Miel y metal. 9

Capítulo 9: Eat you alive

“Tu belleza es tan vana (maldición, eres demasiado ardiente)”


Lauren vio que algo se caía desde el regazo de Artie en el pasillo. Era comprensible ya que lo tenía atestado de tres cestas, cada una de diferentes tamaños, cintas y otras cosas brillantes. Nada de eso le interesaba pero sí le llamó la atención esa figura rectangular en el suelo, envuelto en papel de aluminio brillante. Se trataba de una barra de chocolate de una de sus marcas favoritas. La recogió en su mano y pensó en guardársela en el bolso mientras nadie miraba. Pero la voz del chico de rueda llegó antes que eso.

—Oh, ahí estaba —dijo con una sonrisa. Lauren lo miró con desgana. Ya era demasiado tarde para pretender que no sabía de lo que hablaba. El chico podía ver el dulce en su mano—. ¿Me lo devuelves? Como que lo necesito.

—¿Para qué es todo eso? —inquirió la chica señalando las cestas y los otros dulces. Mantuvo a consciencia su expresión impasible pero en el interior inspeccionaba la carga. Todos eran chocolates, paletas y paquetes de galletas de las que más le gustaban. Y no eran pocos-. Parece que vas a dar una fiesta.

—¿Esto? —dijo Artie y miró su regazo. Se encogió de hombros sonriendo a medias—. No es nada. Es sólo que el club Glee va a hacer un concurso de karaoke para elegir a un nuevo miembro y yo estoy a cargo de los premios.

Lauren se interesó por eso.

—¿Van a dar los premios en forma de dulces? ¿A todos? Un poco infantil, ¿no lo crees?

Imaginaba que podría desviar la conversación hacia un punto en el que a Artie dejara las cestas con ella.

—Bueno, otra idea era dar MP4s pero nadie tenía tanto dinero. Además, ¿a quién no le gusta un buen dulce, cierto? Incluso los adultos comen kilos chocolate después de una ruptura, así que por qué no hacerlo a nuestra edad —Y como sabía un poco sobre el tema, no pudo evitar agregar—: Pienso que tiene que ver con todas esas endorfinas que disparan hacia el cerebro y les da un bienestar pasajero. Es algo así como fumar o el café pero con menos nerviosismo y dedos no amarillos.

—Aja —dijo Lauren cabeceando, golpeando suavemente el dulce contra el mentón—. Así que ¿todos los premios se reducirán a golosinas?

—No, claro que no —dijo Artie—. También va a haber unos pequeños trofeos y, ya sabes…

—¿Qué? —peguntó Lauren casi a su pesar, porque sabía exactamente que eso esperaba el chico que hiciera.

Esos nerds eran tan fáciles de leer pero desgraciadamente no a todos se les podía ver el pensamiento impreso en la frente todo el tiempo. Además, a lo mejor Artie iba a mencionar que otro premio sería un pequeño cheque o cupón para restaurante. El chico de los lentes miró alrededor e hizo girar las ruedas para acercarse a ellas.

—Bueno, no se supone que debo decirlo pero todo esto es una maniobra desesperada para conseguir nuevos miembros para el club. A las audiciones sólo se presentó una chica. De entre todos los miembros de esta escuela, sólo una. Realmente patético, no tienes que decirlo. Así que, además del trofeo, las cestas, todos esperamos que el ganador esté moralmente obligado a quedarse en el club. O convencerlo al menos.

—Suena estúpido.

—Lo sé pero además está el premio secreto.

Lauren arqueó las cejas. No iba a decir “qué” dos veces en una conversación, no estaba tan desesperada por saber. Artie volvió a fijarse que nadie lo oyera.

—De acuerdo, supongo… que no hará mal si te lo menciono. Sé que no eres del tipo chismoso.

—Aja —afirmó la chica simplemente, ya impaciente.

¿Para qué decir más? Era cierto. Aunque Jacob perteneciera su circulo de amigos, ella nunca tuvo demasiado interés en andar por ahí regando verdades a medias sobre todos, en especial cuando no traía ningún beneficio para uno mismo.

—¿Conoces Breadstix?

—Claro que sí.

Todos en la ciudad conocían al restaurante.

