AntiOdio.11

Capítulo 11: Un poco de historia

Lo primero que oyó Foop al despertar fue la voz de Poof.

—¿Crees que soy idiota?

Foop se frotó los ojos para ver mejor el reloj en su mesa de luz. Habían dormido nada más que dos horas y él estaba aferrado al torso de Poof como si no quisiera perderlo ni por un segundo, usando su pecho como una especie de almohada. El hada continuaba desnuda, igual que él. Es decir, no había sido un sueño vívido lo suyo. Era real. Realmente había dado un espectáculo de celos en frente de los idiotas de sus compañeros de escuela y realmente habían hecho… eso. Y no recordaba qué le preguntaron.

—¿Qué?

Poof lo miró. Lo despejado de su estado sugería que llevaba un tiempo despierto pero había permanecido quieto, esperándolo.

—¿Crees que soy idiota?

—¿A cuento de qué viene la pregunta?

Poof lanzó un suspiro y elevó la mirada, observando el techo de la cama. Foop volvió a dejar caer su cabeza, intentando controlar lo agitado de la maquinaria en su interior. ¿Era así como uno se sentía cuando estaba feliz? Parecía absurdo. Se apartó un poco, a fin de acomodarse mejor y no dejar que el otro se diera cuenta. No lo hizo.

—¿Recuerdas lo que dijiste después de que jugáramos en el espacio?

Foop frunció el ceño y puso expresión petulante.

—Por supuesto que me acuerdo. No sería un genio si no tuviera una memoria perfecta. Podría dictarte una a una las palabras que nos dijimos —Pasado un tiempo, agregó—: ¿Pero a qué parte te refieres, específicamente?

Poof continuaba sin verlo.

—Lo de que te alegrabas de que no deberías tomarme por idiota porque aun entonces desconfiaba de ti. Eso no fue hace mucho tiempo, y sin embargo, aquí estoy. Intento recordar por qué desconfiaba de ti y no tengo nada. Por eso digo ¿soy un idiota por quedarme?

Foop recordó la cena familiar en la que Anti—Cosmo le dijo en respuesta a su negativa a creer que Poof le aceptaría. No quería ni imaginar lo que diría si supiera que al fin y al cabo no tenía de otra que darle toda la razón.

—No eres idiota, Poof —dijo con un suspiro, llevándose una mano a la frente. No sabía por qué no lo había pensado antes—. Lo que pasa es que eres uno de los buenos. De los más buenos que conozco. Está en su naturaleza perdonar a los malos, por más ilógico que sea.

Debería empezar a planear cómo convencer a Poof para que sucumba a su lado maligno (que lo tenía, no cabía duda) y dominar el universo a su lado, pero simplemente no quería. No ahora, que todo era tan nuevo y… nuevo.

—¿Tú crees?

—Claro —dijo el anti—hada, ahora irguiéndose en la cama. Observó al hada, acostada tranquilamente en su cama. Una mano yacía encima del pecho. Por su rápida regeneración no tenía marcas pero durante una hora había sido atada al poste, sin ninguna resistencia—. Para ser honesto, yo tampoco tengo mucha idea de lo que ha pasado. No he usado la parte racional de mi cerebro desde que te traje aquí, y ni siquiera sabía lo que iba a hacer entonces. Si alguien merece el epíteto de idiota por lo que sucedió, por definición, ese debería ser yo —Unos segundos más tarde, porque la picazón era muy fuerte, hizo una mueca de oscura advertencia en dirección al hada—. Si repites esas palabras fuera de aquí lo negaré y te haré pasar un infierno.

Poof sonrió, como si le tuviera sin cuidado la amenaza.

—De acuerdo

Se sentó también. La sábana se quedó amontonada en su regazo, curvándose sobre las formas de las piernas. Se miraron mutuamente, reconociendo el reflejo de sus propios cuerpos. Foop percibió que su temperatura corporal aumentaba y supo que si no apartaba la vista, se le acabaría notando físicamente. Por eso ladeó la cabeza y se hizo aparecer un pantalón moviendo la pluma. Poof imitó la acción, pero en lugar de una tela negra, sobre sus piernas apareció la misma rosada que llevaba cuando llegó ahí. También rebuscó en sus bolsillos hasta sacar el celular BlackFairy.

—¿Qué haces? —preguntó Foop, con alarma instintiva.

Después se sintió tonto por ello, pero Poof no se dio cuenta de nada. Siguió tecleando, sacando sonidos del aparato, y no prestó atención a cuando Foop se puso a flotar por sobre su hombre, intentando ver la pantalla.

