El caso del dios triste. 7

Capítulo 7

El divino ayudante


Una semana había pasado desde entonces. Yukiteru, como antes de que todo empezara, flotaba en la nada y dejaba el tiempo pasar. Como mayor diferencia, no tenía al celular en frente de sí pero lo tenía cerca, dando vueltas por algún golpecito ocasional y perezoso. En un inicio Muru Muru estaba demasiado interesada en ponerse al día con su serie de historias yaoi; luego se interesó por él.

-¿Qué estás haciendo? -preguntó. Yukiteru se encogió de hombros, como si dijera qué parecía que hacía. Muru Muru miró la pantalla suspendida en frente del joven. Permanecía sintonizada en la pantalla de una televisión cualquiera mostrando a una cantante sobre el escenario y frente a unos jueces. Entonces cayó en cuenta que llevaba todo ese tiempo sin ver la cara de Akise ahí ni las notas de su libreta. De sí misma no le sorprendía, ya que las historias la habían absorbido por completo, pero sí del otro-. ¿Por qué no sigues a Akise? Tienes su número, ¿no? Habla con él.

-¿Para qué? -Yukiteru giró en la nada y la vio de cabeza, irritado-. Ya me metí demasiado en su vida. Sólo quería saber qué pretendía y ahora lo sé. No hay razón para seguirlo y además… -Le dio la espalda, cruzado de brazos- si quiere tener noticias de mí puede llamar cuando quiera. Yo no se lo impediré. Si no lo ha hecho será porque también perdió el interés, ¿no?

Muru Muru arqueó una ceja, desconcertada, pero pronto esbozó una sonrisa maliciosa.

-¿Sabes? Esta escena que haces me recuerda mucho a varias comedias románticas que leí -Asintió, como si estuviera recordándola exactamente como era-. La típica chica orgullosa incapaz de admitir que lo único que hace es esperar una llamada del chico que le gusta. Tan transparente…

Yukiteru la acribilló con la mirada por sobre el hombro.

-¿Cuánto tiempo vas a seguir con eso?

-No es mi culpa si me lo sirves en bandeja de plata, jefazo -La demonio sonrió, la imagen perfecta de una niña traviesa.

El joven dios suspiró. Era la única respuesta que le quedaba. Si ella no se había detenido antes, no lo haría ahora. Él tendría que resignarse hasta que se cansara del tema. Esperaba que fuera pronto. Era cansino, por decir lo primero que se le ocurría.

En ese momento su celular comenzó a sonar. Yukiteru casi tuvo un infarto, porque sinceramente no se lo esperaba. Desde que estaban ahí no había emitido más sonidos que los hechos por quien lo manejaba. La tonada de aviso, una aguda y alegre preprogramada, siguió sonando al ritmo de sus vibraciones durante diez segundo y luego se detuvo. Yukiteru miró a su asistenta. En cuanto ella le devolvió la mirada se dio cuenta de que también le había tomado por sorpresa, aunque no tan fuerte.

La demonio hizo un gesto de invitación.

-¿Y bien?

Yukiteru todavía observó su celular como si pudiera estallarle en la cara. Agitó la cabeza, consciente de la estupidez que era vacilar, y lo tomó. El mensaje, desde luego, era de Akise. A su pesar el corazón le latía mientras presionaba para ver lo que decía. Por supuesto, era la primera vez que alguien, cualquiera aparte de Yuno o su madre, le escribiera a ese número.

Bueno, eso no era verdad. Akise del Segundo Mundo también le había escrito para llevar a cabo otro de sus engaños.

La historia se repetía. La consciencia de ese hecho curiosamente ayudó a calmarlo. Le había dado su número y él le había escrito tal como dijo que haría. Eso era todo.

“¿Te importaría venir a mi casa en cuanto leas este mensaje? Hay un favor que quisiera pedirte.”

Por un rato estuvo desconcertado. ¿Qué diablos podría querer Akise de él?

-¿Te pidió otra cita? -preguntó Muru Muru asomando por su hombro.

El joven dios se planteó apartar la pantalla pero al final lo dejó a su vista. No creía que hubiera nada extraordinario con esas palabras.

-Conque un favor… es la excusa más vieja del universo para conseguir salir con alguien.

Yukiteru rodó los ojos.

-Algo tiene en mente. Lo sé. Quizá debería decirle que no puedo.

-Sí, claro -resopló Muru Muru-. ¿Y hacer qué en cambio? ¿Mirar la infinita nada, el dorama de la tarde? Dame acá -dijo, arrebatándole el celular de sus manos.

Antes de que Yukiteru lograra sobreponerse a la sorpresa, ella ya estaba escribiendo una respuesta. Él trató de atajarla para que se lo devolviera, pero gracias a que era más pequeña Muru Muru conseguía eludirlo fácilmente.

