El caso del dios triste. 16

Capítulo 16

Caos y orden

A varios metros sobre el nivel del suelo, contemplando las nubes pasarle por la ventana, Caos no podía dejar ir a su mente del mismo modo. A su lado Kenshi se había dormido con los auriculares puestos, escuchando un grupo de visual kei. Parecía bastante cómodo así. Faltaban todavía horas para que llegaran a su destino y él no podía seguirle su ejemplo, los párpados no se le cerraban.

Desde hacía prácticamente dos meses que había adquirido ese cuerpo. Desde hacía dos meses era capaz de hacer más que contemplar el mundo, separado de él. Las cosas tenían una textura, un sabor, un olor impresos en su mente. Nunca imaginó que hubiera tantas por descubrir o que le gustarían de esa manera. Antes apenas tenía un vistazo, una vaga idea sin base concreta. Ya no volvería a ser así de nuevo.

Kenshi solía reprocharle el actuar como un niño, emocionándose por pequeñeces que para él eran lo habitual. No entendía el significado que tenían, lo terriblemente excitante que eran. Daba igual que así fuera, porque el mismo Kenshi había sido también una fuente valiosa de nuevas experiencias. De niño curioso, maravillado, a adolescente, ansioso e impaciente, hasta adulto (o muy cercano a ello) consciente de su maravillosa buena suerte y negativa a perderla. Con tal de poder conservar la presente estaría satisfecho.

Sin embargo, sabía que no sería así por mucho tiempo y la idea le desagradaba. Estaba vivo sólo para cumplir un objetivo y una vez lo alcanzara nada permanecería de la misma manera. Era una pena, pero a lo mejor se las arreglaría para conservar lo necesario. No lo sabía con certeza. Puede que no le quedara de otra que empezar de cero.

En cuanto faltó una hora para que llegaran a Tokio, sintió el llamado. Hasta que no lo percibió, una vibración que empezó detrás de su cabeza y fluyó como una idea obsesiva por su cerebro, no tuvo idea de que lo fuera. Pero no le cabía duda de que había llegado el momento. Su primera respuesta emocional fue de duda… no creía que llegara tan pronto el momento. Aunque era posible que hubiera hecho un trabajo mucho mejor de lo pensado. Ese tipo de cosas eran impredecibles al fin y al cabo. Tanto podía funcionar como no, y por esa vez parecía que sí.

Debería estar feliz, ¿cierto? Debería estar contento porque acabaría su misión, pero en su lugar se sentía torpe. Si tuviera un corazón palpitante como los humanos… negó con la cabeza. Ideas necias que se le venían de vez en cuando. La realidad era como la veía y percibía, nada más. Miró a Kenshi, la cabeza apoyada sobre un almohadón cortesía de la aerolínea. Si se acercaba un poco llegaría a oír por lo bajo la música que ponía, lo cual significaba que al dueño del aparato lo estaban volviendo sordo. Sólo una vez trató Caos de quitárselos y obtuvo por respuesta un gruñido que le convenció de dejarlo. De todos modos, parecía tranquilo.

Acomodó su asiento hacia atrás, como había visto a hacer a Kenshi, tirando de una pequeña palanca al lado, hasta estar a la misma altura que el otro. Detrás de los lentes oscuros (los cuales nunca le permitieron ver los colores exactamente como eran, sino una versión más opaca, y consistía en su única queja respecto a la nueva vida), cerró los ojos, apretó la memoria en sus manos y dejó ir su consciencia. No lo había hecho antes, pero descubrió que era bastante sencillo encontrar el camino hacia la otra dimensión.

Hacia la dimensión de Deus.

¡

Era la primera vez que pisaba ese sitio, a pesar de técnicamente haber nacido ahí. Por lo que sabía más bien había sucedido en la parte inferior o superior, pero aun así era raro. Familiar. Como volver a casa. ¿Y acaso no iba a serlo pronto?

Las paredes de la Catedral de las Causalidades estaban llenas de grietas y partes faltantes. Lucían igual que la parte de un edificio abandonado por lo menos un siglo atrás. Pero lo más curioso era el piso. Aunque todavía se podía apreciar en bajo relieve el diseño que llevara antes, en verdad era transparente, dejando ver claramente todo el centro de Sakurami. Parecía que sólo bastaba un salto para ubicarse en los edificios más altos, una visión más cercana de la que tenía desde el avión. Fácil deducir que ese no era su aspecto habitual.

