Dos negativos no hacen un positivo. 3

Capítulo 3

Aunque Anti Cosmo no tenía idea de a qué exactamente atribuirle el cambio producido en Timmy, lo vio como señal de que finalmente su plan estaba dando resultado. Por supuesto que el muchacho no se había vuelto pura sonrisas ni nada por el estilo, pero ya no andaba por todas partes como alma en pena, dando una vergonzosa lástima a sus ojos. Estaba más serio, cierto, pero tranquilo. Las ojeras bajo sus ojos, que, siendo honestos, le habían preocupado un tanto estaban empezando a desaparecer y los comentarios sarcásticos a pedido de nadie se estaban volviendo cada vez más infrecuentes. Hasta su tolerancia respecto a las exigencias de Foop había florecido de una manera extraña y el anti empezaba a verlo como señal de que por fin se estaba habituando a su nuevo ambiente.

Interceptó a Nega en uno de los pastillos superiores. El joven moreno andaba en camino de dejar una mina abandonada por Foop en el cuarto del bebé y apenas le dio una media sonrisa de malicia como saludo, sin detenerse.

—Estoy muy impresionado con tu logro, mi joven amigo —le dijo complacido.

Nega abrió la puerta y antes de que unos tentáculos morados salieran de ahí arrojó la mina dentro, cerrando de un portazo.

—¿Qué cosa? —preguntó.

—Debo decir, al principio estaba un poco preocupado de que Timothy fuera demasiado obstinado en permitir otra compañía con él y que todo resultara ser un gran fracaso.

Nega asintió con la cabeza, girando los ojos para sus adentros. ¡Cómo le encantaba a esa criatura andarse con rodeos! En eso parecía realmente un británico.

—Pero, tal como son las cosas, mis temores debieron ser infundados. Estás haciendo un trabajo aceptable de momento, pero sólo obtendrás tu recompensa una vez nosotros hayamos conseguido lo que deseamos. Sigue manteniéndolo animado y en menos tiempo del esperado podrás disfrutar de tu ansiada libertad —acabó con una sonrisa de complicidad.

Nega se la devolvió, aunque por razones diferentes a las que Anti Cosmo podría figurarse y la criatura mágica, satisfecha, dio la media vuelta para marcharse. La sonrisa de Nega siguió en su rostro.

—Tengo que preguntar —dijo Timmy, apenas sin aliento, luego de haber tomado un largo trago de la botella que Nega le había alcanzado. Tenía la garganta rasposa como una alfombra de cerdas muy duras y el sudor que le cubría podría haber sido aceite en el cuerpo de un modelo para darle más brillo—. ¿Por qué un gimnasio?

Nega le pasó una toalla. Entre el momento en que Timmy había acercado la botella a sus labios y la había apartado tuvo tiempo de buscar dos para cada uno. El moreno se sentó a su vera en el banco y revolvió su cabello húmedo en la tela antes de responderle.

—¿Qué quieres decir?

—Digo… —dijo. Tomó otro sorbo—, si todo lo que querías era un lugar donde pudiéramos hablar sin que nos molestaran ¿por qué no una sala insonorizada? Podrías fingir ser un mezclador de música o algo así.

Nega lo miró, escéptico.

—¿Acaso tengo pinta de discjockey?

Con los pelos revueltos la tenía más bien de punk, valoró Timmy.

—Tampoco la tienes de boxeador —comentó.

—Nunca confíes en las apariencias —dijo Nega filosóficamente y se empapó la cabeza con el agua embotellada. El cabello, antes elevado en puntas locas, se convirtió en un manto negro sobre su cráneo. Se lo echó hacia atrás y ahora lució como un mafioso—. ¿Es que tienes algún problema con el gimnasio?

Timmy miró el espejo a su lado y contempló con cierto placer lo esbeltas que se habían vuelto sus piernas, lo grueso de sus brazos y la ausencia de panza. La primera vez que los cambios fueron notables en él podría haberse quedado horas contemplándose, fascinado como un verdadero Narciso. Ahora sólo sentía cierto orgullo porque ese cuerpo se había formado por su propio esfuerzo.

—No está mal —afirmó encogiéndose de hombros.

