AntiOdio. 19

Capítulo 19: El efecto reflejo


Tres cuartas partes de la Tierra habían desaparecido. El puente entre el planeta y el Mundo Mágico, succionado como un fideo aceitado. Las noticias ya no decían nada porque ya no existían. Todos los equipos, camarógrafos, antenas satelitales y más de un reportero eran meros recuerdos destinados a volver en una nada favorecedor gris. La gente estaba desesperada, demente, ansiosa, molesta. El caso del loco aquel que, incapaz de aguantar más la tensión y la espera, se lanza directo al radio de acción de la tormenta se estaba volviendo cada más un ejemplo a seguir. No había ocasión para que salieran los héroes. Ningún arma, cuchillo, refugio, bomba servía de nada. Así que el sentimiento general era ser un montón de hormigas encerradas en el frasco de un niño muy sádico y aburrido un día de mucho sol. Sólo que nadie sabía bien lo que pasaría una vez la luz les llegara. Las únicas zonas eran pequeñas ciudades sin mayor defensa que el techo de los bondadosos o un árbol muy grande. Cualquier cosa que podría haber representado seguridad oficial había desaparecido. El lugar donde vivía Jeremy era uno de los todavía intactos pero el niño no estaba ahí.

Mientras sus padres remataban sus últimas botellas y el abuelo se aposentaba en el tejado, amenazando a cualquiera que se acercara a su puerta con volarle los sesos, Jeremy tuvo uno de los días más fantásticos que podría recordar. En el pasado apenas podía mantener una conversación de más de cinco segundos con la rubia amiga de su hermano mágica. Ahora la tenía visitándole todos los días, metiéndolo en el castillo de sus padrinos mágicos en las noches para llevar a cabo lo que ella decía era su plan. En realidad no había tenido la intención de planear nada cuando mencionó el campo aparecido mágicamente en el cuarto de Poof luego de que Foop apareciera ahí, pero Rizos se había emocionado y puesto a hablar de cosas que había oído decir a Mamá Cosma cuando la invitaba a pasar a la sala. Jeremy aportó otros datos y cada vez que confirmaba más lo dicho, la sonrisa de Rizos se hizo más resplandeciente. Él no captó bien por qué era así hasta que ella finalmente le pidió su ayuda.

Se la dio, por supuesto, tanto por querer pasar tiempo con ella porque no le hacía gracia imaginar que en cualquier momento a su abuelo se le irá la mano y el patio tendría un nuevo adorno rojo. Así que guió a la joven por el castillo hasta el cuarto donde Foop dormía. Entretanto afuera los gritos de los desesperados perforaban los tímpanos, Jeremy espió junto al hada la rutina que seguía el anti. Sólo tres días les bastaron para saber que no existía tal rutina. Nunca salía del cuarto. Si llegaba el mediodía y no tenía hambre no hacía nada, pero si de pronto le rugía el estómago, sin importar la hora que fuera, se hacía aparecer una pizza de doble queso y a veces lloraba hasta cubrir la cama de pequeños animales, a los cuales gritaba hasta cansarse. Jeremy hubiera preferido no ver nada de eso, pero Rizos estaba fascinada. Ellos dos permanecían en otra habitación observando la imagen que transmitía la minúscula cámara que la rubia había instalado mientras el otro dormía. También observaron que muchas veces el anti agarraba el celular de su contraparte y revisaba los mensajes de voz para convencerse de que nadie deseaba contactarlo.

Continuaban las visitas al hospital, pero de ahí Rizos nunca podía sacar información, decía, porque Foop no decía una palabra hasta que ella se marchaba. Si ella se inventaba una excusa para quedarse, daba lo mismo, el de piel azulada se las arreglaba para hacerla salir de ahí. Lo único de lo que sabía era la puntualidad y constancia de las visitas, que el murciélago siempre veía primero al cuerpo antes de siquiera mirarla y cuando se iba siempre encontraba la televisión encendida.

Una noche Jeremy entró a la habitación elegida y encontró a Rizos revisando unos cálculos en el suelo. Los ojos de la muchacha recorrieron cada número, volvieron a repasar una hoja de informes y le sonrió.

—Ya es hora —dijo.

En un rincón, desde el primer día, brillaba una bolsa a todas horas. La bolsa en sí era negra, pero su brillo era tan intenso que parecía rodeada de un aura dorada. Era lo suficientemente grande como para llevar tres conejos gordos. Rizos decía que debería haber sido todavía más pero habría que resignarse. Adentro hacía un polvillo dorado, tan fino y suave que habría sido imposible ver un grano sin un potente microscopio. No se podía manejar con las manos sólo así, pues era bastante sencillo que se adhiriera a las manos o la ropa y debían aprovechar cada mínima porción, así que para sacarla de ahí Rizos usaba una palita de plata especial para manejarla y moverla.