Cerca de donde él apareció se elevaban los restos del trono de Deus. Sentada en frente, una pequeña niña de pelo blanco y piel oscura sostenía un rubí brillante. De inmediato identificó el poder que manaba de aquella joya, le atraía como el olor del pan caliente. A ella, en cambio, no la conocía y se preguntó si sería una amenaza. No lucía como una pero no garantizaba nada.

-¿Eres el caos? -preguntó la niña.

-Sí -respondió, embolsándose ambas manos-. ¿Y tú quién eres? ¿Vas a pelear conmigo?

La niña negó con la cabeza.

-Soy una sirviente -dijo-. Mi deber es servir a mi dios y ahora no hay ningún dios. No tengo ningún objetivo y, a decir verdad, no siento deseos de lucha.

Caos pensó que eso era muy triste, pero siguió.

-¿Vas a dejar que tome el núcleo?

Por toda respuesta, la sirviente extendió las manos hacia él. Los restos de Deus destellaban. Caos se adelantó y comprobó con un curioso placer cómo la luz se hacía más débil con la cercanía. Su poder anulaba directamente el otro. Pero la niña lo sacó de su alcance justo cuando casi lo tenía. Una sonrisa se le esbozaba en el rostro.

Caos arqueó la ceja, confundido, hasta que se percató de un sonido jadeante a sus espaldas y se hizo a un lado por simple instinto, evitando por muy poco la embestida con una mancha oscura. La niña gritó y se hizo un ovillo ante el inminente impacto del fantasma, el cual consiguió dar un salto justo a tiempo y ubicarse en las paredes, encima de su cabeza. Se giró, revelando un rostro humano. Sin embargo, no era humano. La misma sensación que le daba el nucleo se la provocaba ese muchacho, inusitadamente joven de rasgos. Tenía las mejillas enrojecidas y, a pesar de su mirada decidida, se veía el esfuerzo que se le hacía mantenerse en sus trece.

Al bajar la vista, notó que la niña había desaparecido. No era sorprendente.

-Se siente mal, ¿cierto? -preguntó, sonriente. Le parecía divertido ese último y desesperado intento, seguramente a sabiendas de que cada vez que el joven dios se aproximaba un tanto de su poder desaparecía-. Debes estar a punto de vomitar o algo así. Oye, dime, ya que estás ahí, ¿cuántos dedos ves?

-Cállate -masculló el joven dios.

Aunque Caos nunca lo había visto ni sabía antes que existía más de una divinidad, en una parte profunda de su consciencia entendía que era gracias a él que estaba vivo. Por eso, sencillamente no podía desearle mal. Prefería acabar con el asunto de la forma más tranquila y sencilla posible.

-No hace falta pelear -le aclaró, ya más serio-. Sólo denme el núcleo y ya. Podrás volver de donde sea que viniste mientras aun puedes. Ni siquiera deberías estar aquí. Este no es tu asunto.

-¡He dicho que te calles! -gritó el joven, lanzándose a por él.

Su cuerpo contenía una agilidad innata y el otro no podía moverse a la velocidad que sería capaz de hallarse en perfecto estado, por lo cual no le costó evadirlo haciéndose a un lado. Reconoció para sus adentros que los reflejos del otro debían ser buenos, porque giró rápidamente sobre el suelo y saltó en su dirección. Caos se agachó y giró hacia la izquierda.

Vio al dios jadeando, apenas sin aliento, apoyando una mano contra la pared. Notó que sólo tenía una. Casi la totalidad del otro brazo había desaparecido y la manga de sus ropajes oscuros flotaba detrás de él, como parte de una capa.

-Vas a acabar matándote si sigues así -le advirtió-. A mí no me cuesta evadir tus ataques todo el día, pero para ti obviamente es diferente.

El joven dios negó con la cabeza. Algunas gotas de sudor cayeron.

-Tú no entiendes -dijo-. No tengo ningún lugar al que volver. En mi Mundo no hay más que silencio… Sólo aquí encontré algo que proteger, después de tanto tiempo. No puedo irme.