—Lo deseé por dos razones básicamente —dijo Nega—. Una era porque sabía que si fuera una biblioteca o un laboratorio Anti Cosmo iba a entrar cuando quisiera y sería imposible hablar en paz. Algo que involucre actividad física jamás iba a interesarle. Tiene piernas como lápices y corre más lento que un anciano. Lo noté en la transmisión de las Olimpiadas Mágicas. Un niño de ocho años podría haberle derrotado.

—Y sin embargo derrotó a Cosmo —replicó Timmy sin poder contenerse, apretando tan duro la botella que algo de líquido se derramó.

Nega lo ignoró. Solía hacerlo cuando le daban esos arranques, como si no hubieran pasado o no fuera su asunto, No por eso Timmy dejaba de reprochárselos, a sabiendas de que tampoco podía evitarlo.

Un pelo. Por un maldito pelo no estaba en su casa, junto a su familia y amigos. Ahora algo del dolor se había diluido y sólo quedaba en el fondo una sensación de impotente rabia, ciega pero centrada en una cabellera azul y un monóculo brillante sobre verde. Esa ira parecía haber surgido a la par de los litros de agua sudada, forjada en los levantamientos de pesas, los golpes al saco y quién sabe qué más.

—No fue más que suerte —afirmó Nega sin la menor duda, todavía sin voltearse hacia él—. La segunda razón fue que me cansé de verte ampliar el trasero frente al televisor.

Los ojos rojos miraron el reloj colgado en una pared y esperó en el silencio hasta que su descanso de diez minutos finalizara.

—¿Ya recuperaste el aliento? —preguntó. Timmy dio un cabeceo—. Entonces continuemos.

Nega se levantó, mientras Timmy lanzaba un rezongo, sin moverse. Nega tomó los extremos de la toalla que su doble se había puesto por los hombros, le dio la vuelta y elevó su mentón. Por la forma en que se cruzaban los extremos también estaba ahogándolo un poco. Los ojos de Timmy, molestos pero no furiosos. La impávida mirada de Nega.

—Arriba —dijo.

—Ya, ya —respondió Timmy a duras penas y soltó un jadeo cuando se vio liberado.

Se levantó, frotándose el cuello y dejando la toalla de lado. Paró junto a Nega y dejó que le pusiera nuevamente las cintas alrededor de las manos. No importaba cuántas veces su doble le indicara cómo hacerlo jamás le salía bien esa parte. El contacto, incómodo al principio se había vuelto algo tan corriente como el hecho de compartir cuarto y espacio. Luego le calzó los guantes y los movió desde arriba para asegurarse de que estuviera bien ajustados. Lo estaban. Cuatro dedos estaban obligados a mantenerse doblados mientras el pequeño pulgar salía de un tubo. Aunque ya llevaba mucho tiempo poniéndoselos y quitándoselos, abrió y cerró el puño para acostumbrarse a la presión. Nega se preparó sin ayuda de nadie, como un experto fumando su cigarrillo favorito.

No, en realidad Nega no tenía pinta de luchador. En los primeros días de entrenamiento él no pudo evitar preguntarse de dónde diablos le había venido aquellas habilidades, hasta que finalmente se aventuró a preguntarle de forma directa.

—Internet —se limitó a decir, esquivando sus puñetazos.

Eran torpes y todo el cuerpo se le iba detrás del brazo. Nega se detenía con frecuencia para indicarle cómo se hacía. Luego esperaba que le diera uno bueno a su palma abierta. Más tarde le tocaba esquivar los suyos. Uno, puño a la izquierda, dos, a la derecha, tres, apártate. Las rutinas eran sencillas, acordes a su nivel. Y todavía no estaba satisfecho. Si algo había hecho esa mínima respuesta era el vago recuerdo de su parecido y pasado, y se preguntó si el otro lo creía tan crédulo como él sabía que eran sus padres. Nega se dio cuenta de su extrañeza y rectificó.

—En la isla teníamos una conexión. Perdimos ocho clones tuyos en busca de ella y computadoras con las cuales usarla, pero a nadie le importó demasiado —Timmy frunció el ceño—. Ya estaba aburrido así que me puse a investigar. Vi un curso de boxeo en miotube y creí que sería una buena forma de matar el tiempo. Abajo —Timmy se agachó—. Hazlo más rápido para la próxima. Como sea, usaba tus clones como bolsas para practicar y cocos como guantes. Derecho.

