El caso del dios triste. 10

Capítulo 10

La doble cita

El día era claro y despejado. Akise Aru revisaba la hora en el reloj de su celular cuando escuchó que gritaban su nombre. Estaba en la zona del estacionamiento para entrar al parque de diversiones. Era ese punto donde habían acordado encontrarse.

-¡Akise-kun!

Levantó la mirada. Yukiteru llegaba desde la estación de autobuses y lo saludaba junto a su novia. Ella tenía un gran bolso colgándole del hombro. Los recibió afablemente, guardándose el aparato.

-Ya llegaron. Buenas tardes a los dos.

Yukiteru alzó la vista hacia el cielo y aspiró el aire limpio. Sonreía como si el clima fuera un reflejo de su propio ánimo optimista.

-Hoy hace un fantástico día. ¿Vamos entrando, Akise-kun?

-Pueden adelantarse si quieren. Yo todavía espero a alguien.

El muchacho se mostró sorprendido.

-¿Habías invitado a alguien más, Akise-kun?

-Técnicamente esa persona fue la que me invitó. Temo que a ustedes los colé.

-¿Y quién es esa persona? -preguntó Moe, curiosa-. ¿Tu novia o algo así? ¿No crees que se moleste?

-¿Cómo? -Yukiteru abrió los ojos-. No sabía que tenías novia.

Akise intentó sonreír para quitarle importancia.

-No, no es eso. En realidad…

Iba a decir la verdad cuando esta llegó por un lado, llamándolo tímidamente.

-Oye, Aru.

El detective se volteó a ver quién era y se quedó boquiabierto, igual que Moe y Yukiteru, aunque las razones de los tres fueran completamente distintas. La pareja nunca habían visto a esa persona antes. Aru nunca lo había tan… arreglado.

El joven dios se sintió apenado pero se forzó a hacer que le daba lo mismo. Casi lamentó haber seguido los consejos de Muru Muru respecto a su cambio de apariencia.

-Los chicos sí que son diferentes -había comentado la demonio, viéndolo controlar cada dos segundos la hora en su celular. Era tan evidente, contando literalmente los minutos para lo que ansiaba-. Una chica ya estaría nerviosa por la clase de ropa que llevaría, los accesorios, perfumes y esas cosas, pero tú sólo te concentras en la hora.

-Yo no soy una chica -gruñó Yukiteru, apartando la mirada de la pantalla, como si así pudiera reafirmarlo-. No quiero llegar tarde o demasiado temprano, es todo.

La demonio no podía creer lo mal actor que era. ¿Con quién creía que hablaba, con un idiota? De todos modos, contemplaba otra oportunidad de divertirse a su costa y decidió aprovecharla.

-¿Con esa pinta que tienes? -Chasqueó la lengua, disgustada por su falta de compromiso-. Yukiteru, ya sabemos que no eres un gran casanova, pero lo menos que podrías hacer por el amor de tu vida es arreglarte un poco. ¿Hace cuánto que no te peinas? ¿Y qué hay de esas garras? ¿Acaso quieres dejarle marcas profundas a Akise? Bueno, no sé si él tenga inconveniente con eso, pero podrías limpiártelas al menos. Por una cuestión higiénica.

El joven dios le gruñó más fuerte, pero acabó fijándose en su propio aspecto. La verdad, se notaba que hacía tiempo había dejado de preocuparle. Aunque pudiera cambiar la forma de su ropa a cualquier otra que quisiera, esa impresión no se borraría. Durante doce mil años eso daba lo mismo, pues el único ser que lo veía era su asistente. Pero las cosas habían cambiado. Ahora incluso tenía una cita. Con un chico, para más sorpresa.

Se miró sus manos, sucias, descuidadas. Nunca había visto que Aru se interesara por ellas, pero de pronto él mismo sintió aversión por semejante abandono. Muru Muru tenía razón, para variar. No podía presentarse así. Él había sido el de la brillante idea después de todo.

-Mmm -dijo, para que viera que lo meditaba-. ¿Qué ideas tienes?

La demonio se había divertido un mundo arreglándolo, cual si fuera su nueva muñeca favorita. Al final, cuando Yukiteru no creía que fuera a soportar otro tirón, ella le presentó un espejo para verse.

-¡Ya! -gritó la demonio, muy satisfecha.

Casi no se reconoció y creyó que la demonio le estaba mostrando una foto arrancada de una revista. Sólo que una foto no tendría su misma expresión de pasmado asombro ni parpadearía a su ritmo. Yukiteru tomó el espejo y se lo acercó, inspeccionándose mejor. Muru Muru le había lavado, peinado y cortado el largo cabello negro, devolviéndole su liso natural en una simple cola de cabello que salía de su nuca. En el frente le había dejado un flequillo abierto en el medio, el resto cortado a diferentes niveles para enmarcarle con las puntas el rostro. Las manos y pies habían sufrido un ataque de manicura y pedicura. Yukiteru se sorprendió de descubrirse todas las uñas, más cortas que antes, cubiertas de brillante negro.

-¿Qué quiere decir esa cara? Es para que combine con tu ropa, claro está. Serás un bonito uke gótico.

Para finalizar le dijo cómo arreglar su vestimenta para variar de su estilo de siempre. Quedó con los pantalones más cortos (haría calor, ¿no? pues entonces que fuera fresco), la camiseta sin mangas y unas muñequeras negras arriba de cada mano. En los pies, zapatillas cortas en lugar de las largas a que estaba habituado. Sería su primera cita y sin duda no querría ir tan mojigato. Eso podría desanimar a Akise.

-¿Quieres dejarlo ya? -Yukiteru enrojecía. No sabía si de la furia o la pena-. No es que estemos pensando en eso todo el tiempo.

-Claro que no, con esa pinta nada reveladora que siempre llevas. ¿Acaso aplicas para monja? Con esto será seguro que dejas a tu querido chico contento.

En ese momento hubiera preferido no hacerle el menor caso. Se sentía demasiado expuesto, demasiado desnudo a demasiadas miradas. Dos de las cuales no esperaba en lo absoluto que estuvieran y, para colmo, una era de su doble exacto. Desvió la cara para no tener que verlos.

-¿Entramos? -preguntó, apenas moviendo la boca.

