El caso del dios triste. 13

Capítulo 13

El objetivo

Aru se despertó con la alarma del despertador. Sin abrir todavía los ojos, mecánicamente, su mano apretó el botón rojo y comenzó a desperezarse estirando todos los músculos. Al hacerlo cayó en cuenta de que no había nada que se lo impidiera; giró con una sensación de espanto inaudita y palpó el espacio vacío. ¿Dónde…?

-Ah, ya despertaste -dijo la voz de Shuei a sus espaldas.

Aru sintió que le volvía el alma al cuerpo. Qué absurdo asustarse tanto por semejante cosa. El joven dios estaba de cabeza en el aire, las piernas cruzadas y uno de sus libros de Sherlock Holmes en las manos. Había vuelto a usar su extraña túnica oscura para cubrirse y, como siempre, esta no parecía someterse a la gravedad igual que las prendas normales. Le sonrió algo tímidamente, enseñándole la portada con el detective de perfil.

-Disculpa que lo tomara, pero me dio curiosidad.

Aru se sentó, disfrutando de su sensación de desnudez contra las sábanas. Estaba espectacularmente fresco esa mañana. El recuerdo de anoche le alegraba. El que Shuei (Yukiteru, dios, quien fuera) siguiera ahí tenía mucho que ver.

-Está bien -Quería preguntarle si leer cabeza abajo de hecho le servía mejor que al derecho, como le parecía. En su lugar inquirió-: ¿Te quedaste toda la noche?

El dios asintió, concentrando su mirada en el libro. Su cabello, suelto y lacio, ondeó como una bandera mientras debajo de los ojos aparecían señales rojizas.

-Sí, bueno, no iba a irme así como así, ¿no? Pero no creas que te estaba viendo mientras dormías ni nada parecido. Esperé un rato y me aburrí, así que me puse a leer algunos de estos -Señaló el escritorio, en cuyo borde se apilaban un par de mangas del Detective Trap y una antología de cuentos de misterio-. Bueno, iba a hacerlo pero me quedé enganchado a este. Casi no me di cuenta de cuándo se hacía de mañana.

-Una buena lectura suele hacer eso -comentó, poniéndose de pie.

Levantó los brazos y los estiró para provocar la mirada del dios, como ciertamente sucedió. La conocida satisfacción llenó su pecho. No creía que ser vanidoso, pero le gustaba tener toda su atención enfocada en él. Saberlo una atracción mutua le provocaba el impulso de evidenciarla en cada oportunidad posible, excitándose en el proceso.

Yukiteru se entusiasmó. Nunca le había pasado algo así, de pasarse una noche entera sólo leyendo. Se había dejado succionar por el misterio que rodeaba a los personajes y comenzaba a especular a partir de lo que veía en sus actitudes. Cuando oyó la alarma fue como si dos en el cuarto se hubieran despertado de un sueño.

Durante la noche había tirado a la basura la ropa interior rota (con una indeleble sensación de incredulidad) y recogido el resto sobre la silla. Intentó volver a la lectura cuando Aru se levantó, regresando la cabeza a su lugar. Arriba o abajo, a él le daba igual, pero abajo tenía demasiado a la altura del rostro partes del cuerpo del detective que… no podía sino preguntarse cómo pudo llevárselas a la boca. Antes habría creído que tendría un sabor agrio o desagradable, pero no fue así. Le resultaba desconcertante lo mucho que lo había disfrutado. Sólo de pensarlo le hacía sentir cosquillas abajo y una mano invisible empujándolo a levantarse, de modo que repasó la última oración en la que se había quedado. No le encontró el menor sentido, quiso volver atrás y aunque leyó tampoco entendió nada. Era un caso perdido.

Mientras tanto, Aru tuvo tiempo de abrir el armario, hacer sonar un gancho de ropa y regresar a la cama. El sonido de las sábanas despejándose. Yukiteru creyó que ya era seguro mirar de nuevo.

