Pares cojos. 2

Segunda generación

Lunáticos

Ella era especial. Lo supo desde el inicio. Siempre curiosa como un conejo, sin dejar de mantener los ojos y los oídos abiertos al mundo más allá de los ojos. Lo que más recordaría de ella eran sus ojos, la manera en que se le quedaba viendo al exponer una de sus teorías y luego se entusiasmaba tratando de concebir nuevas ideas. No estaban de acuerdo en cada ocasión (lo natural), pero incluso sus discusiones eran estimulantes. Veía sus mentes como dos calderos burbujeantes en constante movimiento. La curiosidad, su llama.

Quizá por eso tardó tanto tiempo para entender lo que ella deseaba. Nunca se vio como los otros chicos. De serlo a lo mejor habría sabido reconocer las señales. El por qué su grupo de amigas lanzaban risitas cuando la llamaba aparte. Creyó que sólo encontraban divertido su cabello. No llegó a enterarse de nada hasta que sólo quedaron ellos en la biblioteca y de pronto se encontró con que su mejor amiga le estaba besando. Fue en frente de la sección de criaturas mágicas, investigando sobre algo que creían eran pelos de gigante suramericano. Al final incluso él olvidó aclarar esa duda. Y en cambio le surgieron un montón de preguntas nuevas.

Las demostraciones de afecto no eran lo suyo. Las veía en otras parejas, pero simplemente no les encontraba. Le parecían exageradas, infantiles e innecesarias. Es decir, ¿no debería ser suficiente con estar juntos? Sabía que a él no le hacía falta nada más, pero eso no quitaba que a veces le preocupaba que ella esperara otras cosas.

Tal vez otros chicos se emocionarían por tener una especie de cita a la luz de la luna en la Torre de Astronomía. Por eso ella le había pedido que cenara ligero, para comer el sobrante de un pastel de cumpleaños. Esa ligera sensación de incomodidad, como si estuviera faltando a algo que se supone debería hacer y pronto se lo reprocharían.

—¿Sientes algo? —le preguntó ella, mirando el cielo—. Mamá decía que antes creían que la luna llena tenía influencia sobre las personas. Las volvía locas. De ahí nace la expresión “lunáticos.” Cuando vine aquí creí que se referían a los hombres lobo o algo así.

No pudo aguantarse la risa. Las creencias muggles que oía respecto a la magia siempre se le hacían demasiado graciosas. En el fondo sentía algo de lástima. Después de todo sólo eran personas tratando de encontrar explicaciones a lo que no podían entender.

—No tiene nada que ver. Lo que pasa es que los magos antiguos creían que la luna aumentaba sus poderes. ¿Has visto que en algunas pociones sólo se pueden recoger en luna llena? Eso es porque la luna tiene su propia energía que sólo entonces pasa a los magos. Algunos eran más sensibles a ella que otros y toda esa energía los hacía demasiado temerarios. Se volvían “locos” por el poder.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿En serio? No tenía idea.

Asintió, casi solemne.

—Me lo dijo mi abuelo.

Y la palabra del abuelo era ley.

De pronto ella se levantó del suelo, donde estaban sentados, para acercarse a la cornisa. Sintió un absurdo, incoherente y repentino deseo de pedirle que se apartara. Se extrañó. ¿Eso lo sentían los novios? Ella le hacía gestos de que se aproximara y al hacerlo, se dio cuenta de que miraba hacia abajo, a los invernaderos.

—Perdí uno de mis pendientes en la clase de Herbología de hoy. ¿Crees que si lo convoco desde aquí me llegará?

—No veo por qué no.

Ella tuvo una vacilación momentánea antes de levantar su varita.

—¡Accio pendiente!

Por un largo momento la noche permaneció exactamente luego. De pronto oyeron el sonido de unos cristales rompiéndose y el brillo metálico de un proyectil dirigido a ellos. La joven extendió la mano, atrapando a la luz en pleno vuelo. La sonrisa en su rostro no tenía precio.

—¡No puedo creerlo! ¡Soy pésima para ese hechizo!

Él incluso aplaudió, entusiasmado.

—¡Maravilloso, fantástico! Sin duda tú habrías sido una estupenda lunática —Ella le miró, una ceja arqueada. Se sonrojó al darse cuenta de su torpeza—. Bueno, quiero decir, porque tú obviamente puedes recibir la influencia de la luna. Habrías sido muy venerada en los tiempos antiguos.

—¿Eso piensas? —preguntó ella, y sin esperar respuesta, agregó:— ¿Quieres ver una coincidencia graciosa?

Abrió el puño. Xenophilius se acercó y vio una luna plateada. En una de las puntas parecía tener un par de cuernos pequeños.

—Se rompió la argolla —comentó ella, frunciendo los labios—. Debió ser al darse contra las ventanas —Se la dejó en su mano—.Toma, te lo regalo.

—¿Segura?

—¿No lo recuerdas, cierto?

Se mostró desconcertado. No tenía idea de qué le hablaba. La sonrisa de ella creció un poco más.

—Hoy cumplimos un mes de salir juntos. ¿En serio no lo sabías?

Negó con la cabeza.

—No sabía que tenía que seguir la cuenta de los días —expresó, confundido, y la miró con pena—. Lo lamento.

Ella se encogió de hombros.

—Está bien. Yo puedo recordártelo.

Acarició la luna en silencio por un rato. Luego, súbitamente inspirado, levantó su varita.

—¡Accio regalo!

Nada sucedió. Ambos esperaron alrededor de un minuto antes de asumir la ineficacia. Xenophilius suspiró, decepcionado, mirando su instrumento.

—Creo que no sirvo como lunático —Ella se cubrió la boca para sofocar una carcajada—. ¿Dije algo gracioso?

Lo besó por toda respuesta, sonriente.

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