Mala sangre. 9

Capítulo 9

A fin de cuentas los dos decidieron no decirles nada a sus padres respecto al castigo. Si el mismo colegio no lo consideraba lo suficientemente importante para avisarles por una vez ellos aceptarían su criterio sin ánimo de discutir. Después de todo, lo único que podría arruinar el recibir la caja de dulces fino que madre les enviaba una vez por semana habría sido una carta llena de reproches y recomendaciones escritos por padre. Esa mañana, luego de despedir a Maurice, Draco leyó la carta mientras le pasaba los dulces a las manos expectantes de Greg. Sin ninguna consideración por el bonito envoltorio, él y Vince se apresuraron en quitar cualquier obstáculo hacia lo de verdad les interesaba. Por lo general se lo terminaban todo antes de terminar el desayuno. Sólo a veces Draco y él sacaban uno o dos antes de entregarles el resto.

A Sirius la verdad solían desagradarles. Con el chocolate no tenía problema, pero su madre les enviaba cosas tan exquisitas y de sabores tan variados que sólo podrían ser soportables agarrando costumbre. Él no tenía tanta paciencia. Su hermano sólo no era glotón.

Últimamente, para desesperación de su par de amigos, el resto de los chicos de primero se daban el gusto tomando lo que pudieran también. Pansy y las chicas se ponían servilletas sobre las manos para dejar los dulces, con tal de que no les mancharan los dedos. Theo comía sin despegar la vista del nuevo libro que tenía entre manos. Blaise ignoraba como un profesional las miradas de advertencia antes de robar lo que quisiera. Sin embargo, madre al final recibía una nota de agradecimiento por parte de ambos.

Tenían varios trabajos que entregar y pruebas finales que pasar, por lo que arreglaron encontrarse en la biblioteca durante la hora libre antes del almuerzo. Sirius confiaba en acabarlo todo pronto para salir a volar, pero no lo creía. Miró sin muchas ganas a Draco dejar la carta.

—¿Novedades? —le preguntó, aburrido.

—Nada especial —dijo el rubio, guardándola en su mochila. Dirigió una mirada curiosa a la mesa de profesores y se levantó de su asiento.

—¿Ya te vas, Draco? —le preguntó Pansy.

—Sí, acabo de darme cuenta de que me dejé un libro en la Sala Común. Los veré en clases.

—Espera —dijo Sirius, llevándose una manzana del tazón—. Voy contigo.

Draco giró los ojos, sin hacer nada por impedirlo. Las primeras veces sí le había irritado esa insistencia suya, pero ya estaba resignado y lo único que le pedía es que no se fuera de bocón. Sirius no tenía inconveniente.

Visitar el despacho del profesor Snape siempre era una experiencia interesante. Luego de esperarlo por unos pocos minutos el inconfundible sonido de su túnica moviéndose sobre el suelo les advirtió de su llegada.

—Buenos días, Draco—dijo el hombre, llegando a ellos. Sin apenas mirarlo, inclinó la cabeza hacia el otro—. Sirius. Vienen por la poción, imagino.

—Sí, señor —respondió Draco.

—Muy bien, ya la tengo preparada sobre mi escritorio.

El profesor colocó una llave de hierro en la cerradura y abrió la pesada puerta oscura. Penetró en la habitación, colgó la llave de un gancho y les hizo un gesto para que entraran. Todos sus gestos tenían la misma premeditación que todos los adultos que habían conocido a lo largo de su vida, contadas algunas excepciones. A Sirius le agradaba en esencia por ese parecido, aunque no dejaba de notar que el hombre prefería a su hermano. Quizá porque Draco era de los pocos a los que realmente le apasionaba todo el tema de las pociones y tenía verdadero talento para eso. Una sola mirada al despecho, lleno de frascos con cosas raras, algunas puede que vivas, dejaba en claro que eso, y ser de su misma casa, podía ser un factor determinante.

Como había dicho, tenía un frasco de líquido azul oscuro encima del escritorio. El frasco estaba lleno hasta la mitad y era bastante delgado, casi como un tubo de ensayo. Sirius sabía cómo se llamaba, Mentallis. Sabía que su preparación era de sólo unas dos horas pero tan complicada que no se la enseñaba hasta el sexto año. Sabía que sólo debía administrarse gota por gota, no a cucharadas o chorros, porque sino el efecto podría ser bastante dañino y nadie quería eso. También sabía que se suponía que no debían tomarlo.

