Mala sangre. 7

Capítulo 7

El día de Halloween hizo acto de presencia en Hogwarts. Las decoraciones ya habían sido colocadas y alguien había hechizado a los cráneos tallados en la Sala Común de Slytherin para dar alegres guiños cada vez que alguien pasaba frente a ellos. A la noche, cuando la luz que entraba por las ventanas no servía de nada, esas mismas sonrisas brillaban con un tono fosforescente y uno tenía la impresión de haberse perdido en el Bosque Prohibido, vigilado por cientos de animales sádicos. Sólo los estudiantes que tenían demasiado trabajo pendiente para prestarles atención o los que se retaran unos a otros se quedaban en la sala más tiempo del necesario.

Por ninguna razón en particular, Draco permanecía en la biblioteca más de lo debido tratando de salir adelante con todas sus tareas. Sirius lo acompañaba a veces y, cuando se le hacía demasiado aburrido, salía a pasear por el resto del castillo. Con el tiempo llegó a descubrir las entradas a diferentes casas tan sólo siguiendo a grupos de chicos con los animales impresos en sus túnicas. Él llevaba la correa de la mochila de tal modo que siempre le cubría su parche. Si alguien de pronto le prestaba demasiada atención, como si intentara saber si lo había visto antes, sólo daba media vuelta y listo. Una de las pocas ventajas que admitía respecto a ser de primer año es que todavía nadie sabía ubicarlo. Uno más de los más pequeños.

Algunas noches llegaba a la Sala Común más tarde de lo que pretendía. Como nunca invitaba a nadie a acompañarlo en sus correrías, Draco naturalmente sentía que debía preguntarle qué diablos pretendía. No tardó mucho en hacerlo.

—¿Se puede saber adónde vas?

Sirius ya tenía la respuesta hecha y derecha. Sólo esperaba la ocasión para dejarla salir.

—A explorar. Vamos a vivir aquí los próximos siete años. ¿En serio no sientes curiosidad por ver lo que tiene?

Draco frunció el ceño, como siempre hacía cuando buscaba el lado malo.

—¿No te quitan puntos por eso?

—¿Por qué, por pasear? Si me llegan a detener digo que me perdí camino al baño. Es bueno tener una idea de dónde está todo. Nunca se sabe.

Por supuesto, no le habló de lo inmenso que resultaba el castillo y cómo siempre parecía que incluso los pasillos se movían por su cuenta. De las veces que se había perdido y él quedaba dando vueltas y vueltas hasta que se topaba con un grupo de estudiantes que lo ayudaba a orientarse. Por eso debía hacerse durante el día, cuando tantos se enfrascaban en sus estudios o iban a visitar a sus amigos de otras casas. No le habló de nada de eso porque entonces ni en broma habría aceptado Draco acompañarlo. Cuando declaró conocer la ubicación exacta de la cocina donde trabajaban los elfos doméstico y enseñó todas las golosinas con que lo agasajaron, ya no hubo más que discutir. Sus dos amigos estaban impacientes por ir, y siendo el único que le ponía reparos, al rubio no le quedó más que ceder.

En menos de dos semanas tenían un mapa mental bastante detallado del castillo. Él quería ponerlo por escrito, justamente para no olvidar, pero Draco insistió en que no les haría falta. Cuando los pasillos que recorrían dejaron de parecer espejismos cambiantes, cuando aprendió a saber adivinar lo que le aguardaría si doblaba para un lado o para el otro, sólo entonces, y no antes, Sirius comenzó a sentirse un habitante más del castillo. Le gustó no tener que contarse entre esos ignorantes que seguían perdiéndose de camino a clases, como les seguía pasando a algunos de sus compañeros. Podía ver que a su hermano le sucedía otro tanto. A veces, nada más por diversión, se quedaban escuchando las adivinanzas del busto de Ravenclaw e intentaban encontrarles respuesta antes de que el estudiante lo hiciera. En ocasiones este (generalmente de su mismo año) no lo conseguía y era gracioso verlo quedarse con la frustración, estrujándose los sesos, hasta que un mayor venía a sacarlo del apuro. Draco, sobretodo, por poco se desternillaba de risa al conocer ya la respuesta. Sirius no sabía de dónde las sacaba tan rápido.

