El espíritu del viento. 2

Capítulo 2: El joven que llegó

El cielo se presentaba claro, sin nubes estorbosas. El globo avanzaba de forma uniforme por debajo de las nubes. Ran inspeccionó lo que había debajo de él: las personas como muñequitos oscuros, los puntos de tinta que eran los niños y las casas de los habitantes.

Según el mapa que había conseguido, esas personas serían habitantes de la parte baja de Ba Sing Se. En otros tiempos por ahí se vería la gran muralla para mantener alejada a la Nación del Fuego. Hoy era una simple frontera de arena, pasando el amplio desierto. Por fin se sintió aliviado.

Llevaba comida de sobra con él, agua, cambios de ropa y un guardia que su padre insistió debía acompañarlo para manejar el transporte, pero aun así había sido duro sólo estar sentado y ver arena donde quiera que mirara. Nada más bajaban cuando era necesario y entonces tenía arena metiéndose en huecos de su ropa que resultaban de lo más molesto.

Habría sido imposible saber dónde dirigirse si no fuera por la brújula que llevaban y las indicaciones de los Areneros. Costó hacer que le hablaran, siendo que él y su guardia llevaban los ropajes rojos propios de la Nación del Fuego, pero unas monedas de oro rompió la desconfianza de aquellos hombres.

Miles de casas había ante él. Por primera vez desde que el viaje iniciara, Ran sintió la sonrisa entusiasta cruzar su rostro. Le hizo señas impacientes al guardia de que descendiera.

Él no entendía nada sobre el funcionamiento de aquel transporte, más allá de que el fuego control era esencial para mantenerlo flotando, por eso nunca se interesó por preguntar qué hacían esas cuerdas de las que tiraba ahora y qué sucedía que empezaban a perder altura.

Le pareció que iban demasiado lento, pero ya había lo inútil que era quejarse. Para hablar, bien podría haber estado viajando con una estatua, tan impasible era el sujeto que su padre había contratado.

Como todos los guardias del palacio, en verdad. Razón más por la cual no podía esperar para salir de ahí.

Por fin tocaron tierra, levantando una leve nube de polvo alrededor. Unos niños que jugaban a la pelota se detuvieron para mirarlos. Murmullos se dejaron oír cuando el muchacho salió de la canasta dando un salto, sin darle tiempo al guardia de asegurarlo al suelo.

Ran parecía no mirar otra cosa que hacia las viviendas, las puertas, en busca de algo que al no dejarse encontrar le dejaba una expresión de desagrado en el rostro.

—Oigan —dijo de pronto, sobresaltando a los niños. Ninguno tenía más de 10 años y todos tenían distintas manchas de tierra tanto en la ropa como el rostro. Cuando se dio cuenta de que estaban asustados, suavizó su expresión y se agachó para estar a su altura—. Perdonen, pero he hecho un largo viaje para ir en busca de la familia Hua. ¿Saben dónde vive?

Duda, desconfianza. Esperó conteniendo su impaciencia. Sin importar que la guerra había terminado hacía años, la Nación del Fuego todavía era la oveja negra de las cuatro naciones para muchos. No había que ser pariente de algún damnificado, bastaba con que la voz se corriera para mantener el miedo vivo.

No pocas veces lo había visto cuando acompañaba a su padre en sus viajes diplomáticos. Pero siempre estaba la esperanza de que los más jóvenes, para quienes todo eso no eran más que palabras, fueran más abiertos. Así sucedió también entonces.

Uno de los pequeños más polvorientos (obviamente el jugador más apasionado) se adelantó y dijo saber el camino. Su corazón palpitó de emoción. Se volvió para decirle a su guardia que ya podía marcharse, sin disimular la satisfacción que le daba.

—A partir de aquí puedo seguir por mi cuenta —dijo con una sonrisa.

—¿Está seguro? —inquirió el hombre.

Tenía órdenes de acompañar al hijo de uno de los sabios del fuego, para mantenerlo a salvo mientras llegaba a su destino. Ran hizo un gesto despreocupado.

—Sí, estaré bien. Cualquier problema enviaré un mensaje.

En realidad no planeaba hacerlo. Lo dijo sólo para dejar a su padre tranquilo. El guardia asintió y volvió a entrar a la canasta, llevando en su brazo un halcón de plumas rojizas. El ave, llamada Dragón, aleteó para ponerse en el hombro del joven y desde ahí le frotó la cabeza contra su coronilla.

