AntiOdio. 17

Capítulo 17: La lucha estelar

El hecho de que la Oscuridad hubiera llegado al Mundo Anti Mágico antes de lo previsto encendió todas las alarmas en el Mundo Mágico. Las clases de vuelo en las naves de combate, antes programadas para no interferir con otras actividades después de la escuela, se volvieron diarias y de durar unas tres horas pasaron a durar hasta cinco. Había cuatro mundos más que la Oscuridad debería tragarse antes de llegar hasta ellos, pero ya nadie se confiaba por lo que programaron el ataque para unas semanas después.

A esas clases no sólo asistían las criaturas mágicas de la Academia. También iban criaturas adultas para aprender o darles indicaciones según su propia experiencia. Los grupos estaban divididos muy claramente: por allá Cupido paseaba entre sus querubines con su inseparable taza de café, la mirada seria y resuelta, por ahí Juandissimo dándoles discursos motivadores (o sólo una exhibición de sus músculos, lo cual surtía el mismo efecto) a su exageradamente amplia clase de pilates, por el otro un sector era comandado por la fuerte voz de Jorgen Von Strangle, que no perdía oportunidad de hacerlos estallar para que “tuvieran una idea de lo que les esperaba”, y otro, igual de amplio, liderado por Wanda y sus gritos de “¡ya es suficiente con los juegos, pueden hacerlo mejor que eso!” que a más de uno le dejaba con un silbido en los oídos. Las criaturas del bosque, los elfos, los trolls, todos estaban entre ellos, esperando y aprendiendo. Parecía que a pesar de no tener alas de mariposa o piel rugosa o barba o escamas todos eran un conjunto homogéneo dispuesto a darlo todo por el equipo. Cualquier diferencia que pudiera haber habido entre las especies se desvaneció y lo único que valía era mejorar en los entrenamientos.

Claro que, como en todos los casos, había excepciones a la regla. Por aquel lado, siempre algo más apartados del resto, nunca confundidos entre multitudes, estaban todos los Anti Mágicos que lograron escapar antes de que la Oscuridad acabara de cebarse con el castillo de su líder. Ellos eran los únicos que todavía veían por las noticias cómo sus hogares y negocios desaparecían instantáneamente tras un manchón negrura impenetrable. Al principio hicieron como que se lo tomaban a broma, festejando cada nueva desaparición. “¡Allá va tu taller de artesanías, Anti Jorgen!”, “¡ya te quedaste sin patio trasero, viejo!”, “¡es un home run, amigo, literalmente es un home run! (1)” Pero a medida que la Oscuridad avanzaba y se iba llevando a más hogares las tomaduras de pelo fueron cesando hasta finalmente desaparecer. Luego de eso se limitaron a cumplir con los entrenamientos a rajatabla y murmurarse entre sí burlas respecto a las otras criaturas mágicas. No ayudaban ni daban consejos a nadie más que a sí mismos. Cada vez que se reunían fuera de las naves una nube oscura preñada de rayos y truenos amenazantes se formaba encima de sus cabezas de forma invariable. Poof era prácticamente el único ser no anti mágico que sabía que esto último era algo bueno.

—Ese es su buen humor manifestándose —le explicó Foop un día—. Están emocionados porque podrán vengarse de los pixies por haberles ganado en las subastas. Ya sabes lo que nos gustan ese tipo de cosas como restregarle en la cara a la gente su fracaso.

—Yo me imaginaba, no sé, que les daría cosa pelear contra su madre —adujo Poof, turbado.

Foop se había llevado una mano tras la nuca, reflexivo. En realidad no meditaba tanto su respuesta, que ya tenía, como el modo de decirla.

—No cuando amenaza con convertirnos en alienados —Lo miró, curvando una ceja—. Lo que deberías saber, estimado Poof, es que las lealtades de los anti mágicos se definen de manera diferente a la de otras criaturas. Primero está nuestra propia seguridad y bienestar, luego, si queda tiempo y queremos, la de los demás.

Poof miró los giros de las naves en el aire maniobrando para pasar por un aro que se encendía en rojo al menor contacto. Cada vez que el aro era encendido su madre gritaba por un megáfono que más le valiera hacerlo mejor para la siguiente, que qué le costaba concentrarse en lo que hacía en lugar de pensar en quién sabe qué, qué se creía, eso no es un juego de niños. Nadie se atrevía a siquiera acercársele durante sus arrebatos pero luego, al finalizar, andaba feliz y ligera igual que si saliera de un spa de cinco estrellas. Decía que ese era el mejor pasatiempo que había tenido en años. Poof se conocía todas sus formas de regaño al dedillo y no necesitaba escucharla para saber que el piloto se sentiría como si le hubieran dado unas nalgadas a la vieja usanza. Por eso era Jorgen el que la reemplazaba cuando era el turno de los más jóvenes. Demasiadas quejas de los padres no podían ser ignoradas.