-Será todo un placer, Akise-chan -recitó ella, revoloteando como una persistente mosca-. Iré tan pronto como me sea posible. Saludos… Enviando. Recibido. Ya -Dejó el celular en el aire y se alejó entre risas de su dueño-. Listo. Ahora tienes planes.

Yukiteru se aseguró de que en serio hubiera enviado eso. Ese bochornoso chan ya estaría siendo leído por el detective.

-Será mejor que te vayas. No querrás hacer esperar a Akise, ¿no?

El dios le dirigió una mirada asesina.

Yukiteru se podría haber imaginado muchas posibilidades para lo que pasaría una vez llegara a la residencia Akise. Pero encontrarse sentado en la sala en frente de una exSéptima llorosa definitivamente no era una de esas ideas.

Ella no había cambiado desde el Segundo Mundo. El escote seguía siendo imposible de ignorar. Sólo el cabello era más largo. Y nunca la había visto de ese modo. Las lágrimas caían de sus ojos cubiertos por sus manos como si alguien se hubiera olvidado de cerrar el grifo en su cabeza. Se detuvo al instante apenas sintió que no estaba sola. Le arrugó el ceño con hostilidad, sin molestarse en disimular las huellas de las lágrimas.

Yukiteru pensó que todavía parecía capaz de acuchillarlo.

-¿Y tú quién eres?

-Eh…

-Él es un amigo mío, Ai-san -explicó Akise, apareciendo con una bandeja desde la cocina. La colocó en la mesita del centro, haciendo tintinear la única taza de té, y le alcanzó a la joven una caja de pañuelos-. Me ayudará con el caso. No prestes atención a su ropa. Se ha quedado a dormir durante la noche y tuve que arrancarlo de la cama para que viniera a verte.

Ella todavía le veía con desconfianza mientras se secaba las mejillas. Akise se sentó en frente. Yukiteru se sentía completamente perdido en esa situación pero también se sentó en el lado del muchacho. La antigua Séptima ahora los vio a los dos y el cuadro pareció desconcertarla.

-Cuando vi tu anuncio en el centro -dijo, dirigiéndose a Akise- me esperaba a alguien mayor. ¿Cuántos años tienen de todos modos?

-15 -respondió el muchacho con mucha seriedad-. Sin embargo, Ai-san, le aseguro que los dos estamos perfectamente calificados para el trabajo. ¿No es así, Joshu-kun?

Yukiteru abrió muchos los ojos. ¿Joshu*? ¿Ahora lo tomaba por ayudante? No estaba tan molesto como sencillamente estupefacto. No alcanzó a responder nada, cohibido por la mirada directa de la muchacha. La Séptima arqueó una ceja, bajó la cabeza y se mordió el labio, molesta. A Yukiteru le entró la fugaz impresión de que estaba pensando en la conveniencia de quedarse ahí o largarse.

Pareció que se decidía por lo primero. Suspiró y tomó la taza de té en sus manos. Le dio un sorbo mientras los contemplaba altivamente.

-Olvídate de que te pague por adelantado -declaró-. Averigua lo que quiero saber y entonces te daré tu recompensa. Como te dije por teléfono, no quiero saber nada al respecto hasta no obtener los resultados definitivos. De otra manera no habrá paga. ¿Creen que podrán con eso?

Akise asintió. Qué diablos. Yukiteru también.

Mikami se frotó una sien.

-Tienen suerte de que esté así de desesperada… -comentó.

Dejó la taza de té sobre la mesita y sacó su billetera. Era de dos partes dobladas y contenía un compartimiento para tarjetas de crédito. Ahí había una fotografía que dejó caer sobre la bandeja. La imagen mostraba al otro miembro del Séptimo, guiñándole el ojo a la cámara. Akise la tomó en sus manos para examinarla más de cerca.

-Ese es Marco Ikusaba -explicó Mikami. Su confianza tambaleaba al ver el rostro de su novio-. No dejen que él se entere de que lo están siguiendo. Si lo hace… -Meneó la cabeza- no será bueno para nadie, ¿me explico?

Definitivamente todavía podría acuchillarlos, pensó Yukiteru. Asintió de nuevo, aunque ahora Akise se abstuviera de hacerlo por memorizar los rasgos en la fotografía. Se tomó unos segundos, la mano en el mentón, y por fin cabeceó afirmativamente.

-No se preocupe, Ai-san -dijo volviendo su atención a ella y ofreciéndole su mejor cara de chico bueno. Era la misma que le presentó al Cuarto el día que quiso entrar a la estación de policía-. Akise Aru, detective juvenil, y su acompañante Subarashii Joshu** se harán cargo del caso.

