AntiOdio. 8

Capítulo 8: Rizos Dorados


Luego del segundo mensaje de cancelación, Foop comenzó a molestarse. El primero también lo había hecho, pero fue como golpearse accidentalmente contra el borde de una mesa. Irrita, claro, pero ni tanto como darse contra una pared en el mismo día. Poof ni siquiera trató de darle un buen motivo, se limitaba a decir que tenía que salir con otros amigos. ¿Qué más respuesta podía darle que el silencio para que se viera que no estaba complacido con el hecho?

Trataba de no darle importancia al hecho, de volver su atención hacia las cosas que le importaban, pero llegó un tercero que fue causa de un campo de margaritas en su sala. Intentó despejar su mente haciendo estallar al montón de mariposas surgidas espontáneamente, pero el rictus de rencor no desapareció de su rostro.

En la escuela solía sentirse como a punto de tomar una siesta mental. Las clases sólo eran repeticiones de cosas que ya había aprendido por su cuenta, por lo que podía dejarse ir adonde quisiera sin perderse nada. Imágenes de la escuela incendiándose y varios compañeros golpeando inútilmente las ventanas solían tener en su cabeza el mismo efecto que un sauna finlandés.

Por ahí Rizos se sentaba cerca de Poof. Eso era nuevo. Por lo general ella escogía el sitio más cercano a la ventana pero ahora se ubicaba en el centro al lado del chico. Llamas devoraban los libros de historia. Se pasan notas y la chica sonreía con particular frecuencia. Las baldosas del baño… ¿le estaba tocando el brazo ahora? A quién le importaba. Veamos, ¿de qué era la clase? Literatura mágica, movimientos impulsados por los gigantes. Capítulo 10 de sus libros. Se la había memorizado. Bien, esos libros se convertían en voraces criaturas voladoras escupe ácido. Los pizarrones se deshacían expulsando humo.

¿De qué diablos se ríen? ¿Ni siquiera iban a tratar de fingir que prestaban atención? Y eso que se suponía que la chica era la segunda mejor de la clase. Pero el profesor ni enterado. Nuevamente el defectuoso sistema educativo del mundo mágico muestra sus dientes podridos.

Antes de que se diera cuenta, Foop ya no puede dejar de verlos. Pasado un tiempo, Foop se siente inspirado para imaginar las alas coloridas de la joven siendo tiradas por ganchos envenenados. Siente que la idea hace sonreír incluso a Clarice.

En el almuerzo se enteró por las murmuraciones de un par de gnomos idiotas que están sentados detrás de él y obviamente no sabían controlar su tono de voz. Rizos estaba de nuevo con Poof. Rizos lo había anunciado en su página de FairyBook. La versión oficial hablaba de una reconciliación unos días antes de que se reiniciaran las clases. Todo mezclado con ocasionales risitas y algún que otro suspiro femenino.

—Ella es tan afortunada…

—Poof es tan guapo.

Un giro de ojos ante tal demostración de lo arruinada que estaba la adolescencia hoy en día. Luego, mirada por sobre el hombro, sólo para sacarse de dudas. Sí, ahí estaban Poof y Rizos sentados juntos y tomados de la mano. Bien, no hay problema. Ningún problema.

—¡Mira! ¡Son colibríes!

—¡Y canarios!

—¿De dónde habrán salido?

Foop respiró hondo una, dos, tres veces. Una flor comenzó a crecer en medio de su plato. Se apresuró en tirarlo a la basura. Había perdido el apetito.

La seguridad en el mundo mágico era deplorable. Todos estaban confiaban tanto en que los demás eran buenos y decentes que realmente eran pocos quienes empleaban alarmas, cámaras o siquiera ponían un cartel advirtiendo sobre un perro mordelón. Excepciones nada más las había en varios miembros de la familia Von Strangle, sin duda más por su amor a las explosiones y a electrocutar hadas desprevenidas que porque realmente temieran un robo. De todos modos Foop no iba a concentrarse en ninguno de ellos.

La casa de los Dorados parecía hecha de oro, sol y plumas de canario. Naranja, un poco de rojo, algo de blanco. La verdad es que no eran muy originales en cuanto a decoración. No hubo nadie que le molestara cuando instaló las cámaras espías en el cuarto donde, por la cantidad de imágenes de cantantes de moda pegados a las paredes, supuso, dormía Rizos. Tan fácil como encender una lámpara. Puso uno de los aparatos en el ojo de algunos peluches, un micrófono oculto tras el espejo sobre la cómoda, otro par de cámaras en la cabecera de cama y arriba del armario. Esta vez sería más cuidadoso que cuando espió a Poof. Así, con tantos repuestos, no importaba quién tuviera demasiada hambre.