—¿Yo estoy incluido en ese nosotros? —preguntó Poof sin poder contenerse.

Foop giró la cabeza hacia él y se sonrió igual que si quisiera reírse de su ingenuidad.

—¿Tú qué crees?
Poof no tuvo tiempo para pensar una respuesta. Cualquier palabra suya habría sido ahogada por el estruendo de un gato chillando en agonía, trasmitido por todos los megáfonos ubicados a ambos lados de la pista. Esa era la señal para que pasaran los anti mágicos. Foop se levantó del suelo con su casco de piloto a la mano. Sólo él y su grupo llevaban trajes azul oscuro. El resto usaba los tonos rosa por haber sido una donación del ejército de Cupido. Poof lo observó, sin tratar de ocultar su inquietud. Confiaba en él, estaba claro, pero sencillamente deseaba escucharlo.
—Relájate —le dijo Foop, poniéndose el casco. Subió la visera para hablarle—. Por lo que al rey supremo de los anti mágicos concierne, tú eres un anti mágico honorario.
Poof sonrió. Tenía su gracia que le tranquilizara tanto que lo consideraran uno de los tradicionalmente malos, pero así era y no iba a cuestionarlo. Últimamente tenía sus motivos para estar de buen humor, a pesar de la Oscuridad, y no iba a arruinar uno más cuestionándose al respecto.

—Suerte —le dijo al anti mientras se iba.
Foop levantó un pulgar, para afirmarle una vez más que era pan comido. En verdad, para él y Poof lo era en cierto modo. Todavía se acordaba del asombro de Foop el día en que las naves de combate estuvieron preparadas y listas para usarse. Por fuera podían pasar como el recurso indispensable para cualquier guerra. Por dentro tenían exactamente los mismos controles que aquella cabina que usaron para eliminar aliens malignos. Poof tuvo que aclararle que la idea fue suya o algo así, porque Rizos le pidió que se lo dibujara en una hoja de cuaderno cualquiera sin aclararle para qué lo quería. Así a nadie le costaba demasiado aprender. El mayor problema de los novatos era conservar la compostura para no acabar dando un mal giro, impulsados por los nervios.
“Rey supremo de los anti mágicos”, se dijo, todavía sin poder creérselo del todo. Claro que era algo de esperar, considerando que el padre de Foop había sido el líder anterior y todo eso, pero de todos modos ni el ser azul se esperaba ver a la total población del Anti Mundo Mágico en la sala del castillo. Cosmo sólo había dicho “Foop… eh, hay gente que te busca abajo.” Poof pensó un montón de cosas pero no eso. Ver al montón de criaturas reunidas, tanto azul y negro, fue una especie de revelación. Siempre había sabido que era diferente a su contraparte, es decir, se necesitaba ser un imbécil para no notarlo. Pensaba que eso no importaba, con tal de que lograran llevarse bien. Pero jamás se dio cuenta de la magnitud de sus diferencias hasta que vio la mayor representación de ellas acumuladas en su salón. En varios rostros pudo apreciar la aversión por los adornos de colores alegres, la misma instintiva e irracional que sentía respecto a los cuadros de Foop. Cualquiera diría que era imposible juntar tamaños opuestos, y sin embargo, de alguna forma, ellos lo habían conseguido. Fue la primera vez que se sintió tan orgulloso de lo que había hecho. Donde muchos verían conflictos e inconvenientes, ellos dos se las arreglaron para encontrar una zona gris, neutra, donde no existía ningún obstáculo para la unión. Se sintió feliz, aun cuando, por las miradas que le echaron, estaba claro que ni él o su familia eran bienvenidos. Pero esa era su sala, era su castillo, y si querían conferenciar estaban locos si pensaba que tendrían permiso para hacerlo en secreto. Todo eso les comunicó Wanda nada más llegar y ellos, por no tener otra opción, aceptaron.
En cuanto bajaron Anti Juadissimo se adelantó para hablar en nombre de todos. No sólo era identificable por la coleta de caballo y los ojos morados, si no porque enseñaba los colmillos con la misma frecuencia y afán dramático con que su doble mostraba los músculos. En esa ocasión lo hizo con patente desagrado, para preguntarle escuetamente qué diablos pensaba hacer Foop ahora.