La única cosa que no le gustó de sus recorridos fue el pasillo prohibido. Lo encontró con su hermano ya a la noche, minutos antes de la cena. La puerta oscura podría no haberles indicado nada, pero la presencia vigilante de la estúpida gata de Filch quitaba cualquier duda. Eso y el agarrón de Draco a su brazo.

—Ni se te ocurra —le advirtió—. Tenemos prohibido entrar ahí, ¿recuerdas?

—¿Y por qué era eso? —preguntó, impaciente.

—No dijeron —El rubio se encogió de hombros—, pero padre cree que eso es muy raro y que sería muy imprudente de nuestra parte querer ir a averiguar más.

Sirius reconoció el énfasis en esa palabra. Siempre que se trataba de algo que no debía hacer padre la usaba para disuadirlos (más que nada a él, porque a Draco no costaba nada convencerlo) de que siguieran sin hacerlo. Ser prudente era ser listo y ser imprudente sería ser estúpido. Sirius vivía con los dos pies entre ambos extremos y si aparecía “prudente” en algún lado podía apostar lo que fuera a que era una advertencia dirigida directamente hacia él. No le molestaba, ya que generalmente tenía razón.

—¿Cuándo dijo eso?

—Madre lo mencionaba en una de sus cartas… ¿Siquiera las lees?

—¿Para qué si te tengo a ti para informarme? —Volvió a mirar la entrada, más interesado—. ¿Qué crees que haya ahí?

—Probablemente una poción experimental que no quieren que sea vista antes de perfeccionarla o ya se salió de control. Dumbledore dijo algo sobre una muerte horrible y dolorosa, pero no puede haber estado hablando en serio. Estamos en una escuela llena de estudiantes, algún idiota o cabeza de chorlito querrá curiosear y entonces ellos, los profesores, cargarán con las consecuencias si les pasa algo. Padre podría sacar a Dumbledore de su puesto. No creo que se arriesgarían a tanto.

—Entonces no hay nada peligroso.

—Ni siquiera lo pienses, Sirius.

Sirius se volvió al rubio, ceñudo.

—No estaba pensando en nada.

—Eso ya lo sé, pero definitivamente no. No siento ningún deseo de que le resten puntos a Slytherin o nos castiguen.

—En ese caso puedes retirarte.

—Sirius, no insistas. De cualquier modo, ¿para qué quieres verlo?

—¿Me vas a decir en serio que no quieres echar un vistazo?

Draco miró el pasillo a sus espaldas, por el cual habían llegado hasta ese punto. Sirius casi podía escuchar el conflicto bajo su cabellera rubia: la idea de hacerle caso y por lo tanto seguirle, contra la noción de que hacerlo implicaría hacer algo no del todo prudente. Las ideas tenían su propio peso pero, si se dejaba guiar por la experiencia, seguirle acababa ganando la partida. Sin embargo, antes de que Draco pudiera decidirse a su favor, sus ojos se abrieron y lo empujó contra la pared. Sirius iba a devolverle el empujón cuando se dio cuenta de la cara de pánico que tenía. Ni siquiera lo miraba, sino a las escaleras. Escuchó unos pasos subiendo y el leve sonido de pies arrastrados no podían ser de otros que el del celador.

Aplastados contra la pared espiaron ocultos por una columna. Filch subía llevando una gran bolsa de tela a la espalda y una cuerda al hombro. Nada demasiado interesante, de no ser porque la cuerda tenía sujetos por la cola a una fila de lo que parecían sarigueyas muertas. Podían ser comadrejas, pero no cabía duda de que estaban muertas. Instintivamente, como si fuera absurdo evitarlo, se quedaron viendo el quejumbroso ascenso del hombre hasta que éste llegó a la puerta. En su espalda se agitaron los cadáveres al tiempo que se agachaba a darle una palmada a la gata en la cabeza.

—¿Todo bien por aquí? ¿No ha habido estudiantes molestos? —preguntaba Filch entonces.

La gata se fijó en la carga de su dueño y bufó, irritada.

