Cap. 2

Segundo capítulo de “Memorias de una cabra parlante.”

Capítulo 2: Di hola

 

Es difícil para mí relatar lo que sucedió esa noche. Antes de irse a dormir Daniel llevó a Isabelle junto a su familia en el rincón del establo. Ella lo miró con sus grandes ojos negros, estúpidos e inconscientes acerca de tantas cosas, y luego inclinó la cabeza flexionando las cuatro patas, lista para recuperar el sueño interrumpido. Y eso fue todo.

No luces, no magia, no voces nacidas de fuentes misteriosas. Con mucha frecuencia me han preguntado si sentí algo diferente esa noche; un cosquilleo en la garganta, sugieren, una claridad mental repentina semejante a un foco que se enciende o tal vez movimientos extraños de la lengua. La decepcionante verdad es que no lo sé. ¿Alguien recuerda lo que es respirar por primera vez? No hablo sobre hacerlo después de haberse contenido un tiempo, si no de la primera vez, cuando salieron de sus madres y de inmediato lloraron. ¿Dirían que sintieron algo distinto en ustedes, serían capaces de decírmelo a través de las palabras? Si lo logran merecen mis respetos pues poseen una mejor percepción que yo.

Sólo recuerdo que cuando me levanté de la paja esa mañana me dirigí al abrevadero deseando calmar el hambre. En ese aspecto era tan animal como cualquiera de mis compañeros; si existe el hambre, hay que comer. No hay razonamiento de por medio. Satisfice mi necesidad sin prestarle atención a quienes me acompañaban. Paseé por el campo observando las mismas colinas verdes de costumbre y tomé una siesta en el establo. Creo firmemente que habría pasado todo el día sin notar nada fuera de lo normal si no hubiera sido por la visita de Daniel por la tarde. Apareció por un costado de mi visión, caminando sobre sus dos piernas sobre las viejas zapatillas, y pareció alegre por el mero hecho de encontrarme en el lugar de siempre. Eso, como puede suponerse, me alegró a mi vez.

-Hola Isabelle -dijo extendiendo la mano para acariciarme.

Es un misterio por qué actué como lo hice. A veces simplemente hacemos las cosas sin pensarlas. Quizá por instinto. Como respirar apenas notamos que tenemos el espacio para ello. Lo único que sé es que abrí la boca.

-Ol…a

Me extrañó que el chico retrocediera. ¿No iba a acariciarme?

-Hola -repetí, insistente, esperando que ahora sí lo hiciera.

Sus ojos marrón oscuro se agrandaron, sus cejas negras se elevaron. Supongo que se tambaleó porque recuerdo haber visto un movimiento de ese estilo en su cabeza, mientras yo permanecía quieta, confundida. Desde luego no podía sospecharlo entonces pero su expresión era la misma que pondría alguien tan impresionante que no sabe si lanzar un grito, echarse a correr o hacer ambas cosas al mismo tiempo. Con mis conocimientos de ahora sólo puedo maravillarme de que Daniel lograra reunir la suficiente calma para hablar.

-¿Is-abelle?

Al escucharle caí en cuenta de que ese era mi nombre. No, aún no el nombre. Supe entonces que así era como me llamaban los humanos. Ese sonido que salía de Daniel en ocasiones servía para atraer mi atención.

-Is-abelle -dije.

Era como un bebé. Repetía palabras buscando borrar esa cara tan rara de Daniel. No funcionó. Hasta creí que se derrumbaría frente a mis ojos, igual a un hormiguero siendo atacado por la lluvia y me aproximé con el hocico por delante, intuyendo (no razonando) que al confirmar su solidez obtendría otro resultado. Toqué su mano con un empujón. La sentí cálida e inerte, carente de voluntad. Insistí nuevamente y por fin conseguí que la pasara por mi pelaje de forma suave, mecánica. Asumí que todo seguía normal.

Daniel obtuvo su deseo pero no como lo esperaba. Cuando logró entender que era yo, la cabra Isabelle, quien pronunciaba aquellos sonidos que resultaban ser palabras, tuvo que aceptar asimismo otro detalle. No podía hablarle como lo hubiera hecho otro miembro de su especie; mis capacidades sólo me permitían imitarlo cada vez que me daba la impresión de que eso esperaba de mí pero estaba fuera de mi alcance contestar a sus comentarios. Se pasó todo el día, hasta que su madre le llamó por segunda vez para que fuera a comer, descubriendo que lo que decía no concordaba con una respuesta y lo que teníamos no se trataba de ninguna conversación.

Largos meses siguieron a ese momento, tiempo durante el cual le devolví el saludo y prácticamente nada más. Daniel hubo de emplear toda su paciencia y fervor infantil para enseñarme a hablarle. La peor dificultad no residía en hacerme entender, pues estos nuevos conceptos una vez aprendidos no los olvidaba, si no en que él no veía la hora de tener un compañero con quien conversar. Había veces en que, en plena clase, Daniel comentaba algo diciendo cosas demasiado avanzadas para mí, y ante mi silencio, fruncía el ceño y sacaba cualquier excusa para acabar antes. Poco importaba que tampoco a éstas las comprendiera. Gracias a estos arranques de frustración, perfectamente comprensibles, por otra parte, comencé a relacionar los gestos faciales con ciertos estados de ánimos. Los animales utilizamos todo nuestro cuerpo para comunicarnos; así, bajar la cabeza puede ser señal de miedo, levantar las orejas quiere decir que algo nos ha llamado la atención tanto más extraño resulta y doblarlas hacia atrás que estamos relajos y en completa calma. Los significados de estos gestos forman parte de nuestros instintos, nadie nos lo enseña.

Antes del habla sólo comprendía a los humanos por su postura y el trato que tuvieran conmigo. Un nuevo lenguaje se presentaba ante mí y no era verbal. Entendí que un acercamiento de cejas equivalía a enojo, una forma menor de furia, que aunque me angustiaba no conllevaría un ataque físico directo. Una sonrisa era su muestra de aprobación o alegría. Confieso que prefería por mucho su sonrisa a su ceño fruncido.

En cuanto logré charlar de forma más o menos coherente, aún carecía de la capacidad para decir algo sobre sus dibujos. Sus penas, ahora más al alcance de mi consciencia, seguían girando en nuestros oídos sin respuesta de mi parte. Cuando percibía a aquel visitante indeseado recurría a cualquier tema de conversación para evitarlo. A veces daba resultado e incluso le arrancaba una risa. A veces todo lo contrario.

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Un pensamiento en “Cap. 2

  1. Vaya, me ha sorprendido mucho ver quien narraba la historia, me has dejado totalmente descolocado. Me gusta como llevas esto del habla de la cabra de una forma mas gradual de la que mostrarian otros, y es bastante buen detalle lo del lenguaje facial. Espero el siguiente con ganas!

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