El caso del dios triste. 6

Capítulo 6

Resultados.

No lo pensó en ningún momento. Como la primera vez, Yukiteru no tuvo tiempo de considerar lo sensato de su acción y se limitó a seguir el designio de su cuerpo. En menos de un segundo, había pasado de estar al lado de Muru Muru, viendo una escena más en la pantalla, a introducirse en la escena, tomando un papel activo en ella. Ni tan siquiera consideró oportuno asombrarse al respecto.

Le bastó con arrebatar el arma de las manos de Akise, sin duda el ser más estúpido nacido en la Tierra, y darle una merecida bofetada. El sonido se oyó igual que un trueno incluso a sus oídos, pero siguió sin importarle. El revólver pesaba. La cabeza de Akise se ladeó a un costado, su rostro cubierto. Estaba furioso.

-¿¡A qué mierda crees que estás jugando!? -le gritó. Había una nota de terror en su voz imposible de disimular-. ¿Eres imbécil acaso? ¿A qué clase de persona se le ocurre? Bastardo infeliz… -Vio el arma en sus manos y la arrojó lejos de sí como si fuera un cucaracha gigante. No quería volver a tocar una en lo que restara de existencia. Y creer que tenía que ser Akise el que le forzara a hacerlo en esa ocasión. Se tironeó el cabello con enojo-. Estúpido, cómo puedes pensar siquiera en…

-No lo hice -dijo el muchacho.

Yukiteru se quedó de piedra. El joven había regresado a su posición inicial, mirándole. La marca enrojeciéndole un costado de los labios. Lo que le desconcertó fue que sonreía con una calidez totalmente fuera de lugar. Las lágrimas habían desaparecido por completo.

-Sabía que vendrías -continuó Akise, feliz.

-No entiendo de qué hablas -dijo el dios y volvió a mirar el arma arrojada en el suelo. Sin duda era real-. Ibas a matarte.

-No, no iba a hacerlo -afirmó Akise, yendo a recogerla.

Un pálpito de miedo recorrió su interior cuando vio su mano pálida rodear el mango y poner el dedo directamente sobre el gatillo. No tuvo tiempo de reaccionar antes de que Akise lo presionara, el cañón apuntándole la otra palma.

-¡No! –gritó.
Se quedó boquiabierto cuando Akise le mostró su mano, totalmente ilesa.

El cañón humeaba.

-Balas falsas -explicó el muchacho de cabello blanco, sonriente y tranquilo-. Se usan como utilería en las obras de teatro y películas. Mi vida nunca estuvo en peligro. Creí que sería la única manera de hacerte venir, ya que acercarme a Yukiteru-kun no funcionó.

El cerebro de Yukiteru parecía ahogado en gelatina esposa. No sabía cómo reaccionar. De entre las burbujas de aire, pesadamente, surgió una idea.

-Pero… la libreta, lo que escribiste en ella…

-Así que sí es cierto que puedes leer en ella también -confirmó Akise, asintiendo para sí-. Lo suponía. Desde hace tiempo sospechaba que alguien seguía mis pasos, pero no imaginaba que sería precisamente el mismo chico al que buscaba -Pareció que recordaba algo de pronto y rebuscó en su bolsillo. Sacó la hoja doblada con su retrato-. Imagino que también sabes acerca de esto, ¿no?

-Sí… -dijo el joven dios, desviando la mirada instintivamente-. ¿De dónde lo sacaste?

-De ningún lado. Lo soñé un día un tiempo atrás y supe que tenía que buscarte, es todo.

Por fin, un poco de gelatina se convirtió en simple agua. La forma en que Akise decía “un tiempo atrás” contenía algo extraño. Le sonaba a cuando su padre hablaba de todos sus logros pasados.

-¿Desde hace cuánto tiempo? -inquirió, temiendo la respuesta.

Akise lo reflexionó unos instantes.

-Creo que ya serían dos años, más o menos. Podría bajar a ver la fecha exacta en mi libreta, si quieres.

Dos años… La cabeza de Yukiteru daba vueltas. Dos años. Entonces él había llegado por primera vez al Tercer Mundo en busca de Yuno para evitar que matara a la otra Yuno. Había sido cuando ella intentó matarlo y al final no pudo hacerlo, dejándolo vivo a cambio de su propia vida. Hacía dos años, según la línea de tiempo de la gente en el Tercer Mundo, él se había vuelto un dios.

Dos malditos años.

-¿Estás bien? -le preguntó Akise.

En ese momento se percató de que el muchacho se le había acercado mientras alucinaba y su mano le tocaba el hombro, un gesto universal de preocupación. Para él eran doce mil años desde la última vez que alguien además de Muru Muru lo tocara y más desde que lo hicieran con esa intención. Se apartó como un hombre de las cavernas le huye a la luz, casi asustado de tal fenómeno.