Aru fue el primero en actuar.

-Sí, claro. Yukiteru-kun, Wakaba-san, les presento a mi novio, Tenshi Shuei.*

Los tres mostraron su total desconcierto. El dios, por supuesto, porque era la primera vez que se enteraba de que le había cambiado el nombre. Pero luego se olvidó eso por otro detalle importante: ¿en qué pensaba el detective diciendo eso tan tranquilo? Yukiteru miró al dúo, seguro de que toda la sangre se le había ido del rostro.

El otro Yukiteru no parecía capaz de salir de su asombro. Sólo se quedaba ahí, los ojos abiertos a más poder. Diablos, ¿él lucía tan idiota cuando se sorprendía? Al cabo de unos segundos de incómodo silencio, Wakaba se decidió a ir al frente a extender la mano.

-Un gusto conocerte, Tenshi-san -dijo.

Se notaba que estaba nerviosa, pero al menos hacía el esfuerzo. Ella era muy linda y los lentes la hacían ver madura para su edad. Todavía recordaba que en parte gracias a ellos se había encaprichado de ella. El dios se la estrechó, agradeciéndole para sus adentros.

-Igualmente, Wakaba-san -Se dirigió a su doble con una mueca tensa que pretendía ser de simpatía. Era lo mejor que podía hacer-. Y a ti también, Yukiteru.

Que nadie le dijera que después de haber pasado por lo que él no era extraño estarle hablando a tu yo mismo del pasado. Sabía que, a pesar de eso, había varias diferencias entre ellos. Para empezar, la clases de vidas que llevaban y las personas con las que salían. El otro era un niño prácticamente. De no ser por Aru, por la sensación de normalidad que le daba el detective, sentiría envidia de él. Su doble captó la mirada apremiante de su novia y fue a darle su propia mano. El tono de sus pieles era distinto, aun así. La suya era mucho más pálida.

-Disculpa, Tenshi-kun -dijo el muchacho, con una expresión acorde a sus palabras. Intentaba restarle hierro a su primera reacción-. Akise-kun nos tomó por sorpresa a todos, ¿no? Espero que no lo hayas tomado a mal.

A Yukiteru no le costó entender sus sentimientos. Si a él le hubiera sido presentado un novio de Akise en el Segundo Mundo habría actuado peor, al punto de exclamar del puro desconcierto. Se quedaría un largo rato pensando cómo era posible que no se hubiera dado cuenta antes de que su amigo era de “esos.” Probablemente este también lo haría durante la noche. Menos mal que ese otro contaba con Wakaba para ayudarle a comportarse de la manera más madura.

-Está bien. A cualquiera le sorprendería saber algo así de repente -dijo para calmarlo y le dirigió una mirada asesina al detective. ¿En qué estaría pensando ahora?

El detective respondió tal cuchillada con una sonrisa.

-El parecido es notable, ¿no?

Yukiteru (el del Tercer Mundo) abrió los ojos. Le dio una segunda mirada más atenta. El dios se dio un golpe mental. ¿En serio no se había dado cuenta ya?

-Oye, ahora que lo dices tienes razón -dijo, asombrado. Eso le pareció una divertida coincidencia-. ¡Increíble! Parecemos casi hermanos.

-Eso pensaba yo -aportó Wakaba, más tranquila-. ¿A qué escuela asistes, Tenshi-san?

-Bueno…

-Él asiste a la secundaria Toshima -respondió Aru con total confianza.

-¿La secundaria Toshima? -dijo Wakaba-. Pero si eso está prácticamente al otro lado de la ciudad. Debió tomarte muchas horas de autobús llegar hasta aquí.

Aru se puso al lado del dios y le apoyó la mano en su hombro. Yukiteru creyó interpretar muy bien lo que significaba: no te preocupes, yo me encargo de todo.

-Shuei-kun está visitando a su padre, que vive por esta zona, mientras su madre sale de viajes de negocios. Volverá la semana próxima.

El dios no pudo sino elevar la ceja, consternado. ¿Se la inventaba por el camino o tenía el guión preparado?

-¿Y cómo…? -empezó a decir el otro Yukiteru pero se detuvo, inseguro sobre cómo plantearlo-. Es decir, cómo ustedes…

-Shuei-kun me ayudó en un par de ocasiones -respondió Aru-. Nos hicimos amigos pronto y comenzamos a salir hace sólo unos días -Bajó la mano, desde su hombro, hasta la otra y se la apretó-. Me avergüenza un poco decir que fue amor a primera vista por mi parte. No fue sino hasta hace poco que lo convencí de corresponder a mis sentimientos.

Yukiteru, a su pesar, le sonrió de vuelta. De nuevo ahí estaba, diciendo las frases justas para desarmarlo y volverlo una bomba de sangre azucarada. Él sabía mejor que no se avergonzaba de nada, que el detective carecía de vergüenza. Lo decía sólo por educación.

El otro Yukiteru miró sus manos como si no pudiera entender cómo hacían para juntarse. En cambio, Wakaba parecía feliz con ese desenlace.

-Bueno, hacen una linda pareja -comentó, tomando de la mano a su propio novio. Aprovecho de darle un apretón para que recuperara la compostura o por lo menos cerrara la boca-. Aun así, Akise-san, ¿no te preocupa lo que puedan pensar otras personas? No lo digo por nosotros, por supuesto, pero otros podrían tomarse a mal su relación.

Aru liberó el aire como si hubiera pensado largo y tendido al respecto.

-Para ser sincero, Wakaba-san -dijo, conectando mirada. Estaba completamente serio y no era ninguna actuación-, la opinión de esa clase de personas no podría importarme menos. Si he decidido invitarlos hoy fue porque confiaba en el buen criterio de Yukiteru-kun y el tuyo, pero si acaso esto va a ser un problema…

Ahí reaccionó el otro Yukiteru.

-¡No! -soltó, inquieto-. No digas eso, Akise-kun. Yo sólo estoy un poco sorprendido pero desde luego estás en todo tu derecho de hacer lo que quieras. Moe-chan sólo se preocupaba por lo que otros podrían interpretar. No quisiéramos verte en un aprieto ni nada parecido.