El detective se había puesto una nueva camisa, nada más, y le sonreía con una de sus corbatas a mano. Era todo lo que hacía y, sin embargo, Yukiteru se sintió tragar duro. La camisa ni siquiera estaba abotonada, haciendo de telón para un pecho y abdomen blancos. La lectura era lo último en su mente cuando Aru le hizo un gesto con la cabeza para que se acercara. El dios, como si lo moviera una máquina a vapor, dejó el libro sobre el escritorio y flotó hacia él. Hacia la cama y los labios del muchacho. Sus cuerpos se juntaron por instinto, reconociéndose en el calor ajeno. Parecía tan sencillo olvidarse de cosas como la destrucción del universo y reflejos mortales de esa manera, siendo tocado así. El verdadero mundo se reducía a aquellas sensaciones de sed y hambre.

Se suponía que era día de semana, de escuela para Akise, pero era evidente que no pensaba llegar temprano tampoco hoy. El dios comenzó a reconocer las formas que la prenda abierta dejaba a su alcance y ya estaba preparándose para ir todavía más abajo cuando el otro joven le empujó los hombros. Desconcertado, se vio sujeto debajo del otro, cada muñeca atrapada por sus manos. Lo que de verdad le sorprendió más que nada fue que Aru comenzara a atarle con el par de corbatas (no una, como creyó, sino un par) a la barra de la cama. Eran ataduras bastante firmes, como comprobó al tironear. Una punzada de inquietud le asaltó.

-Oye, oye, ¿qué haces? -preguntó, queriendo levantar su brazo aún libre pero Aru se la atajó sin hacer demasiada fuerza.

El detective mostraba una tranquilidad imperturbable.

-Sé que puedes liberarte fácilmente -dijo-, pero quisiera que me sigas la corriente. Tuve esta idea hace algún tiempo. La primera vez que durmiéramos juntos te despertaría así.

Aru lo presionó para que se mantuviera acostado y procedió a sentarse encima de su vientre. Yukiteru no luchó ya que, a pesar de todo, tenía curiosidad por ver cómo continuaba. Además de que en esa posición le fue sencillo caer en cuenta de que el otro había decidido prescindir de la ropa interior también, por lo que su mente se hallaba incapaz de encontrar la menor protesta. Diablos, hasta podía percibir el peso de lo que tenía en su entrepierna, presionando en su contra. De inmediato los pies se le contrajeron. La bomba en su pecho quería quemarle.

-Es sólo una fantasía -siguió explicando el detective. La forma sonriente de mirarle le indicó a Yukiteru que sabía exactamente lo que le pasaba por la cabeza. Lo que el dios no sabía era que por su cara, entre excitada, expectante y reticente, cualquiera podría haber adivinado-. La breve fantasía donde creo que puedo retenerte. Hiciste algo anoche, ¿no es cierto?

El cambio de tema le dejó descolocado.

-¿Qué?

-Usaste tus poderes para que no me doliera, ¿cierto? -Aru ladeó la cabeza, mirando la cortina para recordar-. Leí al respecto en la red y todos concuerdan en que la primera vez causa siempre algún grado de dolor. Anoche sólo fue incómodo al inicio. Me extrañó pero, desde luego, no iba a preguntarte al respecto justo en ese momento.

Y le sonrió, como si él debiera entender que estaba demasiado entretenido para pensar en nada más que en lo que hacían. Yukiteru entendía perfectamente, por lo que se sonrojó. No a causa de la vergüenza, la cual ya se le estaba diluyendo al calor de los hechos, sino porque recordar la concentración que tuvo que usar en esa parte de Aru aumentaban las cosquillas de por sí nada graciosas en su cuerpo. Intentó relajarse a sí mismo y al ambiente riéndose del chiste, consiguiendo una mueca torpe en su lugar.

-Por supuesto. No iba a pasármela todo el tiempo preguntándote si estabas bien -“Como en los yaois favoritos de Muru Muru”, pensó girando la cabeza- si es que podía evitarte cualquier molestia directamente. Dije que desde ahora yo te protegería y… ya sabes, así se empieza.

