Miel y metal. 8

Capítulo 8: Numb

“Estoy tan cansado”


—¿Por qué haces esto?

Kate juntó los clavos en su mano, los dejó caer en una pequeña caja de plástico y miró a su interlocutora. Alice usaba el mismo instrumento que ella para poder quitar los carteles que, como Kurt no cesaba de decir, no combinaban en lo absoluto con la intención de su diseño. Los otros compañeros de la joven realizaban diferentes tareas a lo largo del club, moviendo mesas, sillas y cambiando la tela del escenario por otra cortina de color rojo “festivo”. Hace dos días Tina le había comunicado al club Glee que Alex le dijo que el dueño aceptó que su club fuera la sede de un concurso de karaoke escolar, siempre con la condición de que tuvieran cuidado con los muebles y le dejaran el lugar exactamente como estaba antes cuando todo terminara.

—¿Esto? —dijo Kate guardando el cartel en una caja alargada en el piso cerca de sus piel, junto a los otros, que debían permanecer sin un solo dobles para volver a ser usados. Sólo había levantado la vista para asegurarse de que era Alice quien le hablaba, luego ya no tuvo ganas de hacerlo—. Porque el dueño es un quisquilloso que quiere todo en el mejor estado posible, incluyendo imágenes en papel ya perforadas. Seguro espera que cuando los clavemos de nuevo incluso usemos los mismos hoyos.

—Probablemente —concordó Alice, ligeramente extrañada—. Pero me refería a por qué eres tan amable con estos chicos.

Kate hubiera preferido que la conversación se acabara ahí, pero no había ninguna campana que la salvara. Así que sólo tenía los clavos y la pared para distraerse de su deseo. Debió esperar que tarde o temprano la chica de mechas verdes aparecería. Era la única de la banda que trabajaba también de día en el bar y atendiendo mesas en lugar de hacer sonar instrumentos.

—¿Debo odiarlos? No me enteré.

—No —dijo Alice sacando otro clavo. Ella tampoco la miraba ni insistía en que lo hiciera, aunque hubiera sido perfectamente capaz de hacerlo—. Lo que quiero decir es que no entiendo desde cuándo eres tan cooperativa con cualquier club. Cuando estuviste con los chicos del coro de la iglesia y se quedaron sin lugar para ensayar por fumigación de termitas, dijiste que si fuera por ti que ensayaran con el gas venenoso.

Kate suspiró.

—Eso era diferente —dijo simplemente—. En primer lugar, yo no quise meterme en el coro. Me enviaron ahí porque empapé a la Hermana “Nada de Misericordia” con un balde de agua. En segundo lugar, esos chicos eran un montón de santurrones con la mente más cuadrada del mundo —Se encogió de hombros pero en verdad estaba más relajada que antes. Hablar de eso era mejor que pensar en otras cosas—. Si no eres voluntario para alimentar a los indigentes, escuchas música rock o, Dios no lo quiera, eres lesbiana, para ellos estás tan cerca del infierno como cualquier asesino serial.

—De acuerdo —dijo Alice con expresión de haber olido un huevo podrido—. Pero eso no me explica por qué incluso le pediste a Alex un descuento en comida como para una fiesta. ¿De aquí a cuándo eres fan de las fiestas?

—Joder, ya nadie puede ser amable en este mundo —se quejó la rubia frunciendo el ceño.

Alice dejó pasar unos momentos en lo que único que ambas oyeron fueron el murmullo de los presentes. La voz de Kurt dando indicaciones, una risa de Santana y Brittany, Mike enseñando unos pasos de baile, Tina compartiendo comentarios con Mercedes. Por fin sacó el último clavo y extendió la mano para ponerlo en la caja que sostenía Kate. La más joven se tensó por un momento (la mano estaba muy cerca de ella y llegó a pensar que le tocaría el brazo) pero no se movió (no podría) y casi suspiró de alivio cuando escuchó el sonido del clavo contra el clavo.

—Chica, ya relájate —le dijo Alice sonriendo a medias, divertida—. Cualquiera diría que esperas que te mate.

Kate bajó aun más la vista, las mejillas enrojecidas. Movió con el pie la caja con los carteles hacia la chica mayor, esperando que entendiera la indirecta. Alice tendió el cartel como a una sábana nueva y lo colocó sobre los demás. Kate, mientras tanto, continuó con el siguiente. Le pareció que a lo mejor si hablaba se sentiría menos incómoda. De todos modos tampoco no había razón para que fuera un secreto.

