El caso del dios triste. 4

Capítulo 4

Continúa la investigación

Alguien lo estaba observando. Akise ni siquiera podía imaginar de qué manera o con qué idea, pero lo sabía. Un detective tenía que aprender a confiar en su instinto y eso le susurraba el suyo, como una astilla que no pudiera ver de tan enterrada pero dolía. Los primeros días se sintió un tanto inquieto, desde luego, pero sobretodo ansioso por saber más al respecto.

No era tan tonto para creer que sería una persona bastante importante para que alguien gastara muchos recursos en seguirlo. Por lo que al resto de la humanidad concernía, él sólo era Akise Aru, futuro detective, y ahora estudiante promedio. Debido a la frecuencia con que la astilla le hacía saber de su presencia, sin duda se trataba de un interés particular. Y no tenía nada que ver con robarle algo.

Lo comprobó el día que encontró uno de sus mangas fuera de lugar. Tenía su habitación acomodada en puras figuras geométricas porque en la memoria siempre permanecían igual. Sin importar cuanto tiempo pasara un cuadrado seguiría siendo un cuadrado. La variación en esas formas sería su manera más eficaz de detectar presencias ajenas.

Por un tiempo se había detenido. Durante sólo dos días, pero era un período significativo para quien pretendía fijarse un objetivo. Empezó en un momento, se fue al otro y al entrar en su cuarto ahí estaba de nuevo la astilla, dándole la bienvenida. No planeaba sacar dinero entonces, pero lo hizo adrede con tal de darle puerta abierta a su acosador para llevarse lo que quisiera y tal vez deshacerse de él. Sin embargo, no fue así. Al controlar sus ahorros comprobó que seguían intactos.

Ni siquiera podía imaginar cómo exactamente lo observaban. Nadie más capaz de detectar una presencia siguiéndolo que un detective acostumbrado a seguir a otros. Una limpieza general reveló la falta de cámaras o micrófonos. Tampoco había dispositivos de seguimiento en su ropa, accesorios, mochila o útiles escolares. Su celular no tenía GPS. La computadora no tenía webcam. Si descartaba la tecnología como medio viable, quedaba suponer que ese observador misterioso disponía de otros recursos, recursos especiales para espiarle subrepticiamente.

Eso era interesante.

Pero hasta no tener una pista de quién podría ser (y esperó por una, cualquiera que le llegara), tenía otros asuntos que tratar. Su propio caso, cuyo único indicio era su compañero de clases, Amano Yukiteru. Lo más molesto de todo era la casi certeza de que no estaba yendo a ningún lado así. Sin embargo, ¿qué otra opción tenía?

Despertaba uno un día con la fuerte impresión de que alguien lo necesitaba, de que sólo él podía ayudarle, y sólo podía quedarse con un rostro para confirmarlo. El infernal rostro que parecía reprocharle cada día que no estuviera ni siquiera cerca de borrarle esa expresión de tristeza. Lo peor era que no se trataba de un deseo de egoísmo heroico, algo así podría haberlo superado; no, lo peor era que sentía necesario para su propio bienestar dar con ese rostro. Hablarle. Saber quién era y por qué estaba así.  Uno buscaba, investigaba, dormía insatisfecho por no haber dado con nada, y un día en que estuvo lo bastante aburrido para ir a la escuela una de las primeras caras que ve atravesando la entrada es esa que le venía atormentado.

Se interesó por él de inmediato. Se presentó en la primera oportunidad que tuvo, pero se dio cuenta de su error con sólo una mirada. Habría sido imposible confundirlo, por más que tuvieran los mismos rasgos.  No obstante algo (y por más que lo pensaba, esa parecía ser la palabra más exacta) lo atraía hacia él.