-¿Puedes hacerlo otra vez? -le preguntó el detective con una irritante simpleza.

El dios tuvo una bola de acero en la garganta. Cerró los ojos y volvió a recordarse que sólo tenía que dejarse llevar. Sólo eso e incluso él sería feliz. Con todo lo que sucedía, en realidad lo necesitaba.

-Sí -dijo, regresando su mirada al otro-. Siempre que te esté tocando con mis manos.

-Ya veo -Aru hizo ademán de atarle la muñeca con su otra corbata, pero por su expresión era evidente que más bien le pedía permiso.

A Yukiteru se le había pasado la impresión. No obstante, tenía que intentarlo.

-¿Es realmente necesario? -preguntó.

-No -El detective se inclinó hacia él para susurrarle lo siguiente-: Tú puedes hacer lo mismo conmigo después si quieres.

“Pervertido”, volvió a calificarle el dios. El detective andaba por la vida como un sujeto listo y racional, ocultando hábilmente lo que había bajo la superficie. Y sin embargo la idea de tenerlo en ese plan creó una pequeña tormenta en su bajo vientre. Habría sido una idiotez negarlo.

-Bien -contestó, ahora bastante consciente de que su voz, casi ronca, debía estar develando sus pensamientos.

Que así sea, pensó filosóficamente. Aru tenía la culpa después de todo. No se podía actuar de otro modo cuando la persona que le gustaba se ponía a provocarlo directamente. Apoyó su muñeca contra la barra de la cama, esperando. Aru deslizó la mano por su brazo desnudo en una leve caricia tranquilizadora, antes de atarle finalmente con la corbata. Tenía razón, podía liberarse cuando quisiera, así que esa idea de poder “retenerle” sólo funcionaba en una fantasía. Saberlo acabó sus dudas. No tenía nada por qué temer.

De pronto Aru le tomó ahí abajo. Su agarre firme y la tibieza súbita de su palma le hicieron soltar un respingo. Era lo último que faltaba para que acabara de endurecerse. También tuvo el impulso de agarrarlo por la baja espalda, pero se obligó a seguir las reglas del juego. El tacto de Aru, ya familiarizado con esa situación, debería ser lo bastante satisfactorio.

-Vaya, ya te estabas preparando -comentó el detective, divertido.

Por un segundo Yukiteru quiso negarlo, pero, vamos, el chico lo estaba tocando.

-Como si te sorprendiera con todas esas cosas que dices -masculló, perturbado. Sus caderas se movían prácticamente por su cuenta para sentir más sube y baja-. Eso lo hiciste tú y nadie más que tú.

La expresión del detective se volvió inusitadamente cálida.

-¿Es así? Me alegro mucho.

Se levantó sobre sus piernas blancas y tuvo que dejarle ir para darle otro uso a sus dedos. Yukiteru puso muchísima atención en la forma en que se los humedecía (seguro de que le demostraba demasiada lengua a propósito) y luego cómo le cambiaba la cara. Le dolía, obviamente. Más que anoche. Yukiteru recordó lo que se suponía que iba a hacer y cerró su mano alrededor de la del detective, apoyada contra la barra, transmitiéndole en el acto su energía.

Pronto el cuerpo del detective abandonó en gran parte la tensión dominante. En tanto su respiración se normalizaba juntó los dedos a los contrarios.

-Gracias -suspiró, aliviado.

-Perdona, casi lo olvido.

Aru negó con la cabeza y bajó a besarle. Fue un beso suave que le dejó con una palpitación distinta a las del resto. Un tipo de calor totalmente distinto.

-Está bien.