—Es un grupo diferentes, ¿sabes? —comenzó. Alice se irguió, arqueando las cejas con curiosidad. La rubia se encogió de hombros—. Digo, míralos. Tenemos de todo, excepto jugadores de hockey y eso porque son unos pretendidos reyes del universo. Animadoras, jugadores de fútbol, nerds, inadaptados, chicos del drama, divas. Hasta un abusivo. Uno esperaría que se odiarán entre sí o que serían indiferentes unos con otros, pero en Glee… no lo sé, es como si no importara. Sólo quieren cantar y lo hacen. Me gusta eso. Para variar.

—Eso puedo entenderlo —dijo Alice cabeceando afirmativamente. Kate sintió como si, en efecto, hubiera revelado un secreto. Pero no había sido más que la verdad. Entonces Alice sonrió con un dejo de ternura—. ¿Ya tienes amigos?

—Claro —dijo girando los ojos—. ¿No ves cómo me adoran? Poco más y me hacen un jodido altar.

Alice frunció el ceño.

—Es tu culpa. Apuesto a que de nuevo te estás concentrando más en dibujar que en estar con la gente.

De nuevo le hacía de hermana mayor. En otro tiempo (el verano anterior) le habría dado la razón al respecto y bromeado un poco incluso, apreciando el apoyo. Sólo que ella ya no lo sentía así y en cambio percibió el reproche como un ataque injusto. Le dolió. Y como le dolió, se enojó.

—Bueno, ¿y qué si así fuera? —replicó Kate por fin mirándola—. ¿Acaso eso te afecta? Como maneje mi vida no tiene nada que ver contigo, ¿o me equivoco?

A Alice le sorprendió ese breve arrebato pero su rostro no reveló ninguna emoción. No podía quitarle la razón a la joven. Sabía también que tenía motivos para enojarse con ella más que con nadie. Se dio cuenta de que se había equivocado al suponer que la más joven acabaría por entender sus razones en tan poco tiempo. Todo había sido demasiado nuevo, demasiado abrumador y tan de golpe. Por supuesto, no podía esperar que las cosas volvieran a ser como antes. No por el momento al menos.

—¿Te digo algo? —continuó Kate con tensión en la voz—. Tú sigue con esto y guarda todo en el armario de arriba. Debo ir al baño, joder.

Sin agregar más (y sin que Alice hiciera amago de detenerla), le dejó la caja con los clavos y se retiró del lugar hacia los baños a un lado del bar de bebidas no alcohólicas. Alice lanzó un suspiro para sus adentros y regresó a la tarea de la rubia.

Brittany llamó la atención de Santana moviendo ligeramente su brazo. Tanto ella como la chica latina se estaban encargando de formar una trenza con las tres serpentinas de colores distintos que estaban sobre sus regazos y luego colgarían de pared a pared, alegrando los oscuros ladrillos. Debían tener cuidado pues el papel podría romperse al doblarlo sobre otros. Sólo que para Brittany era difícil mantener la concentración en una misma cosa por mucho tiempo y dado que habían estado con la trenza por los últimos 15 minutos, era entendible que tarde o temprano acabara buscando algo más en que fijarse y eso fue lo que, de todos modos, ya le había estado llamando desde hace tiempo. El encuentro de la chica de la gorra con la de pelos verdes.

—Mira —le indicó a Santana. La chica latina dirigió una mirada indiferente hacia el lugar que le indicaba. El “¿y qué?” que iba a salir de sus labios se detuvo cuando la rubia agregó—. Fueron amantes. Creo que intentan volver.

Y se mordió el labio, como si esperara una escena emocionante.

—Un momento, retrocede —dijo Santana frunciendo el ceño—. ¿Quién dice que lo fueron?

—Tina me lo dijo —explicó Brittany sonriente—. Kate se lo confirmó hace unos días durante una pelea con Rachel.

Santana volvió a mirar, esta vez prestando mayor atención, como si así pudiera entender mejor. Pero sólo confirmó que era cierto. Ella se enorgullecía de ser capaz de reconocer tensión sexual donde fuera y ahí se estaba dando un muy buen ejemplo. La novedad era que ninguno de los participantes era un chico. El hecho pareció fascinarla e intrigarla. Jamás había visto una pareja de lesbianas fuera de la televisión. Entonces notó que no era la única absorbida y, sin preguntarse el por qué, sintió que se molestaba.

