El otro patito feo

Resumen: No fue descubierto como un cisne. No fue aclamado por nadie y los que se burlaron de él no recibieron ningún castigo. Pero vivió feliz.

Género:  fábula.

El otro patito feo

Nació de un huevo, como todos los patos, pero no resultó ser como todos los patos. Para empezar y terminar, era horrible. Los colores de sus plumas, aun al crecer, se componían de una rara mezcolanza entre negro, gris y marrón, por lo que siempre parecía que acababa de revolcarse en la suciedad. Su cuello era más corto que lo usual, causando que su cabeza, al moverse, casi rozara el principio de sus alas y se le hacía de lo más incómodo volar. Lo peor, sin embargo, era su pico: enorme, demasiado ancho respecto al tamaño de su aparentemente cochina cabeza, dándole un aspecto de hosquedad y fiereza que era difícil pasar por alto. Como si no fuera suficiente tenía una falta de elegancia ridícula, aun tratándose de un pato. El leve bamboleo natural en los de su especie se traducía en él en una situación de caerse de lado o no que motivaba a risa hasta a otros animales, sus padres incluidos. Él lo sabía, tan bien como que no tenía objeto quejarse, pero nunca tuvo prueba más definitiva que el día en que llegaron los cazadores a esa zona del bosque.

Estaba buscando comida en el momento en que corrió la alarma y a nadie se le ocurrió ir a buscarle para informarle. Además era casi sordo, por lo que ni siquiera pudo oír las botas de los hombres rompiendo las hojas secas a sus espaldas. Sólo en el último instante percibió las sombras sobre el césped y corrió a todo lo que daban sus patas en dirección al agua, donde los árboles no le estorbarían su vuelo, pero fue demasiado tarde. El disparo le dio en un costado y lo dejó inconsciente justo sobre un pedazo de corteza que flotaba. Los hombres trataron en vano de darle alcance y la corriente se llevó sin disculpas lo que esperaban fuera su cena. El pato feo, mas no muerto, siguió viajando hasta llegar al pueblo más cercano. Una ondulación de las aguas hizo que su bote se acercara a la orilla y la aparición de una gran roca impulsó al animal, cual saco de frutas podridas, a aterrizar sobre el verde. Ni después del golpe se despertó.

Por ahí paseaba un niño que se dedicaba a tirar piedrecillas al agua y, llevado por la más inocente curiosidad, se interesó por lo que creyó era un gato abandonado. Al enterarse de que la criatura no podía ser otra cosa que un pato de extraños colores, uno que sangraba por un ala, inmediatamente lo cargó en brazos hacia su casa. Afortunadamente se trataba del hijo del único veterinario del pueblo y si bien el hombre se impresionó por sus características, lo trató como a cualquier otro y pronto estuvo correctamente vendado. Sus heridas tardarían aun un tiempo en sanar completamente pero ya estaban en el camino correcto. El niño preguntó luego si podía quedárselo como mascota y su padre no tuvo objeciones que darle, de modo que aceptó.

El pato, feo, horrible, huraño entre sus congéneres pareció adaptarse fácilmente a la falta de todo eso en su nuevo hogar. El niño sentía fascinación por sus colores y el volumen de su cuerpo, tan cálido y confortable para posar la mano, le recordaba a los peluches con los que solía dormir más pequeño. Incluso su paso bamboleante le recordaba a otros juguetes y potenciaba su cariño por el animal. El pato acabó de desarrollarse en su compañía. Resultó siendo tan grande que, una vez completamente curado y sin razones para atenderlo más, la madre sugirió que lo liberara. Esto fue causa de un gran berrinche por parte del niño, que no quería hacerlo, pero al final aceptó que no podía retenerlo si la naturaleza era su hogar. Fue su primer acto de madurez mental, aunque para su madre significó un mero alivio.

Se despidieron en el bosque. Esa noche se derramaron muchas lágrimas y graznidos confusos que no cambiaron en lo absoluto la inevitable separación. El pato volvió a estar sola y esta vez era definitivo. Sin embargo, algo en él ya había cambiado y no era sólo su estatura. Ya no se preocupaba por su andar y lo que antes parecía aparatoso y algo tímido, se había vuelto decidido e imponente. Sus plumas, adoradas y acariciadas con mimo, parecían nuevas, más brillantes, como si una nueva luz les viniera desde el sol. Pero para ser sinceros mucho no había cambiado. Simplemente había llegado a aceptarse, sin orgullo ni resignación, y llevaba con él una convicción que pocas bestias poseían, ya no digamos seres humanos. Adonde sea que fuera el pato pisaba con decisión y algunos de los que lo vieron llegaron a pensar que lucía amenazante, aunque esa nunca fuera su intención.

Iba paseando el pato cerca de la zona donde otra bandada se habían quedado y se oyó un de pronto un sonido estremecedor, un ladrido, que causó una inmediata huida. Lo que nadie más oyó o no se interesó en escuchar (y eso que se trataba de un cuasi sordo) fue el graznido de otro de ellos. El pato horrible, a punto de escapar hasta ese momento, no resistió la idea de dejar a alguien de la misma forma cobarde en que su familia lo había hecho, de modo que bamboleó hacia donde su oído defectuoso le guiaba. Se trataba de un perro, sucio y sarnoso cuyos colmillos se mostraban al aire en tanto surgía de su boca un gruñido colérico dirigido a un pato joven. Este último se había encerrado a sí mismo entre dos gruesos árboles y el otro sólo tenía que dar un peso para comenzar a desgarrarle la garganta y hacerse con sus tripas. El pato era peculiar a simple vista: sus alas eran demasiado pequeñas para alzar el vuelo, lo que le había impedido escapar antes, y por mucho que las agitara en un intento de espantar al perro, su destino parecía sellado. Viéndolo tan indefenso la sangre del pato feo hirvió, recordando con potente rencor el disparo que a nadie más que a un simple niño importó. Emitió gracias a su enorme pico un alarido salvaje y voló sin ceremonias hacia la cabeza de su oponente.

Desprevenido y asustado, el perro no pudo hacer nada contra los picotazos que atacaban su cabeza y rostro. Al pato le dominaba tal ira que habría sido perfectamente capaz de arrancarle una oreja pero pronto el perro echó a correr como si temiera una persecución de vida o muerte, lo que no sucedió. Con tal de no volver a verlo nunca, el pato feo estaba satisfecho y por eso regresó con el pato joven con paso tranquilo. Lo miró de arriba abajo. No era para nada bonito.

Era tan delgado que alguno diría que resultaba raquítico y su pico, más pequeño que lo usual. Parecía desnutrido. Además temblaba todo el tiempo, aunque sutilmente, y algunas zonas de su cuerpo habían sido privadas de las plumas blancas que cubrían al resto. Cuando supo que su grupo se fue los llamó lo más alto que pudo (lo que, por cierto, no era mucho) hasta que el cielo oscureció, momento en que por fin se calló. Sólo el pato feo seguía a su lado. Lo hizo por mucho tiempo.

El hecho de que jamás pudieran reproducirse jamás pareció afectarles. Mientras vivieron jamás fueron considerados hermosos por nadie más que su compañero ni aclamados por absolutamente nada. Pero en tanto duró su tiempo juntos, estuvieron felices.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s