Apuestas inseguras

Claim: Ace/Myrrot.

Género: Yaoi, PWP.

Resumen: Myrrot creía que lo tenía en el bolsillo. No podía estar más equivocado.

Myrrot se removió en su sitio. La falda era una cosa. El lazo de su cabeza podría dejarlo pasar. Pero esas malditas ligas y ropa interior se le vivían metiendo entre las nalgas, y era mucho el esfuerzo que debía emplear para no vivir sacándosela de ahí. A cada paso que daba se le metían más y más. Y las botas esas … ¿acaso existían humanas que caminaban con ellas? Caminó un poco y se inclinó hacia un mueble, sirviéndose de él como apoyo. Quedó un momento incómodo y agitó un poco su parte posterior en dirección a su único espectador. Oyó un silbido admirativo, de aprobación.

“Las cosas que hago por este sujeto”, se dijo Myrrot. Pero él se lo había buscado, ¿no? A sabiendas había apostado en ese juego de cartas, confiando tan plenamente en su habilidad en juegos de manos que casi no se dio cuenta de que las cartas que Ace puso ante sí eran, de hecho, las ganadoras.

Había olvidado que las reglas eran diferentes a las de su mundo.

De haber ganado Ace le habría permitido follárselo. El hombre le había dicho que odiaba perder, pero lo habría hecho. No podía saber si eso era cierto o no, pero se había comprometido a aceptar su fantasía particular, siempre y cuando no lo volviera en el espectáculo de nadie. Ya era demasiado siquiera pensarlo. Hacerlo y ser la burla de algún extraño, inaceptable.

Pensaba que se veía ridículo, pero al parecer a Ace le gustaba. Meneó las caderas mientras recuperaba el equilibrio y se ponía de espaldas al mueble. Imitaba algunas de las poses de revistas que había visto en su planeta. Su propia erección le dolía a la vez que avergonzaba. Apretaba contra la delicada tela y los elásticos la presionaban por un lado. A un gesto suyo, se sentó sobre su rodilla. Percibió el gel que usaba en el cabello, su colonia importada de no sabía dónde, y logró calmarse. En esas semanas que llevaba con él como su protector había aprendido a identificarlo como una presencia benigna.

Le manoseó el punto donde las piernas se unían.

—¿De verdad esto te gusta? —preguntó, todavía un poco incrédulo—. Me siento un payaso.

—Tú siempre has parecido un payaso —acotó él, sobándole la tanga hinchada—. Nada más que ahora eres una puta payasita para mi disfrute.

Myrrot sonrió un poco. No le molestaban esa clase de nombres y su compañero le estaba haciendo engendrar deseos de llevarle a la boca lo que le abultaba bajo su mano. Él se abrió la bragueta. Le resultó un alivio tener que agacharse en lugar de seguir presionando los dedos de sus pies. Agitando las nalgas que levantaba ostensiblemente, sabiendo que Ace no dejaba de verlo ahí también. Nada de azúcar, nada de dulce. Amargo y húmedo, intenso. Incluso antes de haber aterrizado ahí esa era de sus habilidades mejor practicadas.

Chupa con un hambre que causaría desmayos en los mojigatos. Lame como para tragarse el líquido que a través de la piel lo endurece e hincha tanto. No muerde, porque ya aprendió que eso no le gusta a su amigo, pero la forma en que mueve la mandíbula y deja hundir la punta hasta donde puede parece sugerir que le encantaría devorárselo para acabar con una sonrisa. Percibe la camisa de Ace en su nuca. Recibe un golpe en las nalgas que le arranca un gemido tanto de sorpresa como de placer. No sabe de dónde o en qué momento ha dado con una paleta para golpearle. Una dura, de superficie lisa, de madera supone. Alza las caderas y deja al otro sentir el estremecimiento que le causa en sus continuas caídas.

—Para, me vas a hacer acabar —dice Ace, arrancándolo de su entrepierna con un tirón de cabello.

Myrrot gruñe disconforme. No por el dolor, si no porque le gustaba lo anterior. Ace agita su paleta de madera oscura y barnizada frente a él.

—No seas impaciente, compadre —le conminó. A pesar de su gesto y la firmeza de su mano, sonreía casi divertido—. Me encanta lo que haces pero si sigues voy a acabar antes de hacer todo lo que planeo, y eso no es lo que acordamos.

