AntiOdio. 13

Capítulo 13: Qué sorpresa menos placentera

En algún lugar del universo, más allá de las estrellas y un poco a la izquierda, un hombre es el encargado de mantener el equilibrio en el universo. Su nombre era Frank pero ese resultaba ser un dato sin importancia, pues ya todos los que le conocían (y tampoco eran muchos) se habían acostumbrado a pensar en él como el Buda Comehamburguesas. Era así como lo llamaban y nunca pareció molestarse por ello. Sin duda hubiera sido inútil hacerlo, porque sentado en su amplia silla, vistiendo ropas ligeras para combatir el calor, calvo y con una incansable sonrisa de tranquilidad en el rostro siempre y cuando tuviera su orden lista, no había otra forma de definirlo. El brillo dorado de su piel (un bronceado mágico permanente que alguien le dijo una vez resaltaría sus ojos) también volvía complicado ser demasiado imaginativo.

Este hombre vivía confinado en una oficina de tamaño considerable. Tenía ante sí un escritorio donde nunca faltaban lcos envoltorios de sus comidas, una pantalla plana que recibía todos los canales del universo y un gran reloj de arena puesto en un nicho en la pared. La luz encima de éste emitió una luz roja, lo que le distrajo de hincarle el diente a una buena porción de papas fritas que estaban especialmente deliciosas. El reloj era una mera replica de otro que existía que estaba en otro sitio, uno más grande y en el cual se basaba para mantener la arena en su sitio correspondiente. El Buda Comehamburguesa vio, con apenas un alzamiento de ceja, cómo la luz parpadeaba intensamente al empezar a caer los granos de arena en el interior. No era mucha la cantidad a primera vista, pero el mero hecho de que se moviera ya era significativo. Cerca de él había una palanca y, justo a sus espaldas, una amplia ventana dorada que nunca debía abrir a menos que la luz se mantuviera encendida sin interrupción y los granos de arena llenara el fondo. Eso fue lo que le dijeron en su primer día ahí y siempre lo había cumplido.

Cambios de esa índole no se daban muy seguido, pero se daban, y para alguien inmortal que tenía sus milenios que contar, lo mismo podrían suceder con el intervalo de una semana que con el de una década. Por eso se sorprendió tanto cuando un día, de repente, la luz no volvió a apagarse aunque le parecía que sólo había pasado un segundo desde que lo hizo. Estaba ahí, como una abeja sobre su ojo, picándole para que supiera que debía ponerse a trabajar. El Buda miró su reloj muñeca, se dijo que ya era hora de uno de sus cientos de programas favoritos y soltando un suspiro buscó un botón en el fondo de uno de los cajones. Lo encontró cubierto de telarañas y polvo. A él no le parecía que había pasado tanto tiempo desde la última vez que lo tocó, pero ya se había habituado a cosas así de curiosas. Al presionarlo una segunda pantalla apareció a un costado de su escritorio, mostrando dos grandes columnas sobre un fondo negro. La primera tenía escrito debajo “anti—mágicos” y la otra “pixies.” La columna de los pixies estaba llena hasta un poco más de la mitad, mientras que la de al lado permanecía vacía.

Hacía muchos años había implementado ese sistema de subastas para ayudar a pagar las deudas contraídas en los restaurantes. Le daba lo mismo quién ganara. Claro que hubo quienes se sorprendieron, pero no podían hacer nada porque sólo él tenía derecho a escoger cómo se harían las cosas. Aunque sólo fuera un empleado más en ese gran sistema de orden en el universo. Arriba de las dos columnas surgió un reloj de cuenta regresiva, contando un mes para abajo. Con una segunda presión sobre el botón el reloj comenzó a andar hacia atrás. Hasta que todos los números no se pusieran a formar un desfile de ceros parpadeantes, su deber había terminado.

Agarró las papas fritas y las comió con gusto viendo su show favorito número 678. De nuevo la sonrisa de la paz interior.

En la mañana Poof no pudo salir de la cama. Un par de brazos azules se habían ceñido en torno a su cuerpo y, pese al pésimo intento de su dueño por aparentar sueño, cada vez que trataba de deslizarse fuera de la cama los sentía atraerlo de vuelta a su lugar. Eso le había causado una sonrisa la primera vez pero con un vistazo al despertador supo que no podía seguir. La cuarta vez que sucedió liberó un suspiro y miró el rostro de su contraparte. Pretendía dormir, pero su ceño fruncido y los labios apretados como un niño caprichoso desbarataban su intento.

—Tengo que irme —dijo, armándose de paciencia.

—No —respondió raudo el otro, sin abrir los párpados—. Te quedarás aquí.

Poof giró sus ojos. Ahora sabía lo que sentían los osos de peluche. Lo único que le impedía forcejear más fuerte era que a él no le habría importado obedecerlo, de ser otras las circunstancias.

—Tengo que hacerlo. Mis padres ya deben estar a punto de levantarse y además los dos tenemos que ir a la escuela.

—Soy un genio. No necesito la escuela —masculló Foop, sacando el labio inferior con obstinación.

