AntiOdio. 4

Capítulo 4: Gajes del oficio


Poof llevó el trapeador y el balde lleno de agua al laboratorio. El mejor castigo que se le había ocurrido al director: limpiar el desorden que el experimento de Foop había dejado. El conserje ya había probado con hacerlo desaparecer con un pase de varita y funcionaba, sólo por momento, porque pronto el olor a limón podrido y la sustancia verde volvía deslizarse por las paredes con la impunidad de un niño travieso. Él, que no tenía nada que ver, junto a Foop lo limpiarían “a lo humano” -porque a la antigua sería con magia-, es decir, empleando los elementos que hacían poco más que acumular polvo en el armario del conserje.

La escuela a esas horas estaba desierta. Nada más que el profesor que Foop no dejaba de llamar “excusa de hada”, verdadero responsable del desastre, para vigilar el trabajo, y el director, que arreglaría unas cosas en su oficina y cerraría el edificio cuando terminaran. Mamá le había enviado un almuerzo extra grande, además de otros aperitivos, con la nota “diviértete en la biblioteca, querido. Recuerda, el conocimiento es poder”. Cada vez que lo recordaba Poof giraba los ojos y apenas se contenía de lanzar un suspiro. Su madre no acababa de aceptar que hubiera sido castigado y en su afán de negación, había supuesto que su retoño se quedaría después de clases estudiando para un examen o sólo haciendo trabajos de créditos extra.

La cena en la que lo anunció, o más bien se supo, pasó la noche anterior. Primero, él había estado callado, pensativo, sin ánimo de participar en ninguna conversación. La información que se reservaba no era agradable, divertida ni nada que lo impulsara a sacarla a relucir. A lo mejor podría decirles mañana con una nota voladora, sólo cuando ya estuviera a salvo, en el castigo. Wanda, preocupada, le preguntaba de vez en cuando si algo le pasaba.

—Por supuesto que algo le pasa —aportó Cosmo alegremente y ondeó como una bandera victoriosa la nota del director—. Lo han castigado para limpiar ácido de dragón de las paredes.

Poof enrojeció hasta las orejas, pero no de ira si no de pura pena. Estupefacto, dejó caer el tenedor al suelo y, de tener algo metido en la boca, ya se habría atragantado.

—Papá —dijo casi mascullando, evitando la mirada rosa—, ¿de dónde sacaste eso?

—Milton —El envoltorio de chicle que había encontrado hace dos días— en uno de sus viajes voladores aterrizó sobre tu escritorio y ahí estaba. Pensé que sería su hermano mayor o tal vez su tío pero él me dijo que los miembros de su familia no eran tan vergonzosos ni malhumorados, así que decidí adoptarlo y ahora se llama Mijelle.

Poof tragó saliva, volviendo la cabeza, como una máquina oxidada, hacia la otra punta de la mesa, donde su madre miraba absorta a Mijelle. Sobrevoló la mesa sin expresión alguna y tomó a la nota en sus manos, desechando con un empujón enérgico (pero extrañamente impasible) el intento de Cosmo por recuperarla. Lo leyó con atención lo que parecieron ser tres veces y una vez más, con calma, pero Poof sentía que las explosiones volcánicas de enfado legendarias de su madre no tardaría en estallarle en la cara. Recogió el cubierto y lo dejó, todavía mirando a su progenitora. Seguía sin decir nada y papá, dándose cuenta muy tardíamente que tal vez acababa de cometer una estupidez (del tipo en la que su rostro acababa aplastado contra una sartén o el universo está a punto de colapsar), permanecía cerca de su hijo como preparándose para huir juntos hacia el infinito.

—Mamá… —susurró Poof tras un minuto entero de espera. Era la impaciencia porque el tren se estrellara de una vez contra el que venía en dirección contraria.

Wanda parpadeó, como saliendo de un trance, y lo miró. Nada de enfado, alivio o… nada. Directamente nada.

—Oh, hijo… —dijo y sus ojos se volvieron hacia atrás, desmayándose en los brazos de Cosmo, que llegó justo a tiempo a sostenerla.

Se recuperó media hora más tarde, cuando Cosmo estaba ya literalmente caminando por las paredes pensando en los que les haría apenas se despertara. Su desesperación parecía acrecentar la aparente calma que intentaba conservar el menor.

—Papá, ¿no crees que estás siendo ridículo? —soltó con exasperación, viendo las volteretas que daba en el techo alrededor de un candelabro. Él permanecía a razonable distancia de la cama donde yacía su madre—. Es a mí al que castigaron, tú no hiciste nada.

