Miel y metal. 11

Capítulo 11: Savage

“¡Bárbaros, bárbaros!”


Kurt se encontró con Mercedes frente al casillero de ella. La muchacha tenía una sonrisa casi tan amplia como la suya, igual de animada, y él se sintió algo inhibido al recordar que no había sido el único con una cita ese fin de semana. Excepto que él tenía que llamarlo “salida entre amigos” en lugar de cita. Pasó un largo momento en que ninguno se animó a hablar al principio, por impaciencia de que el otro le dejara explayarse a gusto.

—Tú primero —concedió Kurt, al fin. También quería saber—. Luego sigo yo.

—Gracias —dijo Mercedes casi riendo. Acomodó unos libros escolares, sacó uno y lo mantuvo contra su pecho mientras ordenaba sus ideas—. Bueno, ya te dije que Sam y yo salimos a ver una película el sábado.

Kurt se encontró sinceramente emocionado. ¿Sería que su amiga por fin encontró a su hombre?

—¿Y qué pasó?

Mercedes sonrió todavía más y se rió un poco para sí, negando con la cabeza como si le hubiera escuchado el pensamiento.

—Fue bueno —admitió—. Él pagó las entradas y las golosinas. Me dio incluso las que eran para él, lo cual te demuestra que sabe compartir. Luego dimos un paseo por el centro comercial mientras esperábamos a que mi mamá me buscara y él se fue con su papá. Me envió un mensaje el domingo —Sacó el celular de su bolsillo, tecleó unas cuantas veces y se lo enseñó.

Kurt leyó en la pantalla blanca:

“Los aliens eran algo mediocres, ¿no crees? Aun así, fue divertido”

—Prometedor —comentó Kurt sonriendo. Lo decía en serio. Demostraba que Sam todavía pensaba en la cita al día siguiente. La verdad, hasta estaba feliz por su amiga.

Mercedes se encogió de hombros con modestia.

—Le respondí y seguimos hablando hasta la hora de la cena —Volvió a guardarse el celular. Luego de su flechazo por Kurt había aprendido a tomarse las cosas con más calma y no hacerse ilusiones tan rápidamente—. Es muy simpático, para un aficionado a los cómics y películas de aliens. Muy bien, suficiente de mí. Dime tú qué sucedió con Mike. ¿Cómo reaccionó cuando supo cómo era el club?

Kurt suspiró. Así, suavemente, como embobado. No podía evitarlo y cada día le importaba menos hacerlo. Además, estaba con Mercedes, la única que conocía toda la historia, así que menos razón para tener esas reservas.

—Fabuloso —dijo—. Creí que me vomitaría encima o a él pero cuando por fin lo dije, actuó de lo más maduro y razonable. Su mayor preocupación fue que hubiera demasiadas personas mayores porque se sentiría inhibido para bailar.

Kurt todavía tenía en la mente bien fresca la escena que se había dado el sábado. Mike bailando bajos las luces oscuras del gimnasio, el sudor brillando en su frente y la sonrisa de oreja a oreja. Saltando hacia él en medio de una canción bastante animada para tomarle del brazo y decirle al oído, porque hablando habría sido imposible oírse.

—¡Este sitio es genial! ¡Gracias por traerme!

Los pelos en su nuca erizándose al sentir el cálido aliento cerca de su mejilla. Sonriendo él también, maravillado y tan tontamente alegre como si estuviera borracho. Borracho de admiración o de alivio o ambas al mismo tiempo, le encantaba estar así.

—¡No hay problema!

Mike era más alto que él y sus brazos, expuestos por la camiseta sin mangas gris, con músculos mucho más desarrollados. El cabello corto y revuelto por la agitación, pero lo bastante lacio para no ofrecer un aspecto demasiado descuidado. Parecía alguien de más edad, de 18 incluso. Él no lo había pensado mucho antes. Ni siquiera lo notó, de hecho, hasta que después de un giro vio a un sujeto rubio acercándose a su compañero para hablar con él. Un rubio bien alto y fornido, de 20 años por lo menos, a juzgar por su rostro, no más. Justin le había asegurado que Lolita era un sitio para un sano entretenimiento y conseguir amigos en un ambiente seguro, no para buscar ligues fáciles. Todos lo sabían. Pero, desde luego, eso no impedía que de vez en cuando una pareja se formara adentro.

