dirían si supieran que el líder es un masoquista que le gusta que le den duro hasta sangrar, que le metan el puño y le chupen algo más que su erección? —la sonrisa de Tilde se amplió —. Más de uno se entusiasmaría y vendrían a metértela a gusto, olvidándose que eres líder. Eventualmente te transformarías en la puta de la Horda y nadie te tendría respeto.

Pierrot se sacó la erección de la boca un momento.

—Basta. —retrucó —. Nada de eso va a pasar. Son sólo fantasías morbosas tuyas.

—Y tuyas también. Mírate, Pierrot: te estremeces cada vez que fantaseas con todo lo que hemos hablado. —le increpó el vampiro burlonamente —. Deja la hipocresía, bonito, es mejor que seas sincero contigo mismo y admitas que te encanta todo esto, aunque sea conjurarlo en tu mente.

_____________________________

¿Acaso decía la verdad? Por un instante, Pierrot bajó la mirada y se quedó pensando en lo que Tilde decía. Tal vez tenía razón. Tal vez lo mejor era admitir algunas verdades vergonzosas e incómodas. Después de todo, no servía de nada esconderlo, porque cada vez que se presentara algo relacionado con esas verdades, volvería a estremecerse y lo fastidiaría esa culpabilidad.

Y bueno, admitir que era un masoquista enclosetado frente a ese monstruo al menos no arruinaría su reputación, porque después de todo, la humillación era en privado, no pública. Si mantenía el pico cerrado y no decía nada, ¿por qué algún tercero tendría que enterarse de estas cosas? Y mal que mal, por lo menos Tilde no parecía dispuesto a revelar nada de lo que ocurría ahora mismo.

—Si por mi fuera, este secreto embarazoso quedaría enterrado para siempre. —repuso Pierrot, finalmente —. Pero gracias a ti, me veo forzado a admitirlo, ya que me vienes a sermonear sobre sinceridad y todo eso.

Tilde se apostilló visiblemente interesado en lo que Pierrot iba a decirle, o al menos eso le estaba dando a entender.

—Si, soy masoquista. Me gusta que me maltraten y me causen dolor durante el sexo. —confesó el klowny —. Pero me avergüenza tanto que me cuesta admitirlo abiertamente.

Alzó la vista y notó que Tilde lo seguía observando con interés, pero su expresión parecía decir “hey, te falta algo más”, así que se obligó a seguir hablando:

—Sí, me gustó lo que fantaseamos. Me excita la idea de que me humillen en público y rieguen mis intimidades. —la voz de Pierrot era dificultosa y bastante baja, casi susurrante —. Y también disfruté cuando me mordiste el miembro y me penetraste con tu mano completa…

El secreto al fin se había revelado; finalmente Pierrot admitió lo que durante años no quiso admitir y escondió tras la faceta de líder de Horda. Se detuvo bruscamente porque no quería seguir hablando. La vergüenza lo embargaba y no podía controlarlo. Luego de interminables segundos de silencio, Tilde soltó una carcajada.

— ¿Y? ¿Eso es todo? —se acercó y tomó el mentón de Pierrot para obligarlo a verlo a los ojos —. Vaya, no dolió tanto ¿o sí? Ves, no costaba mucho ser sincero. Además, no creo que te metan a la cárcel por confesar tu disfrute del dolor.

Pierrot permaneció en silencio, pero no desvió la mirada, mientras Tilde acariciaba su rostro y terminaba palmeando ligeramente sus carrillos.

—Dime algo, Pierrot; ¿quieres que beba de ti? ¿Quieres ofrecerme tu cuerpo para morderlo a gusto y saciarme con tu dulce torrente sanguíneo? —mientras Tilde hablaba, Pierrot se estremecía una y otra vez, pero de deleite. —Sé que quieres, pero lo quiero escuchar de tus labios.

