AntiOdio. 14

Capítulo 14: Brownies AntiMágicos

En la gran ciudad de Nueva York los establecimientos iban y venían prácticamente todos los días. Toda ella, tan rica y caprichosa, los dejaba ir como zapatos pasados de moda apenas entraban las botas nuevas en su bolsa. A menos que una celebridad declarara que era su favorito o el dueño vendiera su alma al diablo la mayoría de los locales no resistían ni la mitad del año. Algo así era de esperar cuando en cada esquina siempre se encontraba los mismos productos con precios variando de sus clones. Las personas podían apegarse a esas esperanzas comerciales, reunirse ahí con sus amigos o creer que no es como los otros lugares, pero los lugares que se mantenían tal cual por mucho tiempo eran bastante escasos. Y la mayoría pertenecían a una cadena ya conocida.

Por eso, cuando las cafeterías comenzaron a desaparecer, nadie lo vio como algo extraño. Quizá si les extrañara que en la misma semana en que un lugar se quemaba hasta sus cimientos en otro sitio, justo en la esquina, entraran a robar absolutamente todo lo que tenía, incluido el papel higiénico. De sus dueños apenas se hablaba, simplemente porque ya no se supo de ellos. Más tarde fue una bomba fétida de olor permanente. Una plaga de cucarachas tan grandes como ratas. Las aguas negras saliendo de todas las máquinas e inodoros. Se habló de malas instalaciones, de irresponsabilidad, de vándalos. Se dijo mucho pero no bastante para relacionar nada con la cafetería que fue instalada en una de las calles más concurridas. ¿Y por qué lo harían? Ese mismo día también se inauguró un salón de belleza, una librería café, un restaurante de comida a base de pollo y una tienda de ropa deportiva. La librería café cerró prematuramente. Sólo se vio una mañana al dueño poniendo el cartel de cerrado sobre la puerta con una enorme maleta bajo el brazo y buscar un taxi de forma desesperada, chillando que lo llevara lo más lejos posible de ese sitio infernal. La pequeña cafetería (llamada sencillamente “Danos tu dinero o lárgate”) tenía todo lo que uno podía desear. Dulces, cafés cargados, un servicio veloz y precios sorprendentemente bajos.

Era de diseño sencillo, con sus mesas redondas, sillas rectas y cortinas sobre las amplias ventanas. Lo único ligeramente notorio de su apariencia era que predominaban los colores oscuros, como negro, azul o un rojo tan intenso que casi parecía sangre seca. Eso era todo. Ningún adorno, ningún estilo definido a la vista. Y los nombres de las cosas… vaya, uno tiene que apreciar la creatividad. “Garras de tigre adiposo”, “orejas de oso rabioso”, “té de la perdición”, “condenados de chocolate”… E incomprensiblemente, sólo brownies. Una señora hizo notar que estos últimos eran bastante parecidos a los que vendían en aquel otro sitio a la vuelta de la esquina. Ya saben, antes de que la dueña fuera internada en un “centro de salud mental”. Sí, mire, incluso ponen la crema exactamente igual. Y eso que la muchacha estaba tan orgullosa diciendo que era una receta familiar muy vieja. Qué decepción. Uno ya no puede creer en lo que dicen las personas. Nadie le puso mucha atención, por supuesto. Estorbaba la fila.

—Aquí tiene —dijo Foop empujando una taza de café y un montón de garras de tigre adiposo hacia el gordinflón que esperaba. Al caminar al gordo le temblaban las pantorrillas bajo los pantalones cortos. A duras penas contuvo un gesto de asco mientras se acercaba y en su lugar compuso una mueca que pretendía ser una sonrisa—. Espero que viva tiempos muy interesantes, señor.

El sujeto sonrió tontamente y se alejó con su pedido. Un muchacho apoyado contra la barra lo observó irse. Su cabello lila retorcido en rizos hacía una buena combinación con su chaqueta del mismo color. Luego de que el gordo se fuera se volvió al empleado con una expresión de sorprendido agrado.

—Eso fue amable —comentó, impresionado.

Hasta ahora las únicas intervenciones solícitas que había oído se pronunciaban con la aguda voz de Clarice.

—No te hagas ilusiones. Es una maldición china —le aclaró Foop viendo la hora en su reloj—. Es como desearle a alguien que ojala viva una guerra, una epidemia o algo así.

—Oh —dijo Poof. Debió haberlo esperado.