Mientras hacia el último trabajo de instalación, Clarice puso una cara de curiosidad sobre el suyo.

—Repíteme, por favor, por qué estás haciendo esto.

Foop arqueó una ceja.

—Porque esa Dorados se trae algo malo entre manos y yo voy a descubrir qué es.

Clarice frunció sus labios, poco convencida.

—Estoy segura de que tienes tus razones, cielito, pero ¿te importaría decírmelas?

Los ojos morados giraron.

—¿No es obvio? Durante más de diez años Dorados ha tenido una perfectamente sana y normal relación de cordialidad con Poof, ¿y ahora, de repente, está loca por él? No es necesario ser un genio para saber que aquí hay gato encerrado, pero como yo soy un genio, es evidente que no puedo ignorarlo.

—¿Estás seguro de que es sólo por eso?

Foop lanzó un suspiro, hondo y profundo, y miró al techo como si buscara algo. Pero ahí no había nadie para oírlo perder por unos segundos su indiferencia cosechada a lo largo de los años y hablar con Clarice, en cierta forma, era como hablar con las paredes. En el sentido de que estás no pueden ir de chismosas sin que te enteres, claro.

—Teníamos compromisos, Clarice —dijo elevando la nariz, altivo y desdeñoso—. Teníamos citas de juegos convenidas de antemano y Dorados no tenía ningún derecho de interferir con ellos. Si está utilizando a Poof para sus viles propósitos femeninos, sea cuales sean, no puedo dejarla pasar.

—Y eso te molesta porque tú ya estás utilizando a Poof para tus propios viles propósitos —sugirió Clarice pasado un tiempo, y Foop se quedó pensando en ello.

No le encontró el menor error a ese razonamiento.

—Sí —dijo lentamente y luego con más convicción—. Sí, exactamente. Para variar, has dicho algo bastante acertado, Clarice. Yo tuve mi plan antes que ella y he hecho mis avances primero. Es territorio conquistado. Si alguien va a utilizar egoistamente a esa hada debería ser yo.

Remató su declaración con un asentimiento de cabeza. Clarice permaneció en silencio un largo rato, sin protestar ni mostrarse de acuerdo, dejándole hacer hasta la última instalación. Al final Foop silbaba de buen humor. Luego desapareció del cuarto en una nube de polvo azul.

En las horas de vigilancia que siguieron, Foop volvió a descubrir que las papas fritas probablemente fueran el único invento de la humanidad que valía la pena. Las imágenes en las pantallas mostraban el mismo cuarto desde diferentes ángulos, en color y sonido seleccionador. No perdería el tiempo oyendo lo que no deseaba. Cada vez que Dorados mencionara el nombre de Poof el micrófono se activaría. Hasta entonces, sólo tenía imágenes.

Por una semana no tuvo resultados. Cada vez que la muchacha mencionaba a su novio era porque hablaba con él por teléfono o lo mencionaba en frente de sus amigas. Salía a hacer trabajos comunitarios, aburridos trabajos comunitarios, a practicar con el equipo de voleiball, del cual era capitana, a atender asuntos del comité de estudiantes, que presidía; y en fin, un montón de cosas que a Foop no podría importarle menos. Todo pura distracción para lo realmente importante, que era la dominación del universo. Con el paso de los días, el resentimiento que había engendrado contra ella se estaba ahogando bajo pesadas y profundas capas del más amplio tedio. No podía imaginar cómo diablos Poof se las manejaba para salir con ella sin darse a la fuga.

Una noche Rizos una pijamada. Rieron, chismearon, pelearon con almohadas en sus camisones cortos para el verano. Foop empezó a concebir la idea de que tal vez podría prescindir de seguir espiándola por esa noche, antes de que acabara durmiéndose encima del tablero. Esa escena le parecía tan poco estimulante como ver un partido deportivo. Estiró la mano hacia el interruptor de apagado, cuando la luz del micrófono se activó de pronto. Una de las amigas de Dorados le preguntaba por Poof. Siguieron hablando y, para variar, Foop sintió auténtico interés. Sonrió y si no fuera porque el sueño de verdad se le venía encima, se hubiera echado a reír ahí mismo. Por el momento, se contentó con grabar la conversación.

Los pubs humanos eran un descubrimiento reciente para muchas hadas. En el caso de Poof, los conocía desde hacía tiempo, cuando aún era el hermano mágico de Timmy Turner. Había uno cerca de la casa cuando era adolescente, donde los chicos populares se reunían todos los sábados y se consideraba el lugar más de moda en la ciudad. Fue cerrado tres años más tarde. El sitio donde Poof citó a Foop era al lado y no tenía la popularidad del otro, pero se estaba bien ahí.

