El espíritu del viento. 5

Capítulo 5: De camino

Empezaron el viaje luego de un desayuno ligero preparado por Fuji. La señorita Bei Fong le hizo ver un mapa (obviamente sin usar en un largo tiempo) acerca de la ruta que tomarían. Decía que, tomándose un descanso que sin duda necesitarían, no deberían tardar más allá de un día. Mientras Mutu observaba su destino marcado, Ran se volvió hacia la anciana.

—¿Por qué vamos caminando? ¿No podríamos ir en carruaje?

—Podríamos —asintió Toph, sin abandonar su cómoda posición tras el escritorio—, pero creo que al señor Piernas Pesadas aquí presente le servirá ponerse en contacto con su elemento. Además pueden tomarlo como un preludio de lo que les vendrá en el futuro. No siempre van a contar con alguien que les entregue todo lo que necesitan en sus viajes. A veces simplemente tendrán que confiar en sus propios recursos.

Ran asintió, no del todo convencido. Era obvio que la idea de andar a pie mucho rato no le entusiasmaba en lo absoluto. Mutu pensó que era algo de esperar, considerando que venía de una larga estadía en el palacio. Tenía la imagen mental de personas siendo transportadas hacia todas partes por el esfuerzo de sus sirvientes. Él quizá no usara mucho su tierra control, pero sí estaba habituado a las caminatas.

Cada final de temporada, él y sus padres llenaban un carro para vender el mercado. Todo, desde el proceso de armar el puesto, desarmarlo y arrastrar la carga, lo hacían ellos mismos porque no tenían dinero para pagar ayuda. El camino desde su hogar hasta el sitio que habían alquilado para la ocasión debía ser más o menos la mitad de lo que les indicaba el mapa.

Prepararon su equipaje y salieron. El sol ya estaba encima de sus cabezas cuando dejaron de ver la propiedad Bei Fong, dejándola a sus espaldas. Mutu miró a su grupo, uno que nunca en la vida se le habría ocurrido formar: un hijo de un sabio del fuego, cuya única motivación era la aventura, la anciana  Toph, una de las personas que más había admirado, y un maestro agua que, pese a los pasos recorridos, no parecía en lo absoluto fatigado por llevar una enorme mochila de alguna tela dura a la espalda. Hacía menos de un día (no, dos, gracias a Ran y su idea de llegar a tiempo) su única preocupación era ayudar a su familia con la cosecha y salir con Derem. Ahora tendría que empezar a preocuparse por cosas que nunca le quitaron el sueño, como viajar, moverse constantemente y aprender no una sino cuatro disciplinas que sólo el cielo sabía el trabajo que costarían.
Aunque había aceptado su destino, una parte de sí todavía estaba resentida porque le quitaran el suelo firme bajo sus pies para colocarlo en semejante situación de incertidumbre. Estaba acostumbrado a tener una rutina y apegarse a ella. Lo ponía nervioso e incómodo pensar en todas las cosas que no podría predecir a partir de ahora. Así que se limitaba a caminar en línea recta junto a los demás, sin apenas poner atención al espacio que los rodeaba.
Por eso precisamente le tomó por sorpresa el vaso que alguien agitó frente a su rostro. Dio un paso atrás y se dio cuenta de que el vaso era sostenido por una mano vieja y arrugada, al final de un brazo bastante delgado. El rostro del anciano sonreía, con casi todos sus dientes.
—¿Una ayuda para un pobre anciano?
Mutu palpó sus bolsillos antes de caer en cuenta de que no tenía ningún dinero consigo. Entraba en la categoría de cosas materiales que no le servirían. Se encogió de hombros, apenado.
—Lo lamento, no tengo nada.
Otra mano surgió de detrás de él y depositó unas monedas de oro en el vaso. La señorita Bei Fong se adelantó.
—¿Cómo crees que estará el clima el día de hoy, Ermie? —le preguntó al anciano afablemente.
Mutu entendió que el viejo era uno de esos vagabundos que acordonan un solo sitio y se las arreglan para vivir de él. En su vida había conocido a otros hombres y mujeres que vivían así. Sólo que había pensado que se limitaban en la zona baja de la ciudad. Por si no fuera poco, parecía que la señorita Bei Fong y él se conocían. Ermie hizo una pequeña reverencia a modo de agradecimiento, quitándose el ajado sombrero que tenía en el proceso. Apenas tenía todavía una mata de cabellos grises a los lados de la cabeza, mientras la coronilla estaba completamente calva. Era lo único en el anciano capaz de reflejar la luz del sol. Al erguirse portaba una expresión casi solemne.
