AntiOdio. 3

Capítulo 3: Un día en una vida no especial


Poof no lo entendía. Se había sentido extraño en todo el día pero no podía determinar por qué. Primero, el haber salido de la pecera en el cuarto del ahijado de sus padres, Jeremy, para dirigirse a la escuela. Como mamá debía acompañar a Jeremy a la escuela (si no acababa golpeado por uno de los buscapleitos de la escuela, el típico cerebrito) y no confiaba en Cosmo para llevar la van familiar, él y su padre se aparecieron en el puente entre el mundo mágico y el de las hadas para llegar caminando hasta la Academia.

También podrían haberse aparecido en ella directamente pero a Cosmo no se le ocurrió, igual que otras veces, y a Poof no le importaba el ejercicio de flotación matutino. La extrañeza empezó cuando llegó al edificio. Después de despedirse de su padre (que esta vez sí se fue en una nube de polvo amarillo) revisó el contenido de su mochila para asegurarse de que no se olvidaba nada. Tenía todo en su lugar. Incluso el almuerzo dejado por mamá estaba completo, con la vergonzosa nota de “te queremos, mi pequeño” pegada a un lado. Nada le faltaba pero sentía como si así fuera. Incluso volvió sobre sus pasos un par de veces y, no obstante, nada cambiaba.

Luego tuvieron un examen sorpresa en Historia Mágica. Él por lo general no tenía problemas con esa materia porque su propio nacimiento (como el de papá antes de él) había sido un acontecimiento histórico. Las veces que Timmy, el niño que lo deseó en primer lugar, había salvado el universo después de casi destruirlo también aparecían en los libros. Las primeras y únicas Olimpiadas Mágicas Mundiales. Claro que para ese entonces él tenía un año y no recordaba todos los detalles pero mamá conservaba la sala donde honraba la memoria de su ahijado favorito y no hace mucho le contaba las historias detrás de tantas fotografías, así que tenía una relativa facilidad para recordarlas. Tomó su lápiz mágico (el sustituto para dirigir su magia hasta que tuviera permiso para una varita) con confianza, listo para ganarse otra A.

Pero lo que pasó es que la profesora tuvo que salir antes de entregarles las hojas excusándose que la mascota de su primo, un dragón, estaba incendiando su casa, por lo que les encargaron un sustituto inmediatamente. Un hada varón tan anciano que pronto se dieron cuenta de que había que gritarle para que entendiera lo que uno le decía pero que no olvidó el examen. Les preguntó cosas de verdad antiguas, de hace más de mil años. Poof se preguntaba por qué nadie protestaba, si no recordaba que la profesora les hubiera mencionado ninguno de esos temas. Pasó su primer bochorno cuando se adelantó hasta el escritorio del profesor para inquirirle (era un viejo, a lo mejor no recordaba los temas previstos para esa clase) por las preguntas, y como era tan sordo, no pudo evitar que todo mundo se enterara de su duda.

Las ligeras risas que se levantaron a su alrededor debieron ser su primera señal. Sin embargo no entendió de qué iba la gracia hasta que el anciano le explicó que había tomado las preguntas de viejas actividades realizadas en clase. Poof vio la hoja que con su mano temblorosa el viejo le mostraba y entonces un rápido sonrojo se le subió al rostro mientras regresaba a su asiento, todavía oyendo a sus compañeros hablando. Pero la pena no era sólo por ellos, también por que ya había descubierto qué fue lo que sucedió. En las clases previas al examen apenas había prestado atención. Si de todos modos la profesora iba a preguntarle cosas que técnicamente eran parte de su propia vida, ¿para qué molestarse?

Y ese fue sólo el inicio. Después no pudo resolver un problema de matemáticas cuando lo llamaron al frente. Generalmente salía bien de eso porque le tocaban los fáciles, pero esa vez no tuvo idea de cómo seguir. Veía a su lado a Foop terminar toda la ecuación en menos de un parpadeo y su propio ejercicio, incompleto, y se preguntaba qué le estaba pasando ese día. En los pasillos, un troll medio miope lo confundió con otro y le arrojó una manzana podrida directo a la nuca. Perdió uno de sus libros en una de las aulas. Una tarea que tenía lista se le volvió ceniza en las manos cuando una salamandra estornudó cerca de él y no tuvo más opción que usar la hoja como escudo.

