Anti-Odio. 1

Fandom: Los padrinos mágicos.

Pairing: Foop/Poof.

Resumen: No era tan difícil de prever, Clarice. Ese principio de que los opuestos se atraen tiene cierta validez después de todo. Por supuesto que él empezó. ¡Oh, pequeño tonto! ¡La clase de cosas que dices para no admitir que lo adoras! ¡Cállate!

Nota: No sé por qué desde el primer momento que supe de la existencia de Anti-Poof, pensé que debía hacer pareja de Poof. Y es raro porque ese cliché del “se odian, luego se aman” nunca me atrajo en lo absoluto. Tan poco atractivo, tan fácil de echar a perder y tan estropeado por demasiados. Pero las historias donde los buenos terminan del lado de los malos me encantan. También es un tema muy maltratado pero me gusta más. Claro que no habrá angustia (o no planeo que lo haya) porque sencillamente apesto para eso.

Por lo que entendí de las apariciones de Foop en la serie, Clarice vendría a ser como una doble personalidad suya. Y a pesar de toda su genial malignidad, imagino que todavía es un adolescente.

Capítulo 1: La cena familiar


El imponente castillo era motivo de disgusto para Foop. Desde que se había emancipado de sus padres (al minuto de su nacimiento) no le gustaba regresar ahí. Le asfixiaba y molestaba sentirse depender de ellos, como si su increíble genio malvado debiera verse limitado por algo tan insignificante como por el hecho de que tuviera 16 años de edad. ¡Él iba a dominar el mundo, el anti-mundo y el mundo mágico! Con un destino tan obvio y grande, ¿cómo no iba a tener su propio castillo y cuidar de sí mismo? Que su propio castillo estuviera a solo 100 metros del lugar donde nació era irrelevante. Tampoco era como si lo hubiera escogido. Después de todo, en el mundo mágico sólo viven los seres mágicos. En el Anti-mundo sólo vivían los anti-mágicos.

La única razón por la que continuaba viniendo a ese sitio era la insistencia de sus progenitores. Apareciendo por ahí era la única forma de asegurarse de que Anti-Wanda no le hiciera una de sus sorpresivas visitas, llevando un intento quemado de festín y pretendiendo ayudarle en lo que creyera necesitaba la mano de una madre. Sobra decir que su cocina, baño y habitación principal pagaron el precio de ese amor estallando por los aires, aunque lo único que quisiera hacer su madre era ordenarle las calcetas con magia. Luego del último estallido Foop había empezado a poner trampas por su hogar y, cada vez que capturaba a Anti-Wanda, la enviaba en una caja por correo hacia su esposo.

Fue Anti-Cosmo, harto de la situación (y las explosiones que lo despertaban a horas tempranas), quien resolvió el pequeño acuerdo: Anti-Wanda y él sólo irían a visitarle una vez por mes, una sola, Anti-Wanda atada de manos y pies para no hacer desastres, siempre y cuando Foop correspondiera cenando con ellos cada tercer jueves. Incluso preparó un contrato que certificara todo, a cargo de un abogado Pixie que poco caso hizo a los intentos de sobornos del menor para eliminar eso último. El hijo tenía su copia guardada en un archivero junto al montón de ideas para dominar el mundo y destruir a Poof que ya había descartado. La madre, contenta de ver ahí la firma de su pequeño, lo había hecho enmarcar como si fuera su foto preferida y la tenía alegremente colgada en el comedor por indicación de su marido, como para que nadie olvidara por qué estaban ahí.

Foop ya sabía lo que pasaría ese jueves. Lo mismo que todos los anteriores. Tocaría la puerta, su madre aparecería para abrazarle como si no le hubiera visto en años, le diría mil tonterías sobre cuánto había crecido, lo guapo que estaba y le preguntaría acerca de su vida lo que se ocurriera, incluyendo necedades como que si iba bien en la escuela -¿genio maligno? ¿alguien?-. Su padre bien le criticaría sutilmente por haberse separado de la familia o intentaría incluirlo en alguno de sus planes para hacerse con el dominio mundial. Era cierto que cuando no hacía ninguna de las dos cosas su presencia hasta le resultaba agradable -más fácil de sobrellevar que la de su madre, al menos- pero eran raras esas ocasiones. Al principio Foop berrinchaba todo lo que podía, terminando en una pelea desgraciada que le dejaba la garganta irritada y una vaga tristeza causa del estrés.

Por fin, como muchos adolescentes, Foop aprendió a simplemente callarse sus impresiones. Seguía sin soportar a su madre y seguían sin hacerle gracia las ideas de su padre acerca de lo que él debería hacer, pero ya no iban a terminar con un odioso campo de margaritas entre ellos como prueba de cuán molesto estaba. Ahora sólo se ausentaba mentalmente y comía sin decir una palabra. Al menos la comida que su padre preparaba (ni en sus pesadillas dejaría que Anti-Wanda se encargara de un horno) siempre era buena, aunque en su opinión pretenciosa.

