Mátame

Fandom: Lazos de Oscuridad (Original)

Claim: Thor/Algua.

Advertencias: Incesto, lemon, prostitución.

Resumen: Parecía un ruego tan simple, pero cumplirlo sería suicidio.

Nota: Muchas gracias a Vitani Gren por su opinión, sus consejos, y a Kinderwebcam por las correcciones ortográficas.

Mátame

“Mátame”

Nunca era una palabra, pero en esas circunstancias nunca dejaba de percibirse. Era más bien una mezcolanza de sentimientos que se agitaban en el aire, a la espera de que alguien las percibiera y las interpretara. Un poco de abatimiento, algo de tristeza, un tanto de resignación y el sentimiento de derrota predominaba sobre todos ellos; la aceptación de todo eso. No siempre acababan así, porque ambos entendían que era un simple trabajo; incluso a veces ella disfrutaba la experiencia y no lo necesitaba en lo absoluto, a veces simplemente se aburría enormemente y sólo quería distraerse. En otras todo le resultaba una pesadilla que la dejaba vulnerable a los embates de la realidad en la que vivían, se daba cuenta de que nada tenía sentido y entonces debía buscar a su hermano para encontrar tranquilidad. Así de simple, el asunto no trascendía más allá, cosa que ambos agradecían.

Thor no podía hacer nada mientras dejaba que su hermana reposara la cabeza sobre su hombro. Ella estaba desnuda, y aunque unas sábanas blancas rozaban sus pies, no hacía amago de cubrirse; las lágrimas seguían iluminando sus mejillas pálidas, pese a que su respiración se había normalizado y ya no moqueaba. Su hermano había llegado hace tan sólo cinco minutos y verla había sido suficiente para callarse, sentarse a su lado y aguardar. Sin abrazos de su parte, sin palabras de consuelo, pero sin negarle su hombro ni el silencio.

El dinero ganado por Algua descansaba encerrado en su puño, desde que ella se lo entregara entre sollozos incontrolables. Thor no podía saber lo que había pasado en esa habitación momentos antes, pero una buena pista eran los moretones en los brazos y el vientre de su hermana, la cual permanecía con los ojos abiertos, sin expresión, clavados al frente. No parecía dispuesta a moverse, pero no había prisa; los clientes habían pagado por adelantado toda la noche en ese pequeño motel de mala muerte y podían permitirse permanecer ahí hasta la mañana siguiente. No tenían un hogar al cual volver de todos modos, sólo una vieja casona, aunque Algua sintió que estaba en él cuando notó el apoyo firme de su hermano contra su rostro. Así siempre le era más sencillo calmarse después de realizar el acto con el que pagaban la comida.

Afuera era la madrugada y los grillos hacían sonar sus patas sin pausa. Thor creía que iba a dormirse de un momento a otro, mas el sentimiento convertido en palabra flotaba en el aire y era difícil no ponerle atención, esperando que desapareciera de forma definitiva, como la mosca que no quieres que ande de paseo por el cuarto mientras descansas.

“Mátame”.

Ha perdido su matiz de ruego desde hacía tiempo y ahora se asemejaba a la esperanza de los niños por ver realizado su sueño. Siendo un vampiro psíquico, Thor no puede hacerle oídos sordos ni lo uno ni a lo otro, tal como Algua sabía, así como no desconocía el sentimiento de desazón que se engendraba en él por tales emociones suyas.

—Nunca lo harías, ¿no? —espetó Algua, la voz algo quebrada, tan hueca cual lata abandonada en un basurero.

Su hermano sintió que algo se le retorcía por dentro y su tono fue algo grave, como si esperara desde hace años responder esa pregunta.

—No —dijo y le pareció que se volvía el ser más débil sobre la tierra al reconocerlo, aunque, aparte de enseñarle a notar esas debilidades, sus maestros en la oscuridad le habían enseñado que mentirse era la traición más estúpida.

Era débil, en efecto,  porque la sola idea de matar a su hermana, el único ser vivo que estaba a su lado en todo momento, era tan inconcebible como clavarse un cuchillo en su propio pecho. Había tenido pesadillas acerca de eso –él, pegándole un tiro al corazón de su hermana, sólo para mirar abajo y descubrir otra cruel herida en sí mismo- y al despertar le había faltado el aire, el sudor se había vuelto hielo en su cuerpo. Por eso no podía dormir, ni siquiera cabecear, hasta que esa palabra, la fastidiosa mosca, se desvaneciera del aire como suspiros de mártires.

La respuesta pareció devolverle el aliento a Algua, cuya respiración casi sonó la sombra de un suspiro, y deslizó su mano por el colchón revuelto hasta tomar la de su hermano. Daba la impresión de ser una delicada muñeca que no encontraba cómo decir la sempiterna frase “mamá”, aun cuando le apretaras el estómago como dice el comercial. Ella encontró el espacio entre sus dedos, se encajó en ellos como una pieza de rompecabezas y se aferró a la palma, sin importarle no recibir respuesta o un apretón similar, sólo satisfecha de sentir su piel cálida en contraste de la suya helada. Esa mano era lo único que nunca le había faltado, la única certeza que le quedaba luego de estar segura de que había muerto o que no le importaría morir, a pesar de que aún respiraba y su dolor, el profundo abismo en su interior, existía impunemente.

