AntiOdio. 6

Capítulo 6: Citas de juegos

Como no tenía clases ese día, Foop lo inició normalmente. Ordenó su cama, dejó que la máquina del mal cocinera hiciera su desayuno (no era malvada en lo absoluto, pero como creador Foop se había dado el gusto de llamarla como le diera la gana) y lo disfrutó sentado a solas en la larga mesa del comedor. Gozó del silencio, la calma que lo invadía todo. Se sentía incluso más en control de su universo que de costumbre cuando no oía más voz que la suya, y a veces ni eso.

En menos tiempo del pensado, empleando muchos menos recursos de los que tenía en mente (había planeando incluso el uso de una poción para perder la memoria), había conseguido cumplir su plan primario: hacerse amigo de su más antiguo enemigo. No se hacía demasiadas ilusiones respecto a que le sirviera en la dominación mundial, era demasiado pronto. Lo que hiciera a partir de ahora se vería dirigido a afianzar la débil soga que Poof había tendido en su dirección. De eso estaba seguro. Ahora, sobre cómo lo haría exactamente…en realidad no tenía la más remota idea.

Durante el desayuno, la verdad se le presentó. No tenía ni idea. Nada. Nada de nada menos el resto de la nada. Por la oscuridad… ¿Cómo no había caído en cuenta antes que no sabía lo que hacían los amigos? Para empezar no sabía por qué la gente se hacía amigos, si no para cumplir objetivos en común. Que hacían cosas juntos lo sabía, era obvio, pero lo más divertido que él quería hacer incluía instrumentos de tortura medieval y llamas hambrientas arrasando pueblos enteros. Poof probablemente le pondría reparos a algo así. Era demasiado pronto para arriesgarse.

Comenzó a enojarse. ¡Había sido un tonto! Tanto se había preocupado por empezar y el final (dominación mundial) que no pensó en qué diablos poner en el medio. ¿Fiestas, pijamadas? ¿O era sólo para chicas? ¿Qué hacen los chicos una vez juntos? ¿Deportes? Bueno, podría pero no pensaba depender de sudar la gota gorda tan ridículamente.

Estaba investigando en el buscador más eficiente de la red mágica, Poogle, “cómo seguir siendo amigo de tu archi-enemigo”, sin encontrar nada de su gusto, cuando sonó un chillido de mujer agonizando en pleno parto de cuatrillizos. El sonido continuó repitiéndose hasta que Foop levantó el auricular de su teléfono. Como no recibía prácticamente ningún llamado, instintivamente sólo había una respuesta que dar.

—Hola mamá. No quiero que me visites, estoy ocupado. Adiós.

Iba a colgar, cuando una voz que no era ni de su madre ni de su padre salió.

—Eh, ¿Foop?

No reconoció la voz de inmediato. Desconfiado, frunció el ceño.

—¿Quién es?

—Poof. Dijiste que estabas ocupado. ¿Llamo en otro momento?

—¿Cómo conseguiste mi número? Nunca te lo di.

—Lo hiciste en tercer grado. ¿Recuerdas que nos pidieron que juntáramos los números de todos por si surgía alguna emergencia?

—Ah, sí… —Foop comenzó a hacer memoria.

Él no había querido dar su número, pero un gnomo de jardín se lo había dado a la profesora luego de echarle una ojeada al directorio telefónico de los seres mágicos y en venganza el anti-hada convirtió su asiento en un agujero negro hacia un universo alterno. Le impusieron de castigo limpiar los borradores del pizarrón después de clases por dos semanas.

De vuelta a la realidad, se sintió extrañado.

—¿Y lo estuviste guardando todo este tiempo?

—Tengo los números de todos guardados en mi BlackFairy. Mamá insistió en que lo hiciera, por si me atrasaba en las tareas o necesitaba ayuda en algo de la escuela.

—Ya —respondió Foop, a falta de más inspiración para fingir que le importaba. Incómodo, espetó—: ¿Y qué quieres?

—Mejor llamo en otro momento —dijo Poof y Foop se dio cuenta, sólo entonces, que tal vez no convenía ser demasiado brusco.

—No, está bien —dijo algo apresurado, y como para disimular, se aclaró la garganta e intentó imprimir una nota de afabilidad—: ¿Qué sucede, eh, amigo?