—Bueno, el señor Schuester pensó que sería una buena idea agregar un pequeño cupón para una cena de dos para el ganador luego de unirse al club. Ni siquiera tiene que ser el ganador del primer lugar, con unirse al club será suficiente.

—Así que ¿estás diciendo que para ganar ese cupón no basta con la cesta, además debe sumarse a su pequeño grupo de inadaptados?

Artie no se ofendió en lo absoluto. Él tampoco era sordo ni tonto como para no entender que así los veían todos en la escuela.

—Correcto. Unos protestarían por el uso de semejante soborno pero ante medidas desesperadas, es válido el uso de cualquier estrategia.

—¿Y dónde será ese concurso de ustedes?

Artie le dijo el lugar, la hora y el día.

—Ya lo verás mañana. Será para cuando empecemos a repartir los volantes por correo electrónico y twitter.

—De acuerdo, tal vez me pase por ahí —concedió Lauren y se dio la media vuelta.

—Oye, Lauren…

—¿Qué?

—¿Me devuelves el dulce, por favor?

Lauren lo hizo a desgana tras un giro de ojos, como si le cansara que a Artie le interesara algo de tan poca importancia. Luego se retiró. Las clases habían terminado para ella. Artie guardó el chocolate con los otros y rodó hacia la sala del coro sin dejar de esbozar una gran sonrisa de satisfacción. En la sala del coro sus compañeros ya estaban ahí, hablando. Rachel se irguió desde su lugar junto al piano en cuanto le vio llegar, con los brazos en jarra.

—¿Y bien? —inquirió.

Los demás dejaron sus conversaciones para oírle.

—Sólo pesqué el interés de Lauren Zizzes —dijo Artie dejando las cestas y dulces en una silla, sonriente—. Pero si se lo comenta a su amigo Jacob en menos de un día ya todos estarán enterados de que quien se una a nosotros tendrá una cena gratis.

Los murmullos volvieron, esta vez teñidos de una nota optimista general. El señor Schuester llamó al orden, enviando a Rachel a tomar asiento con un gesto y a Artie a unirse con sus compañeros palmeándole la espalda. Los ánimos estaban algo agitados. A su manera cada uno de ellos se había emocionado con el proyecto del concurso y ahora imaginar que alcanzaran el éxito, el objetivo de todo que era conseguir nuevos miembros, les encantaba. Incluso Schuester se sintió contagiado por la perspectiva. Debía reconocer que el plan de Rachel de agregar un “premio secreto” para su nuevo miembro y el mandar a Artie a pasear todos los días con una cesta llena de pequeñas atracciones, a ver quién se fijaba en ellas, parecía ir por buen camino. El bichito de la moral que decía que todo eso tenía mucha pinta a una especie de soborno se había menguado considerablemente luego de que la morena dijera, tras explicar su idea:

—Después de todo, señor Schuester, no puede negar que dada nuestra posición social dentro de la escuela el entrar al club y además conseguir la victoria en el concurso serían dos cosas dignas de recompensarse.

Desde que Finn se había ido ya no cooperaba tanto como antes. Aún manifestaba su desaprobación hacia tal elección de canción o tal actuación, pero su animación se había apagado, lo que era motivo de desconcierto/preocupación/alivio entre los jóvenes que la conocían de antes. Sin embargo ese día no tuvo problemas en levantarse y aportar lo que tuviera en mente, como si nada malo hubiera pasado. Schuester aceptó también por eso, para motivar a la chica para que siguiera en esa senda de recuperación.

Así que todos los días Artie dejaba caer uno de los premios cerca de alguien e iniciaba la conversación que llevaría hacia una invitación tácita al concurso, agregando según conviniera el tema del premio secreto para quien entrara al grupo. Cuando el pasillo en el que estaba incluía el tener que hablar con chicas fuera de su liga, Rachel convencía a Puck de que lo hiciera. Al chico de ruedas esto no le importaba porque la primera vez que lo intentó por sí mismo su mente fue incapaz de pensar en otra cosa que no fuera buscar conseguir un número telefónico o una cita, sin ningún éxito. El del mohicano aceptaba solamente con la condición de quedarse con al menos una de las cestas de regalos.

