El caso del dios triste. 11

Capítulo 11

Máxima prioridad

El niño elevó la vista al cielo. La luz del sol se reflejó en sus lentes oscuros, dibujando la sombra de un pájaro que pasaba cerca. Un gesto de desagrado en su rostro. Le molestaba la luz. Tan brillante, tan caliente. Casi le hacía extrañar su hogar anterior. Pero de todos modos, pensó, dándole una lamida a su helado de chocolate, antes tampoco tenía ese sabor al alcance de la lengua o la libertad para moverse.

Libertad. Esa era la palabra clave. No estar sujeto por más cadenas. Mientras tuviera eso, podía soportar lo que fuera. Incluso a ese cochino sol.

Caminar en medio de la calle no era algo que un niño normal haría. Por eso él lo prefería a la acera. Tampoco era que hubiera mucho tráfico por ese camino hacia las montañas…

Pero ahí justo llegaba un auto a contradecirlo. No, dos. El otro acababa de cruzar la esquina. Iban muy acelerados. Sería una persecución o algo así. El niño se quedó viendo mientras uno se le abalanzaba encima. Cuando ya faltaba poco, él sonrió. Ya sabía quién andaba conduciendo.

El auto produjo un chirrido al girar bruscamente de dirección. Atravesó el límite de la calle y se lanzó hacia abajo. Sólo que no se lanzó en picada, como uno esperaría. En su lugar salió planeando igual que un avión de papel, con una ligera turbulencia. El niño tuvo tiempo de dar dos lamidas más mientras observaba a ese curioso aeroplano descender hasta la calle al nivel del suelo. Se bamboleó un poco pero aparte de eso fue un buen aterrizaje. En cuanto al otro…

Él también giró pero por muy poco. El niño sintió que los cabellos de su frente se movieron cuando el frente del vehículo le pasó rozando el rostro y daba unos zigzags por el camino antes de estrellarse contra la pared de piedra. La parte delantera del vehículo se abombó, comprimiéndose contra sí misma. No parecía haber sufrido algún otro daño.

Se acercó dando saltos hasta la ventana del conductor. Las ventanas polarizadas estaban bajadas, por lo que pudo ver claramente las bolsas de aire salidas del volante y debajo de la guantera. Los pasajeros de atrás, tres hombres, se habían salvado gracias a los cinturones. Cuando la bolsa de aire comenzó a desinflarse se vio el arma que llevaba el conductor: un revólver. Todos los pasajeros estaban bien, aparentemente. Un poco aturdidos por el golpe, nada más.

-Ah, ustedes son los chicos malos, ¿no? -preguntó el niño.

El conductor lo miró con odio.

-Pequeño mocoso endemoniado -escupió entre dientes-. ¡Mira lo que le hiciste a mi auto!

-¿A esta vieja chatarra? -dijo el niño, dándole una patada a la puerta-. Deberías agradecérmelo. Ahora tienes una excusa para conseguir algo mejor.

Él no sabía absolutamente nada de autos, pero ese le parecía feo y punto. El conductor, un sujeto de cabeza rapada y la oreja llena de piercing, enseñó los dientes igual que un perro rabioso.

-¿Vieja chatarra? ¡Este es un modelo nuevo! Ya verás, imbécil… -Hizo ademán de levantar el revólver pero el copiloto atajó su mano.

El niño lo vio. Era mucho más joven que el otro pero aun así un adulto. Cabello teñido de rubio y el flequillo lacio casi tapándole un ojo, encima del cual llevaba un piercing en la ceja también teñida. Llevaba un punto brillante de metal en la nariz y los ojos, de un azul feroz, delineados de negro.

-Ya déjalo, Yon.

-Bromeas, ¿no? ¡Por culpa de este inútil los hemos perdido!

-Oye, siempre tienes que insultar a alguien, ¿no? -dijo el niño con fastidio. Ya se estaba cansando de tanto sobrenombre-. Qué patán. Y yo que quería pedirles ayuda.

Esperaba con eso intrigarlos lo suficiente para que le preguntaran de qué se trataba, pero ni siquiera lo oyeron.

-¿Eres tonto o te haces? ¿No viste que el otro auto se salió de la pista? Si esos dos resultan muertos de la caída habrán salido con suerte.

-En realidad eso no fue lo que pasó -aportó el niño pero de nuevo lo ignoraron.

-¿Y la cinta? ¿Qué me dices de ella? ¿Qué haremos si la policía la encuentra? Estaremos jodidos y todo por este jodido niño, que Dios sabe dónde diablos andarán sus padres.