«No puede haber un ser más contradictorio que yo en toda la aldea Trump y quizás en toda Pokáar…— pensó Pierrot —. Primero lloré, me quejé, protesté y pensé en suicidarme luego de esto. Ahora resulta que me estoy entregando al ser que transformó mi vida en un maldito infierno…»

—Sí… bebe de mi. Sáciate con mi sangre. —le dijo en un susurro. —Tómame…

«Voy a arrepentirme toda mi vida por esta reverenda pendejada…»

_____________________________

Tilde sonrió complacido por la sumisión de Pierrot, y nuevamente le palmeó la mejilla.

—Buen klowny. Así me gusta, bonito: sincero, flojito y cooperando. — Le dio un empujón brusco para tumbarlo de espaldas a la cama. —. Apestas a feromonas y adrenalina pura. Te puedo chupar de donde quiera, y tú vas a disfrutarlo ¿no es así?

—Sí. —contestó Pierrot.

—Y seguro quieres que vuelva a morderte allá abajo, ¿no, precioso? —le dijo el vampiro, con una risita —Quieres que clave mis colmillos sobre esas prominentes venas que recorren tu miembro, ¿no es así?

— ¡Sí, sí!

—Bien, bonito, hoy estás de suerte porque estoy de buen humor y tengo sed. —concedió el vampiro, inclinándose hacia el sexo de Pierrot y olfateando su intenso aroma a hormonas diversas y el fragante perfume sanguíneo —. Además, te has portado muy bien dentro de lo que cabe.

Recorrió con el dedo el miembro erecto ante sus ojos, tanteando las venas, sintiéndolas latir, cuan infinitos recovecos vitales. Demonios, aquí corría sangre, mucha sangre. Aquello era bueno, porque Tilde no iba a conformarse con una sola vena, no señor. La última vez no había bebido demasiado porque ya había cenado a gusto con Myrrot, pero esta vez no era el caso.

Escogió un espacio entre el miembro y los testículos para hundir sus colmillos; la sangre brotó a borbotones, bañando a Tilde con su calidez y dulzor. El vampiro chupó frenéticamente el fluido que salía sin cesar, mientras Pierrot se deshacía entre gemidos de dolor.

—Parece que necesitas un poco de motivación. —comentó Tilde; dejó de chupar la herida y untó un poco su dedo índice con ella. Luego tanteó, buscando cierto hueco de placer no muy lejos de esa zona, y una vez que lo encontró, lo penetró con el dedo ensangrentado. Cuando hizo esto, notó ahora que Pierrot jadeaba de deleite.

—Buen klowny. Ahora más placer para que sangres para tu “papi”. —remarcó con cierta ironía en su voz. Su dedo exploró el oscuro interior de Pierrot, en busca de cierto lugar en donde los hombres —los mente abierta que no salían con charadas sobre volverse gay— solían disfrutar mucho. Dudaba si estas criaturas tenían tal sitio, pero aquel paseo de “reconocimiento” le disipó toda duda, pues al parecer, los klownys hombres también contaban con ese sitio especial. Tilde sonrió y presionó un poco, obteniendo un estremecimiento por parte de Pierrot, seguido de un nuevo borbotón de sangre, que saboreó a placer.

—Eso. Sangra para mi, Pierrot…— susurraba Tilde. —. Satisfáceme con tu torrente sanguíneo.

Volvió a presionar sobre esa zona erógena, mientras aplastaba el sexo de Pierrot contra su vientre, a fin de exponer mejor el punto donde lo había mordido. Esta vez la succión se hizo más y más fuerte, pues entre más lo excitaba Tilde, era más la sangre la que brotaba por la herida. En ese instante, lo que se escuchaba en la habitación eran los gemidos de dolor —y placer— de Pierrot, además de los húmedos sonidos que el vampiro emitía al chupar la sangre.

_____________________________

No sabía cuantos minutos —o cuántas horas— habían pasado, pues desde el instante en que Tilde le había comenzado a chupar la sangre, todo pareció dar más y más vueltas, sumido en una lentitud desesperante. Los segundos se transformaban en minutos; los minutos en horas, y las horas en eternidad.

«Me siento terriblemente mareado…— pensaba Pierrot —Me siento mal, no puedo siquiera levantarme.»