—No, pequeña, no te preocupes que esto no es para ti —El celador volvió a erguirse y buscó en los bolsillos de sus abrigos—. Yo sé que a ti te gustan las cosas de mejor calidad —Sacó un llavero bien surtido y separó en el acto a una de las demás, casi sin verla.

Después de introducirla en la cerradura, tanto el hombre como la gata desaparecieron en su interior. Un momento de silencio, sólo por si acaso, y Sirius no pudo resistirlo más.

—Draco, ¿hay alguna poción que necesite animales muertos? —preguntó, sin despegar la vista de la puerta.

El rubio comenzó a tirarle del brazo para alejarlo de ahí. Para variar, él no se resistió. Una cosa era querer entrar a una puerta prohibida cuando nadie miraba y otra bien distinta quedarse a esperar que Filch los encuentre merodeando.

—Leí sobre algunas —admitió el rubio, incómodo. Sólo cuando salieron del pasillo pareció relajarse un tanto—, pero no recuerdo ninguna que necesite comadrejas específicamente.

—¿Sigues creyendo que lo de la muerte dolorosa y horrible que hablaba Dumbledore era chiste? —inquirió Sirius, en parte para picarle por su escepticismo y en parte porque realmente quería saberlo.

—No seas ridículo —le respondió, recuperando el aplomo para fruncirle el ceño—. Estamos en un colegio lleno de alumnos, muchos de los cuales probablemente no sean muy listos. Si hubiera algo realmente peligroso ahí sería de una estupidez mayúscula dejarlo donde cualquiera podría encontrarlo, advertencia o no.

—No exactamente cualquiera —replicó, ofuscado—. Estaba cerrada con llave, ¿no?

—Hay hechizos simples para eso. A nosotros no nos los enseñan todavía, pero sí a los años superiores.

—¿Como cuáles?

Draco lo fulminó con la mirada.

—Olvídalo, Sirius. Si quieres pregúntale al profesor Snape de qué se trata, pero no se te ocurra ir ahí solo. Si no quieren que nadie vaya a verlo y ponen a Filch de guardián será por algo. No necesariamente una bestia salvaje o un veneno mortal, pero algo.

Sirius volvió a verle. Sabía que lo que acababan de presenciar le había impresionado tanto como a él y por bueno que fuera poniendo cara de helado andante, todavía notaba que estaba turbado.

—Está bien, está bien —cedió al fin—. Se lo preguntaré al profesor.

Pero no llegó a hacerlo. Como si los profesores sólo hubieran estado conteniéndose hasta el momento dejaron caer sobre ellos un real diluvio de deberes. Ni siquiera Sirius se libró de pasar su buena cantidad de horas ojeando los libros para encontrar lo que le pedían en las redacciones. Y el tiempo que el pergamino le absorbía lo empleó en darle un buen uso a las escobas que consiguió de parte del golpeador de Slytherin.

El campo solía estar vacío a las horas previas a la cena, pero con todo ese empeño académico encontraba algunas horas de la tarde para su propio entretenimiento. Alargaba los vuelos hasta que Draco se cansaba de decirle que era suficiente. A veces, ni entonces quería detenerse. ¿Cuál era el punto de asistir puntualmente a la mesa si con hacerle cosquillas a una pera igual salía con un banquete dado en bandeja de plata?

Para lo único que servirían los Weasleys alguna vez sería haberle enseñado inconscientemente ese pequeño truco. No que Draco tuviera que saberlo.
El día de Halloween, no obstante, el primer banquete de celebración del año en el castillo, ni siquiera el rubio se enteró del tiempo transcurrido.

Estaba en pleno partido y faltaban dos puntos para que pudiera declararse ganador. No tenían la llave para abrir el baúl de las pelotas, así que se lanzaban una bola de papel encantada para tener el peso aproximado de una bludger. Desde hacía un largo que Crabbe y Goyle habían desaparecido de las gradas. Ellos son eran las únicas personas presentes.

—¡Tiro libre! —reclamó el rubio cuando su hermano evitó otro ataque.

Sirius ya se disponía a lanzarse contra el aro contrario, no sin antes brindarle al otro una risa burlona.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué? ¿Acaso una astilla de mi escoba te dio en el ojo?