Para Akise, quien nunca tuvo novia ni persona a la que llamar mejor amigo, ese tipo de atracción inexplicable y sin razón era una situación extraña por novedosa. La mayoría de la gente que conocía sólo era actores secundarios, personajes de una historia que giraba en torno de sus ojos, nada más. Como las novias del legendario 007, las caras y cuerpo podían cambiar, lo mismo daba, siempre que se cumpliera la función para la que se les requería. Tenía un padre porque alguien debía ser su padre. Tenía una madre porque alguien debía hacer de vez en cuando las tareas del hogar. Tenía compañeros de clase porque las escuelas te forzaban a tenerlos. Recordaba nombres, datos esenciales, direcciones, pero no se podría decir que cualquiera de ellos hubiera tenido un impacto bien grande en su vida. Le gustaba y prefería que fuera él quien impactara en las suyas.

Así era la vida de un buen detective.

El misterio era la moneda que inclinaba la balanza de la indiferencia. Si una chica con la que iba a la escuela desaparecía de un momento al otro, de pronto se volvía importante, frecuente en su pensamiento, pero una vez encontrada volvía a ser una chica más, destinada a seguir adelante con su vida. Quedaba la satisfacción del trabajo hecho (un trabajo más, porque ningún caso era más importante que otro) y eso era todo.

En cambio ese chico de la mirada triste y la coincidencia de Yukiteru… molestaban. Porque él sabía que todo el asunto seguro era bastante sencillo en realidad, tan simple como la carta perdida encima del escritorio, pero no veía cómo. No veía el modo, el dónde o por qué. Ese caso lo tocaba directamente de una manera que ningún otro lo había conseguido hasta el punto en que le dio a conocer un sentimiento que creía demasiado lejano para llegar a él: la frustración.

Y con cada semana que pasaba, esa pequeña semilla podrida se estaba extendiendo hasta tomar el resto de sus emociones. Todo perdía brillo si no era para aclarar el misterio que lo llamaba. Incluso el hecho de que, de un día para el otro, se había conseguido a un acosador de lo más hábil.

-Hagan grupos de dos para hacer este trabajo.

Akise alzó la vista que tenía concentrada en la ventana. No le interesaba mucho la escuela ya que para ser un detective privado no se necesitaba un título. Pero de vez en cuando sabía que no podía evitar asistir, aunque fuera sólo para mantener las formas. Ese día pensó que había salido con suerte.

Iba a voltearse a derecha cuando el chico que se sentaba en frente de su objetivo lo pilló primero.

-Eh, Aru -le dijo Kousaka. Akise lo miró y recapituló en un segundo todos los hechos concretos que sabía sobre él: dueño de un blog donde subía sus logros (los que él consideraba logros), hijo de una de las familias más acaudaladas del país, mal estudiante. Su nombre estaba casi al final en todas las listas de promedio. Pese a faltar tantos días y perderse muchas tareas, Akise procuraba esforzarse para los exámenes y por eso era que conservaba sus notas en buen estado. Entre los diez primeros, para que sus padres estuvieran contentos-. ¿Qué dices? ¿Después de clases en mi casa?

Nada más lógico. El uso de su nombre en lugar de apellido lo delató en el acto. Akise le sonrió.

-Lo lamento, Kousaka-kun, pero pensaba pedirle a Yukiteru-kun hacer el trabajo.

Yukiteru, quien pensaba volverse hacia Hinata, se giró al oír su nombre. Lo miró confuso. Akise siempre se sentía como desarmado cuando sucedía. Era una mirada ingenua, de niño bueno o de no haber roto nada en su vida. Un inocente en el verdadero sentido de la palabra, ridículamente fácil de leer. Por eso dolía tanto pensar que podía empañarse con un velo tan grueso como se veía en su dibujo.

-Eso si no te molesta, Yukiteru-kun -le aclaró, tranquilamente.

Kousaka, rechazado, chasqueó la lengua  y se levantó para hablar a otro compañero. Akise no dejó de ver y ofrecerle su cara más serena a Yukiteru. Este miró un segundo a Hinata, su mejor amiga en el aula, pero esta estaba enfrascada en una conversación con Mao. Seguramente ellas dos harían el trabajo juntas, acabaría deduciendo. Cuando regresó a él, Akise vio que se resignaba pero que tampoco le molestaba. Después de todo, desde el primer momento lo llamaba por su nombre y jamás pareció que le disgustaba. Eso le alegró un poco.