Otro sollozo vino a perturbar la precaria calma a la que había llegado, y esta vez lo sintió intensificarse gracias su dolor de cabeza naciente. Su cuerpo se agitó levemente, como si estuviera mareada, y no pudo evitar un tenue quejido, porque en serio le molestaba la cabeza, además de los golpes, y sabía que no había una cama de plumas a la cual echarse. Nuevas lágrimas se deslizaban por su rostro.

—Tápate o te enfermarás—le dijo Thor en voz baja, tono neutro, y se estiró, privándola de su hombro por el momento, para agarrar una sábana y tironearla hasta cubrir con ella a ambos, porque él también tenía frío.

Algua, quejándose de su jaqueca en suaves llantos, se abrazó a su hermano para acurrucarse con él mientras éste se quitaba los zapatos ayudándose de los talones y la envolvía en sus brazos. Las manos de Thor dieron con la tersa piel pálida, encontrándola helada, y la recorrieron de arriba abajo casi distraídamente mientras ella metía una mano dentro de su camisa para agarrarse a su cintura. Tales movimientos resultaban naturales para ellos, como lo es para la mayoría responder al saludo de un perfecto desconocido; a sus dieciséis años, dos desde que llevaban a cabo el oficio más antiguo en el mundo, no había pudor de ninguna clase entre ambos.

Thor pensó que ya podría dormir tranquilamente, pero vio su equivocación cuando la mano de su hermana no se quedó quieta y, por el contrario, empezó a tirar de sus pantalones hacia abajo. No le sorprendió el acto por lo que se acomodó en la cama hasta quedarse acostado y Algua apoyó la mejilla sobre su pecho, respirando más hondamente para lograr menguar sus dolores corporales. La adolescente recordó que en esa posición había estado con uno de los clientes hace unos instantes, mientras el otro estaba a sus espaldas, besándole el cuello con su agrio aliento, y se apresuró aun más en desvestir a su hermano. Sentía cada zona donde aquel hombre había posado los labios y se estremecía de asco, descubriendo más piel por parte de Thor en movimientos que se tornaban desesperados.

Volvían a su mente el tacto de aquellas palmas ásperas, y era más la sensación del contacto, que de las partes donde la tocaban, lo que la llevaba a jadear al tiempo que empezaba a masturbar a su hermano. Estaba sucia, asquerosa y sólo él podía limpiarla.

En todo ese rato Thor intentaba acariciar lo que estaba a su alcance, buscando inconscientemente, por deseo de Algua, eliminar las manchas de aquellos clientes. Cuando ella le rodeó con sus manos tibias, tirando para frío, arqueó la espalda de tal modo que su coronilla rozó la cabecera. Un frenesí enloquecedor, lejos de compararse al que se relaciona con la pasión, estaba haciendo presa de su hermana y él, por su empatia sobrenatural, lo estaba compartiendo.

“Quítame sus huellas, quítame sus manos de encima” suplicaban las jadeos desaforados de Algua al subírsele encima, su mirada azul, perdida cual niña en laberinto, abrazándose a su cabeza de tal modo que él enterraba el rostro entre su pecho. En ese sitio la sensación era un poco más cálida y el corazón latía como en una loca cabalgata en busca de la vida en medio del túnel más descorazonador.

“Quítamelos, quítamelos”

Dirigía su mano ahí abajo, conduciendo el miembro ya erecto hacia el altar antes profanado. Lloraba y hacía muecas de temor, porque sabía que le iba a doler su propia brusquedad, pero no importaba con tal de que ya no se sintiera sucia. Y dolió, un dolor agudo y veloz que la llevó a más lágrimas y a apretar los dientes; sucia, sucia. Arriba y abajo y ya estaría limpia, arriba y abajo y ya podría sentir algo, podría sentir que todavía estaba viva y era capaz de sentir algo.

Arriba y abajo. Y Thor percibía el aliento en su oído ir y volver, el frenesí convirtiéndose en desesperación a medida que su hermana se movía, lanzando exhalaciones que se convertían en gemidos a medio paso de ser sollozos.

Y luego todo pasó. Ella gimió casi de forma adolorida con la cabeza sobre su hombro, mientras pequeño cosquilleo se producía en sus partes inferiores al deslizarse hacia fuera el miembro ya flácido. Se dejó caer hacia un lado con sus fuerzas agotadas y atrajo un brazo de su hermano para dejarlo bajo el peso de su pecho agitado. Tenía los ojos cerrados y la beatitud inherente a la somnolencia venía a dejar su manto sobre su rostro; parecía que su calmante había funcionado. Thor, deseando dormir, arrancó con la otra mano uno de los extremos de las sábanas que cubrían el colchón, se limpió con ella los restos del semen y tomó la otra olvidada para cubrirlos de nuevo.

Dos años pasaban desde que había pasado a ser la absolución de su hermana, la cachetada que le quitaba su halo de locura y la tranquilizaba lo suficiente para volver al mundo real. Desde que ella se le entregara en aquella bañera con el mismo ruego de purificación patente en todo su ser y él, simplemente, no pudo negarse a ser su consuelo.

Así como tampoco podía matarla, por más que se lo rogara.

Fin

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