—Pues yo sí —replicó Poof, deslizando un pie hacia el borde de la cama. De inmediato percibió al anti apretarlo contra sí. El aroma de su shampoo le llenó la nariz por un instante y casi, casi cedió a la tentación de mandar al diablo su educación pero al final le pudo la voz de la responsabilidad—. Vamos, todavía tengo que saber qué sucedió con Rizos.

El nombre de su amiga activó algo en el interior de Foop. Abrió los ojos y le clavó una mirada helada tan helada como determinada.

—Poof, si abandonas esta cama, te haré pasar por dolores que ni siquiera puedes imaginar y en comparación el infierno te parecerá un hotel de cinco estrellas con spa incluido.

El hada arqueó una ceja. Luego giró sobre sí mismo y lo besó. “Lo siento, Foop”, pensó, moviendo sus piernas para ponérsele encima, “ya no me creeré ninguna de tus amenazas.” Una de sus manos viajó hacia el lápiz abandonado en la mesita de luz mientras las del anti acariciaban su espalda. Los dedos azulados se metieron debajo de su ropa interior y por un segundo, por un breve momento, Poof se arqueó para llevarlos como gotas de agua hasta más abajo, quizá para que apretaran un poco más fuerte. Pero entonces agitó el lápiz y se vio al lado de la cama, fuera del alcance del anti. Con otra nube de polvo mágico estuvo completamente vestido. Foop lo fulminó con la mirada.

—Lo siento —dijo el hada, sinceramente apenado—, pero tengo que ir a casa. Les dije que volvería temprano de hacer ese presunto proyecto. ¿Acaso has visto a mi madre preocupada o molesta? No es agradable.

—Bien, como gustes —replicó el anti, irguiéndose y dándole la espalda. Se inclinó hacia un lado del lecho como para buscar las prendas que se había quitado y comenzó a calzarse los pantalones.

Poof flotó por el cuarto hasta ponérsele en frente. Como esperaba, el anti volteó el rostro para no verlo, fingiendo que se ajustaba los zapatos. Notó que fruncía los labios y bajaba las cejas en un gesto de testarudez, como si quisiera verle pero sencillamente se forzara a no hacerlo.

—Nos veremos en la escuela, ¿vale? —propuso el hada, conciliador. No podía enfadarse con él por su actitud si resultaba que deseaba lo mismo—. Almorzaremos juntos. Te dejaré desintegrar mi brócoli y convertir a mi leche en un mutante, si quieres.

—Bien —dijo el anti, acabando con un zapato y yendo por el otro. Suspiró con evidente resignación, apoyó las manos sobre la cama y lo miró—. Los combinaré a ambos para que muerdan a todos los duendes, te advierto.

Poof sonrió, animado por esa reacción.

—Mientras no sea mortal.

—¿Desde cuándo perder un dedo lo es?

Foop sonrió con petulante placer y Poof tuvo que fruncir el ceño para no dejar escapar la breve sonrisa culpable que le nacía de adentro. La verdad era que prefería su lado sádico al resentido, pero no iba a reconocerlo en ese momento. Pobres duendes, se dijo para centrarse.

—Hablo en serio —remarcó.

—Yo también —contraatacó Foop, divirtiéndose con el pensamiento.

—Pues no lo hagas. Si te castigan no podremos salir después de clases —dijo, jugando a la única carta que tenía a mano.

Foop hizo un puchero de desilusión muy pronunciado, pero, viendo que no daba ningún resultado, se encogió los hombros. Se levantó para recoger una camisa de su armario.

—Sea lo que sea que hagamos, tú pagas —le avisó por sobre su hombro.

—Bien —aceptó Poof, resignado a su destino. Flotó hacia el anti y le dejó un beso en la mejilla antes de agitar el lápiz—. Nos vemos en la escuela.

Poof desapareció justo en el momento en que Foop dejaba caer la prenda, presa de la impresión. Uno de los más intensos morados se había puesto como por encanto sobre su rostro y se tocó donde había sentido los labios por no más de unos segundos. La vieja máquina en su pecho, hasta entonces tranquila como gato ronroneante, se puso a bombear con la potencia de un tambor vikingo. Cerró los ojos y apoyó su frente contra el espejo, esperando refrescarse. Escuchó el tambor en sus oídos, atento al momento en que se calmara. Creía que ya se había librado de ese mal hábito del inexperto de ponerse colorado por cada cosa pero es que, también, nunca había recibido un gesto tan inocente como ese de nadie más que no fuera su madre. Probablemente tampoco los habría admitido porque eran cosas cursis y tontas, la clase de detalles que sólo entretendrían a los débiles mentales sin imaginación para comprender el supremo deleite que hay en un grito de agonía pura. O al menos eso siempre se decía cuando los veía. Y sin embargo… tenía que admitir que no era desagradable en lo absoluto.

Bajaba por las escaleras para tomar su desayuno cuando la alarma contra intrusos se activó con su alarido usual.

—¿Qué diablos? —preguntó a nadie en voz alta y miró en su reloj.

¿A quién se le ocurriría visitarlo a esas horas de la mañana? Poof no podía ser porque ya había programado durante la noche a la casa para que aceptara su magia tranquilamente. Tal vez fuera Jorgen de nuevo para informarle de que ellos dos acababan de destruir el orden del universo. Como si a él le fuera a importar una cosa así. Pero el hada ya había demostrado que podía burlar todas sus tramas si le apetecía así que fue a abrir sin ninguna gana de ser amistoso. Empujó la palanca de la puerta y el puente levadizo descendió con el dulce rechinido de las cadenas, revelando a sus muy indeseado visitantes. Se quedó de piedra al verlos.