-No vas a ayudar a nadie muerto.

El dios sonrió. Parecía propia de un adulto crecido demasiado pronto. Le recordó a Kenshi en cierta forma y eso hizo que le gustara todavía menos menoscabar su fuerza. Lo peor era que creía entender de lo que estaba hablando.

-Lo sé -dijo, como lo hubiera hecho Kenshi. Se irguió lo mejor que pudo y sacó una memoria USB de un bolsillo. Tenía los colores opuestos del que él tenía alrededor del cuello. Inconscientemente, lo estrujó en su mano. Presentía que ese objeto significaba malas noticias para él-. Pero al menos puedo intentarlo.

Entonces pasó un suceso que ninguno de los dos esperaba.

-¡Shuei-kun!

Caos volteó. Un muchacho de cabello blanco y ojos rojos corría en su dirección. Era más alto que el joven dios y, aparentemente, un conocido de este.

-¿Qué crees que haces, Aru? -le reclamó el joven dios, enojado a pesar de su debilidad-. ¡Te dije que te quedaras con los otros!

-Temo que eso no podrá ser, Shuei-kun -dijo el que presuntamente se llamaba Aru.

Caos se quedó estupefacto, no sólo por su presencia, sino porque ni siquiera lo estaba viendo. Era como si él sólo fuera una ramita en su camino. Tal vez fuera una maniobra para distraerlo. Justo cuando él se preparada para esquivar en el último instante un nuevo intento de derribarlo, el muchacho colocó ambas manos sobre sus hombros y se impulsó a sí mismo hacia arriba. Saltó abriendo las piernas, aterrizando justo a sus espaldas. A partir de ahí continuó corriendo. Caos giró, absolutamente desorientado.

Shuei tampoco lo comprendía. Aru tenía una sonrisa triste en el rostro mientras se le acercaba. ¿Sería por su brazo, por las partes deshechas? Volvió a concebir la idea de que tendría que estar más bien disgustado porque no le hubiera hecho caso de su advertencia, sabiendo como todos sabían que Caos podía enviar cualquier cosa a la nada a través de sus ojos. Cualquier cosa excepto a los mismos dioses, lo que lo volvía el único capaz de hacerle frente. Pero no llegó a expresarla en voz alta antes de que Aru le tomara por detrás del cuello y tomara su boca. No se limitó a apoyar sus labios. Fue una invasión en toda regla que lo dejó anonadado del todo.

A causa de eso, no luchó cuando Aru le quitó el dispositivo USB de entre sus dedos. Apenas su mente logró registrar el robo, se vio de pronto empujado hacia atrás.

-Lo siento -murmuró Aru, acariciándole con su aliento, antes de que Shue se sintiera tironear por una fuerza extraña y perdiera de vista la Catedral.

Fue exactamente la misma sensación que cuando los hizo transportar a sí mismo y al detective hasta la casa del último. Su primera impresión se resumió en un viento helado. Luego la temperatura normal y, finalmente, el ambiente lleno de colores oscuros que componía su Mundo vacío. Iba a erguirse cuando un tirón en sus pies le hizo dar una voltereta ridícula en el aire, sus tobillos y mano obligados a unirse por la presión de una cuerda. Vio claramente lo que sucedía pero, por alguna razón, no conseguía coordinar las órdenes mentales con los movimientos de sus miembros. Era como si entre uno y otro hubiera una conexión defectuosa. Aun así, consiguió agitar el resto de su cuerpo. Inútilmente, pero mejor que quedarse quieto. Ella sólo se aprovechaba porque él no podía defenderse.

-¡Muru Muru! -le gritó a su captora, pero más bien soló jadeó. Y así continuó, queriendo vociferar sin conseguirlo. La cabeza le daba unas punzadas horribles-. ¡No entiendo qué pretendes pero suéltame! ¡Tengo que ayudarlo! ¡Aru todavía está ahí!

-Akise está bien -dijo la demonio tranquilamente, apretando las cuerdas que lo sostenían-. Akise estará bien y tú te quedarás aquí. Fin de la discusión.

Shuei quería llorar de la pura impotencia. Y él creía haberse librado de esos impulsos infantiles pero ahí estaban, intactos.

-¡Ese idiota se lo tragará!

