Miel y metal. 10

¡Llegué! ¡Llegué al capítulo 10! Estoy feliz. Nunca había llegado tan lejos con ninguna historia antes.

Capítulo 10: Heartbreak Down

“Aquí es donde empieza el problema”


Cuando Sam supo que el ganador del concurso tendría una cena gratis en el restaurante más popular de la ciudad, cena para dos además, la escena que tenía lugar en ese momento no era en la que había pensando. De ser por él habría invitado a la tal Quinn Fabray, la famosa líder de las porristas, a Brittany o Santana. Incluso la chica judía que todos decían era tan quisquillosa hubiera sido una opción mucho más viable. Con tal de pasar como uno más del grupo y visitar uno de los sitios más de moda de la ciudad, lo hubiera aceptado gustoso. Pero cuando el profesor Schuester le hizo entrega del cupón luego de su presentación oficial al club, todavía estaba pensando en qué haría ahora cuando Lauren lo interceptó.

—Tú y yo, el sábado.

Sam esbozó una sonrisa de confusión.

—Me perdí.

—Escucha, chico lindo —le dijo la chica acercándose. La sala del coro ya estaba vacía y sólo quedaba el pianista arreglando su portafolio—, Breadstix es el mejor lugar de toda la ciudad y la única razón por la que entré a este coro de idiotas fue para poder ir gratis. Creí que después de mi interpretación en el concurso tendría el cupón para mí sola pero ya que cayó en tus manos, supongo que no quedará otra opción que ir contigo.

Sam no supo qué decir. Recordaba la actuación de Lauren. Una voz terrible, demasiado pesada para caer bien a los oídos, pero al menos una de las pocas que acertó en todos los tiempos y se mezcló con el ritmo naturalmente. A nadie sorprendió que recibiera la cesta del tercer lugar, pero sí que se apareciera en el club Glee justo detrás de él. Ahora ya sabía que fue casi por el mismo motivo que él. “Ese lugar debe ser increíble” pensó todavía sin responder.

—Bien, ya que no tienes nada que objetar —continuó la chica satisfecha—, es una cita. Recógeme a las 7 y, por favor, no olvides el cupón.

Y se retiró, simplemente, sin darle oportunidad a Sam de retractarse. Cierto, Sam pudo haber cancelado todo y haber invitado a cualquier otra chica. Después de todo, el cupón era suyo, podía hacer con él lo que quisiera. No le importaba que Lauren fuera la única chica en toda la historia de la escuela en haber entrado al club de lucha, ya que igual nadie le había visto apaleando a alguien fuera de las prácticas o los torneos. El por qué aceptó la situación sin más fue más que nada porque todavía se sentía incapaz de invitar a otras chicas, en especial guapas porristas, por su cuenta. Tal vez, con su nuevo color de cabello y cuerpo trabajado no le habrían dicho que no fácilmente -tal vez- pero la mera posibilidad de recibir una humillante negativa le habían rezagado, forzado a aceptar lo que le viniera en suerte hasta que pudiera quitarse el estigma del “aficionado a la ciencia ficción” de la mente. Además, nunca se sabía, podría pasarla hasta bien. Y de paso, Lauren podría darle información acerca de sus nuevos compañeros para que supiera manejarse entre ellos de la mejor manera.

Sólo que cada vez que intentaba abrir la conversación se estrellaba contra el mismo muro de frialdad, rozando la hostilidad. Cuando, en medio de un plato de pasta, le preguntó si había visto Avatar ella dijo:

—Me parecen tan tontas todas las películas de ciencia ficción y en especial esa. Es como un nuevo intento del Titanic pero con un ridículo mensaje ambientalista en el medio y mucho uso de computadora sin sentido.

Sam podría haber hablado por horas acerca de por qué él consideraba a la película lo mejor de todo el año pero ¿ya para qué? Al menos podía concederle a la chica tener sus propias opiniones. Fue en ese momento que el chico decidió lanzar la toalla. Como estaba aburrido no encontró mejor cosa que hacer que mirarla a la otra comer. Simplemente viéndola envolver un tenedor con la pasta y llevársela a la boca, para continuación masticar. No es que fuera atractiva ni especialmente elegante, sólo se le antojaba hacerlo. Luego, cuando ya sólo le quedó la salsa en el plato, la chica le miró y preguntó:

—¿Vas a comerte eso? No deberías desperdiciar la buena carne cuando te la sirven.

Sam observó su plato y se sorprendió de que ni siquiera hubiera tocado su hamburguesa sin queso. Y no es que oliera mal, de hecho olía estupendo. Verla era humedecerse la boca. Pero no estaba dentro del estricto régimen al que se sometía para mantener la figura. Nada más la pidió para no parecer una especie de remilgado frente a su compañera. Mientras se la preparaban y la dejaban en su plato pensaba que de todos modos podía ir al gimnasio un poco más temprano de lo usual y abstenerse del desayuno para compensar. Y ahí estaba la hamburguesa, entera y ahora en manos de Lauren, que interpretó su breve cabeceo como un permiso para tomarla. La comió sin contemplaciones, disfrutando el sabor y preocupándose bien poco de reservarse esa complacencia.

