Miel y metal. 5

Capítulo 5: Top of my tongue

“¿Por qué tienes que alejarte?”


———————

(L) Rachel Berry (L) Superstar dice:

¿Qué?

Ese qué no era interrogativo. Para asegurarse de que había entendido correctamente Rachel no tenía más que mirar la frase arriba de su nick en el msn y ahí estaban las letras, tan claras y rojas como la sangre. El “qué” era de un estilo diferente al de la sorpresa, uno casi benigno y comprensivo, una oportunidad inapreciable para que su interlocutor dijera “¡caíste! sólo era una broma” y hacer como si nunca hubiera sucedido. Hasta habría pasado por el alto la falta de gracia y dicho un condescendiente “buena esa, casi me lo creí.” El problema era que Finn no bromeaba.

Finn dice:

Dije que me uní a la banda de la escuela. ¿Eso está bien?

Ahí la chica no sólo entendió que iba en serio, si no que se enfadó. Lo que tecleó a continuación lo redactó como si presionara las viejas teclas de una máquina de escribir antigua; con demasiada fuerza y haciendo ruido.

(L) Rachel Berry (L) Superstar dice:

Por supuesto que no está bien, Finn. ¿Cómo iba a ser bueno que mi novio me clave una daga por la espalda ayudando a la competencia?

Apretó los puños a los lados del teclado, mientras aguardaba una respuesta. Cinco segundos de silencio después deseó que los dedos de Finn se movieran más rápido. Era de lo más frustrante ver al fondo que Finn estaba escribiendo un mensaje y aun así no leer nada nuevo.

Finn dice:

Rachel, no es como parece. Dije que entraré a la banda, no al club Glee y dudo mucho que un baterista decente haga un gran cambio.

Rachel preguntó por qué diablos lo hacía entonces. Finn le explicó que extrañaba la batería, el dejar que el ritmo fluyera y participar de la música en general, pero no se preocupara porque no iba a cantar ni una sola vez. Y, sólo para tranquilizarla (sospechó Rachel), agregó que los cantantes de su escuela tampoco eran muy buenos. Ninguno cantaba mejor que él y sin duda estaban a años luz de superar al club Glee de allá, especialmente con ella.

Rachel captó el cumplido, lo procesó y volvió a la carga, ya más relajada.

(L) Rachel Berry (L) Superstar dice:

¿Quién te convenció de hacerlo?

Hablaban todos los días desde hace tres semanas durante horas, , y ni una sola vez Finn había mencionado su añoranza por la batería. Por ella, por los profesores, sus compañeros, incluso por la comida de la cafetería, sí, pero no por la batería. ¿Y ahora de repente resultaba que sí?

Finn dice:

Nadie.

(L) Rachel Berry (L) Superstar dice:

¿En serio? ¿Entonces nadie te ha dicho que deberías entrar a la banda o es lo mejor para ti?

Rachel lanzó a la pantalla una mirada penetrante, desconfiada, que habría estado destinada al rostro de su novio de estar ahí.

Finn dice:

Bueno… hay una chica (no enloquezcas) que me vio tocando con los cubiertos durante el almuerzo y dijo que no sería mala idea. Le dije que no estaba seguro pero ella insistió y… No tenía idea de cuánto necesitaba tocar hasta que recordé una canción de Kenya y fue como si mis manos tuvieran que expresarla de algún modo y liberarme de ella. Por favor, no enloquezcas.

(L) Rachel Berry (L) Superstar dice:

No seas ridículo. No enloquezco.

Claro que no. Estaba completamente cuerda. Tan clara su mente como la imagen de una rubia platinada cuya única contribución a la banda probablemente sea tocar el triángulo, con atributos femeninos considerables y piernas tan largas como las de Rihanna.

(L) Rachel Berry (L) Superstar dice:

¿Y qué, te pareció atractiva? ¿Por eso le hiciste caso?

Finn dice:

¿Estás bromeando? Por supuesto que no.

Finn dice:

Era una chica normal, algo nerd y hablaba… no sé cómo hablaba, con un acento como el de ese actor al que atraparon con la niñera mientras estaba casado con esa actriz Jennifer algo.

(L) Rachel Berry (L) Superstar dice:

¿Británico?

Finn dice:

Eso mismo.