A la hora del almuerzo hubo una pelea de comida. De alguna manera que no podía entender, pese a que se ocultó bajo la mesa, terminó semi-enterrado en puré de remolachas y carne mágica. En clase de gimnasia, fue el primero en ser expulsado durante el juego de quemados. Y lo fue las siguientes tres veces que repitieron porque su equipo perdía con particular rapidez. Por lo general ganaban. Por lo general él era el último en pie y ponía las cosas en su favor. Pero, bueno, tampoco le importó demasiado en el pasado así que no había motivo para que le importara ahora. Desde luego habría preferido que las pelotas fueran más amables. ¿Siempre habían sido tan duras o es que recién se enteraba? Con la bastante fuerza se sentían como puñetazos. Si resultaba que siempre fueron así ya no podía culpar a esas criaturas que se inventaban excusas para faltar a esa clase.

Para finalizar el día más extraño que había tenido, el profesor le mandó una nota del director citándole en su oficina. Así que ahí estaba, sentado en una silla al lado de la puerta, esperando. Ni siquiera sabía para qué era pero comenzaba a sospechar que sería para algo malo. Ya lo percibía como un bichito que se le quedó enterrado en algún lado de la nuca y no podía hacer nada por sacárselo. Pasados unos minutos apareció el profesor de Ciencias Mágicas arrastrando del hombro al Anti-Poof. Foop tenía su perpetua expresión de puro desprecio pero se dejaba conducir sin protestas. El mayor, en cambio, estaba cubierto de una materia verde claro fosforescente que todavía dejaba gotitas al flotar hacia la secretaria.

—Dígalo al director que el señor “Amo del universo” hizo de nuevo estallar el aula de Experimentos mágicos.

Foop, sentado, se cruzó de brazos aparentemente indiferente. Para los profesores era tema de chiste los aires que se solía darse el joven para justificar su arrogancia. Cuando gobernara, todos ellos perecerían, así que procuraba no tomárselo demasiado en serio. Sin embargo, que un montón de peleles fracasados como ellos se atrevieran a burlarse siempre molestaba.

El secretario escribió una nota con la varita y la envió hacia la oficina del director pasándola bajo la puerta. En tanto el profesor se retiraba mascullando lo insolentes que eran los jóvenes hoy en día, Foop por fin notó a su contraparte al lado. Poof mantuvo la vista al frente. La esperanza de pasar esa espera en silencio le duró poco.

—¿Qué diablos haces aquí? —inquirió Foop.

Poof giró los ojos. Claro, debió imaginarlo. Una conversación con su contraparte era lo último que faltaba en ese día.

—No tengo idea de qué hago aquí —respondió relajándose en su resignación—. Me mandaron llamar desde la clase de gimnasia. Por cierto, ¿qué excusa para faltar te inventaste? Los trolls extrañaron tener un blanco seguro.

Foop resopló irritado, lo que causó que Poof sonriera para sus adentros. Tal vez molestándolo un poco lo dejaba en paz. Y si no, al menos era algo en que entretenerse.

—No me inventé ninguna —declaró Foop con arrogancia-. Esta vez me dieron permiso para faltar. Se suponía que debía estar perfeccionando mi trabajo para Ciencias Mágicas por créditos extra —Volvió a acomodarse en el asiento con gesto malhumorado. Poof le dirigió apenas una mirada de incomprensión. El Anti-Hada ya era el mejor en todas las clases y todavía se molestaba en ganar créditos extra. No lo entendía—. Trabajo que, de no ser por la estúpida intervención del inútil de nuestro profesor, habría salido a la perfección. Esa hada de tercera debería aceptar que lo que digan los libros no es necesariamente útil en todos los casos.

—¿Qué era esa cosa que tenía encima? —preguntó Poof, curioso. Recordó la impresión que le había dado en un principio—. Olía a limón pasado.

Foop lo miró largamente, como evaluando su interés. Cuando acertó a ver que era sincero y no otra forma de burlarse de él, resolvió que no perdía nada dándole el gusto.

—Era un experimento para hacer un ácido que destruyera las escamas de los dragones. El olor a limón sólo fue agregado para hacerlo agradable al olfato —Suspirando, agregó—: Estaba bien cerca de terminar con él y lo hubiera hecho si no fuera porque el profesor dejó que se calentara demasiado el tubo de ensayo. Le dije cuál era la temperatura exacta y que no debía sobrepasarse, pero no hizo caso. Desde luego, como es un idiota, pensó que fue la combinación de los ingredientes.

La relación entre ellos, aunque ninguno usara esa palabra para describirla, era una cosa de lo más ambiguo en la vida de Poof. Había veces en las que incluso se reía de las bromas por las que el resto de sus compañeros le hacían pasar al Anti-Hada y otras, como la presente, en la que encontraba de lo más natural ponerse de su lado.