Tiró del cordón de la entrada y oyó la campana que anunciaba su llegada. Se cruzó de brazos y esperó mientras la puerta era elevada hasta dejar paso al anti-hada que le dio a luz.

—¡Oooh! ¡Mi pequeño volvió a casa!

Respirar muy hondo, contar hasta diez. Ya empezaba.

—Hola, madre.

!

—Te has puesto muy delgado últimamente, querido. ¿Has probado las comidas que te envié?

—Sí, mamá.

—¿Has dormido bien? No son ojeras lo que tienes bajo los ojos, ¿verdad?

—No, mamá —dijo y, arqueando una ceja, agregó—: Y antes de que me eches esa porquería en la cara déjame decirte que este es mi bigote, no un insecto. Nací con él, ¿recuerdas?

La anti-hada bajó el veneno que había hecho aparecer y se encogió de hombros con una sonrisa de dientes chuecos. Le hizo unas caricias bajo el mentón como para regodearse en el simple hecho de poder hacerlo -Foop, a su pesar, encontró eso agradable- y continuó comiendo.

—Querida, si vas a comer con los pies por lo menos ten la decencia de usar los cubiertos. Para eso están —dijo el cabeza de la familia girando los ojos.

Su esposa asintió agitando su cabeza de arriba abajo y ató un tenedor al dedo gordo de su pie para seguir disfrutando del elegante festín que preparó Anti-Cosmo. La cena había transcurrido en perfecta calma y ahora estaban disfrutando del postre, un enorme pastel de calabazas. El anti-hada mayor suavizó su entrecejo fruncido al dirigirse hacia su hijo.

—¿Cómo van esos planes, hijo?

El joven se encogió de hombros, sin querer hablar de eso. Después de su intento fallido por destruir la campana de la escuela para poder hacerse con el mando de ella, no se había sentido inspirado para hacer otra cosa que enviar a su profesor de educación física a Plutón porque, según él, “era un llorón y un debilucho” por no querer jugar a los quemados. Claro que fue castigado pero le encantó ver al hada casi tan azul como él y estornudando en la sala del director. Como él mismo se encargaba de mantener a sus padres lo más alejados de su vida como fuera posible, estos no sabían nada al respecto.

Anti-Cosmo sonrió encantado.

—¿Ningún progreso? Bueno, no me sorprende —declaró tomando un sorbo de té tranquilamente, en tanto Foop giraba los ojos—. Sabes, hijo, tal vez resolverías ese inconveniente si alguna vez te dignaras a hacernos partícipes.

Como si él hubiera hecho la gran cosa, pensó.

—¿Y cómo va la dominación mundial, querido padre? —preguntó con la mayor pseudo inocencia, abriendo y cerrando los ojos con ternura—. ¿Ya eres el rey de Hungría? ¿Qué tal la economía en Alemania?

—No me gusta tu tono, jovencito —reprochó Anti-Cosmo clavándole su más severa mirada. Foop le sonrió, disfrutando del haberle molestado. Esto hizo que el té temblara en su taza de lo que se estremeció la mano del padre—. No eres más que un malcriado. Estás en el hogar de tus padres. Lo menos que deberías hacer es mostrar un poco de respeto.

—No seas tan duro con él, querido —intervino Anti-Wanda, compasiva—. No es más que un tierno niño.

—¡No es un niño! —protestó su esposo poniéndose en pie. Para variar Foop se encontró estando de acuerdo con él—. ¡Y sin duda no es tierno! Tiene 16 años. Con la cantidad de magia que tiene y su inteligencia ya debería haber dominado el mundo mágico, ¡por lo menos!, a partir de la edad de cinco años pero ¡míralo! No hizo nada y todavía tiene el descaro de contestarles a sus padres.

—¡No es mi culpa! —rugió Foop en el límite de su autocontrol. Una mariposa, surgida de ninguna parte, aterrizó en el plato de Anti-Wanda. Luego de observarla con curiosidad por un momento, Anti-Wanda la devoró como a una golosina. Viéndola Foop bufó de frustración y revolvió lo que quedaba de pastel en su plato con desgana—. Es Poof y esa maldita buena suerte suya la que siempre hace que las cosas me salgan mal.

La expresión de Anti-Cosmo se suavizó y adoptó un aire que Foop estaba tentado a decir que era de satisfacción.

—Exactamente, mi retoño —Volvió a tomar asiento y atrajo otro pedazo de pastel con un movimiento de varita—. Por eso es tan claro cuál es tu objetivo principal.