-Sí -musitó, meneando la cabeza para arrancarse tal impresión-, sí, estoy bien. Pero no entiendo cómo…

-Yo tampoco -le atajó Akise. Se veía decepcionado-. Tenía la esperanza de que tú me lo dijeras. Llegué a creer que me estabas llamando, pero es evidente que me equivoqué.

-¿Llamarte? -repitió Yukiteru y se echó a reír-. Tú estás bromeando. Si te he estado siguiendo ha sido nada más porque tenía que saber qué diablos hacías con ese retrato.

Akise suspiró, para nada ofendido por esa reacción ante sus hipótesis.

-Entonces ninguno de los dos sabe. Me lo temía -Guardó el arma en su bolsillo y regresó a su sonrisa feliz de antes-. Pasa adentro conmigo a comer algo. Te debo una muestra de agradecimiento apropiada por haberme salvado la vida en dos ocasiones.

Yukiteru cayó en cuenta de que lo había engañado, engañado totalmente, para forzarlo a aparecerse ahí y sintió el impulso de mandarlo todo al diablo, volver a la nada a olvidarse de ese asunto. Pero lo que hizo fue seguir a Akise por la escalera, como si él lo tuviera guiando con una cuerda.

Sólo una vez Akise volteó a comprobar que seguía ahí. Sonrió, satisfecho, causando que Yukiteru no pudiera mantenerle la mirada y se sintiera incómodo. Lo siguió mientras se dirigía a la habitación de sus padres y abría el armario, en cuyo suelo estaba una caja fuerte oscura. Akise giró la rueda del frente en el orden necesario para revelar su contenido.

Adentro había fajos de yenes, un par de joyas y pequeñas cajas con balas. Balas reales. Ni siquiera estaban abiertas. Justo al lado Akise dejó el arma, tras vaciarla de los elementos de utilería.

-Esta tarde no estuviste observando -comentó el chico, cerrándola de nuevo-. Ahí fue cuando planeé y llevé a cabo las preparaciones.

-Hum -contestó Yukiteru, enfurruñado-. Lograste convencerme de que lo harías.

-¿Tan convincente fui? -Akise estaba satisfecho-. Bueno, entonces creo que los tres años que pasé en el club de teatro me sirvieron de algo. Fui protagonista en todas las obras que hicieron.

La única respuesta de Yukiteru fue un bufido. Claro, por supuesto que sería protagonista.

Akise regresó a su cuarto y tomó su libreta gris para tachar la presunta nota de suicidio, más las notas de ese día. Yukiteru esperó a que le preguntara cómo había hecho para leer sus notas, pero no parecía interesado en hacerlo. En cambio, él le cuestionó el por qué de una segunda libreta.

-Creí que sería mejor así -dijo el muchacho.

No se molestó en ahondar más en el tema antes de abandonar el cuarto. Yukiteru lo siguió, ahora dudando de lo que debería hacer. Ni siquiera debería estar ahí en ese momento. No era su Mundo. Y lo único que tenía en claro es que las razones eran completamente azarosas. Se sentía no ya sólo desorientado, sino absolutamente perdido.

-¿Sucede algo?

La voz de Akise le regresó a la realidad. Yukiteru se había detenido en la parte superior de la escalera y el muchacho lo miraba desde abajo. Esa mirada no parecía horrorizada por todo lo presenciado, impactado por  el hecho de hallarse en frente de su acosador personal o siquiera muerta de curiosidad por averiguar sus motivos. Nada más estaba a la espera, como si sólo fuera otro invitado en su casa.

No entendía, pero al menos parecía que a Akise no le importaba. Y las cosas habían llegado a tal punto que irse en ese momento no ayudaría a mejorar las cosas.

-No -contestó-. Pero, oye, perdón por el bofetón.

-No te preocupes, me esperaba algo así.

Ahora que se fijaba, Yukiteru notó que la marca rojiza se había hinchado. Debía dolerle cada vez que movía la boca. Descendió lo que le quedaba de escalera y se paró frente a él, por primera vez avergonzado por su arrebato.

-Aun así, lo lamento -dijo y levantó una mano hacia su rostro, pero dudó-. ¿Me permites?

Akise pareció entender en el acto lo que pretendía y se quedó quieto.

-Adelante.

Yukiteru apoyó la palma contra la hinchazón, percibiendo el calor que desprendió, y se forzó a enviar la misma porción de energía que la última vez. En ningún momento Akise hizo ademán de moverse. Él evitó mirarlo. Después de todo, él se lo había causado, era lo menos que podía hacer. Como la primera vez, por un segundo fue como si su mano se hubiera fusionado con la piel del otro y una corriente de agua pasara entre ambos, convirtiéndolos en una mismo hoyo en la represa. Cuando el agua dejó de correr supo que ya podía separarse. Lo hizo con cierto alivio.