Kurt se había detenido en medio de la pista. No estaba seguro de lo que sentía, y no obstante, no quería perderlos de vista. ¿Celoso? Sí, en el fondo había una chispa de celos pero también expectación. Más que al rubio, miraba a Mike como a una estatua que le habían dicho podría moverse si le ponía suficiente atención. El joven asiático tenía una expresión de no entender de qué le hablaban (si era por el volumen u otra cosa, nunca lo sabría) pero no hacía nada por apartarse del otro. La gente se metía en su campo de visión y él se movía pero era empujado. Lo volvió a encontrar. El rubio recién estaba poniendo una mano en la cintura de Mike -una cintura estilizada, digna de un modelo de alta costura-.

Por un momento Kurt dejó de respirar, sintiendo que sus mejillas se coloreaban. Mike sonrió -“¿puedes creerlo?”-, amable, como si sólo le hubieran confundido con otra persona, y le dijo algo más negando con la cabeza. El rubio entonces se alejó un poco, ceñudo, y parecía preguntarle una cosa. En ese instante Mike lo miró, a él, Kurt, parado ahí en medio de la pista de baile. Kurt, al caer en cuenta de que había sido descubierto, deseó tener una piedra bajo la que ocultarse pero no se le ocurrió absolutamente nada que hacer. Tampoco tuvo que hacer nada. Mike le hizo un gesto como para dejar que se encargara él sólo del asunto y acabó por despachar a su conquistador con otras palabras que ni siquiera pudo imaginar cuáles serían porque le dio la espalda. Por fin el mayor se retiró y Mike se giró para articular con los dedos que todo estaba bien.

—Más tarde le hablé sobre eso —comentó Kurt—. Lo único que dijo fue que el sujeto, Peter algo, creyó que era mayor de edad y cuando le aclaró que no era así sólo se fue.

El resto de la noche la pasaron bailando para sí mismos hasta que Mike le hizo notar lo tarde que era. Volvieron en su coche, algo agotados los dos pero sin duda contentos.

—¿Qué te pareció? —le preguntó Kurt pero hubiera deseado decirle que estaba orgulloso de cómo había manejado la situación -incluso mejor que como lo hubiera hecho él-, de lo bien que se había movido esta noche y cuánto lo amaba ahora.

—¿Ahora pasamos a amor oficialmente? —dijo Mercedes con picardía—. Bueno, ya era hora.

Kurt palmeó el aire con una mano para alejar ese comentario que rompía su agradable recuerdo, pero sonreía también.

—Por favor, como si realmente fuera una sorpresa. ¿Puedo terminar?

Mercedes abrió las manos para invitarle a hacerlo. Kurt, como decía, estaba más que contento. Mike estaba echado en el asiento trasero por indicación suya, para que así pudiera estirar las piernas a gusto. Lo necesitaba ya que, indudablemente, de los dos el asiático había sido el que hizo más ejercicio. Su cabeza y hombro casi se apoyaban en la puerta, relajado.

—Muy bueno, de hecho. Cuando me dijiste que era un club gay no sé qué es lo esperaba ver pero fue divertido.

No agregó más. Kurt tampoco lo necesitaba, había oído lo que deseaba. Llegaron frente a la casa del asiático unos minutos después. Las luces del exterior ya estaban encendidas, habían llegado algo más tarde de lo previsto. Mike le agradeció por el “paseo” y le dijo que lo vería en la escuela el lunes. Y eso fue todo.

Mercedes liberó su propio suspiro en el interior, de puro alivio. No conocía mucho a Mike personalmente, por lo cual no se habría esperado fácilmente una respuesta de ese tipo ante una situación que muchos no sabrían controlar. Es decir, nunca se sabía. Sin embargo, por lo que Kurt relataba, sus temores resultaron ser en vano. Menos mal.

—¿Sabes en qué estuve pensando todo el día de ayer? —dijo Kurt en tono soñador. Mercedes unió su brazo con el del chico, acompañándole en el buen humor. Kurt le dedicó una sonrisa—. Pensé en que aunque Mike resulte al fin no ser como yo, me alegro de haber ido con él y ser su amigo. Es algo esperanzador ver a chicos hetero que no actúan con miedo frente a un gay.

—¿Estoy escuchando una derrota? —preguntó Mercedes bajando las cejas.

Había un algo triste en lo que su amigo decía pero también de aceptación.

—Por supuesto que no —dijo Kurt mostrándole una sonrisa animada—. Nada se acaba hasta que Lady Gaga baje el telón. Sólo digo que, en el peor de los casos, todavía me quedará un buen amigo —Suspiró—. Sí, ese fue mi momento de mayor madurez. Disfrútalo porque no creo que haya otro pronto.

