El caso del dios triste. 12

Capítulo 12

No en el fin del mundo

Incontables puntos rojos, provenientes de varias cámaras, apuntaron a Kurusu Keigo mientras éste salía de la estación de policía. A su lado, sirviéndole de apoyo, se mantenía en pie Nishijima con unas carpetas en las manos. Esa se suponía que era una conferencia de prensa organizada pero por lo visto la voz se había corrido entre las cadenas, porque por ahí había periodistas de periódicos tomando fotografías con flash y listos para anotar cualquier declaración que saliera.

-El caso de los vendedores de animales exóticos al mercado negro para su consumición ilegal sigue abierto -dijo a los micrófonos que se le ponían en frente-. De momento la policía ha incautado todos los animales que ha podido de tres de sus escondites, pero desafortunadamente no hemos podido dar con los criminales. A todos los habitantes de Sakurami les pedimos que se mantengan atentos a los hombres que hemos conseguido identificar -Kurusu extendió la mano hacia su ayudante y Nishijima le pasó cinco fotografías del interior de su carpeta. El mayor enseñó a todas las lentes cada una de ellas, pronunciando fuerte y claro los nombres con que los tenían registrados. Dejó para el final la imagen del que sospechaban jefe del grupo: un joven de cabello teñido para ser rubio.

Yukiteru no podía ver gracias a la cantidad de aparatos de grabación y cabezas que se amontaban, pero sí recordó el rostro al escuchar su nombre. Furasaki Mashita. Arrestado por cargos tales como tráfico de armas y drogas, aunque al final nunca se le pudo probar nada o pagaba el monte total de su fianza. Todavía le resultara increíble que sólo contara con 25 años, a pesar de haber sido él uno de los que logró identificarlo viendo los archivos policiales. Lo malo era que no tenían sus verdaderos nombres. La pantalla de Yukiteru daba nulos resultados cuando intentaba encontrarlos.

Cuando fueron al planetario, además de su cinta conteniendo la conversación incriminatoria, la policía encontró el coche de los maleantes impactado contra la roca pero a ninguno de ellos por ahí. Revisaron por toda la zona sin ningún resultado. Era como si se hubieran desvanecido en el aire.

-La policía tiene puestos de vigilancia en cada salida de la ciudad. Confiamos en atraparlos si acaso intentan escapar. Cualquier persona que tenga información al respecto, por favor, contacte a la línea directa de la policía y no intente ir a por ellos. Son considerados hombres peligrosos y posiblemente vayan armados.

Una vez terminado el discurso, los periodistas se dedicaron a sus preguntas. Todos eran la voz de una ciudad preocupada.

-Hacía tiempo que no se formaba semejante circo -comentó una vez a sus espaldas y tanto él como Aru se volvieron en el acto. Uryuu Minene, la antes famosa terrorista, llevaba un carrito con su único brazo bueno conteniendo a un niño dormido. Llevaba un vestido verde que no hacía mucho por disimular su siguiente embarazo. La mujer abrió su ojo de la sorpresa, del mismo modo que Yukiteru con los dos suyos-. ¿Y tú qué estás haciendo aquí?

Yukiteru deseó que entre sus poderes se contara la telepatía y decirle, sin que Aru se enterara, que no dijera nada al respecto. Pero no lo tenía y el detective entendió pronto lo que significaban esas palabras.

-No sabía que ustedes se conocieran -comentó, interesado.

Minene volvió a mirar al joven dios, quien hizo gestos sutiles a espaldas del otro para que no dijera nada. Era evidente que ella no tenía idea a qué venía eso pero, gracias al cielo, decidió seguirle la corriente.

-Ah, no, veo que me confundí -dijo la mujer, haciendo como que le echaba una segunda mirada-. Creí que sería tu compañero de clases Amano Yukiteru, ese chico tan torpe y simplón cuyo padre hicieron arrestar una noche por conducir con el permiso vencido -Yukiteru suspiró para sus adentros. Estaba tan aliviado que iba a obviar lo de torpe y simplón-. Pero en serio, ¿qué hacen tú y tu… amigo, Aru?

-Shuei-kun y yo ayudamos a identificar a los criminales. Tenía curiosidad por ver la reacción de la prensa al saber que habían desaparecido.

Minene alzó una ceja en dirección a Yukiteru, seguramente a causa del cambio de nombre. El joven sólo pudo encogerse de hombros. La mujer negó suavemente con la cabeza y se volvió al detective.

-Oye, Aru. Estoy muerta de hambre y necesito descansar. ¿Podrías ir a la panadería de la esquina por unas donas? Y llévate al niño contigo. Sólo se queda dormido cuando se sigue moviendo.

El detective sólo parpadeó, sorprendido, antes de aceptar amablemente el encargo. Recibió de mano de la exterrorista el dinero y tomó el mando del carrito para conducirlo al establecimiento. Minene le hizo un gesto al dios y fue a sentarse a un banco de piedra, echando la cabeza hacia atrás. No había mentido al decir que le hacía falta un descanso. Yukiteru casi no podía creer que esa madre agotada fuera la misma experta en explosiones que conociera antes. Ella necesitó de unos momentos para asimilar semejante alivio y sólo entonces volteó hacia él.

-¿Y bien? ¿Qué haces aquí?

-¿Cómo conoces a Aru? -preguntó Yukiteru a su vez.

La mujer se lo dejó pasar.