—Huelo lluvia en el aire, estimada señorita —dijo, señalándose la nariz con una mano manchada de tierra—. Si va a acampar le convendría buscarse un refugio.
—¿Tú crees? —dijo la anciana y miró al cielo, como si el blanco de sus ojos fuera un mero adorno y no condición de su impedimento—. Gracias, Ermie.
El vagabundo volvió a inclinarse, haciendo brillar su cabeza calva otra vez.
—Tenga un buen día, señorita.
La señorita Bei Fong continuó el camino, con los tres jóvenes detrás. Mutu vio que no había ninguna nube en el cielo ni sentía más olor que el de los árboles a los lados del camino. Allá en su comunidad había una vieja que decía adivinar el futuro a partir de las líneas en la mano. Pese a no lo esperaba en lo absoluto, le alivió encontrar algo que podía relacionar con su casa.
Pasado un tiempo, el sol se puso más en lo alto y Ran no dejaba de quejarse pidiendo un descanso. Al principio la señorita Bei Fong se contentaba en decirle que mientras más se moviera más pronto llegaría, pero al cuarto o quinto gemido de cansancio su paciencia pareció acabarse. Emitió un hondo resoplido que le revolvió el flequillo, deteniéndose en el acto. Fuji, sorprendido, apenas se paró antes de tocarle la espalda. La anciana se volvió a él.
—Prepara la mesa del almuerzo. Tomaremos un descanso.
Mutu volvió a mirar el cielo. Con las incontables veces en que su madre le llamó para almorzar mientras jugaba afuera, por la posición del sol en ese momento, dedujo que sería ya el mediodía. Eso ya no era tan extraño. Tal vez la anciana lo había sentido por el calor que recibía su cuerpo. O sólo quería que Ran se callara.
—Menos mal, ya me estaba entrando hambre —comentó éste, aliviado.
Fuji asintió a su protectora.
—Sí, señorita.
Buscó con sus ojos azules un espacio apropiado y vio el pie de un gran árbol, cuyas intrincadas ramas daban una sombra bastante amplia. Ahí pudo la mochila de tamaño considerable que había estado llevando sin esfuerzo y al desanudarla por arriba, reveló la presencia de una amplia tabla de madera clara. Como si ya estuviera más que acostumbrado, el joven sacó de su lugar una varilla, permitiéndole agrandar dos veces más la tabla y luego sacar un par de patas en cada extremo.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Mutu, desconcertado porque hubiera llevado ese peso tan fácilmente.
Pero Fuji ni siquiera parecía cansado mientras le sonreía.
—No hace falta, gracias.
Sus manos morenas buscaron en cada extremo y sacaron un par de patas cortas. A toda la mesa la colocó tocando el tronco del árbol, justo en el centro de la sombra. La mesa en sí les llegaba hasta la mitad la pantorrilla, por lo que Fuji tuvo que arrodillarse para extender encima un manto con el diseño del Reino Tierra en el centro. Preparó unos vasos en sus lugares, platos debajo de estos y palillos. Todo eso sacado de una caja alargada que abultaba también su mochila. El joven incluso tarareaba por lo bajo mientras lo ponía en orden.
—¿Ya hicieron algo así antes? —preguntó Mutu, sin poder quitarse la impresión de que esa naturalidad sólo podía venir de la costumbre.
—Claro que sí —respondió Fuji, despreocupado—. A veces, después de un entrenamiento, la señorita Bei Fong prefería tomar el desayuno o la cena directamente en la arena. Es agradable, sobretodo si es noche, comer bajo las estrellas —El joven sonrió algo cohibido, como si se estuviera saliendo por la tangente—. Además este no es el primer viaje que hacemos hacia Omashu a pie. La señorita Bei Fong dice que los carruajes son para los debiluchos. A mí sólo me agrada la actividad.
—Así que ya estás habituado —dijo Mutu, diciéndose que eso tenía sentido. Ahora que podía hablar con él tranquilamente, vio que no le costaba nada y decidió abrirse un poco—. Nosotros también debíamos recorrer grandes distancias cuando venían las temporadas de cosecha. No teníamos dinero para animales de carga, así que yo tuve que hacerlo para mis padres. De todos modos me gustaba, porque así podía recorrer la ciudad.