—Bueno, me alegro de que lo veas así —aseguró Mercedes sinceramente y tiró de su brazo—. Pero, si te soy honesta, espero que sí sea como tú. Así me dirás cómo son sus abdominales

Kurt no pudo hacer menos que reírse, encantado por el cumplido. Ya sabía cómo eran, o podía hacerse una muy buena idea, porque con tanto baile la camiseta de Mike había terminado por pegársele al cuerpo, revelando sus formas y los seis pequeños montes que formaban su abdomen.

El siguiente sonido los paralizó a ambos. Un fuerte golpe metálico y un chillido, agudo, colérico.

—¡Suéltame, hija de puta!

Los dos corrieron al mismo tiempo sin necesidad de palabras. La pelea era en el pasillo siguiente. Alrededor ya se había formado una pared de alumnos, entre los que se hicieron paso para ver. Brittany estaba a un lado de los casilleros, perdida y angustiada. Mientras Mercedes le frotaba un hombro a la joven, Kurt miró. Dos chicas se estaban moliendo a palos y una tenía puesto el uniforme de las porristas.

—¿¡Qué rayos creen que hacen!

Santana tiró del cabello de su contrincante, notablemente más baja, y la señaló frente al director, quien había lanzado la pregunta que espantó a la mayoría.

—¡Esta pequeña perra se lo ganó!

La otra era Kate.

Para Santana lo más doloroso no fue tanto el hecho en sí, como la forma en que lo descubrió. Y no era que Brittany se lo hubiera mencionado o intentara mentir al respecto sin necesidad. Ella nunca se lo hizo saber directamente. Santana fue sospechando desde la primera vez que invitó a Brittany al centro comercial y esta le dijo que irían mañana porque ahora “tenía compañía.” Le extrañó ciertamente porque su amiga le comentaba antes de llevar a un chico a su casa pero asumió que a lo mejor no había tenido tiempo o estaba con unos parientes. Bien, eso podía dejarlo pasar.

Luego le pareció curioso no encontrar a Brittany al final de la última clase y verla sólo en el club Glee, hablando con la otra chaparra del grupo. Sentadas lado a lado, conectadas por un auricular de MP4 que estaba en la mano de Torrison, ella le hablaba sobre la banda que estaban escuchando. Santana saludó a su amiga y las dejó estar, pero no cesó de verlas en lo que restaba de la reunión, intrigada por esa nueva unión. A veces una se inclinaba hacia la otra para decirle algo al oído y se sonreía. Estaban cerca pero no se tocaban demasiado. Sin embargo, Santana comenzó a ver. La forma en que los ojos de Brittany bajaban por el cuello de la chaparra, en cómo la chaparra veía fugazmente los labios de Brittany y se mordía los propios.

Prefirió verlas de cerca por unos días, no sea que estuviera llegando a conclusiones apresuradas. Hubo momentos en los que dudó de su propio radar de tensión sexual. Preguntarle directamente a Brittany habría sido sencillo pero ¿para qué? Si se equivocaba sólo estaría perdiendo el tiempo. Y si acertaba, bueno, ¿y qué? El mundo no se caería. Y ya, a pasar a otra cosa.

Santana podía estar segura de que Brittany y Torrison no comían juntas, no hablaban entre clases excepto para un breve saludo si de casualidad se encontraban y, que ella supiera, no salían juntas a ningún lado fuera de la escuela. Su único punto de indiscutible reunión era la sala del coro, donde la cercanía y la simpatía eran imposibles de negar. Luego de tres días de verlas en esa actitud de buenas amigas, a Santana ya no le cupo ninguna duda. Fue el viernes el día en el que tuvo que rendirse ante las evidencias. Todo el fin de semana se la pasó sopesando sus opciones, o intentándolo, porque de pronto volvía a recordar los momentos en el club. Le parecían ahora una especie de burla dirigida especialmente hacia ella. “¿Ves cómo nos comemos con los ojos? ¡A que no adivinas que follamos en el armario del conserje a tus espaldas!”