—Faltan cinco minutos para mi descanso —anunció Foop, y a continuación se sacó de encima el delantal gris que llevaba.

El mismo logo afuera del establecimiento (la de una cara y un pulgar indicando que podías marcharte) estaba estampado en el pecho. Ese dibujo también se encontraba en la gorra azul que se quitó de encima de forma impaciente. Se peinó con los dedos como si quisiera quitarse los gérmenes que infestaban al absurdo capitalismo norteamericano y se volvió a otro empleado vestido igual que él, mientras éste colocaba una nueva cantidad de orejas de oso rabioso en el mostrador. Foop le tiró encima el uniforme como si se tratara de un perchero viviente que de casualidad pasara por ahí.

—Dile a mi padre que puede chuparse un limón y que me largo —avisó el anti.

Sin esperar respuesta levantó una madera que separaba la barra del resto del establecimiento y salió. El empleado al que se había dirigido (con unos colmillos tan obvios como los suyos) le lanzó una mirada furibunda, pero dejó lo que estaba haciendo y se puso frente a la máquina registradora. A Poof le daba un ligero miedo, aunque intentaba ignorarlo. Despectivo parecía capaz de romper cualquier vidrio que tuviera cerca para sacar los ojos de alguien que le molestaba. O algo peor. Era, en efecto, el justo opuesto de Binky.

Foop sólo estaba deseoso por desaparecer de ese sitio. Cuando traspasó las puertas unas campanas que sonaron sobre su cabeza le hicieron levantar un costado de los labios, como si alguien acabara de emitir el sonido más irritante y desagradable sobre la tierra. Poof pensó que esa misma cara pondrían otros de escuchar el chirrido de unas uñas muy largas sobre un pizarrón. Afuera el anti levantó el cuello de su abrigo y observó el cielo como si este le ofendiera la vista.

—Vamos —dijo, emprendiendo el camino hacia la izquierda. Iba sin mirar a nadie y los brazos apretados contra sus costados.

—¿Adónde? —preguntó Poof, sin extrañarse de su actitud.

Ya era la segunda vez que acompañaba a Foop a uno de sus descansos y sabía lo que seguía. Aunque no estaba en lo absoluto de acuerdo con los métodos que se empleaban para aumentar la clientela de Danos tu dinero o lárgate, tampoco podía pronunciarse en contra. Después de todo, entre convertirse en un pixie o un anti mágico prefería por mucho lo segundo. Por lo menos entonces todavía tendría algún sentido del humor. Uno retorcido y negro, pero lo tendría. Podría divertirse, tal como Foop había dicho en una ocasión. Sólo por eso Jorgen les había permitido a los antis abrir aquel sitio, con la esperanza de reunir el suficiente dinero que les permitiera ganar la subasta. Sin olvidar la condición de que limitarían sus desgracias a la recolección del dinero y a nada más. Y que nada de lo que hicieran pusiera en alerta a los humanos acerca de la magia, etcétera. Robar no valía de nada, por si fuera poco. El dinero debía ser legalmente suyo

Según Foop, a ningún anti le hacía la menor gracia cumplir con ese nuevo plan de Anti Cosmo. Era frustrante tener a todos esos blancos de mala suerte caminando frente a sus narices y saber que no se les podía hacer nada. No ser capaces de mover la varita tanto como quisieran y seguir esas aburridas recetas humanas tenían a varios de ellos con el mismo aire hosco que un adolescente cuyos padres le obligan injustamente a estar ahí. Afortunadamente a los humanos parecía darles lo mismo.

Para Foop era una situación doblemente indeseable, por esa limitación en sus poderes y el hecho de verse reducido a alguna especie de sirviente de humanos. Cada vez que le recordaban que una actitud amigable dejaba mayores propinas parecía que le estuvieran ordenando lamerles los pies sudados a un equipo de atletas. Lo peor era cuando esos mismos atletas se ponían exigentes. Era justo en esos momentos en que era incapaz de soportar su existencia sin quemar la cara de alguien cuando Clarice surgía, dispuesta y amable con todo mundo. Foop aceptaba esa patada hacia afuera de su propio cuerpo con alivio. Por lo menos así se ahorraba el mal trago y una visita permanente a la prisión mágica.

