Ratas del aire

Corrió a todo lo que dieron las piernas y cuando azotó la puerta a sus espaldas, volvió a oír el retumbar demente de su pecho. Junto a eso, su respiración jadeante, intentó oír al techo y alrededores. ¿Se habrían marchado?, se preguntaba. ¿Se habrían ido por fin? Esperó. La casa estaba en completo silencio, ni un coche pasaba por la calle. Aguardó todavía unos minutos, diez, quince, veinte, y por fin se relajó.

Entonces volvieron a oírse. Al principio tan suavemente que pensó eran sus nervios triturándose a sí mismos, la insistencia sadomasoquista de su mente queriendo torturarse con el recuerdo, pero luego ya no lo cupo ninguna duda. Rasgaban el techo y varios aleteos de alas. Ululus perdidos en plazas públicas y restaurantes al aire libre, como chillidos de gatos ahogándose en bolsas hundidas en agua, como mugidos finales antes de caer, como alguien que no puede hacer nada para evitar la partida.

Ha sido una, sólo una puta paloma, se repite encogiéndose en el rincón. Todavía recuerda las pequeñas tripas saliendo disparadas a través del estómago, roto por la presión de su motocicleta. La cagada dejada en su manubrio, lo tonta que se veía esa bestuzuela cojeando con el ala rota. Lo bien que se sintió después y lo mucho que se rió. Ojilos negros jamás vistos cerrados para siempre, incapaces de buscar todo lo que le faltaba. De haber sabido, de haber sabido que ellas no lo aceptarían, la habría pateado simplemente para apartarla de su camino. Después de todo, trasmiten enfermedades, nadie querría tenerlas cerca. Ellas lo vieron, lo vieron, lo vieron. Lo persiguieron por días, desde cada esquina, en cada rincón, ululando, siempre, tintineando en sus oídos con una resonancia de callejón abandonado, rincones que se prohibió por instinto.

Sus amigos decían que no oían nada. ¡Qué iban a oír, con todo ese aleteo! Pero no fue hasta más tarde que oyó algo distinto; no eran como mil hojas suaves agitándose al viento, eran más bien una hoja buena junto a otra más desesperada, tal vez por una falta de resistencia al aire, tal vez por una forma mala en lo que debería ser derecho. Y ellas venían, venían a enderezarlo.

Las semanas se convirtieron en más semanas y los meses en más meses. Los brazos muestran los picotazos que sólo su hogar ha podido detener, la sangre resumando y la piel elevada, desprendida, ignorada. Está cansado de luchar, está cansado de esa tensión quebrando los hilos de su cordura y machacando lo poco que le quedaba. Su trabajo, su pareja, su sueño nocturno… todo engullido por gusanos destinado a deshacerse en estómagos emplumados.

Una avalancha de gris, de blanco, de negro con destellos azules cubre la totalidad de sus ventanas. Revolotean y ululan, todas con el ala rota, algunas con el pico desgarrado, otros con vientres reventados. Empujan y golpean en continua avalancha hasta hacer saltar al vidrio y parecen miles, millones mientras se le lanzan encima. El mundo ha dejado de existir, ahora son sólo él y ellas. Empiezan por lo que tienen más cerca, sus manos, que se alzan para defender los ojos que al final pierde, y luego los labios burlones. Se pelean por un pedazo de lengua afilada como otro mendrugo de pan en el parque.

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