Akise subió y bajo la comisura de su labio para comprobar que ya no tenía nada que se lo impidiera.

-Gracias.

Yukiteru se encogió de hombros, todavía incapaz de verlo a la cara.

-No hay problema.

Akise lo guió hasta la cocina. De ahí empezó a sacar ollas, poner hervir agua y cortar verduras como si cocinar fuera una de sus actividades regulares. Yukiteru no supo si era molestia lo que volvió a percibir adentro pero de todos modos pensó: por supuesto que sabe cocinar.

-Espera a probar el ramen como yo lo preparo. Te encantará -le adelantó Akise, hablando sobre su hombro.

Esa era una imagen que nunca habría esperado presenciar. Ni en el Segundo Mundo ni después de él.  Akise Aru, con un delantal a rayas rojas, dándole la espalda mientras cocinaba. Tenía el sabor de un suceso irreal. Lo vio bien desde esa posición. No se parecía en lo absoluto a una chica. No podría confundirlo con Yuno, aunque hiciera algo a lo que ella le acostumbró. Su espalda y cintura eran demasiado anchas, el cinturón demasiado notorio y los pantalones… eran pantalones de chico, sin lugar a dudas. Por no mencionar el cabello, corto, blanco, inconfundible.

Se revolvió el cabello. ¿Por qué estaba pensando cosas raras?

-¿Por qué… -empezó a decir, sólo para sacarse esa imagen de la mente- por qué no me preguntas nada?

-Un interrogatorio justo antes de comer es grosero -respondió Akise, sirviendo en un tazón el líquido humeante-. En el medio es malo para la digestión y después es peor -Sirvió otro más y los llevó a ambos a la mesa junto a un par de palillos. Se quitó el delantal y lo colgó de un gancho en la pared antes de tomar asiento-. No me malinterpretes, siento mucha curiosidad respecto a ti pero no creo que sea imprescindible pedirte todos los detalles de momento. Por ahora, a menos que tengas otro compromiso urgente en mente, pienso que podemos disfrutar de una tranquila cena. ¿No te parece?

“Este chico es raro”, pensó Yukiteru, asintiendo extrañado. Tomó los palillos que le alcanzaba y los separó. Miraba a Akise con mucha atención. Le gustaría saber en qué estaba pensando para dejar pasar el hecho de que una persona había aparecido de la nada y que esa misma persona fuera la que había surgido entre sus sueños hacía dos años. Fuera él y le faltaría aliento para bombardearlo a preguntas. Claro que si fuera él se hubiera olvidado de todo el asunto al año, puesto que no obtenía el menor resultado.

-Gracias por la comida -dijo Akise, las dos manos juntas.

Yukiteru lo imitó demasiado tarde. Se sentía raro hacerlo. Hacía tanto tiempo… También sería la primera vez que probaría una comida caliente en doce mil años. Como Dios no la necesitaba, pero ya era tarde para rechazar a esa.

-Aun así -insistió, porque no podía estarse en silencio-, debes tener alguna idea. Esto no sucede todos los días.

-¿La verdad? He esperado dos años para verte en persona y finalmente puedo hacerlo. Ahora mismo eso es todo lo que me importa.

Otra vez esa sonrisa. La sonrisa nada fingida e inocente de alguien feliz con su vida. Yukiteru no se sintió más a gusto. Para no tener que verla se puso a revolver el contenido de su tazón. En realidad se veía bien y olía delicioso.

-Eres raro -comentó antes de poder detenerse y en el acto se arrepintió.

Pero a Akise no le importó. Parecía que le había dado una idea sobre la cual reflexionar.

-¿Eso crees? Bueno, no eres el primero que me lo dice así que puede que sea verdad -Se encogió de hombros. En realidad no le importaba-. De todos modos, estoy seguro de que acabaré sabiendo todo lo que deseo y serás tú el que me lo diga.

Yukiteru empezó a recoger la pasta en los palillos. Estaba totalmente fuera de práctica, por lo que casi lo dejó caer pero al final lo mantuvo en alto. Empezó a llevárselo a la boca.

-Vaya. ¿Y qué te hace estar tan seguro? -preguntó para seguirle el hilo.

Saboreó y masticó.

Diablos.

Incluso su comida era estupenda.  ¿En todo tenía que ser bueno?

-Porque es nuestro destino -dijo Akise, tranquilamente.

Mal momento para comer. Yukiteru tragó sin problemas lo que le pareció un bloque de acero de tres kilos. Maldijo en su interior la estúpida película de samurái y las estúpidas ideas de Muru Muru acerca de Akise Aru. En esos instantes, si es que los veía, se estaría muriendo de la risa. No permitiría que se le olvidara en un largo tiempo.

-Este ramen está bueno -opinó para cambiar el tema-. De verdad cocinas muy bien.