En cuanto dijo aquello, que ya era hora, se puso de pie y empezó a llenar otra bolsa más pequeña. Todo tenía que hacerlo a pie porque la magia que le permitía flotar se le había agotado. Previniendo eso era que tenía unas zapatillas aladas, pertenecientes al dios Hermes, porque sería mucho más sencillo si ningún paso suyo era oído.

—¿Cómo las conseguiste? —había preguntado el niño, asombrado por las alas perfectas.

—No sabe que las tengo —fue la respuesta de ella, sin perder de vista las actividades de Foop—. No creo que note la falta de estas. Cuando fui tenía dos armarios repletos de pares con distintos diseños. Parecía que allá no se enteraron de lo sucede aquí abajo.

Jeremy volvió a fijarse en el movimiento de las zapatillas, flotando sobre la superficie, y deseó para sus adentros que ojala las cosas les salieran bien. Fue la primera vez en que se percató en el gran asunto en que estaba metido. Nunca había conocido a ningún dios, pero sí leído acerca de sus terribles venganzas para con los mortales. Esperaba que salvar al universo les hiciera menos severos con ellos.

Foop dormía en la cama de Poof. Era apenas plena tarde, pero para él esos detalles habían perdido toda importancia. Ese día no iba a salir a ningún lado. Rizos se había encargado de decirle que era la fiesta de cumpleaños de uno de sus tíos y la familia por entero estaba celebrando en la habitación del joven. Era imposible saber cuándo acabarían. Jeremy estaba ahí y le pareció que el hada se regocijaba en la decepción al otro lado de la línea. Ellos podían ver el momento en que el anti colgaba y luego de hacer surgir varias mariposas, sólo caía rendido.

Para cuando ellos abrieron la puerta, apenas una docena de ellas salieron volando hacia afuera. Jeremy llevaba la bolsa en tanto Rizos se cambiaba de calzado. Hermes debía tener pies mucho más grandes que ella porque, en cuanto estuvo lista, sus pasos por el aire más parecían los de un payaso que de un ser alado. El niño temió que se diera vuelta o cayera cuando uno de los zapatos se le saliera. Además de que no quería que el hada se hiciera daño, no quería ni imaginar en lo que haría Foop si los descubría. Por las imágenes vistas estaba convencido de que no deseaba averiguarlo.

Rizos recuperó el equilibrio y estiró la mano para alcanzar la bolsa. El niño genio se la pasó y luego abrió la puerta para permitirle entrar. El hada dio patadas torpes en el aire hasta ubicarse sobre el techo de la cama. Descorrió cuidadosamente el hilo de la soga que aseguraba la bolsa y esperó, sólo por precaución. Foop no emitió el menor sonido ni reaccionó de ningún modo. Entonces, cuidadosamente, Rizos se acercó un poco más y comenzó a derramar el polvo dorado. Jeremy sólo veía, con el corazón desbocado, una delgada linea dorada caer sobre el anti y desaparecer un segundo después, como si en lugar de un cuerpo todo cayera encima de un lago profundo. No hubo movimientos de nariz, estornudos ni nada por el estilo. Para el ser azul no debía ser diferente a percibir el aire.

Al cabo de unos segundos la bolsa se hizo delgada, casi vacía. La muchacha la sostuvo por los bordes inferiores y la agitó hasta sus últimos granos. Por fin, por mucho que esperara, ya no tuvo nada que sacar. El cuarto se quedó sumido en la penumbra, sin ningún brillo o luz. Jeremy permaneció atento al menor sonido, a un grito enfurecido o el choque de las criaturas, pero nada más oyó el aleteo de hadas de mariposa sobre su cabeza. Al cabo de unos segundos también oyó al de las zapatillas y se apartó para darle lugar a Rizos. Torpemente y sin ninguna gracia, la chica zapateó hasta apoyar ambos pies en el suelo.

—Me resbalé —comentó sin expresión, mientras se cambiaba a sus botas—. Caí y casi me estrello contra su cara, pero no lo hice y tuve que sostenerme de una de los postes de la cama para enderezarme. Ahora es el ser más poderoso de todo el universo y ni siquiera parpadeó —La chica se irguió, rápida. Estaba seria y ni siquiera le miró al dirigirse hacia la otra habitación—. La primera fase está completa. Falta la segunda.

La segunda parte del plan consistía en usar el resto de la magia que quedaba para hacer una exacta réplica del cuarto de Poof y luego transferir, de un sólo segundo, a la cama con el anti a su interior. El abuelo de Jeremy pensó que la sombra sobre su casa sería una nube. Cuando miró hacia arriba eso precisamente era lo que parecía.

—Lo que nos faltaba: lluvia —masculló entre dientes postizos.

Arriba de la nube, Rizos cubría todo el cuarto con el resto de la magia que quedaba. Jeremy veía abajo hacia su propia casa y a la distancia, un negro horizonte. Le tenía pánico a las alturas. Ni siquiera el tomarle de la mano al hada para que no se cayera le hacía olvidarlo del todo. De hecho, si algo hacía esa situación era ponerlo más incómodo, porque Rizos seguía sin controlar del todo bien el par de zapatillas. Para cuando ella terminó, el exterior del cuarto brillaba con el mismo destello dorado que la bolsa.