—¿Algo malo? —preguntó el anti—hada, apoyando el mentón sobre la cabeza lila.

—No lo sé —dijo Poof. Después de dar a un tecla más, dejó el celular de lado y dirigió sus ojos hacia arriba—. Rizos me mandó seis mensajes y tengo cuatro llamadas perdidas de ella.

—Hum —rezongó Foop, descendiendo hasta su cama.

Por más que ahora hubiera reclamado a Poof para sí y éste hubiera aceptado, seguía sin agradarle la mención de la muchacha con la que le había visto tan acaramelado no hacía mucho. Poof se llevó una mano al rostro, con gesto culpable.

—Soy tan imbécil. La dejé ahí sola.

—Oh, vamos, no empieces con el melodrama. Estoy seguro de que Dorados se inventará algo bueno para quedar bien de nuevo —Se cruzó de brazos, defensivo—. Además, ella se lo buscó. Nadie le pidió que fuera tan buena actriz. ¿Qué?

Poof se le había quedado mirando como si de pronto una ecuación complicada se resolviera mágicamente ante sus ojos, pero al darse cuenta de que ponía al otro incómodo, sonrió y le besó en la boca flotando sobre el colchón.

—Nada —dijo, todavía sonriente—. Tienes razón, ella estará bien. Sólo deja que le mande un mensaje para decirle que no se preocupe. Tal vez también deba llamar a mis padres —Miró la pantalla del celular—. Ya es hora de cenar.

—Y tú te quedarás aquí, naturalmente —afirmó Foop, como si ya fuera un hecho. Poof lo miró—. Llamarás para decir que te quedarás a cenar en la casa de un amigo. Inventa que tenemos un proyecto pendiente para que pases la noche también. Sin discusión.

—No iba a discutir. Me parece buena idea.

—Bien. ¿Cuál es tu plato favorito?

La pregunta tomó por sorpresa a Poof. Le gustaban muchas cosas, excepto lo que su padre intentara cocinar. Reflexionó por unos instantes.

—No lo sé. ¿Pizza?

—¿Básica? ¿Sin nada especial encima?

Poof se sintió como si hablara con un camarero demasiado compenetrado con su trabajo, que no hubiera tenido clientes que atender en años. Era la seriedad y falta de emoción con que Foop le hacía las preguntas, sin verlo siquiera, algo incómodo.

—No, básica está bien.

—Bien —repitió Foop y se estiró hacia la mesa de luz que estaba de su lado. Abrió un cajón y sacó algo que podría haber sido una tablet (un aparato que Jeremy había deseado una vez), pero tenía el mismo tamaño que su celular. No tenía botones, era todo táctil. Foop toqueteó algo en la pantalla rápidamente y volvió a guardarlo—. Vamos abajo, la pizza estará en unos momentos.

—No sabía que tenías celular —comentó Poof.

Al ver que el anti—hada ya se ponía en marcha, se colocó nuevamente la camisa pero sin molestarse en abotonarla de nuevo. Foop se detuvo en la puerta y le miró, arqueando una ceja.

—No lo tengo —dijo, con un tono desdeñoso que sugería su perfecta felicidad sin uno. Hizo un ademán hacia el cajón—. Con ese aparato controlo todo lo que sucede en esta casa. Es como un control remoto, pero las funciones incluyen temperatura del castillo, comida, electricidad y otras cosas. Lo instalé cuando tenía seis años. Fue un juego de niños.

—Vaya…

Poof no tenía más palabras para expresar su asombro.

—Supongo que sí es impresionante —admitió Foop, con todo el descaro de la falsa modestia—. ¿Vienes?

—Ah, sí.

Pese al alarde de control tecnológico, mientras descendía por las escaleras, Poof comprobó que el castillo continuaba pareciendo un castillo. Había incontables puertas, todas negras, con sus incontables pasillos y algunas ventanas que dejaban ver el cielo oscuro del Anti—Mundo. Según el reloj todavía no era muy tarde pero afuera se veía como si fuera las 3 A.M., con lo que dedujo que el cielo siempre se veía así.

El comedor era amplio, con una araña de estilo medieval colgando del techo. En lugar de delicados cristales, como en su casa, bajo las luces pendían hierros negros de afilada punta y todo era sostenido por una cadena igualmente negra. La mesa era una tabla larga de madera oscura y las sillas (trece o catorce, si se las veía rápidamente) eran de respaldo alto, elegantes e incomprensiblemente cómodas para la espalda. El color de las sillas era rojo y negro, con lo que más le parecían a Poof parte de la escenografía de una película de terror que parte de una vivienda.