—¿Qué hacen aquí? —dijo, estupefacto.

Su madre y su padre pasaron sobre el puente. Anti Wanda le sonrió tan alegre como siempre y movió los dedos en un gesto de saludo, pero su padre permanecía erguido, serio y con los brazos cruzados. No era la primera vez que lo veía de ese modo, pero hacerlo a esas horas y sin ningún aviso le desconcertó.

—¿Es así como das los buenos días a tus padres? —preguntó Anti Cosmo arqueando una ceja y luego, como si eso no fuera importante ahora, agregó—: ¿Podemos pasar, hijo mío? Sin temer algún dispositivo que nos envíe al otro mundo, de preferencia.

—¿Qué hacen aquí? —repitió Foop, ahora con firmeza.

—Venimos a hablar contigo. Ahora bien, sería mucho más cómodo hacerlo en el interior.

Foop les dirigió una mirada aviesa a los dos seres pero, vencido por la curiosidad, les hizo un gesto para que se adelantaran. Sólo con eso las trampas no actuaron cuando ellos avanzaron, Anti Wanda mirando a todos lados como si una mano mecánica estuviera a punto de apartarla y Anti Cosmo haciendo casi lo mismo, con más desconfianza que miedo. En cuanto ellos pisaron el vestíbulo Foop hizo subir de nuevo el puente y se volvió para reclamar por la perturbación en su hogar, cuando Anti Cosmo se le adelantó:

—Jorgen nos hizo una visita.

La cabeza de Foop pareció liberarse del lastre de la ignorancia al llegar la comprensión.

—¿Tan pronto? —dijo, como si ya lo hubiera esperado aunque en ningún momento se le ocurrió recordar la amenaza del hada—. Ese Von Strangle no tiene la menor idea de lo que son las normas de cortesía básica, ¿no es cierto? Tal vez deberías enseñarle, padre, puesto que ya estuvo aquí ayer y ni siquiera se molestó en tocar la puerta.

—¿Entonces es cierto? —replicó Anti Cosmo apretando los puños—. ¿Te juntaste con tu contraparte y causaste la ruptura del equilibrio del universo? ¿Sin decirnos nada?

—Bueno, padre —dijo Foop con todo el fastidio que sentía—, pasan las dos siguientes cosas: en primer lugar, no es de su incumbencia; en segundo, yo mismo no supe al respecto de ese dichoso equilibrio hasta ayer, en que Jorgen vino.

—¿Cómo te atreves a decir que no es de nuestra incumbencia? —dijo Anti Cosmo, apenas controlando su tono de voz en su afán de parecer tan indignado como británico—. ¿Siquiera concibes una idea de lo que has hecho? ¡Podrías habernos dicho que ese era tu plan y ahora tendríamos el dinero necesario para ganar en la subasta! ¡Ahora, con las acciones cerradas, será un verdadero milagro si conseguimos competir siquiera!

—¡Yo no planeé nada! —espetó Foop, ofendido por alguna razón y sintiendo que el calor facial aumentaba—. ¿Cómo diablos iba a decirles si ni siquiera lo sabía? Quiero decir, yo no puse en ningún lado que acabaría saliendo con él ni nada parecido, sólo…

Se calló. No quería parecer un amante de novela al que descubren engañando diciendo que “sólo pasó”, aunque la poco lógica verdad fuera esa. De pronto se sintió como si hubiera perdido el hilo de sus pensamientos y se ponía más y más rojo, aumentando su frustración. Unas rosas comenzaron a nacer bajo sus pies.

—¿Y a ustedes qué les importa? —intentó de nuevo.

—¡Nos importa, jovencito, porque esta podría haber sido nuestra oportunidad de dominar el universo! —gritó Anti Cosmo sin ninguna contemplación. Parecía extra enojado porque su propio hijo no comprendiera la magnitud de su olvido—. ¡Y ahora, por tu culpa, quizá terminemos todos trabajando en oficinas!

—¿Mi culpa? —recalcó Foop, olvidándose de su poco digna reacción y adoptando una postura de defensiva—. ¿Dices eso a sabiendas de que fuiste precisamente tú el que me dijo que me hiciera amigo suyo? “Júntate con él, tenlo por aliado. Son adolescentes, encontrarán algo en común.” ¡Pues bien, lo hice, padre! ¡Si alguien tiene la culpa de todo esto ese eres tú!

—¡Te dije que te hicieras su amigo, no su… su consorte o algo por el estilo!

—¿Consorte? —repitió Foop, desconcertado, y no pudo evitar la consecuente risa—. ¿Pero en qué siglo crees que estamos, padre? ¡Ni que él me estuviera pagando!

Ahora fue el turno de Anti Cosmo de sonrojarse, escandalizado. Se echó a reír con más fuerza. Es que era tan gracioso, parecía una vieja matrona escuchando la letra de un grupo de rap. Anti Wanda ni siquiera pareció oírlo, aunque tenía una extraña mirada de embeleso en el rostro. A lo mejor había visto un insecto especialmente gordo.