—Es una simple ayuda —le explicó el profesor Snape, el primer día en que logró convencer a su hermano en decirle su plan—. No incrementa el poder mental ni agiliza la memoria más de lo que la propia mente es capaz. Entre todas las pociones para las funciones cerebrales, esta es de las más inofensivas. Su único objetivo es suprimir los impulsos que puedan distraer a la mente de lo que se propone. En términos más simples, posibilita la concentración de aquellos que de por sí tienen dificultades.

Tal y como había estado ayudando a Vince y Greg desde que Draco se dio cuenta de que lo necesitaban. Su hermano tenía mucha confianza en que ambos eran capaces de pasar las materias (pasarlas, ya no decía nada sobre que fuera con honores), siempre y cuando consiguieran centrarse en una sola materia en su momento. La poción lo único que hacía era permitir eso. No podía dar más que lo que la propia persona tuviera de por sí.

—El profesor Snape me contó que todos los años hay uno o dos estudiantes a los que les viene bien —le dijo Draco—. Uno todavía tiene que estudiar y aprender por su cuenta, así que técnicamente no es trampa. Claro está, tampoco es algo de lo que se deba presumir.

El par de chicos ni siquiera sabían que tomaban la poción. Draco creía que entonces querrían tomar más, pensando que así se volverían más listo, con lo cual sólo lograrían congelarse los cerebros igual que cuando se toma un helado demasiado rápido. Ese estado, dependiendo de la  cantidad ingerida, podía durarles desde una semana hasta un mes. No, mucho más sencillo era meter las gotas en unas galletas que les daba a comer antes de cada sesión de estudio. Hasta entonces no se había percatado del cambio producido en sus amigos. Vagamente recordaba que, antes de la idea de Draco, ellos dos se dedicaban a ver los libros sin leerlos y a hacer apenas unas pocas anotaciones desganadas en sus pergaminos mientras ellos trabajaban. Ahora no había quien los sacara de sus deberes, aunque seguían teniendo dudas con las cuales recurrían a su hermano. Al principio Sirius no estaba del todo seguro (por el bien de sus amigos, el hecho de poder romper o no una regla le tenía sin cuidado), pero acabó aceptando las palabras de su hermano a que, de hecho, la poción ejercía un efecto relajante en ellos una vez acabado el trabajo. Mejor que lo que las hojas en blanco podría haberles causado.

El día final de clases en Slytherin se respiraba tal aire de satisfacción que Sirius cometió la equivocación de preguntarse de qué iba todo eso. Luego recordó que ese día no sólo sería el banquete de final de curso, sino la noche en que entregarían la Copa de las Casas. En los vestíbulo los estudiantes se detenían ante la pared donde se exhibían los cuatro relojes con los puntajes, ya sea para lamentar la poca cantidad que les hubiera tocado o regodearse en el caso de ser superior. Obviamente, su caso era el segundo. Lo que más disfrutaron fue ver el minúsculo montón de rubíes reunidos por los cabezas de chorlitos.

—Fue el castigo que nos dieron lo que les acabó —le dijo Draco, sonriéndose—. Ya con eso perdieron una buena cantidad que luego no se preocuparon en recuperar.

No como ellos, que no perdieron ninguna tarea o respuesta sin hacer. Las apreciaciones del profesor Snape respecto a su desempeño en clase sin duda habían tenido su parte de responsabilidad. Su hermano estaba de tan buen humor que ni siquiera escuchar sobre la loca odisea que tuvieron Potter y sus amigos logró agriarle el rostro. Ellos, igual que el resto de sus compañeros, mostraron primero incredulidad de que se hubieran encontrado directamente con el Innombrable y luego, viendo que nadie lo ponía en duda, decidieron sin palabras hacer como si fuera una mancha en la alfombra: apuntar con la varita y desaparecerlo. Vamos, que incluso el hecho de que Potter y Weasley tuvieran que pasar por la enfermería, fuera de su vista, era un punto más a su favor.