—Tenía planeado darme un baño pero si tienes una mejor idea me encantaría oírla —ironizó Foop, molesto porque no entendía todavía de qué iban.
Anti Juandissimo gruñó.
—Me refiero a nosotros —le explicó, haciendo un gesto vago al conjunto de formas oscuras detrás de él. ¿Cuál es el plan ahora?
—¿Y cómo se supone que voy a saberlo?
—¿Es esta tu idea de diversión, hacerte el tonto? Sin Anti Cosmo que nos lidere, el mando pasa a tus manos. Creíamos que lo sabrías.
Foop parpadeó una vez. Y otra, porque seguía sin asimilarlo.
—¿Desde cuándo? ¿No y que me odiaban?
De entre la multitud salieron claros asentimientos en forma de resoplidos y bufidos. En verdad, ninguno parecía cómodo sobre el piso en el que les tocaba flotar.
—No hemos olvidado tu pequeña bromita al volvernos peluches cariñosos —le aclaró Anti Juandissimo, con una frialdad que su contraste jamás podría emular—. Lo cierto es que no nos agradas en lo absoluto, y mucho menos nos hace gracia el problema en que nos has metido, pero hay que admitir que de entre todos nosotros, tú eres el único con la inteligencia para guiarnos. O al menos eso debemos creer si le damos crédito a las palabras de Anti Cosmo, lo cual, desgraciadamente, hacemos. Él te nombró su directo sucesor en caso de que algo le ocurriera.
Foop se quedó en silencio al escuchar eso. Poof no tenía idea de si fue el único que se dio cuenta de hasta qué punto lo asombraban esas palabras. Si lo fue tampoco hubo mucho tiempo para dar a otro la oportunidad de averiguarlo, porque Foop rápidamente se recompuso. El anti esbozó una sonrisa presuntuosa.
—Desde luego, es la única opción lógica —afirmó, confianzudo—. De acuerdo, acepto el cargo con todos los honores que eso implica.
A Poof le pareció que varios giraban los ojos.
—Perfecto —cortó Anti Juandissimo, ya mostrando signos de impaciencia. Miró a las tres hadas como si quisiera mandarlas a volar, pero, puesto que Foop no hizo o dijo nada por apartarlos, se resignó—. Por ahora hemos conseguido trasladar nuestra fuente de energía a un lugar seguro. Estaremos bien siempre y cuando la Oscuridad no llegue al Mundo Mágico, ya que nuestra energía y la suya están conectadas por venir de las mismas fuentes.
—Claro, por supuesto —dijo Foop, asintiendo, como si se lo hubiera esperado todo. Después le diría a Poof que no tenía la menor idea de nada al respecto—. ¿Qué más?
—Nos hemos instalado en un pequeño planeta cerca de Vacalandia de momento. Era ahí donde pensábamos ir en caso de emergencia y se supone que nos da un mes antes de que la Oscuridad nos alcance, pero ya hemos visto que los cálculos de Anti Cosmo pueden fallar.
—Fue su culpa por no tomar en cuenta la complejidad de la materia —comentó Foop, muy serio. Tener la oportunidad de corregir a su padre en público le daba un placer que lo hacía casi solemne—. Los planetas que la Oscuridad tuvo que tragarse antes de llegar al Anti Mundo estaban deshabitados y por lo tanto tenía mucha menos información que procesar.
Claro que no mencionó que a él también le había sorprendido el desprendimiento del techo. Anti Juandissimo asintió, aunque estaba claro que esas cuestiones como el cálculo le traían sin cuidado.
—Eso es lo que hemos hecho hasta ahora. Esperamos a saber qué tienes en mente para resolver esta situación.
—Hum —manifestó Foop, llevándose una mano al mentón. De pronto se dirigió al hada de pelo rosa, sobresaltándola—. Tía Wanda, ¿te importaría traer algo para los invitados? Una bebida o algo así. No es de buena educación quedarse sin ofrecerles nada. Tío Cosmo podría ayudarte.
La cara de Wanda enrojeció. Ya era bastante tener que ofrecerle su techo y hogar como refugio a un ser que nunca hizo nada bueno por ellos, sino todo lo contrario, para que encima se pusiera a darle órdenes. La única cosa que le contuvo para reclamarle su desconsideración fue la mirada suplicante de su hijo.
—Oh, está bien —dijo, frustrada, y se llevó a su marido fuera de la sala.
Poof esperó recibir la misma indirecta pero Foop no le dijo nada y supuso que no le molestaba que los escuchara. Todavía no había oído que Foop solamente los había sacado de la habitación para comprobar si realmente le hacían caso.
—En la Academia se están reclutando criaturas para intentar encerrar a la Oscuridad directamente —dijo el anti—. ¿Han oído algo de eso?
Voces de sorpresa recorrieron el grupo.
—Con la mudanza ha sido difícil mantenerse informado —replicó Anti Juandissimo, desdeñoso—. Ya sabes, trasladar hogares y negocios, aun con magia, puede generar cierto desorden.