-Está bien. De todas formas creo que me quedé sin compañera.

-¿Te molesta hacerlo en mi casa?

Yukiteru se quedó pensando, la mano en su nuca. Pensaría en que nunca antes lo había invitado a su hogar.

-No sé dónde queda.

-No hay problema. Puedo llevarte ahí justo después de que acaben las clases.

-Oh -De nuevo ahí estaba, la mirada ingenua-. De acuerdo.

Dos horas más tarde en las cuales Akise no se fugó sólo porque tenía ese pendiente, ambos salieron con el resto de sus compañeros. Antes de atravesar la salida, una chica de cabello moreno llegó junto a Yukiteru y le tomó la mano. Akise la reconoció por ser una de las mejores estudiantes de su curso y presidente del consejo estudiantil. Moe Wakaba.

Ella le dijo que lo lamentaba pero que no podría ir a su casa a la tarde como habían quedado porque una amiga cumplía años y debían escogerle un buen regalo. Yukiteru, con una sonrisa vacilante que le reveló a las claras a Akise que se había olvidado de esa cita hasta ese momento, dijo que no había problema y, como para que su novia no se diera cuenta, lo señaló para presentárselo.

-Voy a ir a la casa de Akise para hacer un trabajo de Historia -comentó el muchacho.

Moe Wakaba siguió sonriendo, pero un ligero tic en su mejilla izquierda le indicó a Akise que mejor se hacía el distraído. Pero no dejó de prestar atención a las palabras. Eso habría sido pedirle imposibles.

-Quedaste con tu amigo el mismo día que quedaste conmigo -hizo notar la muchacha sin dejar de sonreír. Akise pensó que las mujeres eran como bombas de tiempo; sólo un experto debería ser capaz de estar cerca de ellas-. Lo habías olvidado, ¿cierto?

Yukiteru se puso a reír nerviosamente.

-Me descubriste -confesó, rascándose la nuca-. Lo lamento.

Moe suspiró hondo, como si ya hubieran tenido esa conversación antes.

-Francamente, Yukki, a veces creo que tienes mucha suerte de ser lindo. Siempre soy yo la que te recuerda las fechas de nuestros aniversarios o compromisos.

-Lo siento, tengo mala memoria.

-Te dije que deberías anotar ese tipo de cosas en el celular. Para algo debes usar la función de notas.

-Eso también se me olvida -Yukiteru juntó ambas mano en gesto suplicante, su último recurso-. Perdóname por ser mal novio y no recordar que habíamos quedado, sabiendo lo importante y especial que es tu tiempo. Para la próxima juro que no se me olvidará.

Moe lo evaluó de arriba abajo, tratando de decidir si seguía enojada con él o no, a pesar del cumplido. Akise dedujo que se le hacía muy difícil con esa expresión de culpable arrepentido que ponía.

-Bien -suspiró la chica, resignada. La sonrisa de Yukiteru le ocupó toda la cara y ella le frunció el ceño, como si le reprochara alegrarse de su victoria-. Hum. Te llamaré más tarde. Un gusto conocerte, Akise-san.

Akise le respondió con un gesto. Moe se inclinó un poco, por ser más alta que su novio, y le besó en la mejilla antes de reunirse con el grupo de amigas que ya la esperaba. Yukiteru se le quedó viendo un rato más con tal aire de embobado que Akise supo, sin lugar a dudas, que si su compañero tenía motivo de aflicción en su vida no sería a causa de su novia.

-Parece una chica agradable -comentó, tanto para tantear terreno como para devolverlo a la realidad.

Mientras hablaba se dirigía hacia la zona de las bicicletas, donde tenía la suya. Yukiteru lo seguía de cerca casi como un cachorrillo, sin prestar atención a nada más.

-Moe-chan es la mejor -declaró, sonriente. Akise se arrodilló para sacar la cadena-. Todavía no tengo idea de qué hace con un chico como yo. Estuve casi dos años enamorado de ella antes de que me diera la oportunidad de tener una cita real.