Alzó la mirada y con ojos borrosos, contempló a Tilde, quien estaba absorto deleitándose con las heridas que le hacía en su pene. Además del primer punto donde le había mordido, el vampiro usaba sus uñas para romper algunas venas superficiales y saciarse con la sangre que manaba de ellas. Lo que era peor, lo seguía excitando para que así sangrara más y más.

—Delicioso. Absolutamente delicioso. —comentó Tilde, limpiándose un grueso hilo que corría por la comisura de su labio inferior. —. Ahora con tu permiso, voy a satisfacerme un poco contigo.

Cuando le dijo esto, sintió como le abría las piernas —sin ninguna delicadeza— y de una sola estocada, el vampiro enterraba su miembro entre las nalgas de Pierrot. Éste no reaccionó — ¿con qué fuerzas? —, sino que a cada movimiento se sentía languidecer más y más, a pesar de que sentía placer hasta cierto punto.

«Voy a morir… voy a morir…— fue el pensamiento de alarma que saltó a su mente. —. ¡No quiero morir!»

Nuevamente pensó en Jester, y con este ser abominable suelto, tendría que protegerlo. A Pierrot no le importaba rendirse a esta criatura, si con ello Jester permanecía a salvo. Lo menos que podía hacer era protegerlo.

«Tengo que proteger a Jester. No puedo permitirme el dejar que le ocurra algo. Este ser asqueroso le tiene los ojos puestos, ¡estoy seguro! » pensaba Pierrot, mientras exclamaba:

— ¡No voy a morir! —exclamó, intentando sacar fuerzas de su flaqueza. Intentó alzarse y empujar hacia atrás a Tilde. El vampiro reaccionó divertido.

—Vaya, con que aun te queda voluntad para luchar…— comentó, alzando una ceja. Realmente no se había equivocado al afirmar que Pierrot era un sujeto duro, pese a las vicisitudes y al martirio que cargaba encima. En silencio, aplaudió su determinación, más eso no le impidió volverlo a doblegar.

—Pero prometiste entregarte a mi. Me cediste tu sistema circulatorio para saciar mi apetito, si mal no me equivoco… ¿acaso cambiaste de idea?

Pierrot permaneció en silencio, y finalmente replicó:

—Vas a matarme. Lo leo en tus ojos.

Tilde rodó los ojos.

—Eso no estaba estipulado en nuestro pequeño contrato. —le dijo con ironía. — ¿Cómo matar a mi pequeña fuente rojiza de dos patas?

De un empujón, Pierrot volvió a aterrizar de espaldas sobre la cama, pero fue volteado bruscamente, quedando bocabajo, pero con la cadera en alto.

—No te voy a matar, así que guárdate el show del tipo duro, Pierrot. Llevo más de quinientos años chupando sangre, así que sé perfectamente hasta donde debo chupar sin matar a alguien. —le dio una sonora nalgada y la remató con un arañazo que hizo gritar a Pierrot —. Tú sólo entrégame tu sangre y limítate a disfrutar, como la zorra masoquista que resultaste ser.

Dicho esto, lo volvió a penetrar en tan humillante postura. El vampiro lo empujaba con fuerza sobre la cama, y cada movimiento parecía electrocutar a Pierrot con oleadas de calor intenso y electrizante. Se sintió sonrojarse, la cara le ardía, y los flequillos se adhirieron a su frente por la transpiración.

« ¿Por qué carajo lo tengo que disfrutar? —se preguntaba Pierrot, para sus adentros — ¿No puede haber ni una ocasión en que mi cuerpo se mantenga frío como fiambre? »

Cada vez que Tilde aceleraba, Pierrot se sentía más y más cerca del orgasmo; sentía cosquilleos en la entrepierna, y su sexo —a pesar de las heridas— seguía engrosándose y enviando contracciones cálidas que amenazaban la cordura de su dueño…

_____________________________

Por dentro, Tilde estaba carcajeándose a mandíbula suelta; ¿cómo carajo Pierrot podía ser tan condenadamente paranoico? La cosa era inverosímil, pero sólo hasta cierto punto podría entenderse, por estar aun reponiéndose del trauma vivido hace días.