Antes de que Draco pudiera responderle su rostro se oscureció. Y no sólo eso, también el resto del campo al apagarse las luces. Ahora sólo tenían a la luna para distinguir la silueta del otro. Acordaron tomarse un tiempo fuera para la próxima y bajaron. En el camino de vuelta al castillo continuaron hablando de sus jugadas favoritas, tan concentrados que en cuanto llegaron al salón creyeron que los estudiantes salían del comedor porque el banquete se había terminado.

No se percataron de nada extraordinario ni de que los prefectos guiaban con prisa a los más jóvenes, pidiéndoles calma, hasta que notaron la fila de sus compañeros pasarles en frente. Pansy, al divisarlos, se separó de la línea para acercárseles.

—¡Ahí están! ¿De nuevo estuvieron jugando hasta tarde? Les juro, ustedes son imposibles. ¿Tienen idea de lo preocupada que estaba? —Agarró a Sirius del brazo y lo guió, con bastante determinación, hacia el resto de los de primero. Sirius se llevó a su vez al sorprendido rubio.

Llegados a ese punto era evidente la alarme general. Pansy continuó agarrada al moreno, como si se negara a dejarlo suelto.

—¿Qué sucede? —inquirió Sirius, confundido—. ¿Por qué estamos volviendo a la Sala Común?

—Hay un troll de las montañas suelto. El profesor Quirrell acaba de decirlo. Antes de desmayarse.

—¿Un troll? —repitió Draco, incrédulo—. ¿Cómo diablos llegó uno hasta aquí?

—¿Y cómo quieres que lo sepa? —Pansy encogió los hombros. Su rostro en tensión parecía el de alguien a punto de hacer temblar los dientes—. Por Merlín, odio esas cosas. Son tan grandes, estúpidos y feos. A todos los gigantes, los detesto. Seguro que también apestan. No quisiera encontrarme con uno por nada del mundo. Menos mal que ustedes venían del campo y no de los pisos superiores o quizá quién sabe…

—Bah, no te preocupes —desestimó Sirius con una amplia sonrisa—. Si tienen el cerebro la mitad de desarrollado a como dicen los libros seguramente hubiéramos podido evadirlo sin problema. Lo más probable es que se acabe lanzando solo desde una ventana y asunto terminado. ¿No te parece, Draco?

El susodicho le miró con las cejas arqueadas. Por toda respuesta el moreno inclinó la cabeza en dirección a la chica, como diciéndole que le ayudara en esa.

—En realidad nunca han destacado por su ingenio —agregó con voz neutral—. Cómo esa especie ha logrado sobrevivir hasta ahora es un verdadero misterio.

—Además seguro que el profesor Snape le deja una paliza de recuerdo. Le lanzará una de sus miradas que les da a los cabezas de chorlito y el troll se morirá congelado.

La idea del profesor Snape lanzando rayos congelantes desde los ojos causó la carcajada en su amiga. Su reacción, no la esperada mientras se los evacuaba por intromisión de una criatura salvaje, causó miradas de extrañeza entre sus compañeros. La chica se apretó contra Sirius, riéndose apenas.

Entraron en la Sala Común, donde ya la gente se reunía para hablar de la novedad. Pansy fue a reunirse con su grupo de amigas y ellos se sentaron cerca de la chimenea. Como el banquete había sido interrumpido en la mitad todavía era demasiado temprano para dormir. Alrededor del fuego verde estaba Blaise hablando con Nott, al cual nunca le faltaba un libro en el regazo.

—¿Qué diantres, Zabini? —dijo Sirius dejándose caer a su lado, resumiendo su impresión de esa noche.

—No me lo preguntes, también me gustaría saber cómo es que se infiltró —respondió el chico.

Nott, que casi nunca abría la boca, se adelantó para aportar su grano de arena.

—Escuché a unos de quinto hablarlo —dijo, mirando directo a los ojos y sin bajar la voz. Por detalles como esos uno se daba cuenta de que su silencio habitual no tenía nada que ver con timidez. Siempre había sido así, por lo que Sirius podía recordar de cuando eran niños y a causa de sus padres se encontraban en las reuniones—. Dicen que probablemente sea un amigo del guardabosque que se le escapó. Todos saben que ese sujeto siente una afición curiosa por las criaturas raras.