El detective se irguió nuevamente y continuó con lo suyo. Empezaba a enrojecer, su boca se abría con breves jadeos. No pasó mucho tiempo hasta que el dios volvió a dar cuenta de sus toques, esta vez más sentidos a medida que lo obligaba a entrar, usando la gravedad a su favor. Yukiteru desinhibía las sensaciones de dolor capaces de llegar a su cerebro emitidas desde parte. Para eso tenía que visualizar exactamente lo que sucedía ahí y esa imagen mental donde un miembro de su cuerpo era incluido acabó de hacer aguas sus reparos. El vapor lo tenía dominado incluso antes de que Aru consiguiera un ritmo constante y aceptable para ambos. Luego ya no quiso ser consciente ni siquiera de sí mismo.

Los días de soledad y reflejos mortales parecían demasiado lejanos en ese instante. El mundo podía acabarse mañana mismo, daba igual. Mientras tuviera vivo ese recuerdo en la carne podía recordar la calma con que Minene le enseñó su anillo de casada y declaró no necesitar la divinidad para ser feliz. Entendía perfectamente lo que quería decir, incluso antes de que lo dijera.

———-

Hayate Kenshi (Furasaki Mashita, según informes policiales) se relajó con la espalda contra la pared de su cuarto. Era el primer momento en que podía hacerlo desde que “aquello” (como lo llamaba, todavía incrédulo) dio inicio. Traer todas sus posesiones desde el departamento que tenía en el centro de la ciudad, junto a todas las armas y provisiones de drogas resguardadas en diferentes escondites por todo lo largo de la ciudad a esa fábrica abandonada que ya nadie recordaba de por sí hubiera sido extenuante. Pero con todas esas ridículas misiones que les mandaba ese sujeto que insistía en llamarse Caos no habían tenido un descanso desde hacía dos semanas.

Plantar bombas en edificios públicas, destrozos masivos a vehículos, robos enormes a tiendas de todos los géneros. Ellos lo hicieron, durante el día y la noche. Al mismo tiempo y en diferentes sitios. A muchos de ellos les causaba gracia el desconcierto de la policía, que obviamente no daba abasto para tantos desastres seguidos sucesivamente. En los periódicos ya hablaban de grupos terroristas cuyo fin todavía parecía incierto. Esperaban recibir noticias de sus peticiones o declaración de principios en cualquier momento.  Bien podían esperar sentados porque ni siquiera ellos tenían claro por qué lo hacían.

Eran un grupo bien organizado de más de veinte hombres. Ninguno de ellos estaba acostumbrado a actuar de esa manera, aunque unos pocos lo encontraran vigorizante, pero no tenían otra opción si él decidía seguir adelante. Después de todo, era el hijo de su bienamado líder, que los guió sabiamente para conservar el bienestar de sus familias y los salvó incluso del acoso yakuza. Lo que el líder decía, se hacía. Entregarían más que un dedo si era necesario; entregarían la vida.

Incluso si lo que se les requería era matar a miles de inocentes. Nadie pretendía vivir en un mundo justo. Así eran las cosas. Ese era el ambiente en que se había criado y el único que conocía desde que los 16 años, cuando lo que debió ser una sencilla operación causó su acelerada independencia. Desde el principio no tuvo más opción que hacerse cargo. Era el único con derecho.

A Kenshi nunca se le hubiera ocurrido quejarse. Algunas cosas le llevó un tiempo aprenderlas (sobretodo aceptar la crudeza, la falta de amortiguadores ante la sangrienta realidad), pero en general fue como ponerse unos zapatos que de tan viejos resultaban cómodos. Le gustaba la fría lógica de la oferta y demanda, el ojo por ojo y ser responsable por su gente. Para ellos él era la voz de la razón, el guía. ¿Cuántos jóvenes de su edad podían presumir de semejante logro?

Pero ahora, su situación actual le resultaba… irritante, por decir lo menos. Era cierto que Caos había cumplido haciéndolos imposibles de localizar para la policía (todavía nadie sabía cómo) y dándoles un refugio capaz de albergarlos a todos de una vez, preocupación que hacía tiempo deseaba resolver. Normalmente eso sería más que suficiente para que aceptara brindarle cualquier ayuda que le pidiera. Sin embargo, no acababa de acostumbrarse a la idea de subordinarse a él, como uno más del grupo, siguiendo órdenes que ni siquiera sabía para qué eran.