—Es la primera vez que estabas en la parte alta, ¿cierto?  —Fuji ahora sacaba un tazón que, al abrirlo, reveló un montón de arroz con trozos de verdura.
—Sí, aunque no pude ver mucho —respondió Mutu, poniéndose ante un plato—. Me llevaron directo a la mansión.
—Bueno, si te sirve de consuelo, tampoco había mucho que ver. Casi todas las viviendas se parecen —Fuji sacó una gran cuchara para comenzar a servir. Antes de que pudiera hundirlo en la comida, Ran se dejó caer a su lado, soltando un largo suspiro.
—Fantástico, comida—Miró el tazón frente a él y una expresión de desilusión se instaló en su rostro—. ¿Esto no será todo o sí?
—Hasta que más adelante encontremos el camino del río y podamos pescar, sí —contestó la señorita Bei Fong, arrodillándose en la posición más cercana al árbol. Recogió un tazón y esperó a que Fuji se lo llenara antes de continuar—: Ya no falta mucho. Para esta tarde deberíamos haber llegado.
—¿Y para cuándo llegaríamos a Omashu? —preguntó Ran con tono quejumbroso—. ¿Mañana a la mañana?
—Manteniendo un buen ritmo, debería ser mañana a la tarde.
Ran gimió como si le hubiera dicho que faltaban dos semanas. Fuji, comenzando a llenar los vasos con agua que sacaba de una gran cantimplora, giró los ojos. Comieron en silencio. Al acabar, la anciana Toph se irguió.
—Piernas Pesadas, ven conmigo —dijo, dirigiéndose de vuelta a la zona arbolada.
Mutu ya sabía que ninguna protesta valía. Comió su último pedazo de arroz, dejó el tazón con los palillos a un lado y le soltó un rápido agradecimiento a Fuji antes de seguirla. No fueron muy lejos. Apenas el par de jóvenes quedaron tapados por una mata de arbustos Mutu sintió el suelo bajo sus pies moverse, como una alfombra que alguien tirara desde atrás, y no supo reaccionar a tiempo para evitar darse de bruces. Así que cayó cual tronco talado, justo a los pies de la anciana.
Ella se giró y su cabeza bajó, casi mirándole directamente, con el ceño fruncido.
—Vamos, no me lo creo. Esa era fácil de prever.
Mutu, un poco sonrojado por la jugarreta, se puso de pie.
—No sé cómo podría haberlo hecho –admitió, todavía más colorado.
Tal vez si hubiera querido entrenar más como maestro tierra lo sabría.
—¿De qué te sirve tener los pies sobre la tierra si no lo utilizas para nada más que caminar y dar patadas? –dijo la anciana, exasperada—. Así nunca llegarás a Avatar. No basta con aprenderte los movimientos, debes conectarte con la esencia de tu elemento. Te lo mostraré con un sencillo ejemplo. Intenta atacarme.
Mutu no hizo ni dijo nada. No sabía bien cómo, pero cualquier cosa que hiciera la anciana se lo atajaría. No se había olvidado de la aplastante derrota de ayer. Sería como una hormiga—rata tratando de dominar a un elefante—león de nuevo.
—Anda, sólo quiero demostrarte –le animó ella, poniéndose en posición.
A regañadientes Mutu la imitó. Lo que mejor le salían era hacer aparecer columnas para guiar las pelotas hacia el arco contrario, así que probaría con atacarle con una. Sin tener ninguna real esperanza, abrió las piernas y levantó su pie. Para cuando lo dejó caer, su cuerpo había cambiado de dirección y la columna generada por su fuerza salió de la tierra sin golpearle a nada. Miró a sus pies. Una línea circular había aparecido alrededor de donde él estaba, pero las marcas de la tierra no coincidían entre sí. De alguna manera, de una forma tan rápido que ni alcanzó a darse cuenta, la anciana había hecho girar la tierra que lo sostenía con tal de evitar su ataque directamente.
—Esa patada estuvo bien –admitió ella, sonriente—, pero fue algo inconsciente, ¿no? Viste adónde querías enviarla y quisiste seguir con tu cuerpo la dirección de tus ojos. No es un mal método, pero para un verdadero maestro tierra es demasiado sencillo desviarlo. ¿Sabes por qué?
—No –respondió el joven, ceñudo.