Luego de haber recorrido salas de videojuegos en Canadá, Francia, Australia y un país cuyo nombre se le hacía impronunciable, Poof pensó en probar a su contraparte en el pool. El sitio era modesto, con ocho mesas de juego sobre las cuales se iluminaban lámparas de pantallas verdes claro. También había una zona donde las personas podían sentarse a comer lo que saliera de la cocina y beber lo que ofrecieran en la barra. Solían ir jóvenes de más de veinte años más que adolescentes, pero tampoco había problema con que estos vinieran.

Le gustaba el ambiente por lo relajado, por la agradable sensación de poder ocuparse de sus asuntos tranquilamente. Esa vez llevaba dinero humano, proporcionado por sus padres. Foop dijo que lo veía todo muy sucio y que la comida grasienta era motivo de pena ajena para cualquier conocedor culinario, pero, como era de esperar, no se opuso a una pequeña competencia. Poof le explicó en qué consistía el juego, rompiendo él primero el triángulo formado por las pelotas. Ninguna entró en ningún hoyo, de modo que le cedió el turno al otro. Foop apoyó una mano en el borde y miró atentamente ese montón disperso de objetos sobre una superficie de algo que parecía un césped de felpa. Observó la distancia entre estos y los agujeros, la inclinación de la mesa con respecto al suelo. Recorrió la mesa con ese gesto ceñudo de concentración que sólo le duraba por unos instantes en las clases de matemáticas.

Después, extendió el brazo utilizando el espacio entre índice y el pulgar para apuntar mejor con el palo. Imitaba casi a la perfección lo que había visto hacer a Poof. Excepto por una cosa.

—Sostienes el palo al revés —le hizo saber.

Foop miró la punta gruesa con la que pensaba golpear y, con un giro de ojos, lo dio media vuelta. Separó el brazo destinado a hacer el impulso sólo un poco, entrecerró los párpados y dio un seguro golpe. Por un efecto de cadena, tres pelotas desaparecieron de su vista. Poof se quedó estupefacto hasta que Foop, con sonrisa presuntuosa, dijo:

—Geometría de la más básica, mi compañero.

Continuaron jugando por media hora. O más bien, Foop jugó casi todos los turnos mientras él permanecía de brazos cruzados contra la pared, mirando el reloj. Pero a dos tiros de terminar, erró el blanco. Poof se agitó como si despertara de un sueño. Foop se quedó en la misma posición, con la boca cerrada pero masticando maldiciones que si se oyeran probablemente harían que los echaran. El hada se acercó con cautela y se puso a balancearse sobre los pies hasta que notó que la mandíbula de su contraparte dejó de moverse.

—Bueno —dijo suavemente—, supongo que es mi turno.

Foop se irguió de pronto y lo miró con furia, pero luego la emoción se esfumó para dar lugar a una creciente incomodida, también condimentada de fina molestia. Parecía algo confundido.

—Me entró algo en el ojo —replicó como excusa a una acusación que nadie le hizo y se puso aparte para dejarle lugar.

A Poof le pareció oírle murmurar algo, pero asumió que estaría hablando con Clarice y en poco tiempo terminó el juego. Lo suyo no era la geometría, pero sabía cómo apuntar y cuánta fuerza imprimir simplemente por instinto.

—¿Otra partida? —inquirió el hada.

El rostro de Foop estaba lejos de la lámpara y no había otras luces cerca, así que Poof no podía saber cuál era su expresión. Sólo pudo notar el encogimiento de hombros por la silueta de su cuerpo.

—Sin embargo, si te interesa oír mi opinión, creo que jugando según las reglas acabaremos aburridos los dos —dijo y se adelantó—. Siendo honestos, por mucho que disfruto avergonzándote con el peso de tu aplastante derrota, pierde mucho de su gracia cuando se vuelve tan sencillo. Así que sugiero que en lugar de esperar a que uno no acierte simplemente nos turnemos cada vez. Sólo cuando sean dos los aciertos, se tendrá una segunda oportunidad. Si es sólo una, pasa el siguiente.

—Sí, creo que está bien —dijo Poof y sonrió—. Ya temía que me la pasaría toda la noche sólo viéndote.

—Por favor, lo dices como si eso fuera algo malo. Yo que tú me sentiría honrado de estar tan cerca de la perfección.

Poof giró sus ojos, todavía con la sonrisa en los labios. Una vez se acostumbraba era fácil pasar de los arranques egocéntricos de su contraparte.