—¿Y crees que no lo sé? —dijo Cosmo descendiendo, sin dejarse de morder las uñas—. Pero tu madre encontrará la forma de culparme de esto. No sé cómo pero lo hará. Y tal vez tenga razón, no lo sé. Tal vez jugamos demasiado a “No Estudio”. De no haberlo hecho a lo mejor no te habrías metido en esa lucha de pasteles en la sala del director. Podrías haberlo hecho en el baño, la biblioteca u otro lugar al que nadie le importe algo de crema.

Dicho esto, se metió en un dedo en la boca y se balanceó en posición fetal en el techo. La secuencia de los sucesos que describía sin duda eran absurdos (a saber qué relación tendrían los estudios con pasteles de crema) pero el mero hecho de que intentara pensar responsable y razonablemente alarmó a Poof más allá de toda medida. Y por eso casi lanza un chillido de puro terror cuando su madre se levantó de la cama, cual vampiro del ataúd, con la espalda recta como tabla. Si no lo hizo fue sólo porque la garganta se le había cerrado.

Wanda, completamente lúcida, miró a su esposo arriba de ella, y frunció el ceño.

—Cosmo, baja de ahí —regañó—. Conseguí a muy bien precio ese candelabro y no quiero que lo rompas como al anterior.

El hada de cabello verde bajó y se colocó detrás de su hijo, usándolo de escudo o atenuante para la explosión inminente. No era la primera vez que lo hacía y a Poof no le extrañó en nada el movimiento.

—¿Y bien? —siguió diciendo Wanda con dejo impaciente y malhumorado. Ninguna respuesta la satisfizo—. ¿Quién creen que va a limpiar la mesa, si todos ya acabaron de cenar?

—¡Yo lo haré! —exclamó Cosmo y desapareció del cuarto en un parpadeo.

Poof dirigió una mirada rencorosa al último punto donde había estado. Volvió la atención a mamá. Se alivió un poco al ver que su digusto no era mayor que al de costumbre. Tal vez se limitara a darle una regañina y ya está. Pero lo que hizo al notar a su hijo lo dejó en blanco. Le sonrió.

—Oh, querido, claro que puedes ir —dijo dulcemente y tocó con mimo los risos lilas que adornaban la cabeza de su vástago—. Sólo procura no estudiar demasiado. No queremos estrés que no necesitamos, ¿verdad? Ahora debo ir con tu padre para asegurarme de que no destroce la vajilla.

—¿No estás enfada entonces? —inquirió Poof y sus ojos se abrieron al darse cuenta de que eso tal vez había sido un ataque suicida.

—¿Enfadada? No seas ridículo. Estás en la escuela y necesitas aplicarte. Jeremy se va a decepcionar por no tenerte aquí las tardes, claro, pero seguro lo entenderá.

—Mamá —dijo Pool—, ¿de qué estás…?

Un sonido de cristales destrozándose cortó sus palabras.

—¡Ups! —dijo la voz de Cosmo—. Wanda, creo que tal vez las rocas no hacen buenas esponjas.

Wanda tomó una profunda bocanada de aire, al tiempo que giraba lo ojos. Poof pensó “alabada la estupidez de papá” al verse desviada de él toda la atención de la hada.

—Ya voy —dijo Wanda, y con un suspiro de resignación, desapareció.

El tema del castigo no volvió a mencionarse. Ni ese día ni al siguiente, en los que el conserje todavía luchaba por mantener limpio el laboratorio por más de tres segundos. De nuevo caminaba con papá hacia la Academia y, con mamá lejos, en otro mundo, Poof se sintió con confianza para hablarlo.

—¿Algo malo le pasa a mamá?

Su padre no era el ser más inteligente de la Tierra (ni de ningún lado, para ser honestos) pero conocía a su esposa mejor que cualquiera -no digamos tanto como su palma porque incluso eso le confundía-. Si algo le estaba sucediendo que no se atreviera a decir o a consciencia ignorara, él sería el primero en enterarse.

—No te preocupes, sólo está en negación —afirmó despreocupadamente—. No puede creer que su único hijo fuera castigado por cometer la mayor tontería en el lugar más tonto posible, así que prefiere hacer de cuenta de que estarás en la biblioteca.

—¿Eso es sano? —preguntó Poof, turbado.

