AntiOdio. 15

Capítulo 15: Acciones preventinas

Al escucharlo por primera vez, Foop creyó que sería bastante obvio que no serviría de nada. Es decir, la Oscuridad misma, un montón de criaturas mágicas, ¿qué posibilidades tenían? Ningún científico que se apreciara habría dicho otra cosa, que sencillamente los números (más la simple lógica) estaban en su contra. Sin embargo, en sus veloces cálculos, no tuvo en cuenta un detalle importante, vital para la ecuación: la magia no era lógica.

Y a eso tuvo que rendirse cuando en la academia los llamaron a una asamblea. Él estaba saliendo de su clase de Algebra Avanzada cuando la voz gruesa del director les indicó a todos que se dirigieran al auditorio para un anuncio especial. “Inmediatamente”, agregó al final, como si las protestas de que ya querían irse a casa le hubieran llegado hasta su oficina. No había nada que hacer. Comenzaron a recorrer el camino sin escatimar rezongos ni suspiros. Foop fue el único que se fue por el lado opuesto, hacia donde se encontraba la puerta de salida. Por el paso se encontró a varios estudiantes, charlatanes, ociosos, sin siquiera molestarse en especular acerca de lo que querrían ahora.

A él le daba igual, en verdad. A lo largo de toda su vida escolar había aprendido que esas reuniones nada más eran una excusa para que el director pretendiera lucirse haciendo todo un discurso acerca de algo que bien podía resumir en una oración de menos de cinco palabras. Y ni siquiera hacía falta preguntar al día siguiente. Por lo general eran estupideces acerca de los bailes, torneos de equipos y asuntos de esa índole. Por lo que a él respectaba, asistir habría sido una total pérdida de tiempo y tenía mejores cosas que hacer. Contemplar el techo pensando en la forma de crear nuevas abejas asesinas portadoras de un virus mortal, por ejemplo. Incluso sólo contemplar el techo sería una actividad mucho más productiva que quedarse ahí más tiempo del necesario, haciendo como que escuchaba la perorata de turno.

Pasó por otra aula abierta. Esta era de Idiomas Extranjeros Interplanetarios y una melena lila se destacó entre las demás.

—¡Foop! —dijo Poof, sonriente, agarrándole un brazo—. Vamos, tenemos que ir al auditorio. Podrás ir después.

Obviamente había creído que iba al baño en lugar de a una fuga segura. En cuanto le tomó de la mano para guiarlo, como si realmente lo necesitara, a Foop se le olvidaron todas las razones que tenía para marcharse. Todo lo que pudo hacer fue flotar a la par del hada, un poco atrás, siendo bastante consciente del contacto de sus dedos confiados. Su mano estaba un poco floja, como si no estuviera seguro de qué hacer con ella, y en consecuencia la presión se volvía más fuerte, intransigente. Miró su perfil y notó la amplia sonrisa que llevaba en el rostro. Podría haberlo llevado a un armario, a un aula desierta, a cualquier sitio donde tocara algo más que su mano, pero algo de ese entusiasmo suyo le decía que no era eso lo que tenía el otro en mente.

—¿Por qué tan contento? —inquirió.

Poof amplió su sonrisa, revelando varios dientes blancos. Parecía un niño en espera de que se activara la mina que había enterrado en el jardín.

—Rizos me mandó un mensaje de texto —dijo inclinándose hacia él, casi cuchicheando—. Es algo bueno, ya lo verás.

Y así lo condujo hacia el lugar donde los estudiantes se habían conglomerado, sin soltar la menor prenda al respecto. Para cuando ambos se sentaron en una de las gradas superiores, entre el enjambre de voces de sus compañeros, Foop ya sentía una viva curiosidad por lo que los había reunido. Si el director se los hubiera dicho, que era especial, no se lo había creído. Pero si ponía a Poof tan entusiasmado era otra historia.

Claro que eso no era ninguna garantía de que fuera algo de verdad interesante. Quizá serían anuncios relaciones con temas que sólo a Poof incumbían y que, por alguna razón, incluía a Rizos. Pero el mero hecho de que el hada pensara que no le haría dormir mentalmente era suficiente para hacer el esfuerzo. Foop no tenía idea de qué fórmula se había llevado a cabo en su interior para llegar a esa conclusión. Así era, simplemente.