Ace se levanta. Myrrot oye el cierre de su bragueta mientras espera, arrodillado en el piso. Las piernas un poco alzadas para no sentir las nalgas lastimadas, pero deja que la piel roce de todos modos, para sentir el recuerdo de ese pequeño gusto. El hombre mantiene la camisa fuera del pantalón. Se acerca a la puerta del baño, la abre y le llama con un gesto a unírsele. Myrrot se apoya en la silla para levantarse y camina de forma incierta hasta donde está su amo por hoy. Escucha el taconeo de una forma tal que llega a preguntarse qué le causa realmente saber que él lo está causando, y se sonroja. En el baño no le ayuda a definirse verse en el espejo. Le parece la imagen de una puta inexperta de alguien de gustos sofisticados. Porque basta mirarlo una vez para ver que esas no son prendas cualquiera, baratas. También en su mundo existía la lencería.

La jodida tanga le aprieta otro poco.

Ace le llega por detrás. Pellizca sus nalgas y hace sonar el elástico en su trasero. Myrrot se obliga a mantener sus manos quietas, mordiéndose el labio. Su cuello es mordido, su ropa interior ultraja, su pecho explorado como si realmente fuera algo más que músculos planos. El roce le encanta. Frota su cuerpo contra el otro y recibe con gusto las caricias rudas en su miembro erecto. Las manos de Ace se sienten como un plomo inteligente, controlado, implacable. Le saca el inútil sostén, hace saltar los broches de los ligueros. Le quita delicadamente las botas de tacones imposibles y le mordisquea los dedos cubiertos por la tela oscura de forma juguetona.

Luego (ah, esto sí es humillante) le alza en sus brazos y lo lleva a la ducha.

—Ea, tranquilo, que me estoy sintiendo una novia aquí —le dice entre risas, ardido el rostro.

—Esa es la idea, mi amigo —le contesta Ace de buen talante—. Me encantan las putas, pero más cuando son tíos. No sé por qué es pero tampoco me quejo.

Myrrot se ríe nerviosamente. Entran en la ducha (amplia, para seis personas) y vuelve a sentir el piso bajo sus pies. El frío y el desconcierto se mezclan cuando Ace cierra la puerta de vidrio con él del otro lado. El hombre se apoya con un brazo contra la pared vidriada y sonríe.

—Dame un buen espectáculo —escucha que dice, vagamente distorsionado.

Su aliento hace un círculo neblinoso que desaparece sin hacerse rogar. Y señala la ducha con un movimiento de cabeza. Myrrot por fin entiende y la incomodidad desaparece de su cuerpo. No está familiarizado con el modo de desvestirse de las prostitutas pero le saca provecho a su propio concepto de lo sensual, tan sólo agregándole la justa coquetería. Deja el agua correr y coge la barra de jabón perfumado que hay en un minúsculo estante cerca de ahí. Se empapa el cabello y se lo echa atrás como si acabara de salir de una piscina. Le agrada el cosquilleo de las gotas sobre su espalda y piernas. Moja la barra de jabón y se la frota contra el brazo, casi en medio de un baile, meneando todo el cuerpo a un ritmo que a nadie más conoce. Así se siente mejor, en su elemento. Continúa haciéndolo mientras la espuma aparece y se va de sus brazos. En el pecho se entretiene como un gordo palpándose después de la mejor comilona de su vida, haciendo círculos lentos, de satisfecho regocijo. Cruza las piernas en una parodia del pudor cuando el agua hace más oscura el triángulo de la tanga. Finge sorpresa cuando lo descubre tan alto. Tira del borde elástico con su pulgar y le hace ver su espalda a Ace mientras se lo saca. Inclinarse, separar las piernas y tirar para quitarse el hilo es tanto un alivio como algo extraño.

No lo entiende pero no quiere pensarlo. Prefiere sumergirse en su papel y sacar lo mejor de él. Una zorra transgénero, haciendo un baile desnudista al cliente de turno. Revolea la prenda desde sus ligueros y la tira sobre la puerta de la ducha. Ace la coge en el aire. Le dirige una sonrisa de aprobación y la guarda a la tanga, mojada, en un bolsillo del pantalón dejando salir una de las tiras. Le pide que continúe silenciosamente.

Myrrot disfruta. Se enjabona por entre las nalgas de una forma en que sólo lo hacen en las cual juega alrededor de su ano y entre sus piernas. Se meté un dedo, lo que no le cuesta esfuerzo, y se asegura de hacerlo visible tirando de la carne hacia un costado. Limpia, limpia, tanto que debería brillar y reflejar la mirada lujuriosa de Ace que siente sobre sí. Pasarse la barra de jabón por delante le toma algo más de tiempo pero lo disfruta más. Enjabona los testículos, haciendo bajar y subir lo que en realidad jamás se baja. No es como masturbarse pero por muy poco. Quita el líquido que calienta en su mano, la siente viva, sobretodo cuando aprieta. Recuerda fugazmente sus encuentros más audaces. Una cita clandestina en un callejón. Un toma y da en una habitación alquilada por una noche. Sabores probados, dolorosos gustos y desaparición de rostros. Pero por alguna razón, no olvida quién lo está mirando. Por quién es que se toca y está en esa situación. Lo hace agradable pero de una manera diferente a antes imposible de explicar.