—Sí, claro —respondió Foop y nada más le faltó girar los ojos a su vez—. Es una medida que ha tomado el Consejo. La idea es capturar a la Oscuridad en varios recipientes de manera que ya no resulte un peligro para nadie. Si están tan ocupados no tengo problema en ir a conseguirles una hoja de inscripción yo mismo. No puedo estar seguro de si funcionará o no, pero es la única solución que tenemos a mano hasta ahora y por lo tanto habrá que asumir su inminente éxito.
—¿Todas las demás criaturas del universo participarán? —preguntó Anti Juandissimo, transmitiendo la duda de todos al instante.
—Supuestamente es por voluntad propia pero, como al parecer ser héroe se ha puesto de moda, no hay criatura que no se haya inscripto ya. Supongo que ustedes serán los últimos.
Anti Juandissimo entrecerró sus ojos y reveló los colmillos. Había notado claramente el uso de “ustedes” en lugar del “nosotros.”
—Veo que no se te ocurrió hablarnos de eso antes.
—No tenía por qué preocuparme de ustedes —le recordó Foop, encogiéndose de hombros—. Además asumí que ya lo sabrían. Ahora que no hay la menor duda sobre eso, espero verlos en los próximos entrenamientos de vuelo. No hagan que me de vergüenza ser su rey.
—Nadie dijo nada sobre ser rey.
—Yo lo oí y eso es lo que cuenta. Ahora, si acabaron de incordiarme, les ordeno que se larguen de aquí.
Desde entonces Foop era el cabecilla de los de su especie, aunque de una forma mucho más limitada que en otras circunstancias. No podía guiar a sus “súbditos” para que lo ayudaran a conquistar ningún mundo, no podía conducirlos a la casa de un enemigo para hacerlo arrepentirse de su nacimiento ni, mucho menos, atormentar a cuanto ser pasee bajo sus narices. Esa era una de las condiciones porque Jorgen les permitiera participar. La misma situación que en la cafetería que intentaron sostener se repetía, sólo que ahora tenían el consuelo de saber que lo hacían de forma mucho más activa que reuniendo billetes verdes. Entre otras cosas, Foop debía asegurarse de que si iban a desperdigar la mala suerte, la mantuvieran lejos de las naves y los pilotos a la hora de despegar. Él era el primero en salir de la pista y el que se aseguraba después de que todos hubieran recorrido el circuito. Lo que más disfrutaba era dar órdenes, no escuchar ninguna queja, criticar y ser escuchado. Según él, era una experiencia mucho más liberadora de lo que jamás habían sido 16 años de vida. Se sentía en su elemento. Para eso había nacido.
Poof empezaba a ver al dictador que sería. Uno que no dudaba, al que no se le escapaba nada, y sobretodo que no admitía otra cosa que obediencia. Estaba conociendo el sabor y le encantaba. El hada tenía sentimientos encontrados al pensar al respecto e invariablemente quería sacar a su mente del tema, con una vaga sensación de culpabilidad. Prefería pensar en otras cosas, más claras y positivas. Como en el hecho de que al final de la clase ellos dos volverían al castillo en la pecera.
Lograr que Wanda aceptara a Foop fue mucho más sencillo de lo que hubiera imaginado. Él había acudido frente a su madre esperando gritos, reclamos o un silencio tan duro como rocas, pero no esa disposición a escucharle. El hada se conmovió al escuchar la manera en que Foop acababa de perder a sus padres. Al final fue ella la que dijo que podía quedarse en la habitación al fondo del pasillo, arrancándole nada más que la promesa de que no causaría desastres mientras estuviera ahí. Poof pudo haberlo dejado ahí, y de hecho gran parte de su cerebro le insistió que lo hiciera, pero otra quiso averiguar en dónde lo dejaba esa nueva situación.
—¿Ya está bien entonces? —preguntó, sinceramente confundido. Wanda lo vio sin tener idea de lo que hablaba—. ¿Ya no te molesta que salga con Foop?
—Poof, ya eres un chico grande y eres libre de salir con quien lo desees —Poof abrió la boca para preguntar qué diablos había sido su actitud reprochadora de antes y no pudo decir nada—. Lo que me molestó fue que me mintieras, Poof. Debería poder confiar en ti y que si dices que saldrás con tus amigos para hacer un proyecto escolar, es que eso harás. En cambio descubro que estuviste haciendo de todo, menos lo que dijiste. ¿Y si pasara algo grave y no pudiera contactarte al celular? No tendría manera de comunicarme porque no sé dónde estás. ¿Has pensado en eso?
No, en ningún momento lo había hecho. Un intenso rubor cubrió el rostro del hada y este no pudo sostenerle la vista. Tenía 16 años pero se sintió de 9 en un instante. La magia de la culpa.
—Foop puede quedarse si no tiene otro lugar adonde ir —acabó Wanda con firmeza—. Pero no quiero volver a enterarme de que me has estado mintiendo, Poof, hablo en serio.