La sensación de que lo estaban tomando por tonto le irritaba. Y aun más porque sabía que ignoraba muchas cosas.
—Es porque los maestros tierra ven con sus pies. Cada vez que caminas tu energía pasa de la tierra hasta mí, de modo que mientras estés en el piso siempre puedo ubicarte. Cierra los ojos e inténtalo.
Mutu hizo un gesto de disconformidad pero bajó los párpados. No sabía qué esperaba ella que hiciera. No sentía nada diferente a cuando los tenía abiertos, excepto el ridículo.
—Ahora me estoy alejando de ti –dijo la anciana. Mutu apenas escuchaba sus pasos—. ¿Puedes percibirlo?
—Lo oigo –contestó él, y para no dar una falsa idea, agregó—: Algo.
Su respuesta pareció minar la paciencia de la vieja maestra.
—¡Olvídate de tus oídos! ¡La tierra! ¡Tienes que escuchar a la tierra!
Mutu plantó ambos pies y esperó. Nada más que los pasos audibles.
—No sé cómo.
—Tienes que dejar de pensar en el aire que te rodea. Lleva tu mente hacia abajo y mantenla ahí.
Mutu trató de hacer eso que pedía, concentrándose al punto de que sus cejas quisieron reunirse para deliberar cuánto esfuerzo le ponía.
—Da un par de pasos al frente. Intenta descubrir adónde estoy por ellos.
Mutu inspiró e inhaló una bocanada de aire, evitando decirse que eso era estúpido. Se recordó que esa era una anciana ciega de casi cien años que peleaba mil veces que él y por lo tanto debía saber de lo que estaba hablando. En cuanto bajó el pie le pareció sentir. ¿Un eco? Sí, era como una especie de eco pero más vibratorio. Algo que se iba y volvía desde algún punto hasta su pierna. Adelantó de nuevo y esta vez lo sintió más claro. No mucho, pero sí lo suficiente para captar una figura moviéndose por su izquierda. Supo que era demasiado grande para ser un animal.
La anciana Toph estaba demasiado lejos para oírla, pero esos no podían ser otros que sus pasos. Levantó una mano y, todavía moviendo los pies para ubicarse mejor, dirigió una ola de tierra a ese punto. Abrió los ojos en el acto. La maestra permanecía intacta al lado de la formación generada por su puño.
—Fallaste –le remarcó la anciana; no obstante, sonrió —, pero esta vez fue por poco, lo que ya es un avance. Perdiste la concentración al momento justo de atacar. No importa cuánto desees lo contrario, cuando se trata de tierra control sólo en ella confías. Bien ¿estás listo para lo que sigue?
Mutu asintió, creyendo entender a medias a lo que se refería la anciana. Por una o dos horas la anciana continuó tratando de hacerlo utilizar sus pies como guía, pero a Mutu le faltaba confianza y acababa quitándose de en medio de los ataques que lanzaba la vieja prácticamente por casualidad, porque su vista de siempre le ayudaba. Para el final, supo que ella se estaba molestando cada vez más y si dijo que ya era suficiente por hoy, sólo fue por no acabar gritándole. Mutu casi esperaba que lo hiciera.
—Mira, no voy a negar que tienes potencial –le dijo después de calmarse—, porque lo tienes. Tu mayor problema es que no te concentras. Actúas como si tuvieras de perder la vista. Créelo o no, eso no es lo peor que puede pasarte en una pelea –Bufó para sí misma, quitándose el flequillo de la cara y giró la cabeza para otra parte—. Bueno, supongo que algo acabarás aprendiendo en el camino a Omashu.
Así como se dio por terminada su segunda sesión de entrenamiento. Por lo menos esta vez Mutu había aprendido algo más que entre jugar con una pelota y pelear usando tierra control había un mar de distancia. Ahora, por fin, entendía el secreto de la anciana para guiarse tan perfectamente sin necesidad de ojos. Con eso ya le bastaba para sentir, por primera vez, verdadero interés por aprender.
Emprendieron el camino un poco más tarde. Unas nubes blancas se habían congregado alrededor del sol y, a medida que continuaban, estas llegaron a taparlo, envolviéndoles en una fresca sombra. Luego esa brisa que al principio encontraron agradable se volvió muy fría y el sol hacía rato había dejado de asomarse. Antes de que se dieran cuenta las gotas de lluvia ya les caían encima.