Funcionaba tan bien que Schuester ya casi podía ver el club repleto a rebosar, casi podía oír las voces de los talentos aun por descubrir, la alegría de un joven al ver el trofeo en sus manos y la expectativa brillando en su rostro de volver a cantar en un escenario muy pronto.

No fue así en lo absoluto. Para empezar, habían ido muchos menos chicos de los que esperaba y durante la interpretación de los chicos de Glee de la canción de Rihanna, “Umbrella”, hubo aplausos pero a primera vista no vio que alguien se sintiera motivado para hacer lo mismo. Los chicos se dedicaban más que nada a bailar con la música, comer, beber o simplemente charlar entre ellos. Parecía más una fiesta fuera de la escuela que cualquier otra cosa, pese a la mesa de jueces sobre una tarima. Cuando Rachel anunció que el concurso iniciaría en breve y la lista para inscribirse estaba sobre la mesa de los jueces, le alivió y entristeció que la reacción general fuera más de apatía que evidente rechazo. Y cuando la morena leyó los nombres en voz alta, uno por uno… bueno, eso fue un desastre. Los tres primeros nombres eran bromas del estilo “El pato Donald”, “Malicia McNarigona” o “Gaylord Faget”. Su impaciencia al escuchar el último fue tal que por poco sube al escenario para recordarles a todos que no estaban ahí para chistes de escolares si no para llevar a cabo un inofensivo concurso de karaoke, pero Emma (que fue la única persona en toda la escuela que se ofreció como segunda chaperona del evento) le retuvo pidiéndole paciencia. “Ya sabes cómo son los chicos, Will. Sólo espera un poco.” Él lo hizo porque ella era quien se lo pedía y Carl el dentista no estaba en ningún lado. La morena, abochornada por el enojo y la vergüenza, no supo si seguir o no, si reprochar a quien sea que hubiera hecho eso o no, hasta que vio el gesto del profesor animándola a continuar con el programa.

Luego de esos tres motivos de risa (todavía se escuchaba una ligera al fondo del salón), Rachel continuó leyendo y una chica de piel oscura, rulos espesos de color negro subió al escenario al escuchar su nombre. Bueno, no cantaba espectacularmente. De hecho muchos apestaban. Schuester podía ver el esfuerzo físico que significaba para los tres jueces, en especial Rachel, limitarse a asentir con la cabeza y llamar al siguiente. Por fin decidieron que dar números para valorizarlos o sus opiniones en voz alta podría ser contraproducente. Poco a poco Schuester se relajaba. Incluso se vio incapaz de aguantar la risa cuando un nuevo bromista cantó mal adrede Lucky de Britney Spears.

Rachel estaba que echaba humo por las orejas. ¡Nadie se tomaba en serio nada! Por poco le chilla a aquel bufón que salga de una vez de su escenario para dar lugar a otros y lo habría hecho sin pena, de no ser porque de por sí ya se iba tras ganarse el aplauso del público. Kurt también estaba un poco harto de oír tan malas voces. Su puesto de juez estaba resultando ser mucho menos glamoroso de lo que había pensado. Y las voces, las voces, por Dios, eran un asco, dicho amablemente.

—Dime, por favor —susurró a Mercedes luego de una patética interpretación de un tema de Fergie—, que no soy el único que está pensando seriamente en pegarse un tiro.

—Pegártelo a ti, sin duda —expresó Mercedes con el mismo entusiasmo de un sonámbulo—. Yo se lo quisiera dar a ellos.

—Me alegro tanto de no haber sido yo quien escogiera las canciones. No soportaría tal destripamiento de mis favoritos.

—Y que lo digas. No soy gran fan de Jesica Simpson pero me dolió lo que esa chica hizo con su canción. ¿Oíste cómo se quedaba sin aire? ¿Habrá estado resfriada?

—Espero que sí. Empiezo a temer que todo el talento oculto en la escuela ya ha sido descubierto —dijo Kurt con la voz aun más baja, pues Rachel llamaba a otro nuevo participante. Sam algo. Lo vio de reojo y tuvo que reconocer que era lindo. La boca algo grande pero ojos preciosos. Parecía una criatura perdida encima del escenario. Eso y el cabello teñido de rubio le dieron algo de ternura—. Posible gay a la vista.