—Esto evitará que la Oscuridad la absorba —le explicó la muchacha, de vuelta en el castillo. En la pantalla que ambos tenían en frente se veía el perfil del cuarto. Como todas las cortinas estaban cerradas, Foop no se daba cuenta de que la luz del sol se había vuelto de pronto más intensa—. Es el mismo hechizo que usamos con las naves para que ellas pudieran trabajar tranquilamente. Pero este desaparecerá justo cuando llegue al centro. Para entonces se dará cuenta de que es algo hostil e intentará atacarlo.

Igual que si fuera un cohete, bajo la replica había unos propulsores para llevárselo en el acto. Jeremy deseó estar ahí para ver el despegue desde una distancia prudencial, pero la muchacha se lo llevó sin darle tiempo. Cargaba un gran botón rojo al que le dejó presionar. Fue divertido, eso sí, pensar que estaba lanzando al espacio una verdadera nave espacial para una misión muy importante. Un gran cono invertido de fuego salió de debajo del cuarto. Mientras partía dejaba una estela de nubes grises.

Rizos tenía un control remoto en la mano. Con él, la imagen volvió a cambiar al interior de la habitación, con el durmiente exactamente igual que antes. El celular de Poof estaba, como siempre, al lado mismo de su mano azulada. La muchacha tomó asiento en el suelo y esperó con su propio celular, atenta a la luz asomando por las ventanas. Apenas la oscuridad absoluta volvió a reinar, llamó. Tenía el número en marcado rápido, con lo que sólo fueron segundos hasta que vieron la pequeña pantalla en la cama iluminarse. También escucharon el sobresalto del anti al despertarse bruscamente. Ellos dos lo observaron buscar frenético del celular y abrir los ojos cuando supo de dónde venía la llamada.

—¿Qué sucede, Dorados? ¿Acabó la fiesta? —preguntó Foop.

La voz sonaba curiosa, impaciente, quizá molesta porque le hayan interrumpido algo importante, pero era fácil desmentirlo con saber las muchas vueltas que daba a la sábana en su mano libre. Rizos no contestó en el acto. De hecho, y para sorpresa inmensa del niño, sollozaba.

—Trup… —dijo, temblorosa—. Algo muy malo ha pasado. Es tan horrible, no sé cómo ha sido posible. Todavía no puedo creerlo.

Las sábanas ya eran un completo revoltijo alrededor de las piernas del anti-mágico. Las ojeras bajo sus ojos parecieron hacerse más pronunciadas.

—¿A qué viene el melodroma? —inquirió al celular.

Jeremy estaba asombrado por lo bien que podían fingir los dos. Rizos emitió un pequeño sollozo y se limpió con un pañuelo antes de hablarle.

—Oh, Trup, ha sido todo tan repentino. Todavía no sabemos cómo pudo pasar.

La muchacha volvió a ver los números frente a ella. Jeremy le había ayudado a comprobar la efectividad de esas fórmulas y ambos sabían, tan bien como matemáticamente era posible, que Foop no tardaría más que un minuto y algo de segundos para llegar al centro.

—Dorados, me estoy cansando de este juego —dijo Foop, con cara de faltarle el aire—. Di de una vez qué ha sucedido.

—Poof está muerto —respondió Rizos y rompió a llorar. Jeremy no tenía idea de qué hacer, pero en cuanto se acercó algo más se dio cuenta de que, a pesar del sonido y gesto, no derramaba ninguna lágrima—. Su magia se acabó por completo y ya no pudo combatir el daño. El doctor dice que lo mismo le pasaría a todos los residentes tarde o temprano. Yo… no puedo… ya ni siquiera puedo flotar. Su familia está devastada, no puedo soportarlo… ¿Trup? ¿Estás ahí?

Rizos sabía la respuesta, la tenía ante sus ojos. Foop estaba ahí, todavía posaba el celular contra la oreja, pero su mente había ido a caer en algún lugar muy oscuro y profundo para que las cámaras pudieran captarlo.

—Gracias, cariño —dijo con la delicada voz de Clarice.

Un momento después, cortó. Rizos observó la pantalla de su celular y asintió para sí. Su rostro ahora sólo reflejaba un ligero temor.

—Listo —dijo, elevando la vista—. Ahora a esperar que funcione.

Jeremy se sentó a su lado. De vez en cuando su cabeza se iba hacia la muchacha pero, como no se le ocurría absolutamente nada alentador que decir, sólo podía permanecer en silencio. La cámara espía sólo les permitía ver la espalda del anti. No tuvieron más que esa pista antes de que la señal se volviera débil y finalmente se cortara. Jeremy no se esperaba eso.