Timmy dio un salto a la izquierda. Nega casi sonrió.

—Bien.

—Eres bueno —afirmó Timmy sin ninguna intención, sólo dando su parecer.

—Diría lo mismo pero todavía te falta. Mantén los pies en movimiento —respondió Nega, sin suavizarse.

Era inflexible pero paciente. Y Timmy realmente quería aprender. El dolor en sus músculos por tanto uso se sentía mejor que el dolor en su trasero por estar todo el día sentado. El sudor le refrescaba de una manera increíblemente satisfactoria. La adrenalina dejando temblar sus manos quietas era como agradables cosquillas de pura energía. Sin embargo, no fue así desde siempre.

Le molestaba, se quejaba, odiaba el cansancio. Lanzaba todos los insultos habidos y por haber a Nega cada vez que le pedía que hiciera otra abdominal. Creía que por fin estaba viendo su malignidad salir a la luz. ¿Acaso no se daba cuenta de que estaba harto, cansado, irritado, con sueño, hambre y quién sabe qué más? ¿No podían tomar un descanso de diez minutos, de veinte, de tres horas? Nega no le dio cuerda. Nunca le dijo algo para corresponder a los insultos. Su rostro era una piedra perfecta ante los sobrenombres, los gritos, las pataletas. Y eso lo hacía todavía más frustrante.

Un día ya no pudo aguantar más. Por más que hiciera lo que le decían, no veía ninguna mejora en sí y tener en frente ese cuerpo ya trabajado lo hacía sentir todavía más gordo, más flojo e incapaz de cambiarlo. Empezaban todos los días practicar una simple rutina que consistía en dar vueltas y dar determinados golpes con un cierto ritmo. Uno, dos, como una marcha de soldados. Timmy tenía dificultades para recordar cada movimiento y continuaba se equivocaba, estirando el brazo que no era o agachándose antes de tiempo. Nega, como era usual, no dejaba escapar ninguna equivocación y ahí fue cuando empezó a molestarse. Luego, cuando por fin estaba habituándose, Nega aumentó la velocidad y volvió a desorientarlo. No se inclinó cuando tendría que haberlo hecho y por eso recibió el empujón, que no puñetazo, de Nega en toda la cara. Su postura había sido incorrecta, su impaciencia demasiada, y así se demostró cuando sólo eso bastó para desestabilizarlo por completo.

Resbaló en el suelo (rechinido, rechinido de malditas zapatillas deportivas). Para no caerse del todo alargó un brazo, quedando en una posición ridícula, el trasero tocando la fría madera y una pierna extendida. Los dedos le dolieron pues al tratar de enderezarlos les agregaba la presión del guante curvo. Nega juntó los pies y lo miró. No hizo nada, nada para quitarle la vergüenza de encima por un accidente tan tonto, nada para hacerle algo menos patético de lo que ya lo hacía. Timmy lo despreció doblemente por eso. Y aunque ni siquiera tenía ganas de interpretar su mirada, le pareció que había condescendencia en ella.

Era el colmo. Ya no iba a aguantar más. Desde ahí en el suelo se quitó todo, los estúpidos e incómodos guantes, las malditas e interminables cintas, esas zapatillas que ni siquiera eran suyas, si no un par de Nega que, por supuesto, le calzaban perfecto porque tenían la misma maldita talla. Arrojó todo lo más lejos posible de él y se levantó. Sin echar un vistazo atrás se dirigió a la puerta, dándole la espalda al otro.

—¿Renuncias ahora? —preguntó Nega.

Ni aun entonces se había movido de su lugar. Timmy no se tomó la molestia de responderle. Dejó que el azote de la puerta respondiera muy bien por él. Entró en el baño de la habitación rápidamente, como si temiera que alguien lo viera. Se quitó esos pantaloncillos brillantes (celestes, para variar entre tanto negro), los calcetines blancos y la ropa interior. Lo dejó todo tirado en el rincón donde tenía el cesto de la basura, sin acertarle con nada y sin importarle. Había dos duchas amplias. Entró en la de la izquierda y activó el agua. Sólo cuando las gotas tibias empezaron a caer sobre su coronilla dejó caer las lágrimas que no sabía desde hacía cuánto tiempo venía reteniendo.