Rachel corrigió la imagen. Ahora era una escuálida persona, con dientes salidos y sujetos por frenillos, grandes anteojos y un aparato para el asma siempre a la mano. Una patética alma propensa a los flechazos que no perdió oportunidad de acercarse a un jugador de fútbol y se le pegaría como una larva con la ingenua esperanza de que algún día él se enamorara de ella. Sin embargo -esto le cayó como un balde de agua helada- Finn sería perfectamente capaz de corresponderle. Si una vez se había enamorado de ella, no la chica más atractiva de la escuela -aunque sí la más talentosa-, también podía mirar a una con dientes de conejo que a saber si tendrá un talento. El acento tal vez fuera inventado, justamente para lograr un aire más interesante, pero eso era lo de menos. E incluso las nerd pueden ser atractivas. Sólo había que soltarles el cabello y darles lentes de contacto para pasar de patos a cisnes en la mayoría de los casos. Rachel no conocía ninguno, pero sí había visto las suficientes películas al respecto para pensar que de verdad podía ser así.

Finn dice:

¿Rachel? Sabía que ibas a tomarlo de esa manera. Entiende que eso no significa nada. Ni siquiera me gustó su acento, se me hacía difícil entender lo que decía. Por un momento creí que me ofrecía un pastel de panda o algo así.

La joven tuvo un repentino pensamiento. Uno de esos instantes en que la sensatez brillaba en medio del drama. Sin importar cómo fuera la chica (o cualquier chica alrededor de Finn) ella no podía hacer nada por el simple hecho de que estaban en lugares distintos. Finn podía haber abandonado la escuela, casarse o unirse a un circo y ella no se enteraría a menos que se lo dijera. No podía preguntarle a otros compañeros, pagarle a alguien para que siguiera a Finn ni ver en su rostro si era sincero. Sólo podía confiar en su palabra porque sin eso no tenía nada que los uniera.

Finn dice:

Rachel, di algo. Tú sin una palabra me pone nervioso.

¿De qué serviría mentir a una persona a kilómetros de distancia y sin ningún poder sobre uno?, pensó la joven y tecleó suavemente.

(L) Rachel Berry (L) Superstar dice:

Está bien. Te creo.

Finn dice:

¿En serio? ¿No es una de esas veces en las que dices que sí pero es no?

Suspiró. Se sentía como si una parte de sí hubiera madurado de pronto, crecido y fortalecido de algún modo. Tal vez esa distancia impuesto le había enseñado algo sobre paciencia. Si era así al menos traería algo bueno.

(L) Rachel Berry (L) Superstar dice:

Es que no tendría mucho sentido que te acosara con preguntas y me negara a escuchar tus respuestas, ¿verdad? A fin de cuentas no puedo hacer nada más que creer lo que dices ya que me es imposible comprobarlo, dada la distancia que nos separa.

Finn dice:

Nunca te mentiría, Rachel.

“Si tú lo dices…” le hubiera gustado replicar pero eso habría sido como escarbar en la herida y contestó en cambio: “Yo tampoco.”

Así era mejor. Hablaron un rato más sobre trivialidades hasta que Finn tuvo que desconectarse por ser demasiado tarde donde estaba. Rachel permaneció un rato más ociosamente, vio Evita en su versión con Madonna por centésima vez y se echó a dormir. Recordó las veces que había abrazado, besado y sentido la presencia del cuerpo de Finn en esa misma y lo extrañó tanto que derramó lágrimas hasta conciliar el sueño.

——–

Kurt nunca había estado más nervioso en su vida. Todas las veces que había cantado en público no estaba ni cerca de compararse a la sensación de mareo que le acometía, ahí sentado en uno de los bancos frente al centro comercial. Hacía algo de calor por lo que se había abstenido de ponerse la bufanda a cuadros blancos y negros que sabía combinaba a la perfección con sus nuevas botas estilo vaquero, pero aun así le sudaban las manos y ya era el segundo pañuelo que estrujaba entre sus dedos. Miró a las personas que le pasaban, con sus helados en mano y manos en los brazos de sus parejas y el vacío de su estómago amenazó con estrangularlo. Revisó nuevamente su reloj. Sólo habían pasado 7 minutos desde el momento en que le dijo a Mike que se encontraran a la entrada del edificio, pero él estaba ahí desde hace 15. Se preguntó nuevamente en qué había estado pensando cuando se le ocurrió llegar temprano.

Por fin creyó divisar una automóvil gris familiar en la acerca y apeándose de él la cabellera negra que ya conocía. Dudó sobre si ir a su encuentro de inmediato o quedarse ahí esperándolo. Tal vez debería levantarse para pretender que también acababa de llegar pero no se atrevía a moverse, no fuera que se delatara. Mike salió por la puerta del pasajero, se inclinó a decirle algo a la persona que conducía (uno de sus padres, seguramente) y luego se quedó despidiéndose hasta que el vehículo desapareció. Kurt lo evaluó con la mirada a la distancia.