No, ni aún entonces dejaba de sentirse raro pronunciar una palabra así, sobretodo sabiendo a quién la dirigía.

—Nada, sólo pensé que podríamos salir a jugar a los videojuegos. La abuela nos visita y…

—Déjame adivinar. Te está volviendo loco —completó Foop girando los ojos.

—Sí… ¿cómo lo supiste? No me digas que tienes cámaras de vigilancia plantadas en mi casa.

En su voz se combinaba el buen humor y la seriedad. Mientras lo decía Foop se imaginaba que estaba agitando su lápiz para detectar un equipo de espionaje.

—Las desactivé en segundo grado luego de que tu padre intentara convertirlas en su postre. Si tuvo éxito o fracasó en su propósito no te sabría decir -informó con desgana.

Siguió a eso un momento de silencio.

—¿Bien? —intentó Poof, seguro más por decir algo que otra cosa.

Foop consideró que mejor sería cambiar de tema.

—Olvidas que Anti-Mama Cosma es mi abuela —aclaró, recordándola mientras hablaba. Una hada hosca, malhumorada, que sólo se mostraba encantada ante Anti-Wanda porque decía que era un alivio estar cerca de alguien tan estúpido, para variar entre tanto genio maligno. Eternamente disconforme con su propio hijo y nieto porque ninguna de los dos había conseguido dominar al mundo aún—. Sus personalidades son opuestas pero dudo que la irritabilidad por sus visitas sea muy distinta.

—Bueno, ¿quieres salir entonces o no? —preguntó Poof, más inseguro.

Foop convocó su agenda con un movimiento de pluma. Las hojas de todos los días mostraban desde experimentos con animales venenosos hasta la construcción de nuevas máquinas. Hoy tenía pendiente crear un láser de tal alcance que desde la Tierra escribiría perfectamente su nombre en el emparedado de un alien en Plutón, pero fácilmente podía moverlo hacia el miércoles. Es decir, si quería salir con Poof.

—Afortunadamente estoy libre —declaró haciendo el cambio con la pluma. Las palabras volaron hacia el espacio dedicado al miércoles—. Puedo acompañarte si estás tan desesperado.

—Lo estoy —admitió Poof tras un suspiro que denotaba su cansancio y alivio—. Si alguien pregunta, estamos estudiando en tu casa. Sólo así me dejarán salir de aquí.

Foop no dejó de admirar la ligera doble moral encerrada ahí. “Pide honestidad cuando se trata de unas fichas de juego, pero en cuanto a sus padres la regla ya no es tan recta”. Le agradó el descubrimiento. Un débil destello de maldad, innegable y cierto.

—¿Sabes qué? A veces tu pensamiento no me resulta demasiado repelente.

—————————————–

Foop no había sido la primera opción de Poof para escapar de las fotos de las últimas vacaciones de Mama Cosma, pero, meditándolo un poco, supo que era la única a la que su abuela no le pondría peros. Con cualquier otra hada habría sido imposible. La última vez que llamó a Rizos Dorados la pobre chica había acabado en el sofá de la sala tratando de no sonrojarse cada que vez que Mama Cosma traía otra foto de su nieto preferido, desnudo, haciendo alguna gracia enternecedora como babear o vomitar cosas brillantes. Un final parecido tuvieron los otros amigos a los que invitó, a los cuales tuvo que sobornar con una pizza para que nunca volvieran a mencionar el incidente.

Menos mal que nunca supieron del hechizo del olvido puesto en el queso. Tenía consciencia de que eso no fue correcto pero, por la varita, las fotos de bebé sin duda tenían que estar en una línea aparte de lo que estaba bien y mal.

Pero si de antemano la compañía no le alegraba, estaba a salvo. La abuela a lo sumo sería lo bastante amable para limitarse a los comentarios cortantes y miradas de desaprobación, sin ningún intento de hacer la visita más agradable. Y el odio que tenía Mama Cosma por todos los anti-mágicos era un secreto escrito en la frente del conocimiento público.

—Mamá, me llamó un compañero —anunció apareciendo en el comedor—. Tengo que ir a su casa a que me ayude con una tarea, ¿te importa?