—A ese sitio Stardocks a dos calles de aquí —respondió el anti y añadió, como si ya no pudiera contenerse—. Es el tercero que elimino esta semana. Y sólo en esta zona, ¿puedes creerlo? ¿Qué diablos les sucede a todos estos humanos que necesitan tanto café? Ni siquiera nosotros tenemos tantas tiendas de varitas y ellas sí que nos sirven.

—Así son las cadenas comerciales —dijo Poof vagamente, frotándose el estómago vacío—. Oye, antes de que hagas lo que sea que planeas hacer, ¿crees que podríamos comer algo? Tengo hambre.

Foop lo miró frunciendo el ceño. No parecía molesto, sólo medía sus posibilidades mentalmente.

—Está bien —dijo volviendo al frente.

Poof se quedó un momento en su lugar antes de seguirle.

—No habrás envenenado la comida de nuevo, ¿cierto? —preguntó—. Un par de personas de la otra vez siguen en el hospital. Continúan queriendo comerse las uñas de los pies.

—¿En serio? No me digas —respondió Foop, sonriente, y negó con la cabeza, apartando el placer para más tarde—. No, la comida está bien.

No podía evitar la duda. Tenía demasiado fresco en la mente cómo esas personas, de comer tranquilamente sus pedidos pasaban al siguiente instante a masticar todo lo que tuvieran a mano. En esa oportunidad casi perdió una oreja.

—¿Seguro?

—Completamente —afirmó el anti.

Poof lo miró en silencio por unos segundos antes de liberar un suspiro.

—Si tú lo dices…

Llegaron al sitio. Como cabía esperar a esas horas de la tarde estaba casi lleno y una larga fila se daba frente a la máquina registradora. También salía mucha gente con la misma frecuencia con que entraban, muchos de ellos hablando por teléfono sostenidos por el hombro y una expresión de ansiedad en el rostro. Parecía que mientras estaban esperando sus órdenes sus hogares estuvieran incendiándose y ahora desearan recuperar un rastro de sus vidas entre los escombros. Foop contó a una docena de personas delante de ellos, miró la hora en su reloj y no hizo nada para adelantarse. Poof supo que en otras circunstancias no habría tenido duda en agitar su pluma para ponerse al frente pero eso habría implicado reducir significativamente su descanso. Cada momento en que estuvieran ahí sería otro momento lejos de Danos tu dinero o lárgate.

—¿Cuándo terminas tu turno? —preguntó.

—A las 9, más o menos. Luego padre querrá que vaya a cenar —Foop mostró los dientes en un gruñido resentido—. No puedo creer que me haga cumplir esa estúpida cláusula del contrato en caso de emergencia.

Poof se limitó a asentir, solidario. Ya había oído antes esa queja.

Anti Cosmo, previniendo una situación en la que la existencia tal y como la conocían corriera peligro, había incluido una parte del contrato original firmado con su hijo para aumentar las visitas al castillo a ser prácticamente diarias. Foop había firmado a sabiendas de ese detalle, asumiendo que las posibilidades de que alguna vez tuvieran que recordárselo serían lo suficientemente remotas para merecer su preocupación. Ahora no tenía más opción que quedarse hasta el postre todas las veces que a su padre se le antojara.

De hecho, era por otro trato con Anti Cosmo que Foop hacía esos trabajos de eliminación. Esta vez firmado en un pergamino de por sí maldito para que todo aquel que no cumpliera lo que se decía y firmaba en él sufriera una intensa picazón por lo que le restaba de vida. De ser por Foop se pasaría ese último mes antes que se liberara la Oscuridad perfeccionando sus experimentos y causando infortunios a todo ser que tuviera a mano. Haciendo cosas que de verdad le importaban un rábano. Para él, todo el asunto de la subasta era una soberana estupidez y con gusto se hubiera negado a participar de ella si tan sólo Anti Cosmo no le hubiera amenazado con acortar su suministro de magia si no se sometía. Como padre y tutor legal suyo (cada vez que oía esa frase Foop apenas se contenía la risa), Anti Cosmo tenía la potestad de hacer que la fuente de energía que alimentaba los cuerpos y las varitas de todos los antis no le sirviera para otra cosa que mantenerse con vida. Si no había empleado con anterioridad esa carta maestra había sido únicamente porque la guardaba para una ocasión especial. Para una emergencia. Como cuando se generan desastres cósmicos irreversibles. A cambio de su magia plena, les ayudaría en el negocio eliminando a la competencia. Anti Cosmo lo había atado de pies y manos aprovechándose del único recurso que su hijo nunca podría aspirar a tener: el hecho de ser su progenitor.

