Dos negativos no hacen un positivo. 2

Capítulo 2

En el tiempo que llevaba ahí Timmy ya había terminado de jugar con todos los videojuegos que le permitieron tener. Dos veces. Así que cuando Anti Cosmo le invitó a dar un paseo por el jardín su aburrimiento había llegado al extremo de aceptarlo sin protestas, que de todos modos de nada habrían servido. Al menos esta vez no fue tan malo como otras veces. Rechazó los intentos de Anti Cosmo por llevar una conversación amistosa, cada ataque más patético que el anterior en su opinión, hasta que recorrieron todo el castillo unas tres veces y por fin el anti dijo que ya era de volver adentro.

Comenzó a notar algo extraño al ver que el anti le seguía por las escaleras y continuaba hablando sin importarle en los más minimo que le respondiera o no. Parecía animado y feliz parloteaba sobre lo que quería. Tal vez esa fuera su manera de vengarse por lo de la fiesta arruinada, aunque si tal era el caso perdía su tiempo. Le bastaba con desconectar su mente para desentenderse de él; sólo le hacía algo ligeramente más difícil por un vago sentimiento de inquietud.

Para cuando llegó frente a su cuarto estaba preparado para recibir cualquier cosa. Otro juguete ridículo que le haría más comunicativo, otro videojuego. Una mesa de futbolito para que jugaran juntos, cuyo final sería el mismo que el de tenis de mesa, es decir, acumulando polvo. No le caería mal una bicicleta. Abrió la puerta 0scura, escuchó el chirrido que reclamaba unas gotas de aceite y miró simulando a la perfección su curiosidad.

Su cuarto era tres veces más grande que el que tenía en casa de sus padres. Al principio no registró nada nuevo: vio un sofá azul que podía masajear la espalda y el trasero presionando un botón, el control inalámbrico para la Wii, varios accesorios para simular diferentes actividades, una guitarra eléctrica que no tocó más que un par de veces y una pantalla plana que no podía ver de cerca sin quedarse con los ojos rojos de tan abiertos. Se fijó atentamente en la pila de videojuegos al lado del sofá; no parecía haber cambiado.

Se adelantó, extrañado, y apenas si se fijó en que Anti Cosmo volaba más allá de su cabeza y se ponía cerca de su cama. En cuanto lo miró se percató de algo nuevo. Las cortinas de su cama estaban corridas. Antes de salir no estaban así. Dejó colgar sus manos fuera de los bolsillos, como diciendo “no me importa” mientras Anti Cosmo sostenía la cuerda para descorrer.

—Mi querido muchacho, he pensado mucho acerca de nuestra situación actual y he llegado a la conclusión de que tal vez te he descuidado —dijo con su acento británico, haciendo parecer su discurso como el de un caballero explicando a un comité de otros caballeros el resultado de su investigación científica.

Timmy arqueó una ceja y lo dio una mirada de alguien a quien bien poco le importa lo que el profesor esté enseñando.

—Si bien te he dado con la máxima generosidad que me ha sido posible todo aquello que has deseado, pensé que tal vez no quisieras pasar el tiempo con un anti hada mayor como yo —”¿En serio?” le respondió Timmy con una expresión que también decía que no le gustaba no estar en su propia casa, tener que estar rodeado de tanto negro, que siempre fuera de noche afuera y no poder ver a ninguna de las personas que conocía. Todas esas cosas que sólo podía manifestar en silencio porque, si lo dijera, lo haría todo un poco más insoportable—. Es por eso que he pensado que tal vez apreciarías más una compañía más acorde a tu edad.

Las cortinas se abrieron. Lo que es un preludio elegante para decir que Timmy vio a un muchacho sentado a su cama. Era alto, delgado, de piel morena y usaba una ropa sacada de una película de época, sombrero de copa incluido. El cabello negro y revuelto. Al ser revelado esbozó una sonrisa maliciosa que remarcó aun más sus colmillos y ojos rojos.

