Muchos más… ¿adivinan?

Soy un soberano asco cuando se trata de hacer drabbles a drede, pero estos microcuentos resultan sencillos y divertidos. El que más he disfrutado haciendo ha sido el segundo. Ha sido la primera vez que uno de estos me causa verdadera ternura.

Advertencia: gore, humor negro, angustia.

El color perfecto

 

La niña coloreó las rosas, el atardecer y el cabello de un hada. Todo rojo, todo vibrante, tomando luego esa tonalidad marrón que habla de cosas viejas. Era precioso.

 

La policía tocó a la puerta.

 

 Un verdadero vampiro

 

El vampiro era cruel, malvado y sanguinario. Viajaba a través de la noche y la muerte, es el enemigo del sol y las frivolidades humanas.

 

¡Asómbrate de sus colmillos, vil mortal! Ten miedo de su andar furtivo y su mano veloz. ¡No lo mires, no parpadees, porque entonces será demasiado tarde!

 

-Tomy, cariño, no manches la alfombra mientras comes.

 

El vampiro de diez años apartó de sí el tomate desgarrado en sus manos ya manchadas.

 

-Estoy bebiendo la sangre de mi víctima.

 

-Lo que tú digas, querido. Luego te lavas las manos, ¿sí?

 

Bufó con un estudiado fastidio milenario por la ceguera humana. Y luego decían que el que tenía que ir al psicólogo era él.

 

La vejez no escapa

 

El día que el César notó que el oído comenzaba a fallarle, sucedieron muchas cosas. Recibió el dinero de los impuestos que le correspondía, mandó a matar a quienes se lo debían y tuvo que despachar a unas personas que le dijeron que tuviera cuidado con los burros porque lo estaban esperando. Se burló de estos últimos, claro, porque ninguna bestia de carga era nada ante el César… y descubrió poco después, ante ciertas puertas y ciertas escaleras, que no habían querido decir burros, sino Brutus.

 

El único testigo

 

La muñeca se llamaba Lydea, aunque nadie lo sabía porque nadie la llamaba. La rajadura que una caída olvidada dejó tiempo atrás en su rostro de porcelana, privándola de un ojo, la había dejado al fondo de la estantería, a merced de un recordatorio de mandarla a arreglar o desecharla que nunca se realizaba. Desde ahí ella presenció cómo el caballero de bigote negro acorralaba a la mujer de escote pronunciado contra el callejón frente a la tienda de Miss Bitter. Escuchó los gritos que de ahí salían, vio la sangre escurriéndose por la acera.

 

Al día siguiente la policía descubría que Miss Bitter no se había enterado de nada la noche anterior, mientras Lydea los miraba desde detrás de los floreros que la precedían. No podía hablar porque si nadie la recordaba carecía de vida y de voz. Lloró lágrimas de aire con su único ojo sano.

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