—¡No importa en qué siglo estamos! ¡Lo importante es que el equilibrio del universo peligra y todo por tu ineptitud para seguir unas simples indicaciones! ¡Por no decir plena estupidez!

Foop no podía pensar bien. Estaba furioso, molesto y todo lo que quería era que lo dejaran en paz. No creía que su rostro pudiera ponerse más caliente. Todas las espinas de las rosas cayeron y de entre ellas surgieron conejitos blancos, moviendo los bigotes a los lados de sus naricitas rosadas.

—¡Pues siento mucho que eso te incomode, padre, pero ¿quién diablos eres tú para hablar? —Señaló a su madre—. ¡Tú te casaste con la anti hada más estúpida del universo!

—¡No le hables así a tu madre!

—¿Desde cuándo te importa que le digan la verdad a su cara?

—¡Te creía más listo que esto, Foop! ¡Por lo visto me he equivocado!

Foop abrió la boca para responder pero descubrió que no tenía palabras que dar. Era como si le hubieran aplicado un hechizo de silencio. Recordó la primera mañana que se despertó junto a Poof, tan satisfecho como si hubiera eliminado cuatro mundos de un plumazo.

“¿Crees que soy idiota?” Pero lo que el hada realmente quería decir es “¿cometí un error?” Y él le había dicho que no, que era demasiado bueno y estaba en su naturaleza confiar en otras personas, incluso en los habían intentado herirlo. No era tonto, sólo bueno. En cambio él, que no tenía ningún interés en serlo, se había llamado a sí mismo idiota porque, en realidad, siendo honestos, la pregunta no debería ser en qué estaba pensando porque no pensó en nada durante todo ese tiempo. No tenía excusa para eso. Sólo… pasó.

—Bueno —dijo, mecánicamente, flotando hacia una cuerda disimulada por una cortina—, supongo que no lo soy.

Tiró de la cuerda. Un resorte debajo de sus padres fue liberado, arrojando al par a través de la ventana que se había abierto en el techo. El impulso del viento le agitó unos mechones de cabello y eso fue todo. La porción de piso que se había levantado volvió a su sitio y la ventana se cerró. Se dirigió a su comedor y se sentó en la silla más cercana. Una taza de café y unas tostadas untadas con patas de grillo aparecieron frente a él pero había perdido todo apetito. Apoyó la cabeza contra la fría madera y se dejó ahí, sin ganas de moverse siquiera.

Era un idiota. Se repitió lo mismo las veces que hicieron falta para que perdieran el sentido. Quién sabe si no fue por eso que nunca consiguió destruir a Poof en primer lugar y el karma no tuvo nada que ver. No era tan listo. Se había llevado a sí mismo a una situación en la que no tenía ningún control, sobre la que no podía hacer nada, más que ver suceder las cosas. Poof no hizo nada más que seguirle, que andar por el mismo camino que él trazó sin tener la menor idea de nada. Era un idiota, así de simple.

Escuchó un cloqueo a sus espaldas. Giró, pensando que alguna gallina se había escapado de la cocina, y se dio con un ave azul con la mitad del cuerpo negro. Del pico salían unos dientes torcidos y, por si no fuera ya bastante obvio, un montón de pelo enrulado le coronaba la frente. Los ojos rosas no despegaron los ojos de él mientras agitaba las pequeñas alas, caminando hasta ponerse a sus pies. Foop fijó la vista en el techo y luego hacia abajo.

—¿Vas a decirme por qué no estás volando con padre?

—¡Cocoooo! —dijo su madre—. Iba a hacerlo pero entonces recordé que vine a decirte algo y me transformé en huevo. Entonces vi que por poco iba a romperme contra el piso y me volví gallina. Me encaaaaanta el pollo frito. ¿No tendrás algo de eso por aquí?

—Si quieres ser una caníbal puedes serlo en su castillo —replicó Foop, arqueando una ceja—. ¿Es eso lo que querías decirme?

—¡Oh, no, claro que no! —afirmó la gallina alegre y se apoyó contra su pierna extendiendo las plumas. Foop tardó una fracción de segundo en entender que su madre le estaba abrazando. Ya lo había hecho cientos de veces pero, por alguna razón, le resultó mucho más bochornoso que de costumbre—. Vengo a felicitar a mi pequeño por haberse conseguido quien lo quiera.

Ah, sí, de nuevo estaba el dichoso sonrojo. Eso se estaba volviendo molesto. Debía recordar inventar un botón o algo así que suprimiera esos efectos en su cuerpo.

—Eh, bien, madre —dijo, levantando su pierna hasta la silla—. Puedes retirarte.

—Lo haré, sólo después de que me hayas contestado a una duda que tengo.

Foop se le quedó mirando. ¿Qué duda no iba a caber en la cabeza de una redomada tonta? Pero parecía muy seria mientras esperaba y un hecho de esa magnitud no se daba todos los días.

—Dila de una vez y podré volver a mi desayuno —respondió, resignado.