—Buenas tardes, Timmy Turner —dijo el joven, una lengua viperina haciendo que siseara un poco—. ¿O debería decir buenas noches? Es un poco difícil decirlo en este lugar.

Timmy se volteó al anti hada en espera de explicaciones. La primera idea que se le cruzó por la mente era que se trataba de un clon hecho clandestinamente, con el propósito de inquietarlo haciéndolo temer un reemplazo y por fin cooperaría. Si ese era el plan ya podían olvidarse de él. No iba a caer tan fácil.

—¿Y bien? —dijo, cruzando los brazos—. ¿Cómo se supone que debo llamarte? ¿Timmy Dos?

La sonrisa del Timmy moreno desapareció.

—No me reconoces, ¿cierto? —inquirió, atenuando el siseo.

—Por supuesto que sí —respondió Timmy con una falsa sonrisa alegre—. Te veo cada mañana en el espejo. Excepto que yo no luzco como un fanático del conde Drácula ni hablo como serpiente. ¿Se supone que ese es un homenaje a Voldemort? Ahora bien, ¿qué está pasando aquí?

Anti Cosmo abrió la boca para responder, sin duda sorprendido por su reacción, pero el Timmy moreno levantó una mano.

—Deseo que te calles —dijo y en el acto Anti Cosmo se agarró la garganta, moviendo los labios sin emitir sonido.

Parecía tan desconcertado como sorprendido. Timmy tuvo que admitir que eso le gustó y esbozó una media sonrisa de satisfacción; lo más cercano a una sonrisa que había tenido en meses. El otro Timmy saltó de la cama y se adelantó. Las pesadas botas sonaron con un tintineo de cadenas. Su mirada era imponente rubí y parecía capaz de congelar al infierno sólo con un gesto de desprecio. Timmy lo esperó de brazos cruzados, disimulando que no le afectaba en nada pensar que podrían destruirlo en ese momento. Se le ocurrió pensar en Cosmo, Wanda, Poof e incluso al par de idiotas de sus padres allá en casa. Jamás se enteró de qué sucedió con ellos después de que desapareciera. Ni si lo buscaban o no. O si lo extrañaban.

Tal vez no. ¿Quién podía decirlo?

El otro Timmy se detuvo a un par de pasos de distancia. En verdad podría ser su reflejo, un reflejo maligno. Pero por alguna razón no transmitía una sensación de peligro inminente. Era como estar en frente de un león dormido. O un monstruo que no va a hacerte daño porque no llegaste a su nivel, para usar una analogía más apropiada para un muchacho que se la pasa en videojuegos. Timmy bajó un poco las manos que había subido instintivamente para protegerse. Un poco nada más.

—Hace casi dos años deseaste hacer todo lo opuesto que tus padres te dijeran —comenzó a explicar el otro—. Tu estúpido padre dijo “se bueno.”

—Y me volví malo —completó Timmy, mirándole con extrañeza. Recordaba todo lo que había hecho entonces como si fuera parte de una película en 3D. En ningún momento se había detenido a ver su cara cambiada en un espejo. Así debió lucir—. Pero creí que tú habrías desaparecido una vez regresé a la normalidad. ¿Cómo es posible que estés aquí?

—Todos los deseos deshechos fueron destinados a la Isla de los Indeseados (1), incluyéndome. Ese sujeto —dijo, señalando con el pulgar al mudo anti hada— anduvo por ahí buscando deseos que no quisieran tu destrucción, dispuestos a vivir contigo y hacerte de compañeros de juegos. Prácticamente fui el único que se ofreció, y creo que ahora me estarán considerando un traidor por ello —Sus hombros se agitaron un poco, como si le causara gracia que sus viejos compañeros tuvieran esa opinión de él—. Los demás estaban contentos con saber que sufrías aquí —informó con sádica diversión.

—Ah —dijo Timmy, dejando caer sus brazos definitivamente. Un compañero de juegos, sólo eso. Lo triste es que no sabía si era un alivio o no. Ni siquiera pensó en eso—. ¿Y por qué te ofreciste?