Poof cabeceó porque no tenía más que hacer. Desde entonces, excepto porque los forzaba a sentarse en lados opuestos de la mesa y ponía candados mágicos en la puerta de Foop antes de irse a dormir, su nivel de desden descendió significativamente y la atmósfera de la casa se hizo mucho más agradable. Poof sabía que Foop igual podía escaparse por una puerta trampilla bajo su cama, que en realidad era un portal dimensión, y que a su madre no le haría gracia enterarse. Le gustaban esas noches de charlas ociosas y juegos violentos, películas variadas y tontos programas de televisión. Le gustaba despertar por la mañana y ver una cara familiar. Así que no le dijo nada a Wanda y se afirmó que no era una mentira si nadie preguntaba.
Era irónico que cuando la vida como la conocía estaba a punto de cambiar era el momento en que sentía más a gusto con ella.
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Ese día sería conocido como “El día de la separación oscura.” O así era como los profesores insistían en decirles. Conminaban a los más jóvenes a tomar nota de todo lo que sucediera porque hoy estaba decidido que escribirían una nueva página en los libros de historia. Cualquiera que estuviera nervioso rápidamente se veía avasallado por el creciente aire de entusiasmo que se respiraba. Todos habían entrenado, todos estaban listos.
Saltaron, volaron o se hicieron aparecer en sus naves luego de oír la señal por los altavoces. Se hicieron ajustar los cinturones, acomodar los asientos y colocarse los cascos con los micrófonos incorporados para hablar directamente con la radio. Poof se quedó mirando a sus compañeros a través del vidrio polarizado de su nave, moviendo inconscientemente la palanca de mando.
—Esperen a la segunda señal antes del despegue —dijo la voz de Rizos al oído y él supo que lo mismo escuchaban los otros pilotos—. Tenemos que comprobar algunas cosas.
—Todavía creo que es injusto que Dorados se quede tranquilamente en la torre de control mientras el resto de nosotros arriesgamos el trasero —se sumó la voz de Foop.
Poof se sonrió, meneando la cabeza. Los pilotos también podían hablar entre sí sin temor a que nadie más los oyera.
—Toda la idea fue de Rizos, y además no debe ser sencillo controlar todas las naves —repuso, mirando lo único que debía controlar: la dirección.
En las películas con aviones había varios botones, controles para la presión y cosas así que el piloto debía saber manejar en un instante. Ese tipo de cosas las habían suprimido para facilitar los vuelos. Escuchó un sonido de carraspeo por el audífono y se dio cuenta de que Foop no había cortado la comunicación.
—Oye, Poof… —dijo y volvió a oír un crujido, como si se aclarara la garganta—, vamos a salir de esta, ¿no es así?
Poof giró la cabeza y trató de vislumbrar las naves de los anti mágicos, pero no llegaba.
—Por supuesto que sí —afirmó, esperando tener la misma convicción que quería transmitir.
No podían dudar. Tenía que funcionar, sin más.
—Pero en caso de que no… —habló Foop, la incomodidad traspasando la comunicación electrónica— y toma en cuenta que soy un genio, es inevitable que contemple todas las posibilidades… quiero que sepas que yo… bueno, no te odio —Poof se quedó en silencio, sin saber qué decir a eso—. Bueno, no es correcto. Suelo odiar a mucha gente, la mayoría se lo merece, pero no… no a ti, ya sabes. Lo que tengo es más bien es lo opuesto al odio, ¿entiendes? Todo lo contrario. Es un anti odio, así como un anti vómito —Silencio. Carraspeo—. ¿Entiendes?
Poof no respondió. Visualizó al Foop que era torpe para expresar cualquier cosa que no fuera burla o desprecio. Lo imaginó observando los tornillos en el techo, la línea en que se separaba el vidrio del metal o simplemente al frente, jugando con el control de mando sólo por hacer algo. El Foop que siempre decía que no era asunto de nadie lo que ellos hicieran y que no tenían la real culpa de lo que había sucedido. Nadie más lo había culpado, pero sólo cuando él lo decía entonces se sentía capaz de creerlo realmente. No tenía sentido, claro, pero así era.
—Entiendo —dijo, pasivo, y sonrió—. Yo tampoco te odio. No te odio para nada.
—Genial —respondió Foop y hubo un sonido curioso, como si tragara algo—. Entonces cuando salgamos de esta no te importará invitar la pizza.
Poof casi se echó a reír. Del otro lado seguro se escuchó su resoplido conteniéndose. De alguna forma Foop siempre se las arreglaba para hacerlo pagar todo. Y él, de tonto, que no le importaba nada permitírselo. Ni siquiera ahora.
—Es un hecho —contestó, animado.