Mercedes frunció el ceño.

—No ha hecho nada.

—Mírale esas raíces oscuras. Diría que es directamente gay pero el amigo de Tina, Alex, me está haciendo dudar de cuánto cuidado le ponen los heterosexuales a su cabello.

—Deberías dudar. Yo sé que no dejaría que mi hombre ande con las greñas descuidadas.

Kurt disimuló su risa tras una breve tos. La franqueza con que Mercedes se expresaba a veces le parecía tan divertida. De todos modos todavía conservaba la esperanza. Sam empezó a cantar un poco más tarde de lo debía, sin duda a causa del nerviosismo, pero lo hacía bien. Mucho mejor de los que los tres jóvenes ya esperaban a ese punto. Tenía la misma clase de voz que Finn pero un poco más suave. En poco tiempo ya tenía a buena parte del público encantado y cuando terminó, los aplausos fueron absolutos, de total aprobación. Hasta Rachel sonrió de puro alivio. Era evidente que Sam todavía tenía cosas que aprender pero ¡qué suerte que al fin alguien supiera lo que hacía con su voz!

Después de haberse destornillado de la risa con aquella interpretación de Lucky, Kate se metió en el baño. Eso y la pequeña broma de los nombres -¡la cara del profesor Schuester! Debió haberle tomado una foto- le hacían pensar que la fiesta no le aburría tanto como había esperado. Cuando salió del cubículo y se encontró a Brittany arreglándose el maquillaje frente al lavamanos, su buen humor todavía estaba en alto. No habían hablado mucho desde que ella entró en el club -excepto esa vez que le preguntó si su piercing le servía de antena durante la lluvia- pero el ser una cara conocida fue suficiente para que reparara en ella.

—Hey —dijo sonriendo y se revisó los dientes en el espejo.

Se pasó la lengua por ellos, satisfecha de que no tuviera nada enterrado.

—Hey —saludó Brittany guardando su brillo labial en la cartera que colgaba de su cintura. Sonrió como divertida al verle hacer esos gestos—. Realmente eres como un chico en el cuerpo de una chica.

—¿Ah, sí? —dijo Kate animada. Qué diablos, estaba de tan buen ánimo que ni siquiera iba a discutir eso—. Bueno, qué se le hará, ¿no? Nos vemos.

—Espera —la retuvo Brittany cuando la chica ya estaba por salir.

De ser Santana o Quinn, Kate habría pretendido que no había oído nada luego de ese comentario falto de delicadeza pero ya que se trataba de Brittany y esta nunca le dio la impresión de ser nada más que una chica inocente (algo tonta, para ser honestos, de tan inocente), se volvió dispuesta a escuchar.

—¿Qué pasa? —inquirió cerrando la puerta.

Brittany bajó los ojos y los volvió a subir, mirándola y mordiéndose el labio inferior.

—Es que quería preguntarte algo.

—Suelta, chica.

—Bueno, sólo quisiera saber lo que es estar con una chica. Tina me dijo que sabes mucho del tema, ya que eres lesbiana y todo eso.

Kate frunció el ceño, ahora definitivamente interesada. Podría haberse sentido ligeralmente ofendida por el modo en que Brittany hablaba de su sexualidad, pero eso no era lo que le interesó más de la frase.

—¿Hablas en serio? Tenía entendido que tú y Santana estaban juntas. Eso es lo que tú dijiste en Glee, ¿no?

También había oído el rumor proviniendo de diferentes bocas. Que las dos porristas tenían sesiones de besuqueos, que andaban por los pasillos cogidas del meñique como un par de enamoradas, que compartían chicos al mismo tiempo. Puck (que tal vez se explayaba demasiado), Artie, Tina, Mercedes, Mike, Kurt e incluso Rachel lo afirmaban. Casi todos estaban de acuerdo en que era sólo una estrategia para ser más atractivas para los chicos, pero para otros, entre ellos Kate, eso no cuadraba. Ninguna de los dos necesitaba algo así para atraer a nadie. Y aunque fuera verdad que todo fuera actuación, todavía la pregunta de Brittany era fuera de lugar.

