Orgullo

Ya no tienes derecho a llorar, lo has perdido.

Callada en un silencio que tú misma te has impuesto, ocultando al mundo los dolores que consideras indignos, hasta viles los has llamado.

Siempre has estado sola, porque tú lo has elegido.

Los hombros de apoyo no fueron pocos, fue tu orgullo, del que te enorgulleces, que los has rechazado.

Miedo a perder ese orgullo, miedo a no tenerlo, a que tus debilidades expuestas lo afecte; eso es lo que siempre has tenido.

Tienes miedo porque no sabes siquiera si mereces orgullo; estás asustada porque temes tenerlo y al final lo pierdas cuando sucumbas ante la incertidumbre.

Como una rama seca que ya no soporta la lluvia.

No hay nadie alrededor, y quisieras que lo hubiera.

Y al mismo tiempo no quieres que lo haya, porque no quieres sentir más vergüenza.

Vergüenza de no soportar la carga que, sabiendo o no en qué te dejaría, has aceptado; de que has fallado, quizás a algún plan del destino o a una prueba que para ti, para probar tú valía.

Lo reduces a lo que ven, a lo que dicen, así te has resumido.

Si dicen que no hablas no callaras, porque no quieres que sepan lo que no quieres hablar.

Todo con tal de callarlos y reducir sus miradas escrutadoras, penetrantes.

Tu fortaleza, tu silencio, váyanse, no lo toquen.

Como una estúpida callas.

Como una mártir te quejas en versos.

Como una persona sonríes y desmientes preocupaciones.

Como humana te odias, y como ti misma no te entiendes.

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