—Probablemente no —admitió Cosmo con una sonrisa—, pero de todos modos ¿quién necesita que se entere? Mamá Cosma hacía exactamente lo mismo cada vez que me expulsaban a mí o a Schnozmo de la escuela, por lo que todos los días nos despedía con el almuerzo preparado aunque no tuviéramos lugar al que ir, y todo resultó bien.

Poof no estaba tan seguro de eso. Apenas recordaba a tío Schnozmo ya que éste no los había visitado en años, pero sí sabía de su afición a estafar a papá y adoptar diferentes papeles para seguir siendo un ídolo ante sus crédulos ojos. Pero no era descabellada la explicación de Cosmo. Mamá le había explicado que sólo luego de su nacimiento Mamá Cosma aceptó por fin el casamiento de su hijo menor, a pesar de que éste se había dado hacía más de mil años. Un estremecimiento le pasó por la espalda, sin saber por qué. De nuevo no había encontrada nada útil en el camino.

Eso fue en la mañana. En la tarde el profesor los reunió a él y a Foop en su oficina para explicarles en qué consistiría su castigo. Una semana esperara que durara y si no, ya encontraría otros desastres en los que pudieran ocuparse. “Ya que les encanta tanto ensuciarr, veamos qué les parrece hacerrse carrgo después.”

—Lo estábamos esperando, señor Fairywinkle-Cosma —repuso el profesor al verle llegar. Se había colocado un traje como el que usaban los humanos para manejar productos tóxicos y frente a la puerta había bandas amarillas que contenían repetidamente la palabra “peligro”—. Colóquese un traje como el mío y podrá pasar.

—No lo hagas si no quieres pasar por un idiota —aportó Foop flotando cerca de las cintas, usando nada más que la ropa de siempre: pantalones y zapatos negros, camiseta azul con una calavera en el pecho y un chaleco gris. Apático, sostenía un cepillo en una mano y frotaba la pizarra manchada de verde—. A menos que seas un dragón bebé, una corteza de roble o seas alérgico al limón artificial la sustancia es completamente inofensiva.

—Esa es su opinión, señor Foop —replicó con desagrado el hada mayor y miró al otro para preguntarle qué haría, pero éste ya le contestó con su acción: se deslizó debajo de las cintas, junto a los implementos de limpieza que se había traído consigo y flotó hacia una mesa al fondo. El hada mayor masculló algo sobre jóvenes imprudentes para sí mismo.

—Apesta —hizo destacar Poof con una mueca, mirando la nuca de Foop.

Los hombros que sostenían el chaleco se juntaron con indiferencia.

—Nadie te dijo que olería a rosas.

—Parece que un gigante estornudó aquí —siguió diciendo, ahora fijándose en una gota persistente que pendía de un grifo, sin acabar de caer—. Es asqueroso.

Foop suspiró. Él tampoco quería estar ahí pero al menos fue lo bastante sensato para resignarse.

—Tu presencia no está resultando particularmente grata pero no me ves quejándome, ¿o sí? —replicó todavía dándole la espalda.

Poof frunció el ceño pero resolvió dejarlo pasar. Por contestarle sus “brillantes” comentarios es que estaba ahí, por lo que obviamente lo más inteligente sería ignorarlo. La conversación había sido un modo de retrasar un poco la limpieza o hacerla más amena. Su error había sido creer que podría contar con su contraparte para ello. De modo que se puso a cepillar, masticando su frustración. El olor del limón podrido era desagradable pero no lo suficiente para causarle náuseas, por lo que pronto se encontró sin notarlo en lo absoluto.

Pasados unos diez minutos ya había conseguido limpiar la superficie de una mesa y continuó con la silla. Creyó escuchar un susurro al pasar el trapo por el asiento. Repitió el movimiento, extrañado, y esta vez distinguió palabras en el susurro.

—¡Olvídalo! No pienso hacerlo.

Se giró. El único otro ser presente, Foop, había pasado a las paredes. Sólo le presentaba la espalda y sus hombros se relajaban o tensaban cada tanto.

—Podría convenirte hacerlo —dijo muy bajito, con un tono algo chillón y alegre. Hombros relajados.

—Ya dije que no —dijo con irritación. Hombros tensos.

—¿Por qué no? —Voz aguda—. Sería una excelente manera de volverse más…

—¡No lo digas! —Voz normal—. No quiero escucharlo.

Y de pronto el silencio. No continuó por mucho tiempo. La mano que cepillaba había dejado de moverse.