—¿Ya llegó? —preguntó.

—No —dijo Rizos, abrazando sus rodillas—. Hubiéramos visto antes al cuarto deshacerse en ese caso.

—¿Entonces?

La muchacha lo miró. Tenía los ojos muy grandes.

—La Oscuridad llegó a nosotros.

Ser un genio no significaba siempre pensar lo que nadie pensaba. A veces era pensar mucho más rápido que lo que hubiera hecho una persona normal. El primer pensamiento de Foop al escuchar a Rizos fue la del engaño, un vil y asqueroso engaño. Una mentira, equivocación, error, aberración y todos los sinónimos existentes. Todavía Clarice no había tenido que sacarlo cuando descartó esa suposición. Rizos no tenía razones para mentirle. Rizos era buena mentirosa y actriz, pero no tenía motivos para poner en práctica esos dos talentos justo en ese momento. Hacerlo sería estúpido e ilógico. Ella no podría… ¡ella no se atrevería!

Lo que no alcanzó a captar la cámara espía fue el lanzamiento del celular contra la pared. El anti se dio la vuelta y asestó varios puñetazos a la almohada. Pronto ya no fueron suficientes los golpes y la desgarró, lanzando su relleno de plumas por el aire. Rizos no iba a mentirle, con lo que debía decir la verdad, y si era la verdad quería decir que la Oscuridad había ganado y por mucho que le pasara encima, a lo sumo le daría un espantoso traje gris para… para…

De pronto, tan rápido que no pudo evitarlo, vio la imagen de Poof acostado en un atúd vestido como un oficinista y coronado con el ridículo sombrero triangular. Foop gritó y llegó hasta las sábanas, haciéndolas trizas. Cada tirón hacía un ruido imponente, pero nada podía sacar esa imagen de su cabeza. No tenía sentido, ningún maldito sentido. ¿Cómo podía ser? ¿No se suponía que eran inmortales? ¿Por qué a la estúpida de Dorados no se le ocurrió hacer mejores trajes, cascos más resistentes, o, mejor aun, tener un mejor plan en lugar de esa estupidez que les obligó hacer a todos?

¿Por qué tenía que existir ese estúpido reloj? ¿Por qué tuvo que ir con esa bruja? ¿Por qué ella no se podía haber muerto en ese instante? ¿Por qué ese gordo mantecoso no pudo dejarles su herencia en su poder? Les habrían saboteado las naves a los Pixies y todos serían anti-mágicos, los antis volverían a dominar el universo. Poof podría haberse visto bien en azul. ¡Si él lo sabía, siendo su maldito reflejo!

Entonces algo pasó. Algo que paralizó la destrucción sistemática de la cama y le hizo levantar la vista. El cuarto temblaba. No sólo eso, si no que temblaba tanto que una de las cortinas había caído al suelo y él pudo ver el exterior. No eran las aguas tranquilas de una pecera. Eran nubes negras, inmensas, y tentáculos de humo restregándose contra el vidrio, tratando de romperlo.

En el momento lo supo, le pareció entenderlo todo. “Me enviaron a ella”, pensó. “Yo soy el responsable de haberla traída, de que estén por morir, así que esta es su forma de castigarme.”

El techo se desprendió. Todos los juguetes, videojuegos, adornos, fotografías, desaparecidos. Las plumas y telas desechas fueron succionadas como si fueran un líquido y alguien estuviera muy sediento. Fue el mismo crujido, el mismo segundo entre estar cubierto y dejar de estarlo, tal cual lo experimentó en el castillo de su padre. E igual como hizo después de ver a su madre desaparecer, dándose cuenta de que estaba a punto de cumplir idéntico destino, Foop miró el mismo centro de la Oscuridad.

Un enorme ojo, de iris sangrienta, le observaba con curiosidad. Los dos se miraron como reconociéndose. Por esa fijación Foop no cayó en cuenta de cuándo un tentáculo le sujetó firmemente la cintura. El anti sólo vio abajo y ya estaba envuelto. La tocó casi con reverencia. Era tan suave, cálida y reconfortante. Nada que hubiera conocido antes se sentía de ese modo. Lo acercaron al ojo, tanto que él llegó a ver su reflejo en la pupila y en ese espejo ocular él estaba vestido como un pixie. Tenía una mirada tan aterrada que casi daba risa. Abajo se abrió una especie de boca, un agujero con dientes tan largos como su cuerpo, y en el fondo la Nada antes de que hubiera Algo. Foop por fin rompió a llorar.

Lloró porque de pronto entendió que volvería a verlos a todos. A padre, a madre, a todos los antis para los cuales había sido rey por un breve tiempo. Incluso la estúpida de Dorados, gris y responsable. El mocoso Jeremy, la gritona tía Wanda y el mega estúpido tío Cosmo. Todos estarían ahí, menos Poof. Y él volvería a estar solo como antes…

La Oscuridad se cobraba a sus últimas víctimas. Los gritos de las personas se mezclaban con los disparos enloquecidos de la escopeta del abuelo.

