Una vida verdaderamente irónica

Resumen: Si decía que llovía, salía el sol. Si decía que duraría, ese mismo día terminaba. No había nada más que hacer.

Género: romance, drama, yaoi/slash.

Una vida irónica

Este era un joven cuya vida fue irónica desde el inicio. Desde su primerísima palabra, pobrecito. El hombre que ayudó a engendrarlo se señaló a sí mismo y dijo “¿quién soy yo?” El bebé, que veía el movimiento ansioso de sus labios pero no oía nada salir de ellos, respondió “papá”.

Grande fue la alegría de sus padres. ¡Con apenas un año ya hablaba! Y como todas las grandes alegrías, duró bien poco. Pocos meses después papá hizo saber su negativa a seguir viviendo en una mentira y se fue a Buenos Aires con su amante, un tipo lleno de colonia, pelo en pecho y bigote fino. Apenas pasó una semana se supo que estaba en trámites de hacerse un cambio de sexo, por lo que entonces sería -como explicaba su carta- “mamita” y no papá. Nunca fue llamado así porque, luego de ese informe, jamás se supo de él. O de ella.

El niño de cuatro año, angustiado porque mamá no dejaba de llorar, sin ninguna prueba que lo respaldara, intentó animarla diciéndole que “todo estaría bien, má”. Adivino muy infructuoso era este. Un año más tarde la desconsolada mujer se pegaba un tiro en las sienes y él, que creyó sinceramente que todo estaría bien, fue a parar a casa de una abuela viuda, vieja y malhumorada. Cuando no eran críticas ácidas, le daba palizas con el cinturón de cuero que su marido solía llevar. A medida que crecía, este niño -nadie sabe cómo- se convirtió en un adolescente y su personalidad se manifestaba como una tímida, introvertida y retraída. Tan notable era su silencio y su falta de vínculos con sus compañeros que fue enviado a la oficina del psicólogo de la escuela. Le gustó desde el primer momento ese hombre joven, recién graduado de la facultad, de sonrisa fácil y moderna perilla. No le preguntó más que sobre hechos superfluos de su vida, intereses generales, cantantes favoritos, todo lo cual el más joven le habló sin reservas. Una hora más tarde se despidieron con un beso en la mejilla -contra una mejilla suave y perfumada de quien se aplica loción después de afeitarse frotó la suya por un momento-, y esa noche escribiría en su diario que esperaba volvieran a verse. Ya estaba prendado del sujeto el pobre chico. Inventó discusiones largas y amenas sobre la vida y el futuro, en las cuales él estaría libre para expresar su deseo de librarse de su abuela pronto, muerta por un accidente horrible y justiciero, y el psicólogo siempre estaría de acuerdo porque le entendería. Doble condena para un solo crimen.

El psicólogo fue trasladado a otra escuela al día siguiente y su abuela, esa que siempre apestaba a cigarrillos, vivió hasta los 105 años. Se fue de este mundo de la forma más pacífica posible; mientras dormía. Lo único que impidió que su nieto estuviera con ella en ese momento fue una beca universitaria para estudiar en Buenos Aires, que él realmente nunca esperó obtener. Durante los primeros meses de estancia sí espero (aunque no con impaciencia) toparse con su otrora padre, pero nunca dio con él -o ella- ni aun después de que dejara de pensar en ello. Sacó calificaciones mediocres, sólo lo suficiente para aprobar, se graduó y comenzó a trabajar como reportero en un modesto diario. Sus artículos eran de lo menos veraces. Si escribía planteando un conflicto entre dos personajes importantes al día siguiente aparecían juntos como mejores amigos. Si sugería, aunque sea por encima, un romance, una o las dos partes del mismo se casaban, anunciaban su casamiento o sus noviazgos con terceros que jamás nombró. Las desgracias de las que hablaba parecían en poco tiempo las visiones sin fundamento de un cínico pesimista al poco rato, y las buenas nuevas unas bromas pesadas. Luego de un deseo de buena suerte para una pareja esta se separó por, imaginen, una aventura con otro que nadie pudo esperar.

Habría sido despedido de no ser porque, de tan modesto, el diario no podía permitirse prescindir de uno de sus empleados sólo por el hecho de que su credibilidad fuera inexistente al cuadrado. Había historias que cubrir, secciones que llenar y que la información no resultara siempre ser la correcta era lo de menos. El pobre reportero creía que tenía una mala suerte y analizando su vida dedujo que nunca nada saldría como lo esperaba. ¿Por qué? ¿Y él cómo lo sabría? Sólo podía asegurar que así era.