Yukiteru giró los ojos en su interior. Subarashii Joshu. De todos los nombres inventados posibles. Tanto descaro era de no creer. Y seguro que Akise ni siquiera se daba cuenta de cuán cerca estaba de dar en el clavo. Mikami Ai ya estaba resignada a la nueva situación. No tenía otra opción. Se levantó del sofá, acomodándose el bolso al hombro, y se dirigió a la salida. La blusa que tenía puesta dejaba a la vista la forma de su cintura y caderas. Yukiteru se preguntó si era consciente de la manera en que las meneaba al caminar. No era un movimiento exagerado, actuado, rogando por atención. Lo suficiente para atraer miradas.

Akise la acompañó para cerrar la puerta detrás de ella. Nada de meneo ahí. Sólo una chaqueta abierta y piernas en movimiento en pantalones normales. En cuanto el detective regresó Yukiteru tenía la frase lista para salir.

-Así que me llamo Joshu y soy tu ayudante.

-Subarashii Joshu -puntualizó Akise, alegremente-. Creí que sería lo más apropiado y tenía que llamarte de algún modo.

Yukiteru se calló. Acababa de darse cuenta de que no le había dicho cómo se llamaba y de que no estaba listo para hacerlo. Plantearía un montón de preguntas inconvenientes. Abriría las puertas a una muy larga historia que incluiría su propia muerte. La muerte de Yuno. No quería arrancar esa costra tan nueva todavía. Akise se dio cuenta de la clase de silencio que llenaba el cuarto y esbozó su mejor sonrisa.

-Vamos, Joshu-kun -dijo, dando una palmada-. Tenemos trabajo que hacer. Será mejor que te cambies.

Yukiteru volvió a verlo. Se sintió como volver del cielo a la tierra.

-¿Cambiarme?

-Sí, le dije a Ai-san que ese era tu ropa de dormir pero dudo que sea un traje discreto para salir al exterior. Puedes usar cualquier cosa que encuentres en mi armario. Debemos tener más o menos la misma talla.

Yukiteru encaminó hacia las escaleras, pero se volvió antes de subir.

-¿De dónde dices que la conoces?

-Oh, cierto. No te dije -notó Akise y sacó un papel doblado de su chaqueta. Se la pasó-. Desde hace un par de días estuve repartiendo estos por la ciudad. Necesito el dinero y pensé que esta sería una buena manera. Con tus habilidades de espionaje debería ser mucho más sencillo.

El papel doblado era un afiche celeste donde Akise Aru se ofrecía a resolver cualquier caso que se le pidiera. El precio sería una cuestión a negociar. Abajo de todo estaba el número de su celular. Sólo había un dibujo de Sherlock Holmes mirando al frente con aire inquisitivo. Ninguna pista de que quien contestaría el teléfono sólo sería un estudiante de secundaria.

Yukiteru se sonrió de medio lado. Ahí estaba, la razón de su mensaje. Sabía que tendría sus motivos. Curiosamente no le molestó para nada confirmarlo.

-¿No sería eso como hacer trampa?

-Un detective debe saber usar todo los recursos a su disposición -dijo Akise como si recitara la lección en clases-. Y tú eres el mejor recurso que tengo a mi disposición.

Remató el cumplido guiñándole el ojo. Yukiteru desvió la cara en el acto y comenzó a subir las escaleras. Sabía que era el mismo movimiento para ganar complicidad que había usado con el otro Yukiteru. Sabía que la idea era acercarse de una manera amistosa. Sabía que lo necesitaba a causa de sus poderes. Que eso y “aclarar el misterio” era todo lo que el muchacho buscaba.

¿Entonces por qué le había puesto tan incómodo?

“Todo es culpa de Muru Muru”, pensó, revolviéndose el pelo. Si esa demonio no le hubiera metido ideas raras en la cabeza ahora estaría perfectamente tranquilo. Seguro que sí. Sólo debía procurar olvidarse de ella mientras estuviera con Akise. No debería ser tan difícil.

En el cuarto revisó el armario, con su cuadrado de mangas en el suelo. Luego miró su túnica negra. Estaba rasgada en las mangas y la parte inferior. Parecía un disfraz de bruja para el Halloween que celebraban en otras partes del mundo. Le sorprendía que la Séptima no se hubiera mostrado más desconcertada al verle así. Por si no fuera poco el traje se movía de una manera sobrenatural, sin acabar de tocar su piel y al mismo tiempo actuando conforme a ella.