—¡A mí no me llevarás, a mí no me llevarás! —vociferaba el viejo, disparando al cielo hasta quedarse sin municiones, incluso mientras sus pies perdían contacto con el tejado.

Los padres de Jeremy yacían inconscientes en su cama y no se enteraron de nada cuando los llevaron. Cualquier cosa contenida en la casa fue succionada; la cama, el televisor, el armario con todas las camisas, el escritorio. En un rincón, sobre un estante, la pecera comenzaba a moverse también. Jeremy no podía ver lo que sucedía en su cuarto, pero sí vio por las ventanas al agua alrededor del castillo subir y desaparecer. Temblaba como si los llevara el niño más torpe del universo. La pantalla que habían estado viendo se desprendió de su soporte y cayó. Desde un montón de habitaciones les llegó el sonido de diversos objetos destrozándose. Ellos supieron el momento en que se los llevaba. Fue como flotar en el aire, pero todavía con un piso sobre el que apoyarse. Semejante a la primera vez que uno se sube al ascensor.

Jeremy no tenía idea de cuándo se buscaron, se abrazaron y se estrecharon en el rincón. Necesitaban agarrarse a algo, lo que fuera, y el otro sólo resultó ser lo más cercano que tuvieron. No se enteró hasta que oyó el sollozo verdadero de Rizo y percibió su temblor. Al verla, Jeremy entendió que no lloraba de tristeza sino de pura rabia.

—¡No es justo! —gritó la joven, dirigiéndose al techo—. ¡Esto no es justo! ¡Soy buena! ¡Hice todo bien! ¡Y aun así nunca pude visitar los anillos de Saturno! ¡No es justo!

—Yo nunca tuve mi primer beso —dijo Jeremy, pensativo.

Rizos lo miró, mordiéndose los labios y llorando, con lo que se sonrojó y apartó la vista. Un nuevo crujido los impulsó a estrecharse todavía más. El niño enterró la cabeza en el costado de la joven. No sabía qué era lo que seguiría pero no quería pensarlo. Sólo cerraría los ojos y esperaría que todo terminara.

Luego… se detuvo. Ambos abrieron los ojos para comprobar que sus propias sensaciones no les mentirían a la vista. Jeremy fijó la mirada en el marco de la puerta y estuvo seguro de que no temblaba. Absolutamente nada se movía. Parecía que el universo se había congelado.

—¿Acabó? —preguntó el niño, confuso.

Rizos iba a responder que no estaba segura, cuando un nuevo grito del más joven la sobresaltó:

—¡Mira!

El dedo señalaba la pantalla. Mientras seguía la dirección, Rizos se dio cuenta de lo que le había llamado la atención. Los pedazos de la pantalla volvían a juntarles por arte de magia. Cuando se completaron el aparato se elevó en el aire y volvió a ponerse en su soporte, sin lucir el menor rasguño. La pantalla, después de unos segundos de estática, sintonizó un programa infantil sobre aliens de peluche. Jeremy recordó el relincho de un pony en el cuarto de Poof. Rizos, adelantándose a su idea, se levantó y miró por la ventana. La visión del exterior era tan borrosa como siempre, a causa del agua que volvía a llenarla.

—¡Rizos! —llamó Jeremy, casi riendo de pura incredulidad.

En cuanto la joven miró abajo se dio cuenta: estaba flotando en el aire, sin necesidad de las zapatillas. Sus alas volvían a desprender tenues brillos al moverse. El alivio la inundó cual ola: no tenía idea de cuánto había extrañado ese simple poder.

—¡Funcionó! —gritó el niño, revolviéndose el cabello. Reía igual que un demente, con lo que le venía bien el estilo—. ¡Funcionó! ¡Funcionó!

Foop no supo qué sucedió después de viera a la Oscuridad frente a frente. Tenía el recuerdo de haberse desprendido de aquel tentáculo, de haber dejado de sentir la amable opresión contra su cuerpo y encontrarse ante los largos dientes. Jamás un tiburón o cocodrilo podría haber exhibido una sonrisa más terrorífica y perfecta. Después escuchó el grito.

No sobrevino el gemido de deleite que le imaginaría a cualquier glotón. No llegó el suspiro satisfecho tras una buena comilona. En cambio, como mil gatos siendo acuchillados, sus oídos se encontraron repletos de aquel sonido paralizante y doloroso. Casi, casi llora también por la Oscuridad, por la pobre Madre Oscuridad tan maltratada. Le pareció que sus tímpanos iban a estallar, por más que se tapara con las manos. Un tentáculo o varios le aferraron por atrás y tiraron, tiraron hacia alguna parte que no era la boca. No veía nada, absolutamente nada.

