AntiOdio. 9

Capítulo 9: El plan Pixie

—La reunión número dos millones para dominar el universo —dijo H.P con su voz monótona, a la cabeza de la mesa en la sala de reuniones— oficialmente entra en sesión. Denme buenas ideas, chicos.

Sus empleados permanecieron quietos, aburridos todo en sus trajes de grises, mirando al lado opuesto. Uno de ellos se adelantó con una pantalla de proyección bajo el brazo. Mientras tanto, otro Pixies se encargó de conectar el proyector y apagar las luces. Cuando todo estuvo listo el primer Pixie señaló con un puntero las imágenes plasmadas sobre la superficie blanca un gráfico de barra, concentrándose especialmente en una muy pronunciada barra negra. Abajo, para más detalle, se leía “oscuridad”. Al lado una barra blanca mucho más baja decía “luz.” Aun antes de que empezara a hablar H.P se inclinó hacia adelante, descansando el mentón sobre el dorso de la mano. Podía ver que eso era prometedor.

—Examinamos las acciones universales hace unas semanas —dijo el Pixie al frente— y descubrimos un aumento inusual en las acciones de la oscuridad. Como saben, vemos cosas así de vez en cuando así que decidimos esperar para determinar si el cambio se mantenía constante o sólo era una falsa alarma. Sin embargo, en estos últimos días hemos observado que las acciones no hacen más que aumentar en perjuicio de la luz y, aunque desconozcamos las causas, pensamos que es una oportunidad única que no debemos desaprovechar. Nadie de momento ha comprado. Si nosotros lo hacemos, seremos los primeros. En cuanto los números lleguen a los diez millones —agregó, señalando la linea que llegaba hasta la parte superior de la pantalla— tendremos el absoluto control de la oscuridad.

Los Pixies miraron, tras encenderse las luces, miraron a su jefe. Ninguno mostraba la menor emoción en sus expresiones neutras, pero H.P sabía que estaban ansiosos por oír su opinión. H.P observó de nuevo las gráficas arqueando una ceja y observó a su empleado en frente.

—¿Dices que en más de 2000 años —empezó— las acciones de la oscuridad han aumentado y nadie ha comprado? ¿Ni siquiera los anti mágicos?

—No. Por alguna extraña y curiosa razón, sólo nosotros lo hemos notado.

—Por alguna extraña y curiosa razón —repitió H.P levantándose unos centimetros de su asiento, reflexivo—. La última vez los anti mágicos se nos adelantaron y no creo que necesite recordarle a nadie lo que sucedió entonces.

Los empleados asintieron. Un par de frentes se fruncieron y gotas de sudor se deslizaron a causa de los malos recuerdos. En el mundo perfecto que los anti—mágicos buscaban, los pixies no existían. No existir era una experiencia que sólo basta vivirla una vez y aun así sobra. H.P cabeceó, satisfecho de que fueran conscientes de lo que significaba el hecho, y esbozó una de sus pocas sonrisas.

—Comprenlo todo —ordenó—. Tenemos el dinero para ello. Si todo sale como lo planeamos, nuestra aburrida utopía se hará realidad.

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La pequeña grieta en el reloj se había convertido en una rajadura. Ahora sólo un idiota podría no verla. El guardián, por no ser idiota, continuó mordiéndose las uñas de la mano derecho cuando en la izquierda ya no pudo hacerlo. No era sólo eso si no que parecía que ahora faltaba arena.

—¿Y? —dijo el pequeño asistente. Un joven hado de los bosques especialmente seleccionado entre millones hace varios años, pero todavía ignorante de muchas cosas. Su trabajo más que nada consistía en ver y aprender. Como algo así nunca había sucedido durante su aprendizaje, no sabía por qué tanta preocupación—. Queda un montón de arena dentro. ¿Qué problema hay si se sale un poco?

El guardián lo miró con el ceño fruncido.

—Oh, no es nada —dijo desdeñoso—. Absolutamente nada. Sólo la completa y total destrucción del universo tal y como lo conocemos.

—De acuerdo —dijo el asistente, sin estar seguro si hablaba en serio o se trataba de pura exageración.

Desde siempre había dudado un poco de la estabilidad mental de su maestro. Definitivamente estar solo tanto tiempo no le había hecho bien. Esperó una explicación más larga, que al poco tiempo llegó. Cuando terminó, comprendió que era justo su temor.

—¿Y qué hacemos? —preguntó.

—Antes que nada debemos determinar el daño —dijo el guardián, elevándose en el aire y señalando la abertura—. Hay que saber cuánto se ha perdido para decidir qué medidas tomar.

El aprendiz miró la parte baja del reloj. Arena blanca, sumamente importante pero tan común en su forma como la encontrada en cualquier playa.

—¿Y cómo se hará eso?

El guardián agitó el bastón que siempre tenía y el aprendiz de pronto se encontró sentado en una superficie blanda. Se miró las manos, su asiento y elevó la vista para darse con la imagen distorsionada de su maestro a través del cristal.

—Tú lo contarás —dijo el viejo maestro. Movió de nuevo el bastón y el aprendiz vio frente a él una hoja de pergamino—. Ese es el número exacto de granos de arena que debe haber. No tiene que faltar ni uno. Vendré a verte cada 12 horas para evitar que mueras de hambre.

El aprendiz no podía articular una palabra. El pergamino era más largo que él mismo y el número no parecía terminar nunca. Vio de nuevo la arena sobre la que había aterrizado. Si el viejo hablaba de volver cada 12 horas, podía prever que tardaría más de un día en esa tarea. Pero no podía reclamar. No podía protestar. Ya lo intentó una vez cuando le hicieron reparar las puertas de cuatro metros él solo. El maestro sólo le recordó lo que había acordado hacer el día que entró ahí: hacer caso de lo que le dijeran sus superiores, no importara qué tan ridículo, molesto o agotador fuera. Y renunciar también era imposible.

—Usa este marcador para no tener que repetir —le indicó el guardián arrojándole el instrumento por la abertura—. Esperaré los resultados.

Entonces descendió, desapareciendo de la vista del aprendiz al pasar del horizonte blanco.

—Odio este trabajo —comentó a nadie en particular.

En ese mismo momento, en el Anti Mundo, Anti-Cosmo bebió su té de media tarde y lo paladeó suavemente, frunciendo el ceño.

—Querida —dijo a su esposa—, ¿no tienes una extraña sensación?

Anti-Wanda intentaba coser un mantel, luchando a cada vuelta por meter la aguja en el lado opuesto del debido.

—¿Como de qué, querido?

—No estoy seguro —dijo Anti-Cosmo, degustando su té, buscando las palabras para definirlo—. ¿Como si ahora mismo estuviera pasando algo que debería ser de nuestro interés?

Anti-Wanda se rascó la oreja con un pie.

—No —respondió, continuando su labor.

—Oh —manifestó Anti-Cosmo y se encogió de hombros—. Bueno, si es algo importante ya lo sabremos.

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