Pares cojos. 3

Tercera generación

Triángulo perfecto


¿A quién se le ocurrió primero? ¿Quién soltó las palabras necesarias y las hizo meter en sus mentes, quitándoles cualquier aire extraño y haciéndolo deseable? Theo ya no tenía idea. En esas tardes de ocio en las cuales no hay deberes pendientes ni nada especial que esperar, se le daba por pensar que a lo mejor era una de esas cosas que se acaban dando naturalmente sencillamente porque sí. Incluso se lo veía venir.

Él siempre estaba en medio. Cuando ellos dos se ponían a discutir por alguna cuestión que en el fondo sólo era una lucha de egos, él quedaba, como por arte de magia, en el papel de equilibrante en esa balanza hasta que regresaban a la normalidad. Lo curioso era que, a pesar de su plena consciencia de este hecho, nunca le importó demasiado. Esperar que alguno de los dos se deshiciera en disculpas habría sido digno del mayor ingenuo. De hecho, jamás escuchó tales palabras. Sencillamente se volvían a sentar juntos en la mesa un día cualquiera, como si ya lo olvidaran todo.

Primero fueron ellos dos solos. Lo descubrió una semana antes de que lo incluyeran. Fue lo menos raro de su vida sentir piel contra piel. Compartían habitación y baño después de todo. Oportunidades para verse sin nada tuvieron de sobra. No se sintió incómodo, forzado o siquiera exigente, como creía. A veces se quedaba en la cama de uno de ellos sencillamente porque le daba pereza recorrer los veinte pasos hasta su lecho. Otras él los dejaba juntos. Una sola vez intentaron permanecer los tres unidos en un colchón. Estar así de apretados les disuadió de hacerlo de nuevo. Sin embargo, durante un largo tiempo, por el entusiasmo novedoso, su cama quedó sin que nadie la usara.

Nada cambió afuera. Tal vez sólo se había completado con lo de adentro. Draco besaba como reclamando derechos de nacimiento. Lo hacía caprichosamente, a placer, y no dejaba que sintiera o se concentrara en otra cosa hasta que estaba satisfecho. Blaise lo hacía a profundidad, lento, tomándose su tiempo para asegurarse de que la impresión le durara incluso al soltarlo. Sus dos colonias combinadas le hacían dar vueltas la cabeza de tal modo que sentir una sin la otra parecía algo a medio hacer, una sensación de ausencia irremediable. Las manos eran muchas y muy pocas al mismo tiempo cada vez.

Y él en medio. Siempre en medio, dividido y unido entre los dos. Sin escapatoria por ningún lado ni deseo de que lo haya. Lo único que ese par podía compartir tranquilamente, en paz, sabedores todo de que a cada cual le llegaría su turno.


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