—No me extraña, siendo él mismo una rareza —comentó Draco, aburrido—. De vivir entre muggles ya lo habrían enviado a una de esas ferias de fenómenos.

—Te apuesto algo a que mañana no tenemos clases —dijo Sirius, sonriendo optimista—. Espero que ese troll destruya una o dos aulas antes de que lo reduzcan. De preferencia la de Transformaciones. Todavía me falta hacer ese último trabajo.

—No creo que tengas tanta suerte —replicó Blaise, mirándolo con reproche.

—Nunca se sabe —dijo Sirius, impertérrito.

A medida que avanzaba la noche más estudiantes se congregaron entorno al fuego. Uno de ellos, de sexto año, hablaba de la costumbre que era juntarse en lugares así para contar historias de miedo.

—¿Para qué? —preguntó uno de sus amigos.

—Para divertirse viendo quién se asusta más, claro.

Así que todos los que pudieron le escucharon. Los primeros en irse fueron Crabbe, Goyle y Nott, este último diciendo que quería leer en un sitio más tranquilo. Luego les siguió Blaise, bostezando. Las historias no eran tan horribles (a plena luz del día podrían parecer hasta tontas), pero ahí, iluminados por el fuego verde y observados por las calaveras parpadeantes… pues que Sirius no se sentía precisamente tranquilo. Sin embargo se quedaron para escuchar hasta el último relato. Era como si no pudieran hacer otra cosa, pese a que nada les gustaba. Todos los estudiantes mayores tenían algo que aportar. Las miradas intercambiaban llevaban el mismo aire burlón. ¿Qué tan asustado estaba el vecino?

Por ser de primero eran lo más observados. Querían echarse unas risas por cuenta suya y no estaban dispuestos a dárselas fácilmente. Hacían como si ni siquiera los oyeran mientras enviaban las piezas a sus correspondientes lugares. Draco tuvo oportunidad de destruir su rey en dos ocasiones cuando el grupo de cuenta cuentos finalmente se disolvió. Mientras Sirius continuaba buscando cómo destruirle su reina, su peor dolor en el trasero, el rubio sacó un reloj de su bolsillo y lo ojeó.

—¿Has visto qué hora es? —le dijo, enseñándoselo—. Debimos haber ido a dormir hace una hora. Dejemos esto y vayamos arriba.

Sirius entonces se dio cuenta de tres cosas: primero, en serio era tarde; segundo, estaban casi solos y, finalmente, que volvía a ser demasiado consciente de los parpadeos cadavéricos, por lo cual la idea de cambiarlos por su cuarto era muy atractiva. Guardaron todas las piezas y el tablero. No pudo contenerse un bostezo.

Pasaron diez minutos, cada uno en su cama, sin poder dormir. Sirius escuchaba el sonido del colchón a su lado moviéndose y algunos gruñidos bajos de frustración. Las cortinas que rodeaban el lecho se agitaban por impulso de las sábanas y las piernas. Se dijo que esperaría a que se calmara para poder dormirse. Luego se encontró levantado y hablándole. Quince minutos ya era más que suficiente.

—Oye, ¿vamos abajo a jugar cartas?

Draco emitió una especie de gemido quejumbroso.

—Mañana tenemos clases, Sirius. Duérmete.

Goyle (o Crabbe o Blaise o Nott) dejó salir un ronquido. Sirius tuvo un estremecimiento que no quiso comentar.

—Mañana seguro que no hay clases —dijo, inclinándose hacia el lado de la almohada—. Al menos las primeras horas. Ya conoces lo son los trolls. Por meterse uno siquiera se la pasarán aumentado la seguridad o algo así.

—No lo sabes. Vete.

Tuvo un escalofrío. ¿Volver a la cama y fingir dormir? Ni hablar.

—Sí lo sé —insistió Sirius. En su interior maldijo a su hermano por si lo dejaba solo—. Tendrán que hacer rondas, poner hechizos. Mínimo les costará una mañana. Vamos.