-No tengo padres.

-¿Tú crees que seguirá intacta después de tremendo golpe? -El chico del pelo teñido negó con la cabeza-. Créeme, ahora mismo nos hemos salvados.

-No me vengas con eso, joder. ¡Mira lo que le pasó a mi puto auto! ¡Me va a costar una fortuna repararlo!

-Ustedes realmente son idiotas -espetó el niño, ya completamente enojado-. ¡Intento darles una oportunidad de trabajo y no me están…!

-¡Y tú! -vociferó el hombre, apuntándole con su arma. El niño elevó ambas cejas porque nunca había visto a un arma tan de cerca-. No sé de dónde coño saliste o qué haces aquí, pero estoy muy encabronado y lo último que quiero es a un jodido infante dando la lata.

El niño lo miró a él. Su cara roja, toda tensa, y varias penas saliéndole del cuello. Parecía que su cabeza era un cohete a punto de despegar. Luego miró el instrumento. Tenía un cañón muy largo, amenazante. Suspiró.

-No quería hacer esto tan pronto. Ahora perderá su efecto dramático -dijo, quitándose los lentes.

El hombre se quedó absolutamente anonadado al ver que en lugar de un par de ojos, tenía a dos hoyos negros contemplándole. Él no lo sabía, pero así mismo se veían los hoyos negros del espacio. Mientras su cerebro se esforzaba por procesar la imagen, sintió una especie de succión y su revólver fue tragado por esos hoyos, igual que si se lo llevara el sumidero de una tina. El niño parpadeó un par de veces y volvió a colocarse los lentes. Todos, incluido el chico del pelo teñido, miraban con un dejo de terror y asombro. También lo había hecho el vendedor de helados antes de que hiciera desaparecer su vaso con las propinas.

Parecía que después de todo había conseguido impresionarlos.

Después de haber salido disparados de la pista, Aru se aferró a la guantera del vehículo que habían robado de los maleantes. La grabadora, su única prueba para probar la venta de animales exóticos para el mercado negro culinario, atada por un cordel a su muñeca, se mantuvo elevada unos segundos en el aire por fuerza del movimiento brusco al girar. Vio el asfalto que les esperaba debajo a través del parabrisas.

-Esto no pinta bien, Shuei-kun -dijo, sin poder evitar derramar una gota de sudor.

Yukiteru agitó su cabeza y apretó el volante. No debía dejar de concentrarse en llegar con bien.

-Ya lo sé. Tranquilo, yo me encargo -Yukiteru dirigió su mano hacia arriba, hacia el techo del vehículo, y desde ese punto una mancha negra se extendió. Impulsó todos sus pensamientos a la estabilidad del auto.

De pronto la sensación de estar cayendo sin remedio se detuvo. En lugar de ver al asfalto en línea recta, Aru lo observó desde la ventanilla de su lado, todavía acercándose pero mucho más lentamente. Ellos iban paralelos hacia él.

-Increíble -dijo, casi sin aliento.

Había visto películas con autos voladores, leído noticias de algunos creados… pero no sabía que sería así. Se recostó contra el asiento, sintiendo un alivio tan grande que creía haberse librado de una mochila llena de piedras. Observó a Shuei el resto del viaje y, a pesar de que no le gustaba nada la expresión de su rostro, permaneció en silencio hasta el aterrizaje. Al final pareció que el esfuerzo le costaba demasiado y no tuvo más opción que dejarlos caer, afortunadamente a pocos centímetros del suelo, causando que tuvieran que saltar sobre sus asientos.

Shuei se echó hacia atrás, respirando agitadamente. Supuso que hacer volar un coche sin duda no era algo a lo que estaba acostumbrado y que demandaba mucha más energía que sólo elevarlos a ellos dos y su bicicleta. Tenía sólo una parte de razón, pero no lo sabía.

Yukiteru se sentía como si hubiera corrido una maratón de varios kilómetros. La cabeza le estaba matando a pulsaciones y apenas conseguía agarrar el aire suficiente para llenar su pecho, el cual le parecía a punto de explotar. No era por hacer volar el coche. De hecho él no estaba seguro de por qué era.

Había vuelto a verla. La muerte de un dios. Sólo fue un segundo pero durante ese momento el pánico había vuelto a apoderarse de él. Para cuando recuperó la visión ya estaban cayendo por el precipicio y se arriesgaba a que tanto sus sesos como los de Aru el vidrio. Le sorprendió que le costara algo mantenerse en flote. Generalmente flotar o hacer volar algo era igual de sencillo y natural, pero esta vez tuvo que concentrarse realmente en ellos.