Cuando acaba con eso, se quita las medias, ya mojadas, ya jabonosas, inclinándose de espaldas al vidrio. Por un momento no se pregunta si eso es acorde a su papel y se pasa las medias por los muslos y el trasero, cual si se tratara de una toalla y él no podría salir más satisfecho de su baño. Sacude la cabeza, tirando gotas, y sonríe al lanzárselas al otro. Ace vuelve a atajar y vuelve a guardarlas en sus bolsillos. El klowny no hace tanto alarde con sus piernas; es más bien presumir de ellas, exhibiendo que no son ningún par de palitos si no músculos trabajados. Pone todo debajo del chorro húmedo y mira hacia un pequeño nicho cerca suyo donde están las botellas de shampoo y acondicionador caros usados por Ace.

Escucha el ruido siendo golpeado. Voltea. Ace le hace señas para darle a entender que ya es suficiente y puede salir. Como el agua ha estado tibia todo el tiempo su imagen es apenas un poco menos clara y definida. Cierra el grifo. Inmediatamente siente el cambio de temperatura. Sale. El frío le eriza la piel mientras espera, callado. Ace sostiene una toalla, amplia y de color azul en la mano.

—Extiende los brazos —ordena Ace con voz ronca.

Myrrot obedece, como lleva haciendo toda la tarde. Siente un algo curioso cuando el hombre comienza a secarle, pasándole la toalla suavemente por un brazo y luego por el otro. Palpando para que la tela absorba, manejándole como a una muñeca cuando quería doblarle o subirle una extremidad. Prosigue con su espalda, una mano sobre el hombro para tenerlo quieto. El pecho, de pezones erectos, y una cosquilla agradable en su miembro bajo.

—¿Tu mami te trataba así de pequeño? —pregunta Ace de repente, sin descuidar su trabajo.

—No desde que cumplí los 80 años —responde Myrrot, sonrojándose incomprensiblemente y desviando la mirada—. Decía que ya era grande para ocuparme solo.

—Entonces ahora eres como un niño de nuevo —dice el hombre, secándole el rostro—. ¿Qué te parece?

Myrrot no lo había pensado así pero admite que así es, y tal vez eso fuera lo extraño. Se siente vulnerado de una manera que no lo había conseguido ni la desnudez o la lencería. Pequeño (aunque era tan alto como Ace) e indefenso (aunque no era así). La impresión se le daba el simple hecho de ser tratado así ante otro.

—Bien, supongo —responde.

Ace sonríe, como si supiera exactamente lo que había más allá de ese bien, pero se mantiene en silencio mientras acaba con la parte superior de su cuerpo. Se pone a sus espaldas y le revuelve el pelo, secándoselo y dejándolo echado hacia atrás. Luego se arrodilla en el suelo, frente a él.

—Pon aquí el pie, compadre —le indica, palmeando su rodilla.

Vuelve a obedecer. Tampoco es que tenga otra opción. Su erección es incómodamente ignorada mientras Ace va desde el comienzo de su pierna hasta el punto en que se dobla y más tarde la pantorrilla. El pie, el espacio entre sus dedos son igualmente pasados. Una risa ligera va y viene al compás de las cosquillas. Se repite todo con la gemela.

—Ya está —anuncia por fin el hombre, levantándose.

El klowny aguarda. Ya no le hace tanto frío pero de alguna forma el calor de adentro es como el latido de su corazón, continuo e irreparable. Ace deja colgada la toalla en un gancho y se arremanga las mangas. Se acerca. Dobla la espalda, y antes de que Myrrot pueda decir algo, ya lo toma de las piernas para llevarlo en brazos directamente.

—¿No te cansas de eso? —inquirió el alien, sorprendido.

—Nope —contesta Ace, alegre, volviéndose.

Lo lleva a su enorme cama, con sábanas importadas de no recordaba dónde. Percibe, vago pero inconfundible, el aroma del gel que usa su dueño en la cabeza y lo aspira profundamente, relajando sus músculos recién bañados. Ace le agarra una mano. La lleva por el otro lado sosteniendo la otra donde está. Está bocarriba bajo él, olfateando su colonia, incapaz de protestar por algo más que una simple apuesta. Su cuerpo está tal como vino a su mundo. Ace como si acabara de volver de una reunión de negocios. De estar en peligro, podría enviarle una larga serie de malabares explosivos o crear clones que lo reduzcan en cuestión de segundos. Podría también darle una patada donde más le duela. Pero nada de eso le cruza siquiera por la mente. Siente el roce de los pantalones sobre sus piernas y le gusta estar así, como si realmente no pudiera evitar el que el hombre haga lo que quiera con su cuerpo.