La señal interrumpió cualquier intento de seguir conversando. A lo largo de toda la pista cientos de motores comenzaron a rugir. En el centro, diminuto, pero visible gracias al color naranja de su chaleco, un querubín agitaba un par de conos luminiscentes para indicar cuándo salía línea de naves. Primero despegaron los querubines, luego la clase de pilates de Juandissimo, más tarde los mágicos, los seres del bosque y al final los Anti Mágicos. El orden en realidad no importaba porque pronto vieron a sus compañeros volar cerca de ellos. Viajaban en formación de pirámide, como se les había enseñado.
Mientras tanto, en la Torre de Control, un grupo de querubines iban de aquí para allá comprobando datos en sus pantallas, pasándose números y asegurándose de que todo estuviera en orden. Rizos estaba ahí, parada, viendo por la pantalla menor el movimiento que seguían las naves. El chico Jeremy estaba a su lado y su fascinación por todos los aparatos tecnológicos—mágicos que veía casi le hacía olvidar quedar fascinado por la joven a su lado. Continuamente desviaba la mirada de ella cuando Rizos sólo quería fijarse en otro punto de la pantalla. Se admitía su presencia ahí sólo con tal de que no tocara nada, y como él no era de los que necesitaban tocar para probar lo que veía, no tenía problemas en cumplirlo.
—Dentro de unos minutos entrarán en el terreno de alcance de la Oscuridad —dijo Rizos, sosteniendo el micrófono a un lado de su rostro—. Desplieguen los brazos en cuanto se los indique. Recuerden que los brazos están protegidos mágicamente y debería ser sencillo atraparla separándola de sí misma con las cuchillas especiales incorporadas. Enciendan las luces para que no acaben cortando en dos a uno de sus compañeros.
Algunas figuras voladoras en la pantalla prendieron las luces apenas acabó de pronunciar sus palabras. El resto comprendió que ella se refería al mismo momento en que sacaran los brazos, pero no importaba. En la parte inferior de la pantalla había un contador con números digitales que reducía su porcentaje rápidamente, indicando qué tan cerca se encontraban de su objetivo. 80%… 60%… 55%… 39%… 10%
—Ahora —pronunció.
Todos los pilotos accionaron el botón encima de sus controles, causando que en la pantalla se viera a todas las naves abriendo un par de compartimientos en la parte inferior. Barras de hierro rodeados de cables gruesos surgieron y al desplegarse imitaron la forma de un brazo con codo. En lugar de manos sólo había unas pinzas gigantes y un cuchillo eléctrico de tamaño descomunal. Ambos miembros brillaban tenuemente en un amarillo claro, señal de que estaban protegidos. Esa sería la magia especial de los seres del bosque actuando. Sus padres estaban en alguna parte entre los pilotos, preparados como el resto para controlar la situación.
5%…
Las naves ingresaron, pirámide por pirámide, en la nube oscura de la pantalla. La misma pantalla se puso completamente negra. Ya no había nada que ellos pudieran hacer más que controlar el estado interno de las naves. El resto sólo podía depender de ellos.
En un primer momento Foop no quiso entrar. Un pánico o una ansiedad que no había conocido antes le paralizó las manos, aun cuando estas fueron cubiertas por los guantes que le permitirían manejar los brazos metálicos. Fue un largo instante en el que quiso darse la media vuelta y dejarlo todo, que otros se ocuparan del desastre mientras él esperaba en la otra punta del universo. Creyó ver un punto de azul perdiéndose en la distancia y unos dientes chuecos gritándole su último consejo materno. Todos sus compañeros lo adelantaron, las luces encendidas y las pinzas moviéndose para agarrar parte de la materia.
—De doble queso —escuchó de pronto y creyó que era el recuerdo de su madre espantosamente distorsionado. Luego se dio cuenta de que la voz no se parecía absolutamente en nada y su mente no podía ser tan incoherente.
—La pizza que te debo —aclaró la voz y ahora sí pudo identificarla. Poof—. Yo la pagaré pero sólo si es de doble queso, ¿te parece bien?
La pizza, claro. La misma cuya preparación dependería de si salían de esta. No, de cuando salieran de esta. Era como si Poof lo hubiera adivinado. Eso le causó una sensación de molestia, el que pudiera ser predecible para alguien.
—Está bien, pero entonces te encargo el postre —agregó, encendiendo las luces.
Empujó el mando para salir hacia adelante. Los últimos resquicios de luz exterior desaparecieron y todo lo que pudo ver fue un muy pequeño margen de claridad a su alrededor. Ni siquiera podría distinguir nada que se le pusiera frente a las narices. Una vez adentro, no era tan aterrador. Es más, el mero hecho de que pudiera verse los brazos era más de lo que esperaba. “No sé por qué pensé que la Oscuridad sería más… oscura”, pensó probando las pinzas. Cada vez que abría su mano derecha la pinza se abría y cada vez que cerraba la izquierda, el cuchillo eléctrico gigante se activaba.