Ahora que estaban a salvo, los temblores volvieron. Dos veces. Ya eran dos veces que veía un reflejo de la muerte. ¿Qué significaba? Lo peor era que cada vez que trataba de pensar en eso, todo lo que le aparecía en frente era la imagen del tal Sirf consultando su reloj y haciendo el gesto del muerto. Ni siquiera entonces tenía claro a qué se refería y menos ahora. Podía ser cualquier cosa. El Tercer Mundo. Él. Aru. Todo.

Se abrazó a sí mismo. Quería desaparecer. Quería irse y no tener que vivir esa experiencia nunca más. La muerte no tendría que tocar a su puerta si tan sólo hacía eso.

Aru todavía estaba ahí. Aru estaba ahí y se había inclinado para apretarle una rodilla. El dios lo observó, casi incrédulo de su existencia, y no pudo responder al beso que el detective le dio. Un beso que él no merecía. Quiso llorar. ¿En qué estaba pensando? No podía abandonarlo.

-Aru…

Tenía tantas cosas por decirle. Confesar su cobardía, por una parte. Confesar que si volvía a pasar por eso se volvería loco, por otra. Incluso deseó soltarle toda la verdad de una, sólo para poder quitársela de encima.

-No importa -dijo Aru, besándole de nuevo, empleando la lengua para obligarlo a reaccionar. Yukiteru lo hizo sólo porque no le dejaba otra opción. Entonces sintió el cambio de posición y se dio cuenta de que el muchacho se estaba sentando sobre sus piernas-. Sea lo que sea, no importa ahora.

-Pero… -Aru le calló con su boca.

-Hazme caso -le pidió el detective, acariciándole el rostro-. Ahora no estás pensando bien. Estás agitado. Lo principal es que te calmes -Le besó la mejilla y siguió su camino hasta el cuello-. Te pasó otra vez, ¿no es así? Lo del bosque. Vi cómo tus ojos se perdían antes de caer.

Yukiteru le abrazó por la espalda. Estaba tan feliz de que estuviera ahí. Eso era lo que en verdad le hacía falta.

-Sí.

-¿Quieres hablar al respecto?

Yukiteru sintió una punzada helada atravesarle el pecho. Como un golpe de bala. Esa visión de nada, de no existir era demasiado reciente. Y si a él lo asustaba a Aru lo espantaría.

-No -soltó.

-Entonces guárdalo -Aru le apartó el flequillo. Era un buen actor cuando quería, pero cuando se ponía así la idea de que fingiera era impensable. Sencillamente nadie podía fingir esa mirada-. Cuéntalo cuando estés listo, ¿de acuerdo?

Yukiteru se relajó. Podía olvidarse de eso por ahora en lugar de revivir el horror. Podía olvidarlo si tenía a ese detective distrayéndole hábilmente. Y de paso se recordaba por qué no quería irse a ningún lado.

Ayudó al detective a quitarse la chaqueta de encima y le abrió los botones de la camisa desde el abdomen y subiendo. Al final se topó con su corbata negra estorbándole y abrió el nudo impacientemente.

-Esta maldita cosa tuya… -gruñó.

-¿Qué tiene?

-¿Qué clase de chico de 15 años anda por ahí con corbatas? -Se la abrió por completo y, tirando de los extremos, acercó el rostro del detective al suyo para morderle el labio inferior-. ¿Ves? Este sí es un buen uso.

Aru sonrió.

-Puedes atar otras cosas con ella si quieres.

-¿Me estás dando ideas pervertidas?

-Desde luego -Aru acabó de abrirse la camisa y la dejó caer sobre el volante. Yukiteru perdió la respiración un segundo. Perfecto. Absolutamente perfecto-. ¿Cuál es el sentido de estar en una relación si no se puede compartir toda clase de ideas?

-Cuidado, te lo puedo tomar en cuenta -advirtió el dios.

Pasó la corbata hasta la altura de su pecho y lo acercó del mismo modo que su cabeza para lamerle los pezones. Empezaban siendo suaves pero se ponían duros mientras más les pasaba la lengua y la respiración de Aru se hacía pesada. Le encantaba lo fácil que era ponerse a chuparlos o jugueatear con ellos entre dientes. Definitivamente esa sería una de sus partes favoritas del detective. Pero más que nada por el respingo que le arrancó, por el temblor indefenso que lo recorrió desde la cabeza a los pies.