—Te está oyendo —Voz aguda, cantarina.

—Ya sé que me oye —respondió Foop en voz normal.

De pronto giró en el aire y lo enfrentó con semblante severo.

—¿Qué miras?

Poof fijó en su contraparte la mirada. Estaba acostumbrado a diálogos incoherentes por su padre pero esa era una nueva situación para él y no acababa de creérsela.

—¿Estabas hablando contigo mismo?

La expresión de Foop, antes ceñuda, se volvió alegre y llena de ternura, aniñada.

—Por supuesto que no, eso sería de locos —dijo con la voz aguda, femenina. Sacudió la cabeza, lo vio al otro y bufó con fastidio—. Deja de verme así. Es el síndrome del genio loco.

—¿El… qué?

En su vida Poof había oído semejante término. Se preguntó si no se lo estaría inventando.

—Es una condición real —espetó Foop con enfado, incluso arrogancia. Volteó la cabeza, observándole de reojo y explicó fríamente—: Me lo diagnosticaron a los cinco años. Lo que sucede es que mi inteligencia es tan amplia y mi genialidad es tal que a veces tiendo a rendirme ante una segunda personalidad, mucho más estúpida. Los doctores aseguran que así mi mente evita sobrecargarse. Padre padeció de él a mi edad.

—Si tú lo dices —respondió Poof, todavía dubitativo.

Sí había notado que a veces Foop actuaba raro y decía cosas que no esperaría oír de él, pero lo había achacado todo al hecho de que Foop era excéntrico de por sí.

—Su nombre es Clarice —masculló casi a regañadientes. Nuevamente su rostro se transformó por completo, adquiriendo ese otro aire que parecía opuesto al usual—. Y lo que él no se atreve a decir es que tiene algo por pedirte.

Poof arqueó una ceja, ahora con desconfianza.

—¿Ah, sí?

—No es cierto —contradijo Foop. Casi al instante, Clarice volvió, sonriente-. Es muy orgulloso. Lo que pasa es que faltó la semana pasada a la clase de Embrujos elementales y pensaba pedirte los apuntes. No tiene amigos que le hagan el favor. ¡Cállate!

Así nomás Foop regresó, sin aliento, aturdido, como si acabara de volver de una interminable carrera. Se quitó de un soplido desdeñoso un mechón de cabello azul, la cabeza inclinada y mirándole entre las cejas. Súbitamente Poof se dio cuenta de que no era una broma. Foop intentando infundirle miedo con ese gesto se lo había confirmado, no sabía bien cómo.

—Si no es demasiado pedir —dijo Foop recuperando pronto su aire elegante, de caballero inglés en el siglo pasado—, preferiría que no habláramos de esto. A veces tengo lapsos así y no significan nada.

Poof observó su vuelo hacia la otra punta de la habitación, la curva que describía su mano y el trapo sobre las ventanas. Sin él que devolviera el tema habrían pasado las dos horas que les tomó estar ahí (sin acabar de limpiar todo) en completo silencio, ignorando a consciencia a su compañero. Pero Poof dijo:

—Si realmente necesitas los apuntes, te los presto.

Foop giró la cabeza sobre el hombro. A pesar del ceño fruncido parecía reticente a hacer contacto visual con el otro.

—¿En serio? —preguntó y elevó el mentón—. ¿Y qué pretendes a cambio?

—Que me los devuelvas enteros —respondió Poof imitando su aparente indiferencia—. Enteros y solos, sin gérmenes mortales o maldiciones en ellos.

—No prometo nada —contestó Foop encogiéndose de hombros, regresando al trabajo—. Y no esperes que actúe muy agradecido. Después de todo es una estúpida clase.

—Ahí tienes razón —comentó Poof limpiando distraídamente el escritorio del profesor. Dibujó un gato con lo que recogía de la sustancia verde. Más que nada Embrujos elementales les enseñaban a cómo volver una cosa en algo diferente a lo que es, desaparecerlas y, en fin, cosas que no eran muy complicadas. Aun así, la profesora era muy estricta en cuanto a que sus alumnos supieran bien qué causa (pensamientos, más que nada) llevaba a cuál efecto (un pato que chilla como rata, por ejemplo)—. ¿Pero los quieres o no?

En realidad no le importaba lo que su contraparte dijera. Eran esas palabras que había dicho la tal Clarice (“no tiene amigos que le hagan el favor”) lo que desde muy en el fondo lo estaban impulsando a por lo menos intentarlo. Ahora, si el otro todavía se mostraba negativo, eso ya no sería su problema.

