El caso del dios triste. 1

Fandom: Mirai Nikki/Future Diary

Claim: Amano Yukiteru/Akise Aru

Resumen: Akise Aru, detective juvenil, se enfrenta a un misterio que no puede resolver. ¿Cómo ayudar a un chico que nunca ha conocido? Yaoi

Capítulo 1
La segunda libreta

Lo último de lo que se enteró Yukiteru era de que habían pasado diez mil años desde que su mundo acabara. Sin embargo, desde la última vez que pudo observar la fecha en su celular ya no supo del tiempo. Ni se preocupaba al respecto. El aparato seguía flotando cerca suyo, sin gravedad que lo controlara, la pantalla encendida pero totalmente en blanco.

Aunque él no lo sabía, ya eran dos mil años desde que Murumuru lo tomara en un momento de melancolía particularmente absorvente, y presionara la tecla reset. Toda su antigua vida desapareció en ese instante. El mensaje final, el único que certificaba la existencia de alguien llamada Yuno Gasai, se perdió. Y así su sentido de todo, excepto de lo que veía y oía claramente. Nunca antes sintió una furia tan obvia, tan clara, tan necesaria cuando descubrió lo que su presunta asistente había hecho a sus espaldas. Incluso su madre, de pensamiento tan liberal, se habría desmayado de haberlo oído pronunciar tales insultos.

Ella decía al inicio que fue un accidente, que sólo buscaba el botón del volumen para escuchar música, pero conforme la animadversión se volvía intolerable (ninguno de los dos tenía adonde escapar del otro) finalmente se lo dijo: estaba harta. Harta de él, harta de su actitud, harta de leer el mismo manga hasta el punto que se sabía de memoria la imprenta de la que lo sacó, harta de la absoluta nada. Sí, sí, amaba a Yuno, estaba enamorado de ella, era su primer amor, bla bla bla, pero ella estaba muerta y, lo peor, había muerto sólo para que él siguiera adelante. ¿De verdad creía que le hacía un favor a alguien suspirando como un idiota frente a la pantalla? Y más valía que no le saliera con el “lo sabrás cuando estés enamorada” porque cualquiera vería la estupidez de lo que estaba haciendo, enamorado o no. Tenía literalmente a todo el universo a su disposición ¿y qué hacía él? Quedarse flotando por ahí con un celular que sólo le servía para sentirse más miserable. Ella era una demonio inmortal, el paso del tiempo no significaba la gran cosa, pero tenía una paciencia limitada y ese espectáculo se lo había enviado al lugar de donde vino.

-Haz algo -lloriqueó ella por fin, acabada su larga lista de reproches. Yukiteru, al ver el cambio en su semblante de enojo, se sintió demasiado incómodo para verla-. Un mundo de cisnes, un bosque de caramelo, un taza de té. ¡Algo! Incluso puedes crear un mundo repleto de Yunos para ti solo. ¿No sería eso genial? ¿No es algo que todos los chicos quieren, un montón de chicas que los adoren? ¿Por qué no tenerlo ahora?

La mera idea le hundió el corazón. Miles de rostros como el de ella, miles de cabelleras rosas, y ninguna habría sido la misma con la que había compartido tanto. Su propia furia se había largado ante toda la verdad que Murumuru rociara sobre él (porque que incluso él supiera reconocerlo era lo más doloroso) y, como era habitual, quiso encontrar un refugio en el pasado, en la Yuno que él recordaba. Pero cada vez se hacía más difícil. Ya desde antes de que Murumuru actuara había olvidado el color de sus ojos. Recordaba cosas generales, como la suavidad de su piel, que siempre se ponía dos coletas para el cabello y tenía unos grandes senos que lo desconcertaban disimulados bajo la ropa, pero no si llevaba aretes, la manera en que mantenía sus uñas o siquiera la forma de su rostro. Aunque se empeñara en crear replicas de ella, estaría juntando rasgos al azar hasta que, de pura casualidad, diera con los de ella. ¿Y luego de eso qué? Más vacío, potenciado por la imagen clara de lo que ya no era, de lo que no podía ser.

E incluso si hiciera un mundo parecido al destruido, un real utopía en teoría, ¿qué bien haría para los seres que creara un dios al que sinceramente le daba igual su existencia? No encontraba dentro de sí ni el ánimo ni las fuerzas para emprender semejante proyecto. Si lo hacía ahora sólo arruinaría la vida de seres inocentes. Las cosas estaban mucho mejor así. Quietas. Seguras. Tranquilas. Eso era lo que se decía.

Murumuru no habría entendido nada de esto, aunque interara explicárselo. Así que prefirió el silencio. Nada nuevo para él.