Entonces, de pronto, vio la luz. Una luz directa y despiadada que le perforó hasta el cerebro, haciéndolo gritar de dolor. No pudo ver que un suelo de concreto se le acercaba por la espalda. No vio que unos brazos bronceados, cubiertos por un fino traje, le siguieron en su caída para retenerlo.

—Bien hecho, malvado Anti Poof.

Foop era incapaz de abrir los ojos, pero reconoció al instante esa voz. Cosa que no hizo más que desconcertarlo. ¿Tan rápido había cambiado el universo y ahora hablaba con la versión pixie del director? Pronto entendió que no estaban solos.

—¿Él lo hizo? ¿Están seguros?

—¿Cómo?

—¿No es un anti mágico?

—Disculpen. ¿Nos permite una exclusiva? Esto va a ser grande. ¡Un anti mágico salvó el día!

—Mami, no entiendo…

—Ya, ya —dijo la voz del director, acallándolos—. Dejen rrespirrarr al muchacho.

Entonces Foop se sintió suavemente en el suelo. El anti mágico de inmediato giró sobre sí y se quedó de cuatro, esperando que su vista lograra enfocar lo que tenía en frente. En cuando pudo dar cuatro parpadeos seguidos sin ver puntos negros, levantó la vista. Se hallaba en el centro de la pista de aterrizaje donde habían practicado con las naves. Y no sólo eso. Cientos, montones de criaturas mágicas lo rodeaban, con los chillones y molestos tonos del arcoiris. Todo lo que pudo pensar fue que los pixies no se vestían así.

—¿Estás mejorr, malvado Anti Poof? —preguntó el director.

Foop giró en el aire al levantarse. En efecto, se trataba del mismo director de pacotilla que conocía de siempre con el mismo traje de diseñador pretencioso. Era gris, pero bastaba ver la corona dorada encima de la cabellera negra para despejar dudas. El director levantó una mano y le palmeó el hombro, sonriendo como nunca lo había visto más que cuando la escuela ganaba campeonatos.

—Puedes estarr orrgulloso, muchacho. Nos has ayudado a todos.

Foop estaba demasiado desorientado para siquiera soltar el típico “¿qué?”, tanto por el gesto (el cual le dolió como un mazo) como las palabras. ¿Ayudado? ¿Él? ¿De qué rayos hablaba? Sólo miró a la inmensa hada como si no acabara de entender lo que significaba, y antes de que pudiera asimilarlo una mano manicurada tiró de su brazo por un costado. De pronto se vio mirando directo a la lente a una cámara y un micrófono en frente.

—Aquí, en vivo, soy Yolanda Humpfrey para el Canal Mágico con la nueva estrella del momento: el anteriormente malvado ser anti mágico, Foop. Este simple joven ha logrado con éxito apartar a la Oscuridad de nosotros —El hada se llevó una mano a la oreja—. Recibimos informes de todo el universo. Por lo visto la Oscuridad ha sido completamente erradicada y todo está volviendo a la normalidad. Dígame, Foop, ¿usted planeaba convertirse en semejante héroe?

En otras circunstancias Foop habría protestado seriamente por ese título, que consideraba un insulto. Le habría lanzado a la cara de la reportera otro montón de nombres para que se entretuviera y destrozado la cámara en la cara del sujeto que la sostenía. Luego habría levantado una demanda contra el Canal por andar levantando calumnias. Pero no fue en eso lo que se concentró. En lo que se fijó, más que nada, era en el brillo mágico que desprendía por sobre las cabezas multicolores la gran estrella dorada. Si la fuente de energía estaba de vuelta, todavía existía la posibilidad de que… Una pequeña, minúscula, incluso absurda posibilidad. De una entre mil, por lo menos.

La reportera siguió diciendo algo más, pero él no se enteró de lo que era. Se limitó a agitar su bolígrafo. En el aire, justo encima de ellos, apareció la boquilla de una manguera tan amplia para dejar pasar a un elefante siamés. Las criaturas apenas tuvieron tiempo de oír el rechinido de la canilla abriéndose antes de verse completamente empapados en agua helada.

Foop entró por la puerta principal del hospital. Más que ninguna otra cosa, deseaba confirmar la validez de su teoría. A medida que pasaba por las habitaciones, veía a más y más criaturas levantarse de sus camas, estirándose todavía en pijamas o diciendo que nunca se habían sentido tan nuevos. Las enfermeras y doctores iban de puerta en puerta sólo para dar el alta. En el último piso del hospital sólo estaban las camas para las habitaciones privadas. En el principio del pasillo, como si lo estuviera esperando, surgió la figura de Papi Mafia.

—¿A dónde crees que vas, chico? —preguntó el hada.

Foop no quería demorar más tiempo, así que intentó pasarle por encima sin tener que responderle. La pequeña hada le sujetó una pierna y lo arrojó contra el piso con una fuerza sorprendente.

—Puedes creerte el gran salvador ahora, chico, pero no pienso permitir que te acerques a mi nieto —dijo Papi Mafia con tono tranquilo—. Ya demasiado daño le has causado a todos con tu egoísmo y no pienso tolerarlo.