—Eres un chico raro —comentó ella después de engullir, ceñuda—. ¿Qué clase de chico pide una hamburguesa sin queso? No lo entiendo.

Y siguió comiendo, sin importarle la falta de respuesta. Sam estaba fascinado por el proceso y su propia falta de hambre, aunque por esas horas le rugían ya las tripas por una barra energética. Era como si en tanto mirara a Lauren comer, él mismo comiera. A la chica parecía darle igual esto hasta que, en el tiempo que se tardaba en llegar el postre, soltó:

—Mira, antes de que pienses cosas raras, debo decirte que no saldré contigo. Esto es una salida de conveniencia.

Sam estaba tan lejos de “pensar cosas raras” o que eso que estaban teniendo podría ser una cita que no pudo hacer menos que sonreír incrédulo.

—¿De qué hablas?

—Me has estado mirando toda la noche —recalcó ella directamente, como era su estilo—. Estoy halagada pero pierdes tu tiempo. No me gustan los rubios y en especial cuando tienen los mismos labios de Angelina Jolie. Sencillamente no eres mi tipo. Mejor suerte para la próxima.

—Oh… —dijo Sam tratando de aparentar algo de pena. El comentario sobre sus labios le tenía sin cuidado dado el contexto ridículo en el que se planteaba. Para el futuro debería recordar ser más discreto—. Bueno, no pueden decir que no lo intenté. Te agradezco la honestidad.

—Claro —respondió la chica, indiferente, pues ya se acercaba la mesera con los pedazos de pastel que habían pedido.

La chica se concentró en lo suyo, dando la cuestión por terminado. Sam recogió un poco de chocolate en su tenedor y pensó en llevárselo a la boca, pero su mano se negaba a subir hasta ahí. En cuanto vio que Lauren terminaba le acercó su plato.

—¿Lo quieres? Sé lo que dijiste antes pero puedes tomarlo como una simple ofrenda de paz, si quieres.

La chica lo miró suspicazmente y luego al postre.

—De acuerdo —dijo tomándolo—, pero recuerda lo que te dije. Esto no significa nada.

No tenía que repetírselo. Aun así, Sam sonrió, ahora satisfecho de verla degustar la comida.

—Entendido.

¡

Tanto Kurt como Mercedes se sorprendieron de ver acercarse al nuevo miembro de Glee con una bandeja hacia la mesa de ellos.

—Hey hey hey —dijo Sam con voz profunda. Ante la falta de reconocimiento su confianza se minó un poco—. ¿El gordo Albert? ¿Del programa de televisión?

Ambos jóvenes compartieron una mirada bastante elocuente. Aun sin conocerlos mucho, Sam podía decir que ciertamente la chica interrogaba a su amigo con la mirada a ver si sabía de qué hablaba, a lo cual le respondían con una negación de cabeza. De acuerdo, había empezado con mal pie pero no había que desanimarse todavía.

—¿Se puede? —dijo, señalando el asiento frente a Mercedes.

—Es un país libre —resumió Kurt, al lado de ella. Era la primera vez que hablaban frente a frente. Esperó a que el chico se sentara para preguntarle con una sonrisa amable—. Es Sam, ¿verdad?

—Sí, Sam Evans, mucho gusto —dijo extendiendo la mano y estrechándosela al otro en tanto éste se presentaba como Kurt Hummel.

Le pareció curioso sentirla tan suave pero asumió que sería mejor no mencionarlo. Luego estrechó la mano de la chica, también suave pero más amplia.

—Mercedes Jones.

Tenía linda cara, buen cabello y vestía bien. Sí, Sam estaba pensando que podría llegar a agradarle. Al menos parecía mucho más fácil de tratar que Lauren.

—Lindo nombre —comentó en un intento de halagarla y se animó cuando la vio a ella sonreír.

—Deberías recordarlo para el futuro —dijo Mercedes de forma algo presumida, pero sin llegar a ser arrogante.

—¿Por qué? —preguntó Sam.

En algún lado había leído que a las chicas les encantaba que le hicieran preguntas sobre ellas mismas, así que eso intentaría hacer.

—Porque algún día seré la razón por la que dirás “Beyoncé ¿quién?” —Y chocó los dedos con Kurt, compartiendo una mirada de picardía.

Sam todavía no la había oído cantar pero, por lo que otros habían comentado, una voz desagradable no tenía. Sin duda la confianza tampoco le faltaba.

—Bueno, cuando grabes un disco házmelo saber —dijo con otra sonrisa, sacando los cubiertos de su empaque de plástico.

