“Qué desgracia”, dijo el taxista

Mi madre y yo nos subimos al taxi esta tarde, deseando ver el la última de esa historia tan buena del ogro y sus ogritos. De camino al cine oímos en la radio que se había aprobado en Argentina el matrimonio gay. A mi madre le es indiferente todo el asunto, lo cual creo también es una buena actitud a tomar: mejor no decir nada que decir idioteces sacadas de quién sabe qué siglo. Me sonreí para mis adentros mientras pensaba “tomen eso, homofóbicos”.

Editado: Me precipité. Lo que ahora está dispuesta a aceptar Argentina es en la posibilidad de discutir si el matrimonio civil para todos los contrayentes, hombres o mujeres, es aprobado o no.  Nada está decidido ahora. Cruzo los dedos porque esta entrada no resulte del todo inútil. La dejo como está para dejar en claro cuál es mi posición al respecto.

Después de tanta disputa absurda, tanta divagación retrógrada y discursos sobre romper la “santidad” del matrimonio, por fin Argentina ha dado un paso hacia adelante. Todavía está el problema de que decimos “putos” a todos los gays e incluso a hombres que no han declarado ser homosexuales pero cuya femenina actitud los ha tachado de tal manera. En cada novela donde aparece una persona gay la seguimos retratando como una loca histérica chillando por aceptación. El travestido continúa siendo obligatoriamente gay para el común del pueblo argentino (cuando, permítanme aclarar, no siempre es así). Y seguro que por ahí hay hombres que se reúnen para hacer morisquetas al peor estilo de una adolescente que se descubrió un grano cuando el tema de la homosexualidad surge de casualidad. Miles de argentinos aún se refugian en sus armarios por miedo al rechazo y la burla. Muchas mujeres seguirán pensando que al hombre gay sólo le tienen que ignorar la cosa que posee entre sus piernas para considerarlo una compañera fémina.

En resumen, esto del matrimonio es sólo un pequeño paso, pero uno digno de importancia. No lo digo necesariamente por el matrimonio porque de por sí éste me parece una excusa para despilfarrar mucha plata por un vestido y una fiesta sin que sea un cumpleaños. La mejor forma de celebrar el amor entre dos personas es dejarlo vivir. Pero bueno, ese no es el punto. El punto es que los homosexuales ya no tienen que ser unos marginados. Todas esos hombres y mujeres que han deseado realizar esta celebración, despilfarrar a todo lo que da la billetera en una fiesta que sólo matará de aburrimiento a los más jóvenes ahora pueden hacerlo. No tienen que renunciar a estas fantasías por su orientación sexual. Al fin, después de tanto tiempo, Argentina está dispuesta a entender que los homosexuales tienen los mismos derechos que todos.

El taxista, primero incrédulo al escucharlo, no dejó de decir “qué desgracia, qué desgracia”. Me hubiera encantado adelantarme para preguntarle dónde estaba la desgracia en reconocer la bendita igualdad, la libertad de elección y en el progreso al que nos estábamos dirigiendo, pero sólo me sonreí. Pobrecito hombre viejo. Pobrecitos homofóbicos, que poco a poco son menos aunque nunca se extinguirán, como mala hierba que son. Pobres sacerdotes, madres, padres, profesores y jóvenes que decían que la mera idea de dos hombres o mujeres juntos les daba asco y les parecía inmoral. Pobrecitos de esos compañeros míos que creían que sería “propasarse” aceptar esta clase de uniones. Pobrecitos de todo ellos, pues hoy han perdido. Esperemos…

El taxista, seguramente esperando que compartiéramos su amargura, y viendo que no decíamos nada, repitió sus “qué desgracia” y por ahí le escuché decir algo parecido a “¿y ahora qué? ¿vamos a ver a un par de hombres besándose en las esquinas?”. Ojala, señor taxista. Ojala llegue ese día y nadie tuerza la mirada, como una vez lo hicieron por las parejas hetero. Ojala podamos decir “soy gay/lesbiana” tal como se aclara un asunto y no cual si fuera algo que va a cambiar toda tu vida. Ansío que llegue el día en que los hombres se declaren su amor o atracción sin penas, las mujeres el suyo y ya no haya que poner “slash/yaoi” entre las advertencias, al lado del destripamiento de personajes y cosas similares. Ojala estemos acercándonos a un futuro en que el armario ya no será necesario. La esperanza no va a morir, eso es indudable.

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2 pensamientos en ““Qué desgracia”, dijo el taxista

  1. Me alegra saber que en Argentina se están empezando a converssar estos temas. yo vivo en Chile y es impensable que algo así se llegue a plantear siquiera. Yo soy de la opinión de que cada uno es libre de hacer lo que quiera con su vida, después de todo somos seres pensantes y con capacidad de decision, espero que algún día aqui en Chile se logre siquiera conversar de esto

    Saludos.

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