—Estaba harto de tus copias sirvientes —dijo él con una sonrisa despectiva—. Torturar a alguien que siempre está sonriendo y apenas grita de dolor pierde su gracia fácilmente.

Timmy sintió un ligero estremecimiento en su espina dorsal, pero se las arregló para mantenerse de brazos cruzados y sonreír con desafío.

—¿Así que viniste para poder torturar a la versión original?

El Timmy moreno dejó de sonreír y le dirigió una mirada extraña, como de apremio. O de que tuviera cuidado con sus palabras. Timmy no supo cómo interpretarla y su miedo tornó a ser incomodidad, parecido al sentimiento de haber dicho algo que no debía.

—Deseo que vuelvas a hablar —dijo el otro Timmy, sin volverse al anti hada.

El ser suspiró de alivio y se aclaró la garganta ostensiblemente mientras se acercaba al par de jóvenes.

—Como puedes ver, Timothy, Nega Timmy tiene la misma autoridad que tú para pedir deseos, ya que técnicamente es una parte de ti —explicó el falso británico, dirigiéndole una mirada poco amistosa al responsable de su silencio temporal.

Nega Timmy (un nombre no muy original, si le preguntaban al original) sonrió al oírle.

—Deseo que digas “soy una incompetente criatura mágica y más tonto que una mula” —ordenó alegremente. Parecía un niño disfrutando de quemar una hormiga.

—Soy una incompetente criatura mágica y más tonto que una mula —repitió Anti Cosmo mecánicamente, y apenas pronunció la última palabra su rostro azulado se volvió casi morado de la furia—. ¡Ya es suficiente de juegos infantiles! ¡No es esto para lo que te traje!

Nega Timmy guiñó un ojo en dirección a Timmy, fuera del alcance del monóculo mágico. El pequeño gesto cómplice dejó desconcertado al otro.

—Deseo que te des un cabezazo en la puerta y te retires —manifestó el moreno.

Anti Cosmo, con los dientes a punto de astillarse por lo apretados que los tenía, agitó la varita azul. Una nube de polvo azul lo envolvió y en cuanto se disipó un poco Anti Cosmo salió disparado contra una pared. La cabeza no causó ningún ruido, fue la pared la que sonó al resquebrajarse debajo. Tambaleándose en el aire, el monóculo roto y colgante, Anti Cosmo descendió y salió por la puerta abierta.

—No olvides cerrar la puerta —le recordó Nega Timmy.

El anti le dirigió una mirada rencorosa sobre el hombro. No sólo cerró si no dio un portazo que hizo más larga la grieta hecha arriba. Timmy se dio cuenta por fin de que se estaba sonriendo. Sonriendo de verdad, invadido de un sentimiento de victoria parecido a cuanto tomó el lanzallamas y comenzó a dirigirlo a todos los antis reunidos. Y cuando volvió su atención a Nega Timmy se percató de que éste tenía una expresión parecida, pero más relajada y como de alguien más experimentado.

El mayor cambio introducido por Nega fue que muchas cosas que eran una pasaron a ser dos. Las camas, los controles de juegos, los armarios, los sofás. El cuarto tuvo que ser algo más ampliado para tener espacio suficiente. Y la creación de un gimnasio totalmente equipado adyacente a la habitación.

De todos, ese fue el único que Timmy realmente notó. Nega (así dijo que prefería ser llamado) apenas tocaba algo más en el cuarto que no fuera la puerta del baño o su lecho. Mientras Timmy veía horas de televisión o intentaba pasar un nuevo nivel Nega se encerrada ahí, haciendo quién sabe qué hasta la hora de la cena y de vuelta a lo mismo hasta la hora de dormir. Apenas se dirigían la palabra y cuando era así, Timmy siempre se quedaba con la impresión de que sus intervenciones no eran bienvenidas. Lo extraño es que frente a Anti Cosmo era pura simpatía: hacía comentarios ingeniosos, alababa la comida y hacía sutiles movimientos para inflar el ego del dueño del castillo, de modo que éste nunca viera que lejos de él se volvía tan taciturno como una roca.