El dios lo miró. Notó que no quería caerle mal al detective. Todavía creía que era genial, al punto de obviar su propio desconcierto. Y bueno, pensó para sí, no podía culparlo por eso exactamente. No cuando él creía lo mismo.

La expresión de Aru se suavizó.

-Te agradezco tu interés, Wakaba-san -le dijo a esta-, pero puedo defenderme solo y no me gustaría tener que ocultar algo así sólo para evitar posibles problemas. A ti no te gustaría mentir acerca de lo feliz que eres con Yukiteru-kun, ¿cierto?

La muchacha ni siquiera volteó a su novio. No lo necesitaba para responder.

-Por supuesto que no.

-Ahí lo tienes -resumió Aru y regresó a su sonrisa de anfitrión-. Entonces vamos.

Ese día era fin de semana y el parque de diversiones recibía a varios visitantes. Muchos de ellos se componían de familias con sus niños pequeños que correteaban y arrastraban a sus padres a los juegos que les interesaban. Mientras ellos cuatro esperaban en fila a subirse a la montaña rusa, el dios le habló al oído del detective.

-¿Desde cuándo soy Tenshu Shuei?

-Desde siempre. Por lo menos para mí así es.

Maldito. Le salía con cosas contra las cuales no sabía cómo defenderse. Probó a escudarse con un ceño fruncido.

-Pero si ya me estaba acostumbrando a Subarashii Joshu… Además no puedes cambiarme el nombre cada vez que quieras. Eso confundirá a la gente.

-Lo sé, por eso ese será tu alias definitivo hasta que estés listo para decirme tu verdadero nombre -Aru se sonrió de lado-. Lo siento, sé que es una molestia, pero no pude resistirme. Es perfecto para ti.

El enojo se le acabó de evaporar.

-Vale. Pero que sea la última vez -Observó al frente, a la pareja que susurraba entre sí. Su otro yo y su novia. La fila avanzó un poco y ellos con ella. Sólo faltaba una vuelta para el último grupo y era su turno-. Ahora dime, ¿qué planeas esta vez?

-No sé de qué hablas.

-Sí, claro. ¿Vas a decirme que es pura casualidad que hayas decidido invitarlos?

Aru dejó caer los hombros.

-De acuerdo, supongo que es inútil ocultarlo si es que ya viste mis notas sobre tu caso -Yukiteru esperó la explicación. No entendía la relación-. Ya sabes que desde que se transfirió a mi escuela sospechaba que Yukiteru podría guiarme a ti. Acabé comprobando que no era así, y que si existe alguna relación entre ustedes él no sabe nada al respecto. Lo confirmé en el estacionamiento, por si me quedaba alguna duda.

-¿Entonces?

La fija de vagones lleno de personas llegaba por los rieles lentamente hasta su posición. El encargado tiró de una palanca para detenerlo completamente. Presionó un botón para permitirles subir los dispositivos de seguridad, de modo que comenzaran a salir. Los pasajeros se dirigieron, algunos tambaleantes, todos con el cabello revuelto, hacia la salida. A ellos se les permitió entrar a la plataforma, pasando por la barra giratoria.

-Curiosidad -le dijo Aru, acomodándose en uno de los sitios al fondo. Yukiteru se sentó a su lado. Su doble y Wakaba fueron al principio, más que nada por instancias de la chica, a juzgar por la forma en que tiraba del brazo de su novio-. Quería ver cuántas diferencias podía haber entre dos personas tan parecidas físicamente.

El encargado pasó por la fila, asegurándose de que todos se ubicaran bien los cinturones y soporte de hombros.

-¿Y ya tienes alguna conclusión? -preguntó Yukiteru, interesado.

-Una sola, básicamente y de momento -Aru volteó a él-. Yukiteru-kun es mucho más inocente que tú.

El joven dios sonrió, no sin amargura. A eso se reducía todo, realmente. A ese Yukiteru nadie lo había forzado a crecer ni perder todo lo que conocía. Verlo hablar y comportarse incluso resultaba gracioso porque ya no recordaba haber sido así antes. Hacía mucho tiempo que su inocencia se había esfumado.

De pronto sintió algo tocarle el dorso de su mano y se alarmó. Pero sólo se trataba de Aru queriendo tomársela. Se relajó mientras le permitía entrelazar sus dedos. Le gustó esa forma de brindarle compañía sin decir nada, sin pedir nada a cambio.

“Este es mi novio”, pensó, mientras sentía el empuje de los vagones. Su corazón palpitaba pero no sabía si era por la emoción del viaje o porque era la primera vez que pensaba en Aru en esos términos. Giró la cabeza para encontrarse con la mirada tranquilizadora del detective. Ese era el chico con el que salía.

En ese momento todo le parecía perfecto en el universo.

Luego de la montaña rusa, subieron a las tazas giratorias, a las sillas voladoras y al barco vikingo. El otro Yukiteru tuvo que devolver su almuerzo en un tacho de basura, pero aparte de eso el dios se estaba divirtiendo como nunca. Cualquier recuerdo de un ojo rojo o una absoluta oscuridad no tenían la menor importancia.

En la casa del miedo, no sintió ninguno. Había visto ya tantas cosas horribles que unas cajas saltarinas y unos muñecos semejando fantasmas a lo sumo conseguían sorprenderlo. Wakaba en cambio iba con la frente en alto pero en cuanto aparecía un nuevo espanto buscaba refugio en los brazos de su novio, que de vez en cuando tampoco podía contenerse un respingo. Yukiteru volteó, queriendo ver la reacción del detective, y no se sorprendió al encontrarlo tan tranquilo como si dieran un paseo por un campo al aire libre. Aunque bien sabía que podía estar fingiendo.

-¿No estás ni un poco asustado, Aru? -le susurró.

-Claro que no -dijo él-. No contigo alrededor.

-Vamos, no digas eso -respondió el dios, azorado.

-Tienes razón. Es esta casa que es más bien aburrida -confesó Aru, mirándolo directamente y casi sin parpadear.

Yukiteru no pudo resistirlo más y apagó una carcajada contra su mano. La pareja, ante ese sonido desconocido, que podría ser cualquier cosa, se espantó más y echaron a correr pero ni siquiera se dio cuenta.