—Vaya, eso es lamentable —comentó Poof, sintiendo una irresistible simpatía.

—Lamentable es la clase de idiotas que se supone deben educarnos —masculló Foop con desagrado—. Pero sí, también lo es que le afecten a uno -concedió encogiendo los hombros.

Poof asintió. Siguió un momento de silencio.

—Ese director sí que tarda —dijo Foop, fastidiado.

—Habla con su esposa —dijo Poof mirando el techo—. Lo oí cuando su secretario le pasaba la llamada.

—Por amor a la oscuridad, si tanto tienen que discutir mejor divórciense de una vez.

—No sabes si están discutiendo -mencionó el hada, a desgana.

—Por favor, no seas ingenuo. Nadie tarda tanto sólo para decir “buenos días y, oh, qué fantástica es mi vida de casada”—remedó con una voz aguda.

Poof encogió los hombros.

—A lo mejor tienes razón —admitió. De pronto un foco se le encendió. Sobre su cabeza, literalmente. Agitó su lápiz para hacerlo desaparecer y se giró hacia Foop—. ¿Tú tuviste algo que ver con esto?

—¿Esto qué, exactamente? —dijo Foop pronunciando las palabras lentamente, como si de antemano le indicara que su acusación era ridícula y él un tonto por pensarla.

Poof no dejó que lo intimidara. Acababa de tener una idea y de pronto comenzaba a verle mucho sentido.

—Mi día malo —dijo y parpadeó, con asombro—. Acabo de darme cuenta de que no encontré nada de camino a la Academia. Eso era lo que faltaba. Por eso volví atrás.

-Si esto se supone es un chiste, no le veo la gracia -replicó Foop frunciendo el ceño.

—Cállate, tú eres el malo —resumió Poof, con un gesto de impaciencia. Luego suspiró—. Cada vez que camino con papá el camino desde el Mundo Mágico hasta la Academia siempre encuentro algo. Un lápiz, un borrador o algo que necesito precisamente para ese día. Luego no supe cómo resolver ese ejercicio de matemática. Perdimos en las quemadas. La casa de la profesora se quemó y me preguntaron cosas de las que no tenía ni idea. E hicieron una montaña de puré de remolachas conmigo. ¿Tú tuviste algo que ver, no? Tú me estás dando mala suerte. Sólo falta que me digas cómo lo hiciste.

El silencio fue su única respuesta. Poof se cruzó de brazos, permitiéndose sonreír. Siempre se creía el anti-hada tan listo pero esta vez lo había descubierto y ahora no podría escapar de una acusación directa. La cara de Foop era de absoluta incredulidad y estupefacción.

—Solamente para no perder la cortesía —dijo después de un tiempo, de nuevo lentamente, como si le hablara a un retrasado—, déjame entender lo que dices. Tú tuviste un mal día, cosa que le puede suceder a cualquiera, ¿e inmediatamente asumes que fue mi culpa? Qué absurdo razonamiento. Si vamos con esa lógica todas las demás criaturas del universo tienen derecho a culpar a otros sólo porque su día no fue perfecto.

—No es sólo eso —insistió Pool—. Mi tarea se quemó en mis manos por el estornudo de una salamandra. Tuve suerte de que el profesor me lo creyera y hubiera testigos, si no me iba en la materia.

—¿Y? —remarcó Foop ahora con aburrimiento—. A cualquiera pudo pasarle eso. Acabas de decir que tuviste suerte, así que te contradices.

—No a mí —dijo Poof a punton de elevar la voz por la excitación—. No digo que todos mis días sean perfectos pero que sucedan tantas cosas malas en un sólo día y seguido…

Se calló, no por un nuevo destello de racionalidad. Lo hizo porque la carcajada de Foop le descolocó totalmente. Supuso que sería un efecto colateral por saberse descubierto o un truco para distraerlo. Pequeñas lágrimas cayeron de las mejillas de Foop y él se limpió con la muñeca hasta finalmente comenzar a calmarse.

—¿No son perfectos? —repitió risueño—. Un mejor eufemismo no lo podrías conseguir ni siquiera mencionando el no placentero olor que desprenden los trolls al abrir la boca —Poof se calló para no manifestar que no sabía lo que era un eufemismo. Mientras él trataba de recordar si alguna vez oyó esa palabra, Foop continuó—: Todo lo que me dices, estimado idiota, me indica que a los días perfectos son exactamente a lo que estás acostumbrado. Desde luego, con esa clase de hábitos, apenas tienes un día normal inmediatamente piensas que es uno malo.