-Ha trabajado en algunos casos con Nishijima y además nos ha cuidado al bebé un par de veces. Es el único niñero que no se espanta al verlo flotar hasta el techo. Por los poderes de Deus -aclaró, ante su cara confundida-. Es un chico raro, ¿no? No importa la situación donde se meta siempre actúa como si no tuviera nada de especial. Le dijimos que era un desperfecto de nacimiento y no ha vuelto a preguntar al respecto desde entonces. Creo que saber que es una creación de Deus le ha estropeado su sentido de la normalidad -La mujer se echó hacia atrás, apoyando la espalda, y se apartó el pelo de la frente-. Bien, hasta ahí va mi respuesta. Te toca.

Yukiteru todavía pensaba en la increíble explicación encontrada para que un niño flotara. Además, había otra cosa que le desconcertaba. Vio el anillo dorado en su dedo.

-¿Están casados y todavía le llamas Nishijima?

La mujer se puso roja de inmediato. Hizo como que no le daba importancia, volteando a otro lado.

-¿Y qué quieres que haga si ya estoy acostumbrada? Algunos hábitos son más difíciles de cambiar que otros. Ahora deja de evadir la cuestión y dime qué estás haciendo con una identidad falsa aquí.

Yukiteru vaciló al principio, pero decidió que si había una persona capaz de entender sinceramente todo por lo que había pasado, esa sólo podía ser ella. De modo que empezó hablándole del celular que Muru Muru reinició, borrando la última cosa que le ligaba a Yuno, su aceptación renuente a ver cómo iban las cosas en el Tercer Mundo y el haber visto a Aru persiguiendo al Yukiteru de ese mundo con al afán de buscarlo. Justo cuando pensaba que había terminado, casi sin poderlo evitar, acabó hablando también de su encuentro con aquel muchacho Sirf y lo que le dijo que el tiempo se estaba agotando. Incluso mencionó, de forma atropellada e inquieta, las dos ocasiones en las que había visto el reflejo de una muerte sin sucesor.

Mininene escuchó atentamente y sin hacer preguntas. Parecía que en lugar de oír sus palabras las estuviera cazando en el aire, atrapando el sentido debajo de las frases más vagas y confusas. Por fin Yukiteru sin aliento y esperando una respuesta. Le sorprendió pensar en lo joven que se veía para ser madre de cuatro hijos. Podía ser hasta su hermana.

-Bueno, con respecto a Aru ya sabrás que no tengo ningún derecho a decirte nada -empezó la mujer, frotándose el vientre hinchado inconscientemente-. Creí que si alguna vez volvías sería para estar con la Yuno de este Mundo pero por lo visto me equivoqué. No sabía que te iban los chicos.

-No se trata de eso -protestó Yukiteru, sonrojado, pero la mujer lo ignoró.

-Como sea, supongo que es lógico. Probablemente sólo Aru sea capaz de salir con un dios sin perder la cabeza ni hacer preguntas, y al parecer tú eres incapaz de no sentir algo por las personas con tendencias de acosador. ¿Sabes? Antes pensaba que de entre nosotros doce tú eras el más normal de todos, pero ahora veo que encajas perfecto -Le revolvió el cabello, como si fuera un niño al que felicitaba, y sonrió burlona cuando el muchacho intentó arreglárselo. De pronto se puso seria-. Respecto a lo otro…

-¿Sí? -inquirió el joven.

-La verdad es que no sé qué decirte. Hace unos días Deus me convocó para preguntarme si había notado algo extraño. Muru Muru mencionó un desbalance en las leyes de causa y efecto, aunque sin una ruptura específica. No le entendí muy bien, pero les dije que no había notado nada -Le miró de vuelta-. Dices que hiciste desaparecer tres criminales, ¿no?

-Iban a matar a Aru -respondió el chico a la defensiva.

-Te oí la primera vez, relájate. A lo que iba es que quizá esa haya sido la causa del desbalance. Es lo que supongo ya que eres la única cosa nueva que he visto, aunque bien podría estar equivocada. Es decir, dijiste que uno de ellos eran un drogadicto cualquiera, ¿no? ¿Qué tan importantes podían ser personas así para el mundo? No tiene mucho sentido.

-Y… -Yukiteru notó que se sentía inseguro sobre seguir, pero debía hacerlo- ¿cómo estaba Deus?

-Horrible -dijo la mujer, moviendo la cabeza con pesar-. Si ese chico que viste hablaba del tiempo que le quedaba este mundo tenía toda la razón. Todos estaremos en un gordo problema si no encuentra un sucesor pronto. Bueno, tú no, obviamente -Miró hacia la esquina y levantó la mano para llamar la atención de Aru, quien recién salía de la panadería con una caja de donas en la mano. El muchacho le hizo saber por gestos que iría al supermercado de al lado y ella le mostró el pulgar en alto-. Deus me ofreció su puesto.

Yukiteru no se esperaba eso.

-Lo rechacé -aclaró Minene antes de que dijera nada.

-¿Pero por qué? -exclamó Yukiteru-. Si lo hicieras todo podría seguir como siempre.

-Por la misma razón por la que dejé el terrorismo -Ella levantó su mano. La primera idea de Yukiteru fue que le estaba haciendo la señal del dedo. Luego cayó en cuenta de que lo que le estaba mostrando era su anillo de matrimonio-. Yo ya terminé con todo ese asunto de los doce y los diarios. No necesito ser una diosa para ser feliz y si no es así ¿cuál es el punto?