Por no mencionar otras cosas que si las pensaba mucho llegaban a darle un buen dolor de cabeza.

Alguien golpeó a la puerta. No quería recibir a nadie, se los había anunciado al resto apenas terminó su cena. Sus hombres no le molestarían en esas circunstancias a menos que fuera importante. Pero él intuía que no era ninguno de ellos. Las cosas habían ido como la seda últimamente. No, sin duda debía ser el otro, cuya presencia no podía evadir como si nada.

-Adelante -dijo.

La puerta chirrió suavemente. En realidad esa era la oficina del gerente de la fábrica y todo chirriaba o tenía el ligero olor de la humedad adherido hasta la médula. Les tomó días eliminar la peste del abandono y hallarse cómodos viviendo ahí. Los escritorios mohosos, cajas a punto de deshacerse y archivadores oxidados tuvieron que ser arrojados en la parte trasera, el único sitio disponible para ello.

Luego tocó una urgente capa de pintura nueva para el lugar donde iría a dormir por las noches. Se negaba a soportar aquel color cemento aburrido por un momento más, de modo que ahora tenía cuatro paredes pintadas en un púrpura oscuro, cubiertas con los pósters de los grupos visual kei que llevaba a todas partes como otros cargaban con sus símbolos religiosos. La maleta siempre lista para una huida rápida, llena de su ropa. Un colchón sobre tres tablas de madera le servía de cama. Espejo colgado de un clavo donde verse cada mañana antes de salir.

Ahí fue donde entró el que no aceptaba otro nombre que Caos. Aparentaba unos 14 años, si uno se guiaba por sus rasgos infantiles y estatura. El cabello negro y largo hasta casi el final del cuello se veía adornado por unas mechas rojas que le obligó a teñirle. Lo veía y Kenshi no comprendía cómo era posible que fuera el mismo niño al que casi habían matado.

Pero lo era. Los lentes de sol oscuros lo confirmaban.

-Kenshi-kun -dijo, alegremente. Ese era su estado usual, lo cual no dejaba de desconcertar a sus hombres, habituados a la solemnidad que requerían sus trabajos-, me dijeron que estarías aquí. Pensé que ya estarías dormido.

“Aunque lo estuviera igual entrarías”, pensó Kenshi, sin privarse de fruncir el ceño. ¿Para qué, si igual el chico hacía lo que le daba la gana? De no ser por esos lentes y lo que sabía eran capaces de hacer le hubiera dado una paliza hacía tiempo. Sencillamente le sacaba de quicio tenerlo a cada momento pisándole los talones, buscándole conversación, sólo porque eran los más jóvenes en toda la organización. Pero no tenía ninguna gana de descubrir lo que sintió el arma de Yon al ser tragada por aquel par de hoyos negros. Jamás volvieron a verla. Innecesario sería cualquier otro incentivo para saber su falta de opciones.

-¿Pasa algo, Caos?

El adolescente entró, cerró la puerta y se dejó caer en su colchón. Tenía una enorme sonrisa de niño contento.

-Deberías felicitarme -Silencio. Kenshi miró su reloj-. ¿No vas a preguntar por qué?

-No.

Hablando de miradas fulminantes. O más bien de pucheros que pretendían serlo, porque sus ojos vivían cubiertos. Kenshi se obligó a no reír por lo cómico que parecía. Lo consiguió. Otra cosa que le irritaba; esos impulsos que debía contener cada tanto. No le sucedía con ninguno de sus hombres. Todos eran hombres mayores, responsables, que guardaban el humor para los fines de semana y enfrente de una taza de sake. Caos resopló.

-Acabo de cumplir 15 años -dijo y volvió a sonreír-. O puede que hasta 16. ¿Sabes cómo lo sé?

Kenshi ni se molestó en responder. Se preguntó en qué idioma debería hablarle a ese chico para que entendiera que quería estar solo y descansar, relajarse. Que de hecho le hacía mucha falta. Podría intentarlo en cuatro lenguas, pero quizá no funcionaría.