Vestía casual, una camiseta roja sobre una camisa amarilla y pantalones jeans. Las zapatillas blancas, como de jugador de básquetbol, nuevas. Una mochila verde oscuro colgada del hombro. Era obvio que no había puesto su mayor empeño eligiendo su vestuario pero era algo de esperar. Después de todo lo que ellos iban a hacer no era diferente a la visita a un compañero para completar el trabajo de ciencias. Kurt se sentía tranquilo a ese respecto. Se habría vestido igual aunque sólo fuera a reunirse con Mercedes. Mike lo vio y sonrió. ¿No era increíble como ese simple gesto podía hacer desvanecer los dos pañuelos, el sudor de sus manos y el tiempo transcurrido? Kurt sólo era capaz de sonreírle de vuelta mientras lo veía acercarse.

—Hola —dijo el asiático—. ¿Llegaste hace mucho?

Kurt desechó el pañuelo en su mano en un tacho de basura cercano sin dejar de mirar al otro.

—Oh, no. Acabo de llegar también. ¿Qué tras en la mochila, si no te molesta que pregunte?

—Ah, esto —respondió Mike y se sentó a su lado. Kurt, sin pretenderlo en lo absoluto, percibió su desodorante, suave pero masculino, agradable. Mike puso la mochila sobre sus rodillas y sacó unas tres revistas que pasó a su compañero para que las viera—. Mamá hace algunos años quiso remodelar la sala así que compró muchas revistas así para sacar ideas. Pensé que podría servirte como inspiración.

Kurt las revisó. Una de ellas era tan vieja que la tapa casi se desprendía del resto de las hojas y los dobleces en las tapas de todas se habían vuelto blancas. Aun así le encantaron las salas que mostraban. Eran del estilo que él tenía en mente antes de hablarle a Mike pero estaban mejor definidas. Simples y elegantes. Daba tranquilidad tan sólo mirarlas. Podía verse teniendo un buen sueño en cualquiera de ellas.

—Son perfectas —dijo ojeándolas. En cuanto llegó a la página 30 de la más reciente dejó de respirar y jadeó—: ¡Oh, mi Dios!

—¿Qué? —preguntó Mike temiendo un ataque de asma (aunque no tenía idea de si Kurt padecía ese mal).

Kurt alzó la revista y le señaló enfáticamente el techo de una habitación decorada con cierto misticismo. Los tonos azules y violeta predominaban. Mike al principio no supo si esperaba que viera la pintura de un enorme dragón (lo cual de inmediato le trajo a la mente los problemas que representaría) o las cortinas de seda (más problemas) pero por fin cayó en cuenta.

—La lámpara.

No era exactamente japonesa. En un rincón de la pared colgaba una lámpara de papel morada, con hoyos por donde la luz blanca se colaba entre las telas igualmente moradas que se había colgado a su alrededor, dando la impresión de que una luna se colaba entre las nubes al anochecer.

—Claro, el diseño es demasiado plácido para lo que se supone es un evento juvenil —dijo Kurt pasado un tiempo—, pero la idea es encantadora, ¿no lo crees? Modificando el color y tal vez el tamaño podríamos hacerlo ver como un sol saliendo de las nubes. Será simbólico además, como el nacimiento del talento —Miró al joven, que sonreía de medio lado—. ¿Qué te parece?

La pregunta iba con intención retórica. Se daba cuenta de que el muchacho estaba lejos de compartir su mismo nivel de entusiasmo. No le decepcionaba ya que tampoco lo había esperado.

—Es una buena idea —dijo el asiático y se frotó la mandíbula con un dedo—, pero creo que quedaría mejor en el medio y las telas saliendo desde arriba y extendiéndose. Digo, la gente lo verá desde abajo, ¿no? Y lucirá mejor.

Kurt parpadeó un par de veces, incapaz de disimular su sorpresa. Luego sonrió regocijado, visualizando lo que Mike sugería. “Aunque no lo demuestre en su selección de ropa, sin duda tiene buen gusto” pensó. Eso era otro punto a favor.

—Tienes razón —dijo—. Y podemos combinar las telas con tonos brillantes para que simulen los rayos.

Mike asintió. Kurt podía ver que no sólo era amable, realmente le agradaba la idea. “Será útil cuando alquilemos nuestro apartamento” se dijo impulsivamente y revisó la hora en su reloj, nada más para no dejarse llevar por lo bochornoso de ese pensamiento. Pero eso resultó ser conveniente.

—Mejor nos damos prisa en conseguir esas telas —dijo irguiéndose y mientras devolvía las revistas a Mike, tuvo el fugaz impulso de llevárselo de la mano.