Más sorprendente todavía fue saber que el profesor Quirrell estuviera involucrado. Una vez se corrió la noticia todos estaban seguros de que haber detectado algo raro en él desde el inicio. ¿Y ese turbante ridículo que llevaba? ¡Más raro aún! Tenía que guardar algo maligno ahí.

—¿Se dan cuenta —preguntó Theo, levantando la vista del libro que leía. Era uno grande y gordo, al que Sirius identificó como enciclopedia básica de las criaturas mágicas— de que si uno bebe sangre de unicornio puede alargar su vida?

Ellos se miraron, porque eso no tenía nada que ver con lo que estaban hablando hace un momento.

—¿Y qué con eso? —inquirió Blaise, ya acostumbrado a esos giros en la conversación.

—Si el Innombrable estaba con Quirrell y él buscaba regresar sería lógico que buscara una fuente alternativa de vida —Mirando a Sirius y Draco, agregó con tono de suficiencia—. Les dije que lo que vieron en el bosque no era un vampiro. Se trataba de él queriendo recuperar fuerzas, estoy seguro.

Sirius tuvo un ligero escalofrío. Pensar que habían estado cerca de él, de quien habían oído tanto. Una parte suya también lamentó haberse perdido el verlo directamente, un poco como estaba antes de encontrar a Potter en el tren. Ambos eran parte de la misma leyenda y uno ya era lo bastante decepcionante. Draco prefirió no decir nada,

En la cena su mesa era la más parlanchina y animada. El silencio inusual de los cabezas de chorlito era un regalo extra. Sirius creyó en ese momento que a pesar de todo (el animal gigante que al final sí estaba en el colegio, ese estúpido castigo, lo imbécil que era el universo favoreciendo a Potter, el no tener su propia escoba consigo), el año no había estado tan mal. Por supuesto, todavía no había oído el discurso final de Dumbledore y su idea de lo que era repartir puntos con justicia.

Entonces se unió al montón de disconformes, gritándole al viejo hombre lo que les parecía esa medida.

—¿Qué clase de broma es esta?

—¡Nosotros trabajamos todo el año por esos puntos!

—¡Fue pura suerte! ¡No pueden premiarlos por eso!

Y otras palabras que hubieran hecho escandalizar a McGonagall de haber llegado a oírlas. Sin embargo no había nada que hacer, ya estaba hecho, los rubíes habían caído. Cuando volvieron a sentarse ninguno tenía ánimos de festejar el triunfo ajeno. ¿Cómo hacerlo, después de haber recibido semejante puñalada por la espalda? Porque eso era, a fin de cuentas.

Si Dumbledore quería recompensar a los cabezas de chorlitos por ser tan imbéciles para querer enfrentarse a Quirrell podría haberlo hecho en el acto, mientras estaban recuperándose en la enfermería, en  lugar de dejar pasar todo el día haciéndoles creer que tenían la Copa en sus manos. Esos últimos puntos concedidos a Longbottom por ser igual de imbécil y encima entrometido habían sido una espectacular patada. Las miradas de rencor o desden no fueron ahorradas por nadie, en especial los prefectos y cursos superiores que ya tenían el gusto del triunfo pegado a la lengua.

Sirius observó a su hermano. Este alternaba entre convertir en cenizas a la mesa con una mirada fea o a Potter en cadáver con una todavía menos linda. Pero por una vez Sirius estaba dispuesto a creer que absolutamente todo no era culpa de Potter, ni siquiera del resto de los cabezas de chorlito. Sólo de aquel anciano bueno para nada de boca tan larga como su barba. El permiso a Potter para jugar Quidditch, la dichosa escoba Nimbus y ahora esto… Pansy tenía razón. No tenían ningún derecho a hablar de favoritismo para referirse al profesor Snape.

No obstante, para Draco no era así, y francamente no podía culparlo. Detestar a una persona ahorraba mucho más tiempo que odiar a todo un grupo y desde el inicio Potter le había estado tocando las narices. Ahora le llegaba el puñetazo en toda regla ¿y quién era el responsable más luminoso, el cabeza de chorlito al que más miraba el resto? Si hasta había algo de repulsivo en la manera en que lo admiraban, como si fuera el ser más perfecto sobre la Tierra. Era para revolverle las tripas a cualquiera, y eso que había ido con hambre hasta la mesa. Claro que a él no le habría importado tener tanta atención y desde luego no tenía la menor relación.