-Bueno, gracias -Maldita sonrisa.

Lo dicho, pensó Yukiteru, es un chico raro.

Una vez acabaron de comer, mientras Akise lavaba, Yukiteru por fin encontró el valor para sugerir que sería mejor que se fuera. Mañana había escuela y debería dormir temprano.

-¿Estás seguro? -inquirió el muchacho, volviéndose. Se estaba secando las manos con un repasador a juego con el delantal-. Si me has estado siguiendo ya debes saber que mi horario escolar es de lo más flexible.

-Sí -recordó, mirando el techo-, pero aun así debería irme.

-Muy bien -afirmó Akise, deshaciéndose de toda la parafernalia de cocinero. De nuevo volvía a ser el aspirante a detective. Sacó su celular del bolsillo y abrió la tapa-. Entonces sólo deja algún medio para poder contactarte.

Yukiteru lo vio, sin poder encontrar palabras para responder.

-Sería muy complicado pasar por toda una tentativa de suicidio para volvernos a ver -razonó Akise inocentemente. Desde luego, hablaba con mucha lógica-. Creo que con cualquier método aparte de ese los dos estaremos satisfechos.

Casi sin darse cuenta de lo que hacía, y sin ningún deseo de pensarlo, Yukiteru le recitó el número de su celular.

————

De vuelta a la nada, Yukiteru encontró a su asistenta rodeada de mangas. Eso no le habría sorprendido en lo absoluto de no ser porque alcanzó a ver el título de un par en el suelo.

-¿Jounjou Romantica? -preguntó.

En la portada se veía a un hombre de ojos alargados y mandíbula cuadrada, abrazando por la espalda a un chico que parecía desear por todos los medios escapar de ahí. Lo grande y reveladores de los ojos del chico, más el hecho de que se sonrojaba y la mano del hombre se perdía en sus pantalones, le hizo saber exactamente de qué trataba esa historia.

Otra vez, por supuesto.

-Sí -dijo Muru Muru, sin dejar de leer un número-. Gracias a ti y Akise me siento intrigada por las relaciones entre los chicos.

Claro que sí.

-No me digas.

-Sí. ¿Sabes? Las historias entre chicos son mucho más sexuales que entre chico y chica. Es como si en lugar de expresar sus sentimientos desearan tener contacto físico constantemente. Y parece una especie de regla que el uke siempre se esté negando, aunque claramente se ve que lo desea, mientras el seme lo fuerza.

-Suena muy aburrido -comentó Yukiteru, sin verdadero ánimo de discutir.

Ni siquiera sabía lo que era un uke o un seme. Se arrojó de espalda para sólo flotar en la nada, a falta de una cama donde dejarse caer.

-Eso pensé al principio -dijo Muru Muru, indiferente a él-, pero a medida que avanza la historia resulta interesante ver cómo el uke lucha para reconocer lo que siente respecto al seme, aunque éste prácticamente lo viola en cada oportunidad que tiene.

Yukiteru suspiró, rendido. Muru Muru se le quedó mirando un largo rato.

-Creo que tú serías un estupendo uke.

El joven dios se encogió de hombros. ¿Por qué no?

-Oh, cierto. Si tú estás aquí entonces tu cita con Akise ya acabó. ¿Quieres que veamos lo que hace?

-En realidad no -respondió Yukiteru… pero Muru Muru ya había vuelto a encender la pantalla y tecleaba abajo.

A su pesar, Yukiteru giró su cuerpo para ver. Akise volvía a estar acostado en su cuarto y anotaba algo en su libreta. Tenía tal aire de satisfacción que el joven dios apenas si pudo contener un rezongo.

-Maldito manipulador…

Muru Muru volteó a verle.

-Uke -determinó-. Definitivamente uke.

Su visión se centró frente al rostro del muchacho para ver las hojas en blanco.

“El engaño fue un completo éxito. Evitó mi intento de suicidio incluso antes de que presionara el gatillo. Ni siquiera tuve que usar las bolsas de  sangre falsa que tenía ocultas entre el pelo”

Yukiteru gruñó.

“Fue evidente que no tenía idea de cómo nuestros caminos se cruzaron. Eso todavía permanece como un misterio a resolver. Me dejó su número de celular, lo que no me esperaba, por si quiero verle. Curiosamente el código es de Sakurami.

Resultado:

Aún tengo mis preguntas respecto a este chico, pero ahora estoy más seguro que nunca que acabaré descubriéndolo y será él quien me lo diga.

Nota aparte:”

Ahí los dos mostraron claro interés. Nunca antes Akise había agregado notas aparte.

“El muchacho es mucho más guapo en persona”

-Típico de un seme -reafirmó Muru Muru, cruzándose de brazos y asintiendo como si se confirmara una idea previa.

Yukiteru se abstuvo de comentarios. No habría podido darlos ni aunque quisiera.

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