Al final lo acabó convenciendo, como siempre. Para sus adentros liberó un largo suspiro de alivio. Odiaba a la oscuridad y más la odiaba después de haber oído todas esas estúpidas historias. Los muggles eran imbéciles.

—————————

No hubo revisión de pasillos ni aumento en las medidas de seguridad. O si los hubo no les quitó en absoluto a los profesores tiempo para dar sus clases. Para la hora del mediodía Sirius recibió un vaso de agua helada como despertador.

—¡Serás idiota! —le dijo Draco, dejando el vaso. Se apuró tanto en quitarse el pijama que no acertaba a la primera a desabotonarse—. Nos perdimos dos clases y ahora nos debemos estar perdiendo el almuerzo. Tenemos que ir. Levántate de una vez.

—Ya, ya —le tranquilizó, adormilado, abriendo los pesados párpados.

Miró al reloj puesto sobre la mesita de luz, comprobando que era cierto lo que oía. Pensó que al final no había tenido que aguantar el reproche de la profesora de Transformaciones. Podía terminar el trabajo mientras almorzaba y pedirle a Blaise lo que hubieran hecho en Historia de la Magia. Esa era una materia que nunca lamentaría perderse. Sólo de pensar en ese viejo fantasma pasando lista con esa voz monótona que tenía…

—¡Sirius!

—¡Ya!

Se la pasó bostezando todo el camino. La piel pálida era terrible para los insomnes. A la primera de cambio ya se les notaban las ojeras. A lo mejor una buena comida y un par de echadas de agua más a la cara lo mantuvieron espabilado el resto del día, aunque sospechaba que no habría liquido que le quitara la molestia a Draco. Estaba muy cansado. Al final no tuvo que hacerlo. El sueño pareció fugarse en su mayor parte cuando oyó las novedades por boca de Blaise.

Potter, Weasley y Granger habían ganado muchos puntos para su casa. Lo habían hecho encargándose del troll. Ellos solos. Por lo que se decía el troll ya estaba ahogándose en un charco de su propia sangre para cuando los profesores consiguieron llegar, alertados por el todo el escándalo que hacían. El ser había dejado un verdadero desastre en un baño de chicas. Nadie estaba seguro, pero se creía que debía haber medido cinco metros por lo menos.

—Bromeas —fue todo lo que pudo decir.

La idea de que Potter (físicamente una insignificancia total) pudiera hacer tal hazaña era demasiado extraña para concebirla. Sería como descubrir que Longbottom insultó al profesor Snape en plena clase.

—Perfecto, lo que faltaba —dijo Draco, despectivo—. Si Potter no era antes el niño predilecto de absolutamente todos, con esto ya querrán tomarlo por un héroe.

Su malhumor se convirtió en pura acritud a partir de ese momento. Por más que Sirius le picó, insistió y habló no hubo manera de convencerlo para romper su ley del hielo. Pasarse el día entero escuchando diferentes voces comentando el suceso del troll no ayudó en nada. ¡Si hasta comenzaban a hablar de poderes desconocidos! Era para reírse. Ni siquiera le hizo caso a Pansy cuando la chica quiso que le ayudara con un reporte para Pociones. Ella fue la que se acabó alejando, ahora igual de molesta. Las clases ya habían terminado y en la biblioteca nadie tenía permitido hablar, por lo que Sirius consideró que era una oportunidad tan buena como otra.

—Déjalo pasar ya, ¿quieres? Ya dije que lo lamento.

La verdad se estaba aburriendo del tratamiento de silencio. Y quería jugar con alguien antes de cenar. Flint no iba a aceptar otras manos que las de Draco. Para su sorpresa, el ceño del rubio se relajó y casi pareció sonreír.

—Está bien, Sirius —dijo con mucha calma—. Completé ya los apuntes y la próxima vez que vea a la profesora la convenceré de que me fue imposible ir a su clase esta mañana por un ligero malestar. Todo se ha solucionado. No hay problema.

—¿De veras? —repuso, sorprendido, pese a que era exactamente lo que quería.

—Sí —dijo Draco, guardando sus cosas—. Vamos, creo que estoy de humor para volar un rato.

