El rey del mundo

Resumen: Cuando Muka cree que no podía sentirse más fuera de lugar descubre que se equivocaba.

Género: Yaoi/Slash.

Nota: Este es un regalo de San Valentín para mi hermosa esclava y amiga, selene18.

El rey del mundo

Muka golpeó una última vez al cádaver en el suelo y se apoyó contra la pared. La pelea no había servido de mucho. Continuaba molesto, sólo que con los miembros más pesados y la ropa desgarrada donde el delincuente había querido apuñalarle. ¿Por qué no podía ser todo más sencillo? Su enojo ni siquiera era enojo, eran celos. Injustos, fuera de lugar, estúpidos e inmaduros. Pero no se iban más que por un tiempo para volver con la misma potencia que antes.

Cuando propuso que Myko fuera el sumiso del profesor había creído que sería una situación de todos ganan. El profesor podría sacar su lado dominante con alguien que lo disfrutara, Myko estaría con la persona que le gustaba. ¿Y él? Él dispondría del cuerpo de Myko cuando quisiera y disfrutaría de sesionar con los dos si le apetecía. Con lo que no había contado es que la sumisión de Myko costaría tanto trabajo, que necesitaría ayuda para entender su rol y eso acabaría uniéndolo aun más con el profesor. Debió haberlo esperado. Lo único que Myko conocía antes era a ser la zorra de sus dos mejores amigos. La sumisión en toda la extensión de la palabra lo había puesto en un nuevo nivel de perturbaciones mentales y emocionales que sólo alguien con experiencia -por pequeña que sea- y de confianza como Kiro podría aliviar.

Al principio no le había molestado tanto. Myko era también su amigo y sabía que se merecía ser feliz. Al profesor le hacía feliz la presencia de su amigo. Todos eran felizmente felices. Entonces ¿por qué no podía contentarse con eso? La imagen de los dos, abrazados sin que él estuviera presente le roía su pared impuesta de frialdad como un animal hambriento y desesperado.

El profesor era suyo, suyo. Lo había dicho, se lo había demostrado de miles de formas y no había dejado de hacerlo porque ahora tuviera su propio sumiso. Lo sabía y aun así ese dolor en el fondo de su pecho continuaba visitándole. No podía odiarlos, y tal vez eso fuera lo peor. No a ese Myko con sus ojos de niño cándido, sus atenciones y su dulzura imposible de despreciar, ese mismo que había sido su amigo durante muchos años y lo ayudó cuando lo necesitaba. No a Kiro y todo lo que Kiro era para él. Y sin embargo, en ocasiones, no podía evitar pensar que había sido desplazado de algún lado y nadie lo extrañaba. Prefería no pensarlo, enterrarlo como la estúpida espinilla que era. Por eso en esos días había vuelto a la caza compulsiva y al ensañamiento caprichoso con sus víctimas, algo que no había hecho desde que se mantuvo separado del profesor. Probablemente también habría vuelto al descuido de la escuela y su aspecto, pero viviendo en la misma casa que el profesor…

Observó el cielo, oscuro y estrellado. Argh, ¿tanto rato llevaba ya? No quería preocupar al profesor así que se sacudió los pantalones manchados, se acomodó algo el cabello y se dirigió al que era su hogar desde la muerte de mamá. Por esas horas el profesor ya debía haber cenado y se preparaba para dormir. A pesar de que tenía su propia llave para entrar por la puerta trasera Muka continuaba prefiriendo entrar por su ventana en el vestuario, que Kiro tampoco había dejado de mantener abierta para tal propósito. Adentro se quitó la camiseta desgarrada y la ocultó bajo una caja de zapatos. No necesitaba soportar el interrogatorio del profesor si llegaba a verla. Se colocó encima una vieja camisa negra del mayor que usaba sólo para dormir y se dirigió al que debía llamar “su cuarto.”

El profesor estaba ahí, leyendo a la luz de una lámpara en su sitio de costumbre ante la ventana. Al verlo dejó su lectura de lado y sonrió. Muka se echó sobre la cama liberando un suspiro.

-¿Dura caza? -dijo Kiro comprensivo sentándose a su lado. Comenzó a acariciarle detrás de las orejas, sabiendo que eso le calmaría.

“No haga eso…” pensó el joven echándolas hacia atrás.

-El cabrón no quería morirse -comentó con los ojos cerrados. Vio que era el momento perfecto para decir-: Me rompió la camiseta queriendo apuñalarme.

-¿Estás bien?

-Claro. ¿No se nota?

Muka no vio la forma en que Kiro torcía los labios, pero aun así supo que su tono no había sido el más apropiado por lo que inclinó la cabeza hacia la mano del mayor, frotándose contra ella como una silenciosa disculpa. El profesor profundizó las caricias y se inclinó sobre él.

-Feliz Jukstara.

Muka abrió los ojos y lo miró, arqueando una ceja.

-¿Qué?

Las mejillas de Kiro enrojecieron al tiempo que sonreía y le dirigía esa mirada profunda que a veces apabullaba al joven. El mismo que se sintió un imbécil al caer en cuenta.