-Haberte quedado con tu primera respuesta.

Sintió que le besaba en la mejilla en medio de la penumbra.

-Una cosa no le quita la verdad a la otra. Ahora vamos antes de que Yukiteru-kun y Wakaba-san nos dejen atrás.

Al salir de la casa de espanto todos notaron la potencia del sol sobre sus rostros. La falta de nubes, antes tan apacible, se había vuelto insidiosa. Wakaba señaló el edificio donde se hallaban los juegos acuáticos. Estuvieron de acuerdo en ir.

Adentro había varias y, a medida que pasaban los minutos, todavía más. El aire estaba fresco, sin rastro de la pesadez exterior, y las aguas, continuamente agitadas, conservaban su temperatura en un perfecto estado medio. Wakaba ya se traía trajes de baño tanto para ella como el otro Yukiteru, de modo que estuvieron listos para meterse en poco tiempo. Al dios sólo le tomaba unos segundos concentrar su ropa oscura para hacer su cubierta. Aru era el único que tuvo que solicitar el alquiler de un traje a su medida y, contando la fila para entrar a los vestuarios, sería el último en unirse a ellos. Insistió en que se le adelantaran, que pronto estaría con ellos.

Removiendo los pies sobre la orilla de la piscina, el joven dios no podía sino sentirse nostálgico. Ahí había sido la primera vez que se dio cuenta de que Yuno, con todo los acosadora y peligrosa que era, también tenía su lado femenino. Percibió sus pechos enormes apretándose con el suyo y ella, temerosa de que la vieran, tan pudorosa. Él estaba en tal estado de incredulidad que ni siquiera llegó a disfrutarlo. No podía entender cómo esas mismas cosas que veía en las revistas pudieran ser así de suaves, dueñas de un calor secreto que se le extendió por todo el rostro.

El otro Yukiteru no tendría ese percance. Su novia aparentaba justamente la edad tenía y su traje verde botella era de una sola pieza. Sin embargo resultaba bonita a su manera, con una figura delgada y curva donde se lo requería. Le faltaban todavía un tiempo, pero ya se volvería preciosa y haría enloquecer al muchacho. No que él lo necesitara tampoco.

-¡Marco! -decía ella, los ojos sin lentes cerrados, extendiendo la mano frente a sí.

El otro Yukiteru nadaba discretamente en círculos, siempre a su espalda.

-¡Polo! -dijo, hundiendo la cabeza.

Wakaba extendió los brazos en esa dirección pero el muchacho ya se había ido.

-¡Marco! -llamó.

De pronto Yukiteru surgió de un salto y la hundió consigo mismo entre risas.

-¡Polo!

-¡Así no es como se juega, tramposo!

Ese podría haber sido él. Si no hubiera sido por su manía con el diario, por Deus y Yuno, él ahora mismo estaría recibiendo los chaparrones de agua por parte de Wakaba, pensando que la vida no podía ser mejor que eso. No sabría lo jodidamente retorcidas que podían ser las personas. Pero, por extraño que pareciera, en realidad no se lamentaba por nada. Hizo lo que pensó necesario e imprescindible para salvarlos a todos, para seguir al lado de Yuno. Al final sólo tenía que mirarse a sí mismo divirtiéndose, a Hinata siendo recogida por su padre de la escuela, a Yuno sonrojándose al apoyarse en el hombro del chico que le gustaba. De entre semejante espanto por lo menos había podido nacer un Mundo mejor.

Mientras la pareja continuaba jugando a perseguirse, vio a Aru dirigirse a él con una toalla sobre los hombros y unos shorts azules. Mirándolo, Yukiteru no entendía por qué le gustaba verlo; su pecho plano, la falta de líneas curvas, los brazos gruesos, las piernas indiscutiblemente de varón. El otro Yukiteru nunca lo comprendería o al menos no del todo. Su pornografía era y sería de pechos grandes, dedos delicados y cinturas pequeñas. Si lo quería Yukiteru podía recordar alguna fotografía en específico y volvía a percibir el calorcito en su vientre, la curiosidad.

Entonces ¿por qué le atraía ahora un chico?

Aru dejó la toalla sobre el borde y se metió al agua haciendo una flecha con los brazos. Nadó entre los otros visitantes sin sacar la cabeza del agua hasta llegar a la otra orilla, donde él se encontraba. Salió poniéndose en pie de repente y el cabello echado hacia atrás. Apoyó los brazos sobre el borde, casi tocándolo con su codo. Esa promesa de un roce, el sentirlo tan cerca, aumentó aún más su temperatura.

-¿Todo bien, Shuei-kun?

Yukiteru sonrió. Todo estaba perfecto.

-Sí. Sólo pensaba en que no hay manera de confundirte con una chica.

-¿En serio? -Aru se impulsó hacia arriba para sentarse al lado suyo. Ese principio de excitación en Yukiteru creció al verle el cuerpo húmedo, lleno de inocente gotas. No costaba nada encontrarlo atractivo-. ¿Es un cumplido acaso?

-Más o menos -Volvió a mirar a su doble jugar otra vez a dar con el otro, esta vez él con los ojos cerrados-. ¿Cómo lo haces? Quiero decir, ¿cómo es que no te afecta en nada que te atraiga un chico si nunca antes te había gustado alguno? A mí por lo menos todavía me cuesta un poco creerlo, ¿sabes? Todas las personas que me gustaron antes eran chicas.

-No es el cuerpo lo que de verdad une a las personas -dijo Aru, observando al frente-. La primera vez que te vi en mi sueño no pensé que eras guapo o que me atrajeras físicamente. Sólo quise ayudarte a cambiar esa expresión de tu rostro y averiguar por qué estabas así. Deseaba saber todo sobre ti. E incluso cuando llegué a verte, eso era todo lo que quería -El detective lo acarició con la mirada. Yukiteru la aceptó como una manta tibia para protegerse del frío-. No creo que sea cuestión de chicos o chicas. Es más simple que eso. Me gusta tu cuerpo porque es tuyo, no porque pertenezca a un género o al otro. ¿Eso responde tu duda?

Yukiteru asintió. Esa definición le complacía. Le excitaba estar cerca de Aru porque era Aru, no necesariamente porque todos sus gustos hubieran cambiado. Si lo pensaba así resultaba mucho más fácil de entender.