—¿Y bien? —dijo Foop, ocupando la cabecera de la mesa—. ¿Qué te parece la decoración?

El hada frunció el labio, buscando una expresión adecuada, pero la única impresión sincera que podía transmitir era de inquietud.

—Es siniestra —afirmó, mirando los hierros sobre él— y aterradora.

—Gracias por notarlo —respondió Foop, haciendo una breve reverencia—. Esa era la intención. ¿Ya viste los grabados de calavera en el centro de la mesa?

Poof se inclinó un poco hacia adelante y ahora sí, vio a la perfección los bajo relieve que venían a representar la forma de cráneos humanos. De alguna manera el artista se las había arreglado para expresar una agonía indescriptible en esos rostros sin piel ni músculos. Un escalofrío le recorrió la espalda. Tal vez se había apresurado un poco al aceptar la propuesta de Foop sobre ser su posesión. Por su parte, el anti—hada no podía estar más encantado.

—Parecen salidos del infierno, ¿no es cierto?

Poof cabeceó, incapaz de hablar. De pronto, un espacio de las calaveras infernales se abrió, despareciendo por debajo de la mesa, y de ahí salió una bandeja con una pizza recién hecha, de humeante queso. Frente a los dos únicos presentes surgieron mágicamente platos, cubiertos y vasos.

—Ah, tonto de mí, se me olvidó preguntar. ¿Quieres algo de beber?

La voz y actitud de Foop habían cambiado. Ahora era un orgulloso aristócrata teniendo una cena elegante con un varón o un conde. No tanto un servidor eficiente como alguien que gusta de estar a cargo. Mientras hablaba unos brazos mecánicos salieron de la misma bandeja que sostenía la pizza y comenzó a cortarla en triángulos perfectos. Una vez acabado, le sirvió un trozo al dueño de la casa y otro al invitado. Poof ya se sentía la boca húmeda con sólo olerla pero al ver y oler al queso derretido más cerca, pensó que esa sí era la mejor pizza del universo.

—Una gaseosa estaría bien —respondió, apresurándose a tomar tenedor y cuchillo.

Estaban en medio del postre cuando Poof se dio cuenta de que ya no sentía inquietud y volvía a estar tan tranquilo como en la alcoba. Una tarta de chocolate y fresas por la que cualquier panadero se suicidaría, acompañado de un té tibio cuyo sabor no supo identificar.

—El toque clave es sangre de cordero derramada en luna llena —le informó Foop al notar su expresión concentrada.

Al momento Poof escupió y se hizo aparecer otra botella de gaseosa para borrar el sabor anterior de su boca. Foop lanzó una carcajada, al tiempo que una pequeña máquina venía a limpiar el té.

—No puedo creer que cayeras en esa —dijo el anti—hada—. Me queda claro ahora que nunca has probado el canela con manzanilla.

—No le veo la gracia —replicó Poof, dejando aparte de la gaseosa.

El anti—hada continuaba riéndose.

—No es mi culpa si eres tan crédulo, mi estimado.

Poof miró el plato donde estaban los restos de su postre.

Foop todavía tenía la sonrisa en los labios cuando se lo estrelló en la cara. Dio un pequeño giro con la vajilla y lo apartó, revelando la cara desdeñosa cubierta de chocolate y el rojo de las fresas.

—Muy maduro —masculló Foop.

—Es buena para la piel —se justificó el hada, con cara de convencido, y lanzó una carcajada cuando un segundo plato voló en su dirección.

Pronto la tarta dejó de servirles de munición y pasaron a agitar pluma y lápiz respectivamente, haciendo aparecer la mercancía de una docena de panaderías. Parecía una pelea inocente de bolas de nieve, con tanto dulce blanco suelto y frases fanfarronas mezcladas con risas sin malicia. En el comedor era como si hubiera explotado una bomba. A medida que se iban atacando, más se acercaban en lugar de alejarse. O mejor dicho, Foop se aproximaba a punta de pasteles de limón y de bodas, y Poof no hacía más que esquivarlos con un único movimiento antes de responder con otro ataque. Hasta que, impulsivo, envió una torta helada a su contraparte. La torta helada, claro, estaba helada. Como hielo apenas derretido a temperatura ambiente.

Poof se dio cuenta de que había cometido un error cuando lo vio temblar de puro frío y le clavó una mirada asesina.