Wanda le dirigió una sonrisa tensa, pidiendo auxilio a través de sus ojos. Llevaba una bandeja con los postres y el tic debajo de sus ojos ya había aparecido desde que Mama Cosma comentara acerca de la mala calidad en que tenía al castillo.

—¿Un trabajo de escuela? —dijo. Tic, tic. Parecía ser un mensaje en clave Morse—. ¿Tiene que ser ahora, querido?

—El trabajo es importante para la nota final —mintió con naturalidad el joven.

—Es muy bueno de tu parte que te preocupes por tus notas, querido —dijo Mama Cosma cogiendo un pastellilo del montón, cuya cremosidad había sido cuestionada con anterioridad—. ¿Quién será tu compañero? Sería grosero que no pasara a saludar por aquí.

—Se trata de Foop —dijo Poof.

Pareció que una bomba había estallado en su cara para todos, incluido Cosmo. Más o menos era el efecto que esperaba. Trató de permanecer impasible ante la franca estupefacción del hada mayor.

—¿Tu antítesis? —dijo Mama Cosma, como sin entender.

—Aja. ¿Mamá?

Wanda miró al resto de la familia, dudando, y de nuevo al hijo. Sin duda tenía más tacto que Mama Cosma, pero eso no descartaba el desconcierto.

—¿Desde cuándo ustedes dos son amigos, querido? —preguntó el hada.

—Mejor pregunta desde cuándo no buscan destruirse uno al lado —dijo Cosmo inclinando la cabeza—. La última vez que hablaste de él fue porque había ocultado una manada de lobos hambrientos en tu casillero.

Poof lo recordaba, con poco cariño. Se habría enfurecido mucho más por el hecho si no fuera porque las bestias, una vez libres, lo ignoraron para ir en busca de Foop y desgarrar su uniforme escolar en frente de sus compañeros. Que supiera ese fue el último ataque hostil que el anti-hada realizara en su contra directamente.

—Eso fue hace tres años, papá —explicó encogiéndose de hombros—. Ahora estamos en tregua. ¿Puedo ir?

Hablaba a su madre pero más miraba a su abuela. Llegado a ese punto ya comenzaría a señalar la importancia de conocer a los amigos de su nieto o saludar personalmente a los que ya conocía, pero esta vez permanecía quieta, como si pretendiera ignorar todo la conversación.

—¿No quieres que te lleve, querido? —inquirió Wanda, aceptando lo que sea con tal de tomarse un respiro de su suegra.

En otras circunstancias Poof no habría tenido inconveniente, pero ya había quedado con Foop quedar directamente frente a un centro comercial de la ciudad.

—No hace falta, mamá. Nos encontraremos en la biblioteca.

—Oh, bueno, está bien —aceptó Wanda con resignación—. Pero lleva un suéter y procura cuidarte de cualquier intento de destrucción, ¿de acuerdo?

Poof agitó su lápiz y un grueso suéter morado apareció sobre su cuerpo. No creía que hiciera falta, pero era una manera de compensar algo la mentira dicha. Como lo esperaba, le arrancó una sonrisa complacida a su madre.

—Nos vemos —dijo Poof, dándole un beso a sus padres. Sintió que su abuela aceptaba el suyo con un dejo de frialdad pero fingió no notarlo—. Regresaré antes de la cena.

Desapareció tras otro movimiento de lápiz. Cosmo continuó comiendo, como si nunca lo hubieran interrumpido. Wanda fue a por las bebidas que ya tenía preparadas. Mama Cosma miró a cada parte del matrimonio con una ceja arqueada y después de ser servida, no pudo resistir más esperar que alguien le preguntara la razón de su malhumor.

—No creo que sea lo más prudente permitir que mi nieto ande en semejante compañía —expresó.

—Mama Cosma, Poof puede protegerse por sí solo —dijo Wanda.

—Sí, ya ha derrotado a Foop él solo más veces de las que puedo contar, y eso antes de aprender a decir otra cosa que su nombre —aportó Cosmo, con la cara embarrada de crema.

El dato era de poco consuelo, conociendo la nula habilidad de Cosmo para contar sin distraerse, pero Wanda apoyó a su esposo cabeceando positivamente.