-No lo hará -repuso Muru Muru tranquilamente, dándole un último tirón a sus ataduras.

Como Shuei comprobó pronto, eran demasiado sólidas para permitirle separar sus miembros siquiera un poco. Un acceso de rabia le hizo olvidar la jaqueca y lanzar un auténtico rugido.

-¡¿Y tú qué diablos sabes?!

Pero la demonio apenas sí hizo un gesto para ponerlo vertical respecto a sí misma y encender una pantalla. Les mostró Sakurami desde las nubes. Su punto de vista se elevó hasta que la imagen se llenó con el diseño en bajo relieve de un suelo y se apartaron todavía más al ritmo de los tecleos de la demonio. De pronto estaban mirando el interior de la Catedral de las Causalidades. En el centro, dos figuras se movían, peleando entre sí. Cabello negro y cabello blanco.

El del cabello blanco se movía de una manera extraña, impropia de la Tierra, como si en lugar de correr fuera una fuerza la que lo tirara hacia adelante sin tener que tocar el piso. Y por si eso no fuera suficiente, a veces salían negras figuras (parecidas al material que componía su ropa) que Caos hacía desaparecer subiéndose los lentes. Aru le enviaba más ataques de ese estilo con una mirada reconcentrada, llegando a correr por las paredes.

-¿Ves? -dijo Muru Muru, satisfecha-. Akise estará bien.

Shuei viró a su asistente, boquiabierto.

-¿Pero cómo…?

-¿En serio tienes que preguntarlo -inquirió la demonio, ladeando hacia él la cabeza-, divino seme?

¡

La idea de Sirf fue la de dividir el núcleo de Deus en dos piezas. Mientras una atraería al caos hacia la Catedral de la Causalidad, donde la disposición de Muru Muru 2 lo volvería susceptible para cualquier ataque, la otra permanecería en la zona baja, conectada a la base central de las leyes de causa y efecto por medio de un cuerpo artificial. De esa manera el programa Fin del Mundo (aquel mismo que permitía la aparición de esas esferas mecánicas devoradoras de materia, que ahora sabían fueron creadas por él) no arrancaría y el mundo permanecería estable el tiempo suficiente para que pudieran deshacerse del caso de forma definitiva. Si Deus pretendía defenderse directamente sería su fin, por lo que no tuvo mucho que decir en contra cuando su centro fue partido y reacomodado.

Rodeados por miles de engranajes, millones de tornillos, maquinaria imposible de seguir a simple vista, en tanto Sirf les explicaba su idea el resto y les permitía ver en dónde conservaría la otra mitad de Deus, Akise se acercó a Muru Muru 2. Con Shuei incapaz de hacer otra cosa que permanecer sentado y tratar de escuchar, Muru Muru 1 preparada para quedarse a defender un trozo de su jefe, Sirf enfrascado en su trabajo, nadie les prestó atención cuando se apartaron un poco. Al principio la demonio no quería saber nada, ya que estaba en juego también la vida del dios al que estaba unida, pero algo en la actitud seria del detective le hizo seguirle la corriente. Al menos para saber a qué se debía.

-Muru Muru -dijo el detective, agachándose para estar a su altura. A la demonio esto le resultó especialmente irritante pero esperó-, necesito preguntarte algo. ¿Es posible que un dios transfiera sus poderes a otro ser?

-Pues claro -dijo, tras un bufido. Gran cosa-. Deus del Segundo Mundo lo hizo con la Novena, la Nishijima Minana que tú conoces, como ya te habrá contado Yukiteru. Shuei. ¿Por qué tuviste que escogerle un nombre tan tonto?

-Pero ahora los dos son demasiado débiles para hacer eso -continuó el joven, sin hacer caso de su último comentario.

-Obviamente -La demonio frunció el ceño-. ¿A qué viene esto?

De nuevo la ignoró.

-¿Y la transferencia podría hacerse incluso sin que el dios se diera cuenta?

-No, a menos… -Los ojos de la demonio se abrieron, cayendo en cuenta-. A menos que hayan dejado algo suyo dentro de otra persona. Algo como lo que sucede durante…

El detective le sonrió, sin dejarle terminar.

-Eso era lo que quería saber.