Hubiera dado lo que fuera, lo que fuera con tal de volver a casa. Incluso escuchar a Vicky habría sido un placer, siempre que tuviera a Cosmo, Wanda y Poof. No lo entendía. ¿Cómo era posible que hubiera acabado así, convertido en un completo fracasado? Ni siquiera podía hacer una maldita cosa bien. Debería haberse cosido el trasero al sillón frente al televisor y esperar que la comida chatarra hiciera su trabajo. Qué importaba que todo lo que apareciera ahora fuera estúpido o aburrido. Con algo así, viendo actores que podían ser tan ficticios como las caricaturas, aunque fueran perfectos en cámara, nunca volvería a sentir tan intensamente todo lo que ya no estaba a su alcance. Amigos, juguetes, risas. Cochinas risas pregrabadas.

El golpe en la puerta de la ducha le espantó. Estaba polarizada de ambos lados. Nadie de afuera podría verlo por mucho que lo intentara, del mismo modo que él no podía ver a nadie de afuera. Todo por causa del sentido del pudor de Anti Cosmo. Nada más se distinguía un largo manchón oscuro. Cualquiera que fuera, daba igual. No quería ver a nadie ahora.

—¡Largo! —le gritó.

—Tenemos que hablar —le respondieron.

Nega. Timmy negó con la cabeza, aunque no hacía ninguna falta.

—No. Me cansé. Vete de una vez y déjame en paz.

—¿Vas a renunciar?

¡Por amor al cielo! ¿Qué tan necia podía ser una persona?

—¿No es obvio? Sí, renuncio a tu estúpido entrenamiento. Ni que me sirvieran de algo.

—Dijiste que querías hacerlo.

Diablos, ¿por qué tenía que recordárselo? Como si no fuera suficiente con lo que de por sí tenía en el fondo de su cabeza.

—Cambié de opinión —dijo, conteniendo un sollozo y esperando sinceramente que no se notara.

—Eso sería una estupidez —determinó Nega, tranquilamente.

Siempre hacía eso, notó Timmy. Sin importar cómo estuviera, siempre permanecía como si a él no le afectara nada. Como si le diera igual. Como si fuera un gusano por el cual no valiera la pena preocuparse. ¿Por qué no sólo podía irse y ya?

—Pues soy estúpido —replicó, quebrándole la voz.

—Sal —insistió Nega.

Timmy se pasó una mano por las mejillas empapadas y volvió a negar.

—No.

—Bien —escuchó desde afuera.

Creyó que eso sería todo. Que al fin Nega había entendido el mensaje y se marcharía, dejándole tener su baño, pero se equivocó. Se percató de ello cuando sintió una corriente helada de aire en la espalda y antes de darse vuelta por completo Nega ya había cerrado la puerta luego de haber entrado. Timmy se llevó las manos directo a la entrepierna, apretándose contra la pared, como un animalillo asustado. ¿Qué iba a hacer? ¿Gritarle? ¿Pegarle? El hecho de que él estuviera completamente desnudo mientras Nega exactamente igual que en el gimnasio lo hacía sentir todavía más vulnerable. Las gotas se estrellaron y deslizaron por su cuerpo, aplanándole el cabello. No parecía que nada de eso le afectara. Los ojos rojos parecían demasiado vivos en su rostro. Un lado de su boca se levantaba en un perpetuo gruñido que desvelaba el nacimiento de uno de sus colmillos.

Daba miedo pero también… también había algo de emoción recorriendo a Timmy. Era como si por fin estuviera a punto de ver algo por no lo que no sabía que estaba esperando.

—¿Tienes idea de por qué estoy aquí? —preguntó Nega, apenas separando las mandíbulas—. ¿De por qué acepté venir con Anti Cosmo, a pesar de que tampoco sentía el mayor aprecio por ti y no tenía ninguna gana de hacerte de compañero de juegos? Después de todo tú eres la razón por la que estuve confinado en esa isla.