—Sólo una cosa, mijo —dijo su madre, aleteando con un ala como si le restara hierro al asunto. Aunque con esas alitas tan cortas apenas podría barrer el polvo. Anti Wanda adelantó su cuello y sus ojillos rosas se entrecerraron—. ¿Tú eres feliz con ese Poof, mijo? ¿Te hace bien? Porque si no es así tú deja que mamá Anti Wanda le haga una visita para dejarlo como queso suizo echado a perder. Nadie va a hacer daño a mi pequeño estando yo en el pueblo.

—¡Por el amor a la oscuridad, madre! —exclamó Foop sin poder contenerse.

No podría haberse sentido más avergonzado aunque desperdigara fotos de cuando era bebé por toda la escuela. Era incluso peor. En esa situación bastaba desintegrar a todo aquel que osara reírse, en esa… ¡era su madre pidiendo que le hablara de sus relaciones! Era algo que nunca, ni en sus cálculos más disparatados, podría haber previsto. Había vivido por su cuenta desde que prácticamente nació. Había recibido sus cenas quemadas, sus loncheras llenas de cosas que ni sabía para qué estaban, sus muestras de cariño completamente indeseadas. ¿Pero con qué derecho le venía con eso? ¿Qué se creía? Era inaudito, era indignante, era…

Se quedó sin palabras para describirlo. Se llevó una mano al corazón. No, todavía estaba ahí así que, por deducción, él también debía estarlo e igual su madre.

—¿Y bien, mijo? ¿Tú estás bien con el hada aquel?

Foop se cerró la boca, que había quedado semi abierta tras su grito. Tragó la saliva y clavando la vista en un cuadro bastante gráfico acerca de los efectos de la peste, movió lentamente la cabeza de arriba abajo sin pensarlo demasiado. Pese a todos los inconvenientes que planteaba su relación, sobre eso no tenía la menor duda. Anti Wanda asintió de forma enérgica y los costados de su pico se doblaron en una sonrisa. Foop no la mirada, sólo la veía de costado.

—Entonces no habrá problema. Si tú estás bien, yo estoy bien —afirmó Anti Wanda y flotó (moviendo innecesariamente las alas) hasta otra ventana abierta. El alfeizar se volvió y lo miró igual que cuando había entrado, como si su hijo despidiera alguna bella oscuridad infernal—. Yo siempre pensé que estabas demasiado solito pero eso no será más, ¿verdad? Ojala sean felices, mijo.

Y con una agitación de alas que era tan ridícula como un pico sonriente, Anti Wanda desapareció en el cielo oscuro. Dejando a un más que desconcertado Foop en su sitio. Parecía como si todas sus ideas del universo y sus conocimientos sobre él se hubieran evaporado en el aire.

Cuando Poof apareció en el castillo de sus padres lo hizo en el vestíbulo. Se mantuvo ahí, esperando escuchar cualquier ruido que indicara que estaban en pleno desayuno o que siquiera estaban levantados, pero el lugar estaba en completo. Si bien ese no era un indicio muy confiable en un castillo encantado, Poof prefirió verlo como una buena señal y comenzó a flotar por las escaleras hasta su cuarto. Pasó por la puerta de sus padres, por tres baños, por el salón de la infamia, y finalmente llegó. Estiró su mano para alcanzar el mágico, el divino picaporte cuando sintió la presión de otra sobre su hombro.

—¿Poof?

El hada se volvió. Se trataba de Cosmo, completamente vestido y espabilado. Agradeció a la buena suerte para sus adentros. Con papá no le costaría nada fingir que acababa de levantarse. Alargó los brazos lo más que pudo, quitándose la modorra imaginaria.

—Buenos días, pá —saludó, sonriendo inocente—. ¿Mamá ya está despierta? Yo dormí excelente, allá en la casa de mi compañero. Terminamos el proyecto sin problemas. ¿Y ustedes?

Algo andaba mal. Poof lo notó apenas acabó de hablar. No era sólo que papá no le respondiera al gesto, si no que parecía que le daba igual lo que le dijera. Estaba serio y sostenía un celular verde en la mano. Aun antes de que pronunciara la menor palabra, Poof deseó que no abriera la boca porque sin duda lo que saldría de ella no sería bueno.

—Poof, Jorgen nos llamó hace unos minutos.

—¿Ah… sí? —dijo el hada, sin más inspiración—. Bueno, eso…

Pero no se le ocurría nada. Se había quedado en blanco.

—Tu madre ha ido a reclamarle en este momento —continuó Cosmo, con esa misma seriedad perturbadora—. Cree que todo es un gran error y que no es posible que te acusen de haber roto el equilibrio del universo.

—¿Eso hizo? —preguntó, sintiendo tres toneladas de acero caerle en el estómago. Mamá se iba a llevar un pésimo trago y papá estaba empezando a dar miedo de tan inexpresivo.

—Sí, y yo me quedé —siguió el mayor—. Quería preguntarte si era verdad.

—Oh —soltó Poof.

—¿Lo es?

Poof no se encontró valor para verle, pese a que su pregunta salía tranquila y sin tonos de reproche de por medio.

—Bueno… —dijo, pensando que no tenía salida, estaba atrapado—, sí, podría decirse, pero no fue idea de nadie. Digo, fue un accidente. O algo así. Ninguno de los dos lo sabía y yo pensé que nada malo iba a pasar… ¡No fue su culpa! —agregó de improviso.