—Bueno, sí —admitió Brittany encogiéndose de hombros—. Pero no me refiero a eso. Me refiero a estar con una chica del mismo modo que con un chico.

—Sácame de dudas aquí. ¿Estamos hablando de sexo?

Brittany cabeceó afirmativamente. Se acercó un poco más a ella y le miró el piercing en la boca como si tuviera un diamante en el centro. Kate tuvo que esforzarse a mantener su mente clara cuando percibió la suave esencia de su perfume. Brittany no era nada fea, después de todo. Y su piel parecía tan suave a esa distancia. Además arqueaba la espalda y tenía las manos juntas en la espalda, haciendo imposible el no fijarse en sus pechos. Si a uno le gustaban los pechos, claro.

—Entonces Santana y tú… ¿jamás follaron?

—Con los dedos —afirmó la porrista levantando sus manos y volviéndolas a colocar detrás. Movió un poco su hombro, revelando la tira de su sostén blanco en su hombro—. Pero es todo. Quisiera saber cómo lo hacen otras personas. Traté de ver pornografía por Internet pero Santana me dijo que los actores lo hacen con quien sea por dinero y desde entonces no es lo mismo. Ninguna parecía sincera.

“Qué mierda” pensó Kate dándose cuenta, para sorpresa suya, de que hablaba en serio. “Hasta en cuestión de porno es inocente.” Las miradas, en su caso, sí podían matar o revivir. En ese momento Brittany la miraba de tal manera que casi no cayó en cuenta de lo que se acercaba hasta que notó el aliento sobre su labio inferior y el contacto de su boca. Sólo le dio tiempo a presionar un poco también contra ella antes de separarse. Brittany sonrió, levantó la mano y acarició el pelo en su nuca.

—Me he acostado con casi todos en la escuela —dijo simplemente—. Con todos los chicos hetero, al menos. Y tú eres casi un chico. Incluso te gustan las chicas como a ellos.

Le acariciaba ahora un pecho con la otra mano. La pasaba suavemente sobre el contorno como si tal cosa. Oh, Kate creía que iba a estallarle la cabeza. Le temblaban las manos de lo que se contenía para no aferrarse a ella.

—¿Y Santana qué?

—Estará bien —dijo Brittany sonriente sin dejar de tocarla. Pero había tristeza en sus ojos—. No somos novias ni algo así. Sólo nos divertimos cuando podemos.

“¿A quién crees que engañas, chica?” se dijo la de la gorra. “No soy un chico, no pienso con el pene apenas me tocan.” Pero ¿serviría de algo mencionarlo? De pronto ella pensó en lo última vez que dejó que Alice la tocara de una forma parecida en ese mismo baño. Malas ideas.

—Vale —dijo forzándose a sonreír.

¿Por qué no? A lo mejor sería divertido.

Fresas. El brillo labial de Brittany sabía a fresas. Y su perfume era de limón.

La puerta del pequeño almacén sobre el club se abrió suavemente luego de que Kate introdujera la llave. Ahí habían guardado las mesas, sillas y adornos que originalmente estaban abajo y no entraban en el plan de diseño de Kurt. Kate movió la mano hacia los interruptores pero sin importar cuánto lo moviera, el foco en el techo no se encendía. Intentó con una lámpara sobre un estante y esta dio una luz difusa, suficiente para ver el contorno de las cosas pero qué era qué sin ojos acostumbrados a la oscuridad.

—Lo lamento, es un asco —dijo Kate encogiéndose de hombros—. Pero no hay otro sitio donde seguro es que no molestarán.

—¿Ha habido ratas por aquí?

—No —dijo Kate algo apenada. Si Brittany creía que podían haber ratas, de verdad le parecía un asco de sitio—. El tío que es dueño antes se ahorcaría. Es un maniaco del orden el cabrón. Espera un momento.

Buscó del mismo estante de la lámpara la cortina gris y la extendió en el suelo. Sobre ella también puso la camisa azul que llevaba sobre su camiseta gris y se sentó, quitándose el calzado.

—Ahora sí —afirmó.