-Muy bien, si no quieres hacer nada nuevo -dijo la demonio un día (o más correcto sería decir que en algún momento), con un tono conciliador que no había usado en mucho tiempo-, me parece estupendo pero ¿al menos podrías dejar que mirara el Tercer Mundo?

Sujeto a sus piernas flexionadas, Yukiteru parecía un niño al que nadie invitaba a jugar. A su pesar la demonia había empezado a sentir lástima por el muchacho, cosa que jamás le había sucedido con Deus. A lo mejor era porque, mientras literalmente se desmoronaba, Deus no había lucido ni la mitad de patético.

-¿Para qué quieres hacer eso? -le preguntó él, desconcertado.

-Bueno, porque aquí no podemos ver películas sin DVDs ¿y qué mejor espectáculo que la vida misma? Además ¿no crees que sería bueno ver que todo lo que has hecho ha servido de algo?

Mentalmente se dijo “si me responde que para él no ha servido de nada, juro que lo golpeo.” Después de todo ¿por qué ella la que tenía que lidiar con dramas de adolescentes testarudos? Pero en lugar de esas palabras, las que en realidad pronunció le sorprendieron.

-Haz lo que quieras.

Y, sin entender por qué, eso la molestó. Era la primera vez que verían otra cosa aparte de su manga, al otro o el celular. Por lo menos podría mostrar un poco más de interés.

-Bien, lo haré -contestó mosqueada.

Con la venia del jefe, Murumuru abrió una pantalla en el aire y, a traves de todas las señales disponibles, sintonizó con el Tercer Mundo. Había muchos países de los cuales escoger, pueblos y comunidades. Podría haber visto la superficie de Marte con la misma facilidad que la de Plutón. Siempre que perteneciera a ese universo podía entrar en su campo de visión. Pero lo único que le interesaba se hallaba en Japón. La imagen se enfocó en la figura del país, luego se llenó con las lineas fronterizas, nubes pasajeras sobre espacios verdes y grises, calles y al fin.

-Tu vieja casa -anunció la demonia, sonriente. Desde el “incidente” con el celular Yukiteru había estado más apático que nunca. Quería verlo ser afectado por algo más que el tema usual. Y, quién sabe, un arranque duro de nostalgia podría darle el empuje que necesitaba para empezar a ser el dios que se suponía que era-. ¿No te trae recuerdos?

La casa se veía exactamente igual a la del Segundo Mundo. Sólo se diferenciaba en que, en lugar de un auto, había dos estacionados frente al hogar. Uno para el señor y otro para la señora de la casa. La única reacción de Yukiteru fue encogerse de hombros. Ni siquiera estaba poniendo atención. Murumuru gruñó para sus adentros y se metió en la casa. La familia de tres miembros comía el desayuno en torno a la mesa. El padre era el centro de la atención, exagerando los gestos y riendo con la boca llena a pesar de los reproches de la madre. Cuando empezó a ahogarse, haciendo grandes aspavimientos que parecían ensayados, sólo el hijo lo encontró gracioso.

-¡Mi hijo me quiere ver muerto! -se quejó el hombre dramáticamente, pasada la comida-. ¿Qué habré hecho yo para merecer un descendiente así?

-Papá, ¿por qué siempre sales con tonterías así?

-¡Mi pobre corazón ha sido destrozado! Necesito consuelo -afirmó solemne el padre, enterrando la cabeza en el pecho de su salvadora.

Eso de por sí no estaba mal, pero la manera en que su madre sonrió y su padre se puso a restregar el rostro pareció enfermar gravemente al Yukiteru del Tercer Mundo.

-¿En serio? ¿Es de verdad necesario que hagan eso delante de mí?

-Oye, otros chicos estarían felices de que sus padres estuvieran tan enamorados como los tuyos. Deberías sentirte afortunado. Nosotros somos el vivo ejemplo de que el amor nunca envejece, ¿no es así, cielo?

-Por supuesto, amor.

Los dos empezaron a hacerse tales arrumacos que el Yukiteru del Tercer Mundo no tuvo más opción que retirarse a la escuela. Aun afuera de su casa, el muchacho seguía negando con la cabeza y cara de asco. Él no tenía la menor idea de lo que era tener padres separados. Aunque se suponía que era Yukiteru, el mismo que estaba sentado a su lado, mirando sin ver la pantalla, se notaba a la primera vista lo diferentes que eran. Para empezar el otro Yukiteru caminaba sin encogerse tanto, dando pasos seguros y confiados. No parecía un muchacho que se dedicaba a encerrarse en sí mismo. El Yukiteru del Segundo Mundo sólo se había visto así tras la muerte de sus padres, cuando ya no tenía nada que perder y todo por ganar. Y eso no era lo único.