-Bien -Aru se dejó hundir en el agua y tiró de nuevo, tirando de sus pies-. Baja. Quiero enseñarte algo.

¿Ahora que tendría en mente el detective?

-De acuerdo -respondió Yukiteru, confundido, metiéndose de un empujón.

Salió con el flequillo pegado a sus mejillas y la coleta a su espalda. En esa zona fácilmente podían mantenerse de pie, mojados hasta la mitad del pecho.

-¿Sabes nadar?

Hacía milenios que no nadaba. Y nunca fue muy dado a ello.

-Sí -respondió, sin embargo.

-Entonces sígueme. Lo que quiero enseñarte está en la parte profunda.

Aru sumergió la cabeza y comenzó a alejarse al estilo de las ranas. Su figura blanca era perfectamente discernible bajo el agua cristalina. Yukiteru tragó duro, un poco nervioso, y se metió. Se impulsó hacia adelante utilizando sus poderes, moviendo apenas los pies para conservar el equilibrio. Las piernas y cuerpos de los demás visitantes le traspasaban sin notarlo. Vio a Aru girarse una sola vez para ver si estaba detrás suyo y luego continuó su camino.

En ese punto las personas tenían que nadar o ponerse como planchas para flotar si no querían hundirse. Aru se acercó a los bordes de la piscina, palpando las paredes de concreto, y de repente desapareció por una esquina. Yukiteru lo siguió y al salir del agua se sorprendió al hallarse en una especie de gruta. El agua lanzaba débiles destellos que se reflejaban en el techo y las paredes de la piedra. Atrás la entrada apenas subía por sobre el nivel del agua, por lo que uno podría entrar cómodamente sólo por debajo. Parecía un excelente sitio donde obtener total privacidad, pero no fue en eso en lo que pensó Yukiteru.

-¿Qué opinas? -preguntó Aru.

Su rostro parecía todavía más claro por los reflejos a su alrededor.

-Es un lindo sitio -reconoció-. Me pregunto por qué lo habrán construido así.

-Lo hicieron para que las parejas pudieran hacer esto -dijo, rodeándole el cuello con sus brazos.

La palabra no era “abalanzarse”, pero servía. Yukiteru le abrazó por la cintura, tan sorprendido que se olvidó de flotar y ambos se sumergieron en el agua sin separarse. El dios cerró los ojos por puro instinto y no vio al detective salirse sonriente a la superficie. Percibió las burbujas de aire chocar con sus labios antes de animarse a mirar. Vio el pecho blanco y el abdomen liso de Aru moverse con sus piernas para mantenerse a flote. Ya entendía de qué iba. Subió nuevamente.

Aru nadó hacia él y esta vez, Yukiteru se concentró en mantenerlos a ambos en su sitio para poder tocarse sin preocupaciones. El detective debía tener razón con eso de atracción entre las personas en lugar de atracción entre chicos, porque de otra manera no se explicaba cómo sus manos quisieron recorrerle los músculos de la espalda o por qué el que Aru lo acariciara a su vez podía calentarlo tanto. El detective le rodeó con sus piernas, con sus brazos, metiéndole la lengua hasta donde ya se quedaba sin aliento. Había entendido que lo necesitaba a él para no hundirse y se agarra cual salvavidas. Yukiteru rozó el borde de su short y, por alguna inexplicable razón, se quedó ahí, dudando. Aru lo miró, jadeando contra él.

-Está bien -dijo y le tomó de la mano, llevándola hasta el interior de sus shorts. No tenía más ropa debajo. Le hizo sentir la forma de sus nalgas, una ligera contracción en su dirección-. Tócame lo que quieras. Está bien.

Yukiteru apretó. La piel firme no se dejaba pellizcar fácilmente, pero sintió curiosidad y llevó su otra mano. Nunca había tocado a Yuno de esa forma, demasiado interesado en lo de adelante, por lo que no sabía qué tan diferente era a lo de una chica. Pero lo que sí estaba claro era que a Aru le gustaba, moviéndose de adelante y atrás como si quisiera guiar sus dedos por algún camino. Mientras tanto le tocaba, restregaba sus pechos casi sin tocarlos y lo volvía locos con su lengua. De pronto Yukiteru tuvo que mover su rodilla y es ahí cuando sintió la erección de Aru presionarle. Movió la pierna para enterrarla ahí; no estaba del todo dura pero llegaba ahí. Siguió con eso, deseando saber su funcionamiento.

Aru tembló y arrojó un sonido contrayendo los labios, como si le hubieran herido o se hubiera quemado. El ruido, no muy alto, resonó una sola vez contra las paredes y estalló en su cráneo. Yukiteru se dio cuenta de que lo tenía completamente a su merced. No se quejaría ni trataría de detenerlo como sucedía en las historias yaoi que Muru Muru seguía. Lo deseaba, a él y nadie más que él, y a Aru no le importaba hacérselo saber.

-Si me dices que eres virgen -jadeó, bajándole más los shorts para mayor libertad- creo que no me lo voy a creer.

Aru lo miró como si viera a través de una niebla.

-Piensa lo que gustes -dijo al fin-, pero no te detengas.

Por amor al cielo, ¿cómo resistirse?

Yukiteru acabó de sacarle el traje de baño, el muchacho siempre sosteniéndose por sus brazos, y le tocó su entrepierna. Su erecta, ardiente y completamente firme entrepierna. Aru interrumpió un suspiro, como si se ahogara en vapor. El dios los llevó a ambos contra la pared, apoyando la espalda del otro la pared opuesta. No sabía acariciar a otros, así que imaginó que estaba tocándose a sí mismo. Pensaría en los sonidos que podía sacarle a Aru, escucharía el perfecto coro que hacía con los suyos propios, en lugar de en las fotos de una revista porno.

El detective también quería participar. Yukiteru sintió la caricia en su bajo vientre, tocando su cadera, sin animarse a ir más lejos. Le miró el rostro. No lo veía.

-Oh, cielos, estás nervioso -comentó, riéndose. Aru abrió los ojos como si fuera la primera vez que oyera tal palabra-. Eso es adorable, ¿lo sabías? Nunca creí que te vería así.

