Miel y metal. 13

Capítulo 13: Sitting, Waiting, Wishing

“Ya tuve suficiente misterio”


Kurt sí que se sorprendió esa tarde cuando una mano morena hizo caer una nota en su regazo. En ese momento Sam estaba cantando lo que él creía cumplía la tarea que les encargó el señor Schuester hace dos semanas, “Expresión”. Una canción que hablara de ellos mismos y sus pensamientos en determinado momento. Muy ambiguo en su opinión, pero válido para dejar volar la imaginación. La nota tenía escrito “Ve al auditorio después de la reunión.” Una estrella escrita al final le hizo saber sin lugar a dudas de donde provenía.

Asistió, por simple curiosidad. Rachel lo esperaba en el centro del escenario. Cuando advirtió su presencia se acercó caminando con sus zapatos de charol y sonrisa de amabilidad patentada.

—Hola —dijo—. Te agradezco mucho que vinieras.

Kurt observó el resto del auditorio. Ellos eran los únicos presentes. Sobre el piano un reproductor de música con diseño floral y unas partituras.

—Vayamos al grano, ¿te parece? —dijo volviéndose hacia ella—. ¿Para qué me llamaste?

La sonrisa de Rachel se diluyó sin remedio. Un cuasi encogimiento de hombros delató que prefería las cosas así. No eran amigos después de todo. No valía la pena fingir lo contrario.

—De acuerdo —aceptó yendo al piano—. Para ser honesta sólo deseaba pedir tu opinión acerca de un número que estoy preparando. Como sabes, Finn se ha ido y no es seguro que volverá pronto.

—Así es —concordó Kurt, pensativo, esperando más explicaciones.

—Bueno, siendo el caso, quisiera conmemorar mi superación del hecho y mi negativa a dejarme vencer con una canción. Pensé que había hecho la elección perfecta, como suele suceder, pero eventos recientes me han hecho dudar de la autenticidad del mensaje y eso no es algo fácil de conseguir.

Por “eventos recientes” Rachel se refería a la tarde anterior, luego de practicar su número ante Kate en el aula del coro. Luego de haber terminado de entonar la última nota, Rachel todavía conservaba la sonrisa de satisfacción en los labios. Eso hasta que giró en la silla, esperando los aplausos, y Kate la miró como sin expresión. Cuando se percató de que había acabado y su compañera la miraba directamente, emitió unos aplausos. De acuerdo, no eran tan entusiastas como habría deseado pero se aceptaban.

—Vaya —dijo la rubia, moviendo un poco la gorra sobre su frente—, así de mal fue la ruptura, ¿eh?

—¿De qué hablas? —cuestionó Rachel sonriendo a medias.

A lo mejor simplemente la chica no lo había entendido, nada más. Muchas canciones habían dado pie a más de una interpretación.

—Bueno, es que ya terminaron, ¿no? Y la canción dice que ya no te importa el chico.

—No —dijo la morena sin rastro de sonrisa—. No, todavía estamos juntos. La canción habla de que, a pesar de la distancia entre nosotros, ya no volveré a llorar por ella y seguiré adelante.

La rubia no lucía convencida. Al fin hizo un gesto de rendición elevando las manos.

—Vale, a lo mejor tengas razón —admitió y meneó un poco la cabeza. No lo creía—. Sólo digo que si yo saliera con alguien, a distancia o no, y ese alguien me dedicara esa letra pensaría que ya no quiere saber nada conmigo. Es todo.

Después de que la joven se retirara, Rachel repasó una y otra vez la letra. Sí, había partes que la identificaban. Podía sentir que su corazón estaba en ellas. Pero otras… tal vez eran demasiado deprimentes. Negativas. Dispuestas a dejarse caer. Eliminado el velo de dramatismo podía ver que no era eso lo que pretendía comunicar. No podía seguir con ella.

—Así que —continuó entusiasta—, como tú y yo compartimos gustos similares, pensé quién mejor para ayudarme a encontrar la canción ideal. Aparte de yo misma, claro está. Francamente no entiendo por qué no escriben canciones que hablen sobre relaciones a distancia, siendo tan común en estos días.

—Entiendo tu dilema —dijo Kurt con un suspiro. Justo lo que necesitaba, sentirse identificado con Rachel Berry. Aunque los problemas fueran diferentes y él ya supiera el título que lo definiría a la perfección, no podía evitar sentir cierto desagrado al respecto—. Pero ¿cuál sería mi motivación aquí?