—Aun así, yo no me fiaría de ninguno de ellos —comentó Mama Cosma, tomando su bebida de la taza con el meñique alzado—. No por hacer obras de caridad estuvieron en prisión tantos años.

—Es sólo para un trabajo escolar —justificó Wanda tomando asiento por fin—. No es como si ahora fueran a salir juntos a diario.

—Hum —expresó la anciana con desaprobación, y por el momento se reservó más comentarios.

Wanda se relajó, aliviada. En el fondo a ella tampoco le hacía nada feliz el encuentro de su hijo con su opuesto pero tenía plena fe en que, llegado el caso, sabría defenderse. Y se consolaba pensando que sería cosa de una vez.

—————–

—¿Golpea a la comadreja? En ese hay algo de violencia.

—Qué aburrido.

Foop agitó su pluma. En lugar de tiernas comadrejas de peluche con mejillas sonrojadas surgieron unas bestias púrpuras con ojos inyectados en sangre, lanzando un gruñido bajo y amenazador. Poof frunció los labios. Tras una agitación sutil de su lápiz el juego volvió a la normalidad. Miró al anti-hada meneando la cabeza.

—¿Qué? —cuestionó Foop con un deje de irritación—. Sólo intentaba hacerlo más interesante.

La expresión de Poof se suavizó. En el fondo, sería como enojarse con un extranjero porque no supiera hablar bien el idioma de adonde llegó. Foop ya había comentado que pocas veces había pisado la Tierra, así que naturalmente no podía entender que no todos los humanos eran tan tontos como para no reconocer la magia cuando la veían. Buscó algo más en la larga sala y fijó la vista en una especie de cabina espacial junto a los simuladores de motocicletas y esquíes.

—¿Qué te parece ese? —inquirió.

Foop rápidamente guardó algo en su espalda. Al otro lado del salón un adolescente con los calzoncillos saliendo por detrás de los pantalones cayó duramente al suelo. Poof giró sus ojos cuando el anti-hada empezó a silbar mirando el techo.

—Sabes que eso va contra las reglas —dijo.

—Sus reglas, dirás —corrigió relajadamente su opuesto—. Las únicas que nosotros tenemos son propagar la desgracia y ser discretos mientras lo hacemos.

—Hacerle un calzón chino fantasma a un chico no es ser discreto.

—Bueno, ¿para qué sirven las reglas si no puedes torcerlas? Además se lo merecía. Su estilo de peinado era una ofensa para el buen gusto.

Poof observó al ofensor en cuestión, que se retiraba del salón acomodándose la ropa interior. Sobre su cabeza un mohicano verde con rayas moradas. De acuerdo, era espantoso, pero aun así Poof sintió su deber mostrarse disconforme con la decisión de su opuesto.

—Ven —le dijo encaminándose a la cabina espacial, y como el anti-hada no seguía órdenes fácilmente, lo tomó de la muñeca para conducirlo.

Por un momento le pareció que los dedos buscaban los suyos; sin embargo, no dio más que un par de pasos cuando sintió un golpe en su palma y Foop retiró su mano. Poof no supo descifrar su expresión, como de alguien pasmado por su propia acción. Menos tuvo idea cuando notó un leve tono rosado en las mejillas falsamente humanas. Sin saber por qué, el propio Poof se sintió incómodo.

—Deja de poner esa cara —le espetó Foop irguiéndose, orgulloso, todavía sonrojado—. No estoy acostumbrado a que me toquen a menos que sea para un ataque, ¿de acuerdo?

—Ah, bueno —dijo Poof, inseguro. Hizo un gesto hacia las cabinas, encogiéndose de hombros—. ¿Quieres o no?

—Sí, sí, está bien —contestó Foop caminando por su cuenta a los juegos.

La cabina era de plástico pintado de plateado para simular el metal. A los costados los dibujos de unos meteoritos y detrás unas turbinas expulsando fuego en dos dimensiones. Foop metió la cabeza en su interior observándolo con ojo crítico. No era más que un largo asiento para dos, un tablero con sus botones brillantes y una gran pantalla que supuestamente imitaba una batalla en el espacio contra otras naves. Las puertas garantizaban la total concentración en el juego y le ahorraban trabajo a los altoparlantes puestos a los costados.

—¿Qué tal? —dijo Poof esbozando una sonrisa.