-Hazlo -jadeó Aru-. Sé que me gustaría.

-Pervertido -dijo Yukiteru subiendo a su cuello y comenzando a succionar. Se sentía un vampiro. Quería chuparle todo, el cabello blanco, las piernas, su tranquilidad, su cerebro manipulador, su manera de verle y cuidarlo, aunque fuera mucho más poderoso y debería ser al revés, su silencio comprensivo. Quería todo de él-. Aru…

De pronto supo lo que iba a decirle y su boca se detuvo, paralizada. Aru nunca llegó a percatarse porque ese fue el momento en que se oyó el tono de su celular. Sacó el aparato de sus pantalones y, para sorpresa de Yukiteru, lo besó mientras atendía.

-Kurusu-san -dijo. Le lamió el lóbulo de su oreja. Yukiteru no podía creerlo. ¿No iba a detenerse ni por una llamada del detective? Tuvo que morderse los labios para no gemir cuando Aru bajó la mano hasta su entrepierna-. Sí, al parecer los datos eran correctos. Había todo un grupo reuniéndose en el planetario para hacer una venta de animales exóticos.

Se suponía que ellos sólo iban a comprobar los rumores. Como eran un simple par de jóvenes no levantarían sospechas. Tomar esa información y enviar un mensaje para alertar a las autoridad. Nada más y nada menos. En su lugar, y porque un lobo siberiano se ensañó con su capucha, tuvieron que esquivar balas, robar un coche y huir del lugar con cinco de aquellos sujetos pisándoles los talones. Saltar de un precipicio hacia una muerte segura de no ser por sus poderes. Yukiteru vio por el retrovisor la jaula vacía que ocupaba todo el asiento trasero. No quería ni pensar qué clase de bestia albergaba antes. Podría haberlos hecho desaparecer con un movimiento de su mano pero Aru no le dejó hacerlo, alegando que eso no formaba parte del trabajo. Eran Kurusu y la policía los que debían encargarse de ellos.

Tampoco le permitió alejarse volando porque entonces comenzarían los tiros y cualquier bala perdida podía darle a la grabadora. Tuvo que aceptar que si bien podía esquivar unas balas, no podría contra todo un batallón, sobretodo llevando a Aru en brazos. De modo tal que sólo les quedó aquel vehículo y hacerlo encender “mágicamente” después de que el detective hiciera algunas conexiones con los cables bajo el volante.

No habían tenido tiempo de enviar ningún mensaje, la cosa más sencilla. A lo mejor no veían con buenos ojos los imprevistos inevitables que habían tomado. A pesar de que había sido Aru quien le fue con el dato a la policía, coincidiendo con rumores que ya se escuchaban por la ciudad. Seguir a esos maleantes hasta descubrir su lugar secreto de reunión le costó nada más que unas horas con la foto de su líder, mientras la policía andaba sin ninguna pista. El muchacho de pelo blanco se había inventado toda una historia sobre una vigilancia constante en los sitios menos concurridos de Sakurami y cómo, finalmente, sólo ante el planetario se reunían varios autos al anochecer.

-Tenemos la cinta para probarlo -dijo el detective, presionando. Yukiteru acercó la cabeza a su pecho y le dio una ligera mordida al pezón. Dos podían jugar a lo mismo. Aru no dejó escapar ningún sonido, pero la mano que tenía sobre él se tensó-. Sí, se escucha claramente toda la conversación. Nos descubrieron pero logramos escapar ilesos -Yukiteru le acarició bajo el pantalón con ambas manos. El detective, con la boca cerrada y todo, emitió un mmm desde la garganta. Al dios le excitó descubrir que ese juego le encantaba tanto como a él-. Sí, estoy bien. Tuvimos que dar una carrera para perderlos. Es posible que hayan chocado de camino a las montañas, no pudimos verlos. De acuerdo, los esperamos.

Aru le indicó el nombre de una calle y colgó.

-Lo lamento, pero esto tendrá que esperar -dijo, privándose de su peso para volver a su asiento.

Agarró su camisa y empezó a abotonársela.

-¿Por qué? -preguntó Yukiteru, casi enojado por dejarlo así.