A su pesar (y era mucho su pesar) Foop admitió a fin de cuentas que su padre no fue un completo idiota planeándolo todo. Pero eso no le quitaba lo molesto de sus cenas.

—Ahora se dedica a lanzarme indirectas de lo que debo hacer contigo —le contaba al tratar de hacerle engendrar una mínima idea del suplicio que representaban esas reuniones—. Por más que le digo que no es su asunto, insiste en que no estaría encaminando bien mi plan maestro si no intentara al menos forzarte a renunciar a tu magia o a reducirla. Dice que incluso como pixies serías un inconveniente para mí y sería un tonto si no tratara de aprovechar tu “compañerismo”. Está empeñado en creer que todo ha salido de mí. Este es mi plan, sólo que un plan idiota que me salió de las manos.

Luego gruñía entre dientes, frustrado, como si intentara aclararse la garganta con papeles de lija. A Poof no le había sorprendido en lo absoluto.

—¿Y cuál es tu plan ahora? —preguntó, curioso.

—El mismo de siempre —dijo, indiferente—. Dominar el universo. Eso sucederá de una manera o de otra, sin importar cuántos relojes sean destruidos.

Poof no podía hacer otra cosa que sonreírle. No obstante la nueva tiranía que Foop planteaba, por lo menos se animaba al hablar de eso y así hacía más fácil que su propio buen humor resurgiera.

En su casa las cosas tampoco estaban mejores. Mamá habia decidido castigarlo hasta que acabara la academia por haber roto el equilibrio del universo y nunca perdía ocasión de demostrarle lo enojada y decepcionada que estaba con él por llevarla a ese punto. Le hablaba con una frialdad que helaba la sangre y no lo miraba a los ojos bajo ninguna circunstancia. Papá intentaba aligerar las cosas como podía, fracasando miserablemente en el proceso.

El ambiente había llegado a volverse tan insoportable que estaba feliz de tener cualquier excusa para mantenerse alejado de la fuente. En ese momento su madre creía que estaba repasando para un examen en su cuarto. Si de casualidad llegaban a necesitarlo en el castillo lo único que encontrarían sus padres sería una copia de él frente al escritorio, dándole la espalda a la puerta, instruido para enviarle un mensaje de texto si eso llegaba a suceder. En todas las otras ocasiones en que Poof se había escapado su celular permaneció en completo silencio. Respecto a la razón por la que había roto el equilibrio del universo jamás se hablaba.

Era como si hubiera tallado una obscenidad en una estatua extremadamente valiosa y el hecho de que no lo lamentara en lo absoluto lo hacía peor. Parecía que Wanda esperaba que de un momento a otro se pusiera a rogarle perdón y le prometiera que nunca volvería a hacerlo, que, a pesar de que el daño estaba hecho, lo sentía muchísimo y no se preocupara más porque pronto sería de nuevo su buen niño.

A Poof le hubiera encantado poder hacerlo. Le dolía que no fuera así. En esos momentos sus únicos consuelos eran el apoyo de papá, de Rizos y esas salidas con Foop, aunque estuvieran restringidas. Sólo en esos momentos, sencillamente hablando, ninguna de las cosas que les sucedían se sentían tan pesadas. Incluso podían volverse fácilmente superables, reduciéndolos de ese modo. Representaba un mayor alivio que, cuando esos temas se agotaran (y afortunadamente lo hacían) todavía encontraran placer en cosas tan insignificante como hablar de las películas vistas o lo que pensaban acerca de la Tierra. Puede que no siempre estuvieran de acuerdo (sobretodo en la insistencia de Foop en que la raza humana era irremediablemente estúpida) pero tampoco importaba, teniendo esa simple libertad en su poder.

Recibieron sus tazas de café y masitas pareciéndoles que había pasado muy poco tiempo desde que las pidieron, aunque en realidad fue una media hora. El vaso de Poof tenía un alto montículo de crema con chispas de chocolate esparcidas. De inmediato el hada separó una buena cantidad de saquitos de azúcar para echarle pero la mano de Foop le detuvo de romper el primero.

—Aguarda —dijo y se sacó una botellita del bolsillo.