—Bueno —dijo trenzando otra serpentina, ignorando a las otras chicas—. Supongo que no debería ser sorpresa. Es claro que alguien que usa una ridícula gorra todos los días no puede ser normal. Tenía que ser lesbiana o un chico en el cuerpo de una chica.

—A mí me parece algo tierno —afirmó Brittany sinceramente.

Un factor considerable al que debían las gracias por la larga duración de su amistad residía en la habilidad envidiable de Brittany por desconocer las malas intenciones detrás de las palabras de Santana. La rubia era demasiado inocente para caer en cuenta que mucho de lo que decía su amiga pretendía desprestigiar a otra persona. Y más lo era para saber que mientras más miraba al par femenino, más irritaba a su amiga.

—Deja de quedarte viéndolas así —le espetó sin levantar la vista de las serpentinas—. Eso que haces debe ser como vouyerismo o algo así.

—¿Vou qué? —inquirió Brittany regresando a ella. Luego sonrió, como disculpándose por la pregunta—. Sabes que no conozco todas las palabras en inglés.

—Es francés —aclaró Santana distraídamente, arqueando una ceja porque la chica de la gorra se estaba alejando de la mayor y pronto estuvo fuera de su campo de visión. La mayor sólo se quedó, siguiendo con el trabajo que era de la otra—. Ahí tienes a tu escena romántica del año.

Brittany liberó un “aw” de decepción y luego encogió los hombros con resignación. De verdad le había enternecido la idea de presenciar una reconciliación.

—Sigan trabajando, señoritas —pidió Kurt pasando por su lado, diciéndolo más bien por Brittany, pero sonriendo a ambas.

Brittany le sonrió de vuelta y regresó a las trenzas. En cuanto se apartó unos pasos de las chicas (y de cualquier oído curioso), Mercedes se colocó a su lado mientras caminaban por el club, aliviándole del peso de tener que buscarla para reiniciar la conversación que tuvieron unos momentos antes pero interrumpieron, porque justo Puck había tenido que llevar una mesa cerca de ellos y Kurt no quería que nadie lo escuchara.

—¿Qué vas a hacer? —dijo Mercedes.

Kurt tomó una gran bocanada de aire, lo contuvo en su pecho por unos segundos como para relajarse y lo liberó en un suave suspiro. Se acercó a las nuevas cortinas que rodeaban el escenario y fingió examinar la textura.

—Lo tengo decidido —dijo—. Iré a ese sitio, veré qué tal es y si me resulta lo bastante agradable… le pediré a Mike que vaya conmigo.

Ya había puesto a su amiga al tanto del sitio al que le habían referido los músicos. Lo que antes había sido llana emoción se había convertido en una especie de silencioso pánico mezclado con una alegría que le parecía casi suicida. Suponía que algo así debían sentir las personas que deciden lanzarse por un puente sujetos por una cuerda elástica en sus pies. También había una impaciencia expectante, como si su piel ya ansiara probar el aire mientras lo atravesaba, perder el aliento al hacer ese último paso hacia el vacío.

Su plan original había sido invitar a Mike directamente pero acabó por convencerse que esa debía ser una experiencia que debía tener por sí mismo. Quería ver cómo otras parejas de chicos se desenvolvían por sí mismo. Cómo lo manejaban otros muchachos de su edad, si es que confiaba en la palabra de Albert. Donde la palabra marica no era aceptada por nadie y si alguien quería tomarse de las manos con la persona que le gustaba, a nadie le importaba. Quería vivir todo eso por su cuenta, al menos la primera vez. Luego, cuando la maravilla tipo “no puedo creer que esto esté pasando” se aligere un poco se encontraría con mayor presencia de ánimo para hacer parte a otro.

Mercedes se encogió de hombros y sonrió. La verdad no tenía mucha confianza en que lo de incluir a Mike fuera una buena idea, pero en parte la tranquilizaba el hecho de que el chico asiático no fuera de la clase que hostigaba a otros, aun si eran diferentes a él. Aun si lo de Kurt era pura imaginación, no lo molestaría por ello. Imaginaba que alguien como él actuaría, de hecho, como si nada hubiera pasado. A Kurt le dolería, claro, pero era mejor que otras opciones.

Kurt miró al otro del club, donde Mike le estaba enseñando unos pasos a Artie. En el momento en que se percató de que tenía un nuevo espectador, el asiático dio un cómico giro en el aire y pretendió desplomarse en el suelo al mejor estilo de Chaplin. Rió entre dientes.

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