Le pasó un brazo a Draco por los hombros para mostrarle que estaba con él. Al principio su hermano lo dio una mirada como si considerara quitárselo de encima, pero al final no hizo nada. Sólo bufó con frustración.

—Relájate —le dijo Sirius, intentando animarlo—. El año que viene ya podremos entrar en el equipo de Quidditch y le enseñaremos lo que es bueno. Se lo enseñaremos a todos.

La tensión en los hombros de Draco disminuyó un tanto mientras este asentía. Sirius resistió el impulso de revolverle el pelo, le dio un apretón en la nuca y lo dejó. Pese a su consideración, Draco se pasó la mano por el cabello como si se lo hubiera dejado impresentable con ese simple gesto.

—Por supuesto que lo haremos —afirmó Draco, sonriendo.

Sin embargo, fue un verdadero alivio salir del castillo y saber que ya estaban volviendo a casa.

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En el pasillo del tren, mientras el resto de los estudiantes buscaban sus compartimientos, Sirius merodeaba entre ellos ya sin su equipaje. Él y Draco se lo habían dejado a sus amigos para que los dejaran en el sitio que encontraran. Sirius había dicho que podía hacer eso solo, pero el rubio había insistido y la verdad era que se le hacía divertido tenerlo por directo cómplice. ¿Para qué negarlo? A dos era mejor que a uno.

El sapo de Longbottom era un rebelde sin causa. O su dueño era tan tonto que se le olvidaba darle de comer y el pobre animal debía salir a buscar por su cuenta algo con que llenarse. Sirius se inclinaba por lo segundo.

Lo vieron saltar por el pasillo, entre las piernas de los estudiantes, arriesgándose a ser aplastados. Algunos, sorprendidos, lanzaban respingos o tenían sobresaltos al percibir su cuerpo pasándoles al lado. Más al fondo, viendo por un costado (todavía era muy bajo para ver por encima de los de tercero) notó a Longbottom tratando de abrirse paso con el baúl detrás de él. El cabeza de chorlito tenía la vista baja, concentrado en su búsqueda, y mucho no podía hacer para evitar ser empujado por los mayores. En cualquier momento todos encontrarían su sitio, por lo que no tenían mucho tiempo.

Mientras Draco iba directo hacia él para distraerle (y darse el gusto de soltarle un par de linduras, seguro), Sirius se agachó para recoger al sapo en medio de un salto. El animal se revolvió un segundo pero luego se quedó quieto. Sacó la varita y murmuró el hechizo paralizante dándoles la espalda. El sapo inmediatamente se paralizó con las patas recogidas contra sí mismo. Si no fuera por los ojillos brillantes habría pasado por una estatuilla.

Una chica de cuarto con el emblema de Ravenclaw discutía con una amiga acerca de una cuestión de lo que le pareció era Historia de la Magia, lo cual consideró el colmo de lo patético. Ella tenía un suéter con capucha, adonde dejó caer a la mascota sin que se diera cuenta. Sabía que apenas la muchacha se diera cuenta iría en busca del dueño y probablemente se lo entregara a Longbottom directamente. Sabía que el mal trago que pasaría buscando por todos lados no duraría mucho. Pero le duraría lo suficiente para que él se sintiera un poco mejor después del mal trago que les hizo pasar el director. Luego tendría el resto del verano para pensar en formas de desquitarse con el resto de cabezas de chorlito.

La cantidad de alumnos era menor. Fue junto a su hermano y le rodeó los hombros afablemente.

—¡Longbottom! Qué agradable sorpresa verte. ¿Qué sucede? ¿No encuentras lugar todavía?

El niño estaba rojo hasta las orejas y Draco tenía una cara que parecía aguantarse la risa. Como en respuesta a su gesto Draco también subió la mano hasta el principio de su brazo.

—Aquí está mi hermano —dijo el rubio—. ¿Por qué no le dices a él lo que acabas de contarme?

Sirius lo miró con más interés. El niño agachó la cabeza, turbado, y masculló algo imposible de entender. Sirius tuvo la nebulosa impresión de que le temía o le impresionaba a él más que Draco y eso le gustó. Al menos así demostraba no ser tan idiota. Después de todo, de los dos, sólo Draco había aprendido lo que era sangre fría. Le parecía más que suficiente.