Los juegos referentes al espacio siempre habían sido sus favoritos. Quizá porque en el fondo le recordaban a la andadera que tenía cuando bebé. La misma que había creado para lucha contra el mismo ser mágico con el que pensaba jugar ahora. Foop señaló la ranura cerca de la puerta. Ahí ya no utilizaban las anticuadas fichas como en Dimmsdale.

—¿Tienes la dichosa tarjeta?

Poof la sacó de su bolsillo con una sonrisa.

—Es de mi hermanito mágico. Tiene suficiente valor para cinco juegos.

Foop olfateó cierto regocijo misterioso en la forma en que Poof la deslizó para activar el juego. Esperó a que ambos estuvieran sentados para identificar por qué esa sensación le era familiar y por fin preguntó.

—¿Tu “hermanito” sabe que la tienes?

—No exactamente —respondió Poof después de un tiempo, evasivo, y agregó, como para defenderse—. Él siempre está deseando meterse en mi cuarto y usar mis cosas de todos modos.

—Entonces está perfectamente bien —contestó Foop alegremente.

Estaba conociendo todo un nuevo lado de Poof que le era muy de su agrado.

—Y además hace tiempo no la utiliza —agregó rápidamente el hada—. No le hace falta con todos los videojuegos para Wii que ha deseado últimamente.

—Las excusas sobran conmigo, mi buen amigo —dijo Foop esbozando una de sus pocas sonrisas sinceras. Extrañamente, Poof se sintió reconfortado al verla. Luego el anti-mágico volvió a la expresión despectiva—. ¿Qué diablos es una Wii? Suena a un animal que encontrarías asquerosamente adorable.

—Una cosa de humanos para jugar —dijo Poof seleccionando el nivel inicial—. Después te lo muestro si quieres.

Escogió el campo de batalla y puso todo en pausa para darle a su compañero una lección rápida de para qué servía cada cosa. Ni una vez necesitó Foop que se lo repitieran ni hacer preguntas. Entonces jugaron. Ahí adentro ya no era uno contra uno, si no los dos contra una raza alienígena con un gran parecido con los Yugopotamios. Mientras Poof dirigía una nave, Foop dirigía una gemela y ambos, sin mediar palabra, se comprometían a destruir las municiones que se dirigían al otro. Visto desde una perspectiva optimista, se diría que estaban desarrollando una verdadera camarería. Pero era más simple que eso; si uno perecía, el otro perdía. Y ninguno de los dos se resignaba a la derrota. Gracias a los altoparlantes los sonidos de los disparos y lo que algún tonto humano creyó sonaba a una nave en movimiento ocupaban todo el espacio.

—¿Sabes lo que sería más interesante? —gritó Foop, apenas haciéndose oír.

Poof maniobró para evitar una bala azul, dando casi una vuelta completa que hizo vibrar su asiento.

—¿Qué cosa? —preguntó.

—Esto —dijo el anti-hada, agitando rápidamente su pluma. Poof apenas tuvo tiempo de dirigirle una mirada de sorpresa cuando la pequeña cabina se convirtió en una sola, y la figura del Foop humano se alejaba en medio del espacio azul.

A pesar de ver que la oscuridad era reemplazada por la luz, el plástico por metal y el altoparlante por una pantalla de video, no entendió lo que había hecho su compañero hasta que no sintió el primer golpe. Entonces percibió que se ladeaba, todo su peso llevado para un costado, y tomó el mando. Ahora no eran ningunos gráficos lo que tenía en frente. Se movió hacia la derecha, viendo estrellas infinitas.

—Puedes decirlo —dijo la voz de Foop, apareciendo su rostro en la pantalla de vídeo. Tenía las cejas arqueadas y esa leve sonrisa de arrogancia y autocomplacencia—; soy el mejor cuando de entretenimiento se trata.

—¡Me dieron un golpe! —reclamó Poof, enseñando los dientes.

—Oh, relájate, ya acabé con él mientras tú estabas distraído. Por cierto, yo que tú me daría la vuelta.

—¿Dónde estás? —preguntó Poof dando, en efecto, vuelta a la nave.