A último momento decidió que eso podría asustarlo y le hizo un gesto para que lo siguiera, deseando que su primer movimiento hubiera pasado desapercibido.

———

Media hora más tarde Mike todavía no dejaba de asombrarse por la cantidad de bolsas que llevaban entre los dos. Cuando encontró las viejas revistas de su mamá supuso que Kurt buscaría algunos adornos, pintura y poco más para imitar las cosas más festivas en las revistas, pero no tenía la menor idea de cuál era el alcance de la imaginación de Kurt. Justo después de que su compañero dijera “esta será la última, lo prometo” vislumbraba una vitrina que de algún modo se le había pasado por alto, trataba de convencerlo con frases como “oh, vamos, no puedes negar que es preciosa” y “nosotros tenemos que conseguirla”. Mike sólo se dejaba llevar, aportando de vez en cuando ideas que eran bien recibidas y en el camino hablaban de lo que se les ocurría. Antes de darse cuenta ya habían pasado dos horas cuando Kurt pareció satisfecho. El asiático comentó que ya tenía hambre, que por qué no iban a por algo.

Había una cafetería nueva al lado del salón de juegos a la que Kurt insistió en ir argumentando que la vez pasada que fue con Mercedes ella se comió cuatro pastelillos, cosa que sin duda era una prueba de cuán exquisitos eran. Le recomendaba especialmente el de limón cuando la atención de Mike se vio atraída por otra cosa.

—¿Qué pasa? —dijo Kurt al caer en cuenta de que no lo seguían, regresando sobre sus pasos.

Mike tenía una sonrisa en el rostro.

—Es una máquina de baile Pump It Up —respondió señalándola—. Vaya, hace tiempo que no las veía.

Por la forma en que la veía, Kurt ya sabía en lo que estaba pensando. Y considerando que él había aceptado mansamente seguirlo por todo el centro comercial amén de cargar las bolsas más pesadas, Kurt pensó por qué no.

—¿Quieres una rápida partida? —propuso. Abriendo mucho los ojos el asiático lo miró—. Nos queda tiempo más que suficiente.

Mike torció la mitad del labio hacia adentro.

—¿Qué te parece esto? —dijo al final—. El que pierda paga en la cafetería.

Ahora era el turno de Kurt de elevar ambas cejas.

—Espera, ¿pretendes que yo participe? Oh, no, eso claro que no.

—¿Por qué no?

—Porque…-“Estas botas no están hechas para bailar” iba a decir pero se detuvo. Había visto demasiadas veces la reacción de su padre ante comentarios similares como para figurarse la clase de impresión que dejaría en Mike si pronunciaba esa. Y no quería hacerlo-. Porque no sería justo. Todos sabemos que dentro de Glee tú eres el mejor bailarín, probablemente el mejor de toda la escuela. Y no, no me vengas con falsa modestia a decirme que no es verdad porque ¿adivina qué? no me la tragaré.

Mike estaba al borde de la risa.

—De acuerdo, eso puede ser… un poco cierto —admitió encogiéndose de hombros—. Pero tú también eres muy bueno. Además sólo se trata de seguir lo que dice la pantalla.

Mike ahora estrenaba lo que Kurt daría en llamar ahora en adelante como sonrisa “por favor, por favor, por favooooor.” Imposible negarle nada sin sentirse culpable. Luego se iba a quejar de la extorsión emocional a la que le estaban sometiendo, pero por ahora era sencillamente irresistible.

—Bueno, supongo que así se puede equilibrar un poco la balanza.

Suponía que en todo caso podía tener cuidado al pisar los cuadros.

—Es un trato —afirmó Mike y fue a la caja a cambiar dólares por fichas.

Cuando regresó dejaron las abultadas bolsas a los lados de las plataformas donde ellos debían pararse. Mike puso las dos fichas y elevó la vista hacia la pantalla, donde aparecieron las opciones del nivel. Con los botones del teclado Mike pretendió seleccionar el más difícil.

—Ni siquiera lo pienses —advirtió Kurt seriamente. Ya demasiado trabajo duro sería para sus botas cualquier zapateo.

Mike le dirigió una sonrisa por sobre el hombro -la clase de sonrisas que sólo causaba otra en respuesta, incluso una algo tímida- y eligió el nivel de principiantes. Un par de adolescentes menores que ellos se detuvieron a ver. Kurt se acomodó un mechón de cabello pretendiendo que no se había dado cuenta pero se sentía motivado. Luego aparecieron las listas de canciones disponibles.

—¿Qué te parece esta? —dijo Mike.

—No la conozco.

—Yo tampoco pero podemos probar, ¿no?