-Él no escribe en su diario -hizo notar Murumuru-. ¿No te parece curioso? Debe tener una vida más interesante si no siente la necesidad de escribir lo que le pasa alrededor.

No recibió respuesta. El Yukiteru a su lado tenía la misma expresión de alguien viendo un programa demasiado monótono. ¿Siquiera se daba cuenta de que ese podría haber sido él mismo? Gracias a su “pequeña” intervención en el Tercer Mundo, el otro Yukiteru y el resto de sus compañeros habían tenido que ser trasladados a otro colegio. Casualmente el mismo adonde los enviaron en el Segundo Mundo luego del ataque de la Novena.

En las puertas del edificio al Yukiteru del Tercer Mundo fue a recibir una chica de cabello castaño y lentes. Ella lo llevó del brazo hacia el grupo de amigo del que había salido para saludarlo. Entre ellos, Hinata, Mao y Ouji. En ningún momento la chica de lentes se soltó del joven. De vez en cuando los dos se miraban al otro y se sonreían, aparentemente sin motivo.

-Vaya, incluso tienes novia -comentó Murumuru-. Y los amigos que tanto querías. ¿No estás feliz por eso?

-Ese no soy yo -replicó Yukiteru.

Aun así, Murumuru notó que se había activado su interés. Mientras aquel grupo continuaba hablando, una cabeza rosa les pasó por el lado. Sin necesidad de escuchar nada, Murumuru hizo acercar su visión a la Yuno Gasai que nunca en su vida había tenido que matar por sobrevivir. Vestía igual que siempre para ir a la escuela, las coletas colgaban de su nuca y, lo peor, estaba escribiendo en su celular con una media sonrisa.

-No crees que ella siga obsesionada contigo, ¿o sí? Sus padres están vivos y el Deus de ese mundo no ha implementado el método de los diarios del futuro -Todos esos datos Murmuru los veía expresados en un espacio en el costado de la pantalla, atraídos por las órdenes que tecleaba-. Supongo que aun así es posible que esté encaprichada contigo. ¿Quieres ver lo que está escribiendo?

Yukiteru no respondió nada, por lo que Murumuru prefirió verlo como positivo. Rápidamente cambiaron la perspectiva, viendo desde el frente de los ojos de Yuno, directo hacia la pantalla del celular. Escribía mensajes de texto, no notas fechadas, y no tenía nada que ver con Yukiteru.

“Llegué con bien al colegio. Después tendré clases de gimnasia por lo que podremos vernos más tarde. XOXOX”

Tras presionar enviar, apareció la conversación que estaba sosteniendo con alguien preguntándole cómo estaba. Un acercamiento más pronunciado permitió ver que el receptor de Yuno estaba agendado como Nagato-kun.

-Una chica no pone kun en su agenda a menos que sea un chico que le gusta -dijo Murumuru, más atenta a su reacción-. Y ya que estamos, ningún chico empieza a mandar mensajes tan temprano a menos que le guste la chica. Deben ser novios. ¿Dónde crees que se hayan conocido?

Nada. Pero al menos ahora Murumuru estaba segura de haber capturado toda su atención.

-No estarás celoso, ¿o sí, Yukiteru?

-No -contestó él en ningún tono.

Murumuru decidió no presionarle. Como él no se apuso en ningún momento y ella deseaba ver más, continuaron siguiendo al muchacho del Tercer Mundo, saltándose las clases que sencillamente eran muy aburridas. En ningún momento lo vieron sacar el celular. Para controlar la hora miraba un reloj en su muñeca. Todavía se le notaba cierta timidez en su trato con los demás, pero aparte de eso no le costaba nada relacionarse con su grupo de amigos. Era… feliz. Simple y sencillamente feliz. El resto también lo parecía.

-Las vidas de todos están mejor que en el Segundo Mundo -informó Murumuru sin que nadie se lo pidiera-. Tu intervención desbarató todas las leyes de causa y efecto, pero al parecer fue para bien. El Décimo ahora se lleva tan bien con su hija que para él es igual de importante que sus perros. Supongo que para un hombre como él eso es bueno.

Yukiteru sonrió un poco. Todavía había mucha tristeza en ese simple gesto, pero ya era algo. Murumuru ya no recordaba haberlo visto sonreír así. Se encontró deseando que lo hiciera más seguido.

-Así que todos están bien. Eso… eso me alivia.

Y sin duda era sincero. Pero todavía no era suficiente para eliminar sus propias nubes. Murumuru temió que los recuerdos fueran demasiado para permitirle seguir viendo las vidas de sus antiguos amigos; sin embargo, Yukiteru los observó calladamente, sin pronunciar palabra. Continuó de ese modo hasta que el otro muchacho se encaminó a su hogar, acabadas las clases. Iba solo pero tras haber recibido un beso en la mejilla por parte de Moe Wakaba y saludos de sus amigos. Parecía que había sido un buen día para él. Todo su lenguaje corporal hablaba de su falta de complejos y problemas graves.