-¿Hace cuánto que salen? -preguntó Akise, empujando la bicicleta y llevándosela a la salida.

-Un año y tres meses.

-Felicidades -Akise tomó asiento-. Adelante, sube.

Sólo entonces Yukiteru cayó en cuenta de lo que pretendía.

-Eh, ¿cómo quieres que suba si sólo tiene una silla?

-¿Nunca viste a dos personas andar en una bicicleta?

El muchacho negó con la cabeza. Akise le indicó el par de barras que sobresalían del eje de la rueda trasera. Le dijo que lo único que tenía que hacer era subirse en ellos y apoyarse en sus hombros. Que no se preocupara por mantener el equilibrio o que pesara demasiado. Ya había llevado así antes y no había tenido ningún accidente. Yukiteru todavía estaba dudoso pero acabó accediendo. Sus manos, de uñas cortas, gracias al cielo, se clavaron en sus hombros como si en lugar de una bicicleta estuviera por viajar en una motocicleta que iría a toda velocidad. Dolía pero aun así Akise no dijo nada. Ya se le pasaría.

-Le gusta -canturreó Muru Muru en su espacio imaginario. Miró al joven dios con una gran sonrisa-. Mírale la cara, esa es la cara de un chico que se aprovecha de la situación para tener contacto con el objeto de su afecto.

Más bien le parecía una expresión de aguantarse un olor no del todo agradable. Aun así, encontró el comentario molesto. No supo por qué.

-Sólo le interesa porque se parece a mí.

-Celoso…

Un gruñido fue la única respuesta.

Sus padres no estaban en casa, tal como esperaba. Había un estudio perfectamente habilitado en el piso inferior, pero Akise condujo a Yukiteru a su cuarto para establecer un ambiente más íntimo. Nunca habían hablado los dos solos, sin ser rodeados por sus compañeros, así que quería darle la impresión de que no habría problema si lo hacían.

Una medida innecesaria, como descubrió muy pronto. Yukiteru era un libro abierto. No tenía secretos ni razones para desconfiar, así que su charla resultaba relajada y alegre. Ni siquiera se dio cuenta de que Akise era el único que trabajaba realmente hasta que él mismo anunció que lo tenía listo. Yukiteru primero se sorprendió, luego se apesadumbró por haberlo hecho hacer todo mientras él sólo parloteaba. Pero también tenía Akise su culpa, ¿cómo se le ocurría no pedirle ayuda?

-No te preocupes, así lo hacemos más rápido -respondió Akise, mandando imprimir las hojas. Separó las hojas en dos montones y le entregó una a su compañero-. Tendremos que presentarlo oralmente, así que te servirá tener una copia.

-Pero…

-Yukiteru-kun -le dijo Akise, mirándole a los ojos-, está bien. Así lo prefiero. Será nuestro secreto, ¿de acuerdo?

Le guiñó, sólo para rematar el efecto de complicidad. Yukiteru dejó caer los hombros, rendido. Akise sonrió, un movimiento maquinal que nada tenía que ver con lo que estaba pensando. Sólo en cuanto su compañero desapareció en el interior de un taxi y él estuvo de vuelta en su cuarto, se permitió reflejar lo que sentía. Que el acosador tuviera una muy buena vista de su frustración y sensación de vacío, de su absoluta consciencia de que no había obtenido nada. Era su cuarto y presuntamente él no sabía que estaba ahí.

Era inútil. Yukiteru le había contado prácticamente su vida entera. Ni siquiera el más mínimo detalle sugería que ese chico estuviera pasando por una depresión profunda. Cuando se alegraba, lo hacía de verdad, no fingía. Incluso llegó a preguntarle si tenía primos de su edad o cualquier pariente (la policía no podía saberlo todo) pero Yukiteru había afirmado sinceramente que tanto su madre como su madre eran hijos únicos. Si le hubiera mentido en algo se habría dado cuenta en el acto. Nadie podía ser tan buen actor a menos que fuera un psicópata. Y un psicópata no se quedaba viendo a su novia irse con una sonrisa de perfecto bobo en la cara.

