Púdrete

Claim: Python Zar, Arshan.

Resumen: A fin de cuentas, Arshan no puede decir que Python tiene la culpa.

—Púdrete.

Python lo siguió después de que se alejara. Rezumaba furia en cada uno de sus pasos, pero no lo tocó de inmediato. Antes esperó hasta que se hubieran alejado lo suficiente del acampado, entonces lo estrelló contra un árbol, tomándole de los hombros.

—Creo que no he escuchado bien —dijo Python despectivo, clavándole su mirada ambarina. Ambos sabían que sus oídos eran casi infalibles—. ¿Me hass dicho que me pudriera y luego hass huido como un vil cobarde?

No como un vil cobarde, si no como un estúpido asumido que no quería problemas. Hace unos momentos atras había estado oyendo a Python hablar tranquilamente de las ciudades que había visitado, de lo lujosos que eran algunos palacios mientras otros apenas si se comparaban con la sala del suyo.

En ese momento lo detestó porque él debía trabajar diariamente para mantener su casa en pie y en reunir el dinero que le permitiera a su padre sostenerse mientras estuviera de campamento. Porque aunque él hiciera todo eso desde que era un cachorro, dado que su padre había perdido las piernas, ni siquiera podía soñar con hablar de las comodidades de un príncipe como si no fueran nada especial.

Pero Python no tenía la culpa de nada de eso.

—Olvídalo, ¿quieres? —espetó tratando de liberarse de esas manos que, como pertenecían a un muchacho pitón, y por ende de gran fuerza, ni siquiera se movieron. Bufó, comenzando a enojarse—. ¿Qué quieres que te diga?

—Si un idiota va a insultarme, me gustaría saber por qué idiota razón lo hace —siseó el príncipe en voz de hielo, sus ojos rasgados brillando con rencor, acercando sus rostros.

Generalmente era entretenida la desenvolutura de Python de reprocharle las actitudes de la gente en su cara. Excepto cuando los reproches eran para uno mismo.

—¿Y no es esa la razón? ¿Ser un idiota? —replicó haciendo caso omiso de su orgullo herido, deseando que lo dejara en paz para reponerlo—. Suéltame de una maldita vez.

Sorprendentemente, Python le complació, dejándole los hombros entumecidos, y se apartó un paso, impasible. Mirándolo al rostro, por un segundo a Arshan le dio la absurda impresión de que estaba decepcionado.

—Imbécil —dejó escapar el príncipe y se marchó dándole la espalda, mientras el muchacho tigre que dejaba atrás sentía la suya deslizarse por el tronco hasta apoyarse en el suelo.

“Soy un imbécil” pensó observando su figura perderse entre los árboles, demasiado harto para realizar el puñetazo de frustración que deseaba darle al suelo. “Y te detesto”

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