—Asumí que dirías eso —respondió Rachel inclinándose hacia él—. Y creí que podría interesarte en un CD del último concierto de Madonna en Londrés. Mis padres me lo compraron por separado y uno me es suficiente.

Kurt se sonrió, divertido.

—¿Intentando sobornarme, Berry? —preguntó arqueando una ceja. Nunca acababa de determinar si admiraba a la chica por tener agallas o le parecía triste que tuviera que recurrir a ese tipo de trucos. Por fin había llegado a un difuso término medio que sencillamente ya no le permitía sorprenderse—. No te molestes, ya lo tengo.

La estructura de Rachel Berry pareció desplomarse a puro suspiro.

—De acuerdo, entonces no tengo nada —admitió—. ¿Acaso estaría actuando como una loca si esperara que lo hicieras solamente porque te lo pido?

—Habló quien no sólo pretendió sobornarme con Madonna si no que asumió que yo no tenía ya el CD de su último concierto. Es decir, por favor. ¿Por qué clase de fan me has tomado?

—¿Por favor? Sería mucho más sencillo si tuviera otro par de oídos.

Ambos jóvenes se miraron. Kurt vio las cejas inclinadas de la muchacha y la sonrisa de pretendida ternura que esbozaba. Comenzó a pensar que después de todo su pedido no demandaba mucho de él. Y pensándolo bien, de verdad, ¿quién más que él podría cumplir las espectativas? Con la honrosa excepción de Mercedes, el gusto musical de sus compañeros no era muy sofisticado. Con decir que casi ninguno conocía la discografía de Streisand lo decía todo.

—De acuerdo —dijo al fin y dejó su mochila en la banqueta ante el piano—. Reconozco que no tenía planes para hoy de todos modos. Dime ¿qué idea se te había ocurrido?

La sonrisa de Rachel se ensanchó con sincero entusiasmo. Juntó las hojas con las partituras, las ordenó dejándolas caer sobre el piano y se las pasó.

—Son algunos de los títulos que se me ocurrieron. En tu honesta opinión ¿cuál crees que reflejaría mejor la superación de la distancia, de manera simbólica?

Kurt se puso a leerlos. El primero era “Breakaway” de Kelly Clarkson.

—Este no —dijo apartando la hoja de los demás-. Este tampoco. No. No. Ni siquiera sé qué hace este aquí.

—Pero…

—Este sin duda tampoco —reafirmó Kurt y cayó en cuenta de que era la última. Sorprendido, volvió a revisarlas todas—. ¿Es todo? Qué decepcionante.

Rachel se negaba a creerlo.

—Pero ¿de qué estás hablando? Todos son grandes números que…

—Que hablan de separación y superación de la ruptura. Son magníficos, claro, para los recién solteros —Frunció el ceño, ahora sospechando—. Dime la verdad, ¿estás pensando terminar? Porque, aunque en sí no me importa, es muy diferente un caso del otro y no puedo saber qué pretendes si no me lo aclaras.

Rachel lo miró a su vez, con la boca ligeramente abierta, como si acabara de recibir un golpe inesperado.

—No. No pienso hacerlo.

Kurt bajó la vista. Repasó una vez más las partituras y vio reafirmado su pensamiento. Nada ahí le hablaba de una relación amorosa o algo siquiera semejante. Mujeres alzándose contra la soledad, superándola e incluso alabando sus virtudes. Eso era todo.

—Oh, diablos —dijo al caer en cuenta. Unió todas las hojas con aire ligeramente ofendido—. De acuerdo, oficialmente esto es una pérdida de tiempo.

Empezó a levantarse de su asiento y recoger la mochila. Rachel intentó detenerle poniéndole una mano en el brazo.

—Espera un momento, ¿por qué dices eso? —preguntó conteniéndose su estupefacción-. Si tienes mejores ideas podemos trabajarlas.

Kurt giró los ojos. Tal vez en serio no se diera cuenta de lo que estaba sucediendo pero no por eso dejaba de ser ligeramente irritante verse envuelto en ese pequeño drama adolescente.

—Rachel, quieres que sea honesto, ¿verdad? —inquirió para no decirlo a quemarropa.

La chica encontró extraña esa manera de preguntarlo.

—Por supuesto.

—Pues bien. Honestamente, pienso que lo que tú quieres y pretendes transmitir con estas canciones es terminar con Finn. Quién sabe, a lo mejor ya lo hicieron hace tiempo y, por alguna razón, yo soy quien carga con la tarea de decírtelo.

—Eso no es verdad —negó la joven con una sonrisa torcida.