Tomó la libreta gris de su chaqueta y, ahí acostado en la cama, anotó.

“Invité a Yukiteru a casa para hacer un trabajo de historia. No tuvo miedo de decirme todo lo que le pedí, incluso detalles que no le pedí. Apenas si me hizo algunas peguntas a mí.

Resultado:”

Akise se frotó la sien. Verlo escrito le recordaba con más fuerza su fracaso. Pero tenía que mantener un registro de cada caso y sobretodo de uno tan importante para él. Con sus bajas y altas.

“Yukiteru es del tipo de chico que puede hacer amigos fácilmente, siempre y cuando sean ellos los que inicien el contacto. No tiene más parientes en Sakurami.”

Akise repasó sus notas anteriores, desde el inicio hasta la actualidad. A veces eso le ayudaba a ver las cosas con más claridad. Le traían a la mente detalles o pensamientos que se le habían olvidado y, al juntarlos, descubría con agrado que el caso estaba resuelto. No fue así en esa ocasión. Se volvió a guardar la libreta con un suspiro.

Permaneció un largo rato así. Luego suspiró de nuevo y se levantó. No, no podía dejarse agarrar por la sensación momentánea (que indudablemente sólo sería momentánea) de derrota. Así no era como un buen detective trabajara. Todo caso podía resolverse o no lo habría vuelto un caso en primer lugar. Nada más debía darle tiempo y la respuesta llegaría.

Pero ninguna respuesta le valdría nada así. No en ese estado. Eso lo predisponía al fracaso definitivo. Necesitaba salir, calmarse, recuperar el control de sí mismo y la fe en su lógica. Sacó algo de dinero de entre sus ahorros (la mesada que le daban sus padres) y salió. Ya estaba anocheciendo pero era relativamente temprano. El centro comercial seguiría abierto.

¿Qué día era hoy? Akise consultó en su celular e hizo unos cálculos rápidos. Sí, habían pasado dos semanas desde la última vez que compró sus mangas. Ya deberían haber llegado nuevos. Condujo en la bicicleta, sin dejar de percibir la presencia de su acosador. No sabía qué buscaba observándolo, pero sin duda hacía avances con más rapidez que él. Ojala tuviera su mismo método de seguimiento. Se le harían mucho más sencillas las cosas así.

Akise empezó a notarse mejor cuando sintió el aire acondicionado de su tienda favorita en el cuerpo. Era una librería especializada en manga y animé. Si uno quería un muñeco o póster tenía que ir a otra parte. Pero estaba en el sitio ideal si buscaba algo particular. El dueño, un hombre joven que ya lo tenía registrado en su particular banco de memoria, sonrió al verlo.

-Aru-chan -le saludó estrechándole la mano. No debía tener más de 25 o 26 años (de hecho, Akise sabía con seguridad que eran 25), pero a todo aquel que fuera más bajo que él lo llamaba “chan”. Siempre procuraba saber los nombres de sus clientes más habituales, así como aprenderse sus gustos y poder adivinar lo que querían-. Vienes por Detective Trap, ¿no? Andas con suerte. Llegó esta mañana y me preguntaba “¿dónde está Aru-chan, que no aparece?” Los chicos me quisieron llevar todo, pero guardé uno, seguro de que vendrías.

-¿De verdad? -inquirió Akise, sonriendo con sincero agrado por primera vez en todo el día. Detective Trap era una serie relativamente nueva, pero ya se había vuelto una de sus favoritas. El detective solía resolver sus casos a través del engaño, disfrazándose para despistar al verdadero culpable y hacerlo confesar. No era un concepto de lo más original; no obstante, resultaba interesante ver cómo se desenvolvía en cada historia-. En serio se lo agradezco, Akato-san. Me ha sacado un peso de encima.

Y lo decía en serio. Se sentía más ligero sólo con que eso le hubiera salido bien.