—Ermie nunca se equivoca –comentó la anciana Toph, tranquilamente—. Principito, un poco de ayuda al resto
Fuji había levantado una mano sobre su cabeza al instante, sirviéndose de su poder para que el agua no le empapara. En cuanto la vieja maestra le dio indicación pareció espabilarse.
—Lo siento, señorita –dijo, colocándose al centro del grupo.
Hizo un giro con las dos manos en el aire y las extendió alrededor. De inmediato la barrera que se había colocado a sí mismo se extendió en círculo, cubriendo a los demás. Mutu incluso podía ver a las gotas de agua todavía cayendo hasta cierto punto, donde sólo se estrellaban. Era como estar resguardado bajo un cristal invisible. Ran soltó un silbido de admiración, contemplando lo mismo.
—Sí que es útil un maestro agua –comentó, haciendo sonreír a Fuji.
—Y ahora van a descubrir lo útiles que son los maestros tierra –dijo la anciana, poniéndose en posición de pelea—. Presta mucha atención, Piernas Pesadas. Esto podría servirte de mucho en el futuro.
La tierra había comenzado a volverse barro, pero aun así la vieja maestra logró levantar dos sólidas columnas con la potencia de sus pies. Más que columnas, en realidad parecían paredes por que eran más largas que altas. La anciana realizó un movimiento con las manos como si retorciera algo en el aire y lo atrajera hacia su abdomen. Al final dio una patada en el suelo, usando toda la planta del pie y frente a ellos se abrieron cuatro surcos en la tierra formando un cuadrado.
Toph dio otro golpe y el cuadrado se colocó recto sobre la tierra. Por último, tomando profundas bocanadas de aire, elevó la figura a fuerza de puños hasta colocarla sobre las dos columnas. Encajaban perfectamente.
—Entren.
Los jóvenes lo hicieron. Apenas estuvieron resguardado la anciana Toph levantó una última pared, esta vez tras ellos, para evitar que el agua arrastrada por el viento les molestara. Fuji sacó el agua de la tierra haciendo como que barría con las manos, y en poco estuvieron encima de un suelo completamente seco.
—Cuando acampábamos con Aang solía hacer esto muy seguido –comentó la vieja maestra, sentándose con las piernas dobladas—. El problema es que como somos más que una persona hay que hacer un refugio de mayor tamaño que si sólo fuera para uno. Entonces me conformaría con un movimiento.
Mutu sólo asintió. Le resultaba muy interesante lo que acababa de ver.  Cuando la noche empezó a caer el frío dentro de su refugio aumentó considerablemente. Fuji sacó una lámpara de gas de su mochila e iba a encenderla frotando una cerilla, cuando Ran se las quitó de encima.
—Debes estar bromeando. ¿Para qué te sirve un maestro fuego sino para dar calor? –Abrió la palma de su mano y haciendo una floritura en el aire, hizo surgir una llama como si fuera un gran acto de magia.
—¿Vas a tener eso prendido durante toda la lluvia? –inquirió Fuji, arqueando una ceja, sin duda mucho menos impresionado de lo que Ran pretendía.
El muchacho del pelo negro frunció el ceño y prendió la lámpara con un chasquido de sus dedos. Fuji hizo girar una ruedita hasta que la llama adquirió un nivel aceptable.
—Gracias –dijo sencillamente.
Una o dos horas más tarde quedó claro que la lluvia no pararía por esa noche, por lo que la anciana Toph finalmente determinó que no tenían de otra que dormir ahí. Para llegar a un punto similar les había hecho empacar a todos bolsas de dormir. Las pusieron en hilera y, cuando el aceite que consumía la lámpara comenzó a agotarse, ya todos habían acompasado su respiración al ritmo de los durmientes. Todos, menos Mutu. En silencio, con los ojos cerrados, aguardó justo ese momento para poder erguirse y salirse del lecho. La llama apenas alcanzaba para iluminar las siluetas de los otros.
No podía dejar de pensar en el anciano al lado del camino, el viejo Ermie que nunca se equivocaba respecto al clima. Había visto sus pocas pertenencias y no tenía idea de cómo soportaría la lluvia. Allá en su hogar los veía amontonarse bajo los puestos o armarse precarios refugios con las tablas que encontraban. Al verlo siempre le quedaba una vaga desazón en la garganta, porque sabía que todo lo que podía hacer por ellos era darles las pocas monedas que le quedaban después de conseguir la comida para la familia.