-Es mi primera vez -contestó Aru, desconcertado.

-Así sí te creo -dijo, besándole-. También es la mía. Con un chico al menos.

-Entonces no te molesta… -Aru no sabía cómo pedírselo.

No lo diría por su cara, que se mantenía en neutro, pero parecía haberse olvidado la lección del día. Yukiteru se sonrió, más animado. Le gustaba causar ese efecto en Aru, generalmente tan confiado y en control de todo.

-Diablos, no -respondió-. Adelante.

Y le gustaba que él reaccionara también, que tomara parte activa en el asunto. Le hacía sentir que su cabeza no era la única que se sentía llena de agua y a punto de subir hasta el cielo por todo el vapor que se generaba. Después de haber recibido la venia, Aru finalmente deslizó la mano por entre sus piernas, manteniendo la otra mano sobre su hombro, y lo aferró. Yukiteru cerró los ojos un momento. Era mucho, mucho mejor cuando otra persona lo hacía.

-Ya -dijo, llevándose su propia mano de atrás y adelante-. Sigue. Hazlo como si te estuvieras tocando tú solo.

-Entiendo -respondió Aru-. ¿Así?

Yukiteru se mordió los labios. Las piernas le pesaban. Iban a hundirse irremediablemente a ese paso.

-Perfecto.

Wakaba se detuvo un momento un momento en la orilla y se acomodó su largo cabello sobre el hombro. Yukiteru flotaba cerca de ella, dejándose llevar por el movimiento del agua, sin ninguna preocupación que turbara su nado. La muchacha sonrió. Un año había pasado ya desde que comenzaran a salir y todavía no podía dejar de pensar en él como una especie de niño crecido. Revisó la hora en su reloj. Ya llevaban dos horas en la piscina. Pronto anochecería.

-Yukki, ya es tarde -anunció-. Mejor ve saliendo.

-Vale.

Yukiteru se puso de pie y miró alrededor.

-¿Adónde se fueron Akise-kun y Tenshi-kun?

-Se fueron hace un rato. ¿No te diste cuenta?

La voz de la chica expresaba cierta exasperación. Quería mucho a Yukiteru pero juraba que nunca había conocido a nadie más distraído. La clase de persona que si no tiene la cabeza pegada ni se daría cuenta de que la ha perdido.

-La verdad es que no -dijo Yukiteru, nadando hacia ella. Salió de un salto y aceptó la toalla que ella le tendía para secarse el rostro-. Debo haber estado divirtiéndome mucho para notarlo.

La muchacha suspiró para sus adentros. Era inútil. Al final siempre se las arreglaba para evaporarle el menor disgusto.

-Ese chico, Tenshi-kun, es un poco raro, ¿no crees?

-¿Lo dices porque se parece a mí?

-En parte, sí. Si no fuera por el tono de la piel, el cabello y los ojos serían exactamente iguales. Pero eso puede ser una coincidencia. Dicen que para todo mundo en alguna parte hay un doble exacto.

-Pero si tenemos el mismo color de ojos.

Wakaba arqueó una ceja.

-Me refiero a la forma en que mira. Es como si fuera mucho mayor de lo que es. Y tiene una cara tan seria a menos que esté hablando con Akise-san. Me pone algo nerviosa, la verdad.

-Bah, a mí me parece un buen chico. Tiene que serlo si Akise-kun sale con él. Será que actúa así porque no nos conoce.

Wakaba lo miró. Yukiteru siempre prefería suponer lo mejor de la gente. Él era así.

-Sí, tal vez.

Pero no lo creía. En los breves momentos en que había atrapado a Tenshi mirando para otro lado que Akise había percibido cómo su rostro se ensombrecía, como si ese fuera su verdadero estado natural. Nada más al ver al aspirante a detective sus ojos recuperaban el brillo y podía pasar por un joven normal, aunque todavía algo crecido para su edad. Ignoraba cómo actuaría si viera a Yukiteru de esa forma, si en lugar de su cara abierta de siempre encontrara una expresión vacía y taciturna. Probablemente no lo soportaría.

Entonces vio al par de jóvenes acercarse por la orilla. Los dos llegaban empapados y algo agitados.

-Ahí están -dijo Yukiteru, adelantándose-. Moe-chan dice que ya se está haciendo tarde, así que deberíamos ir a cambiándonos antes de que se haga de noche -De pronto parpadeó en dirección al detective-. Akise-kun, ¿qué tienes en el cuello?

El dios creyó que se le caía el alma a los pies. Idiota. ¿Cómo se pudo haber olvidado de que le dejaría marcas? El detective se tocó el moretón de su clavícula como si tal cosa.

-Ah, ¿esto? Me golpeé con el borde de la piscina mientras nadaba -mintió con perfecta naturalidad-. No me fijé en lo que hacía.

-¿No te duele?

Aru sonrió. No sabía cómo, pero Yukiteru estaba seguro de que la dirigía a él aunque mirara al otro.

-No, en lo absoluto.

Wakaba observó el círculo rojizo de su cuello, ajustándose los lentes.

-A mí no me parece producto de un golpe.

Diablos.

-Ah, no, Aru, es una mancha -intervino Yukiteru, tomándole del hombro-. Será ese helado con jarabe que comiste hace poco. Deja que te lo quite.

Apoyó la palma ahí y envió su energía. “Vamos, vamos, apúrate.” Levantó la vista a los ojos del detective y supo que él se estaba divirtiendo de lo lindo con la situación. Gruñó mentalmente. Al alejar su mano vio con alivio que su piel volvía a estar intacta.

-¿Lo ven? Ya está como nuevo.

El otro Yukiteru cabeceó, satisfecho, mientras su novia continuaba viéndolos con patente curiosidad. Él se apresuró a tomar una toalla del suelo y hacer como que se limpiaba las manos. No podía hacer nada para impedir que pensara lo que quisiera.

-Bueno, vamos a cambiarnos -dijo Aru.