Al sentarse, el hada le liberó la mano y observó al frente, expectante. Foop sintió un ramalazo de deseo por esa piel, por toda la piel cubierta y la descubierta, pero se dijo que eran las hormonas y miró al escenario. Debajo de las luces y a los lados del podio sólo había dos figuras. Una enorme, fornida y severa, las manos a la espalda como un comandante militar contemplando el desempeño de sus tropas. El hecho de que tuviera esa estúpida cola de caballo en lugar del pelo rapado no hacía nada por volver menos nítida la impresión. La otra, obviamente más pequeña, relajada y brillante, era una Rizos puesta ahí como si estuviera acostumbrada a hacer grandes anuncios, aunque no fuera así.

Ella no podría haber hecho mayor contraste con el director, con sus pecas, los hoyuelos que se le hacían al sonreír a unas amigas de entre el público y la coleta doblada cual cola de un gracioso pony rubio. Foop todavía no sabía qué impresión concreta tenía de ella pero había dejado de ser el epítome de todo lo cursi y repulsivamente bueno, tal como pensó durante el breve tiempo en que la estuvo espiando. Ahora sentía que tenía que ponerle un poco más de atención o se acabaría perdiendo del momento en que la sonrisa simpática se volviera en una mueca oscura. Le interesaba, igual que a un astrónomo le interesara descubrir un nuevo eclipse.

Al fondo del escenario, imposible de notar a menos que uno se empeñara en hacerlo, estaba el vicedirector. El director Von Strangle apuntó a cada una de las filas con su mirada láser, apagando los murmullos y rumores a medida que pasaba. En poco tiempo, sin haber movido más que la cabeza, el silencio se hizo en el amplio salón. Sólo entonces se acercó al podio y tocó con un dedo el micrófono. Un chirrido infernal salió de los altoparlantes, demostrando el buen funcionamiento del aparato. A Foop le encantaron los gestos de llevarse las manos a las orejas a su alrededor.

—Siento tenerr que prrivarrlos de regresarr a sus hogarres —empezó el director, sin olvidarse de mirar a los costados mientras hablaba. El silencio era absoluto—. Tenemos un muy imporrtante anuncio que hacerrles y me temo que esto nos compite a todos. No sé cuántos ustedes sepan al rrespecto acerrca de la grran oscurridad que estuvo a punto de devorrarlo todo hace algunos años y aforrtunadamente pudo serr detenida grracias a los esfuerrzos del Elegido —Sonidos de reconocimientos, de dudas y explicaciones viajaron por el aire. La mayoría recordaban el suceso como un capítulo más de los libros de historia, pero los mayores estuvieron ahí y algo se acordaban. Un par de cabezas giraron en sus asientos para ver a Poof, porque incluso salía quiénes habían sido los padrinos del Elegido. Poof siguió con la vista al frente, imperturbable, y por primera vez Foop pensó que ya estaría acostumbrado a llamar así la atención. Él, que no estaba precisamente bajo el reflector, se sintió un poco incómodo y molesto sólo de estar al lado—. Pues bien, comparrada con la Oscurridad que ahorra nos amenaza, esa otra erra la buena.

Sus palabras cayeron como una pared de corcho sobre varias cabezas. Más de uno abrió los ojos, la boca, sorprendidos e incrédulos. Era imposible culparlos por lucir así de idiotas si a ellos les habían enseñado que aquel fue uno de los peores sucesos en la Historia Mágica Universal. Habría sido como afirmar en la Tierra que Hitler había sido una dulce nenita.

—Veo que comprrenden la gravedad de la situación —afirmó el director—. Mejorr. Esto no se trrata de ningún juego. Estamos en una situación donde todo el univerrso podrría cambiarr parra siempre ya que esta Oscurridad, una nacida desde antes de que existierra la menorr luz, prronto va a serr liberrada nuevamente. Específicamente, en una semana. Ahorra bien —dijo, levantando una mano para silenciar las alarmas—, esto nos deja nos opciones primorrdiales. Númerro uno, podemos quedarrnos como si nada y esperrar que nos absorrban parra converrtirrnos en algo completamente diferrente a nuestrra manerra de serr. Númerro dos, podemos prresentarr pelea. El consejo de hadas acababa de inforrmarrme que decidió lo segundo. La señorrita Dorrados, aquí prresente, va a explicarrles la idea que les ha prresentado y rrecibió plena aprrobación. Adelante, señorrita.

El director se hizo a un lado, dando paso a la figura menuda de la joven.

—No lo hizo —dijo Foop, estupefacto.