No tenía que ser genio para adivinar lo que habrían pensado o lo que pensaría mamá cuando descubriera la verdad. Él quedaría como el iluso, el pobre idiota al que engañaron y Foop, bueno, no era ningún ángel, pero estaba igual de sorprendido que él cuando descubrieron lo del reloj. Lo había acompañado a ver a Matilde, la había amenazado para que los ayudara a repararlo todo.

—Fue sin intención, papá —dijo al fin, levantando la vista. La expresión de Cosmo no había variado en nada y su hijo casi prefirió que al menos se pusiera a gritarle. La noche anterior sí lo había sabido, podía imaginarse lo que sucedería pero no tuvo fuerzas para marcharse. Sencillamente no pudo—. Lo—lo lamento, yo…

—¿Tú crees que es prudente? —inquirió Cosmo de pronto.

Poof parpadeó.

—¿Qué cosa?

—Salir con Foop —dijo Cosmo simplemente, frunciendo un poco el entrecejo como si se concentrara en algo—. ¿Tú crees que es prudente? ¿No crees que intentara destruirte de nuevo o enviarte a otra dimensión o quitarte tus poderes? ¿Puedes estar seguro de que no hará nada de eso? Tu madre estaba demasiado furiosa para hablarlo pero yo debía preguntártelo. No soy muy listo y no conozco a Foop tanto como tú, así que debes saberlo mejor.

Poof se quedó pasmado. En lugar de hacerle reclamos por el bien del universo, de castigarlo por la escapada nocturna, de darle un sermón interminable, papá sólo quería saber si creía estar a salvo. Sólo eso y así estaría satisfecho. Confiaba en su criterio lo suficiente para determinarlo por sí mismo.

—Bueno —dijo, conmovido y resuelto—, la verdad es que creo que sí, papá. Ha podido hacerme daño muchas veces antes y nunca lo hizo. Acabo de volver de su casa y estoy aquí entero, ¿no?

La mirada verde lo recorrió de arriba abajo como si quisiera comprobar que, efectivamente, estaba de una sola pieza.

—De acuerdo —dijo Cosmo, todavía serio—. Ya no hay nada que se pueda hacer para reparar lo que han hecho, ¿no es cierto?

—No, nada. Incluso fuimos a una bruja y ella nos dijo que no había remedio.

Cosmo asintió sin una palabra y volvió a arrugar el entrecejo, como si persiguiera un pensamiento bastante huidizo.

—Bien —dijo y entonces soltó un suspiro, como si se hubiera liberado de una carga—. Entonces ya no queda de otra. Prepárate para ir a la escuela. Hablaré con tu madre cuando regrese.

A Poof no tuvieron que decírselo dos veces. En cuanto tuvo la puerta cerrada tras de sí se dejó resbalar por ella hasta el piso, soltando un suspiro más largo que el de su padre. Todavía no sabía si lo que acababa de pasar era bueno o malo. Al menos tenía a papá de su lado. Mamá estaba furiosa y probablemente lo estaría más cuando supiera todo, pero no estaba ahí ahora. Y ahora todos ellos, sin excepción, se convertirían en un montón de oficinistas amargados en un mundo gris sólo porque él no se empeñó en decir que no.

Todavía recordaba la helada actitud de Foop el día de ayer, mientras lo dejaba irse a su gusto. En esa ocasión nada más Clarice lo había detenido, pero ¿y si no lo hubiera hecho? No habría descubierto lo del estúpido contrato, no habría sabido que no había vuelta atrás y no se habría quedado con Foop esa noche a pesar de todo. La habría pasado en su cuarto tratando de convencerse de que había hecho lo mejor y el universo no sufriría ningún cambio. Sus padres, Rizos, la escuela… todo seguiría como siempre, no a punto de cambiar. Foop le permitió marcharse y él no lo hizo. Él derramó la última gota del reloj, sin pensar en las consecuencias.

No importaba que Cosmo no le hubiera reprochado nada. Su propia consciencia hacía un excelente trabajo haciéndolo sentir egoísta, imbécil, desalmado. Presentándole escenas donde de ser querido por la comunidad mágica pasaba a ser despreciado, echado de lado. Donde la gente lo culpaba por los trajes que iban a usar, le reprochaban por sus hormonas, y sentía que no tendría nada que responderles. Que incluso, mientras deseaban escupirlo, les daría toda la razón.

El ruido de un sonido curioso le hizo salir de sus pensamientos. Parecía una aguja siendo arrastrada por una superficie de vidrio, un chirrido irritante, capaz de hacer moler los dientes. Miró en derredor y descubrió una figura azulada en el borde de su ventana. Poof se acercó, la curiosidad venciendo el pesimismo, y vio que se trataba de un gato pero no un gato normal. Tenía una cola de pez agitándose detrás de él en lugar de una cola y tenía un par de alas de murciélago en la espalda. El par de ojos morados lo miraban fijamos mientras la garra volvía a bajar por el cristal. Esta vez con bastante fuerza, dejando marcas visibles, como si tuviera molestándose por la espera.