Se preguntaba si las personas debían soportar cosas así con hermanos con los que no tuvieran nada en común. Y junto al aburrimiento, surgía la vaga curiosidad por saber qué pretendía el moreno. Jamás hizo ademán de herirle. Nunca hizo nada por ofenderle. Ni siquiera cuando dijo que más entretenido hubiera sido que Anti Cosmo trajera el perrito saltarín de Dark Laser tuvo otra reacción que encogerse de hombros. Sin embargo, hacía todo lo posible por permanecer en su sitio.

Un día en que el último monstruo del último nivel de su juego acabó con su vida por décimo tercera vez, Timmy arrojó el control lejos de sí y lanzó un largo suspiro de frustración. Por el rabillo del ojo vio que la puerta del gimnasio de Nega estaba entreabierta. Era la primera vez que se daba cuenta y, nuevamente, se encontró preguntándose qué sucedería ahí.

Aun no se decidía a realizar todo el proceso de sacar su trasero del sofá (que de todos modos era muy cómodo) y averiguarlo por su cuenta cuando una mano, más parecida a una garra, asomó por el borde y su mismo rostro, pero más oscuro, apareció.

Nega miró alrededor del cuarto, a las cuatro esquinas, elevó un poco la vista y finalmente vio al par celeste.

—Estoy en mi descanso de diez minutos —explicó tranquilamente, apenas frunciendo el ceño. Todavía le salía el siseo de una serpiente pero hacía tiempo había dejado de sonar amenazante—. Oí un ruido. ¿Foop volvió a meterse?

Timmy se percató de que no llevaba las ropas oscuras de siempre. O no todas al menos. Estaba vestido con nada más que unos pantaloncillos negros de una tela brillante. Se hallaba sudoroso y su piel brillaba por la luz a sus espaldas. Los mechones de cabello desordenado se le pegaban a la frente.

—No —explicó el joven y medio sonrió como un derrotista resignado, sin saber por qué—, es que me volvieron a matar. Tal vez si tuviera un compañero sería más fácil acabarlo…

Timmy lo había insinuado miles de veces, tan directo como un puñetazo y tan sutil como una brisa. Siempre recibía la misma respuesta, pero prueba de que todavía era un niño debía ser que aún esperaba llegar al día en que oyera algo diferente y descubriera que su reflejo maligno era una compañía agradable. Después de todo, nunca habían estado juntos y despiertos el suficiente tiempo para averiguarlo.

—No, gracias —respondió Nega, sin querer variar la rutina, y volvió al interior del gimnasio.

No cerró del todo la puerta, Timmy supuso, por si al bebé de la casa se le ocurría armar desastres. Se enderezó de nuevo y vio la pantalla plasma preguntándole si quería renunciar al juego o empezarlo de nuevo. Escogió renunciar y mientras guardaba el CD en su caja, se encontró mirando sobre su hombro la puerta. Una vez había entrado, cuando Nega se la mostró para confirmar que no se trataba de un laboratorio secreto donde pensaba realizar sus malvados experimentos, como él le había acusado de mantener. Tuvo que aceptar que era tan común como cualquier gimnasio donde los miembros pagaban cierta cantidad a fin de mes. Ni siquiera después de encender o apagar todas las luces desaparecieron los espejos que iban de pared a pared, los aparatos para correr, las pesas, la bolsa de boxeo o la entrada al vestuario. Nada maligno a la vista, a menos que fuera maligno perder el tiempo así.

“Esto debe ser estar desesperado” pensó, poniéndose de pie. En la televisión ya sabía que no habría nada bueno. Los videojuegos ya le habían dejado su cuota de dolor en los dedos. Ver a Nega golpear una bolsa de quién sabe cuántos kilos, sin prestarle la más mínima atención, de repente prometía ser mucho más entretenido que quedarse ahí. Se levantó, abandonado el relajante soporte de sus posaderas, y se adelantó hasta tener el picaporte de la puerta en la mano. Miró adentro.