Dragón era lo más cercano a una mascota que alguna vez había tenido, pese a los continuos viajes que hacía por encargo de su padre.

Mientras él se ponía en camino detrás del niño, el guardia volvió a remontar el vuelo enviando llamaradas desde su mano al hueco del globo. Para Ran fue un alivio comprobar que no todos estaban igual de harapientos que los niños.

Atraer la atención y dejar habladurías a su espalda era algo que le tenía sin cuidado. Ignorar las palabras, las miradas asesinas y la atención atraída por él parecía algo natural de su personalidad. El poder de la costumbre.

Se detuvieron ante un pequeño huerto de tomates rodeado por una cerca baja. El niño la señaló e informó que eso pertenecía a los Hua.

—Y esa es su casa —agregó señalando la vivienda localizada a pocos metros de ahí.

Era una casa de un piso, baja, paredes blancas resquebrajadas en algunos puntos. Verla, por fin verla directamente configuró una mezcla de desconcierto y entusiasmo en el interior de Rafen. Se alegraba de haber llegado después de tanto tiempo, pero no era como él se lo hubiera imaginado.

—Gracias por tu ayuda —dijo al niño, entregándole un par de monedas de oro.

El niño desapareció luego de haberlas tomado. Rafen se adelantó hacia la puerta del hogar rodeando el huerto.

—Aquí estamos, Dragón —dijo sonriente—. Después de casi dos semanas de viaje, finalmente llegamos. ¿No es increíble?

Dragón agitó sus alas como si estuviera de acuerdo. Rafen sonrió animado y dio tres golpes a la puerta. Luego dio un paso atrás y esperó con las manos a la espalda. Esperó alrededor de lo que tomó por cuatro minutos (aunque fueron unos segundos) antes de que apareciera un joven al que calculó 14 años por su estatura, si bien era ancho de hombros. No recordaba haber oído acerca de un hermano menor, pero era lo que menos importaba.

—¿Qué quiere? —preguntó el chico, con una cara de pocos amigos.

Ran se inclinó en una breve reverencia. Había oído que la gente del Reino Tierra solían ser directos y poco dados a la sutileza. Aparentemente era cierto.

—Buenos días. Mi nombre es Ran, hijo del sabio del fuego Zomir. Vengo en busca del Avatar Mutu Hua para acompañarlo en su viaje para dominar los cuatro elementos.

Había preparado el discurso desde incluso antes de abandonar el castillo. Largas semanas repitiéndoselo, asegurándose de que diría lo correcto y sabría ladear los obstáculos que podrían presentarse. En realidad había pensado más en eso que en la reacción que recibiría. Lo que obtuvo fue silencio. Nada más.

Se enderezó. El otro muchacho tenía la vista fija en él con expresión estupefacta, irritada, sorprendida; todo al mismo tiempo. Lo mismo podría haber destruido sus cosechas a patadas. No entendía.

—¿Acaso me equivoqué de casa? Buscaba a la familia Hua.

—Aquí es —dijo el muchacho con un hilo de voz.

No parecía capaz de hacer otra cosa. Una voz salida del interior del hogar le sobresaltó, como si hubiera olvidado que no estaba solo.

—¿Quién es, cielo? —preguntó una mujer y unos segundos más tarde se materializó detrás del hijo.

Tenía canas en el cabello castaño y ojeras bajo los ojos, pero todavía era atractiva. Poseía un aire de calma y seguridad que inmediatamente invitaba a la alerta si no se era amigo, o a la calma si lo era. Como él venía en son de paz, se sintió tranquilo pese a que la mirada que le dirigió al identificar su ropa estaba lejos de ser una bienvenida.

—¿Si? —dijo, poniendo una mano en el hombro de su hijo. Un gesto de protección—. ¿Qué busca?

Repitió la reverencia, aunque sus ánimos se habían enfriado un poco. No le gustaba eso.

—Buenos días, señora. Mi nombre es Ran, hijo del sabio del fuego Zomir. Estoy buscando al Avatar Mutu para poder acompañarlo en su viaje. ¿Estará en casa para que pueda hablar con él?