-Ah -dijo y sonrió de medio lado, intentando mejorar la mala impresión pero sin evitar otro sonrojo-. Feliz Jukstara. Se me olvidó, disculpe. Disculpa.

Todavía no se acostumbraba del todo a olvidarse del trato formal mientras estaban en casa.

-Está bien -dijo Kiro sin dejar de acariciarle ahora el rostro-. Sé que has estado muy estresado por todo lo de la escuela y no te culpo. Yo tampoco lo habría recordado si no fuera porque Myko me lo dijo.

El mayor suspiró, en tanto Muka sentía nuevamente la vieja molestia dentro de él en forma de un pensamiento: “Tenía que mencionar a Myko, ¿verdad?” Pero nuevamente intentó olvidarlo porque sabía que no le traería ningún bien mencionarlo. Habría sido una mayor estupidez dado que él fue la de la brillante idea de traer a Myko a la sumisión.

-¿Y dónde está él? -dijo asumiendo que el profesor querría celebrarlo con su amigo también.

Decían que esa era la fiesta para celebrar todas las formas de amor, ¿verdad? Y eso, como sea que sea, lo incluía a Myko. Por mucho que su interior se resintiera.

-En su casa, supongo, o con Pytro -respondió el mayor y se acercó de nuevo para susurrarle-. Tengo una sorpresa para ti. En la habitación de huéspedes.

¿Estaba escuchando bien? ¿Sugería que estarían ellos dos, solos? Muka lo miró exactamente como se sentía, sin oportunidad de disimular su sorpresa. Kiro asumió que la respuesta era positiva y ya no se contuvo para hacer lo que venía deseando desde que lo vio; se abalanzó a abrazarlo, no dejándole otra opción a Muka que refugiarse en el hueco entre su cuello y hombro. Lo abrazó de vuelta, intentando no pensar en lo mal que se había sentido los últimos días. Hasta le había preparado un regalo por ese día, era lo mínimo que podía hacer.

-¿Qué ha hecho? -preguntó.

-Ya lo verás.

——

Desde que el joven se había mudado ahí, para lo menos que se usaba la habitación de huéspedes era para albergar a un huésped. Durante la tarde, mientras su Amo salía de caza, Kiro se había esmerado por hacerla ver como una auténtinca mazmorra de torturas. A un lado, sobre una mesita de luz y un pañuelo azul, había una buena cantidad de juguetes sugestivos: pinzas con cadenas, consoladores, un par de buttplgs, bolas unidas que vibraban con un control remoto. Al otro la vieja jaula que el profesor se había conseguido hacía tiempo y les había traído tanta diversión en el pasado. Pero en el centro, en el centro estaba lo nuevo.

La cruz de Silema. Una equis gigante con grilletes para pies y manos. El klowny que fuera sujeto por ellas se vería completamente imposibilitado para resistirse a lo que sea que quisieran hacerle. Muka sabía que en algún momento había mencionado que le gustaría tener la que Ylmar le mostró en el club donde trabajaba, pero aun así estaba estupefacto al dirigirse al profesor. Todavía estaban sostenidos de la mano.

-No entiendo. ¿De dónde sacó el dinero?

Claro que le había planteado la posibilidad al profesor de conseguir su propia cruz, pero por lo que Ylmar les dijo costaban un par de manos en el mercado y no menos caro era mandarlas a hacer. Kiro dijo que podrían conseguirla más tarde y Muka asumió que pasaría un largo tiempo hasta que podrían utilizar una en su propia casa. Hasta que él acabara la escuela y el profesor tuviera que dejar de pagársela.

Kiro le apretó la mano y se puso frente a la cruz. Hizo sonar las cadenas que sostenían los grilletes de las manos.

-Estuve ahorrando algo de dinero desde que dijiste que querías comprarla. Con Ylmar conseguí que el mismo distribuidor que les dio las suyas al club me hiciera un descuento y me ayudara a instalarla aquí -Estaba feliz, entusiasmado por todas las fantasías que podrían realizar ahora con su nueva adquisición-. ¿Qué opinas?

-Está… genial -dijo Muka todavía reponiéndose de la sorpresa y le dio un golpecito a la madera oscura y barnizada. Era de verdad-. Vaya, gracias…

De pronto pensó que, en cuanto llegara el día siguiente, Myko iba a ser el esposado a la cruz con un Kiro dominante irguiéndose desde atrás con una sonrisa y el peso que lo venía asaltando reapareció con toda su desagradable realidad. Kiro notó el cambio en su ánimo y se preocupó porque algo hubiera hecho mal. No era que hubiera puesto mala cara, era algo que olía en el aire.

-Amo -dijo-, ¿está todo bien?

-Sí, ¿por qué lo dice? -respondió el joven sin mirarlo, haciendo como que inspeccionaba la firmeza de la cruz.

-Es que te noto… ¿hice algo mal? Creí que esto te gustaría.

-Sí me gusta -respondió el joven un poco a la defensiva-. Será divertido usarlo.

-No -respondió Kiro tomándole el mentón para forzarle a mirarle. El gesto no fue impulsado más que por la ternura-. ¿Qué pasa?