Yukiteru quiso argumentar en contra, decirle algo que le hiciera cambiar de opinión o reconsiderarlo, pero no le salía nada. Sabía que sería una lucha perdida. Al otro lado de la calle, Aru volvía a salir del supermercado con una nueva bolsa colgando del brazo.

-Sirve de algo y ayúdame -dijo Minene, extendiendo el brazo hacia él.

Yukiteru tiró hasta que la mujer se las arregló para ponerse en pie, soltando un suspiro. De pie se le notaba mucho más la barriga que estando sentada.

-Estás enorme –comentó, involuntariamente impresionado.

Minene se echó a reír. En verdad, apreció el joven dios, parecía mucho más feliz ahora. Más relajada, como si al fin hubiera podido exorcizar viejos demonios.

-¿Esa es tu idea de cómo hablarle a una futura madre? Realmente, Yukiteru, has tenido suerte saliendo con un chico.

-Lo siento -dijo Yukiteru.

-No te preocupes -La ex-terrorista se palmeó el estómago-. Siete meses y contando. Será mi primera niña. Nishijima está todavía más emocionado al respecto que yo. La verdad prefiero a los niños, pero supongo que también estará bien tener una pequeña Minene-sama para hacer cosas de chicas.

Yukiteru se sonrió. De pronto esa idea se le hacía tierna, cálida. Correcta.

-Será una nena preciosa -expresó, sinceramente.

La mujer se sonrojó de nuevo.

-Bueno, pues claro que sí -dijo, nerviosa-. Es mi hija después de todo, ¿qué esperabas?

Ahora fue el turno de Yukiteru de reírse. Definitivamente no podía pedirle a esa Minene que cambiara su vida de ahora.

-¿Y a ti qué te hace gracia? -exigió ella, mosqueada.

-Nada, nada -respondió, levantando las manos en señal de rendición sin poder librarse de su sonrisa.

-Veo que se llevan bien -intervino Aru, apareciendo con los niños y las nuevas compras. Sacó una botella de agua de la bolsa del supermercado y se la pasó a la ex-terrorista-. Es para ti, Minana-san. Hace mucho calor hoy.

Yukiteru procuró no mostrar su sorpresa por el cambio de nombre. En ese Mundo Uryuu Minene continuaba siendo una terrorista. Nishijima Minana sólo era la esposa de un agente.

-Ya estás como Nishijima -se quejó la mujer, tomando la botella de agua aun así-. Tienen que aprender a dejar en paz a la gente. No es como si fuera una principiante en esto, no sé de qué tanto se preocupan.

-Disculpa -dijo el muchacho con una sonrisa plácida, alcanzándole las donas. Luego se volvió hacia la estación de policías-. Parece que terminaron.

Yukiteru se giró también. Los periodistas ya comenzaban a marcharse y Kurusu volvía al interior del edificio con las carpetas. Sólo Nishijima había quedado afuera. Saludó a su esposa. Minene colocó la caja en un espacio disponible del carrito y lo dirigió hacia él.

-Nos vemos -dijo sin mirar a nadie, antes de dirigirse al policía.

Una vez la pareja se encontró, Yukiteru se volvió a Aru. El detective lo miró a su vez.

-¿Me acompañas a casa? -preguntó.

Yukiteru recordaba que la mujer lo había salvado por poco, pero dudaba que el muchacho se lo hubiera tragado. Debía saber que Minene sí lo conocía, en cuyo caso que había mentido adrede. Incluso él lo encontraría sospechoso. ¿Cómo podía ser que algo así se le pasara al otro?

“Qué tonto”, pensó sobre sí mismo. Claro que Aru sospechaba y por supuesto que estaba sacando sus conclusiones, pero no las compartiría ni le pediría confirmación. Se suponía que él tenía que decírselo.

-Sí, claro -respondió.

El mundo se acaba, pensó mientras caminaban. Todo eso que estaba en frente de sus ojos, todo eso tan brillante y sólido se volvería menos que polvo en poco tiempo. Puede que no hubiera esferas negras devorándolo todo, pero la cuenta regresiva ya estaba en marcha.

Minene se había puesto contenta con la perspectiva de tener una hija, aunque puede que el mundo no durara para su nacimiento. Aru también tenía que saberlo, ¿no? Siendo una creación de Deus debería poder percibirlo. O ya lo había visto con sus propios ojos. Y sin embargo esperaba tan tranquilo y sin presiones a que él encontrara valor para desenterrar historia antigua, historia que estaba tan conectada a su cuerpo como las uñas a sus manos. Revelarle esa parte de sí al otro no sólo pondría en evidencia su pasado sino todo lo que era. Sus estúpidos errores y sus mínimos aciertos.

Bueno, se dijo al fin, ¿qué tenía eso de malo?

Todo, se respondió. Porque Aru quizá perdiera el interés en él una vez tenía todas sus preguntas respondidas. Tal vez no quisiera involucrarse con el idiota que lo dejó morir en un futuro alterno, prefiriendo irse con su asesina. A lo mejor determinaba que se merecía más la soledad de la otra dimensión y le prohibía volver a verle. Oh, diablos, ¿eso era lo que había sentido Yuno cuando él estaba tan cerca de descubrir la verdad sobre ella? Pensar en eso era contemplar la posibilidad de volver a quedarse solo, a la deriva, sin nadie que le tendiera una mano, y dejar que el corazón se le volviera seco, quebradizo, a punto de desgarrarse y soltar todo su relleno.