Entonces la señora hizo algo que no esperaba. Abrió los ojos hasta el máximo y todo su cuerpo, aún inmóvil, pareció perder de un simple plumazo la fuerza que antes contenía. Se preocupó de que se desmayara, pero no lo hizo. Su hijo, en cambio, estaba sereno tras el oscurecimiento que se desplazó por su rostro como una tormenta de arena, imposible de pasar por alto.

—Yo soy Mutu Hua —dijo y levantó la cabeza hacia él. No supo qué predominaba en su cara; si la molestia o la tristeza.

Volvió a verlo de arriba abajo, aun a sabiendas de que no era educado. Seguía pareciéndole de 14 años. Y él mismo tenía 15.

—¿Estás seguro?

Media hora y tantos minutos más tarde, Ran enfrentó la verdad: era un imbécil. Tantos mapas conseguidas para llegar hasta ahí, tantas paradas en los mercados para conseguir la energía necesarias, el discurso, la emoción por la aventura, y ¿para qué?

Para llegar un día antes. Un día antes de que el Avatar cumpliera los 16 años. Es decir, un día antes de que él mismo supiera lo que era. El trabajo que correspondería al rey del Reino Tierra lo había hecho él sin darse cuenta. Y él que temía llegar tarde, qué molesta ironía.

Ahora veía a Mutu sentado en la sala, con las manos en el regazo y la cabeza gacha. A saber qué pensaría. Su madre le había dicho todo casi sin necesitar que se lo preguntaran. Lo sabían desde que era un bebé. Ellos -sus padres- no lo creían de verdad si no hasta que cumplió los 4 años y levantó un montículo de piedra para alcanzar un estante de la cocina. Ni en su familia ni en la de su esposo había habido nunca un maestro tierra, de manera que no tuvieron más remedio que rendirse a los hechos.

Luego, cuando lo supiera, debería comenzar su entrenamiento. Mientras hablaba, uno podía darse cuenta de que para ella era como una catástrofe que hubiera temido desde siempre y cuando por fin sucedía sólo podía resignarse. Ni siquiera le ofreció un té o que tomara asiento, aunque tampoco se opuso a que pasara adentro y se mantuviera apoyado contra una pared, escuchando todo.

¿Ya para qué? Lo había arruinado.

Desde ahí el joven Hua ya no dijo nada. Apenas se movió cuando su madre le informó que debía ir en busca de su padre y los dos muchachos se quedaron solos. De pronto el recién descubierto Avatar había olvidado su presencia. Ahora ocultó el rostro entre sus manos y lanzó un gruñido bajo. A Ran le recordó un rinoceronte de comodo agotado al final de un largo viaje.

—Y tú —dijo de pronto, sin variar su posición—, Ram o como sea, ¿desde hace cuánto lo sabes?

—Mi nombre es Ran —aclaró de mala gana. Sí, ya le habían dicho que no todos fuera del palacio iban a ser amables con él ni sabrían su nombre con solo verlo, pero eso no quería decir que tenía que agradarle. Se acercó hasta ponerse delante de él. Una vez más se dijo que nada estaba resultando como se lo imaginaba—. Apenas lo supo el rey, el dato pasó a todas las otras naciones. Yo no lo supe hasta que se lo pregunté directamente a mi padre hace unos cuantos años. Desde entonces quise venir a verte pero me dijeron que tú no lo descubrirías hasta, bueno, mañana —Dio un suspiro de desánimo, evitando mirarlo—. Por cierto, te pido disculpas por arruinar la sorpresa. Calculé mal el tiempo.

Mutu bajó las manos, apoyando los codos sobre las rodillas. Estaba cansado, no molesto. Ahora diría que era mayor de lo que parecía.

—Un día antes, un día después, no hay diferencia —dijo al fin, quitándole un peso de encima. Por fin, lo miró. La desconfianza había dado paso a la simple extrañeza y una leve curiosidad—. ¿Por qué estás aquí?

—Ya te lo dije. Quiero acompañarte en tu viaje para dominar los elementos.

Se sentó en el sofá, ocupando el extremo opuesto en el que se sentaba el Avatar. Soltó el aire de forma relajada al sentir la suavidad contra su espalda.

—Vaya, ya casi había olvidado lo era un cómodo asiento. En el globo no tenía más que cojines y sacos de dormir —comentó apaciblemente. Dragón había empezado a picar entre sus plumas posado en el apoyabrazos. Se puso las manos tras la cabeza, dejándose deslizar con pereza—. Hombre, no sabes todo lo que pasé para llegar aquí.