—Puedes empezar —dijo el anti—hada, lo que habría sido una inusual muestra de amabilidad de no ser porque agregó—: Los perdedores siempre dan el primer golpe.

—Habló el experto —comentó Poof con un giro de ojos y volvió a formar el triángulo, una pelota por vez.

Foop empezó a jugar con un borde astillado.

—He oído que estás saliendo de nuevo con Rizos Dorados —comentó de pasada.

Poof continuó llenando la figura y alineándola, sin levantar la vista.

—Sí, desde hace unas semanas.

Foop asintió suavemente con la cabeza. Arrancó una astilla sin darse cuenta y la lanzó lejos de sí luego de verla convertirse en una margarita.

—Y dime —continuó, arreglándose el cabello—, ¿qué tan serio van ustedes?

—No sé, estamos viendo —dijo Poof y guardó el instrumento para formar el triángulo en un hueco bajo la mesa.

—Ella te está usando, ¿sabes? —soltó de pronto el anti—hada en tono indiferente, mirándose las uñas.

Poof apoyó ambas mano a los lados de las pelotas. Su postura era relajada y su mirada, resignada.

—¿Y de dónde sacaste eso?

Foop no podía verlo.

—Rumores de la escuela —dijo simplemente y elevó la vista, mostrando una fina petulencia—. Dicen que sólo te está usando para ser reina del baile. No tiene otro interés en mente.

Poof se mordió el labio inferior y agachó la cabeza. Foop no se lo podía creer. ¿Iba a echarse a llorar? Eso parecía. Y una parte de él por poco lamentó haber abierto la boca. Unos segundos más tarde, Poof infló el pecho para liberar un hondo suspiro de causa imposible de identificar.

—Está bien —dijo el hada irguiéndose—. Si te digo esto ¿prometes que quedará entre nosotros?

Ese giro Foop no se lo esperaba, pero aun así supo que sólo existía una respuesta correcta.

—No prometo nada.

Correcta para un genio malvado.

—Entonces no te digo nada —resolvió Poof, encogiéndose de hombros.

Foop ya sabía que era verdad. No necesitaba confirmación. No obstante, la actitud de Poof era lo bastante extraña para llamarle la atención.

—No seas idiota —dijo con despreocupación aparente—. Yo tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo que dedicarme a los chismes. Sólo te digo esto por simple curiosidad. No sería un ser de inteligencia superior si no la sintiera de vez en cuando.

Poof lo evaluó por un largo momento, como si algo en su rostro fuera a demostrar que era aspirante de paparazzi.

—De acuerdo —dijo al final, frotando la tiza azul en la punta del palo—. No es muy interesante, la verdad. Es una especie de trato que tenemos ella y yo.

El desconcierto de Foop se sintió como una cachetada en pleno rostro, pero aun así permaneció con expresión neutra.

—Confieso mi intriga.

—No es la gran cosa —respondió Poof, acomodándose para dar a la pelota blanca—. Me habló de eso cuando teníamos diez años. Ella quiere ser la reina del baile porque hará ver mejor su expediente y le permitirá ir a una buena universidad mágica. Pretende volverse guía de turismo universal. Con todo lo que ya hace creo que es suficiente, pero ella es muy perfeccionista. A mí no me molesta hacerle el favor, así que acepté. Es todo.

Poof golpeó, deshaciendo la forma, consiguiendo acertar con una. Pero como lo habían acordado, dejó que Foop jugara a su vez. El anti—hada consiguió meter dos y utilizó la tiza de la misma forma en que había visto. No necesitaba preguntar cuál era su función ya que fácilmente se lo deducía.

—Asumo por tus palabras que no estás enamorado de ella —dijo, controlando cuidadosamente su voz para sonar apenas interesada.

Estaba tan aliviado que era extraño que no se viera flotar.

—Bueno, ella me agrada —dijo Poof. Foop erró el tiro. Mientras el hada de pelo lila se ponía en posición, siguió hablando—. Me agrada estar con ella y es genial, pero no soporto hacer mucho de lo que ella quiere que haga. Leer a los ancianos y ayudar en los orfanatos es algo aburrido, para ser sincero. Prefiero hacer cosas como estas.

Un pequeño murciélago dio pasos inciertos alrededor de los pies de Foop. Este lo pateó hacia una esquina pretendiendo que no lo había visto.

—Mejor —respondió inspeccionando el techo.

Movió la pluma sutilmente, consiguiendo que Poof metiera dos pelotas de un tiro. Así podía quedarse en las sombras y esperar que el sonrojo de su rostro disminuyera.

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