No quería admitirlo. No quería admitirlo de ningún modo pero dolía. Incluso lloró. ¿Llorar por Brittany? Oh, diablos, ahora sí estaba pérdida. No es que no lo sospechara, claro. No era tonta. Pero no quería que le doliera así, no por esa enana cantarina y su estúpida gorra pasada de moda. El domingo lo pasó como un zombie, obligándose a no pensar en nada. Hasta se olvidó de la tarea de Geografía y era una relativamente fácil. Cenó en completo silencio, haciéndole aun menos caso del acostumbrado al intento de su madre por armar una conversación. Cuando finalmente llegó el lunes se vistió de forma mecánica, todavía sin ningún pensamiento coherente sobre lo que haría. Hablar con Brittany parecía lo más probable. Para decirle qué, no sabía, pero a lo mejor se sentiría mejor. Sí, a lo mejor. Valía la pena intentarlo.

Tal vez lo habría hecho si la hubiera visto primero pero no fue así. La vio pero no sola. Estaba en el pasillo de la entrada, hablando con la chaparra. Santana las vio como a un video musical no muy interesante. No hacían más que hablarse pero en cuanto vio a la más baja sonreírle a la otra, ahí lo supo. Supo qué haría a continuación. La solución le pareció tan simple que no tuvo necesidad de pensarla una segunda vez.

Iba a matar a Torrison.

Schuester miró a una y otra de sus alumnas. Santana se estaba arreglando la coleta, poniendo de nuevo en su lugar los cabellos que se le habían salido en medio de la pelea. También tenía el lápiz labial corrido y el delineador negro en el ojo izquierdo se había convertido en una línea difusa en su mejilla, pero todavía no se daba cuenta. En una silla al lado, Kate se pasaba la lengua por los dientes como si quisiera asegurarse de que los tenía todos. La mejilla derecha estaba ligeramente roja e hinchada pero, aparte de eso, parecía estar bien. Tal vez si no fuera por la intervención de Figgins habrían llegado a hacerse mucho más daño. Ninguna hacía caso de la otra. Santana, erguida y orgullosa, directamente la ignoraba. Kate se limitaba a mirar al lado completamente opuesto de ella, fastidiada y con restos de enojo en el ceño. Sólo faltaba prender una chispa para que volvieran a los golpes.

—Muy bien —dijo Schuester—, ¿va a explicarme alguna de las dos por qué hicieron eso?

—Yo no sé qué diablos hago aquí —dijo Kate sin dirigirle la mirada—. No hice nada.

—Oh, por favor, no te vengas a hacer la inocente ahora —dijo Santana volviéndose en su dirección—. Sabes muy bien lo que hiciste. Señor Schuester, nada de esto habría pasado si la enana aquí presente supiera mantener sus piernas cerradas.

—¡Miren quién habla sobre abrir las piernas! —dijo Kate elevando la voz para remarcar su sarcasmo—. ¡La Hermana Santa Castidad! ¡La jodida virgen María!

—¡Por lo menos yo no me meto con lo que es de otros!

—¿De qué coño hablas, chica? ¡Te acuestas con el novio de quien sea!

—¡No es mi culpa si algunas no saben mantener a su hombre! ¿Y a ti qué te importa de todas formas?

—¿Ah, sí? Pues bien, ¡yo tampoco la tengo si eres una jodida lesbiana en el clóset!

—¡BASTA! —reclamó Schuester dando un golpe en su escritorio. Ambas chicas se olvidaron de mirarse con rabia para verlo a él, espantadas. Kate, especialmente, porque nunca había visto al profesor Schuester furioso. Por lo general era tan paciente y comprensivo que sencillamente no parecía la clase de profesores que podía llegar a esos extremos. Ahora veía que sí podía—. ¿Pero qué es lo que les pasa a ustedes dos? ¡Son compañeras del mismo grupo y se comportan de esta forma! Peleando y agarrándose a los golpes como un par de animales.

Las chicas se miraron entre sí, con antipatía, y bajaron las cabezas. Santana sólo quería golpear algo, la cara de Torrison o una bolsa de boxeo, ya no importaba. Apretaba los puños sobre sus rodillas. Kate deseaba más que nada salir de ahí y olvidarse del asunto. Después de un tiempo de puro silencio, armó valor para preguntar con aparente indiferencia.

—¿Van a expulsarme?

—No lo sé, Kate —respondió Schuester volviéndose a sentar—. Francamente no sé qué hacer. Estoy muy decepcionado con ustedes dos.

—Pero no es justo…

—Ya es suficiente, Kate. Santana —le dijo. La muchacha levantó la vista, el mentón ligeramente levantado con desafío—, la clase de desacuerdo que tengas con Kate me tiene sin cuidado, pero la manera de resolverlo no será a los puñetazos. Deberás encontrar otra manera de manejar el problema, sea cual sea, de otra manera no me quedará de otra que llamar a tus padres. Lo mismo va para ti, Kate, y no quiero escuchar más excusas.