Por un largo rato pareció que Foop no iba a responder. Encogiéndose de hombros para sus adentros Poof estuvo dispuesto a aceptar la realidad. Luego el anti-hada, pasando a otro cristal, dijo:

—Está bien, préstamelos.

Sonaba como si lo soltara a regañadientes. Poof sonrió, algo burlón.

—De acuerdo, les sacaré copia y te las daré mañana. No te preocupes, no espero que me lo retribuyas de ningún modo.

—Bien —afirmó Foop, de algún modo satisfecho consigo mismo porque ese punto estuviera claro—. Me alegra que así sea.

Poof giró los ojos. ¿Podía ser más petulante?

Dos horas más tarde (ya no hubo más conversación pero la tensión, producto de la ley del hielo, había desaparecido entre ellos) el mismo director se presentó en el laboratorio y les dijo al par de jóvenes que ya podían retirarse. Para ese entonces sólo habían conseguido hacer desaparecer -no mágicamente, de nuevo- el 45 % -cifra calculada por Foop- del ácido que adornaba el aula. Según los cálculos del anti-hada, acabarían con el 100% en aproximadamente cuatro castigos más, asumiendo que se mantuviera la constancia de ellos en su duración de dos horas y 37 minutos. Dijo el modo en que había llegado a esos números de forma natural y segura, sin percatarse de que ni Poof o el director le seguían en lo absoluto y que lo único que habían oído es que haría falta más de una tarde de castigos para tenerlo todo listo.

—Muy bien —determinó el director, complacido—. El laborratorrio no volverra a serr usado hasta la prróxima semana así que tendrrán cuatrro días parra sacarr brrillo a cada rrincón. Venirr aquí serrá su nueva rrutina en lo que rresta de esta semana y esperro que aprrovechen muy bien ese tiempo. Ahorra, ¡rrompan filas y buenas tarrdes!

—Sí, señor —dijo Poof, incapaz de resistirse a imitar su saludo militar.

El director Von Strangle vio esto como una forma de demostrar respeto mutuo y sonrió orgulloso, lo que para un Von Strangle significaba apenas elevar la comisura de los labios. Foop lo único que hizo fue poner cara de hastío. “Lamebotas” pensó.

—Sí, señor, buenas tardes —se despidió con un gesto de la mano y se alejó por los pasillos.

Por unos cuantos centímetros de vuelvo Poof le siguió.

—Mañana te daré las copias en el castigo, ¿te parece?

Foop le hizo un gesto ambiguo, como si espantara a una mosca de su hombro.

—Me parece bien —dijo a desgana.

Agitando su pluma se hizo desaparecer de la puerta principal de la Academia y aparecer segundos después en su castillo. Con otro movimiento estuvo de inmediato en su cuarto. Como toda la decoración, el negro y azul lo predominaba todo. La amplia cama, adonde fue a parar luego de enviar a su mochila a ponerse sobre el escritorio, con sus cortinajes de seda oscura, tan cómoda como la recordaba. Por fin podía relajarse, dejar que su mente encontrara descanso.

—Eso sí fue un aburrimiento —comentó para sí, con la voz amortiguada por la almohada.

—Por lo menos tuviste una agradable conversación —intervino Clarice, poniendo una sonrisa de optimismo en sus labios.

—¿Y eso qué? Lo dices como si fuera un gran logro.

—Por algo se empieza, querido. Esta vez hubo muchos menos insultos y crema que la última vez. Eso es algo para alegrarse.

—No soy un idiota. No iba a meterme en más problemas de los que ya estoy. Por cierto ¿quién te dijo que te metieras?

Una risa aguda, femenina, llena de ternura.

—Es que si no lo hacía nunca te habrías animado por ti mismo.

—¿Ahora crees que necesito tu ayuda? No seas absurda, por favor. Puedo cumplir esta misión por mí mismo.

—Claro que sí, querido. Lo único que hice fue darte un empujón y por lo que he visto, lo necesitabas. Deberías aprender a ser un poco más abierto con la gente.

Suspiro por parte de Foop. No tenía ánimos para discusiones.

—¿Puedes irte de una vez? —preguntó, acurrucándose—. Estoy cansado y agradecería una siesta.

La sonrisa en su rostro se presentó casi maternal.

—Por supuesto, querido.

Entonces, por fin, el silencio.


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