Poof lo miró y asintió con la cabeza, tan sonriente como en el pasillo. Rizos sonrió al hada mayor, como agradeciéndole por su amabilidad, y se dirigió a sus compañeros. Detrás de ella descendió una pantalla blanca y un proyector colocó un fondo azul sobre él. Sólo al ver las minúsculas motas de polvo flotando frente al aparato cayó en cuenta Foop del pequeño control que tenía en la mano.

—Mi idea había sido un ataque directo —dijo, yendo al grano y presionó el primer botón. En la pantalla blanca se vio de pronto la imagen de un monigote oscuro saliendo de una puerta clara. Todo dibujado de manera tosca, tal como las imágenes de la cueva adonde Jorgen los llevó—. La Oscuridad sólo es liberada si se dan ciertas circunstancias y desafortunadamente así ha sido.

A Foop le pareció que el director le dirigió una mirada, muy fea, directamente hacia él. Sólo fue por un segundo y el anti no pudo reaccionar a tiempo para responderle con una cara burlona.

—Sin embargo, he pensado que si la Oscuridad es capaz de ser retenida, debe tener una forma a la que se pueda desintegrar en pequeñas partes que a su vez sean contenidas de manera que no sea una amenaza —siguió Rizos, presionando el mismo botón.

En la pantalla apareció una imagen en 3D que representaban a un montón de monigotes oscuros y enanos, todos encerrados en diversos frascos de los que no podían escapar.

—Para conseguirlo deberíamos primero tener que reducirla lo más posible con las naves de combate donadas por Cupidos y otras que serán creadas lo más pronto posible—Otra vez el botón y los estudiantes vieron una foto bastante favorecedora de unos jets rosados con corazones plasmados en sus alas. A eso le siguió el diseño de unos aparatos que parecían sacados de alguna película de militares. Nadie pudo entender nada de los datos ahí contenidos, pero pudieron apreciar fácilmente la idea—. Es imposible pensar que una sola fuente de energía será suficiente para este propósito, por lo cual es necesario pedir ayuda a todos los seres dispuestos a hacerlo. Mi padre, un ser mágico del bosque, me ha asegurado que ya están listos para la batalla en el momento en que esta se produzca. Aunque no sería correcto llamarlo batalla porque la idea no es luchar, ni siquiera destruir, si no dividir al enemigo para asegurar la paz. También estamos en negociaciones para contar con la magia de los antimágicos y de los pixies, en caso de ser necesario.

Tocó algo en el control y la luz del proyector se apagó. La pantalla se alzó nuevamente sin el menor ruido. Ahora lo único que llamaba la atención era ella y la planilla que levantó para que todos la vieran.

—El concejo no cree que sea justo forzarlos a participar de una operación de esta magnitud —dijo la joven. Con esa voz tan carente de dudas, a nadie sorprendía que fuera presidente de la clase—. Estas hojas de inscripción estarán pegadas en todos los tableros de la academia para que el que quiera recibir lecciones de vuelo se anote. Todos son tan libres de participar como de no hacerlo. Sin embargo, los estudiantes menores de 13 años tendrán que entregar una autorización firmada por sus padres o tutores si quieren participar. Ahora mismo hay una a la salida del auditorio para todos los interesados. Tomen en cuenta que cualquier porción de magia, por más pequeña que sea, puede hacer la diferencia. Gracias.

La joven se retiró suavemente, tranquila, sin darle la espalda a su público. Sólo dejó de ser el centro de todas las miradas cuando el director volvió al frente y se inclinó sobre el micrófono.

—Pueden rretirarrse.

Era como si sólo estuvieran esperando eso. El enjambre volvió a zumbar, emocionado, mientras una larga fila comenzaba a formarse casi por inercia. El primero de la misma comenzaba a anotar su nombre en la lista.

—Genial, ¿no? —dijo Poof, flotando por sobre los asientos para ponerse al final de la fila. Foop se puso detrás de él, todavía impresionado por lo que acababa de ver—. Todavía tenemos una posibilidad de que nada tenga que cambiar.

Foop pretendió que no era una espina de decepción pinchándole algo en el pecho. Por el momento eso no era lo que más le importaba.

—Pero no tiene el menor sentido —replicó, ceñudo—. Si era tan sencillo ¿por qué no lo hicieron antes? ¿Por qué esperaron a que ese reloj se rompiera por accidente?

—Rizos me dijo que a nadie se le había ocurrido antes —respondió Poof, encogiéndose de hombros.