Extendió el brazo frente a sí. Pensó en la clase de manga que deseaba tener y la tela, acorde a su mente, se contrajo hasta su codo y se alisó. Los bordes rasgados se alinearon. Ahora tenía un aspecto más normal. Así hizo con todo su cuerpo, dándose una camiseta sobre unos pantalones cortos hasta la rodilla, la clase de ropa que usaba mientras era humano. Sólo le quedaban los pies descalzos, pero eso se resolvió con un poco de capucha que descendió por sus piernas y se los envolvió hasta tomar la forma de zapatillas. Levantó cada pierna para que acabara de cubrirle las plantas y las probó sobre el suelo. Eran bastante cómodas, lo que era de esperar.

Se vio en el espejo del armario. Su cabello tomaría demasiado tiempo, mejor olvidarlo. El color negro resaltaba la palidez de su rostro. Resultaba obvio que no había visto la luz del sol en muchísimo tiempo. Podría cambiarle el color, pero decidió que con los cambios ya hechos bastaba. Además el negro era el color de los espías, así que era apropiado. Justo en el momento en que se sujetaba el cabello en una coleta con un pedazo de su capucha, Akise abrió la puerta.

El muchacho quedó gratamente sorprendido por verlo vestido así. Yukiteru se ajustó la coleta, mirándose en el espejo para asegurarse que su expresión permanecía impasible.

Gracias al cielo era así.

-Debí suponer que te las arreglarías solo -dijo el detective-. ¿Ya estás listo?

-¿Qué es lo que haremos exactamente?

-Seguir al novio de Ai-san. Ella teme que la esté engañando y quiere asegurarse.

Yukiteru abrió los ojos antes de darse cuenta de que mostrar su sorpresa sería improcedente. Se suponía que él no los conocía de antes. Era un ser de otra dimensión, no de otro pasado.

-¿En serio? -dijo para cubrirse-. Rayos, eso sería una lástima. Ella es una chica tan linda. No me imagino quién podría ponerle los cuernos.

“Sobretodo sabiendo lo buena que es con cuchillos”, pensó para sus adentros.

-Estoy de acuerdo contigo, pero los asuntos del corazón son complicados.

Akise suspiró rascándose la nuca, como si fuera una historia de nunca acabar. Yukiteru lo miró. Miró los mangas y novelas románticas. Reflexionó acerca de su loca historia con Yuno. Todas las vueltas, confusiones, contragiros, declaraciones de odio, la violencia, mentiras e intento de asesinato. El suicidio.

Sí, definitivamente complicados era la palabra justa.

Localizar al Séptimo fue la cosa más sencilla del día. Sobre su propia mano Yukiteru había creado una nueva pantalla que le permitía verlo desde arriba y seguirlo sin problemas. Podrían haber hecho ese trabajo en la casa, pero Akise insistió en ir hasta el lugar de los hechos.

El Séptimo estaba en el centro comercial, hablando con la dependienta de un puesto de perfumería abierto. Del tipo en el cual las personas recibían rociadas de nuevos productos sin haberlo deseado. A Yukiteru se le hacía raro ver eso con él en lugar de verlo a él en la pantalla. La dependienta era una mujer preciosa, morena, cuya sonrisa rodeada de carmín parecía llenarle toda la cara. El séptimo se había apoyado en el mostrador de cristal para hablar y fuera lo que fuera lo que dijera a ella parecía serle muy gracioso.

-Podrían simplemente estar hablando -dedujo Akise, ladeando la cabeza. Los dos estaban dentro del centro comercial, ocultos en un callejón entre dos establecimientos. Si quisieran podrían haber visto al Séptimo por sus propios ojos sólo con doblar una esquina-. ¿Podrías acercarte y hacernos oír lo que dice?

-Sí, no hay problema.

A Muru Muru le hubiera tomado la presión de unas teclas. Él sólo tuvo que desearlo y se encontraron de pronto viendo el perfil de su objetivo como si estuvieran parados a su lado. Él había cambiado todavía menos que Mikami Ai.

-Entonces -decía entonces. La voz salía de la misma pantalla-, ¿qué me recomiendas para una mujer así?

La dependienta comenzó a enumerarle las diferentes clases de fragancias ideales para las mujeres “apasionadas.” Sacó varios perfumes para exhibición de los estantes a sus espaldas y empezó a mostrárselas rociando un poco en tiras de cartón. Algunas muestras parecían ofender a la nariz de Marco pero otras le hacían encoger de hombros, nada impresionado.

-Es impresionante esta calidad de imagen -comentó Akise-. Impecable, diría yo. ¿Así es como me has estado siguiendo?

Yukiteru hubiera preferido que empleara otra palabra, aunque esa fuera la correcta.

-Sí.

-Impresionante -repitió Akise y le palmeó el hombro como viejos camaradas-. Realmente no me equivoqué al escogerte como mi Watson, Joshu-kun.