-Mira -Caos luchó por sacarse la camiseta azul que llevaba. En el forcejeo los lentes se negaron a pasar por el cuello y cayeron sobre la cama. Kenshi sacó inmediatamente la pistola que guardaba debajo del colchón. No pensaba ser tragado sin haber peleado antes. A Caos lo alertó el sonido del seguro al ser liberado. Suspiró con el rostro contra la tela-. Idiota. Mientras tenga los ojos cerrados no pasa nada, ¿no te das cuenta?

Caos acabó de pasarse la camiseta.

-¿Ves?

No pasaba nada. Con los ojos cerrados, el adolescente podía haber pasado por alguien normal. Eso si uno decidía obviar lo espeluznantes que lucían sus párpados vacíos, sin una esfera que los llene. Caos volvió a colocarse los lentes de sol y subió un brazo, señalándose la axila. Un ligero vello negro nacía de ahí.

-¿Puedes creerlo? Sólo ayer no tenía esto y ahora lo tengo ahí, aquí -indicó el pecho- y hasta acá -señaló su entrepierna-. Así que con eso ya soy bastante grande, ¿no? ¿Cuántos años me darías? No, espera.

El joven se puso de pie y extendió ambos brazos, cual modelo enseñando su nueva colección.

-¿Y bien?

Kenshi lo observó de arriba abajo. A decir verdad estaba un poco más alto que la última vez que lo vio, esa misma tarde. Los músculos mejor definidos, la figura indiscutiblemente masculina. Y eso sólo en dos semanas. Ver para creer.

-Si tengo que adivinar, supongo que 16 -dijo.

Caos sonrió, entusiasmado. Se arrodilló en el colchón y, para perplejidad de Kenshi, le plantó un beso en la cara. Kenshi soltó el arma. No fue por la sorpresa. Fue porque sabía que si la seguía teniendo en la mano acabaría pegándole un tiro a ese descarado, lo cual sin duda le traería problemas. Desde el primer día sabía que no trataba con un humor que podía matar fácilmente. Lo más sensato era quedarse quieto, controlar la ira, antes de que se dejara llevar a hacer algo de lo cual se arrepentiría.

Sintió el aliento del chico contra su labio superior al ser expulsado por la nariz. Justo después se apartó. Menos mal. Las manos iban a acalambrárseles de lo tensas que las tenía, aguantándose el crear un puño. Contó 10, 9, 8… todo el camino hasta el 1 y lo miró. El chico estaba igual de satisfecho que siempre, quizá incluso más. Resistió el llamado a romperle esa sonrisa.

-¿Por qué hiciste eso? -preguntó en cambio, casi escupiendo esa palabra.

-Te gustan los hombres, ¿no?

Y lo preguntaba tan campante. “Oh, lo querías con azúcar, ¿no?”

-Sí, ¿y?

Caos hizo un gesto sutil con la cabeza. De tener ojos visibles, Kenshi suponía que los hubiera notado girar en su cuenca.

-Pues que yo quiero probar eso y tú eres el único que no me da asco -Le pasó la mano por el cabello. Su cabello rubio, que era su orgullo y una de las cosas que más le gustaban de sí mismo. Le agarró por la muñeca y se la apretó. En una persona normal eso debería bastar para hacerlo echarse atrás, pero Caos continuó impasible-. Me gustas y sé que yo no soy precisamente desagradable. ¿Qué dices?

Kenshi le soltó la muñeca con aire desdeñoso.

-Yo no lo hago con niños.

Caos suspiró.

-En dos semanas he crecido seis años. Dentro de otros siete días te alcanzaré. En un mes quizás sea mayor que tú y entonces yo te llamaré niño a ti.

Kenshi se permitió una sonrisa helada.

-Tampoco lo hago con viejos.