El anti levantó una mano y se dio un golpe contra la frente. Murmuró entre dientes un par de comentarios acerca de los imbéciles que eran ciertos seres mientras el hada fingía no escucharle. Luego se le acercó un poco y le habló casi al oído.

—No dijo nada acerca del por qué la Oscuridad fue liberada.

Poof asintió. Lo vio de costado, no de frente.

—Ella y el concejo pensaron que así sería mejor —Un poco incómodo, añadió—: De todos modos era muy largo de explicar, ¿no lo crees?

—Bueno, sí —reconoció algo extrañado—. Pero ¿no creen que tarde o temprano alguien querrá saber?

—¿Y eso qué importa? —preguntó Poof, desafiante.

Foop lo miró todavía más desconcertado porque era la primera vez desde que salían que se ponía así. Fue como sentir un ligero temblor donde nunca lo hubo. Sorprendía, más que otra cosa. Poof pareció arrepentirse en el acto y trató de aligerar la tensión en su rostro. Desde que se conocieron, el anti no pudo recordar ninguna otra ocasión en que evitara verlo. Lo más cercano era a cuando se negaba a confesar sus pensamientos acerca de su imaginario futuro con Timothy Turner.

—Por ahora no necesitan saberlo, ¿no es así? —dijo el hada, moviendo los pies en el aire y algo de rubor en el rostro—. Es decir, no es necesario que sepan que nosotros… que nosotros tuvimos la culpa de todo.

Entonces al fin Foop creyó entender los mecanismos que se habían movido en su interior para reaccionar así. Fue un conocimiento extraño y súbito, que no se apoyaba en nada que hubiera leído anteriormente, sólo en lo puramente empírico. Por eso actuó como si su vago argumento lo hubiera convencido del todo.

—Tienes razón —dijo, despectivo—. Igual, dudo que lleguen siquiera a preguntárselo. Demasiado contentos estarán, supongo, con volar algo más que sus traseros.

Poof le sonrió, agradecido. Foop le dio otra no del todo segura, casi vacilante. Todavía no estaba acostumbrado a esbozar esos simples gestos sin una burla que los acompañara. Antes las dos cosas iban de la mano. Resultaba extraño, como querer aprender a reír mientras se llora o dar los primeros pasos tras una vida de gateo. Pero al menos así correspondía al estado de ánimo de su compañero y podía volver a sentirse tranquilo respecto al suelo bajo sus pies, sin inquietarse por nuevos temblores. En cuanto por fin llegó su turno, firmó su nombre con las florituras de costumbre. Sucediera lo que sucediera, sentía deseos de volar en una de esas cosas que les mostró Rizos.

El Buda Comehamburguesa estaba en proceso de hincarle el diente a la nueva McBig One de su restaurante favorito cuando una alarma muy molesta lo sacó de su ensueño. Tuvo que cerrar la boca, que se había abierto especialmente para su orden, y observó con asombro la alarma encima de la pantalla a un lado de su escritorio. Una de las columnas brillaba en intenso dorado y la otra, llena sólo hasta un poco más de la mitad, parecía querer desvanecerse en un tenue gris. Apagó la alarma, sin poder reprimir la extrañeza. ¿Ya era hora? ¿Tan pronto? ¡Pero si parecía que hacía sólo un par de días puso en marcha la subasta! Definitivamente, el tiempo volaba cuando se la pasaba bien.

Lamentándolo, dejó la hamburguesa sobre su envoltorio de papel y tecleó rápidamente un par de cosas. Todo el dinero (tanto de los ganadores como de los perdedores) fue inmediatamente transferido de su cuenta bancaria. Volvió a mirar en el par de columnas, asintió y escribió una veloz felicitación así como una nota que decía que lo lamentaba. Las envió a los destinatarios correspondientes y se volvió hacia la palanca. Pero antes dio un par de golpes a la ventana a sus espaldas.

—Vas para los pixies, recuérdalo —le dijo con la misma voz con que le recordaba a los camareros que lo quería todo con ketchup. Desde adentro le respondieron otro par de golpes, señal de que se había hecho entender—. Bien, que te diviertas.

Entonces accionó la palanca. En el interior de su oficina no cambió nada, pero supo, en cuanto la soltó, que el sitio detrás de él acababa de ser vaciado. En ese momento regresó con su orden, calmado al fin porque ahora que podría cancelar un par de deudas.

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