Sin embargo, ahora sentía la necesidad de hacer algo. Si no podía ayudar a un anciano cualquiera ¿cómo se supone que mantendría el equilibrio de nada? Ni siquiera era tan buen amigo de su elemento natal. Tenía que actuar de algún modo para no sentirse un completo inútil. Salió a cuatro patas hacia el exterior. Continuaba lloviendo, pero era sólo agua. La tierra era lo que debía importarle. Ya casi se hallaba en el exterior cuando un gemido le congeló en su sitio. Giró la cabeza.
La silueta al lado de su bolsa de dormir se revolvió. Ahí dormía Ran. Después de unos resoplidos y muchas vueltas, el muchacho finalmente se levantó y lo miró. Tenía una expresión malhumorada.
—Odio dormir sobre tierra –comentó—. Creo que prefiero el globo a esto.
—Puedes usar mi bolsa para amortiguar –le susurró, queriendo mandándolo de sueño otra vez—. Con eso debería bastar. A mí no me importa el suelo.
Ran miró a la bolsa de dormir vacía, calibrando su suavidad con los ojos. Sólo después de unos segundos pareció darse cuenta de que él estaba fuera.
—¿Qué haces?
—Nada, sólo quiero ir al baño.
—Ah –dijo Ran. Para sorpresa de Mutu, se levantó—. Voy contigo.
—Hace mucho frío afuera –argumentó.
—Me calentaré en un segundo –repuso Ran, buscando su calzado y poniéndoselo—. Vamos.
Sin armas que esgrimir ni palabra útiles que pronunciar, Mutu se resignó a salir al exterior con el muchacho detrás suyo. Apenas percibió el líquido caerle encima, Ran se estremeció y gruñó con fastidio.
—¿No tendríamos que despertar a Fuji para esto? –preguntó. Sus zapatos hacían un ruido de chapoteo al caminar sobre el barro.
—Sólo tardaremos un momento –contestó Mutu.
Cerró los ojos y pisó, fingiendo buscar un árbol bastante frondoso para cubrirlos. Los ecos, débiles, se volvían confusos por la combinación del agua. Más veía cosas hacia abajo que algo meramente cercano a él. Notó una fila de hormigas a un metro y poco más. Finalmente Ran dio con un árbol apropiado y le silbó para indicárselo. Mutu, resignado, fue hasta donde estaba.
—¿Qué crees que haces? –saltó Ran cuando lo vio tocarse el cinturón—. Vete del otro lado, no quiero que me mires.
—Como quieras –respondió Mutu, encogiéndose de hombros.
Le dio la vuelta al árbol y, por más que inclinó a un lado o a otro, no alcanzó a ver al muchacho. Esa sería su oportunidad. Mientras Ran descargaba la vejiga, él aprovechó para seguir buscando, dejando que los arbustos cubrieran su paso. Encontraría al viejo, esperaría a que Ran volviera a dormir y regresaría. Nadie tendría que enterarse en caso de que no funcionara. Los ecos vibratorios continuaban mareándolo, llevándolo a troncos caídos, pero pronto logró ubicarse. Una figura alargada puesta en el suelo que respiraba y luego desaparecía. No importaba, ya se le había quedado la dirección del eco y hacia ahí fue.
Lo reconoció en el acto por el sombrero que no se quitaba ni para dormir. Estaba apoyado contra un árbol de gruesas ramas, convertido en un ovillo. Para protegerse de la lluvia se había hecho levantar una especie de mantel o sábana vieja frente a él, sostenida por un par de delgadas ramas. Eso era todo.
Mutu se puso a trabajar. Primero, levantó las dos columnas. El viejo no se inmutó en ningún momento. Si conseguía dormir a pesar de la lluvia y el sonido de los truenos, tampoco lo haría por lo que él hiciera. Esperaba que las paredes fueran tan fuertes como lo creía. Lo hizo suficientemente amplio para que cupieran otras tres personas y tan algo que dos podrían ir sobre hombros. Controlar el barro requería más esfuerzo que la tierra, porque las partes se tendían a desmoronar si no se mantenía el control total sobre cada una. Las levantó lentamente, arrancando materia de la tierra más profunda, la oculta bajo las primeras capas.
En los días lluviosos como aquel había llegado a jugar pelota tierra cuando era niño. Las columnas podían lanzar terrones al aire o uno podía resbalarse al menor empujón, pero eso le agradaba más diversión al asunto. Al final no era tanto quién controlaba mejor la pelota, sino quién controlaba mejor su cuerpo. Realizar ese trabajo el recordó esos momentos y lo sintió más relajado, como una especie de juego más.