Palmeó el sitio a su lado y la vacilación de la chica le hizo dudar a sí misma. ¿Tal vez se arrepentía ya? Pero no, sólo se estaba quitando la blusa y colgándola sobre una silla. Kate podía ver las copas blancas sobre su piel pálida y las tocó suavemente cuando se acercó. Brittany volvió a besarla, rodeando su cintura con el brazo. Le quitó la gorra al pasar la camiseta por su cabeza rápidamente. El sostén deportivo celeste no tenía broche así que para Brittany la tocaba por encima hasta que la otra se decidió a sacárselo directamente.

—Los tienes más chicos que yo —comentó Brittany divertida y se quitó su sostén también—. ¿Ves?

Kate los pesó en sus manos ya que, en realidad, mucho no podía ver. Bufó al comprobar que eran más pesados que los suyos.

—Jódete —le respondió yendo a por su boca.

El resto de la ropa se fue de igual modo, casi a ciegas, mitad por persuasión, mitad por impaciencia propia. Y como Brittany pidió, Kate le enseñó todo lo que Alice le transmitió en ese único verano en que estuvieron juntas. Cómo acariciar, lamer, morder, pellizcar. El que apenas pudieran verse los rostros sólo les favorecía la tarea de abandonarse. Fue bueno pero Kate se sintió mucho mejor cuando Brittany quiso practicar en ella lo aprendido. Acariciaba más de lo que besaba y su perfume inundaba todo el cuarto. Las fresas eran carnosas y juguetonas, dóciles pero exigentes.

Cuando terminaron ninguna habló. Permanecieron en silencio, agotadas y jadeantes. La primera en recuperarse fue Brittany y aun acostada se acurrucó contra ella, haciéndose un ovillo. Kate le rodeó un hombro y frotó su cabeza contra la de ella. Brittany la miró tentativamente, como si dudara de quien era.

—Tengo algo de frío —comentó.

—Ah, ya —dijo Kate y estiró un brazo para alcanzar su camisa, que se había alejado de ella en algún momento. La extendió sobre Brittany. Sus dedos aparecieron aferrando el cuello como a una manta. La prenda, varias tallas más grande de lo que su dueña necesitaba, llegaba a cubrirle hasta los pies si retraía las piernas lo suficiente—. ¿Mejor?

—Sí, gracias —respondió la chica. Dejó que Kate volviera a acomodarse a su lado antes de preguntar—. ¿Lo hice bien?

Kate sonrió, enternecida, y le revolvió un poco el pelo.

—No escuchaste que me quejara, ¿verdad?

—No y no lo hiciste porque soy buena —concordó Brittany satisfecha—. Todos creen que me cuesta aprender las cosas pero no es así. Sólo aprendo lo que de verdad me interesa. Nunca había ido hasta el final con Santana, por eso dudaba.

—Pues a mí me pareció muy bien. Tú estás bien, ¿no?

Brittany cabeceó su asentimiento. Luego regresó a su mirada indescifrable, como si tuviera pensamientos que no supiera de que manera articular.

—Lo siento.

—¿Y eso?

—Es que no creo que quiera salir contigo. Lo siento.

—Vaya, eso sí me rompe el corazón —suspiró Kate girando los ojos—. Nadie dijo que teníamos que salir, de todos modos.

—Pero me gusta esto —dijo Brittany irguiéndose. Su cabello revuelto parecía una especie de algodón deshilachado sobre su espalda bajo la débil luz—. ¿Sería una terrible persona si sugiriera que lo hiciéramos otra vez?

Kate también se sentó, juntando ambas cejas. Hablar con Brittany podía ser lo más simple o lo más complicado del mundo. Ahora estaba en el otro extremo, sin entender nada.

—No quieres salir conmigo, pero sí acostarte.

—Tener sexo no es salir.

—No, ya sé pero ¿qué pasa con tu amiga?

—Con Santana tampoco salgo.

—Pero sí te acuestas con ella.

Brittany se encogió de hombros. Bajó la mirada, como si los botones de la camisa le interesaran de pronto.

—Ella tiene a Puck y a otros chicos por lo que no podemos hacerlo tantas veces como quisiera. Y ella no quiere terminar a menos que haya otro chico con nosotras. Dice que eso nos haría lesbianas.