-Vaya, eso es extraño -comentó la demonia.

-¿Qué cosa?

-¿No lo notaste?

Murumuru se volvió al joven dios. En realidad no tenía idea de lo que hablaba. ¿Cómo podía llamarse a sí mismo observador y no haberlo visto? Suspirando, presionó una tecla, congelando la imagen en la pantalla.

-Mira -le dijo, señalándole un costado, la esquina en el Tercer Mundo antes de que el otro Yukiteru cruzara la calle-. ¿No ves algo extraño?

Marcado por el dedo hubiera sido imposible no ver a una cabellera blanca asomando desde detrás de un edificio. La demonio ajustó el punto de vista para ver un poco más adelante y adentro de ese callejón. De manera indudable se trataba de Akise Aru. Murumuru señaló que su sueño continuaba siendo volverse el investigador privado más famoso del mundo, ahora con plena consciencia de ser un ente creado por Deus pero con libre albedrío. Aparte de ese único detalle, su vida no parecía diferente a la de los Mundos anteriores.

La imagen volvió a moverse. Akise continuó sacando la cabeza hasta que vio a Yukiteru seguir su camino. Entonces sacó una libreta del bolsillo de su chaqueta e hizo una anotación rápida antes de avanzar en su persecusión. El Yukiteru del Segundo Mundo levantó la cabeza por primera vez.

-Retrocede un poco -le pidió a su asitente.

Volvió a contemplar ese pedazo de realidad cuadro por cuadro. Esta vez se fijó exclusivamente en la libreta. No tenía nada de especial de por sí. Sólo el color. Yukiteru tenía la imagen repetida de Akise haciendo anotaciones secretas. No importaba la curiosidad que tuvieran las personas a su alrededor, Akise sólo sonreía y se guardaba lo hecho. Una vez había dicho que era algo así como su diario personal, pero luego sabría que en realidad contenía los hechos relevantes respecto a un caso que siguiera. Pero entonces era negra. Esa era gris.

-¿Puedes hacer que miremos lo que escribe?

-Sí.

De nuevo el sonido de los dedos de la demonio contra el teclado y ahora observaban desde el hombro del detective. La letra de Akise era bastante pequeña, por lo que a Yukiteru le tomó un rato caer en cuenta de que debajo de cada fecha había algo que incluía su nombre. La sorpresa y desconcierto no le dejó procesar tal hecho de inmediato. Es decir, por un lado no era tan nuevo. También el Akise del Segundo Mundo lo había seguido e investigado; no obstante, ese Akise seguía a todos los propietarios de diarios que causaran irregularidades en las leyes de causa y efecto. En ese Mundo los diarios del futuro no existían.

-¿Por qué Deus le mandaría seguirme de nuevo? -inquirió en voz alta.

-Deus no necesariamente tendría que habérselo mandado -replicó Murumuru, sonriendo. A ella más bien le daba gracia semejante coincidencia-. Él ahora conoce sus orígenes pero Deus también reconoció su independiencia, así que es libre de seguir a quien quiera y por esta vez te escogió a ti. Parece que no importa de qué Yukiteru se trate siempre tendrás un acosador al alcance de tu mano. Me pregunto si él también está destinado a salvarte de un asesino en serie.

Las implicancias de esa sugerencia hicieron a Yukiteru tragar duro. Sí, hacía tiempo había aceptado el interés del viejo Akise en él. Le había impactado en su momento el beso que le dio pero ahora no. Era sólo que no lo entendía. Akise no era de los que obraban caprichosamente. Todo lo que recordaba de él hablaba de una persona calculadora, inteligente. Incluso si el Yukiteru del Tercer Mundo le gustara, estaba seguro de que Akise no perdería el tiempo así. No lo veía capaz. Entonces ¿qué diablos hacía?

Continuó mirando. Una vez el otro Yukiteru entró a su casa, Akise volvió a anotar algo y desapareció de la pantalla. Esta vez no hizo falta que Murumuru tecleara nada. Como dios que era, la pantalla obedecería ciegamente a cualquier orden de Yukiteru, hasta que sòlo se expresaban en su mente. Así, la imagen se trasladó adonde se encontraba el joven de cabello blanco. Se aproximó al bolsillo de su chaqueta y lo vio abultado. Cuando el brazo del detectivo se elevó para llamar a un taxi, Yukiteru por fin vio lo que sospechaba.

Dos libretas, una negra y la otra gris. ¿Qué significaba eso?

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