Pero tampoco quería esperar al fin para poder decir lo que deseaba. Porque esa alternativa, mantener el silencio, aguantar la paciencia comprensiva, no abrir la boca por lo que podría pasar, era una carga todavía más pesada. Y si sólo continuaba esperando cuando lograra contarle ya no valdría de nada porque Aru desaparecería al siguiente instante.

Otra vez la punzada. Se detuvo, llevándose la mano al pecho. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? ¿Por qué tenía que ser todo o nada? De cualquier manera, sólo él acababa perdiendo.

Al muchacho le tomó un par de pasos darse cuenta de que no lo seguían. Se giró sobre sí mismo y lo vio ahí, parado en la calle y una expresión que no le gustó en lo absoluto. Ese abatimiento que a veces creía desaparecido siempre acababa volviendo, cual mala hierba, y se plantaba como un parásito bajo su propia piel.

-Shuei-kun -lo llamó con suavidad.

No sabía qué otra cosa hacer. Le gustaría saberlo, pero no. El susodicho alzó la vista y un poco de la niebla se despejó, corrió a la luz de un nuevo pensamiento.

-Aru… -Su voz le temblaba-, tú… tú me quieres, ¿cierto?

Se le quedó viendo, desconcertado. ¿A qué venía eso ahora?

-Responde la pregunta -masculló el joven, obligándose a sonar firme.

Un esfuerzo tan grande que acababa revelando justo lo contrario. La impresión de que iba a acabar haciendo algo drástico si no lo detenía en ese momento. Eso no fue una idea específica, sino una intuición del detective.

-Creí que llegados a este punto sería obvio -dijo, avanzando hacia él. La mirada de Shuei le transmitió miedo. ¿Miedo a qué? Aru extendió la mano y le acarició la cabeza, desde la frente hasta la coronilla. Le gustaba su cabello como estaban en los últimos días, desde su primera cita. Suave, sedoso, manejable. Dejó su mano para poder unir sus frentes. A veces decía cosas tan tontas-. Shuei-kun, yo no me pasé dos años buscando a una persona que no me interesara mucho.

-Sí o no, no es una petición tan difícil -objetó el joven, frunciéndole el ceño.

Definitivamente no entendía qué bicho le había picado. Pero ya que tanto lo quería…

-Sí, te quiero, Shuei-kun.

-¿Aunque no sepas nada de mí?

Él no diría nada exactamente, pero por lo menos ahí comprendió su punto.

-Sí.

-¿Y si lo supieras? -Los ojos de Shuei brillaban pero no de alegría.

Su corazón saltó dentro de su pecho. ¿En verdad estaba pasando? ¿Estaba sugiriendo lo que él pensaba?

-Aru.

Pero qué preguntas.

-Por supuesto que sí -respondió, un tanto ofendido.

El joven le abrazó. Así, de repente, en medio de la calle. A Aru no le importó. Nunca podría importarle. Estaba tan feliz porque por fin obtendría su deseo que al principio se quedó estático, aturdido por la posibilidad. Pero luego respondió al gesto, aunque con menos fuerza que el otro. Todavía no estaba seguro de que finalmente iba a explicarle sus misterios. Todavía no.

-Yo… yo también te quiero, Aru.

Su voz le derritió por dentro. Incluso a sus ansias de conocimientos. A veces creía que podría soportar el misterio por siempre si podía quedarse con instantes así mientras tanto. El verdadero misterio, sin embargo, sería cómo algo tan simple podía llenarlo tanto y quizá se moriría feliz sin saber la respuesta. Había cosas que ni siquiera el mejor detective del mundo podía entender. Cosas demasiado maravillas.

Yukiteru ya había tomado su decisión. Le contaría la verdad a Aru y lo dejaría en sus manos. Pasara lo que pasara, al menos se quitaría ese lastre de encima. Tendría que ser suficiente. Tomó una honda bocanada para darse valor. Haberle dicho aquello en voz alta ya le había costado un poco, pero sólo se trataba del primer paso.

-Quédate quieto -le susurró.

Primero se fijó en que nadie les pusiera atención. Las personas vivían enfocadas en sus propios asuntos y ellos nada más eran un par de amigos compartiendo un abrazo en plena plaza. Quizá un abrazo demasiado largo y estrecho, pero no tenía importancia. Yukiteru los volvió invisibles a ambos; Aru sintió la energía envolviendo su cuerpo y lo miró con curiosidad. Pero no asustado. A pesar de todo, nunca tuvo miedo de él.

-¿Qué haces?

Yukiteru desvió la mirada. Debajo de ellos se abrió un círculo negro.

-Es para ir más rápido a tu casa -explicó el joven dios, aferrándolo de nuevo-. Tengo que decirte algo y es mejor hacerlo ya.

-Entiendo.

Claro que sí, pensó Yukiteru. Por eso era un chico raro.

Cerró los ojos y se concentró fuertemente en su destino, la habitación de Aru. La habitación que había estado contemplando sin saber que en lo que realidad buscaba era una razón para interesarse en algo más. Quizá en alguien otra vez. Para salir de la nada y la oscuridad, sólo tenía que aferrarse a él.

Desde afuera, si alguien pudiera verlos, daría cuenta de que dos muchacho, uno tan claro y el otro tan oscuro, eran tragados por el suelo y desaparecían sin dejar rastro.