—Más alto, Longbottom —incitó—. Aprovecha que el profesor Snape no está aquí.

Eso ya pareció picar duro en el escaso orgullo del cabeza de chorlito y levantó la vista, enfrentándoles con aparente decisión. Sin embargo Sirius no pudo dejar de notar que seguía rojo y el resto del cuerpo le vibraba.

—Dije que yo valgo diez veces más que ustedes dos juntos —Miró a Draco directamente—. Ron dice que si no fuera por tu hermano, Crabbe o Goyle ni siquiera saldrías de tu Sala Común

Sirius sintió una súbita rabia hervir en él. ¿Conque Weasley había dicho eso, eh? ¿Y quién diablos era Weasley para hablar así, cuando todo el mundo sabía que nada más serviría para ser la sanguijuela de Potter? Antes de que pudiera adelantarse para informar a Longbottom de lo que le podía decir a ese mentecato de su parte, Draco le pellizcó el brazo, como si supiera exactamente lo que pensaba, y permaneció tan tranquilo, sonriendo de medio lado, que lo mismo podría haber oído una agradable melodía. Por un momento le recordó a padre.

—Por supuesto que tiene que afirmar eso —comentó Draco cual si fuera un hecho divertido—. Weasley no es más que una patética rata de alcantarilla cuya única posibilidad de salir adelante en la vida será siendo el acompañante de Potter porque, en lo que respecta a ser un mago competente, no tiene la menor idea. Es natural que gente así siempre ande atribuyéndole al resto los defectos que ellos tienen. Probablemente sea la única satisfacción que les quede. Y tú, Longbottom —siguió, sonriendo siempre, dando un paso al frente. Fue divertido ver retroceder al otro—, no eres más que un gran inútil al que nadie soporta tener cerca porque sólo atraes desastres. Tu palabra, y en especial la palabra de Weasley transmitida por tu boca, no podrían afectarme menos.

Entonces, haciendo una perfecta imitación del profesor Snape, Draco se giró con un floreo de su túnica y se alejó por el pasillo. Sirius lo siguió, incapaz de contener su incipiente risa. Atrás se dejaban a Longbottom, más rojo que cualquier Weasley. El pasillo ya casi estaba vacío.

—Esa estuvo buena, Draco.

—No tengo idea de a qué te refieres —afirmó Draco elevando el mentón. La impresión de dignidad que quería dar no acababa de pegar con el brillo de diversión indiscutible en sus ojos—. Yo sólo fui honesto con él. No es mi culpa que no sepa aceptarlo.

—Sí, claro —Sirius sonrió de nuevo—. Eres increíble, hermano.

Draco le devolvió la sonrisa.

—Lo sé.

——————————

Sin haber llegado a la estación todavía, Sirius reconoció a sus padres de entre el resto de las familias. Puede que hubiera otros muchos rubios pero sólo los Malfoy podrían presentarse vistiendo tan elegantemente, comparados al resto. Le dio un golpe a Draco para que saludara también.

De pronto Sirius estaba ansioso por volver a casa. Hogwarts tenía sus cosas buenas pero nada como su hogar. Cuando mamá fue a abrazarle ni siquiera le importó demasiado lo fuerte y largo que fue, porque él también la había extrañado. Draco, aferrado a padre, comenzó a contarle la estafa con la Copa de las Casas, esperando su opinión.

—La verdad es que no me sorprende —dijo, pasándole una mano por el pelo a Sirius, a modo de saludo—. Dumbledore siempre ha tenido sus excentricidades particulares, muchas de ellas indescifrables para el resto de los mortales.

Ya les habían contado lo de la piedra y el Innombrable a través de sus cartas, pero aun así Sirius creyó ver a su padre reaccionar cuando Draco se refirió a eso, diciendo que todo el asunto con Potter había sido pura suerte. Incluso su padre lo sabía de antes, porque la idea de ocultar en el colegio la piedra tuvo que ser necesariamente aprobada por el Consejo de Educación en pleno. Le pareció que la respuesta de su padre, un ligero suspiro, un mínimo encogimiento de hombros, era de alivio.

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