—Me pasé —reconoció Poof, encogiéndose de hombros con la mitad de una sonrisa.

Pero eso no bastó. Avanzó hacia él, y a cada centímetro que Foop flotaba hacia adelante, Poof lo hacía hacia atrás. No estaba seguro de lo que vendría y por eso no se decidía a escapar. Ni siquiera cuando percibió la dureza de una pared a sus espaldas y los brazos de Foop se apoyaron a sus lados. A pesar de todo, Poof se dio cuenta del olor a dulce que exudaban ambos y se intensificaba en la cercanía. Foop ya casi no temblaba pero los pezones estaban duros, durísimos, y esa era cuanta prueba se necesitaba para saber que todavía no entraba en calor. Poof los vio de reojo, cubiertos parcialmente de la nata de algún misil y un tipo de hambre distinta se abrió paso en su interior.

—Tengo frío —dijo Foop, flexionando los brazos. Poof notó que faltaba poco para que sus pechos se tocaran y era esa distancia, esos pocos números de incertidumbre, la razón de que los pantalones empezaran a molestarle. El tono con que le hablaban, como de autoridad y obediencia esperada, no lo ayudaba a templarse—. Y es sólo por tu culpa. ¿Qué piensas hacer para remediarlo?

—Bueno… —dijo Poof dubitativo, tanteando como un distraído para quitarle el cinturón de encima— se me ocurren un par de cosas. No sé si te interesan.

El dorso de su mano rozó la zona más abajo. A Foop le interesaba. Se besaron. Probaron golosinas que no recordaban haber hecho aparecer, demorándose demasiado en quitarse la ropa para tantear sus pieles. Foop fue el que los limpió en el acto para que no se sintieran pegajosos. Estaba a punto de perder la ropa interior por segunda vez en el día cuando la alarma sonó.

Él supo de inmediato lo que era. Poof sólo se enteró de que un par de luces rojas surgieron de huecos en la pared, girando sobre sí mismos, y una sirena repentina inundó sus oídos.

—¿Qué es eso? —preguntó, tapándose las orejas—. ¿Alarma nuclear?

—No, esa es alarma amarilla —respondió Foop, elevando la voz por sobre la sirena—. Creo que son mis padres. Esa es la alarma de intrusos.

—¿Me voy?

—No, mis trampas se ocuparán de ellos —resumió Foop, haciendo un gesto de indiferencia.

Estuvo dispuesto a seguir. Poof sonrió, aceptándolo. Pero no llegaron a tocarse demasiado cuando una enorme explosión sucedió en medio del comedor, sacando a la mesa de su lugar y desparramando varios pedazos de pasteles ya deshechos. Ambas criaturas se cubrieron los ojos para protegerse del brillo enceguecedor que llenó al oscuro castillo. El polvo mágico hizo imposible ver nada mientras las luces se retrotraían y la sirena se apagaba. Era una alarma de aviso, no de cosas obvias. Todo se desvaneció en menos de unos pocos segundos.

En el centro, sosteniendo su enorme varita, Jorgen Von Strangle permaneció de pie sobre la mesa. El hada observó la escena, la comparó a un campo de batalla, y luego al par de criaturas estupefactas.

Jorgen meneó la cabeza.

—Esperaba que fuera alguna clase de error —dijo con su acento fuerte, y los señaló con la punta de la estrella—. Ustedes dos vendrán conmigo.

Antes de desaparecer de su castillo, Foop alcanzó a oír a Poof murmurar entre dientes una maldición que sin duda su madre no le permitiría.

—En el principio era la oscuridad…

—Oh, por favor, debe ser una broma. ¿Estamos aquí por una lección de historia?

A Jorgen no le gustaba que lo interrumpieran. Dirigió una mirada ceñuda al anti—hada, como así pudiera forzarlo a disculparse, pero Foop no hizo otra cosa que devolverle una de desprecio. Ajeno al enfrentamiento, Poof se puso a mirar los grabados en la pared rocosa. Estaban en la Montaña del Destino. Reconocía la simpleza y tosquedad de los dibujos por las fotos que su mamá conservaba de la vez que Timmy salvó al universo de la Oscuridad. Tenía un nudo en el estómago. Una visita a ese sitio no podía traer nada bueno. El hecho de que Jorgen no aludiera en lo absoluto a lo que había visto en el castillo sólo lo ponía más nervioso.

Para Foop sólo era un inmenso tedio. Con los brazos cruzados y una expresión hosca, cualquiera podía deducir que no se había enterado de dónde estaban. Y no importaba cuánto tiempo Jorgen pretendiera ser duro con él, Foop era el campeón de las malas miradas. Una de las muchas ventajas de haber nacido siendo villano.

