Los buenos tiempos

Advertencia: humor negro.

 

Aunque don Felipe opinaba que dona Arminda, su vecina desde hace más de veinte años, es una dulce mujer, de esas que ya no hay, igualmente cree que es algo despistada. Y tal vez algo tocada de la cabeza.

 

-Yo nunca he creído en fantasmas, doña Arminda, ni lo haré nunca.

 

-¿Nunca, don Felipe?

 

-Como le digo.

 

-¿Y cómo se explica que estamos hablando, siendo que usted asistió a mi funeral y me vio en mi ataúd?

 

-Bueno, puedo equivocarme, pero pienso que se debe al hecho de que me enterraron hace un mes.

 

-Oh, lo siento. ¿Fue por el corazón?

 

-Yo diría que fue porque nadie conectó una campana aquí abajo ni me dejó una pala por si despertaba. Entérese, dona Arminda, en mis tiempos esto no pasaba. Antes se dejaban esas cosas, para no cometer errores como éste, ¿se acuerda?

 

-Sí, don Felipe.

 

-Los tiempos van para peor, se lo digo yo.

 

-Sí, don Felipe.

 

Mientras tanto, doña Arminda consideraba que su vecino tendía demasiado al pesimismo. Sin embargo, hubiera sido una falta de respeto decirle eso como bienvenida al mundo de los muertos, de modo que continuó tejiendo hilos espectrales entre sus dedos translúcidos con las flores que le dejaron sus sobrinos.

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