Acercó ambos vasos hacia sí y les echó encima su contenido. Poof sólo alcanzó a ver una gota azul desapareciendo entre nubes. A continuación Foop revolvió a cada uno rápidamente utilizando una cuchara. Luego se los acercó a la nariz para olfatearlo y, aparentemente satisfecho, le entregó lo suyo con una sonrisa de puros colmillos. El hada observó el vaso, ahora dudando de que quisiera tomárselo.

—No te preocupes, ahora es inofensivo —lo tranquilizó Foop tomando un sorbo de su café extra cargado, sin molestarse en poner una gota de edulcorante. Saboreó el líquido por unos instantes y se encogió de hombros, acabando de determinar que no estaba tan horrible—. Yo que tú me lo terminaría pronto.

—¿Qué tan pronto? —preguntó Poof.

—Diez minutos —dijo el anti, tras comprobar la hora—. Créeme, no querrás estar aquí cuando transcurra ese tiempo.

A Poof no se le ocurrió ponerlo en duda. Bebió su pedido aceleradamente, sintiendo que le quemaba la lengua y se llenó la boca con las masas. Masticar, beber, quemarse. El café siguió calentando a lo largo de su espalda pero de todos modos supuso un alivio poder llevarse algo al estómago. Las masas eran pequeñas y dulces, cubiertas de azúcar glasee que se deshacía contra el paladar. Foop se dedicó a tomar pequeños sorbos tranquilamente mirando alrededor, sólo para no tener que ver tal indiferencia hacia los modales en la mesa. Aguardó a que el plato y dúo de vasos volvieran a estar vacíos para dirigirse al hada. Enarcó una ceja.

—¿Satisfecho, Santa Claus?

Poof sacó la lengua para pasárselo por el labio superior y probó la crema que se había asentado ahí. Debía tener un gran bigote blanco encima. Le dirigió una sonrisa de picardía.

—¿Quieres probar?

—No tengo ganas de dulce en este momento —dijo el anti, arrancando una servilleta del surtidor y pasándosela.

Poof la aceptó todavía sonriente. A pesar de su tono tranquilo, pudo advertir cierto enrojecimiento en las afiladas mejillas y cómo mantenía la vista fija en un punto de su hombro. Aun le faltaba pero ya estaba mejorando. Pronto ya no podría disfrutar de ese poder de ponerlo incómodo tan fácilmente. Se limpió apresuradamente y recogió todo para tirarlo en un basurero cercano, en tanto Foop salía con un nuevo tintineo. Por un momento Poof miró a la clientela condenada. Sabía que lo que fuera a sucederles no sería letal ni permanente de ningún modo. La idea no era matar a nadie sino acabar con la reputación del establecimiento para llevarlo a la quiebra. Aun así, sentía como si debiera decir algo, lo que fuera. Tal vez debería advertirle a aquel chico de aspecto nervioso que por hoy se decantara por un jugo de naranja, aprovechando que estaban de temporada.

Ya tenía la mano levantada para llamarle la atención cuando, a último momento, decidió bajarla y abandonar el lugar. Foop lo esperaba en la esquina y al verlo acercarse frunció ligeramente el ceño. Poof no entendió a qué venía eso hasta que percibió el pulgar el anti frotarse contra la comisura de sus labios. Alejado de sí, el hada vio que el dedo tenía una mancha blanca. Indiferente, Foop se llevó su propio dedo a la boca y asomó la lengua unos centímetros para darle una breve lamida. Luego se humedeció los labios como si buscara un segundo sabor.

—¿Qué? —preguntó.

Poof se dio cuenta de que debía lucir idiota y se forzó a cerrar sus mandíbulas, adoptando un aire serio para que no se notara demasiado su bochorno.

—Nada, es sólo… espero que no les hayas puesto algo muy malo en el café —se excusó.

Foop enarcó una ceja, pero eso fue todo.

—No te inquietes. Eventualmente acabarán deduciendo que hay una rata atrapada en la máquina. La cual, por cierto, está. Pero después de que nos dieran nuestro pedido —agregó ante el horror de su contraparte, la cual suspiró con alivio.

—Menos mal. ¿Y ahora?

—Hay una pastelería cerca de aquí. Una explosión en los hornos se accionará en unos minutos. No tenemos que hacer nada más que esperar.

—Me parece bien —respondió con un encogimiento de hombros.