—Rachel —dijo él tomando una bocanada de aire. Lo que iba a decir no era agradable pero por alguna razón era imposible contenerlo. Las palabras iban a brotar el agua de un vaso que se voltea del revés, sólo contenidas por la fuerza del realismo—. Finn se fue a otra ciudad. Y no por unas vacaciones que durarán un par de semanas. Se fue y jamás regresará. Tal vez la razón por la que no existen muchas canciones acerca de relaciones a larga distancia es porque muchos lo consideran una ruptura segura. Lamento que no pudieras verlo pero no se puede tener algo con alguien que no puede ni nunca estará ahí —Se detuvo. Rachel había dejado de sonreír hacía tiempo y ahora apenas lo miraba. No pudo evitar recordar a su padre luego de despedirse de la mamá de Finn y su expresión cuando le preguntó cómo estaba. No había recibido más respuesta que una palmada en el hombro. No, en serio no le agradaba estar en ese papel, aun si se trataba de esa chica—. Realmente lo lamento, Rachel. Ahora, si no te molesta, preferiría retirarme.

La cabeza de la morena se agitó brevemente, sin mirarlo. Las manos juntas, estrujándose mutuamente y los labios mordidos le dieron una idea de lo que estaba sintiendo. Kurt casi deseó poder apretarle el hombro o darle alguna palabra de aliento, pero pensó que ya había hecho suficiente por esa tarde y se alejó sin más por bambalinas. Nada más podía hacer.

Mike recibió el mensaje al final de la última clase. En su celular las letras negras le hicieron saber que después de clases Kurt quería verlo en el auditorio. Acababan de decirle que el entrenamiento de fútbol se cancelaba y aún no le avisaba a sus padres, por lo que no vendrían a buscarle hasta dentro de dos horas. El encuentro no le hacía perder nada.

Sobre el motivo del mismo, francamente no se le ocurrió ninguno. Podía ser cualquier cosa. Hace unos días Kurt le había comentado su deseo de cantar un número en Lolita. A lo mejor quería mostrárselo para conocer su opinión antes de presentarlo a gran escala. En el auditorio encontró al chico ya subido al escenario. De entre los asientos de los espectadores alzó la mano, llamándole la atención. Era la primera vez que se veían en todo el día, dados sus diferentes horarios de clases.

Mike hizo un círculo alrededor de su cabeza.

—Me gusta el sombrero —comentó con una sonrisa.

Kurt se había vestido en esa ocasión en un conjunto rojo y negro. Un velo de tul negro le cubría la mitad del rostro y arriba una formación de telas rojas que parecía una rosa en pleno florecimiento. A Mike le recordaba a un personaje de película de los 50.

—Gracias, lo hice yo mismo —comentó el diseñador, ajustándoselo satisfecho—. Me alegra que estés aquí.

—Claro, no hay problema —dijo Mike encogiéndose de hombros—. Cancelaron la práctica de fútbol así que tenía algo de tiempo libre.

—Lo sé, por eso pensé que éste sería un momento perfecto para lo que pretendo hacer. Toma asiento, por favor.

—Vale —respondió el asiático, acomodándose en una silla de la segunda fila.

Kurt se movió hacia un costado del escenario y elevó un reproductor de música sobre un banquillo. Sacó un CD de un bolsillo delantero y lo encajó donde correspondía.

—No es de casualidad mi traje —comentó mientras tocaba los botones para llegar a la canción deseada—. Lo sabrás una vez escuches lo que pretendo cantarte. Te pido que escuches la letra porque esa es la única razón por la que la escogí.

Mike ya había asumido que se trataba de sólo un ensayo.

—De acuerdo.

Kurt le sonrió amablemente y presionó “play.” Al principio un delicado solo de piano llenó el escenario hasta donde el único espectador miraba. Kurt juntó ambas manos y esperó su entrada pacientemente en el centro de las luces brillantes. Bajo ellas su piel blanca parecía brillar por su cuenta en contraste con el negro del sombrero. Luego abrió la boca y comenzó a cantar. Con el canto, el entendimiento de Mike.

—Promise you won´t laught at me…

Mike siempre había sabido que Kurt era bueno. De los mejores y no sólo porque tenía una voz fantástica. Cuando cantaba uno se fijaba en sus gestos, la expresión de su rostro y las inclinaciones de su cabeza. Era algo así como actuar más que sólo cantar las canciones. Por eso Mike (ni nadie que lo oyera podría hacerlo) no dudó por un instante que era en serio y no producto de una broma. En ningún momento sintió alarma. Nada más que una ligera frustración contra sí mismo por no haberlo prevista. Que fue un pensamiento pasajero era innegable pero nunca creyó que llegaría a esos extremos.