Sólo fue un segundo de viento frío. Después, Yukiteru sintió bajo sus pies desnudos el suelo de madera. Abrió los ojos y vio directo a la cama tendida. Soltó al detective. Este intentó dar un paso atrás y se dio con el borde de la cama, quedándose sentado sobre ella. Miró alrededor para comprobar que realmente habían aparecido ahí, completamente enteros, y soltó una risa alegre.

-Nunca termino de entender tus habilidades, Shuei-kun -confesó el detective-. Otra persona que los tuviera habría enloquecido del poder, pero tú los usas como una persona moviendo su brazo. Desde el inicio esa fue una de las cosas que más me impresionó de ti.

Yukiteru quiso decir que él jamás deseó esos poderes en primer lugar. Para lo único que los deseaba, revivir a esas personas, al final no servían. Pero no era así como quería empezar su historia, hablando de cómo los obtuvo.

-Aru, yo quiero… -empezó pero se sentía atragantado. No, no podía flaquear ahora. Debía ignorar el temor-. Aru, yo quiero contártelo todo. Sobre mí. Y sobre otras cosas.

El detective abrió los párpados con un ansia que a Yukiteru le supo extraña. Aunque en realidad todo el sentido del mundo. Eso era por lo que estaba esperando por dos años. El dios se elevó a sí mismo para ubicarse en el otro extremo de la cama, la espalda apoyada contra la pared. Eso iba a ser difícil. Aru permaneció en silencio, cosa que le agradeció. Una vez soltara todo no habría forma de detenerse.

-Bueno, todo empezó con una chica. Al menos para mí todo empezó con ella. Era muy linda pero incluso más rara que tú, si eso es posible…

Le habló de cómo los padres de esa chica abusaban de ella y no le permitían ni siquiera salir a una hora tardía. De la habitación con una jaula donde la madre de la chica la encerraba cada vez que creía que hacía algo mal, aunque fuera una pequeñez. Del padre que nunca se daba cuenta por estar lejos en el trabajo. Esa chica sin amigos ni más familia sólo quiso que las cosas mejoraran haciendo que sus padres entendieran sus sentimientos. Pero todo salió mal.

Yukiteru habló por horas, más de lo que nunca había hecho antes. Se extendió describiendo las peculiaridades de cada propietario de diario y la manera en que fueron contra ellos. De él siendo arrastrado, cual marioneta de trapo, por todo el mundo porque él no quería herir a nadie. De la muerte de sus padres, que destruyó todos sus sueños infantiles de tener de vuelta a su familia feliz. De cuatro amigos que intentaron ayudarlo y él permitió morir porque le aterraba saber la verdad. De otro detective con su mismo nombre fallecido. En ningún momento fue interrumpido. Iba de un hecho al otro, no siempre siguiendo el orden lógico. Hubo ocasiones en las que tuvo que volver atrás para hacer claro algún punto o solamente para no dejarse nada en el tintero en su afán por transmitir la historia tal como él la vivió.

Asustado. Confundido. Triste. Feliz. Resuelto. Destruido.

No intentó justificarlo. No quiso culpar a nadie. Al final todos fueron un poco controlados por las circunstancias o eso pensaba él. Eso era lo que quería creer. En suma, su discurso fue desorganizado, torpe e incluso confuso en varias partes.

Sin embargo, Aru siguió escuchando. Si hizo algún gesto, se sorprendió por saber de su propia muerte, si un relámpago de comprensión le atravesó la mirada al unir todas las piezas, Yukiteru no se enteró. Liberó hasta la última y amarga gota, cuando esa chica entregó su vida para que él pudiera conservar la suya. Y cuando lo hizo se sintió como si él mismo quedara vacío en gran parte. Todas las imágenes pasaron frente a él una por una y él sólo las vio pasar con nostalgia. Le calmó descubrirlo. Ahora quizá podría, ¿cuál era esa cochina expresión que Muru Muru vivía repitiendo?, “seguir adelante.”

“No aún”, pensó de repente. Aún tenía un pendiente. “Aru.”

Yukiteru volteó. Aru se había puesto cómodo, cruzando las piernas y los codos sobre ellas. El mentón en sus manos para descansar la cabeza mientras no se perdía detalle. Tenía una mirada seria e inescrutable que le heló el corazón en el pecho. Si lo rechazaba no sabía lo que haría después. Su mente se ponía en blanco al tratar de imaginarlo.

De verdad no sabía.

El muchacho se dio cuenta de que el final había llegado y miró para otro lado. Se frotaba el labio superior con un dedo, un gesto que Yukiteru le había visto hacer cuando ordenaba sus pensamientos. Entonces no iba a mandarlo a volar de inmediato. Podía ser que sólo estuviera contemplando la mejor manera de hacerlo pero aun así el joven dios no pudo evitar una brisa de esperanza.

Finalmente el detective esbozó una sonrisa. No era una sonrisa alegre.

-No puedo creer… -empezó diciendo, pasándose la mano por la frente- lo celoso que estoy ahora. Es ridículo.

No entendió nada.

-¿Celoso? ¿Por qué?

-Por la chica, la Yuno Gasai del Primer Mundo que seguiste hasta aquí -Elevó la vista hacia él y su mirada se suavizó. Lo miraba como si fuera inaudito que él estuviera ahí-. Lo lamento, es una terrible cosa que decir puesto que fue una persona tan importante en tu vida, Shuei-kun… ¿O debería empezar a decirte Yukiteru-kun?

-Creo que es mejor quedarse en Shuei-kun -contestó el dios, sintiendo que una montaña se le desprendía de los hombros. Aru no estaba enojado por las cosas que había hecho-. Ya le cogí el gusto por tu culpa.