Al sentir la presión en su cintura se dio cuenta de que un cinturón de seguridad se había cerrado en torno a él. Vio a una nave alienígena frente a él, azul con morado brillante, un perfecto traslado a la realidad de lo que los humanos creadores del juego concibieron. Sólo que los tentáculos del alien se movían con mucha más gracia y Poof definitivamente no había visto esa sonrisa macabra antes. Disparó por puro instinto, y la fuerza de la explosión le empujó hacia atrás. Una luz cegadora le impidió enterarse de nada por unos momentos. Cuando por fin recuperó algo de visión, se dio cuenta de otra nave, mucho más pequeña que la otra y plateada, delante. Foop sonrió desde su interior. Movió los labios, como si hablara.

—Detrás tuyo —oyó por la pantalla.

—¿Qué pasó con el juego? —preguntó Poof.

—Lo hice real, obviamente. Tranquilo, en la Tierra parecerá simplemente que está fuera de servicio. Nadie quiere que empiecen a surgir cazadores de anti-hadas, ¿cierto?

Era evidente que le encantaba haberlo tomado fuera de guardia.

—Seguimos en el mismo equipo —le señaló Foop, adivinando acertadamente sus intenciones cuando la mano de Poof se dirigió al botón para disparar. El hada alejó su dedo, sonriendo avergonzado como niño al que atrapan comiendo los dulces que no debería—. No lo tomes como señal de buena voluntad. Sólo fue porque sé que sin mi valiosa contribución harás que tu cabeza estalle a los cinco minutos y si eso llega a pasar, ¿quién crees que sería el principal sospechoso?

—Tú no —le picó Poof, sonriendo divertido, y se rió un tanto cuando vio a su compañero hacer un gesto de desestimación, mascullando que mejor se veía calladito.

—¿Vamos a destruir el universo o qué? —cuestionó Foop, impaciente.

—Salvarlo.

—¿En serio? Qué poca originalidad. En fin, al menos será divertido ver estallar las cabezas de los aliens.

—Vamos entonces.

La verdad, como comprobó Poof con sorpresa más tarde, era que ellos no hacían un mal equipo. Sabían interceptar los movimientos del otro, permaneciendo no tan lejos que no supiera qué fue de él ni tan cerca que pudiera privarle de libertad de movimientos. Y también debía reconocer algo más curioso: era divertido. Escuchar la risa demente de Foop cada vez que hacían estallar la nave de un enemigo motivaba la suya propia. Aumentar el número de puntos sobre su pantalla se volvió algo de verdad emocionante, audaz, completamente diferente a quedarse sordo sentado en una silla que de vez en cuando vibraba pero siempre se quedaba en su sitio. La Wii era un juego de ajedrez entre pedazos de madera en comparación con las sacudidas, la vista del espacio con sus planetas inventados y la sensación de que realmente disparaba algo con fuerza.

En poco tiempo él estaba disparando, matando, riéndose con tanta alegría como su opuesto. Durante ese tiempo parecía que no eran opuestos en lo absoluto, si no seres iguales en todas las formas, gemelos con un nivel de entendimiento que a lo mejor sólo los que eran verdaderos gemelos podrían entender. Se anticipaban a la movida del otro, creaban trenzas perfectas sin razonarlos, como si llevaran meses practicando la coreografía, asesinando a todo lo que se cruzara en su camino compartido.

Por supuesto, no tenían idea de lo que hacían.

————-

En otro lugar, en ese mismo momento de concordancia, un reloj de arena llego de polvos blancos mostró una quebradura en la parte superior. Fue ínfima, chiquita, ni siquiera demasiado larga para que alguien reparara en ella. Acaso podría tomarse por un simple rayón. La figura menuda que pasó en frente y se suponía debía cuidarlo ciertamente no lo hizo. Llevaba milenios en esa tarea, tantos que se había vuelto monótona y había perdido la capacidad de fijarse en los pequeños detalles. Sólo las cosas grandes e inexplicables podrían haber capturado su atención y motivarla a hacer algo al respecto para repararlas.

Pero así comenzaban todos los desastres: con una pequeña rasgadura, con un pequeño desbalance, cuando alguien dice que hará algo y luego no; en otras palabras, cuando pasa lo que no se supone que debe suceder. Por ahora, sólo era demasiado pronto para decir más.