-Es mi trabajo, Aru-chan. Estoy para servir al otaku que todos llevamos dentro -declaró el vendedor con un brillo solemne en los ojos.

Le entregó la bolsa con su manga como si le entregara una corona a un rey. Akise pagó, prometió que se pasaría la semana entrante para ver qué más tenía, y se retiró. Estaba impaciente por llegar a casa y enterarse de en qué nuevo problema vería metido al protagonista enmascarado.

Él lo sabía, mejor que nadie, que ese tampoco era un estado propicio para la investigación seria y meditada. Porque la tristeza o la alegría eran formas de alteración en el razonamiento. Lo ideal era la calma, cuando no estaba ni bien o mal, perfectamente equilibrado. Por inclinarse su balanza a ver el vaso medio lleno, no se dio cuenta de que el camino estaba sembrado de vidrios rotos. No los vio directamente. Oírlos romperse debajo de sí fue lo que le alertó, y un momento después se dio cuenta de que las ruedas se hundían en el pavimento. Un examen acelerado le confirmó que la goma de ambas ruedas ya no tenía salvación. Estaban arruinadas.

Akise se agachó para arrancar un pedazo de vidrio. Parecían de una botella de vino. Se lo acercó a la nariz. No olía a nada en particular. Debieron haber roto una botella hacía tiempo vacía. Ni siquiera eso le importó demasiado. ¿Qué más daba? Sólo tendría que caminar lo que le quedaba hacia casa. No era mucho de todos modos.

Eso pensó antes de ver la navaja salir disparada hacia su rostro. Logró esquivarla pero fue demasiado tarde. La afilada hoja llegó a perforarle la piel de su mejilla. Afortunadamente no fue una marca profunda. Si no se hubiera espabilado le podría haber arrancado un ojo. Se tocó la herida y percibió la sangre, su sangre, mancharle los dedos. Observó a su atacante sin dar muestras de miedo.

Rápidamente evaluó la situación. No estaba borracho, pero sí parecía adicto a algo. El rostro demasiado flaco y las venas rotas en sus ojos así lo atestiguaban. Debía rondar la misma edad que Akato-san o un poco mayor. La ropa sucia hablaba de un largo e indiferente descuido. Flaco, nervioso. No debería ser difícil.

-Vaya, vaya -dijo, afable-. Una persona en tu condición no debería estar manejando  cosas así de peligrosas, ¿no cree, señor asaltador? ¿Por qué no la deja en el suelo antes de que suceda algo malo?

-Cállate, maldito cabrón -dijo el adicto, pasándose la mano por la cara sucia y el cabello grasiento. La navaja, sin embargo, era sostenida firmemente-. Dame todo lo que tengas o te rajaré la cara.

-No hay necesidad de ser grosero -repuso Akise. El sujeto era peligroso. Tenía que andarse con cuidado-. Temo que ya me gasté lo último de dinero que llevaba, señor asaltador. No puedo ayudarle.

-¡Mientes, puto cabrón! -chilló el adicto, abalanzándose sobre él.

Dirigió la navaja directamente a su rostro, de modo que a Akise no le costó nada encontrar una entrada para sus golpes. Primero el plexo solar, que le quitaba el aire, luego el cuello, que le haría perder el equilibrio. Con su atención dividida entre esos tres focos (la respiración interrumpida, el dolor, la inminente caída), Akise pudo hacerse fácilmente con la navaja. El adicto cayó sobre los vidrios rotos y chilló de dolor, para a continuación echarse a llorar. Era una escena lastimera, pero no se dejó conmover.

-Salgan ahí, asaltadores -pidió con voz tranquila.

De un callejón cercano salió corriendo otro hombre, más alto, fornido y mucho más consciente. Él no se molestó en intentar herirlo con un arma blanca. Quiso derribarlo de un potente puñetazo. Si Akise no tuviese los reflejos que poseía, ese sólo golpe podría haberlo dejado inconsciente. Pero la fuerza no era todo. El sujeto se concentraba demasiado en sus brazos, no prestaba atención a las piernas.