-Shuei-kun será entonces -el detective volvió a desviar la mirada-. Así que incluso mi yo del Segundo Mundo estaba interesado en ti. Extrañamente, no me sorprende.

-Sí -dijo Yukiteru, acordándose de cuándo lo descubrió-. Entonces ¿estás bien respecto a…?

-¿Que tu novia de entonces me cortara la cabeza? -Aru se rió de su expresión mortificada-. Bueno, no me emociona saber que lograron derrotarme y sólo pude conseguir un beso que tú ni siquiera querías pero, viendo cómo resultaron las cosas y las vidas de todos, supongo que debo estar agradecido. Después de todo, por eso estás aquí –Lo miró directo a los ojos, serio-. Sé que no fue tu culpa, Shuei-kun. Nada de aquello lo fue.

-Lo sé –afirmó Yukiteru, revolviéndose el flequillo-, lo sé, pero no sabía cómo ibas a actuar. Incluso podrías no haberme creído en lo absoluto. Sería comprensible que lo hicieras.

-A decir verdad, considerando los hechos, es una explicación perfectamente lógica –El detective buscó en su chaqueta y sacó su conocida libreta gris. Era la primera vez que Yukiteru volvía a verla en un largo tiempo; casi se había olvidado de su existencia. Lo cual no dejaba de ser irónico si fue por ella que comenzó a seguirlo-. Por lo visto tuve razón al tomar esta medida preventiva. Supuse que tu existencia se saldría de lo normal y, si dejaba que Deus lo averiguara por mis notas, me arriesgaba a eliminar toda posibilidad de encontrarte. Lo cual, ahora estoy seguro, habría sucedido. Supuestamente dos dimensiones no deberían juntarse.

Todos acababan diciendo lo mismo, reflexionó Yukiteru. De una forma u otra, todos estaban de acuerdo en ese punto. Incluso Aru. En cierta forma le decepcionó.

El detective le besó. Lo mismo podría haberle dado un golpe al hombro o tomarle la mano para hacer que lo viera pero escogió ese gesto, que resultó inesperadamente dulce y bueno para sus ánimos.

-No pongas esa cara como si te lo reprochara –le pidió el muchacho-. Me alegro de que hayas venido. No permitiré que vuelvas a irte.

-¿Ah, no? –dijo Yukiteru, divertido.

-No. En este Mundo o en el que sea quiero protegerte, Shuei-kun.

Siempre acababa oyendo lo mismo.

No era justo.

-No –negó el dios, atrayéndolo hacia sí para que se sentara en su regazo. Le acomodó para que le diera la espalda y le abrazó por el cuello-. Ya no soy el mismo chico de antes que necesitaba quien lo cuidara y no podía hacer nada sin ayuda. Ahora yo tengo mi propia fuerza y la usaré para protegerte esta vez.

-Ahí estás hablando como un detective –comentó Aru, poniéndose más cómodo.

El peso era sumamente agradable entre sus piernas. El olor de su cabello blanco, el pulso latiendo contra su propia piel. Y era todo suyo, sin discusión, sin pelea.

-No mejor que tú –respondió, sintiéndose cursi pero disfrutándolo mucho.

Sentía que tenía la sonrisa tatuada a la cara.

-Ahora sé todo sobre ti –destacó Aru. Sus manos blancas se posaron encima de sus piernas, cubiertas por la ropa oscura-, pero hay una cosa que me intriga todavía.

-¿Qué? –preguntó Yukiteru, sorprendido.

No se le ocurría nada que no hubiera mencionado ya.

-Lo de ser uno con Gasai Yuno –El detective se volteó-. Me pregunto si nosotros dos podríamos ser uno también –De pronto a Yukiteru le pareció que su toque quemaba. Los brazos que lo rodeaban al otro se pusieron tensos-. De hecho, desde hace tiempo me vengo preguntando por qué no lo hemos sido ya.

Era cierto. A pesar de todo lo que habían hecho ya, incluso compartir un orgasmo, esa opción final quedaba pendiente llevarla a cabo. Sencillamente no se dio. El joven dios si siquiera podía argumentar que no lo había disfrutado de antemano en su mente, pero de ahí a hacerlo realmente existía un trecho.

-Bueno –dijo, compungido-, tú dijiste que nunca habías estado con nadie antes y yo… yo, bueno, no quería que tu primera vez fuera con alguien que no conocías. Esa luego es una experiencia que no olvidas, ya sabes.

Aru se giró para besarle de nuevo.

-Gracias por preocuparte –le dijo-, pero no hacía falta. Yo lo hubiera hecho con gusto incluso sin saber tu verdadero nombre porque habría sido contigo. Lo demás lo hubiera descubierto con el tiempo.

-Sí, debí suponer que dirías eso –reconoció el dios, girando los ojos.

-¿Entonces? –preguntó el otro.

Yukiteru lo miró sin entender.

-¿Entonces qué?

Por toda respuesta, Aru enganchó sus dos manos detrás de su cuello y se le quedó viendo, sonriente. La luz se hizo de pronto en la mente del joven dios y fue tragarse una pelota dura de paja. Temblorosamente envolvió la cintura del detective y dejó que se apoyara en él. Ya se habían tocado, se recordó. Ya había visto el cuerpo del otro desnudo, ya lo había sentido con sus propios dedos. Los dos lo deseaban. Incluso conocía el “cómo” entre los chicos gracias a ciertas imágenes que habría preferido ver sin Muru Muru al lado. No tenía un motivo real para ponerse nervioso o dudar siquiera. Yukiteru tomó una honda bocanada de aire. Lo único que necesitaba era dejarse llevar. Sería la manera perfecta de cerrar ese día donde ya no habría secretos entre ellos.