La posibilidad de tener una escoba en mano y ser capaz de usarla era lo único que podría haberle quitado a Sirius la sensación de que algo no estaba del todo bien. Para cuando acabaron su pequeño partido (con él como victorioso por sólo 10 puntos) su alegría y entusiasmo se hallaban perfectamente inmaculados. Pasaron la cena normalmente, sin ningún contratiempo. Posiblemente en la mesa de los cabeza de chorlito se siguiera hablando de la “hazaña” de Potter, pero para los Slytherin la noticia ya era cosa pasada y nadie sentía necesidad de mencionarla.

Todo lo cual contribuyó a que Sirius fuera a dormir completamente tranquilo. Excepto por un detalle: la cama se sentía como un millón de piedras. En un primer momento no era así, pero luego, a medida que el cuerpo se hundía, se percibían durezas e irregularidades nuevas. Intentó levantar el colchón de la cama, sin éxito. Era como si los hubieran pegado llenando cualquier resquicio. No entendía nada.

—¿Problema, Sirius? —preguntó Draco, cómodamente recostado en su cama.

—¿Qué has hecho? —le preguntó Sirius, queriendo preguntar también cómo lo había hecho.

Definitivamente no les habían enseñado ningún hechizo que hiciera eso.

—¿Yo? Absolutamente nada —el rubio le dio la espalda, sin duda para que no viera su sonrisa—. Pero es posible que Dobby haya pasado por aquí.

Dobby, claro. El elfo masoquista de casa, tan capaz de asistir a Hogwarts a una simple llamada como lo era Kreacher.

—Pues llámalo de vuelta para que lo revierta.

Lo malo de tener elfos domésticos con varios amos es que uno no podía pedirles que revocaran una orden de otro sin el permiso de aquel. No sin que les entrara una crisis nerviosa y amenazaran con golpearse contra lo primero que encontraran, olvidándose completamente de la orden original.

—No me parece —contestó la voz de su hermano y soltó un relajado bostezo—. Tranquilo. Quizá mañana no tengamos clases de todos modos.

—Muy divertido, Draco. Ya me he partido de la risa. Ahora deja de hacerte gracioso y llámalo.

—Buenas noches.

Sirius se puso de malas.

—Hazlo.

Esta vez no recibió respuesta. Sirius volvió a ver su cama. Fugazmente contempló la posibilidad de dormir en la Sala Común. Hasta que el fuego de la chimenea muriera. Con los restos de las decoraciones de Halloween guiñándole los ojos. Solo.

—¿Qué haces? —inquirió Draco cuando Sirius lo empujó para hacerse un lugar bajo las sábanas. Había estado a punton de dormirse, por lo que tardó un poco en responder—. ¡Sal de aquí! —Trató de empujarlo fuera. Sirius correspondió pateándole las piernas para sacarlas por el otro lado—. ¡El hechizo no terminará hasta mañana! ¡Duerme en el piso!

—No, gracias.

Continuaron revolviéndose. Sirius le agarró las muñecas y se las apretó hasta que vio una muñeca de dolor en su hermano. Este se fue para atrás, al parecer rindiéndose pero en realidad tomaba impulso para ir a golpearle con el hombro en el pecho. Sirius soltó una palabrota.

—¡Ya cállense los dos! —pidió a los gritos la voz de un irritado Blaise—. Por el amor al cielo ¡ya es pasada la medianoche!

—Díselo a él —contestó Sirius.

Ninguno de los dos había cejado por la intervención. Eso habría sido la derrota inmediata.

—Se lo digo a los dos, par de idiotas. Si no la dejan y me permiten dormir los petrificaré.

Draco le agarró el antebrazo. Su otro brazo estaba en el hombro contrario para mantenerlo apartado de sí. Sirius iba a quitárselo de encima y servirse de un rodillazo, cuando ambos se miraron para fulminarse mutuamente. Ambos reconocieron la poca duda que les cabía respecto a creer o no las palabras de Blaise. Ambos supieron que pasarse el resto de la noche convertidos en un par de tablas era lo último que deseaban. Se soltaron al mismo tiempo.

—Imbécil —escupió Draco, dándose la vuelta.

—No me quieras tanto —replicó Sirius, girándose también.

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