-Oh, una pelea -dijo Muru Muru. Desde hacía una hora o dos se había traído unas palomitas de Yukiteru no sabía dónde y ahora que surgía una escena de acción, se las comía más rápidamente-. No por nada ese chico ha ganado tantos trofeos.

Yukiteru no le respondió nada. Ni tan sólo la oyó. Por un momento se había alarmado, pero Akise parecía capaz de mantener las cosas bajo control. Unos segundos más tarde tenía al sujeto más grande reducido, agarrándole de un brazo y la navaja amenazándole el cuello. El adicto seguía lloriqueando en el suelo porque cada vez que trataba de volverse más pedazos de vidrio se le enterraban en los costados. No era una amenaza. Akise se inclinó para hablarle al grandote y ellos se acercaron a oír.

-¿Dónde está el tercero? ¿El que puso los vidrios y les dijo que esperaran?

El grandote lo mandó al diablo y trató de agarrarle el cuello con su mano libre, pero Akise apretó la navaja más fuerte contra su cuello. El grandote podría agarrarlo pero quizá (y ese quizá hacía toda la diferencia) no antes de que el muchacho lograra cortarle algo. Por esperar su respuesta, Akise no vio el brillo que salía del callejón. Unos segundos más tarde confirmaron lo que sospechaban. Una pistola.

-Eso no es justo, llevar una pistola a una pelea de cuchillos. ¿Crees que Akise lograría evitarlas o… ? -Muru Muru miró a un lado. Luego al otro. Por último a la pantalla-. Oh -Y después-: Esto puede ponerse feo.

-Suéltala.

Akise creyó reconocer la voz. ¿Yukiteru? ¿Qué hacía Yukiteru-kun ahí? ¿Le hablaba a él? Se giró para ver a sus espaldas, listo para decirle que se largara, que lo tenía todo bajo control, que huyera y llamara a la policía, pero no alcanzó a pronunciar una sola palabra. La impresión le dejó de piedra. Sólo fue un segundo de duda, de vacilación, que su atacante aprovechó para deshacerse de su llave y tomarle del cuello. Dejó caer la navaja sin darse cuenta. Intentó darle un rodillazo al estómago, pero antes de poder mover la pierna el sujeto fornido lo levantó del suelo.

Apenas podía respirar. Él sabía que era difícil matar a alguien asfixiándolo, lo había investigado por simple curiosidad. Tapar todo acceso de aire con las manos sería imposible pero bien podía aplastar a las arterias principales, impidiendo el libre paso de la sangre, lo que reduciría la sangre oxigenada capaz de llegar al cerebro y se desmayaría. Más presión por más tiempo causaría la muerte cerebral. Un montón de datos, inútiles cuando realmente importaba. Sólo le quedaban unos minutos antes de que perdiera la consciencia.

Primero enfocó el rostro de su atacante y se dio tres segundos para confirmar la posición de sus ojos. Si se apresuraba y ponía la presión justa en su pulgar, podría dejarlo ciego de un ojo. Con eso compraría tiempo. Preparó la mano, un puño cerrado y el pulgar saliendo como si tuviera bien. Su brazo debería ser una flecha. El sujeto también tenía buenos reflejos.

Nunca llegó a hacer nada. El asaltante grande, junto con su mano, despareció en el aire absorbido por una especie de agujero negro. La imagen de ese hombre siendo tragado de esa manera fue demasiado surrealista para que lograra entenderla a la primera. Se dejó caer al suelo, de rodillas, recuperando el aire. Sintió el aire frío de la noche en su rostro sudoroso, la necesidad de apartarse el cabello de la cara, el corazón palpitándole porque, por mucho que uno se mantuviera tranquilo y lograra pensar, ser estrangulado en el aire aceleraba el pulso de cualquiera.