Cuando la última nota y el último estribillo dejó de sonar, él todavía no salía de su propia mente. Kurt no supo cómo interpretar su expresión pero en realidad no importaba. Lo que necesitaba era liberar lo que por fin había acabado con su paciencia.

—Me gustas —soltó. En sus oídos un eco interminable—. Me gustas mucho, Mike. Pero no sé qué eres ni qué esperar. Hay días en los que pienso que eres como yo y otros en los que me digo que eso imposible. No quiero pasar otra vez por esa situación así que debo saber. ¿Eres o no gay?

Al principio ninguna respuesta. Kurt sentía su corazón por un puño demasiado bruto y sádico. Expuesto, vulnerado. No sabía qué haría si descubría que la había errado de cabo a rabo. Dejarse tragar por la tierra parecía una opción tentadora. Por fin, sin tomarse ninguna prisa, Mike se alzó de su asiento y a pasos tranquilos se aproximó al escenario. El asiático eleví la vista y pareció que iba a decir algo, pero renegó del intento y prefirió subir la plataforma de un salto. De esa manera ambos chicos quedaban a la misma altura. Mike siempre sería más alto, así que Kurt debía mirar para arriba para encontrarse con sus ojos marrones. El muchacho de pelo castaño no podía pensar en lo que significaría todo eso.

Mike continuaba avanzando. Kurt no sólo era incapaz de moverse, tampoco quería. Que lo golpeara, lo insultara o hiciera lo que quisiera, él no iba a retractarse. “No he hecho nada malo”, se dijo, irguiéndose en toda su estatura. Nadie iba a quitarle de la cabeza que se necesitaba valor para hacer lo que él. Sólo un paso los separaba. “No pienso echarme atrás” pensó, incluso con algo de orgullo aunque abajo le temblaban las piernas.

Entonces lo besó.

Las piernas no sólo le vencieron, parecieron dejar de existir debajo de su cintura y se confió a agarrarse del cuello del asiático para no caer. Era un toque desesperado de labios frotándose pero no exento de cierta delicadeza. Las manos de Mike le agarraron por la cintura, afianzando un abrazo no del todo voluntario que enviaba choques eléctricos por la espalda del más bajo. Ya no sabía respirar, parecía víctima de un paro cardíaco.

Y tan pronto como empezó la tormenta, vino la calma. Mike separó sus rostros como si sacara el suyo de debajo el agua rápidamente y Kurt se quedó de ese modo, algo mareado. E igual que un pescado, balbuceó.

—¿Qué… qué fue eso?

Kurt percibía el pecho agitado del otro contra él.

—Tenía que ver cómo era —dijo Mike y sonrió. ¡Sonrió!—. Tenía mis dudas sobre lo que iba a pasar pero me gustó.

Kurt no pudo evitar reírse, producto del más puro alivio y contento.

—Por un momento creí que ibas a golpearme o enviarme al diablo.

Mike meneó la cabeza con aire jocoso.

—No sabía qué decir —excusó—. Tenía que asegurarme de si podía hacerlo. Desde que me hablaste del club aquel lo estuve considerando. Sabía que no me desagradaba porque tú no me desagradas pero luego, bueno, tenía que comprobarlo.

Lo besó nuevamente. Esta vez fue más tranquilo, suave, y dejó descansar su frente en la ajena.

—Sí, me sigue gustando —confirmó.

—Eres de lo más lindo —comentó Kurt, complacido más allá de lo que hubiera pensado—. Te amo totalmente —La expresión pasmada de Mike le hizo reír. Estaba demasiado feliz para dejar que eso le perturbara—. Lo siento. ¿Demasiado pronto?

—Un poco.

—Está bien —respondió Kurt con un encogimiento de hombros. En un impulso de ternura se puso a acomodar el cabello de su compañero detrás de las orejas. Dos orejas que le parecieron adorables en ese momento, unidas a una cara hermosa y ahora abierta para sus caricias—. Me lo dirás en su debido momento. He escuchado algunas historias y una de las cosas que más cuesta a quien recién se descubre gay es pensar en otro chico en un sentido romántico, mucho más que el físico.

La sonrisa de Mike, atenuada al momento de su confesión, desapareció por completo en ese punto.

—Kurt —dijo suavemente haciéndole bajar sus manos—, tengo que decirte algo.

Kurt tenía un mal presentimiento. El corazón volvió a estrujársele en el pecho.

—¿Sí?

—Es que no creo ser gay.

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