——————

El juego, que duró sin duda mucho más que lo que les debió permitir la tarjeta (Poof esta vez no tuvo nada que objetar), les consumió todas las energías y cuando salieron de la cabina regresada a su estado anterior, las risas por la victoria conseguida todavía seguían agitando sus cuerpos. Parecía que más que jugar se hubieran encerrado ahí para beber en paz el ron saqueado del armario de uno de sus padres. Incluso la forma en que Poof rodeó los hombros de su compañero, apoyándose en él como si no le sostuvieran las piernas, podría haber corroborado tal sospecha.

—Eso fue lo más genial que he hecho en años —comentó Poof, sonriendo, y apretó los hombros de su antítesis como para remarcar quién era el responsable de eso.

—¿En serio? —dijo Foop, levantando su brazo para sacárselo de encima, pero con delicadeza y sin apartarse de él—. Supongo que esa es la ventaja de no vivir bajo el techo de un mocoso. Puedo hacer cosas así cuando quiera. Claro que si me dedicara sólo a eso no podría llevar a cabo las grandes cosas que planeo.

—Por un momento creí que ibas a destruirme ahí —dijo Poof de repente, perdiendo la sonrisa de súbito. Como si se tratara de un espejo, Foop lo hizo también. La borrachera alegre había terminado, así, de un plumazo y sin rastros de resaca.

—Te dije que eso ya no formaba parte de mis planes.

—No, ya sé, pero… No puedes culparme por desconfiar.

—Bah —desechó Foop con un gesto. Poof temió por haberlo molestado, pero la sonrisa, presuntuosa, confiada, arrogante, volvió casi enseguida—. Para decirte la verdad, hubiera tenido que tomarte por un idiota si no desconfiabas. Me alegra no tener que hacerlo.

—Entonces estamos bien —determinó Poof con alivio, regresando su buen humor.

—¿Sigues desconfiando?

Poof se quedó pensativo. Sólo lo pretendía porque sabía la respuesta.

—No dejaré que pongas las manos en ninguna arma cerca de mí.

Después de todo, tantos años de hostigamiento y “¡seré el único bebé en todo el universo!” no podían dejarse pasar por una tarde o dos de risas. No tan fácilmente.

Foop fingió una ternura más aterradora que cualquier risa suya, abriendo los ojos y agregándoles brillitos que sólo se verían en personajes de televisión. Le pellizcó la mejilla, duramente.

—Oh, pequeño imbécil, eres tan ingenuo —dijo con voz afeminada, pero sin duda era Foop. El dejo de malicia era inconfundible—. Todavía crees que de verdad necesito armas para destruirte. Qué adorable pensamiento.

Poof se rió, apartándole la mano de su rostro.

—Pero que tengamos cuidado uno del otro no significa que no podamos jugar, ¿no?

Foop hizo la operación rápidamente. Más citas de juego, más afinidad. Más afinidad, eventualmente, llevarán a bajar la guardia. Bajar la guardia llevará a un sincero compañerismo. Sincero compañerismo llevará a la lealtad absoluta y dominación universal. Enseñó sus colmillos en una sutil sonrisa.

—Por supuesto. Sería una ridiculez de nuestra parte suponerlo.

—Queda hecho.

Ahí Foop perdió el hilo.

—¿De qué hablas?

—Podemos hacer esto más seguido. Dentro de unos días empezarán las vacaciones. ¿Tienes planes para entonces?

Foop repasó mentalmente, gracias a su memoria fotográfica, todas las hojas de su agenda. Le molestó descubrir que lo más importante que tenía era la construcción de aquel láser y perfeccionar el ácido para dragones en su laboratorio personal. Además de esas dos cosas, tenía las hojas en blanco. Tal vez la abuela sí tenía algo de razón cuando decía que no hacían mucho. Pero lo que Poof proponía… eso sí sería algo que hacer.

—Algunas cosas, en realidad —contestó examinándose las uñas. Tampoco iba a admitir abiertamente que no tenía casi nada. Tenía una dignidad que mantener—. ¿Cuál es tu idea?

—Los padres de Jeremy lo llevarán de vacaciones a Disney World. No pedirá ningún deseo, excepto, ya sabes, los que eviten que mis padres se conviertan en confite, pero se concentrará tanto en los juegos que ni reparará si falto un tiempo. Y en esos momentos podríamos ir por ahí. ¿Qué dices?

