El paraguas y el niño

Advertencia: shonen-ai.

Resumen: Frente al portón, bajo la lluvia, espera todos los días el mismo niño.

La lluvia se ha vuelto un visitante usual en la ciudad. Las calles humedecidas brillan a la luz de las farolas. Un niño solitario se sienta frente al portón de unos departamentos. Mira atentamente a uno y otro lado de la avenida como si esperara a que surgiera de ella algo que le interesara. No le importa empaparse. A lo mejor se ha acostumbrado o no cree que valga la pena resguardarse.

El joven que observa desde la esquina no lo comprende. De camino a casa luego de la escuela voltea a verlo y espera no encontrarlo o protegiéndose de alguna manera. Siempre está ahí, vigilante, espectante. Un día lo oye estornudar. Un estremecimiento recorre su espalda y decide que nada pierde acercándose a él.

Llegado a su lado finge no verlo pero se asegura de que el paraguas también lo cubra. El niño lo ignora. Lo mismo podría ser otra farola en lugar de un ser humano.  El silencio aumenta, opresivo, mientras el muchacho espera una reacción de su parte hasta que ve en su reloj lo tarde que es. El cielo oscuro se lo confirma. Trata de darle el paraguas pero el niño sigue viendo hacia los lados como si no lo hubiera oído, obstinadamente. Viste harapos. Supone que no tiene casa a la que volver.

Debe pasar mucho tiempo para que el muchacho encuentre la confianza suficiente para permitirse hablarle  y, para poner a prueba su paciencia, como tres minutos para que el menor le conteste. Con monosílabos. Encogimientos de hombros. Nada más consigue. Poco a poco la necesidad de armar una conversación se disipa en el aire y se resigna a estar ahí. Sabe que si no fuera por su paraguas el niño no buscaría otro refugio por sí mismo, Dios no permita que eso le aparte de su importante misión de vigilar la calle.

Una vez el muchacho no puso asistir al portón por causa de un resfrío. Fue su culpa, claro, por pensar que el abrigo impermeable y las botas serían suficientes para estar seguro bajo la lluvia. Cuando recupera la salud y sale nuevamente al exterior, al llegar frente a los departamentos  el niño, pretendiendo que no tiene importancia, le pregunta dónde había estado. Es la indiferencia patente lo que evidencia más que nada el interés oculto bajo esa simple pregunta. El muchacho cuenta tantos detalles, dramatiza tanto su malestar físico adrede que pronto se siente como si estuviera conversando con cualquiera de sus amigos y comentaran juntos una película que sólo él vio. Responsabiliza a una salida imprudente con el cabello mojado de la enfermedad.

El niño revela que ciertamente esperaba a alguien. Su mejor amigo vivía en uno de los departamentos a sus espaldas. Solían jugar en el parque hasta que el padre de su amigo, un hombre muy alto y con cara como de malo, lo llamaba para cenar. A veces conseguían algún dinero y compraban golosinas o papas fritas, o más correcto sería decir que su amigo las compraba para él, porque era poco lo que comía y el dinero lo sacaba de los cajones de su padre mientras éste permanecía encerrado en su oficina. Era muy paliducho, su amigo, y debía ir al hospital con frecuencia. De repente lo vio calvo. Salió a la calle un día y ningún pelo cubría su cabeza. Ya no tenía energías para jugar como antes. Se detenía, se tapaba la boca y debía sentarse. Dijo que era por la medicina que le estaban dando, aunque el niño opinó que qué medicina más tonta debía ser si parecía más enfermo que nunca antes. No obstante, aún hallaban maneras de divertirse juntos. La compañía mutua mientras  comían (él comía) solía bastarles.

Un día le dijo que se iría por un tiempo al doctor y que éste finalmente lo curaría. Que le devolvería el pelo y éste no se le caería hasta no ser bien viejo. Le dejó su gorra roja, la misma que llevaba en el primer y único partido de football en el que obtuvo más puntos que el equipo contrario, y la promesa de que cuando volviera jugarían de nuevo en el parque. Por eso lo aguardaba.

El muchacho le preguntó si el padre había vuelto. El niño contestó que sí pero siempre le dio miedo y por eso no se atrevía a hablarle. Ese primer día en que apareció nuevamente frente a los departamentos, sin su amigo, no daba tanto miedo; igual no pudo acercarse y averiguar por él. Le confió que el padre de su amigo lo odiaba porque no tenía casa. Tras un largo momento de duda el muchacho se decidió a inquirirle si su amigo le dijo de qué estaba enfermo. No. ¿Sabía lo que era el cáncer? No, ¿por qué?

―Por nada.

Finalmente la lluvia se marchó, dejando en su lugar un limpio cielo celeste, y, para sorpresa del niño, el muchacho no la acompañó. Sólo que ahora, en lugar de un paraguas, en las manos tenía un par de bolsas de papas fritas.

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