—No tenemos tiempo que perder —dijo Jorgen, para así justificar su abandono de la lucha ocular—. Los traje aquí para hablarles de algo muy importante y apreciaría que te reservaras tus comentarios —Foop resopló, perdido el interés—. Mi primo me habló de ti. No eres más que un cúmulo de problemas y lo que estoy a punto de revelarles sólo lo confirma.

Foop giró los ojos. Poof estaba empezando a admirar su capacidad de protegerse de los comentarios negativos.

—¿Y si es tan importante por qué no lo dices de una vez? —lanzó—. Tengo mejores que hacer que escuchar a hadas de dudosa nacionalidad.

—A eso iba —espetó el hada, molesta. Con la luz de su varita señaló una sección de los dibujos que antes entonces permanecía a oscuras. Ahí sólo había un hueco oscuro que parecía no llevar a ninguna parte—. Como decía, antes de ser tan groseramente interrumpido, en el principio era la oscuridad.

Pasó a la siguiente imagen. Esta vez era la imagen de un monigote, hundido en su interior para ser más oscuro que la superficie que lo rodeaba. Estaba inclinado sobre un tablero de ajedrez, sin nadie del otro lado para mover las piezas.

—Como pueden ver en esta imagen representativa, al principio la oscuridad estaba muy sola y aburrida. Para remediarlo la oscuridad creó algo distinto a ella en todo sentido, un opuesto, es decir, la luz.

El dibujo representaba al mismo monigote oscuro de antes, sonriendo ante un monigote más claro que él. Bajo ellos estaba un campo de flores y pequeñas criaturas mágicas, muy felices por la unión.

—Con el nacimiento de la luz, el universo comenzó a formarse. La magia rigió al universo hasta que el monigote oscuro… qué digo, la oscuridad sintió celos de las creaciones de la luz y formó un mundo propio, igual, pero todo lo contrario al otro. Como ese mundo se hizo a partir del de la luz, en cierta forma dependía de éste para funcionar. En el complejo funcionamiento de todas las cosas, los dos mundos eran un reflejo del otro y todo lo que le sucedía a uno acababa afectando de forma similar al otro. Esta es la historia del origen de los mágicos y anti—mágicos.

Foop lanzó un bostezo.

—Ya lo sabía —dijo Foop, rompiendo cualquier pretensión de dramatismo.

—¿En serio? —preguntó Poof.

Era la primera vez que él lo oía.

—Por supuesto. En el Anti—Mundo es una historia infantil, para recordarnos que nuestra madre fue la madre de ustedes. Mis padres me regalaron el libro cuando tenía 3 años.

—Oh.

—En fin —cortó Jorgen, pasando a otra pared.

Iluminó ahora los dibujos de un hada hembra con su anti. El hada era de pelo esponjoso como actriz de películas de los 30, llevaba un vestido de verano y siempre tenía una cara alegra donde sea que se la viera. Su anti, por el otro lado, parecía un chico de pelo lacio y corto, con pantalones y camiseta con corbata. Tenía un aire de intelectualidad sarcástica e ironía intrínseca, lo que hacía difícil imaginarla siquiera fingiendo alegría. Ambas aparecían tomadas de la mano o abrazadas a la otra. Jorgen miró a Foop con expresión desafiante, pero al ver que éste sólo respondía con un encogimiento de hombros continuó con su narración:

—Ellas son Linda y Anti—Linda. Hace dos mil años, no se sabe bien cómo, comenzaron a encontrarse cada vez más seguido, generando entre ambas un apego que pasó a convertirse en una relación más que amistosa.

Por primera vez que se aparecieron, Poof y Foop compartieron una mirada. A ninguno le agradaba el matiz que las palabras de Jorgen estaban tomando.

—Los padres de Linda eran unos reconocidos ladrones de tumbas egipcias, mientras los de Anti—Linda eran maestros de cerámica en un pequeño pueblo en el Anti—Mundo. Dada esta extraña combinación de mal karma con buen karma, para el universo ellas eran iguales. Esto generó que el delicado equilibrio del destino del universo se desequilibrara y resultara en algo que en circunstancias normales no debería suceder —Dejó pasar unos segundos tiempo para generar mayor expectativa. A su pesar, Foop sintió que lo lograba—. La oscuridad tomó el lugar de la luz como fuerza dominante.