Levantar el techo fue lo más complicado, sobre todo por el peso, pero lo consiguió haciendo exactamente lo que había visto a la anciana Toph. En poco tiempo estaba hecho. En el interior del nuevo refugio el viejo se volvió y siguió durmiendo. Ni siquiera se dio cuenta cuando Mutu elevó una última pared trasera y otras dos al frente, de manera que dejara un resquicio para una puerta. Podría colgar ahí el mantel o sábana. No era una casa bonita. Tampoco alegre. Pero mejor que quedar a merced de la fuerza de voluntad de un par de ramitas, claro que sí.
Asintió, satisfecho, y se permitió sonreír mientras contemplaba su obra. Luego un rayo azul cruzó el cielo y él se recordó volver con los demás. Sus pisadas habían desaparecido por acción del agua, pero fue más sencillo ubicarlos gracias a los ecos vibratorios. Antes de llegar se dio cuenta de que eran tres los dormidos, no dos, y supuso que Ran no quiso esperarlo demasiado. Mejor así.
Consiguió entrar, chorreando agua, la lámpara ya completamente seca. A fin de cuentas Ran no le había aceptado su bolsa de dormir y ahí estaba, esperándole. Le dio algo de pena tener que empaparlo, aunque logró limpiarse los pies descalzos, pero ya estaba demasiado agotado para andarse de tímido. En cuanto se desplomó cayó en cuenta de toda la energía que había gastado y encontró magnífico el caerse dormido.
No se dio cuenta de que Ran estaba despierto, respirando algo más rápido de lo necesario por la carrera que se había pegado para llegar al refugio antes que el otro. Tal como no se dio cuenta de que, queriendo preguntarle si ya había terminado, Ran alcanzó a verlo alejarse y decidió seguirlo. Quiso hablarle, preguntarle qué estaba haciendo, pero Ran tenía la suficiente experiencia con el escapismo para enterarse de cuándo a alguien no quiera que lo descubran. Así que puso mucho cuidado en no dar un paso a menos que el otro lo diera y en igualar sus zancadas, con tal de que no lo oyera. No lo vio observar desde los arbustos todos sus esfuerzos y la construcción perfecta en torno al vagabundo. Por lo que recordaba de sus combates contra la señorita Bei Fong no se habría atrevido a esperar una hazaña tal.
Había llegado a pensar que, si tenía algo de Avatar, sin duda no sería la fuerza. Desde el principio Mutu no era nada de lo que se había imaginado. Era demasiado serio, callado, y no parecía propenso a una conducta aventurera sino todo lo contrario. Le había decepcionado especialmente cuando le dijo que aceptaba ir con el rey sólo porque no veía qué otra cosa hacer. Si un Avatar no quería hacer algo, nadie debería obligarlo. Era por eso que los había admirado hasta el punto de ponerse a estudiar sus vidas desde el mismo momento en que oyera de ellos. Y sin embargo ese muchacho, tan bajo que parecía alguien menor, aceptaba tranquilamente las imposiciones y se dejaba guiar como un cordero a la cocina. No le gustó descubrir aquello y desde entonces se preguntaba sino habría cometido un error.
No obstante, lo que había visto le impresionó. Mutu se movía cuidadosamente pero con absoluta seguridad, como si supiera que su trabajo era delicado y que era perfectamente capaz de llevarlo a cabo. Sólo con haberle visto a la anciana Toph usar aquellos movimientos una vez fue capaz de aprenderlos e imitarlos, incluso bajo la lluvia. Ni él, en sus momentos de más entusiasmo, podía dominar las técnicas tan simplemente. Necesitaba practicar, una y otra vez, hasta que le salía. En su interior reconoció que ahí le había ganado.
No supo por qué no quiso que lo viera y huyó apenas hubo acabado. Tal vez porque a él nunca le gustó que todos sus intentos de huir del palacio se vieran frustrados por la presencia de un guardia que no tardaba en llevarlo ante padre. O a lo mejor necesitaba un tiempo para poner en orden sus impresiones. Quién sabe. Pero al llegar ahí y cubrirse, mientras aguardaba a que Mutu volviera, pudo calmarse y llegar a la conclusión de que quizá no estaba todo perdido.

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