-A mí no me hace feliz tampoco, pero es mejor moverse hasta un punto donde sea lógico que hubiéramos llegado después de perderlos. Ese camino nos habría tomado unos 35 minutos bajarlo en automóvil pero sólo fue un cuarto cayendo por un lado. La policía llegará en otros 10 minutos. Por no mencionar que por esta zona hay un límite de velocidad en cada curva, imprescindible para evitar accidentes. Si nos encuentran aquí sería más bien sospechoso que los del choque no hubiéramos sido nosotros. Creí que nos darían tiempo yendo hacia el planetario, pero Kurusu-san insiste en que es importante resguardar la evidencia antes de hacer una redada. Es mucho más sencillo y conveniente para nosotros retroceder.

-Bueno, si lo planteas de ese modo a lo mejor tienes razón -dijo Yukiteru, renuente, mirando por la ventana de su lado con un puchero.

No era justo.

Aru acabó de arreglarse la corbata y volvió a inclinarse sobre él para manipular los cables. Yukiteru se obligó a no pensar en lo cerca que estaba de su problema, pero a vez adelantó un poco la cadera como si esta tuviera mente propia. En cuanto hizo la maniobra correcta el auto volvió a adquirir vida y ronroneó a su alrededor.

-En todo caso -agregó Aru, sentándose de nuevo-, es otro caso resuelto.

Yukiteru quitó el freno de mano y puso la primera. No se dignó a responderle. Era una suerte que todavía recordara las lecciones aceleradas de manejo que una vez le diera Yuno. Sorprendentemente esa era una habilidad que Aru todavía no había adquirido por no encontrarle uso. Mientras Yukiteru forzaba el vehículo a moverse (notando cuán obvio era una rueda desinflada, consecuencia del golpe al aterrizar), el detective observó por la ventana, listo para decirle cuál sería el mejor lugar para detenerse. Una vez en camino el dios lo miró de reojo. Era de verdad inaudito cómo podía pasar de un estado a otro, de caliente a templado en menos de unos segundos. Viéndolo uno no creería que hacía apenas unos minutos estaba semi-desnudo y tentándolo hasta el punto de perder de vista su misión inicial.

Igual el reflejo de antes.

Yukiteru se sonrió. Las dos ocasiones en que lo había visto Aru ya estaba ahí. La primera le había hecho reconocer lo necesario que era el detective para su vida, para mantenerse a flote. Esa segunda quizá le serviría para reconocerle al detective otras cosas.

-Gracias -dijo de repente, sin despegar la vista al frente. Daba igual que Aru lo mirara o no. Se había prometido que ya no tendría miedo y eso incluía expresar ese tipo de ideas. Una parte oscura de sí mismo susurró que tal vez no tendría otra oportunidad-. Por lo de antes. Sé que para ti no debe ser fácil convivir con alguien como yo sin hacer preguntas. Es decir, me pongo en tu lugar y pienso que me volvería loco, creyendo que estoy viendo alucinaciones. Quiero que sepas que lo aprecio.

Un largo período de silencio. El sonido de la llanta desinflada. ¿Había dicho algo malo? ¿Lo había ofendido de alguna manera?

-Detente aquí -dijo Aru.

A Yukiteru le costó un segundo entender de lo que hablaba y cuando lo hizo, llevó el coche hacia un lado del camino asfaltado, la zona del bosque. Separó los cables y el motor se apagó en el acto.

-Shuei-kun -Yukiteru se volvió. Aru no tenía pena en mirar directo a los ojos, dijera lo que dijera. Podía poner incómodo tan fácilmente como hacerte sentir acompañado-. ¿Recuerdas que te mencioné una vez que en cada caso existe una prioridad máxima y una mínima?

Yukiteru lo recordaba vagamente. Asintió.

-Bueno, respecto a tu caso, desde el inicio tenía claro que saber de ti sólo podía ser de prioridad mínima, sobretodo si perjudicaba a la máxima.

El dios arqueó una ceja, desorientado.

-¿Y cuál es la máxima?

-La misma para todo buen detective -afirmó Aru con simpleza, echándose hacia atrás, como si necesitara relajarse para develarlo-. Ayudar a las personas. Y ahora mismo la única persona que me interesa ayudar más que a nadie es a ti. No importa el costo.

-No puedes estar hablando en serio… -dijo Yukiteru, abrumado.

No tenía idea de que pensara de ese modo.

-Bueno -dijo el muchacho, regresando a su aire afable de costumbre-, en realidad no hace ninguna diferencia si crees en eso o no. De lo único de que debes estar seguro es que no te forzaré a nada para lo que no estés preparado y yo tendré paciencia hasta entonces, ¿de acuerdo?

El joven dios asintió, todavía algo inquieto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s