Se había servido bien poco como almuerzo. Después de mucho pensarlo había llegado a la conclusión de que primero debía pisar el terreno antes de empezar a darle toda su comida. Por ahora todo parecía ir por buen camino. A Mercedes le contentó su comentario.

—Oh, créeme que te enterarás.

—Disculpa, pero no puedo resistir la tentación —intervino Kurt mirando a su amiga con una inclinación de cabeza, como pidiéndole que le dejara lo siguiente a él. Luego se dirigió al rubio, adelantándose un poco en actitud confidencial—. Debo hacerte una pregunta y me ayudarías mucho si fueras completamente honesto.

—¿Sí? —dijo Sam acercándose también, por mero impulso.

Mercedes se sumó, esperando.

—¿Eres gay? —preguntó Kurt.

—¿Qué? —soltó el rubio sorprendido y miró a la chica pero ella parecía igual de interesada que su amigo por la respuesta.

—No te preocupes, no saldrá de aquí si no quieres —le aseguró Kurt en tono comprensivo—. Yo soy gay y ya sabes lo que dicen, tenemos un sexto sentido para reconocernos entre sí.

Hablando de malos y ridículos comienzos.

—Pues, sin afán de menospreciar tu sexto sentido —dijo Sam risueño—, pero temo que esta vez te has equivocado. No soy gay. ¿Por qué? —inquirió serio—. ¿Es que hice algo que les dio esa impresión?

Mercedes se giró a Kurt, elevando las cejas, como si ahora quisiera escuchar lo que tenía que decir al respecto. Este todavía estaba sorprendido por la negativa.

—Sé que tu cabello no es rubio natural —dijo como en una acusación indiscutible—. Déjame decirte que tampoco has escogido el mejor tinte. Bajo las luces del escenario es imposible no ver que cerca de tu cabeza el cabello se te vuelve sospechosamente oscuro.

Sam pensó en negar el hecho ¿pero a poco no sería patético? Además mejor admitr eso que dejar que siguieran pensando que era gay. No que eso le hiciera dudar de su propia sexualidad y en consecuencia le irritara, es que sencillamente no era cierto.

—Bueno, supongo que no tiene mucho caso negarlo —dijo encogiéndose de hombros. Ambos, chica y chico, volvieron a inclinarse hacia él—. Me pongo jugo de limón en el shampoo. Creí que luciría mejor. Ya sabes, nueva escuela, nueva imagen.

—Te lo dije —afirmó Kurt regocijándose en su acierto.

Mercedes no le prestó atención.

—¿Pero no eres gay? —quiso asegurarse.

Sam prefirió tomar su interés como una buena señal, así que se tranquilizó.

—No. Lo siento, Kurt —agregó dirigiéndole una media sonrisa.

El muchacho mostró su desaliento por medio de un suspiro.

—Oh, bien, no siempre se tiene la razón —aceptó con un encogimiento de hombros y desvió la vista.

En realidad lanzaba una mirada a Mike Chang, sentado al otro lado del salón comedor con sus compañeros de fútbol. Ni Sam ni Mercedes se dieron cuenta de ello, concentrados en el otro.

¡

El camino, aunque largo, ya no era desconocido para Kurt. La primera vez le había costado tres mensajes de texto a Justin no perderse por esas calles interminables y tan alejadas de los sitios por los que solía andar. Ya casi perdía las esperanzas y comenzaba a pensar que era objeto de una broma cruel, cuando salió del vehículo para tranquilizar sus nervios y oyó la música rock a la distancia. Resultó que había pasado por el gimnasio abandonado donde Justin y Albert mantenían su pequeño paraíso sin darse cuenta. Aunque le alegró comprobar que todo era cierto, al facha del edificio fue decepcionante. Él se esperaba carteles de neón, banderas de arcoiris y luces que formaban conos hasta el cielo, como los de los grandes teatros en la noche de un estreno. Lo que se encontró en cambio era una amplia puerta de hierro que se abría empujando a un costado y una simple luz roja al lado. Justin le explicó que eso último era para indicar que estaba permitido entrar. Cuando la apagaban significaba que tenían un evento privado o directamente no había nadie que atendiera la puerta.

También le mencionó que, aunque el sitio era legalmente de Albert, tampoco deseaban llamar la atención sobre él. Al ser contactados por medio de su grupo en Facebook ellos solían hablar por un tiempo con la gente que deseaba asistir a sus reuniones, a fin de no admitir a un potencial buscapleitos. En el caso de Kurt, su garantía era su relación no hostil con Kate, a quien conocían desde hace años, y su juventud. Los jóvenes, en especial los que se declaraban gays sin complejos, siempre eran bien recibidos.