Bajó la vista y notó como la vena del cuello latía aceleradamente, producto de la excitación sexual de su dueño. Parecía llamarlo seductoramente con cada palpitación.

Rodeó el cuello de Pierrot con una mano y lo alzó hasta que su espalda nívea quedó contra su pecho; acomodó el cuerpo de su presa nuevamente para permitirle seguir sintiendo ese placer que de tan bueno le resultaba humillante. En esa posición —con Pierrot sentado en su erección— logró enterrarle su miembro hasta que éste tocó la próstata del klowny. En pocos minutos se correría, si seguía así.

Justo en el instante que Pierrot llegaba al clímax, Tilde hundió sus caninos en su cuello. Debido a la potencia del orgasmo, la sangre brotó vigorosamente. Era tan dulzona, y en ella había vida. El vampiro la saboreó a placer, sin dejar de sujetar a su presa, y con la mano libre lo masturbaba para sentir su esencia cálida. Estaba tan extasiado con la entrega y el placer de su víctima, que no pudo resistir el derramarse en su interior, de llenarlo con sus fluidos y dejarlo completamente envenenado. Luego de esto, no pasaría noche sin que deseara otra “visita de cortesía”; no habría más noches en las que no deseara volver a sentir la agudeza de sus caninos sobre su piel pálida, y especialmente, sin que deseara nuevamente que lo vejara una y otra vez, hasta que se corriera.

Finalmente separó su boca y contempló el macabro contraste que hacían los hilos rojos en la piel blanca de Pierrot: era hermoso, como ver nieve con sangre. Lamió los contornos de la herida, y por fin lo soltó. El klowny se desplomó pesadamente sobre la cama, absolutamente agotado y débil.

—Lo prometido es deuda, bonito. —comentó, antes de perforarse un poco la yema del dedo y verter sangre sobre los sitios que había mordido; éstos rápidamente se cerraron y dejaron la piel intacta, como si nada hubiese pasado. —Dije que no te iba a matar, y seré fiel a mi palabra.

Se levantó grácilmente de la cama y observó el cuerpo inerte de Pierrot. Captó su respiración lenta pero rítmica, sin anomalías. Lo había dejado muy, muy débil, pero vivo y con la oportunidad de recuperarse en un par de días, con una buena dosis de azúcar. Tilde sonrió, y tras desatarle las manos, le corrió la sábana encima.

—Para que no digas que te maltrato más de la cuenta, bonito. —susurró, y finalmente desapareció por el enorme ventanal en la habitación de Pierrot. —Recuérdalo bien, vendré por ti cada cierto tiempo, así que espero la mejor de las disposiciones.

Esta había sido una noche realmente estupenda, y ahora podría volver a dormir junto a Myrrot, quien seguramente le estaría esperando nervioso, pero como el orgullo que se cargaba se lo impedía, posiblemente disimularía lo que pudiese.

«Los chicos serán chicos…» fue lo que pensó Tilde antes de desaparecer en la oscuridad, camino a casa.

_____________________________

Casi amanecía cuando Pierrot despertó.

Se sentía condenadamente débil, como si le hubiese pasado una estampida de unicornios encima. Apenas podía moverse, y el abrir los ojos fue todo un milagro.

Recuérdalo bien, vendré por ti cada cierto tiempo, así que espero la mejor de las disposiciones.

Pensó que había escuchado eso en un sueño, pero lamentablemente sabía que, como bien el vampiro ya le había dicho, que todo era real, tan real como la debilidad que lo aquejaba. Pierrot exhaló un gemido y volvió a cerrar los ojos.

«Estoy considerando seriamente en comprarle una pócima de olvido a Heartty. » pensó, antes de volver a caer inconsciente de nuevo. Pronto sus padres lo encontraría, y ya habría que darles alguna otra explicación a este terrible pero disparatado desatino…

Fin

Una respuesta para “¡Mío, mío, mío!”

  1. Insisto, el placer fue mio, mi melli mosha. Disfruta mucho tu regalo, y ten en cuenta que pronto habrán más.

    Besos.

Escribe un comentario