Mutu dejó su seriedad de lado un momento, para mostrar en cambio su desconcierto.

—¿Globo?

—Claro, los globos esos grandes que se alimentan de aire caliente. Solían usarse en la guerra pero ahora son uno de los métodos de transporte favoritos de la Nación del Fuego, sobre todo cuando deben cubrir grandes distancias.

Pareció que el Avatar iba a preguntarle algo más, pero en cambio meneó la cabeza e inquirió otra cosa.

—¿Por qué querrías acompañarme?

Había una ligera desaprobación al fondo de sus palabras, como si le cuestionara por qué quería sacarse los ojos con los dedos. Esa parte sí había entrado en su imaginación y había pensado todas las distintas maneras en que podría darse entender. Al final había optado por abandonarlo, considerando que cualquier cosa así de meditada sonaría falsa.

Se cruzó de brazos y elevó ligeramente el labio superior, pensando en las incontables razones que se le ocurrieron a lo largo de todos esos años y planteó a su padre el día antes de su partida. A Zomir no había conseguido convencerlo del todo. Sabía que sólo había aceptado al confesarle lo importante que era para él, lo imposible que era ignorar esa voz interior.

—Sólo quería salir de ahí —dijo cruzándose de brazos—. Tú no sabes lo que es tener un protocolo para todo; para vestirte, para hablar, para sentarse, incluso para comer y esperar el momento adecuado para ir al baño. Eso está bien para los príncipes y Señores del Fuego porque nacieron para eso y supongo que es lo que les da cierta respetabilidad. Pero mi padre fue elegido como un sabio del fuego cuando tenía 8 años y nada es igual desde entonces. Sencillamente odio la idea de que nos enseñen cosas como esta —Abrió su mano y dejó salir una larga llama que sobresaltó a Mutu, pero no a Dragón. La llama se elevó hasta sobrepasar su cabeza y luego la apagó, simplemente cerrando el puño— y no lo usemos para otra cosa que encender antorchas o calentar la sopa. Nos enseñan nuevas posiciones todos los días pero eso es todo. No quiero decir que me gustaría que volviéramos a la guerra, el terror y eso, pero, vaya, sería genial tener algo de acción. Imagina lo que pensé cuando leí acerca de todas las aventuras que vivían los Avatares y cómo se las arreglaban para sobrevivir dependiendo solamente de sus poderes —Entonces observó al muchacho que había tomado por alguien más joven y una sonrisa animada le cruzó el rostro—. Por eso estoy aquí. Quiero hacer algo más con el fuego, combatir, darle otro uso. Además, por lo que sé, después de la tierra en tu ciclo sigue el fuego. Podría ayudarte con eso.

—No lo sé —dijo Mutu apartando la vista.

Luego se frotó una sien como si se le avecinara una potente jaqueca. Ran sintió de nuevo un pinchazo de culpa por arruinar la sorpresa. Demasiado para un día. Sin embargo, no había viajado más de mil kilómetros para dejar su plan de lado por un pequeño error.

—Bueno, piénsalo con calma y mañana me dirás qué te parece —concluyó levantándose del asiento, estirando los brazos sobre su cabeza—. ¿Dónde puedo dormir?

Mutu levantó la mirada, fruncido el entrecejo.

—¿Dormir?

Ran ofreció una sonrisa apenada como un gesto de disculpa.

—Es que creí que apenas te convenciera nos pondríamos en marcha. No pensé que tendría que pasar la noche aquí. No te molesta, ¿cierto? —Y aumentó su sonrisa, esperando apelar a su bondad.

—Supongo que no —dejó escapar Mutu con un suspiro, levantándose. Pero no se movió de ahí. Se quedó ahí, con expresión desconcertada un largo rato, pero luego meneó la cabeza—. Vamos.

Lo dejaron alojarse en una pequeña habitación al fondo del pasillo. La decoración era casi nula y el colchón en el suelo estaba lejos de compararse con las mullidas camas que disfrutaba en el palacio, pero así y todo le fascinó estar ahí, sabiendo que sólo era una parada para las verdaderas aventuras que se avecinaban.

Además, sencillamente estaba cansado. Se durmió a la primera oportunidad, sin desvestirse, mientras Dragón se ponía cómodo sobre un perchero. Se olvidó de sí mismo viéndole ocultar la cabeza entre las plumas, sin dudas también para tomar una merecida siesta.