-Tampoco es que tenías muchas opciones -le recordó Yukiteru.

-Lo cual demuestra que este es parte de nuestro destino. Sencillamente no podría haber encontrado a nadie mejor -Akise lo decía por sinceridad, porque lo creía, pero Yukiteru prefería que lo guardara para sí. Cada vez que escuchaba esa maldita palabra con d se acordaba de Muru Muru y deseaba escapar lo más lejos posible-. ¿Para quién crees que sea ese perfume?

Agradeció el cambio de tema.

-No lo sé. La vendedora sólo dijo mujeres apasionadas. Bien podría referirse a Mikami -Se acordó de que no se suponía de que él supiera nada de ella y, tratando de imprimirle naturalidad, agregó-: Es decir, una mujer que contrata a un detective para asegurarse de que no la están engañando debe ser muy apasionada, ¿no?

-Sí, es cierto -concordó Akise sin despegar los ojos de la pantalla.

Yukiteru suspiró para sus adentros.

Marco escogió una fragancia francesa con esencia de rosas salvajes. Pagó con tarjeta de crédito y se fue sin darles las gracias a la dependienta. Una vez obtenido su objetivo ya había perdido todo interés en la mujer. Parecía tremendamente aliviado con haber terminado esa parte de sus deberes. La bolsa se bamboleaba contra el costado de sus pantalones.

Se detuvo en frente del cine y alzó una ceja con interés. Veía el enorme póster promocional de una película romántica, en cuya imagen dos jóvenes adolescentes, él vestido de guerrero y ella con una armadura demasiado grande para ella, se sonreían uno al otro mientras escapaban de un reino entero de criaturas enfadadas con ellos. Marco miró durante mucho tiempo al par de protagonistas. Felices de estar juntos aunque el mundo entero los persiguiera. Acabó sonriendo.

-Infantil -determinó para sí-, pero correcto.

De mucho mejor ánimo que antes, fue a la taquilla para comprar un boleto a la única película de acción que exhibían en el momento. Akise frunció el ceño y levantó la cabeza, justo para ver al Séptimo entrando por las amplias puertas.

-Ojala pudiéramos entrar -comentó, frustrado.

-Podemos -dijo Yukiteru. Cerró la palma, deshaciendo la espalda de su objetivo, y salió del callejón para asegurarse de que nadie les ponía atención. Ahora que estaba metido en el asunto, le parecía hasta divertido-. Muy bien. Toca mi capucha. Entraremos sin que nadie nos vea.

En ningún momento Akise protestó o demostró mucho asombro. Se limitó a tocar el pedazo de tela y caminar justo detrás de él mientras Yukiteru avanzaba hacia el montón de futuros espectadores. Ni siquiera tuvieron que maniobrar para que no los tocaran porque sus cuerpos sencillamente atravesaban los obstáculos que se les pusieran en frente. Para esas personas serían menos que fantasmas.

-Eres increíble, Joshu-kun.

Yukiteru descubrió que eso de dejar a Akise impresionado, con todo lo listo que el muchacho era, le gustaba. Le hacía sentir importante, guay.

-Lo sé -dijo en un arrebato de buen humor.

Entraron en la sala adonde el Séptimo había entrado sin que una sola persona volteara a ellos. Pronto lo ubicaron de nuevo, gracias a su particular peinado, y Akise le señaló cuatro filas detrás de él para que se sentaran. Sólo una vez acomodados en sus asientos el detective soltó su presa. Acababan de apagar las luces y la película ya mostraba los avances.

-¿Somos visibles?

-Sí, ahora sí.

Akise se inclinó hacia el frente, hasta apoyar los brazos en el asiento delantero, para seguir observando su objetivo. Parecía absolutamente tranquilo respecto al hecho de que su ayudante pudiera convertirlo en un ser inmaterial con sólo un toque de su ropa. A Yukiteru no le importó demasiado por esa vez su falta de curiosidad.

-¿Cuántas veces has hecho esto, Joshu-kun?

-Créelo o no, esta es la primera vez que me meto en un cine sin pagar -O al menos presencialmente, con él realmente ubicado en la escena. Pasó las manos por los apoyabrazos mullidos de los asientos. Las sillas eran para echarse a dormir en ellas, perfectamente cómodas-. Hacía mucho tiempo que no venía a uno. Ya me había olvidado lo que era.

Akise giró la cabeza hacia él y algo en su mirada (¿qué? ¿alegría, satisfacción? ¿qué tenía eso de malo?) le dio una punzada de inquietud. Como si lo hubieran visto haciendo una actividad privada, vergonzosa.

La película comenzaba.

-Bueno, me alegro de que estés feliz -dijo Akise.