—Entonces tú serías lesbiana ahora, chica.

—A mí no me molesta —afirmó Brittany despreocupadamente. En realidad ni siquiera pensaba en eso ahora. Kate esperó a que siguiera—. No te gusta la idea para nada, ¿cierto?

—Para tener la cosa clara —dijo Kate cruzando ambras piernas sobre la cortina (mañana iban a enviarla a lavar de todas formas)—, pongamos que tú pretendes que sea tu pequeña puta cuando tu amiguita no tan especial no tenga ganas o directamente se te antoje.

—No me gusta esa palabra —protestó la porrista—. Sería para divertirnos también, no tengo tanto dinero para pagarte.

—Joder, era en sentido figurado, chica —aclaró Kate sintiéndose bastante próxima a perder la paciencia. Respiró muy hondo tres veces para serenarse. Estaba asustando a Brittany, podía verlo, y eso no era en lo absoluto lo que pretendía—. ¿Y qué pasa si yo no tengo ganas, eh?

—Podemos hacer otra cosa —sugirió Brittany suavemente—. Con Santana a veces nos tocamos en la última fila del cine cuando no tenemos nada más que hacer.

—Es decir, saldríamos.

—Como amigas, no en una cita.

Kate separó los labios, se dio cuenta de que no sabía qué decir, los juntó. Se sonrojó y volvió a abrirlos.

—Vale.

Brittany sonrió entusiasmada y movió los hombros, dejando caer la camisa, para dar muestra de cuánto le alegraba. Llegado a ese punto los ojos de Kate no habrían tenido dificultad para señalar dónde estaban los pezones.

—Genial.

La otra se rascó la nuca desviando la vista.

—Total, sería un “yo te uso, tú me usas” honesto, ¿no? Mira, a mí la verdad me sabe a que tienes mucho que hablar con tu amiga pero ¿qué coño sé yo? Y supongo que también esto me puede servir a mí.

—¿Lo dices por Alice? —inquirió Brittany curiosa.

Kate volvió a sonrojarse pero en la penumbra, fue imperceptible.

—Pues… sí —soltó al fin—, qué quieres que te diga —El silencio la animó pronto a continuar—: Fue mi primera y ya me dejó muy claro que no quiere nada conmigo. Estoy harta de suspirar por ella, ¿sabes? Quiero olvidarla de una vez y tal vez lo que me propones me lo haga más sencillo. Es un comienzo por lo menos.

—Todos ganan —resumió Brittany brillantemente, con una sonrisa.

—Oye, hay una cosa que quiero saber —dijo Kate de pronto, cayendo en cuenta.

—¿Qué?

—¿Me buscaste a mí nada más porque sabes que soy abiertamente lesbiana y no me importaría estar contigo?

—En parte —admitió Brittany sin pena ni orgullo. Sólo respondía a la pregunta que le hicieron—. Pero también porque me gusta tu gorra y quería saber si tienes el mismo miembro que los chicos.

Kate resopló pero no, su carcajada fue demasiado para reducirse a eso. Se rió tanto que aun acostada se agitaba su pecho. No podía evitarlo. ¡Que era una hermafrodita, pensaba la chica! ¡Había oído muchas tonterías pero esa era nueva!

—Oh, joder, eres demasiado tierna —comentó negando con la cabeza—. Demasiado, joder.

—No sé cómo tomar eso —dijo Brittany confundida. No estaba acostumbrada a un uso tan frecuente de las malas palabras—. ¿Fue un cumplido?

—Es un maldito hecho, chica —afirmó Kate ya calmada, acariciándole la espalda. Le encantaba tocar la piel cálida y suave que le cubría—. Nada más que eso.

Brittany sonrió tranquilizada y se estremeció, volviéndose a acomodar a su lado. A ella también le gustaba la presencia de un cuerpo a su lado por lo que le encantó poder abrazar ese cuerpo, más pequeño que el suyo, y apoyar la cabeza en su pecho con total libertad. Sin duda un pecho femenino era mejor almohada que uno masculino, incluso si era uno no muy grande como el de Kate. Cuando se lo comentó a su compañera, ella se vio atacada por otra carcajada.


Canción de Limp Bizkit.

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