Despertó, pesado y todavía adormilado, cuando el cielo más allá de la ventana ya se había puesto oscuro y en medio la luna llena. “Si puedo maestro agua…” pensó adormilado y se restregó los ojos. Acomodó por encima sus ropas por demás arrugadas y salió del cuarto.

No oyó más que al silencio. Empezaba a creer que ya era demasiado tarde para que la familia estuviera fuera y todo estarían dormidos, cuando divisó una luz tras la puerta anexa a la suya. Estaba entreabierta así que pudo echar un vistazo sin problema.

Se trataba de un cuarto algo más grande que en el que se alojaba, un escritorio bajo y los pies de la cama. Ahí mismo estaba el Avatar, ojeando un libro que no pudo identificar. Pretendiendo inocencia, Ran dio su pie contra el marco de la puerta y se lanzó contra ella como si acabara de sufrir un resbalón. Mutu levantó la vista, sobresaltado, y él sonrió amistoso mientras se enderezaba.

—Lo siento —dijo y dio un paso adelante, sin esperar invitación, mirando alrededor. Había un cuadro de la familia colgado de una pared. Fuera de eso, no había nada más que pusiera color en las paredes verde amarillentas—. ¿Es tu cuarto?

—Sí —dijo Mutu, volviendo a relajarse—. Papá dijo que estarías agotado por el viaje, por eso no te despertaron. Hay algo de verdura en la cocina por si tienes hambre.

Parecía que su desconfianza anterior se había agotado durante el día y ahora sólo lo veía como un viajero que iba de paso. Era un alivio.

—Estoy bien ahora. Dormí como un bebé —dijo sentándose en el suelo cerca de él—. ¿Qué lees?

Mutu lo miró de hito en hito, aún dudoso. Por fin, le enseñó lo que tenía. Se trataba de un libro de historia del Reino de la Tierra, ya viejo y con las hojas amarillentas. La página en que la habían abierto mostraba una ilustración de una Avatar vestida de guerrera Kyoshi. Ran observó la imagen y luego al otro muchacho.

—No les veo el parecido —comentó, bromeando.

—Ya —dijo Mutu, acomodando el libro en su regazo—. Todavía no puedo entender cómo se supone que fui ella o cualquiera de esos sujetos de leyenda en el pasado. Es todo tan extraño.

-Bueno, técnicamente no fuiste tú -aportó Ran apoyándose hacia atrás en un brazo y extendiendo las piernas relajadamente-. Fue tu alma pero no tus mismos recuerdos ni tuvieron todos las mismas vivencias.

—¿Y tú qué sabes? —cuestionó Mutu con disgusto, la cabeza gacha.

Observaba aún a la página del libro como si fuera un ser completamente incomprensible para él. De cierta forma debía serlo. Ran se encogió de hombros.

—Investigué. Leí. Todos hicieron lo que tuvieron que hacer de la mejor manera que se les ocurrieron. Tú también lo harás, a su tiempo. Y yo espero estar ahí para echarte una mano.

—¿Quién lo dice? —replicó Mutu, de mal talante.

Hablaba del “tener que hacer”, no de su compañía. Ran no supo qué decir. ¿Qué siente uno cuando sabe que le han ocultado su identidad durante toda su vida, cuando descubre que todos sus planes para el futuro deben cambiar por algo que no puede controlar? Él tampoco había escogido ser el hijo de un sabio del fuego, pero eso era diferente.

De él se esperaba nada más respetar las reglas hasta que su padre muriera y eligieran a otro sabio del fuego. En cambio Mutu tenía muchos más deberes con los que cargar. No era tan arrogante ni desesperado por agradar como para fingir que lo conocía todo; de modo que lo que hizo fue encogerse de hombros y darle un par de palmadas en la espalda. Mutu lo miró de vuelta con algo de orgullo herido.

—Ah, y feliz cumpleaños —dijo Ran, acordándose de pronto, llevándose la mano a la nuca.

El Avatar bufó, incrédulo.

—Sí, feliz.

Ran sonrió de medio como gesto de solidaridad. Se moría por preguntar si había pensado en su propuesta de dejarlo ir con él, a empezar a averiguar adónde iría, pero se daba cuenta de que era un mal momento. Debería dejarlo para mañana.

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