Nada había cambiado desde la última vez. Apenas si había uno o dos nuevos aparatos, cuyo uso apenas si pudo imaginarse. Nega estaba ahí, entrenando con su sombra mientras le daba la espalda. Timmy se metió adentro y se quedó como inseguro de qué modo sería recibido ahí. Mientras permaneció en su sitio, cerca de la puerta, se fijó en el modo en que su reflejo trabajaba. Nunca lo había visto sin todas esas prendas de otra época que se ponía, excepto una o dos veces en que lo vio cambiándose la ropa de día por un pijama. Entonces la luz ya estaba apagada y tenían a la luna para guiarlos en sus pequeños rituales pre—sueño, por lo que Timmy nunca había tenido oportunidad de apreciar los cambios producidos en un cuerpo que debería ser igual al suyo.

Ese parecido que podría haberlos hecho gemelos se había ido al diablo. Nega tenía los músculos más marcados, la espalda más ancha y la cintura estrecha. Incluso las pantorrillas eran más gruesas que las suyas y gracias a los espejos pudo apreciar que sus abdominales eran una sucesión de sutiles cuadrados. Estaba aún lejos de parecerse a los luchadores de peso pesado tal cual aparecían en televisión, pero igual lucía como alguien capaz de llegar ahí.

Timmy se vio en otro de los espejos y se percató de lo mucho que se había descuidado desde que llegara ahí. Era un fantasma del niño animoso y amante de los deseos extremos que era antes. Ese niño se había quedado junto a su familia y estaba feliz de la vida comiendo dulces y jugando videojuegos que no le aburrían, mientras él era una cáscara desmejorada. Pálido, ojeroso, cabello teñido para ser negro y una bolsa de carne arriba del pantalón producto de haber pasado tantas horas sentado, moviendo nada más que los dedos de vez en cuando. La ropa negra que Anti Cosmo le forzaba a usar parecía resaltar todos sus defectos y volverlos más patéticos, como a una criatura nacida para siempre estar a punto de llorar. Para colmo, estaba llegándole el estirón, haciendo sus brazos más delgados, sus piernas más torpes y su rostro más cadavérico.

Al percatarse de eso, de lo que había crecido y empeorado, tuvo el súbito impulso de hacer eso justamente, con incluso mayor desconsuelo que antes, pero se contuvo. No estaba solo. En el mismo momento en que sus ojos comenzaron a picarle advirtió que Nega había detenido sus golpes y lo miraba.

—¿Sí? —dijo el moreno.

Su pecho de pre adolescente bajaba y subía aceleradamente. Con el antebrazo se apartó el cabello negro natural. Quitando las orejas puntiagudas, los colmillos y la mirada perpetuamente maliciosa, podría ser un extra en una de esas series de chicos ricos y bien parecidos. Hasta podría ser el protagonista. Timmy se vio de nuevo las tripas colgantes, luego al estómago liso y sintió un acceso de asco hacia sí mismo. Era como si no sólo le hubieran derrotado en los videojuegos y él lo hubiera permitido alegremente.

—Ne—ne—nega… —dijo, aguantando un sollozo en el fondo de su garganta— ¿te importaría… ayudarme? —Esbozó una sonrisa taimada, nada alegre ni entusiasta—. No me siento bien.

Timmy no sabía bien qué esperaba obtener al pronunciar esas palabras. Sólo sabía que no podía continuar así. No podía. Ver su reflejo (el real, del espejo) le hacía estremecer de vergüenza y dolor.

Nega asintió con la cabeza. Sin ningún ademán de triunfo, sin mostrar lo que le alegraba la pena ajena, pero de alguna manera como si estuviera serenamente satisfecho.

—Estaba esperando que lo dijeras. Quítate la camiseta y empezaremos.


(1) En inglés “Unwish Island.” No recuerdo cómo se lo traducía en la serie, pero el traslado aproximado sería ese. Si alguien tiene más claro, me encantaría una corrección.

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