—No es verdad —reaccionó instintivamente Pool—. He tenido días malos.

—Normales, tonto, no malos —respondió Foop girando los ojos—. Por supuesto que no sabes la diferencia.

Comenzaba a enojarse, cierto, pero no iba a dejar que se saliera con la suya. De todos modos, a la silla sobre la que estaba le salieron alas de murciélago y se volvió negra.

—¡Lo que sea! Los he tenido.

—Deleita mis oídos, por favor —pidió Foop condescendencia, moviendo la cabeza hacia él como un niño deseoso de oír un cuento—. Cuéntame cómo ha sido un mal día en la vida del especial niño mágico favorito de todos.

Sabía que detrás de sus palabras había más burla hacia él que simple envidia. Trató de no prestarle atención mientras regresaba a la silla a la normalidad.

—Está el día en que olvidé mi libro de Ciencias Mágicas en casa y anduve todo el día con el cordón desatado sin saberlo —respondió, confiado, como si eso probara un hecho indiscutible.

—Y tomando en cuenta que podemos hacer aparecer lo que sea en cuestión de segundos y flotamos hacia todos lados, ¿cuál es la parte mala de tu historia? —preguntó Foop examinándose las uñas.

Ahí le había ganado. Poof se dio cuenta unos segundos más tarde, cuando nada se le ocurrió para replicar.

—De acuerdo —otorgó con expresión huraña, hundiéndose en su asiento.

Una tristeza vaga comenzaba a nacerle en el pecho. ¿Era posible que todos sus días hubieran sido perfectos, absolutamente buenos y no se diera cuenta? No le gustaba, no le gustaba nada.

Foop notó su ánimo decaído y pensó, aliviado, que al menos ya no seguiría con la teoría de que todo era su culpa. Ni siquiera lo había hecho basándose en nada más que la primicia de que él era “el malo” -epíteto infantil, si le preguntaban, pero a fin de cuentas válido- y por lo tanto todo lo malo debía provenir de él. Por una vez habría tenido razón en continuar, al menos técnicamente. Porque si bien había hecho aquel pedido para modificar la suerte, lo que hizo en realidad fue volver a Poof en otra hada del montón, nada más. Sin embargo le molestaba tenerlo en ese estado insensato. Como si fuera una gran tragedia. Incluso una ridícula nube oscura comenzaba a formarse sobre su cabeza.

—¿Te digo lo que opino, estimado Poof? —dijo con suavidad, todavía revisándose las uñas para actuar distante. Poof lo miró con los ojos lilas grandes, brillantes, tristones. Giró los suyos con aire de hastío—. Eres patético. Lo único que te ha sucedido es que se te acabó la buena suerte. Algún día iba a suceder.

Poof sonrió de medio lado. La nube comenzó a decolorarse hasta quedar un vestigio gris algodonoso.

—Supongo —reconoció juntando las manos en su regazo. Sin embargo estaba triste. Era como si hubiera perdido algo que tuvo por años y no pudo apreciar como debía.

Vio de reojo que Foop lanzaba un suspiro y agitaba un poco una lapicera azul con alas de murciélago. De pronto un pastel de merengue surgió de una nube de polvo azul y se estrelló contra su cara. La sorpresa le dejó estático unos momentos; inmediatamente después, la indignación. Se apartó el merengue de los ojos y asesinó trece veces a Foop con la mirada. Unas grietas comenzaron a abrirse en las paredes.

—Ríete, querido Poof —dijo Foop satisfecho, haciendo girar la lapicera en sus manos con actitud presumida—. No lo tomes tan mal. Lo hice para quitarte esa estúpida cara de melancolía. Arruinabas mi buen ánimo.

La mano de Poof (que sostenía su lápiz) se movió en el aire, haciendo aparecer un ejército de pasteles de merengue detrás de él. Sonrió con malignidad al comprobar el desconcierto de su contraparte.

—Entonces déjame recuperar MI buen ánimo —dijo. Foop hizo aparecer igualmente otro montón de pasteles justo en el momento en que Poof dirigía el suyo.

—Oigan, chicos —dijo el secretario pero eso no impidió que recibiera su ración de merengue en la cara ante la inevitable colisión.

No fue el único afectado. Las sillas, su escritorio, el piso y el techo se cubrieron de la dulce sustancia. El hada, sabiendo que sería imposible que le hicieran caso, resolvió recoger un poco y llevárselo a la boca. No sabía mal.