—Mmm —murmuró Foop y puso ambas manos en balanza—. Compartir tiempo con mi antítesis, la creación de nuevos venenos. Suenan tentadores los dos.

—Vamos —insistió Poof dándole un leve empujón al hombro—. La próxima vez tú escoges.

—¿Tan aburrido es ser el hermano mayor de un mocoso humano? —cuestionó Foop con superioridad, lo que fue un error, porque Poof se sintió atacado en su estilo de vida.

—Yo no te digo nada acerca de lo que haces —le recriminó con dura mirada.

Foop lo enfrentó, una mano sosteniendo el codo. Como si ese cambio imprevisto no le hubiera descolocado algo en su interior, como si no sintiera la extraña, repentina y hasta entonces desconocida sensación de que él, él, debía disculparse por decir lo que pensaba. No, se lo guardaría para adentro y para pensar después. Afuera fue como si ni siquiera le hubiera importado lo que dijera.

—Y no deberías —se limitó a contestar.

—Tú tampoco lo hagas —respondió el hada.

—Si te vas a poner tan ridículamente sensible al respecto, está bien —respondió Foop, orgulloso una vez más de su habilidad para ocultar lo que pensaba; lo que en ese caso era el impulso de quedar nuevamente en mejores términos—. De todos modos no es algo que me interese.

—Bien —acotó Poof y se relajó—. ¿Entonces?

—De acuerdo, de acuerdo —respondió el anti-hada, alzando las manos como si se rindiera a fuerzas más grandes que él—. Ya que significa tanto para ti, y la verdad a mí no me supone ningún gran sacrificio, supongo que puedo tomar un poco de mi tiempo para salvar tu trasero.

—¿No será destruir?

Foop giró los ojos. En realidad eso había querido decir, pero, sin darse cuenta, le había salido lo otro. Debía ocultar su propia frustración a los ojos del otro. Estaban pasando cosas que no entendía bien y no le gustaba eso. Era como si… presintiera de alguna forma que prolongar esa compañía no resultaría en una lenta asfixia, no de inmediato al menos. No estaba acostumbrado a algo así, pero hasta que pudiera analizarlo mejor y pensar la mejor manera de controlarse, debía actuar con normalidad.

—Lo que sea.

—————————————

Se despidieron justo a la hora de cenar. Cada uno desapareció dejando atrás su polvillo mágico correspondiente. Foop en un parpadeo volvió a encontrarse en su enorme cuarto, y aunque sus pies (maldita forma de humana) y su cuerpo en general le pedían un descanso con convincentes súplicas, no se echó a la cama de inmediato. Llamó a Clarice en su mente, exigiendo su presencia de inmediato. Ella nunca estaba muy lejos, así que no tardó en aparecer.

—¿Qué? —dijo con la boca de Foop, aparentando una inocencia que parecía más sincera que cuando el verdadero la fingía.

—No te hagas la tonta. Sabes lo que hiciste. ¿Por qué tuviste que tocarle la mano de esa manera tan… —se estremeció— horrorosa?

—Tal vez fuiste tú, querido. ¿Se te ha ocurrido?

—No pretendas engañarme, por favor. Claramente me di cuenta de que eras tú la que me obligaba a ello. Y para colmo quisiste hacerlo ver como que yo lo hice.

-Bueno, querido, no puedes olvidar que fue tu mano la que…

—¡Cállate! —exigió apretando los dientes—. Escucha, no sé qué crees que haces, pero te sugiero detenerte. Puedo cumplir esta misión yo solo —Silencio, nada más que silencio. Le estaba dando una jaqueca silenciosa. Conjuró unos calmantes y un vaso de agua—. ¿Ah, ahora vas a cerrar mi boca? Eso es muy digno de ti.

—Sólo quería ayudar —dijo con voz ofendida y sintió como una especie de portazo contra el interior de su cráneo.

Foop se sostuvo de la frente mientras agarraba las pastillas en sus manos y las ingería, pasándolas con el vaso de agua.

—No necesito ayuda —masculló. Sintió una nueva punzada en su cabeza.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s