Yukiteru se preguntó si esa sería la definición correcta. A su pesar tuvo que reconocer que sí, se la estaba pasando bien. Se interesaba por los hechos, como antes de todo el tema de los diarios del futuro, pero además participaba de ellos, ayudaba a que fueran por un camino satisfactorio. Incluso resultaba que no estaba solo en eso. Para variar Muru Muru no era la única compañía con la que contaba.

Mientras Akise no se perdía detalle de Marco, Yukiteru aprovechó para verlo a él. Podía estirar la mano y tocarlo si quería. Akise no se molestaría por ello, estaba seguro. Era tan real como el resto de los sonidos a su alrededor. El de una pareja hablando sobre apagar o no los celulares, el de alguien comiéndose sus dulces al mismo inicio, el de pies acomodándose y gente que se corría. Le parecía que descubría los sonidos de fondo por primera vez. En la nada se vivía del silencio, de la quietud perfecta.

El mundo real no era así. Era ruido, miles de personas conviviendo y hablando incluso cuando no se suponía. Ese Mundo no era el suyo y sin embargo ahí estaba, rodeado por su realidad. Para todos ellos sólo era un día más, la normalidad. Para él lo normal era verlos desde lejos, seguro en la nada o en su propia cabeza, con sólo un par de ojos para seguirlos.

Ahora todo eso estaba cambiando, podía sentir la diferencia, y en su interior no apareció el menor pedazo que se negara a darle la bienvenida al cambio. Estaba harto del silencio, por fin se daba cuenta. En el silencio se oía el murmullo de los muertos. En el ruido el susurro de miles de vidas.

Quizá no todo era a causa de Akise, pero no cabía duda de que él y su sueño habían sido los detonantes. Tal vez una parte suya sí había estado llamándole todo ese tiempo y sólo entonces se percataba.

“Miren las cosas que estoy pensando”, se burló en su mente. “Todo esto es una absoluta locura.”

Sí, era posible. Pero no por ser una locura tenía que ser desagradable.

La película era de hombres peleando en un torneo para mantener el mundo a salvo de una dimensión llena de demonios. Los saltos eran enormes, los golpes tan fuertes que los oponentes acababan atravesando las paredes al recibirlos. Movimientos tan rápidos y complicados que la cámara tenía que ir lenta para que el público pudiera captar lo que sucedía. Viéndolos parecía absurdamente sencillo. Ni siquiera sudaban.

No había que ser un genio para saber que al Séptimo le encantaba. Gritaba recomendaciones y levantaba el puño en señal de triunfo cada vez que el protagonista (uno que luchaba por el bien de su amada capturada) conseguía otra victoria. De hecho, él no era el único que lo hacía, porque la película invitaba a esa clase de exaltación, pero sí el que lo hacía más fuerte. En cierto momento, mientras se desarrollaba un diálogo entre los oponentes, Marco revisó la hora en su celular y pareció atragantarse con su bebida.

-Se mueve -anunció Akise irguiéndose.

Yukiteru lo miró sin entender. Estaba tan enfrascado en la historia que casi se había olvidado para qué estaban ahí.

-Se va -dijo Akise, levantándose de su asiento. Le agarró de la muñeca y tiró-. Vamos, no hay que perderle la pista.

Por un segundo, por un momento, Yukiteru quiso protestar y sugerir que se quedaran ahí. De todos modos podría seguirlo con sólo abrir la mano y pedirlo. Pero lo que hizo fue descender por el pasillo del cine siguiendo al muchacho de pelo blanco, quien a su vez seguía al Séptimo. Salieron de la sala de cine y mientras el Séptimo subía por la escalera eléctrica al piso superior, Akise siguió llevando a Yukiteru hacia el otro lado, el parque de comidas, desde podrían verlo entrar en cualquiera de las tiendas. La mirada de Akise, como la de un halcón, detectó pronto el copete de pelo castaño.

-Entró en una pastelería -dijo, soltándolo al fin-. ¿Podrías hacer que mirásemos?

-Claro -dijo Yukiteru y buscó un sitio en donde nadie pudiera verlos.

Observó un espacio hueco entre un puesto de comidas y una tienda de ropa. Se metió ahí, detrás de un basurero, Akise a su espalda, y activó la pantalla. De inmediato estuvieron mirando en el interior de la pequeña pastelería. El encargado, un hombre alto y fornido, era el que estaba atendiendo al Séptimo, quien buscaba en sus bolsillos.

-No te puedo ayudar sin el recibo, chico -le recordaba el hombre.

-Ya te oí, viejo gordo -respondía Marco-. Sólo deja que lo encuentre -Sacó un pedazo de papel amarillo y se lo mostró victorioso-. ¿Qué te dije, anciano senil? Ahora será mejor que vayas teniendo lista mi orden.