Aturdido por la sorpresa, Poof movió su lápiz y la ventana se abrió, dejando toda el agua afuera. El gato salió volando y movió su pelaje de forma que se quitara la humedad de encima. Dejó empapados la alfombra y un sillón amplio, pero no pareció importarle. Rápidamente la cola de pescado tomó la forma de un par de patas normales y el animal flotó hacia sus brazos sin hacer desaparecer el par de alas oscuras. El gato ronroneó mucho más fuerte de lo que debería cuando Poof, vacilante, le acarició la espalda. Parecía un tigre degustando a una cebra recién cazada.

—Exageras un poco, ¿no crees? —dijo, yendo a sentarse en otro sillón seco.

Lo cargaba como si fuera un bebé, apoyando la mayor parte del peso contra su pecho y antebrazos. En cuanto se sentó, estando más cómodo, comenzó a rascarle tras las orejas. Tuvo que sonreír cuando sintió la presión de la cabeza contra sus dedos, como si le dijera “sí, ahí, muy bien, un poco más arriba.” Continuaba vibrando como un celular gigante al ritmo de sus sonidos desproporcionados, cada vez con más suavidad. No parecía dispuesto a hacer otra cosa.

—Jorgen ya habló con mis padres —dijo Poof de pronto. Los ojos del animal, de un morado oscuro igual a los suyos, se abrieron y lo observaron con patente curiosidad—. Mamá está molesta, qué sorpresa, y papá, bueno, creo que él está bien. Supongo que también visitaron a los tuyos, ¿no es así?

La cara del gato se contrajo, como si repente hubiera olido un pescado demasiado podrido para degustarlo. Asintió en respuesta y de nuevo insistió con la coronilla para que siguiera mimándolo.

—¿Qué tal salió eso? —preguntó Poof.

Bajo su mano los músculos al principio de las patas se levantaron. La versión felina de lo que era encoger los hombros, dando a entender que, siquiera, no había sido terrible.

—Ya veo —dijo Poof y ya no tuvo nada que decir.

Se entretuvo mirando la pantalla apagada del televisor y pasando los dedos entre el pelaje del gato de forma mecánica. Los ojos del animal se concentraron en su rostro.

—¿Estás bien? —preguntó Foop.

—Ni idea —respondió Poof con lo primero que se le vino a la mente. Luego rectificó, porque aquella otra sonaba demasiado patética—. Supongo que podríamos estar peor, ¿no?

—Siempre se puede —afirmó el anti, como si eso fuera algo positivo.

Para cuando Poof bajó las escaleras, Wanda todavía no había regresado y Cosmo estaba esperándolo en la entrada. La cara del mayor se iluminó al ver a la nueva mascota que su hijo cargaba en brazos. Jamás había visto a ese gato en su vida y no se preguntó siquiera por qué tenía el dibujo de una calavera en el costado. Sólo sabía que le encantaban los animales.

—¿Quién es este peludo amigo? —preguntó sonriente, alargando la mano para tocarlo y recibiendo un rugido de león a cambio—. ¡Pero qué curioso ronroneo! ¿Es tuyo, Poof?

—Eh, algo así —dijo el aludido dando unos pasos atrás. Si papá intentaba acariciarlo de nuevo lo veía en un futuro cercano cubierto de arañazos y mordiscos—. Lo encontré en mi cuart0, pero no es mío. Conozco al dueño, va a mi escuela. ¿Nos vamos?

Cosmo aceptó esta explicación tan fácil como un caramelo y asintió, poniéndose en marcha. El gato, satisfecho de que ninguna otra mano que la de Poof estuviera encima de él, se restregó contra su cuello y le dio unas lamidas juguetonas. Su lengua, como lija, le causó un estremecimiento que rogó al cielo papá no notara.

Desde el momento en que cruzaron las puertas de la escuela (Foop de vuelta a su forma original), a Poof le dio la impresión de que miles de ojos seguían su flote por los pasillos y murmuraban a sus espaldas. Era cierto que antes no era precisamente invisible, pero nunca se había percatado de cuántos estudiantes había y cuántos amigos tenían para chismorrear apenas se iba. De alguna manera el hecho de que flotara al lado de su contraparte parecía influir sobre ellos, porque también le pareció ver a mucha gente prestándole tanta atención como a él.

—¿Crees que lo saben? —le preguntó en cuanto se detuvieron frente al casillero de Foop.

—¿Si saben qué? —inquirió el anti.

—Lo del reloj. ¿Crees que saben que nosotros lo rompimos y lo que pasará?

—Por favor, Poof —dijo su contrario, girando los ojos, como si la respuesta no pudiera ser más evidente—. Si yo mismo no sabía hasta que Jorgen me lo dijo, ¿cómo esperas que ellos se enteren?

—No lo sé… —dijo, mirando sobre su hombro. Un trío de trolls giraron rápidamente las cabezas, admirando diferentes cosas y gruñéndose unos a otros—. ¿No lo sientes? Es como si todos nos miraran.

—Una de dos —sugirió Foop sacando un voluminoso volumen de matemáticas avanzadas—: o todos ellos intentan comprender por qué tardaste tanto tiempo en notar mis maravillosas cualidades como acompañante o sólo estás sufriendo de paranoia bonachona.

—¿Paranoia bonachona? —repitió el hada, seguro de que se lo había inventado.