—¿No habrá castigo entonces? —inquirió Kate, tratando de disimular la esperanza en sus ojos.

Santana la miró como si quisiera darle un codazo por bocona.

Schuester las miró detenidamente con las manos unidas. Por lo que había oído el problema era de índole romántico y en esas cuestiones siempre era mejor mantenerse al margen. Sobre eso no podía decirles más que lo ya expresado. Insistir habría sido inmiscuirse en asuntos que no le concernían.

—No —respondió al fin. Kate relajó los hombros, aliviada. Lo único que Santana hizo fue girar los ojos con desgana. Ya había perdido todo interés en la situación o eso pretendía—. Pero quiero que tomen en cuenta lo que les dije. No puedo permitir que algo así vuelva a suceder. De verdad no quiero hacerlo, pero si esto se vuelve una costumbre deberé expulsarlas a las dos del coro. Pudieron hacerse mucho daño, o peor, hacérselo a personas inocentes que no tenían nada que ver con ustedes.

Esperó alguna protesta, una palabra, pero aparentemente las ganas de discutir se habían esfumado de las dos con su llamado al orden. Mejor. Les dio permiso a las jóvenes de retirarse, luego de darles una nota a cada justificando su llegada tarde a clases.

La primera clase la tenían juntas, la de Geografía, pero Santana se fue por el camino opuesto. No tenía la tarea y no estaba de ánimo para inventarle una excusa al profesor así que iba a retirarse por la puerta, caminar hacia casa y tratar de dormir un poco. Empezaba a percibir un molesto dolor de cabeza.

—Eh, ¿adónde vas? —inquirió Kate.

—No es tu asunto, perra —contestó Santana sin volverse.

Kate frunció el ceño.

—Como quieras, chica —soltó girando los ojos, dirigiéndose a su aula.

De pronto, Santana se volvió.

—No soy lesbiana —dijo.

Kate la escuhó y dio media vuelta también.

—A mí no me gusta Brittany —declaró. Liberó un profundo suspiro y dio un par de pasos hacia la otra—. ¿Te digo lo peor del asunto? Sabía desde el inicio que tú y ella tenían algo pero pensé “hey, es cosa de ellas, no mía.” ¿Y yo? Sólo acepté para poder olvidarme de alguien que solía gustarme mucho. Es todo. Me agrada, vale, pero no estoy enamorada de ella.

Santana escuchaba con una mano en la cintura. Entendía todo pero no sentía mejor, de ninguna manera. Un poco aliviada, tal vez, pero no quería analizarlo en ese momento.

—Bien —dijo simplemente—. Tal vez la próxima vez te busques a otra para tus despechos.

Y le dio la espalda. Kate juntó las cejas y se adelantó hasta ponerse en frente de la otra. La chica adelantó una mano para empujarla pero ella se apartó a un lado antes de ser tocada. Con el camino libre otra vez, la latina continuó. Con un giro de ojos Kate se puso a seguirla.

—Dime la verdad, ¿eres tonta o te haces? —cuestionó. Santana la miró con la boca ligeramente abierta. No podía creer que todavía tenía ganas de apalearla—. Porque, chica, debes ser una tonta si no te das cuenta de cuán jodida estás y jodes a Brittany de paso —Santana se adelantó. Interiormente le tuvo que reconocer a la enana el no echarse atrás—. De acuerdo, no eres lesbiana. Tal vez tengas razón y seas bisexual. No me importa. Pero si tienes algo con Brittany te sugiero aclararlo porque, en lo que respecta a la chica, para ti ella es poco más que una muñeca de plástico para follar. Y, joder, ¿tienes idea de cuántas veces en una sola conversación ella habla de ti? Santana dice, Santana hace, Santana me enseñó. Sé que nada de esto es mi asunto pero, mierda, ¿qué carajo te pasa? Habla con ella y termina de decidirte o deja de joder al resto. De otra manera la perderás.

La última oración le sentó como una puñalada en el pecho. El golpe fue tan certero y profundo que no pudo evitar que su mandíbula temblara un poco y le picaran los. Aun así, miró a Torrison sin querer demostrar ni una pizca de debilidad.

—Tienes razón —dijo, odiando el temblor en su voz—. No es tu asunto.

Le dio un brusco empujón, que tomó a la rubia por sorpresa, y salió por las puertas principales. Kate se ajustó la gorra con expresión hosca.

—Hija de puta —masculló para sí y encaminó hacia su clase.

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