El hombre, impasible ante su impertinencia, se ajustó los lentes para leer el recibo y no le encontró nada malo. Clavó el papel en una aguja junto a otros papeles inútiles y le dijo a su cliente que esperara. Marco comenzó a golpear el suelo con impaciencia al minuto en que se fue. Continuamente miraba su reloj.

-Llega tarde a otro sitio -infirió Akise.

Por fin (aunque sólo fueron cinco minutos), regresó el encargado llevando una caja cuadrada y amplia en sus manos. La caja estaba decorada con los colores de la tienda y el frente transparente permitió ver un pastel blanco decorado con pequeñas rosas rojas. Marco pagó lo debido y salió. Llevaba la caja como algunos meseros sus bandejas, en perfecto equilibrio sobre su mano. Fuera de la tienda Marco dio la impresión de estar haciendo un recuento mental con los dedos.

Una cosa ya estaba hecha. Otra más. Le faltaba una tercera y por la forma en que agitó el dedo, dándole importancia, esa era vital. Tan vital que hasta parecía nervioso si uno lo veía tan de cerca como ellos dos lo hacían. Akise adelantó más el rostro. Marco asintió varias veces para sí, dándose valor, y se dirigió valerosamente (separando cada paso, caminaba como si tuviera piernas de maderas) hacia la tienda en el otro costado del piso. Una joyería.

-Dicen que las joyas son los mejores amigos de una chica -comentó el detective-, pero eso no quiere decir que no esté pensando en comprar algo para sí mismo.

-Supongo -dijo Yukiteru sin creérselo.

Si todo eso no era para Mikami a ella le esperaba una muy mala noticia.

Marco desentonaba completamente con el elegante establecimiento. Incluso él se dio cuenta nada más atravesar la puerta. Pero eso no le impediría seguir adelante. Aspiró una honda bocanada de aire y al expulsarla recuperó ese aire de chico sin vergüenza que le caracterizaba. Se dirigió a uno de los vendedores, vestido con traje y corbata sin duda mucho más caros que su ropa, cual si fuera cualquier otro de la calle. Le habló, con aire petulante, de su necesidad por algo “especial” para alguien importante para él. Lo más hermoso que tuvieran, daba igual el precio. Y más le valiera no salirle con baratijas. ¿Podría manejar semejante responsabilidad?

El vendedor lo miró de arriba abajo, guardándose sabiamente sus impresiones para más tarde. Le preguntó qué era lo que buscaba. ¿Un anillo, aretes, collar, brazalete? ¿Ese “alguien” era una mujer o un hombre?

-Por supuesto que una mujer, imbécil -le respondió Marco-. Es más, la mujer más sexy y hermosa que podrías haber visto en tu miserable vida. Ahora concéntrate y muéstrame los anillos.

No había necesidad de ser tan grosero.

-Viejo, ando con prisas y encima ni siquiera pude terminar mi película. Si quieres mi dinero deja de decir tonterías y enséñame lo que te pido.

Maldiciendo en su interior a la juventud impertinente de hoy en día (o al menos eso imaginó Yukiteru por la forma en que giraba los ojos), el dependiente le enseñó un cuadrado de terciopelo en el que estaban encajados más de una docena de anillos. Todos tenían piedras brillantes engarzadas en oro. Cada vez que la luz se movía despedían brillos fascinantes. Marco no parecía impresionado.

-Muy pretencioso -despreció-. Ella se merece algo mejor.

Ignorando al vendedor se puso a ver en el resto de anillos expuestos en el mostrador. Señaló uno en la parte inferior y pidió que lo sacaran. Una vez hecho eso sacó, sin pedir permiso, el objeto que le interesaba. Era un anillo de plata, delgado, con una piedra celeste alzándose desde el centro. Marco la alzó en el aire para examinarla más de cerca. Se la puso en su propia mano para ver el efecto que hacía. Quedaba bien. Elegante sin exagerar. Claro que sería mucho si fuera la mano de una mujer, pero no pensaba en eso.

-Sí -dijo sacándosela-, esta estará bien. Tiene lo justo. Me la llevo.

Comenzaron a buscarle una caja para el anillo. Marco sacó un fajo de yenes para pagar y metió la pequeña bolsa en la más grande con el perfume dentro. Estaba hecho. Podía respirar en paz de momento. Para acabar de relajarse decidió sentarse en una cafetería, dejando el pastel y las bolsas a su lado.

Pidió un café a la camarera y mientras él esperaba, su celular comenzó a vibrarle en el bolsillo. Respondió sólo después de haber visto el identificador de llamadas.

-¿Qué sucede, Orin? -dijo.