Excepto que no era así. Había omitido completamente y adrede la aparición de la muerte para los dioses en dos ocasiones. Con lo ya contado tenía suficiente para meterle miedo al otro, para ganarse un rechazo, como para arruinar todo su alivio dándole otro motivo de terror. Se haría cargo solo del asunto. Tenía el poder suficiente para hacerlo. Si Sirf hablaba de Aru con aquel gesto estúpido él no permitiría que le pasara nada malo. Estaba decidido a ser el protector en lugar del protegido.

Aru se quitó antes que nada la corbata y empezó a desabotonarse la camisa. Tras un momento de vacilación, Yukiteru se decidió a ayudarlo y quitársela de encima. Observó los músculos del pecho, sutiles, y los abdominales planos. Pasó un dedo por el medio, un suave camino caliente, hasta tocar la hebilla del cinturón. Levantó la vista, sólo para ver la expresión tranquila y confiada del detective mirándole de vuelta. Ni siquiera estaba sonrojado. De verdad carecía de cualquier sentido de la vergüenza.

Pero en lugar de apenarlo más, eso le dio seguridad. Abrió el cinturón y le abrió la bragueta del pantalón. Vio su ropa interior blanca, ligeramente hinchada en la parte delantera, sólo un poco más de lo que debería. Aru se levantó de la cama y dejó caer sus pantalones. Se agachó, así como estaba de pie, para quitarse los zapatos y calcetines.

La parte trasera del detective era todo lo que tenía la vista.

-¿Acaso lo haces apropósito? –preguntó Yukiteru, viendo claramente las formas bajo la tela.

-¿Y qué si lo hiciera? –El muchacho volvió a erguirse, libre de aquellas prendas, y se apartó el cabello de la frente con una mano a la cadera. La pose típica de la frescura-. ¿Qué pasaría si quisiera que te me abalanzaras encima?

Yukiteru dudó sobre reírse o no.

-Eres imposible –dijo, abrazándole por la cintura y llevándoselo a la cama.

Aru no hizo nada por impedírselo y lo miró con un brillo de picardía en los ojos. Yukiteru le enseñó su dedo índice y medio, ambos transformados en unas tijeras negras.

-¿Qué piensas hacer con eso? –le preguntó el chico sin una gota de inquietud, como si fuera parte de una broma.

No se molestó en responderle. Dejó que sus acciones hablaran por sí mismo, tomando los bordes de la ropa interior con su mano y cortándolos con la otra. Luego tiró, sacándola de debajo de su peso, dejándolo completamente desnudo.

-Nada mal –comentó Aru, sonriendo de lado.

Ahora estaba ligeramente sonrosado. Yukiteru se inclinó para estar a centímetros de su entrepierna. Lanzó un soplido a la zona, sólo eso, y vio con deleite a las piernas temblando. Lo tomó en su mano y contrajo los labios, lanzando un chorro de aire estrecho a la punta. Una nueva sacudida que pareció recorrerle a él también. La sangre empezaba a bajar, le parecía percibirla en su puño, empezando a hincharlo. La frotó un poco para ayudarla y lamió impulsivamente la punta, llevado por la curiosidad. No tenía nada con qué compararlo pero le pareció un sabor agradable.

Las manos del detective se cerraron con fuerza. No se esperaba aquel movimiento. Yukiteru le vio la cara, la pérdida de control que comenzaba a reflejarse en ella, y el orgullo por habérsela causado le llenó.

-Haz eso de nuevo –suspiró el joven.

Estaba completamente duro. Yukiteru, entusiasmado al saber que era un acierto, lameteó a todo lo largo y por los lados hasta familiarizarse completamente con su esencia. Antes todo se había tratado de las manos. Quizá por ser la primera vez era que le parecía que los sonidos de Aru y su forma de mover el cuerpo en respuesta eran nuevos respecto a sus experiencias anteriores. De pronto sintió su mano en la cabeza, llamándole la atención.

-Sigues vestido…

Yukiteru se dio cuenta de que era cierto y sintió un acceso de vergüenza, como un reflejo. Pero era absurdo, una tontería de niño inmaduro. Concentró su energía en la muñequera derecha, el punto en donde confluyó toda la ropa oscura, permitiéndole sentir en carne directa toda la fresca del cuarto. Aru se levantó un poco para tocarle. Lo hizo sólo con las yemas de los dedos y se detuvo ante sus pezones, toqueteándoselos hasta que Yukiteru los vio afirmar sus formas. El detective no dudó ni un momento en reemplazar el tacto por el gusto. El interior de su cuerpo se estremeció como un vaso de agua en movimiento.

-¡Hey! –soltó al sentir una mordida.

-Lo siento –dijo el otro, risueño.

Yukiteru aferró el pelo de su nuca y lo forzó a subir hasta su boca, donde devoró la suya sin reparos, igual que el detective. Ahí ambos estaban a la par en cuanto a entusiasmo y destreza. Cayeron a la cama, unidos por brazos y labios. Para Yukiteru lo mejor fue cuando le agarró una nalga de improviso, haciéndole gemir con su lengua adentro. Percibió el aliento cálido, la ligera vibración de su voz mandándole a quemar las neuronas. El sonido bajito, agudo, como de un cachorro indefenso. No tenía suficiente. Quería escuchar y sentir todavía más cosas de él.