Foop suspiró. ¿A qué creía que había apuntado todos sus planes malignos desde que nació? ¿A la creación de la mantequilla dietética? Aunque eso de ser “el único bebé mágico nacido en varios siglos” ya no le importaba -más que nada, porque ya no era un bebé-, ahora se centraba en él porque era lo único que le impedía ser el ser mágico más poderoso de todos. Podía volver a robar cuánta magia quisiera pero ¿de qué serviría si en el universo existía un hada que siempre sería su igual en batalla y que además contaba con el apoyo de todo mundo mágico? Los Anti-mágicos, por influencia de su padre, llegaron a perdonarle su traición al quitarles la energía y convertirlos en peluches de animales pero no había que ser un genio para saber que ninguno iba a poner las manos en el fuego por él. Lo prefería así. De esa manera no le debería nada a nadie cuando triunfara al final.

Anti-Cosmo continuó.

—Debes eliminar a Poof.

Foop apoyó el mentón sobre su mano y siguió revolviendo el pastel.

—Sí, padre.

—Y la manera correcta de hacerlo es acercándote a él.

El tenedor de Foop se detuvo. Anti-Cosmo todavía sonreía cuando su hijo arqueó las cejas con escepticismo. Por un momento sólo se oyó el sonido de Anti-Wanda masticando.

—¿En serio? —inquirió el menor—. ¿Esa es la definición que tienes de una gran idea, padre? ¿Hacer exactamente lo mismo que me envió a aquella otra dimensión que el tío Cosmo llenó de nabos? Discúlpame si mi emoción me impide ver lo genial de tu plan.

De no ser porque la incomodidad de su situación lo hizo llorar, causando su liberación, todavía estaría flotando por ahí con esos malditos nabos.

—Tu gran error, mi querido hijo —dijo Anti-Cosmo haciendo que su taza flotara de nuevo hacia él—, fue haberte acercado con tus intenciones manifestadas. Subestimaste la inteligencia de tu enemigo, presumiste de tu maldad y eso repercutió en tu fracaso. De hecho, creo que llegados a este punto ya te habrás dado cuenta de que un enfrentamiento directo con Poof sería una tarea imposible. La potencia de su magia es la misma, y si bien tú heredaste mi inteligencia en lugar de la nula de tu madre, él tampoco es un idiota como el inútil de su padre.

Foop sentía cómo el enojo volvía a hervir en él. ¿Ahora su padre iba a darle lecciones sobre algo en lo que se había dedicado por años? Más mariposas comenzaron a surgir e incluso un conejito blanco comenzó a saltar a lo largo de la mesa. Anti-Wanda, pensando que estaría hecho de algodón de azúcar, se subió a la mesa y comenzó a acecharlo convertida en un gato. Ninguno de las anti-hadas varones le prestó atención.

—Si todo este discurso tuyo tiene algún objetivo, padre —dijo Foop lentamente, controlándose lo mejor que podía (lo cual no impidió que un par de canarios comenzaran a piar cerca de su cabeza)—, te pido por favor que lo digas directamente así me hallaré libre para retirarme.

—Mi retoño, la respuesta es tan simple que no sé cómo no llegaste tú a ella antes —le picó su padre regodeándose—. Es de lo más obvio.

Foop ya estaba por largarse. Flores de distintos colores crecieron en su plato y el centro de la mesa.

—Ilumíname…

Anti-Cosmo se permitió una última sonrisa antes de acabar con el suspenso.

—Hazte su amigo.

Las flores, los canarios y el conejo se convirtieron en polvo ante la consternación de quien los había creado. Anti-Wanda maulló su decepción.

—Explícate. No —Se adelantó alzando una mano—. Permíteme reformularlo. Explícame cómo pretendes que me haga amigo del hada a quien he querido destruir desde que tengo uso de razón. ¿No acabamos de determinar que no es un idiota y no debemos subestimarlo?

—Precisamente y así es —afirmó Anti-Cosmo impasible—. Sin embargo, para fortuna nuestra, es algo bastante cercano a un idiota. Un buen muchacho. Se tomará la molestia de ayudar a una ancianita a cruzar la calle y si haces los correctos movimientos, te perdonará tus malas acciones y te aceptará con él. Cuando eso suceda estarás en posición para manipularle con sutileza para que haga lo que tú quieras.

—Oh, qué brillante idea, padre —dijo Foop con una voz aguda y delicada, como si su admiración lo empequeñeciera—. Sí, sí, muy inteligente. Y supongo que para que funcione yo mismo tendría que actuar como un buen chico, ¿cierto? Ayudar a una ancianita a cruzar la calle, bajar a un gato o dos de los árboles y rescatar a un dulce cachorrito de un incendio. ¿Sabes lo que opino de esa táctica, padre mío? —Parpadeó inocentemente y de pronto su rostro se deformó—. ¡OLVÍDALO!