Muka se zafó del agarre y desvió la vista. Una parte de sí quería decirlo pero no se atrevía. A Kiro le hirió esa indiferencia más que cualquier respuesta.

-¿Qué?

-Myko -masculló Muka. Como el tenso silencio se alargaba su cerebro dijo “qué más da” y continuó-: ¿No querría pasar este día con Myko y usarlo a él en la cruz?

-¿Estás diciendo…? -Kiro casi no podía creérselo-. No, no puedes estar diciéndome que estás celoso de Myko.

Se encogió de hombros.

-Pasa mucho tiempo con él.

Kiro comprendió que no era estrés por la escuela lo que había mantenido a Muka distante durante tanto tiempo.

-Tú fuiste el de la idea de que fuera mi sumiso, ¿qué esperabas? ¿Prefieres que lo deje solo?

Muka había visto a Myko después de la primera sesión. El muchacho se había echado a llorar en los brazos del mayor, abrumado por tantas emociones que le llegaban de golpe. Él también lo habría abrazado y dado consuelo como pudiera, pero de ningún modo podría haber dicho las palabras que el profesor pronunció entonces y tuvieron el efecto de una poción calmante sobre el chico.

-No.

-Entonces ¿qué? -exigió Kiro.

Muka creyó detectar una nota de molestia en su voz, aunque no la hubiera, y se sintió avergonzado de haber delatado una inseguridad suya.

-Mire, olvídelo, ¿sí? Es sólo una tontería mía.

Cuando miró al profesor vio que éste estaba al borde de las lágrimas. Al menos tenía un aspecto como de quien va a vomitar. Muka ahora sí se sintió como una rata. El profesor sólo quería darle una felicidad por esa fiesta y él se lo arruinaba por un asunto sin importancia. Dio un paso en su dirección, aunque no tenía claro qué iba a decir, pero el mayor lo detuvo derramando la primera lágrima. Temió empeorarlo todo con su cercanía.

-¿Cómo puedes pensar eso? -dijo con voz quebrada-. ¿Acaso he hecho algo mal dándole mi atención a Myko, Muka? ¿Te he descuidado de aguna forma?

-¿Descuidado? -La palabra lo ofendió en su orgullo. Y le molestó una vez más depender del profesor de esa forma-. No, para nada. Es sólo una estupidez mía, ¿vale? No es usted, es que… bueno, antes era yo, ¿no? Sólo nosotros. Y ahora es nosotros, usted y Myko. Es algo nuevo, es todo.

Muka esperaba con eso dar final a ese asunto y, como para comprobarlo, dio otro paso hacia el mayor. Este percibió el tímido movimiento y antes que el joven pudiera apartarse, lo encerró en un estrecho abrazo mientras sentía la herida en su corazón quemarle con fuerza. Lo último que hubiera querido era hacer sentir mal a su Amo y ahora mismo la culpa por haberle fallado de alguna manera le carcomía. No podía saber que el abrazo le sabía peor que un reproche a Muka.

-Lo siento, ¿está bien? -intentó una vez más alzando la vista-. Fue una tontería. Olvídelo.

-Muka, no lo entiendes -le dijo el mayor acariciándole una mejilla. Muka tomó la falta de lágrimas como una buena señal-. ¿Recuerdas lo que me dijiste cuando me propusiste ser tu esclavo?

Muka se sonrojó. Sus palabras de ese entonces le parecían infantiles y arrogantes.

-Sí.

Kiro sonrió un poco.

-Prometí que tú serías el único al que adoraría, honraría y obedecería siempre. Supongo que no lo he hecho del todo bien si llegas a sentir que te he desplazado o que no pienso en ti incluso cuando estoy con Myko.

“¿Eso hace?” pensó Muka. E inmediatamente se dijo “bien hecho, idiota.” Tal vez en algún profundo nivel de subconsciencia había querido hacer sentir mal al profesor, herirlo realmente, pero viendo el resultado frente a sus ojos no podía hacer menos que intentar desaparecer su pena.

-No sea tonto -dijo tomándole la mano sobre su rostro y estrujándosela-. No ha hecho nada malo. Myko está empezando en todo esto y necesita su ayuda. Sólo necesito acostumbrarme, es todo -El mayor todavía sonreía con la mirada tristona-. No haga eso. Vamos, es una estupidez mía. Usted no tiene la culpa. ¿Debo darle de nalgadas para que lo entienda?

-¿Eso quieres? -murmuró Kiro y se puso de rodillas antes él. Le acarició los costados como si no quisiera de tener contacto con él-. Puedes hacer conmigo lo que quieras, Amo. Mi cuerpo le pertenece.

Muka esbozó una breve sonrisa. Pasó sus dedos por los cortos cabello negros y luego le dio un ligero tirón a la punta alargada de la oreja.

-Dígame que usted está bien y que entiende -dijo-. Yo necesito tiempo, es todo.

El tirón no le había gustado pero escuchó en silencio lo que su Amo le pedía y cabeceó en afirmación. Cuando volvió a sentir el movimiento de su mano en la coronilla se restregó contra él ronroneante.

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(1) Jukstara es una fiesta klownyana que me saqué de la manga. Vendría a ser el equivalente del San Valentín.

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