Las estrellas habían vuelto a hacerse notar cuando Yukiteru acompañó a Aru a su casa. Habían pasado ya tres horas desde que compartieran esa experiencia en la piscina y, finalmente lejos de su doble y la chica, por fin se sentía listo para dejarse inundar por las emociones positivas almacenadas durante toda la tarde. El final feliz en realidad no había sido la mejor parte, aunque no era tan tonto para negar lo mucho que la había disfrutado. La mejor parte había sido cuando se dio cuenta de la clase de relación que tenían ellos dos y que iba más allá de cuestiones como las de chico o chica. Era como un niño descubriendo el nivel secreto de un videojuego que creía ya superado.

-Bueno, aquí estamos -dijo Aru, deteniéndose en frente de su casa-. ¿Quieres entrar?

-¿Tus padres van a estar?

-No, hoy saldrían hasta tarde -afirmó el detective.

-En ese caso… -De pronto su voz fue opacada por un sonido electrónico salido del bolsillo del otro. Sonaba a un tonada techno. Aru sacó su celular y su cara se puso de nuevo en neutro-. ¿Pasó algo?

-No, sólo mis padres diciendo que volverán pronto con la cena -Aru tecleó una rápida respuesta y lo guardó-. Lo lamento. ¿Lo dejamos para otro día?

-Claro -asintió Yukiteru, feliz-. Para ser mi primera cita con un chico fue genial. Me divertí mucho. ¿Crees que podamos repetirlo? Sólo nosotros dos, de preferencia.

Aru le dirigió una mirada enternecida.

-Sí, desde luego.

Yukiteru se sonrió.

-Entonces llámame un día que estés libre.

-De acuerdo. ¿Volverás a tu casa ahora?

El dios elevó la vista al cielo. Después del calor de la tarde había venido un aire de frescura. Ligeras ráfagas de viento le alborotaban el flequillo.

-Nah, es una noche tan bonita que creo que daré un paseo. De todos modos ya sabes que no tengo por qué temerle a los asaltantes.

-Lo sé. Voy a esperarlos adentro entonces. Que tengas buenas noches.

-Tú también -Yukiteru se giró para bajar a la ciudad.

Aru lo vio partir desde la puerta de su casa. Volvió a sacar el celular y leyó de nuevo el mensaje de Deus. Su verdadero padre, si quería ser exacto. Sólo en contadas ocasiones lo convocaba en su presencia y que él recordara jamás para algo bueno. Vaya manera de acabar un día tan fabuloso. Pero ya sabía que no tenía opción. O él iba o aparecería Muru Muru para “convencerlo” de ir. Entró en la casa vacía y dejó las llaves en el bol metálico de siempre.

Era cierto que sus padres llegarían tarde. No habría nadie que lo molestara mientras visitaba su mente iba de viaje. En su habitación cerró las ventanas y apagó las luces. No hacía la menor diferencia, pero se sentía más seguro así. Se acostó en la cama y cerró los ojos.

Al volver a abrirlos se encontró en una de las incontables Salas de Causalidad. En el centro mismo predominaba el “trono” de Deus, elevado en el aire, y arriba el mismo dios en persona. Sintió pena de él, a su pesar. Tenía un aspecto lamentable y se le notaba débil. No le quedaba mucho tiempo.

-¿Me llamaste, Deus? -se presentó, poniendo las manos en los bolsillos-. ¿Para qué me necesitas?

-Ah, Aru -dijo la divinidad levantando un poco la cabeza para verlo. Fue entonces que el muchacho vio las rajaduras de su rostro, las partes que ya habían caído-. Muru Muru me dice que ha notado un cambio significativo en el balance de causa y efecto.

La demonia, flotando cerca sobre una bola blanca y comiendo ramen, asintió con la cabeza. Aru comenzó a acariciar el adorno de su celular, el del fantasma oscuro. Desde hacía tiempo esperaba algo así.

-¿No has notado algo fuera de lo común, Aru?

La expresión del joven no varió en lo absoluto.

-No. Todo ha estado muy aburrido últimamente.

La divinidad lanzó un suspiro. Sonaba el paso del aire por un edificio abandonado desde hacía tiempo. Desde adentro hacia afuera se estaba vaciando, pensó Aru. Apretó la figura de Shuei en su mano hasta sentir las puntas del cabello de plástico clavársele en la piel.

-Ya veo. Bueno, deja al menos que agregue tu cuaderno a los Registros Akáshicos para la posteridad.

Aru le entregó su libreta negra a Muru Muru, quien se elevó en el aire para alcanzársela a Deus. Arriba de él, el techo se abrió mostrando un infinito vórtice de información guardada durante milenios de existencia. La pequeña libreta, un punto minúsculo comparado con la mano deteriorada del dios, permanecía abierta en el aire mientras las letras eran elevadas, uniéndose con el resto. El proceso entero no duró más allá de unos minutos y cuando Aru volvió a tenerla en sus manos, la libreta volvía a estar en blanco. Desde los ocho años no había necesito cambiarla por ninguna otra.

-¿Todavía no han escogido a un sucesor? -preguntó, porque creía que era lo menos que podía hacer.

-No, desafortunadamente no. Hemos contemplado todas las posibilidades desde el fracaso con los diarios del futuro, pero todas conducen a la sencilla destrucción del universo. Estoy empezando a creer que tendré que escogerlo personalmente en lugar de esperar su surgimiento.

-Probablemente sea lo mejor -respondió Aru.

Estaba a punto de irse cuando de pronto notó a la demonia acercársele mucho al rostro, fijando la mirada en su perfil. Sabiendo que eso era lo que más la irritaba, el detective hizo como que apenas se diera cuenta.

-¿Sucede algo, Muru Muru?

-No tienes ninguna cicatriz -señaló la demonio con su pequeño dedo-. Una herida de navaja normalmente deja marcas. Tuviste un encuentro con una hace semanas y no tienes nada.

El dios elevó las cejas, interesado en la conversación. Aru la miró como si fuera cualquier persona de la calle preguntándole la hora.

-¿Ah, sí? ¿Y qué tiene eso de raro con las cremas curativas de hoy en día? Apenas fue un mínimo roce, completamente insignificante. ¿Hemos acabado aquí, Deus?

El divino susodicho tardó un tiempo en responderle, rascándose lo que le quedaba de mentón.

-Sí, Aru. Puedes retirarte.

-Gracias -le dirigió un gesto de saludo a ambos y desapareció.