Miles de mariposas surgieron de debajo de la mesa, cuatro conejos saltaron hacia el pastel, maravillando a Anti-Wanda, y Anti-Cosmo tuvo que agacharse para evitar el vuelo de unos canarios. La adolescencia sólo era la segunda peor época para la magia de un hada, después de la más tierna infancia, se recordó el padre. Sus poderes en ebullición se descontrolaban ante el menor capricho. Habituado a los efectos de sus emociones (aunque no menos fastidiado por ellos), Foop no se ablandó en lo absoluto.

—¡Me niego! —dijo levantándose de su asiento—. ¡Me niego a ser menos que la increíble mente maligna que soy! ¡Me niego a comportarme como un santurrón estúpido nada más para obtener la aprobación de mi enemigo! Lo siento, padre —escupió con rabia—, pero si en todo este tiempo esa es la mejor idea que has tenido entonces de verdad los años no te han favorecido.

—¡Vuelve a tu asiento, pequeño mocoso! —explotó Anti-Cosmo. Insultar su inteligencia era la peor ofensa. A él, que era la cabeza de todos los Anti-Hadas del universo—. ¡Si por un momento pudieras dejar de prestarle atención a tu ego en lugar de a la media neurona que corretea por tu cabeza tal vez te enterarías de algo!

—¿De qué? —replicó Foop con fiereza. Al alejarse de la mesa esta se convirtió en un arbusto lleno de pequeñas frutas—. ¿De tu terrible falta de dignidad y tu presunción de que yo también carezco de ella? Pues, como dirían los jóvenes de mi edad, ¡paso!

—¡He dicho que te sientes, jovencito! —respondió Anti-Cosmo agitando su oscura varita.

Unos brazos negros salieron de la silla que había abandonado Foop y lo atrajeron de vuelta al asiento bruscamente, envolviéndo en un estrecho abrazo. Aunque no podía mover la mano para tomar su pluma (lo que usaba para dirigir su magia desde que dejó el biberón), a Foop no le habría costado convertir esos brazos en frágiles ramitas y liberarse. No, lo que le mantuvo ahí fue la estupefacción. No podía creer que su propio padre acabara de mover la varita en su contra. Anti-Wanda, todavía en forma de gato, saltó hacia su regazo y ronroneó contra él.

—No quería llegar a esto, hijo —dijo Anti-Cosmo recuperando la calma y ajustándose el monóculo—, pero tú no me dejaste ninguna opción. Ahora, ¿vas a escuchar lo que tengo que decir o además tengo que amordazarte?

Foop lo miró con los ojos desorbitados, a punto de llorar. Se sentía como si acabaran de darle su primera cachetada, en shock. Anti-Wanda intensificó el sonido de sus ronroneos en un intento de consolarle. Lo más curioso era que funcionaba un poco.

—En ese caso, prosigo —determinó Anti-Cosmo—. No creo que sea necesario cambiar tu forma de ser pero sí falsearla un tanto. Específicamente la parte que está concentrada en destruir a Poof y lo ve como su enemigo. Debes llegar a agradarle, no ponerle en alerta. Por el amor a la oscuridad, son un par de adolescentes. Seguro deben tener algo en común y a partir de ahí desarrollar su amistad. Luego confío en que sabrás cómo guiarlo para ponerse de tu lado. De esa manera no sólo no tendrás un sólo rival que se te compare si no que contarás con el más poderoso aliado del universo. ¿Me estás escuchando?

Foop asintió como un autómata, sintiendo ahora la herida que esa cachetada simbólica dejó en su pecho. Pero escuchaba todo lo que su padre decía con su acento británico. Anti-Cosmo se frotó la frente con cansancio e hizo otro movimiento de varita, aflojando las ataduras de Foop hasta soltarlo.

—De verdad no es esto lo que yo hubiera preferido, hijo —comentó el mayor tras un suspiro, sin mirarlo—. Pero si no podemos dominar el universo como familia, prefiero por mucho que sea mi propio hijo el que lo haga antes que cualquier otro. Así que no lo arruines pues sólo tendremos una oportunidad. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Dice que te quiere —dijo la gata Anti-Wanda, tontamente alegre, frotando su rostro contra su hijo— y que confía en que serás un buen Amo del universo. Yo sé que es así porque lo mismo significa cuando me dice que no haga algo. Excepto la parte del Amo del universo.

Anti-Cosmo suspiró con un giro de ojos. Al mirar a su hijo esbozó una media sonrisa, como si lo peor hubiera pasado.

—¿Qué dices, Foop?

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre en mucho tiempo. Foop se puso a acariciar distraídamente el lomo de la gata mientras intentaba procesar los sucesos de esa noche. Después de unos momentos, sintiendo una extraña pesadez, levantó la vista.

—Sí, padre.

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