—De acuerdo —afirmó Poof y Foop se sintió aun más molesto porque le pareció que se sonreía.
“Pero qué infantil”, le reprochó en su mente. En fin, era hora de ponerse a trabajar. La tarea prometía ser aburrida. Ya desde antes de despegar imaginaba que sería algo como recolectar siembras. Agarras lo más que puedas desde la base y la arrancas de ahí. Foop alargó la pinza y la cerró. Asombrosamente (tenía sus dudas, por supuesto) algo de esa oscuridad se quedó entre las dos mitades, revolviéndose como un enorme tentáculo hecho de humo. Acercó el cuchillo lenta y cuidadosamente, pues aun no estaba seguro de cómo sería. En los entrenamientos los hacían cortar troncos arrojados al aire. Esto parecía mucho menos sólido y capaz de huir. Cerró el puño izquierdo, haciendo mover las cuchillas.
Claramente recordaría que ese fue el momento en que todo se estropeó. Si tan sólo hubiera demorado unos instantes, cinco o seis segundos, las cosas podrían haber resultado diametralmente diferentes. Para empezar Foop no habría abierto la mano o aflojado la presión que tenía sobre aquella porción de Oscuridad, liberándola sin darse cuenta de lo que hacía. Todo el momento se redujo al sonido de aquel grito, de aquel chillido que los tomó a varios por sorpresa, paralizándolos.
—¡Nos ataca, está destrozando la nave!
Ni siquiera fue el único, un accidente aislado en el espacio.
—¡No sé qué está pasando! ¡No puedo ver nada! —Un grito de dolor, de confusión—. ¡Me golpean! ¿Qué diablos pasa?
Foop cerró y abrió los ojos, pero por mucho que forzara la vista no podía ver más allá de las luces. Era como si sólo a él le hubieran encerrado en una cámara debajo del mar con un montón de horribles sonidos de fondo justamente para ponerlo nervioso. No funcionaba. Ante algo que no entendía, que parecía inexplicable, su primer instinto era poner en marcha la parte analítica de su mente. Los ruidos que se oían mientras las voces gritaban, ¿eran o no como sonarían las naves una vez atacadas? Y suponiendo que eso fuera así, ¿qué les había atacado? No podría ser otro compañero despistado porque el primer chillido debería haber sido prueba suficiente de que estaba haciendo algo mal y por lo tanto se detendría. Y si no fue el primero, los siguientes deberían haberlo hecho.
—¿Quién fue el gracioso?
—¡Me rompieron la cubierta!
—¡Algo me quitó el brazo!
—¡En serio, esto no tiene gracia!
A esas palabras seguían los mismos ruidos de choque, los gemidos de dolor y temor. Las personas se asustaron. Los más jóvenes chillaron aunque nadie los tocara y llamaron a sus padres. Entonces lo entendió. Un detalle en el que Dorados no había tomado en cuenta porque sencillamente no había motivos para hacerlo. El golpe de claridad fue tan súbito que se quedó aturdido por lo obvio. A la Oscuridad no le gustaba que la cortaran. No le gustaba en lo absoluto.
—¡Retirada! —chilló Rizos en los oídos de los pilotos. Ella ya había recibido los informes al respecto de las naves caídas y estaba al borde del histerismo. Su voz alcanzaba tonos agudos que nadie habría esperado—. ¡Dejen lo que estén haciendo y regresen! ¡La Oscuridad se está defendiendo! ¡No previmos esto! ¡Nunca lo había hecho! ¡Vuelvan, vuelvan!
Los líderes de los grupos transmitieron la misma orden, infestados de la misma aprensión confusa. Foop fue el último, aunque supuso que ya no serviría. Dio la media vuelta como los videojuegos le habían enseñados y casi fue de agradecer la suave presión del cinturón al ser movido su peso, porque eso le ayudó a salir de su ensimismamiento. Se obligó a no pensar en Poof sólo para conservar la calma. Lo primero era salir de ahí, eso es en lo que se concentró. Aunque pensara en él no podía hacer nada para ayudarlo sin ver nada. Si lo llamaba y no respondía… prefería evitarlo. Casi lo consiguió.
Justo cuando ya vislumbraba la amplia superficie gris de la pista a lo lejos y distinguió los palitos que serían los megáfonos, supo que no podía avanzar. Por más que presionaba la palanca hacia el frente o estiraba los brazos mecánicos, se quedó nada más que en ese paisaje lejano. Atrás, el sonidos de su nave siendo triturada en un abrazo de pitón humeante. Dado que Dorados ni nadie había previsto que la Oscuridad se defendería no habían puesto botones de expulsión, limitándose  los botones de los videojuegos que les describió Poof. Por eso Foop tuvo que crearlo con un pase de pluma. Mientras  salía disparado desde la cabina abierta, cayendo hacia la pista, pensó que perfectamente podría haberse aparecido ahí en lugar de pasar por ese viaje. Con otro anti poof se encontró de vuelta en el suelo, flotando a centímetros de él. Se quitó el casco y miró.