Timmy se encontró con la lengua trabada. La verdad era que apenas había pensado al respecto. Después de comprobar que no estaba ahí para destruirlo, sustituirlo, sumergirlo en un bote de ácido o causarle algún otro daño físico dejó de interesarse por la razón que lo trajo ahí. Sin peligro a la vista, no había necesidad de hacerlo. Pero ahora que Nega se lo planteaba directamente, pensó que tal vez debió intentar indagar más al respecto.

—No lo sé —respondió débilmente.

—Me harté de la isla. Me harté de ver tu cara sonriente por todas partes y no poder salir a ningún lado. Era un paraíso tropical para los demás, claro que sí, y todos se sentían como si estuvieran en vacaciones. ¿Pero sabes cómo era para mí?

Nega dio un paso al frente y el talón de Timmy dio contra la pared en su intento de dar uno hacia atrás. No había escape posible.

—Para mí era un infierno —continuó el moreno—. Teníamos todas las comodidades que podríamos desear e incluso más, pero no teníamos libertad. No podíamos salir de la isla, por muchos botes que enviáramos al mar, porque la magia de los deseos deshechos nos regresaba al mismo lugar luego de los diez metros. Sólo los clones podían hacerlo. Lo intenté cuatro veces y cuatro veces fui devuelto a la arena antes de rendirme. Entonces Anti Cosmo apareció buscándote un amigo. Tampoco quería estar aquí, encerrado contigo, pero le propuse un trato —Se adelantó otro tanto y esta vez Timmy no reaccionó. Quería escuchar lo que seguía. No podía hacer otra cosa—. Le dije que haría que tú pidieras ese deseo que le permitiera ir a la Tierra libremente, a cambio de que después me permitiera ir también. ¿No lo entiendes? Después de que intentaran destruirte, un deseo desecho sólo puede ser liberado con la magia de un padrino mágico. Y puesto que Anti Cosmo es el tuyo, él era el único que podía sacarme de ahí.

—No pienso pedir ese deseo —replicó Timmy, sacando firmeza de la nada—. No pienso darle esa satisfacción.

Nega sonrió de medio lado, como si estuviera encantado de su respuesta.

—Supuse que dirías eso. Por eso quiero proponerte otro trato.

Otro paso. Timmy sólo lo miró. Aún era bastante consciente de su desnudez y del agua cayendo sobre los dos, pero de alguna forma esos detalles parecían secundarios, menos importantes para el momento.

—¿Interesado? —inquirió Nega, arqueando una ceja.

Timmy frunció el ceño, reluctante. No hizo nada para decir que sí no que no. No acababa de fiarse del moreno, pero, después de todo, ¿en realidad tenía alternativa? En ese lapso de vacilación la sonrisa de Nega desapareció.

—Escucha, nadie va a venir a salvarte –dijo de pronto.

Timmy sabía que no debía, pero de todos modos sintió una punzada en su interior.

—Nadie puede salvarte –reafirmó Nega y su voz parecía extrañamente vacía de fatalismo. Era como afirmar que el color negro era oscuro o el sol brillante. Algo patente, inevitable, y a lo cual hay que resignarse—. Anti Cosmo tiene derecho a ser tu padrino. Cosmo, Wanda y el niño que tienen no podrían hacer nada para sacarte de aquí aunque lo desearan. Creo que no te das cuenta de que si alguna vez quieres volver a verlos únicamente yo puedo ayudarte.

Extendió una mano morena, todavía cubierta por las cintas. Con el agua goteándole el blanco de la tela se había vuelto de un gris claro. Las garras salían de la punta de sus dedos como un Nosferatu moderno. Timmy bajó la vista hacia sus manos unidas para proteger lo poco que le quedaba de intimidad y percibió su rostro hervir. Antes había tenido demasiado miedo para dejar paso a la timidez.

—¿Puedo decirte una respuesta cuando tenga algo de ropa encima? Esto es algo vergonzoso.

—No –respondió Nega como si dijera que no, no podía comer un pastel de chocolate entre los descansos.

A Timmy ni siquiera se le ocurrió discutir. Le parecía que de antemano hubiera sido inútil.

—Bien –se enfurruñó, con la cabeza gacha—. Entonces habla rápido.

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