—Sí, lo mismo que le pasó a aquel sujeto que mató a alguien y luego le pareció estar oyendo su corazón palpitar bajo el suelo —Miró a Poof, que sólo pudo parpadear—. El cuento ese que nos dieron a leer la semana pasada —Parpadeo incomprendido—. Bueno, no importa. El caso es que crees que hiciste algo malo y como estás acostumbrado a hacer de héroe, te sientes perseguido. Ya se te pasará.

—¿Tú no crees que hicimos nada malo? —preguntó Poof, con una esperanza en la voz que incluso a él le desconcertó.

—Por supuesto que no —dijo Foop cerrando su casillero con un portazo—. Nada más somos un par de jóvenes que decidieron, por voluntad propia y libremente, salir juntos. Lo que sucediera después de eso no es nuestra culpa, si no del mentecato que hizo esas estúpidas reglas.

Poof cabeceó lentamente. No lo había visto de esa forma antes. De pronto se sentía mucho más aliviado, aunque, al voltearse un segundo, pensó que el trío de trolls se giraba con bastante rapidez. Tanta que uno de ellos chocó contra la pared y cayó al suelo de espaldas. Tal vez Foop tuviera razón y nada más les llamaba la atención que ahora estuvieran juntos.

Durante la hora del almuerzo (como lo prometió, se sentó en la misma mesa vacía que el anti) descubrió que había tenido razón a medias. Rizos era la única otra persona que los acompañaba y ella acababa de decirle la historia que se inventó después de la escena de ayer. Ella no parecía en lo absoluto enfadada con ninguno de los dos. Rechazó cortésmente los intentos de disculpas de su amigo y dirigió a Foop la misma sonrisa simpática cuando dijo que estaba feliz de que todo hubiera salido bien a fin de cuentas. Había estado preocupada porque no contestara a sus llamadas y mensajes. Incluso había pensado en llamar a sus padres para hacerles saber lo sucedido, pero se tranquilizó mucho al recibir su respuesta.

La pequeña actuación de Foop y su insinuante declaración de que Poof era suyo había atraído, ciertamente, el deseo por conocimiento de varias personas. Ella al principio no tenía idea de qué decirles, por supuesto, pero teniendo apenas una idea esbozó una historia romántica para explicar la extraña escena. Le dijo, a quien le preguntara, que ellos llevaban meses ocultando sus verdaderos sentimientos y su relación amorosa, la cual terminó trágicamente cuando Glup hizo estallar de forma accidental su habitación.

—Como todos saben que normalmente experimenta en el laboratorio y no siempre sale bien, no hubo problema en hacer que se lo creyeran —dijo ella, sonriente.

—Es Foop —corrigió el susodicho, con un gruñido irritado—. Y gracias por hacerme ver como el malo, Dorados.

—No es precisamente una novedad, ¿no? —intervino Poof, dirigiéndole una media sonrisa para que no se lo tomara como una crítica.

Foop bufó, indiferente a la opinión pública. Rizos continuó diciendo que la única razón por la que Poof decidió salir con ella fue para intentar olvidar a Foop. En su intento desesperado (y empleó esas mismas palabras, “intento desesperado”, como una verdadera novelista) por superarlo Poof la bañó de esos mismos regalos que demostraban el amor que esperaba poder llegar a sentir un día. Por supuesto, como era su novia, ella sabía que había habido otro pero asumió que las continuas muestras de cariño eran la prueba más clara de que todo eso había quedado detrás. Hasta el momento en que Glup (“¡Foop!”, dijo éste, recibiendo luego un codazo de su contraparte) vio de lo que se estaba perdiendo sintió tal arrebato de celos que no le quedó otra opción que recuperar lo que se le había perdido. Lo que sucedió después…

—Bueno, supongo que se lo imaginan, puesto que llegaron juntos —concluyó la joven.

Poof estaba impresionado porque se hubiera inventado eso tan rápidamente y no dejaba de admirar la imaginación de su amiga. Foop echó una mirada por todo el comedor, dándose cuenta al fin de que unas cuantas cabezas simulaban no verlo justo cuando les llegaba su turno. No se había percatado porque estaba acostumbrado a pretender que le daban lo mismo el resto de las criaturas mágicas. Una mueca despectiva cruzó su rostro.

—¿Y ellos se tragaron esa ridícula novela? —dijo, incrédulo. La historia de Rizos tenía tantos huecos como un colador y no entendía cómo nadie se había dado cuenta al respecto—. ¡Qué idiotas!

—Tienes razón —admitió Rizos, para sorpresa de los dos seres—. No fue mi mejor idea, pero con tan poco tiempo… y de algo sirvió ya que ahora todos sienten lástima por mí porque quedé como la enamorada desengañada. Evité muchas preguntas sólo haciendo que lloraba y que no quería hablar más al respecto. Creo que aunque no tenga pareja mis posibilidades de llegar a reina aumentaron al menos en un 10%, según las más recientes encuestas.

Y lo dijo con una sonrisa tan tierna como antes, como si nada más anunciara los deliciosos pasteles que iban a salir de su horno. No sentía el más ligero dejo de culpa por haber armado tal pantomima. Una parte de Foop sintió un inesperado respeto por esa joven, que le dejó ligeramente confuso por lo nuevo y sorprendente que era.

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