Se le posicionó encima, aplastando sus entrepiernas entre sí. Un movimiento de cadera particular que nunca se olvidaba, frotándolas. Yukiteru le abrió las piernas con una mano para poder hacerlo con más comodidad y el detective respondió envolviéndolo en ellas. Era como si reclamara un derecho sobre él con ese gesto. Sus manos se levantaron para quitarle el cabello del rostro. Un dedo llegó hasta sus labios y el dios se puso a chuparlo, mirándole directo a los ojos sin dejar de moverse. Tenía debajo suyo la visión más perfecta que podría haber imaginado, mejor que cualquier fantasía en solitario: Aru, ahora definitivamente sofocado por el calor, jadeando, los párpados entrecerrados. El muchacho listo con el deseo pintado por todas partes. Volvió a besarlo. Mucha saliva. Lo quería, lo deseaba, lo cuidaría.

-Voy a empezar a hacerlo –le advirtió Yukiteru.

-Adelante.

Las caderas de Aru se levantaron, solícitas. No pudo sino recordar su primera vez, sus propios temores de entonces.

-Maldito –dijo Yukiteru-. ¿No tienes ni una pizca de pena?

-No cuando estoy pensando que si no lo haces tú, lo haré yo –suspiró Aru, sonriendo a pesar de sus palabras.

Su entrepierna volvió a empujarle, insistente. Yukiteru lo había visto en las series yaoi; hacía falta un líquido para actuar de lubricante. Pero ya que no creía que Aru tuviera gel a mano y no quería ponerse a buscarlo, usó su propia saliva para mojar sus dedos. El primero entró poco a poco, relativamente fácil. El detective abrió la boca y gimió de nuevo, ese ruidito de no poder hacer nada para defenderse al cual Yukiteru iba a volverse adicto. En otras circunstancias se le haría inaudito relacionar esa expresión con el muchacho de todos los días, pero ahora sólo se sintió más hundido. Estaba así porque le gustaba lo que hacía. Estaba ahí por él.

El segundo obtuvo un resultado similar a un volumen más alto. Apenas esperó antes de colar el tercero y último. Cada vez se le hacía más sencillo, menos forzado. Cada vez el calor parecía que iba a derretirlo. Nunca dejaron de mirarse. Yukiteru podría haber visto cualquier parte de su cuerpo pero era como si una cuerda tirara de él hacia el otro. Aru podía girar los ojos o suspirar con los párpados cerrados. No hacía ninguna diferencia si siempre volvía a su rostro.

Sólo en una ocasión desvió la mirada. Para ver exactamente dónde se metía. De no ser porque acababa de sacar sus dedos le sonaría a imposible y, sin embargo, se abrió pacientemente, abrazándolo. Se sentía volar a un espacio desconocido. Por fin eran uno solo.

-Shuei-kun –lo llamó el detective.

Temblaba como si lo agitara un terremoto, pero debajo de ese temblor el dios notó la firmeza oculta, sus piernas afianzándose sobre él. Yukiteru se movió. Les venía una ola encima y ambos se dejaron arrastrar, nublados, sin parar a ver adónde los llevaba. El sudor corría por sus cuerpos, chocaban desesperadamente, definiéndose por cuánto daba uno y recibía el otro. Se perdieron juntos en la bruma de lo desconocido, unidos, perdidos como dos niños que se reencuentran después de demasiado tiempo.

Yukiteru abrió las cortinas usando una serie de bolitas negras, lo más cercano a la telequinesia que conseguiría. Una vez dieron paso a la luz de la luna en el cuarto, desaparecieron. Hacía una noche bonita, perfecta para ver las estrellas. Se giró en la cama y sonrió. El detective parecía a punto de dormirse pero arqueó una ceja al notar la clase de sonrisa que esbozaba. Como si algo se le hiciera gracioso.

-¿Sucede algo? –inquirió, perezoso.

Yukiteru puso la mano detrás de su cabeza. Ni siquiera había una delgada sábana cubriéndolos y no le importaba. Se sentía feliz y eso era todo lo que le importaba.

-Estaba pensando en que tal vez este sí sea nuestro destino –dijo.

Aru emitió un suspiro.

-¿Quién sabe? Yo nunca creí en esas cosas.

Yukiteru lo miró, incrédulo.

-Bromeas, ¿no? Desde el inicio estuviste diciendo que era nuestro destino conocernos.

-Lo decía como una forma de autosugestión. Forzándome a pensar que nuestro encuentro era orquestado por fuerzas mayores acabaría creyendo que, sin importar lo que pasara, de alguna forma, acabaría contigo. Usar el destino era una manera de mantener la esperanza. Y resultó.

Bueno, eso no lo podía discutir.

-Así que ¿no crees en nada de eso?

-Creo que el destino lo forma cada persona con cada decisión que toma durante toda su vida. Yo decidí no renunciar a ti. Tú decidiste seguirme. Lo cual eventualmente nos llevó a esto.

El joven dios frunció el ceño.

-Oye, eso no está bien. Ya estaba empezando a tomarlo en serio.

Aru se rió suavemente y le tomó la mano. Estaban tan cerca que de por sí se tocaban las piernas.

-Hazlo entonces. Así te quedarás conmigo.

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