Frente a la modesta pastelería (nueva o recién renovada) había una florería cerrada a esas horas. Delante del escaparate con flores vistosas estaba colocado un banco de madera en el que se sentaron a aguardar. El tiempo pasó tranquilamente. Las personas pasaban sin prestarles atención a ellos ni al pequeño negocio. Foop llegó a preguntarse si siquiera los notarían si estuvieran en sus verdaderas formas.

—Rizos tiene una idea —dijo Poof de pronto, como si acabara de acordarse.

—¿Ah, sí? —aportó Foop sin mucho interés.

—Sí, una forma para detener a la oscuridad —continuó el hada, poco a poco recuperando la vivacidad—. En caso de que ustedes los antis no consigan el dinero.

—¿Y cuál sería esa? —siguió preguntando, ahora escéptico.

—Dice que reuniendo la magia de las criaturas de los bosques, de los mágicos y anti mágicos al mismo tiempo se podría generar una fuerza lo bastante poderosa para destruirla —Se irguió completamente, abriendo mucho los ojos—. Quería preguntarte si crees que es posible.

—No —respondió Foop sin vacilar ni despegar los ojos de enfrente.

—¿Por qué no? —preguntó el hada, casi molesto.

—Sería demasiado fácil —respondió simplemente—. Si bastara sólo eso para mantenerla a raya ¿entonces por qué no lo hicieron cuando pasó la última vez? Y además estamos hablando de una fuerza capaz de cambiar a todo el universo. De cambiarlo, no de destruirlo, para lo cual se requiere mucha más fuerza. Dudo seriamente que lográramos juntar un poder tan inmenso.

—Temía que dijeras eso —soltó el hada desplomándose en su asiento. Se pasó las manos por los ojos, como si después de correr muchos kilómetros le acabaran de decir que la meta estaba del otro lado—. Ella dijo que le iba a presentar la idea al consejo de hadas.

—Tu amiga sin duda no quiere cambiar de vestuario —comentó Foop con una ligera nota de impaciencia—. Va a ser el ridículo. A todo esto ¿qué pensaba hacer si ganamos nosotros?

Poof no contestó. Foop volteó y le vio encoger de hombros con una sonrisa demasiado tensa en los labios.

—Pedirle ayuda a los pixies —dedujo el anti. El gesto culpable de Poof se lo confirmó. Giró los ojos y elevó la vista al cielo como si lamentara la estupidez mágica. Luego volvió hacia él, arqueando una ceja—. ¿Y tú estás de acuerdo?

—Bueno, sabes que preferiría que nada tuviera que cambiar —contestó el hada, tratando de ser honesto—. Pero, si no queda de otra…

—No hay de otra.

—Pues entonces sí, prefiero ser un anti mágico —res0lvió Poof, desafiante, y se preguntó de dónde venía eso.

—Bien —dijo Foop.

Un lado de su boca tembló brevemente, como si por un segundo hubiera querido estirarla hacia arriba. En ese momento un sonido potente inundó el aire. Parecía la madre de los gigantes dando un par de aplausos a la nada. Al otro lado de la calle las personas salieron corriendo de la pastelería, algunas tosiendo contra sus manos cerradas. Tras ellas una negra nube comenzó a arrastrarse por las ventanas y al fondo, presumiblemente por donde se entraba a la cocina, un gusano perfecto se elevó en el aire. A Poof le llegaron los gritos de pánico y el olor del pan quemado. Esperaba que los empleados lograran escapar.

—¿No va a haber heridos, cierto?

—Para nada —contestó Foop. Continuaba en la misma postura de antes, inmutable. Luego agregó, sin ninguna entonación—. Si llegaras a ser un anti te ayudaría a encontrar un buen castillo.

—Gracias —replicó Poof, mirándolo, sin acabar de determinar si lo decía en serio o no.

Decidió olvidarse del asunto en cambio y concentrarse en el espectáculo frente a sus ojos. Las sirenas de los bomberos comenzaron a sonar a lo lejos.

Tengo anotado todo lo que va a pasar en esta historia y ya logré resumirlo en 19 capítulos, más un epílogo. Las cosas no salen tal como había planeado, así que posiblemente sean menos, pero el caso es que ya tengo decidido el final. Dado lo cual intentaré ir empezando los capítulos cada viernes y quizá termine publicándolos al día siguiente o en el domingo. Nunca he llegado tan lejos con ningún fic y quiero terminarlo antes de que acabe este año (o el mundo, si es que hay que hacer caso de los alarmistas). Espero que les guste y hasta la que sigue.

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