Foop se le enfrentó, enseñando los colmillos. Temblaba de ira y si no fuera porque era un pariente de Poof, ya lo habría hecho volar en pedazos. Casi deseaba que lo hiciera, sólo para vengarse por haberse atrevido a tocarle.

—Te lo diré sólo una vez, anciano decrépito —dijo lentamente, como si le hablara a un sordo capaz de leer los labios—: apártate de mi camino o te destruiré de la manera más dolorosa que se me ocurra.

—¡Ah! ¿Se supone que eso es una amenaza? —le retó Papi Mafia y se quitó la chaqueta.

Quedándose en una simple camiseta y tirantes cubriéndole el pecho, alzó ambos brazos peludos en posición de lucha.

—¿Te atreves a amenazarme a mí, mocoso? ¿Crees que te tengo miedo con esa pinta de murciélago loco? ¿Por qué no vienes por un pedazo de mí, eh, si te crees tan importante?

Entretanto se exaltaba con la promesa de dar una buena paliza, el viejo levantaba la voz hasta que ya no era sólo hablar sino gritar. Foop hizo rodar la pluma entre sus dedos. Ciertamente, sumergirlo en ácido por diez minutos y luego en un tanque de limón parecía un medio prometedor. Casi se estremeció de placer imaginando sus súplicas por perdón. Pero justo en el momento en que la alzaba, la puerta de la habitación de Poof se abrió.

—¿Qué sucede aquí?

Foop se olvidó de todo. Del anciano prepotente con acento italiano, de sus ideales sádicos, de la mirada de reproche en la cara de la anciana de pelo verde más atrás. Se olvidó de todo lo que no fuera el hada de pelo lila que estaba ante sus ojos.

—No es nada, niño, vuelve a la cama —dijo Papi Mafia, sin siquiera volverse o bajar los puños.

El anti no le prestó atención. Agitó la pluma, se envolvió en una ligera nube azul y cuando desapareció se encontró frente a frente a su reflejo. Foop le examinó la cara, inspeccionó con los dedos cada facción como para cerciorarse de que no era un truco, de que de verdad era él. Poof sonrió, un poco cansado pero feliz. No había duda. Poof estaba maravillosa, completa y totalmente vivo. Foop no tenía palabras para decir cuánto lo había extrañado. Nunca las había pronunciado y no tenía idea de cómo sonarían. Por lo tanto se limitó a abrazarlo, lo más fuerte que podía, como ansiaba hacer cada vez que descansaba en su cama.

—¡EY, EY! —gritó Papi Mafia—. ¿Qué creen que están haciendo? ¡Algo de respeto a sus mayores!

Foop no respondió. Enterró el rostro en el hombro de Poof y aspiró su olor. No quería volver a salir de ahí ni soltarlo. Nunca, nunca, nunca.

—Papi, por favor, cálmate.

—¡Que me calme! ¡Tengo que ver cómo dejan a mi nieto en semejante compañía y mi propia hija me dice que me calme! ¿Es que nadie piensa sacarlo de aquí? ¡Es un criminal, por amor al cielo!

Tenía su gracia que precisamente fuera Papi Mafia quien protestara porque alguien tuviera antecedentes penales, pero nadie se lo tomó en cuenta.

—Papi, déjalos, está bien.

—Claro, no esperaba nada menos de ti, Wanda, tomarlo tan a la ligera.

—¿Qué se supone que significa eso, Mamá?

—Ay, no —dijo Cosmo. Era lo suficientemente listo para entender que ese tono en su esposa no podía augurar nada bueno—. Vamos, chicos, nosotros no tenemos que hacer nada aquí.

Como ninguno de los dos le oía, tuvo que empujarlos suavemente hacia la habitación. A veces ser seres flotadores resultaba una verdadera bendición.

—Sólo digo que si hubieras sido un poco más atenta, seguramente nada de esto de esto habría ocurrido.

—Vamos, eso no es justo. Es más probable que todo fuera culpa de aquel idiota que escogió por marido.

—Con suerte se calmarán en unas horas —dijo Cosmo, cerrando la puerta tras él.

Suspiró de puro alivio por no tener que estar en medio de esa discusión. Observó a su hijo y a su contraparte, todavía abrazados, sentarse en el borde de la cama. Por lo que Mamá había dicho, su hijo llevaba semanas en coma y en ningún momento el anti había intentado visitarles. Debía ser la primera vez que se veían en tanto tiempo. Para darle privacidad decidió mirar a la televisión. Pronto dejó de acordarse que lo que hacía era mera distracción y se encontró riendo con los chistes de una vieja comedia.

Foop se sentía tan abrumado que no sabía qué otra hacer, sino estar aferrado a su contraparte. Tenía la impresión de que si lo soltaba, por más que fuera un segundo, pasaría demasiado tiempo antes de que pudiera volver a estrecharlo. Le daba igual lo que sucediera afuera. Le daba igual lo que esos vejetes pensara. Con tener ese momento y alargarlo tanto como pudiera estaba satisfecho.