El paisaje no era alentador. Otros se habían salvado pero no todos habían sabido reaccionar a tiempo, con lo que la colisión fue inevitable. Yacían como cadáveres, desperdigados sin ningún orden, rodeados por los restos de las naves no absorbidas después de su destrucción. Unos cascos habían sido rotos. Lo bueno era que se trataba de seres inmortales y un golpe de esa magnitud o incluso mayor sería incapaz de matarlos. Unos pocos ya se movían, aturdidos. Unos enfermeros surgidos de la nada flotaban velozmente hacia ellos. Arriba, la Oscuridad continuaba dejando caer seres y pedazos, mientras a otros los agarraba en pleno vuelo para devorárselos. No sabía todavía cuántos habían sido absorbidos, pero era obvio que había mucho menos seres que cuando salieron.
¿Y dónde estaba Poof? En cuanto el nombre surgió de súbito, Foop se olvidó de su casco, de sus cálculos y se puso a buscarle entre los inconscientes. Les subía la cabeza, les subía la visera y al ver que sus rostros no eran igual al suyo los arrojaba fuera de sí, gruñendo con los colmillos para afuera. Revisó una docena de cabezas, entretanto los enfermeros retiraban a otro montón, y al fin encontró su reflejo en una piel más clara. Poof estaba ahí, entero. Rápidamente le revisó el resto del cuerpo. Ninguna herida había sido hecha a su traje, todos los miembros en su lugar. Le quitó el casco, con cuidado, para comprobar que no sangraba de ningún lado y no lo hacía. Físicamente estaba bien. Sólo que tenía los ojos cerrados y por mucho que Foop lo movió, nunca hizo un movimiento por su cuenta. Estaba inconsciente, no muerto, y aunque le hubiera gustado mucho más verlo abrir los ojos, era un mayor alivio del que esperaba.
—¡Oigan, inútiles!—les gritó a los enfermeros. Estos, sorprendidos, dejaron caer el cuerpo de un troll. No lo lamentó en lo absoluto—. ¿Qué creen que hacen? ¡Les falta uno aquí! ¿No saben que este fue una vez el segundo bebé más poderoso del universo? ¿A qué esperan para llevárselo?
Los enfermeros se miraron entre sí, confundidos, lo cual le enfureció.
—¿Es que son estúpidos o qué? —les espetó y el hecho de que ellos se alarmaran no lo calmó como podría haberlo hecho en otras circunstancias. Ni siquiera él sabía por qué gritaba tan alto—. ¡Vengan aquí de inmediato si no quieren sufrir un tormento peor que la muerte!
Los enfermeros puede que no tomaran en serio su amenaza o que sí lo hicieran. Lo cierto fue que al final debieron determinar que era mejor hacerle caso a un sujeto que no pararía de gritarles hasta que le hicieran caso, por lo que fueron hasta donde estaba llevando la camilla entre los dos. Hicieron doblar a la susodicha y subieron a Poof como habían estado haciendo con los otros desde que comenzó ese enredo, sin que por ello se libraran de las recriminaciones del anti. Después de dejarlo acostado los enfermeros le acomodaron bajo las sábanas blancas y las ajustaron bien alrededor de su cuerpo. Foop continuaba gritándole que eran unos incompetentes por apretarlo tan fuerte cuando alguien le tiró el brazo, haciéndole perder el hilo de sus reproches. Se trataba de Rizos y más mechones que los de costumbre escapaban de su coleta alta. La chica tenía los ojos tan abiertos y las cejas tan inclinadas a los lados que parecía que en cualquier momento se convertirían en agua y la corriente correría el riesgo de ir a empaparle el cabello.
—¿Has visto a mis padres, Glup? —preguntó.
El pánico todavía se leía en su tono, junto a una creciente impresión de que estaba a punto de masticarse todas las uñas. Poof estaría a salvo ahora, por lo que algo de la vieja irritación se diluyó.
—Mi nombre es Foop —afirmó, soltándose de su agarre. La chica era más fuerte de lo que aparentaba—. Y no, no los he visto.
—Oh, bueno, gracias, Bup —respondió Rizos de forma distraída, moviendo la cabeza como una gallina buscando semillas y se puso a buscar entre los caídos sin más miramientos.
Foop logró procesar la imagen general con mucha rapidez que ella y sabía que por lo menos a uno no lo encontraría. Las alas de mariposa solían destacar mucho en cualquier parte y las de su padre, grandes y coloridas, no se hallaban por ahí. Ese no era asunto de su interés, así que Foop se olvidó de ella y regresó con los enfermeros.

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(1) Home run: Tiene doble sentido la frase. Por un lado se refiere a cuando en el béisbol el jugador lanza un batazo a la pelota que le permite recorrer todas las bases y anotar una carrera para su equipo. Por el otro, traducido literalmente, significa “casa corre”, es decir, que la casa ya no está.

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