Pasaron a un último grabado, el más grande que habían visto. Arriba había dos criaturas, un anti—hada y un Pixie, y abajo dos escenarios distintos. En uno, todas las criaturas tenían orejas puntiagudas y alas de murciélago, sonrisas con colmillos, bajo una luna perenne y permanente. En el otro, todos llevaban trajes de ejecutivo y tecleaban algo dentro de sus pequeños cubículos. No había que ser un genio para deducir el significado tras eso. Un universo de sólo anti—hadas y un universo de sólo Pixies.

—Y en la subasta, quién sabe podría ganar —agregó Jorgen, con impreso pesar.

—¿Qué? —dijo Poof.

—¿Qué rayos tiene que ver una subasta con todo esto?

Jorgen suspiró. Les hizo un gesto para que lo siguieran, pero sólo dio unos cuantos pasos hacia atrás y les enseñó lo que había. Esta vez se trataba de una enorme oficina donde un especie de Buda que comía Burger Kings atendía a las manos alzadas de anti—hadas y Pixies. Todas las manos llevaban billetes gruesos y tras el Buda se veía una puerta cerrada.

—Desde que este sujeto tomó el mando de la oscuridad, hace tres mil años —indicó Jorgen, señalando al gordo— el mando de la oscuridad ya es exclusivo de sus primeros hijos, las anti—hadas, si no que puede ser adquirido también por los Pixies si tienen el dinero necesario. Está en su derecho de hacerlo así porque es el heredero de los primeros en equilibrar el universo.

Foop miró a Poof. Con ver su consternación, se enteró que no era el único que no se lo creía.

—De modo que —dijo Foop, volviendo hacia Jorgen su escepticismo— nos estás diciendo que el destino del universo recae en manos del mejor postor.

—Básicamente sí.

—¿Por qué? —preguntó Poof.

—Bueno, alguna oportunidad debían tener los demás, ¿no? Además la subasta sólo iba a darse cuando el gran reloj del destino se rompiera y con él, el equilibrio de todo. Y hoy me he enterado que ha sido precisamente eso lo que ha sucedido. La arena del reloj se está escapando y sólo cuando las energías del bien y el mal vuelvan a sus niveles de antes podrá volver a la normalidad. Yo al principio no lo creí, pero luego de haber oído el informe de los karmas de todas las criaturas y verlos a ustedes juntos he debido rendirme a la verdad.

Foop clavó los dedos en su antebrazo. Se estaba imaginando adónde quería llegar Jorgen con toda esa cháchara.

—Sin embargo, todavía no es demasiado tarde —dijo Jorgen—. Existe la posibilidad de que el reloj pueda repararse, puesto que no han salido los suficientes granos de arena para que la oscuridad sea liberada. Pero será necesario tiempo para que eso pase. Y por supuesto, que ustedes dos deshagan cualquier relación que tengan.

Poof no salía de su asombro. Su mente todavía no procesaba toda esa información nueva que llegaba y, a decir verdad, una parte suya se negaba a hacerlo. Foop apretó tan duro los dientes y dedos que comenzaban a dolerles, pero no le importaba. De pronto, la imagen de un peinado verde manzana irrumpió en su memoria y deseó tener algo sobre lo que descargar el puño. Esa maldita bruja le había mentido. Le había asegurado que nada de aquello iba a repercutir en su contra en el futuro lejano o cercano.

—¿O si no qué? —masculló con ferocidad.

—¿Como que si no qué? Si no la oscuridad dominará al universo. Nos convertiremos todos en clichés de supervillanos o oficinistas. La única razón por la que no lo somos ahora es porque el reloj volvió a romperse gracias al descuido de un asistente al limpiarlo, y dada la seguridad actual será imposible que algo así pueda volver a suceder.

—Bueno, si resulta que los anti—mágicos se apoderan del universo, eso sólo puede resultar beneficioso para mí ¿no es cierto? —Foop hablaba como si le explicara a un niño corto de entendederas que, por más que rezongue, dos y dos siempre serán cuatro—. Así que lo pregunto nuevamente. ¿Qué razón tengo para hacerte caso?

Jorgen le dirigió una mirada severa. No estaba acostumbrado a que se pusiera en duda su autoridad. Sobretodo uno de esos chiquitos que en realidad son el resultado de miles de híbridos y no descendientes directos de las primeras hadas, como los miembros de su familia. Parecían capaces de permanecer así por horas y horas, pero entonces Jorgen se irguió, confiado, y lanzó una simple declaración.

—Si no lo hacen, los acusaré con sus padres.

 

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