Otra sonrisa y un asentimiento por parte de Kurt. La canción, “Decadence”, era de una banda llamada “Disturbed” y en los primeros segundos de dejarse oír por los altoparlantes era evidente que pertenecía al género del metal. Kurt lamentó no haber escogido la versión rémix de la tonada de Mozart.

—Espero que sepas que después de esto voy a tener mucha hambre —dijo antes de que aparecieran las primeras flechas al fondo de la pantalla. Las luces bajo sus pies brillaron.

—Entendido.

Empezaron, al principio con poco que hacer. Kurt no se resbalaba sobre el plástico como había esperado, por lo que podía seguir las luces tan bien como el otro. Luego, cuando la máquina se puso más seria, ellos se movieron casi sincronizadamente; cuando uno veía que las flechas se dirigían hacia un costado, en un segundo los dos se inclinaban hacia ese lado. Velocidad, ritmo, tiempo. Esas eran cosas que los dos reconocían y dentro de las cuales ambos se movían como si hubieran nacido ahí. La atención de Mike en la pantalla era tan fija que ni siquiera notó cuando el par de adolescentes se convirtieron en seis, ni en siete u ocho, pero Kurt, igualmente sin desviar la vista, sí lo percibió y se sentía animado por ellos, aunque lo único que hacían era mirar en silencio. Era como un pequeño escenario donde los únicos artistas eran él y Mike. Le gustaba.

La música empezó a acelerarse. Ellos se mantenían a la par y conseguían tantos “perfectos” que algunos de los jóvenes que se habían juntado empezaban a comentar admirados. Pero mientras Kurt se desplazaba sobre el cuadro pisando donde era debido, mezclando un movimiento de caderas, brazos o cuello de vez en cuando para hacerlo más divertido, Mike era más “dramático”. Daba giros completos en el aire sosteniéndose de la barandilla, patadas y derrapaba sobre el suelo. Llegó un momento en que mientras un pie presionaba el cuadro del medio, eran sus manos los que presionaban los cuadros a los lados o de atrás. De alguna forma coordinaba sus movimientos con el tiempo necesario, consiguiendo aun más perfectos.

Fue en ese entonces que Kurt no pudo evitar mirarlo, alternando manos y pies como si estuviera ensayando una coreografía ya aprendida, y no se dio cuenta de que cuando iba a apoyar mal el pie. El tacón de su bota resbaló sobre el cuadrado a la derecha, haciéndole perder el equilibrio e irse demasiado a la derecha.

Las bolsas con las compras amortiguaron en parte su caída pero aun así se raspó la mano. Mike se detuvo en el acto y corrió a su lado, sin darse cuenta de que pisaba uno de los cuadros de Kurt justo en el momento en que lo necesitaba. El muchacho en el suelo se miró la herida y bufó, apartándose el cabello del rostro. Los jóvenes a su alrededor murmuraron e incluso alguien se rió. La vergüenza pública -a la que, de todos modos, estaba casi habituado- no le molestó tanto como el hecho de haber resbalado por un descuido suyo.

—Bueno, eso no fue totalmente humillante —dijo frustrado para sí.

—¿Estás bien, Kurt? —dijo Mike.

Kurt se aferró a la barandilla del juego para poder levantarse haciendo un gesto para restarle importancia. Mike le ayudó tirando de su brazo hasta que pudo ponerse en pie.

—¿No estás herido?

Todavía le tenía agarrado. Kurt se sentía un poco en las nubes, tanto por el contacto como por la dulzura que la genuina preocupación de Mike le hacía sentir, pero se forzó a volver a la Tierra y sonreír con calma.

—Sólo un pequeño rasguño, nada grave. También fue mi culpa. No debí haber aceptado con estas botas.

En el momento en que lo dijo Kurt zapateó con la bota por la que había caído y comprobó con inmenso alivio que aún conservaba el tacón bien fijado a la suela. La máquina no había parado su música y la gente, al ver finalizado el espectáculo, comenzaba a dispersarse.

—Lo lamento —dijo Mike y Kurt creyó que le iba a estallar el corazón cuando supo por su tono que realmente lo sentía.

—No te preocupes.

Un nuevo tono agudo de la máquina llamó la atención de los chicos. El lado de la pantalla de la izquierda había contado los puntos y decía “perdedor”. El lado de la derecha decía ganador y mostraba el puntaje superior. Los chicos se miraron entre sí y Kurt sonrió ampliamente.

—Tal parece que me debes un café.

Mike fingió sentirse molesto un instante y al otro se encogió de hombros con resignación.

—¿Cómo lo prefieres?

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