—¿Te gusta esto, zorra? —dice Ace con voz ronca. Acomoda sus piernas y le toca en la entrepierna sensibilizada con una rodilla. Aun a través de la tela debe sentir que arde. Debe hacerlo porque lo toquetea insistente—. ¿Qué te parece? Podría haberte arrancado de tu esquina, donde follabas por veinte dólares con cualquiera que pasara, quitarte la mugre de encima y joderte como quiera —Mordida en el cuello—. Pero no pienses que te voy a cobrar, porque no pienso dejarte ir. Pienso tenerte aquí como mi zorra particular, gimiendo y abriendo las piernas cada vez que yo lo desee. ¿Algo de eso te agrada?

Entonces Myrrot se da cuenta de que tenía la boca seca. No sabía cuándo empezó a respirar por otra vía. Se lame los labios y asiente con la cabeza.

—Sí… sí, eso me gustaría.

El peso de su gruesa mano sobre el corazón, la lengua sobre la piel del pezón. Todo le gusta, no puede negarlo.

—Sí, úsame como quieras.

Adónde se ha ido su orgullo, no sabe. Por qué no siente pena de mostrarse así le deja sin cuidado. Siempre ha sido masoquista pero presiente que ha cruzado algún límite. Que algo ha cambiado y no hay vuelta atrás. Lo desea, sin embargo.

Sus piernas se abren, su interior es explorado. Manos ásperas, seguras y fuertes. Caricias rudas donde menos desea delicadezas de pluma. Un escupitajo reduce cualquier problema. Myrrot los cuenta sin ocultar sus gemidos de anticipación. Dos, tres, cuatro… Girando, separando, entrando y saliendo. Es fuerte y no teme demostrarlo. Uno de sus dedos va más allá, no puede saber si por accidente o intención, pero choca con un punto que le arquea toda la espalda y le hace sentir una especie de calambre en las piernas.

—¡Ah, no sabía que realmente lo tuvieras! —se asombra Ace y repite su acción.

Myrrot gime más alto y más alto mantiene su cuerpo, como en busca de todo su brazo. Ace debe inclinarse para emplear más saliva y hacer más fácil que continúe penetrando. Está presionando como para meter toda su mano pero no lo hace. Abre tanto como para meter el dedo más largo de la otra mano y meterse con la razón de que Myrrot crea que su autocontrol está a punto de desaparecer. Ni siquiera es sólo eso, ni siquiera tiene ese consuelo. Es la molestia y el dolor y la piel estirándose, el músculo que se resiente… es todo. Es todo.

——————

A la mañana siguiente, Myrrot se despierta con un grito de sorpresa. Ace se levanta sonriente y divertido. El klowny se ríe.

—Viejo, si querías morder al menos avisa.

—Y una mierda —dijo Ace sentándose—. ¿Recuerdas cuál era el trato que hicimos?

—Sí, ¿qué con eso?

Ace suspira.

—El trato era “hacer lo que yo diga durante 24 horas” —La sonrisa de Myrrot se desvanece al oírle—. ¿Ya ves? Esas 24 horas todavía no han terminado. No hasta las 9 de la noche de hoy.

Myrrot no sabe qué decir. Está asombrado y (no puede evitarlo) algo caliente por lo que imagina podría salir de Ace para el resto del día.

—Pedí que hoy fuera mi día libre. ¿Sabes qué significa?

Ace vuelve a inclinarse sobre su cuerpo. El cabello, sin gel que lo controle, le hace unas cosquillas suaves en el estómago bajo. Myrrot no puede hacer menos que volver a acostarse en la cama y mantener sus manos quietas.

—Eso creo…

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Un pensamiento en “Apuestas inseguras

  1. Oye sinceramente?

    LO AMÉ!

    Amo absolutamente cada cosa del relato: los fetiches, la actitud de Ace, lo masoquista y sumiso de Myrrot… es DELICIOSO. Lo adoro, lo adoro, lo adoro!

    Está bocarriba bajo él, olfateando su colonia, incapaz de protestar por algo más que una simple apuesta. Su cuerpo está tal como vino a su mundo. Ace como si acabara de volver de una reunión de negocios.

    Me encantó esta parte. Myrrot transpira vulnerabilidad y sumisión totales!

    Gracias por este hermoso regalo de navidad, mi Señora Candy! ❤ *la estruja mucho*

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