Por eso, por ese insistente pensamiento (que venía como Dios, en formas misteriosas, debajo y alrededor de cada esquina), compró un billete de lotería permitiéndose comentarle al vendedor “seguro no gano” y esperó, en casa, frente al televisor. Como sí había esperado ganar (falló en su propósito de hacer como que no cuando al empezar su carta de renuncia), perdió con todos los números. Ni remotamente cerca estuvo. El golpe fue tan amargo que jamás volvió a intentarlo.

Vivía en un pequeño departamento, solo, sin más compañía que una maceta con un cactus que le regalaron en su cumpleaños, y las espinas caían y se clavaban en sus pies, manos o trasero el momento menos pensado. Tenía un vecino, más joven, universitario, por el que sentía particular atracción aunque apenas si habían intercambiado unas palabras. Su mascota, un simpático dálmata, solía lamerle las manos al verle y ponérsele al frente al caminar, provocando más de una vez que casi tropezara. Por casualidad se enteró de que el otro salía la universidad a la misma hora en que él regresaba pero, por alguna razón, nunca coincidieron más en que una ocasión en la que sólo hubo presentaciones. Él, el universitario, de rizos castaños y perilla más delgada que la de aquel psicólogo, se llamaba Gastón y el perro Oreo, en honor a las galletas. Estudiaba Ingeniería y salía con su grupo de amigos sólo los sábados. Esto último lo supo espiando por la ventana, descubriéndolo recién en el momento en que volvía avanzada la madrugada.

El reportero intentó usar su poder (si era una maldición o una bendición nunca se atrevía a decirlo por temor de que se le volviera en contra) para arreglar otro encuentro. Antes de abrir la puerta de entrada decía “no saldrá para sacar a pasear al perro”, y no salía. Al regresar pensaba como si fuera un mantra “no lo veré hoy”, y no lo veía.

En el edificio de redacción era prácticamente un chiste para los demás. Cuando alguien cometía un error o no acababa de verificar una fuente se decía “no seas como ese fulano”, aludiendo a él, por supuesto. Se suponía que él no lo sabía, así que desde luego lo sabía.

Su intento de pronosticar el resultado del partido de fútbol (el encargado de ello había enfermado y él resultó ser el único disponible) fue lo que a nadie sorprendió: un desastre. ¡Y eso que, para variar, había escrito exactamente lo opuesto a lo que pensaba! Ni siquiera le importaba el deporte y ahora todos le miraban como si hubiera causado la pérdida del equipo favorito de todos. Tal vez incluso lo hizo pretendiendo no hacerlo pero para qué mencionarlo.

En la cafetería pidió un cortado caliente. Le llegó frío. Encargó unas magdalenas y estaban duras como piedras. Habituado y sin ánimo de protesta, las masticó como pudo y bebió sin expresión. Casualmente vio a través de la ventana a un perro blanco con manchas aparecer por la esquina. Él liberó un suspiro para sus adentros y pensó “no es Oreo”. Agitaba la cola tanto como él y tal vez fuera él, pero no importaba. A su collar estaba unida una correa. Se dijo “no es Gastón”. Siempre se puede contratar a un pendejo para tales menesteres.

Se adelantaron, bestia y su respectivo amo. Gastón hablaba por teléfono. El desdichado fijó la mirada un rato en sus brazos musculosos y asumió que no entraría. Pasaría de largo y él se quedaría sólo con su imagen. Seguro estaba ocupado. Gastón traspasó la puerta -no había cartel que le prohibiera la entrada a Oreo-. El reportero desvió la vista. El maldito animal no iba a olerle de milagro y no arrastraría la correa hasta su posición. Algo iba a arruinarlo, algo iba a hacer que ese encuentro fortuito saliera mal. Tal vez Gastón ni siquiera lo recordaba. Tiraría de Oreo, se sentaría o se iría, y si llegaba a divisarlo ya ni reconocería a ese con canas que un día tuvo la osadía de alegrarse por tener todavía su color natural, y por eso tuvo que perderlo. Nada más faltaría esa cara de seguir en lo suyo, sin haberse interesado más en nada externo, tranquilo y despreocupado, para coronar ese día. Oreo siguió dócilmente a su dueño hasta su mesa pero pronto empezó a agitar la cola en su dirección.