Sin el fortachón del que preocuparse, tenía a dos más de los que encargarse. Recogió la navaja del suelo y todavía tomando grandes bocanadas para recuperarse, se puso en pie dispuesto a enfrentarlos. Pero el tercero, el listo, el responsable de los vidrios en el camino, no estaba en ninguna parte. El adicto era el único asaltante que quedaba y este se apartaba tembloroso de la presencia oscura en pie delante del muchacho. El drogadicto lloraba pero ya no de dolor. Había un horror paranoico en su mirada y se aplastaba contra la pared como si eso pudiera protegerlo.

-¿Que-qué hiciste con ellos? ¿¡Qué diablos eres!? -chillaba el adicto, queriendo escapar.

Su entrepierna se había oscurecido. La presencia oscura (una larga capa negra que no revelaba nada, lo mismo podría haber sido un fantasma) dio un paso al frente.

-Me das asco -sentenció.

Extendió la mano al frente y un nuevo hoyo negro nació justo debajo del delincuente. El adicto se dio cuenta de lo que iba a pasarle y trató de apartarse, pero sus piernas ya habían sido tragadas. Intentó aferrarse al borde de una pared y no lo consiguió. Desapareció vociferando su terror.

Akise bajó la navaja. Contra un poder así no podría hacer nada. Otra persona ya se habría echado a correr, queriendo perder de vista a ese fantasma, pero él ni siquiera lo consideró una posibilidad. Ante un ser capaz de hacer desaparecer a las personas con un movimiento de mano, huir sería una necedad. Sin embargo había otra explicación para su inmovilidad, la verdadera; no creía que fuera necesario.

Antes le había visto con la capucha baja. Le había visto el cabello negro caerle sobre los hombros y sus puntas enmarañadas. Un cabello que le parecía conocer, que creía tener copiado sobre el papel doblado en su bolsillo. Podía equivocarse, desde luego, pero todo su ser estaba convencido de que era la verdad.

Así y todo, no consiguió moverse. Fue el fantasma oscuro el que se volvió hacia él. Llevaba la capucha cubriéndole parte del rostro, dejando el mentón a la luz.

-Quédate quieto -dijeron esos labios.

Akise no contestó. No podía. Por eso no reaccionó cuando el fantasma extendió su brazo de nuevo hacia él y vio pudo ver claramente una mano de uñas largas, descuidadas, y piel pálida. Los dedos le alcanzaron el rostro, su propio rostro, y Akise deseó poder ver a través de la oscuridad. Aunque no lo necesitaba realmente, le hubiera gustado. Para regocijarse en el hecho, para poder decirse que todo había valido la pena. No hizo nada. La máxima estupidez que podría cometer sería disgustarlo o espantarlo, impulsado por la curiosidad.

Los dedos le tocaron la mejilla herida y la palma se presionó contra ella.

-Soy nuevo en esto -dijo el fantasma-, así que probablemente no lo haga bien. De todas formas tienes suerte de que no haya sido grave.

Akise no entendió absolutamente nada hasta que sintió un calor extraño dispararle la cara. Fue un golpe, una cachetada, igual a la de acercar ese lado a un horno encendido. Como si antes hubiera pasado una semana en el Polo Norte. Era agradable, pero en un primer momento le asustó por su intensidad. Duró un par de segundos, los contó, y el fantasma, junto a su horno portátil al final de su brazo, se alejó un paso. Akise no necesitaba levantar su mano para comprobar que la herida había desaparecido.

Quedaron los dos suspendidos en el momento, congelados por sus propias impresiones. Akise fue el primero en volver a hablar, soltando la palabra en un solo respiro.

-Gracias.

El fantasma bajó la vista y pateó un vidrio con su pie desnudo.

-Ten cuidado la próxima vez.

-Lo tendré -dijo Akise y, antes de que pudiera razonarlo-: Por favor, ¿podrías dejarme verte?

La suplica, súbita y sincera, le dejó estremecido por dentro.

El fantasma no alzó la capucha. Se dio media vuelta y Akise estuvo seguro de que se iría en otro agujero negro. Quiso detenerlo pero su cuerpo parecía insensible, como si se estuviera despertando en medio de un sueño, y apenas consiguió dar un paso antes de que el fantasma se desvaneciera en el aire.

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