Yukiteru contuvo a tiempo un respingo. La imagen de la niña, una de las huérfanas de Hogar de Mamá, le pasó rápidamente por la mente.

-Miyashiro Orin -dijo Akise como si hubiera visto lo mismo. A la mirada de Yukiteru, respondió-: Participa todos los años en el certamen de Señorita Sakurami del festival de verano. Es muy inteligente para su edad.

Yukiteru lo recordaba.

-También es una huérfana de Hogar de Mamá, de donde salió nuestra clienta -continuó Akise, acordándose-. La investigué antes de aceptar su caso, naturalmente.

-Naturalmente -repitió Yukiteru. De otro modo hubiera sido imposible.

-Sí, sí, acabé con todo -decía Marco por el teléfono-. ¿Todo está listo allá? Vale, perfecto. Oye -dijo, poniéndose muy serio de pronto-, recuerda decirle a Ueshita-san que muchas gracias por el dinero. Gasté un poco más de lo que esperaba pero se lo devolveré con intereses apenas pueda, puede estar segura -Se quedó escuchando lo que le respondían del otro lado. Apenas le hizo un gesto vago a la camarera que le trajo el café-. Bien, iré de inmediato. No dejen que Ai se acerque antes de que yo esté allí.

Habiendo colgado, Marco bebió su café de un trago, derramando un poco por el costado de su boca. Se limpió con la manga y dejó la cuenta, más propina, justo debajo del platito. Se alejó con todas sus compras y mientras caminaba una sonrisa de medio lado se escabullía por su rostro.

-Bueno, ahí va el misterio de dónde sacó el dinero -dijo Akise-. Ahora falta descubrir cómo reaccionará nuestra clienta esta noche. Tendremos que adelantarnos a aclarar sus dudas para poder recibir nuestra paga. De nada servirá todo nuestro trabajo de hoy si al final ella descubre la verdad por sí sola.

Yukiteru se dio cuenta de que lo decía por su paga.

-¿De verdad necesitas tanto el dinero? -no pudo evitar preguntarles mientras salían de su escondite.

-Inevitablemente, sí -respondió Akise, saliendo del centro comercial. Entraron el estacionamiento y se apoyó contra un poste de luz en tanto sacaba el celular-. No me gusta pedírselos a mis padres. Me encantaría ser como los detectives clásicos que se dedicaban a los misterios como mero ejercicio mental, pero no tengo un título nobiliario que me respalde. Una lástima.

Yukiteru consideró decirle que él podía tomar lo que quisiera sin preocuparse de tener que pagar. Que incluso podía conseguirle todo lo que quisiera de esa forma, pero no se decidía a abrir la boca. No le preocupaba que el joven lo viera con malos ojos a esa especie de robo mágico, pues nada había dicho respecto a escabullirse en el cine. No, era otra cosa la que mantenía sus labios pegados. Tal vez sería mejor directamente no decir. Akise ya hablaba por el teléfono.

-Hola, ¿Ai-san? Sí, tengo noticias acerca de tu caso. ¿Sería posible que nos viéramos en el parque? Fantástico. Estaremos ahí -Guardó el aparato y sonrió-. Tenemos un caso que cerrar, Joshu-kun.

Esa noche, mientras Akise guardaba las ganancias del día en su caja de zapatillas correspondiente, Yukiteru miraba el interior del orfanato a través de la pantalla manual. Mikami se había mostrado eufórica por la fiesta sorpresa que le prepararon sus antiguos compañeros, pero no fue hasta que Marco abrió ante ella la caja con el anillo de plata cuando lanzó un chillido ensordecedor. La imagen se llenó de confeti mientras la pareja se abrazaba bajo los globos.

-Parece feliz -dijo Akise, cerrando la puerta de su armario. Se le acercó con unos yenes-. Ten. Esta es tu parte del pago.

Yukiteru cerró la mano y lo miró con asombro. En ningún momento se le había ocurrido recibir una paga.

-Está bien, en serio -dijo, de pronto nervioso-. Yo sólo te ayudé a seguirlo y lo hicimos todo en una sola tarde. Fue divertido y ni siquiera necesito el dinero.

-Algunos casos se resuelven más rápido que otros. Es parte del oficio. ¿Estás seguro que no quieres recibir tu recompensa?

Yukiteru sonrió. Él ya había tenido su recompensa con haber pasado esa tarde junto a un amigo. Recordó esa sensación de vida sentida en el cine, la consciencia de que no era único en el universo. De que no estaba solo. No necesitaba nada más.

-Sí, estoy seguro.

(*)Joshu: “Ayudante” en japonés, según mi diccionario.

(**) Subarashii Joshu: Divino Ayudante.

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