La demonio se le quedó viendo todavía un rato más, incrédula respecto a la conclusión que ella misma acababa de llegar y el propio joven no desmentía. Aunque no se había avergonzado ni una sola vez de ver yaoi en frente de Shuei, por esa ocasión se sintió enrojecer.

¡

La demonio negó con su cabeza, acabada la explicación.

-Y yo que me hacía tantas ilusiones contigo como uke. ¿Acaso nunca has oído del sexo seguro?

Shuei se puso cual tomate. Eso parecía correcto.

-Aunque supongo que tiene sentido -continuó, como si hablara consigo misma. Disfrutaba mucho con su vergüenza-. Si Akise no había estado con nadie antes y tú, por tu naturaleza divina, ere incapaz de transmitir enfermedades un condón es más bien molesto, ¿no es así?

El joven dios bajó la mirada.

-Pero oye… -dijo por lo bajo- eso es absurdo. ¿Vas a decirme en serio que por… eso Akise ahora tiene parte de mis poderes?

-Eres un dios después de todo -afirmó la demonio, encogiéndose de hombros-. ¿O no está la mitología griega llena de hijos de los dioses con poderes sobrenaturales? Mira a los hijos de la Novena, por ejemplo. Lo raro sería que de una relación entre un mortal y un dios no haya ninguna consecuencia.

Los dos volvieron su atención a la pantalla. Akise había enviado un ejército de bombas negras contra el caos y mientras éste se concentraba en succionarlas por sus ojos, el muchacho detective generó un portal para hacerse aparecer a espaldas del otro. Este se dio cuenta a tiempo, pero aun así no logró evitar que el del pelo blanco lograra cortarle un largo mechón de la nuca, dejando a la vista la abertura USB. El instrumento de corte era un cuchillo generado sólo de materia oscura. A Shuei le dejaba asombrado la expresión en el rostro del detective. Totalmente centrada en su objetivo.

-Es bueno -comentó sin aliento.

Y frunció el entrecejo al pensar que esos poderes eran suyos originalmente, que él debería estar siendo el que protegiera al muchacho y no al revés. Se lo había prometido y en su lugar ¿qué hacía? Quedarse como una vaca a punto de ser sacrificada, viéndolo. Sabía que cerca del caos tenía posibilidades casi nulas pero aun así…

-Si te enojas con él sería una gran estupidez -dijo Muru Muru, recordándole que no estaba solo.

Por un momento Shuei quiso decir que no estaba enojado con él. En cambio una voz acusadora le nació de adentro:

-Debió decírmelo.

-Así es mejor -afirmó la demonio, cruzada de brazos-. Akise sólo descubrió sus habilidades esta mañana y quería hablar contigo, pero para entonces Deus lo había llamado y no hubo tiempo. Cuando vio lo mal que te habías puesto creo que se sintió demasiado culpable para hablarte al respecto.

-¿Culpable? -repitió Shuei, confundido-. ¿Por qué?

-Por lo que te está pasando.

-Eso no tiene sentido. Si es culpa de alguien será de ese sujeto -protestó, señalando con la nariz (ya que no con la mano) hacia el hombre joven de pelo negro-, no de Aru.

La demonio le dirigió una mirada exasperada.

-Pero Akise lo vio. Vio cómo perdías la consciencia en dos ocasiones y no pudo hacer nada. ¿No puedes imaginarte lo mal que la pasó entonces? ¿Y después, cuando descubrió lo que esas señales significaban? En serio, Yukiteru, Shuei o lo que sea, después de haber conocido a los Akise de dos mundos, uno de los cuales literalmente perdió la cabeza por ti, ¿todavía no entiendes cómo es para él?

Shuei se sintió todavía más avergonzado. No se le ocurrió ninguna manera de discutirle esas palabras. Pero a fin de cuentas, lo hizo sentir peor en otro sentido: todavía era el debilucho al que defendían. Hiciera lo que hiciera, eso nunca cambiaba.

-Esta es su manera de recompensarte -finalizó la demonio, firmemente-. Así que cuando acabe con su misión, sano y salvo, vas a ser educado y le darás las gracias por evitar que te mataras. Y dejarás que yo cargue los anillos en su boda.