—¡Idiota! —exclamó Foop haciendo surgir más pasteles. El merengue le cubría el cabello, la corona negra sobre su cabeza y su chaleco gris.

—¡Doblemente idiota! —replicó Poof realizando otro tanto. No estaba mejor que el otro.

—¡Oh, esa sí que es una respuesta brillante!

Para cuando por fin el director Joshua Von Strangle terminó con su llamada telefónicamente y atravesó la puerta de su oficina mágicamente, auténticas montañas de dulce sabor lo saludaron desde la recepción. Su secretario levantó una mano desde el montón que lo había rodeado y señaló a las dos criaturas flotantes tapizadas de blanco en medio de la habitación. El de cabello lila le daba espalda pero el otro, un anti-hada, se paralizó en medio de un movimiento de pluma al verlo.

—No te detengas porr mí, malvado Anti-Poof —dijo el director con los brazos en jarra. Poof puso expresión de haber recibido el toque de una picana eléctrica paralizante—. Continúe convirrtiendo mi rrecepción en la parte superriorr de un pastel de crrema.

La reacción de Poof fue instintiva. Se giró rápidamente (esparciendo más merengue) y señaló a Foop.

—¡Él empezó!

—Lo hizo —confirmó el secretario, saboreando todavía el dulce.

Una mariposa voló cerca de la cabeza de Foop. Con un estremecimiento de su pluma el insecto fue envuelto en llamas y cayó al suelo.

—Pero él me respondió de peor manera —arguyó el anti-hada, clavándole una mirada de desprecio a su contraparte pero dirigiéndose al director. A pesar de lo cual, su voz resultaba suave y controlada—. Podría haberme dicho un insulto y dejarlo ser, pero insistió en devolverme la misma moneda como un chiquillo ofendido. Qué actitud más madura, ¿no?

—Es cierto, lo hizo —aportó el secretario, quien se encogió al recibir la dura mirada del director.

El hada de formidable tamaño, músculos sobresalientes y gran mandíbula, era primo hermano de Jorgen Von Strangle y poseía el mismo carácter estricto y severo característico de la familia, pero no irascibilidad. El acento búlgaro nadie estaba seguro de dónde salió. A diferencia de muchos miembros de la familia, su cabello era largo y lacio, de color castaño oscuro y sostenido en la nuca por una coleta. Ojos verdes oscuros que parecían penetrar todo con la misma eficacia que un puño. La imponente hada les hizo un gesto a los jóvenes para que entraran a su oficina, indicándoles que se limpiaran antes de antes de acercarse a sus muebles. Mientras ellos se limpiaban con magia instantáneamente, el director Von Strangle le dijo a su secretario que limpiara el desastre.

Una vez adentro se colocó detrás de su gran escritorio, en frente de los dos jóvenes. Miró primero a Foop. No le sorprendía verlo ahí. Podía ser un brillante estudiante pero poco dispuesto a someterse a las reglas. Sólo sentándose ahí con cara de oler huevos podridos uno se daba cuenta. Por otro lado, Poof. No muy aplicado en nada, excepto deportes, y de ninguna manera un buscapleitos.

—Estoy decepcionado de ti, Poof —expresó negando con la cabeza—. Te pedí que vinierras sólo parra hablarr acerca de tu muy mala nota en el examen de hoy perro te veo en una ridícula pelea de pasteles como en comedia vieja con el malvado Anti-tú.

—Mi nombre es Foop —masculló el aludido sin apenas mover los labios.

—El malvado Anti-Poof, ya lo sabemos. Tú estás aquí porrque hiciste estallarr el laborratorrio.

—En efecto —dijo Foop girando los ojos con aire cansino—. Mi experimento fue lo que estalló pero no fue mi manipulación de él lo que lo hizo explotar, si no la de su triste empleado que pretende ser llamado nuestro maestro.

El director Von Strangle se pasó una mano por el rostro.

—Tu opinión acerrca de los prrofesorres ya nos la conocemos bien, malvado Anti-Poof, y crreo haberrte dicho que te la rreserrvarras parra ti mismo —El joven de azul bufó. El director también estaba en su lista negra—. En fin. Dado el nuevo desastrre que ambos han causado, no me quedarrá otra opción que hacerr lo impensable.

Poof lo entendió antes que Foop y abrió los ojos, con un temor espectativo. ¿Realmente iría a hacer lo que pensaba?

—¿Quieres decir…?

El director lo vio con severidad.

—Los dos están castigados.


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