Perro maldito. ¿Para qué la tortura? Vete, carajo, nadie te necesita. Gastón siguió la dirección de su hocico babeante y lo vio. Lo vio, lo vio y lo vio y bien podría estar pensando en la guía telefónica.

—Che —dijo y pronunció su nombre seguido de un “¿no?”

—No —dijo como en un acto reflejo, queriendo decir lo contrario.

—¿En serio?

—Sí, digo, no. De al lado. Gastón, ¿que no?

—Aja. Eh, ¿te molesta que me siente? Es un embole esperar solo.

Esperar al novio, la novia o a su madre, se dijo. Hizo un gesto de asentimiento.

—¿Seguro que no molesto? —siguió preguntando, ya sentado.

Fingió una sonrisa y desvió la conversación hacia terrenos seguros, igual que cuando en la escuela preguntaban por sus ropas de mangas largas en verano. Se le había vuelto una manía tan propia que ya apenas era consciente de que la realizaba y después de un tiempo, la conversación simplemente fluyó sin que empleara ningún esfuerzo, percibiendo un mutuo interés. Gastón estaba de camino a recoger un libro que llegaría ese día. Luego iría a casa y nada más. Cuando pidió la cuenta, el soñador imposible-y aparentemente inmortal- que vivía dentro del reportero le hizo soltar que le interesaba conseguir un libro también. Gastón no tuvo problema.

Frente a la librería le cedió a Oreo y entró luego de que él indicara que deseaba lo más nuevo de cierto autor. Cincuenta pesos. Una novela más bien corta de la que no había oído, y una conversación amena de camino a casa, con Oreo babeándole cuando sentía que no le prestaba atención. Que es amistoso, nada más, según Gastón, y no le hiciera caso. Las escaleras silenciosas, excepto por el golpeteo del apéndice animal chocando contra los barandales, y el sonido mecánico de la llave siendo introducida en la cerradura. Deseaba que fuera gay, que lo deseara tanto como lo deseaba a él, que quisiera compañía, pero sabía que no debía esperarlo. Lo de recién podía ser una tregua pasajera, una inofensiva palmadita en el hombro para consolarle diciéndole que no todo era una completa mierda aunque bien lo parecía con demasiada frecuencia. Una entre millones. ¿Qué diferencia hacía una más? Nada cambiaba, todo igual apestaba.

—Che —le llamó Gastón—, ¿quieres entrar?

La contradicción impuesta jamás le abandonó. Aun cuando Gastón lo buscaba seguido, lo llamaba y tendía a acercarse mucho a él empleando cualquier excusa, precisamente por sus ansias y negación a perder ese vínculo se negaba a creer que hubiera nada más que agrado tras sus acciones. Incluso después de que Gastón le confesó compartir sus preferencias, como niño obstinado que se niega a reconocer su error, siguió pensando que no había manera de que igualmente correspondiera a lo que en su caso había derivado en amor.

Gastón tuvo que declarársele después de numerosas indirectas no recibidas. Una vez agotada la loca alegría -que le duró un mes entero-, pronosticó que, dado su deseo de nunca terminar, acabarían a los dos meses. Duraron dos años y hasta llegaron a compartir departamento. A lo mejor habrían llegado a hacer más si no fuera porque el reportero dejó atrás sus temores y empezó a creer sinceramente que iban para largo. Terminaron unos meses después de su aniversario, luego de discusiones amargas y palabras que habrían preferido no oír. Creyó él que ahora sí, moriría. Pero el destino hizo su tirana voluntad una vez más y no murió. Incluso la tristeza, que parecía inagotable, se fue un día sin dejar rastro.

Anuncios

3 pensamientos en “Una vida verdaderamente irónica

  1. Bueno, la conexión no me funciona bien, así que no creo que llegues a leer el post pero meh.

    En general no esperaba nada del otro mundo, una historia aburrida y sin gracia, y por mucho que insistías en darle buenos toques sabía que iba a quedarse en nada por lo que así quedó mi opinión, y de algún modo era equívoca. Pero en fin, no creo que sigas escribiendo, así que no es necesario que te diga que esta historia me ha gustado y mucho menos animarte a que sigas dándole duro a la escritura.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s