¡

En cuanto percibió el familiar cosquilleo en su nuca, Akise supo que lo estaban observando. Muru Muru 2 debía haberse encargado de mantener a Shuei quieto y a salvo, tal como planearon. Un peso menos del cual preocuparse. Había comprobado la agilidad, fuerza y velocidad del cuerpo en el que el caos decidió encarnarse. El corte de cabello le facilitaría la introducción del virus. Ahora que tenía la seguridad de que Shuei no iba a intervenir, no existía razón para alargar ese enfrentamiento más de lo necesario. Deteniéndose en la pared, de cabeza respecto al otro, abrió la tapa del dispositivo y dejó la ranura sobresalir entre el dedo índice y corazón.

-¿Qué diablos eres? –dijo el caos, cada vez más molesto.

No debía estar entendiendo nada de lo que sucedía. Libre de sus anteojos, dirigía la mirada hacia él, llevándose los restos de la pared agrietada. Con los portales que creaba para sí, era bastante fácil evitarlo. Apareciendo a sus espaldas, de nuevo hizo aparecer la sonrisa caprichosa.

-¿Yo? –dijo, llamándole la atención-. Un simple detective. El futuro detective más famoso del mundo.

Y disparó su cuerpo contra él. El otro, variando respecto a la forma de evasión usada antes, se adelantó a su encuentro. Akise sabía que se vería impulsado a ello tarde o temprano. Unos instantes antes de hacer colisión, convocó un nuevo hoyo negro debajo de sus pies y se dejó tragar por él. En un parpadeo se encontró a la altura de los pies del hombre joven. Dio un salto, manteniéndose en el aire el tiempo suficiente para meter el dispositivo en la ranura.

Entonces el caos se volvió, agarrándole la muñeca mientras los hoyos negros en su cara se dirigían a él. Era cual la mano siendo arrastrada por el desagüe del baño, pero sin agua y su rostro como objetivo. Los ojos se le secaron, igual que la boca. El aire se lo robaron en el acto, sus pulmones quedaron vacíos. Sus propios poderes, tirando de sus pies hacia atrás, eran su única ancla. Tenía los poderes de Shuei pero todavía era un humano. Se moriría ahogado a ese ritmo. Haciendo un gran esfuerzo, Akise se las arregló para levantar una pierna y darle un rodillazo al pecho. Antes de que tuviera tiempo de defenderse, le pegó una patada con todo el pie, logrando zafarse de su agarre.

Sin embargo, no consiguió irse muy lejos. Nuevamente notó el tirón, esta vez en sus piernas, y fue succionado en uno de sus ojos hasta la cintura. Gritó de la impresión y dolor. Sentía que alguien estaba estirando desde las uñas de sus pies y en cualquier momento iba a partir, la corriente llevándose sus entrañas. Definitivamente esa no era una imagen agradable, de modo que Akise procuró olvidarla y concentrarse en presionar su mano contra la frente de su captor para mantenerse ahí.

El caos luchó para quitársela de ahí, y cuando eso no resultó resolvió tirarle del resto del torso o darle puñetazos a lo largo de este para hundirlo en sus ojos. Claro, para él también debía ser increíblemente incómodo tener medio cuerpo saliéndole de la cara, los hoyos de sus ojos ampliados hasta el punto en que su nariz casi desaparecía. En cualquier otra circunstancia Akise habría pensado en lo enormemente absurdo que era semejante situación, pero no tenía tiempo. Apenas conseguía respirar y sus piernas parecían ser comprimidas por un tubo de plomo.

Levantó apenas el brazo en el que tenía el virus, separándolo de su cintura con gran esfuerzo. Le costó hasta el punto en que percibió gotas de sudor pasándole por las mejillas, succionadas. Justo en el momento en que ya no podía apretar más los dientes, lanzó su mano hacia la nuca de su captor y encontró la ranura. No consiguió ponerla al primer momento y las manos del caos se movieron hacia ahí, queriendo quitarle los dedos. Akise tuvo que buscar otro punto de apoyo y de casualidad su mano encontró el collar con la memoria. Al percibir el tirón de la cadena, el cuerpo del hombre joven se paralizó. Akise tuvo un destello de intuición y tiró para romper el collar. Su otra mano se vio liberada de sus captores y él aprovechó para usar los poderes de Shuei, acomodando el pendrive.

La luz azul se encendió.

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