—No te odio —le dijo Poof en susurros—. No te odio para nada. Ni un tanto, ni una pizca. Sino todo lo contrario. ¿Entiendes?

Foop asintió, restregándole la cara por el cuello. No podía hablar. El hada le acarició la cabeza y lo meció suavemente, como si fuera un niño al que consolara. A Foop no le hacía gracia pensar en sí mismo como un niño pero se lo permitió. En cierta forma lo necesitaba para acomodar lo que sucedía en su interior y recuperar algún control. Funcionó. Foop, más tranquilo, levantó la vista y le besó en los labios. Sólo fue eso, un contacto de reencuentro, pero fue suficiente.

La puerta de la habitación volvió a abrirse. Rizos Dorados entró aceleradamente y contempló lo justo para que el calor se le subiera a las mejillas. Además, ni siquiera fue la única. Wanda se puso a silbar y mirar el techo. Papi Mafia se dio un golpe en plena frente y se alejó negando con la cabeza. Mamá Cosma miró, bufó y se fue con él.

—Disculpen —dijo Rizos, avergonzada—. Volveré en otro momento. Me alegro de que estés bien, Poof.

—Dorados —llamó Foop.

Rizos se volvió sin ninguna expresión. El anti, todavía abrazado al del pelo lila, se irguió un poco y arqueó las cejas.

—Fue una mentira eso de que Poof estaba muerto, ¿cierto? —preguntó—. Por más que hubiera vuelto la energía, un cadáver continuaría siendo un cadáver.

Poof abrió los ojos, sorprendido y sin entender.

—Sí —admitió Rizos, con las mejillas cubiertas de un nuevo rojo.

—Lo hiciste para manipularme a hacer lo que tú querías, ¿no?

—Sí —dijo la joven de nuevo.

Foop frunció los labios e hizo como si pensara muy seriamente al respecto.

—Bien hecho —determinó el anti. Alzó una mano azulada en su dirección—. No me gustó ser tu maniquí pero debo admitir que jugaste bien tus cartas.

Rizos vaciló, insegura, pero al final le estrechó la mano.

—Gracias… Foop —dijo lentamente, como si dudara de que fuera correcto.

Foop sonrió. Poof sólo le había visto hacerlo así cuando comprobaba que tenía la razón.

—Así es. Mejor tarde que nunca.

Las manos se soltaron. La de Foop volvió directo a su cadera.

—Ahora vete. Tendrás tu turno después —dijo el anti con la misma calma.

Poof percibió la posesión en su abrazo. Le dirigió a su amiga un gesto de que lo disculpara. Rizos asintió, sonriéndole para decirle que no había problema, y salió. Cosmo, revolcándose en el aire a carcajadas, no se había enterado de nada.

—¡Ese cerdo es Harry Potter! —exclamó entre carcajadas.

—Tengo la impresión de que me he perdido un montón de cosas —comentó Poof, mirando a su contraparte—. Jamás creí que le ofrecerías la mano a Rizos.

—La chica es maquiavélica a su manera —dijo Foop, asintiendo solemne—. No puedo hacer menos que respetar eso.

—Supongo —aceptó el hada, encogiéndose de hombros. No entendía del todo pero si los dos estaban bien, debía estar bien. De pronto recordó algo muy gracioso—. Vi tu reportaje espacial. ¿Qué se siente ser el héroe para variar?

Foop gruñó entre dientes y le sostuvo de la nuca para atraer su rostro.

—Cállate —masculló antes de besarlo.


Damas y caballeros (¿hay alguno?), este es el fin. Pero como soy muy mala y me encanta molestar a la gente, les tengo una nueva: no hay epílogo. Al menos no lo habrá publicado aquí. Convertiré a este fic en un ebook (la portada ya está lista desde hace un tiempo) y lo incluiré ahí. Todos los errores y malas frases que han visto en este fic los habré corregido en esa publicación. Será la versión “pulida.” Cuando finalmente lo tenga hecho dejaré aquí mismo el link de descarga, por si les interesa verlo.

Ahora bien, otra cosa. Empecé este fic sin grandes pretensiones. Cuando me gusta una pareja que no es canon tiendo a pensarlo en el cómo se unieron, lo cual me hace difícil crear one-shots. En el camino fui descubriendo lo mucho que me agradaba la personalidad de Foop, la dinámica de su relación con Poof e incluso Rizos. Así que no los abandonaré aquí.

Un día, cuando tenga la idea bien pero bien definida, haré una secuela de Anti Odio. Todavía se tratará del romance pero habrá otras cosas. Tengo la idea principal, me falta pulirla y definirla. Mientras tanto, espero que les haya gustado lo que vieron.

Hasta la próxima.

¡No los odio!

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