El clima dentro del gimnasio -llamado Lolita por quienes lo conocían- le recordaba mucho al del club. Tenía su propio escenario, bar de bebidas libres de alcohol -no deseaban problemas con la policía- e incluso una noche de karaoke cada tanto. Sin embargo había mucho más espacio y la decoración era colorida. Tampoco sorprendía a nadie ver parejas del mismo sexo (hombres o mujeres) tomadas de la mano o bailando lo más juntos posible. A Kurt le fascinó todo eso. Cómo la gente parecía aceptarse entre sí. La música variada para adaptarse a los gustos de todos. La primera vez que fue entabló una agradable conversación con una pareja de lesbianas en sus treinta que deseaba saber dónde consiguió sus zapatos. Nadie lo trataba con condescendencia por ser uno de los más jóvenes.

Se había ido al final de la noche con la intención de invitar a Mike el lunes, pero al final había dejado pasar el tiempo por el temor de que incluir a otro que sólo podría ser o no gay lo arruinara todo. Un temor que todavía conservaba mientras conducía con el chico a su lado. Por fin, faltando cinco calles para llegar, Kurt movió el auto a un lado del camino. La música de la radio evitaba que un silencio incómodo. Mike miró por la ventana y vio que se habían detenido frente a un hogar con un jardín florido.

—¿Es aquí? —cuestionó dudando.

Kurt tomó una gran bocanada de aire y la dejó salir, armándose de valor. Lo que más temía era la reacción de Mike. Le agradaba Mike y la relación amistosa que llevaban. ¿Y si todo era un error? No quería pasar lo mismo que con Finn. La ansiedad, las dudas, los absurdos planes para poner las cosas a su favor y no recibir nada a cambio.

—¿Kurt?

—No —dijo y se apartó el cabello de la frente—. No, todavía faltan unas calles.

—¿Qué sucede entonces? ¿Te sientes mal?

—No —dijo pero se sentía como a punto de vomitar. No se animaba a mirarlo de frente y por eso mantenía la vista fijada al frente—. Mike, cuando te invité a venir a este club hay una cosa que no te mencioné porque no sabía cómo responderías.

—¿Qué cosa?

Kurt suspiró.

—Es un club gay —liberó girando hacia él—. Totalmente gay. Lleno de gente gay. Sólo dos o tres heterosexuales sabrán de su existencia y uno porque es amigo de los dueños. Lo único que les faltaría es la bandera con el arcoiris en la entrada.

—Ah —dijo Mike, aparentemente sin ninguna emoción. Miró un momento fuera de la ventana y luego a su compañero—. ¿Hay buena música?

El otro chico parpadeó, estupefacto. Dejó pasar un par de segundos de tensión antes de inquirir.

—¿Es todo? Te acabo de confesar que más o menos te he engañado para venir conmigo a un club gay ¿y lo único que tienes por decir es si hay buena música?

Ahora Mike parecía dudar. Kurt esperó ansiosamente.

—Bueno… —continuó el asiático pensativo— ¿van muchos viejos? No es que tenga algo contra ellos pero será difícil bailar a gusto con mayores alrededor. Sentiría que tengo que hacerles una reverencia para disculparme cada vez que tropiezo de casualidad con uno.

—No… —dijo Kurt anonadado—. No demasiado. Los de mayor edad llegan a los treinta y pico pero es todo.

—Entonces no hay problema —concluyó el asiático. Al ver la cara que ponía su compañero no le quedaba de otra que sonreír—. Relájate, amigo. ¿Creías que me iba a enojar?

—Esa idea cruzó por mi mente —admitió Kurt, ahora un poco avergonzado.

—Tranquilo. No pasa nada —aseguró con serenidad. Kurt todavía no estaba convencido—. Mira, para ser honesto, pienso que sí debiste habérmelo dicho todo desde el inicio pero entiendo que tuvieras tus reservas, después de lo de Finn. Acerca de que es un club gay, bueno, ¿qué importa? Tú mismo no irías ahí si se dedicaran a acosar o a violar a la gente, ¿cierto?

—No, claro que no —respondió Kurt. Se sonrió un poco, resignado—. Así que sabes lo de Finn. ¿Todo el equipo de fútbol lo sabe también?

—Un poco —dijo Mike—. Finn solía de hablar de eso como si temiera que fueras Jack el Destripador. Siempre me pareció que era un poco infantil.

—Lo era —concordó Kurt relajándose por fin—. Lo siento.

—Está bien —afirmó Mike sonriéndole y agregó:— Todavía no me dijiste cómo es la música.

—Cierto, en qué estoy pensando —le reconoció Kart. Volvió a poner las manos sobre el volante—. Es buena. No te preocupes, te gustará.

El rugido del motor parecía una expresión de la alegría que sentía ahora. Una alegría optimista que no había tenido desde hace mucho tiempo. Mike se acomodó nuevamente en su asiento.

—Bien. No soy fan de la música electro.

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