Muru Muru miró con suspecha el lugar por el cual se había ido. Masticó una gran bolsa de ramen y subió hasta estar a la altura de su superior.

-Ya te dije que no me fío de ese chico, ¿no?

-Incontables veces -respondió Deus, girando sus ojos-. Pero tendrás que obviarlo. Si no encuentro a un digno heredero pronto no me quedará de otra que confiarle a él mis poderes.

Ellos ya lo habían pensado y los posibles desenlaces para semejante decisión eran infinitos.

-Sería un dios terrible -opinó Muru Muru, ofuscada.

Yukiteru literalmente flotaba por sobre los edificios de Sakurami. ¿Para qué contenerse si de todos modos podía hacerse invisibles? Bajaba sólo para tocar un techo con el pie y entonces pretender que daba un salto espectacular de película de acción. Creía que iba a explotar y gastar energías fuera lo único que lo mantendría de una pieza. No recordaba haberse sentido así nunca en su vida. Ni siquiera con Yuno. Y la razón era dolorosamente sencilla; no tenía tiempo entonces. Vivía tan asustado que no se dio una oportunidad de disfrutar la simplona felicidad que acompañaba el inicio de una relación.

Sólo ahora podía defenderse de lo que fuera por su cuenta y no tenía que depender de nadie. Por primera vez era libre. Incluso llegaba a preguntarse cómo sería pasar una noche entera con Aru y sentía que tenía que dar un alto más alto que el anterior para contener tanta emoción. Lo recordaba tan claro como si acabara de verlo y quería ir a verlo, aunque todo lo que acabaran haciendo fuera ver alguna película de detectives. Lo cual le llevó a pensar en que esa sería una segunda cita perfecta. Una buena película de detectives, quizá una en blanco de negro como el póster que tenía en su cuarto. Sobre Sherlock Holmes. Pero no conocía ningún título con Holmes. Debería investigarlo en la red cuando volviera.

Pensaba en la conveniencia de pedir una pizza entonces cuando lo vio. El chico hindú elevaba la vista desde la acerca. Yukiteru se encontraba a diez metros del suelo pero distinguió claramente el brillo rojo de su ojo. Era como un láser de largo alcance apuntándole al rostro. No habría acabado de salir de su asombro de no ser porque volvió a tener su voz dentro de su cabeza.

“¿Te divertiste con Akise Aru?” La mención de aquel nombre fue la gota que derramó la gota del vaso casi lleno desde el primer encuentro. Yukiteru no permitió ningún intermedio; se lanzó directamente como un torpedo hacia aquel muchacho. Lo único que su vista pudo retener fue el punto rojo, ese maldito punto rojo, que lo miraba.

Pero cuando llegó, de nuevo se había quedado sin nada. Había desaparecido de nuevo.

-Aquí atrás -dijo la voz en su cabeza, fuera de ella.

Yukiteru se giró rápidamente y estiró la tela oscura de su muñequera para rodear el cuello del muchacho. Este no hizo el más mínimo ademán de apartarlo. Quiso sacar algo del bolsillo y Yukiteru apresó su mano con el otro brazo.

-Tranquilo -dijo, calmado, abriendo la palma. Una cadena de oro se extendió sosteniendo un reloj-. No es un arma. No busco peleas.

-¿Entonces qué diablos quieres? -le espetó el dios-. ¿Por qué sigues persiguiéndome?

El chico sólo sonrió, sin la menor intención de contestarle. Ahora que tenía oportunidad de verlo mejor, Yukiteru se dio cuenta de que era bastante joven; le calculaba apenas uno o dos años más que Aru. Apretó la tela que tenía por collar, pero no arrancó ninguna expresión de miedo. Él veía claramente al cuello contraerse.

-Vamos, vamos. No hace falta ponerse así.

No era humano. No respiraba.

-¿Quién eres? -le preguntó, intentando disimular su inquietud.

-Ah, esa es una mejor pregunta -El chico hindú sonrió. Su voz no variaba en nada por tener la garganta completamente aplastada. Su acento se marcaba por la forma perezosa de pronunciar la ese-. Mi nombre es Sirf, pero tú puedes llamarme El Mecánico. Es un poco obvio el por qué, ¿no?

Se señaló el ojo rojo con su brazo mecánico. Yukiteru siguió viéndolo con desconfianza, pero aflojó el agarre sobre él. Había tenido las suficientes peleas para distinguir a un oponente y aquel no lo parecía. Los pedazos de tela volvieron a sus muñequeras.

-¿Qué quieres?

-Decirte sólo una cosa -Sirf, El Mecánico, abrió la tapa de su reloj y miró en él. Chasqueó la lengua-. Ya te queda poco tiempo, Yukiteru. A este mundo, más bien. Aprovecha mientras puedas. Tómalo como un consejo amistoso.

-No entiendo de qué hablas.

-Sí, nunca has sido el más listo de los doce, eso está claro -Yukiteru sintió que se le secaba la boca. ¿Incluso sabía eso? Sirf cerró con un chasquido el reloj-. Como sea, en realidad sólo era eso. Yo que tú huiría mientras pudiera. El tiempo corre.

Un portal apareció a sus espaldas. No era como los que Yukiteru usaba, oscuros e insondables. Ese parecía una construcción de metal, con miles de piezas girando en círculos hasta el infinito. De ahí salía un viento que se elevaba las largas vestiduras del hindú.

-No deberías estar aquí, Yukiteru. Pero ya que estás y sin duda eres muy estúpido para largarte, siquiera haz el esfuerzo para darle a Akise Aru algo bueno. Ya sabes, antes de… -Pasó el dedo por su cuello, sacando la lengua. Yukiteru sólo pudo verlo estupefacto. Su pobre corazón latía desesperado, apretujado en la caja más pequeña del mundo. Sirf volvió a revisar la hora-. Ah, ya se me hizo tarde. Cada segundo cuenta, ¿sabes? Tengo trabajo que hacer. Si tenemos suerte no volverás a verme.

Sonrió una última vez y dio un paso atrás, siendo tragado en el acto por su portal. Este también desapareció dejando el implacable sonido de la maquinaria siguiendo su curso.

(*) Tenshi Shuei: Según mi diccionario de japonés, “Ángel guardián”

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