-Déjate de estupideces -Caos se volvió a adelantar y le apoyó una mano en el frente de sus pantalones. Los dedos le delinearon de la forma oculta abajo-. Me dijeron que aprovechara cada momento que tenía en la Tierra y eso hago. Si no eres tú iré con algún otro chico. Sabré encontrar la esquina correcta y supongo que ya imaginarás de dónde pienso sacar el dinero.

Los ojos de Kenshi centellaron mientras su mano estrangulaba a ese insoportable mocoso sobrenatural. Caos no se esperaba esa reacción, estaba claro, pero apenas la asimiló sonrió petulante. El condenado sabía que no se arriesgaría a matarlo. No mientras tuviera aquella mirada.

-No te atrevas a tocar los fondos del grupo -le gruñó Kenshi, acercando sus rostros tanto que vio el reflejo del suyo en los lentes-. Nosotros trabajamos por ese dinero. No tienes derecho a tocarlo.

-Entonces dame lo que quiero -Caos volvió a acariciarle ahí abajo. O más bien a estrujarle, con fiereza-. Si no lo haces verás ese dinero desaparecer para que yo pierda mi virginidad. Y si alguno de ustedes intenta detenerme les echaré a la policía encima. O puede que los envíe al infinito sin más. Francamente me da igual cualquiera de las dos opciones.

Kenshi no pudo soportarlo más. Nunca tuvo paciencia con ese mocoso y la mínima tolerancia que se había impuesto acababa de desaparecer. Agarró el cuello de ese inútil con ambas manos y lo aplastó contra la cama. Lo enojó todavía más el hecho de que no se defendiera en ningún momento, de que nunca dejara de verle como si le estuviera cumpliendo el capricho y le hiciera mucha gracia.

-Eres una jodida basura, ¿lo sabías? -le espetó.

-Mira quién habla.

Kenshi agarró su pistola y le apuntó a la frente. Respiraba agitadamente porque nada le hubiera gustado más que apretar el gatillo y verle ese gesto estúpido de los muertos repentinos. Pero al mismo tiempo que lo deseaba veía los lentes de sol y trataba de imaginar qué sería el infinito. No creía en la vida después de la muerte. Con lo que vivía en el presente le parecía más que suficiente para llenar su mente. Lo que sea que le esperara tras los ojos de Caos, no podía dudar de una cosa: perdería a sus hombres para siempre. Perdería el único objetivo de su vida, que era guiarlos, y eso no podía aceptarlo.

Cuando se dio cuenta de aquel hecho, hacía rato su mano había dejado de estrangularlo. Colocó el seguro de nuevo en el arma y la dejó a un lado.

-Bien -dijo, levantándose desde sus rodillas. Se abrió la camisa de por sí desabotonada hasta la mitad y se la deslizó clavándole una mirada dura al adolescente. Este se limitó a lamerse los labios provocativamente, recorriendo su cuerpo con deseo. Deseó escupirle, pero le daría más asco-. ¿Quieres saber lo que es estar con un hombre? ¿Quieres vivir a la carpe diem? Yo te enseñaré. Y luego de esto no te quiero escuchar ni una maldita palabra al respecto, ¿me oíste?

-Incluso tienes piercing en el pecho -Caos se rió, divertido por la curiosidad.

Kenshi no le oyó. No escuchó ninguna de las respuestas que causaron sus acciones y se limitó a hacer lo que quiso. Se ensañó como si no le importara en lo más mínimo lo que le pasara al otro. Al principio esperaba oírle un ruego porque se detuviera, quejidos de dolor o un incluso un grito, pero luego dejó de esperar nada y sólo se dedicó a su deseo. En ningún momento Caos le complació en ese sentido. Parecía que su cuerpo estaba programado para evadir sensaciones desagradables, dejando sólo las buenas. Al final Kenshi sólo pensaría que el chico era mucho más resistente que a la primera impresión, con lo cual acabó ganándose su respeto de una manera más indeleble que lo que podría conseguir a través de otro medio. Secretamente consideraría esa una de las mejores noches de su vida. En ninguna otra se había sentido más libre.

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