El caso del dios triste. 17

Capítulo 17

Tic tac

Faltando media hora para llegar a Tokio, Kenshi se despertó irritado. Le obligaron la cantidad de bebidas que se había tomado antes de caer dormido. Apagó el reproductor de música y se frotó los ojos. Qué molestia, con lo cómodo que estaba. Volteó a un lado para preguntarle a Caos si ya habían anunciado cuándo aterrizarían, pero su asiento estaba vacío.

Esa sola imagen podría haberle hecho suponer que su compañero había ido al baño. A su cuerpo no le hacía falta, pero Kenshi lo había visto yendo sólo para contemplarse en el espejo, casi como si no pudiera creer que todavía tuviera un rostro capaz de tocar. Incluso mientras seguía creciendo, continuaba realizando ese pequeño ritual del asombro. Sin embargo, aun si así fuera, Caos no habría dejado de ningún modo su memoria abandonada. Era igual de extraño e inexplicable que si él saliera si un arma oculta en su ropa. Una ruptura demasiado grande de la rutina para que no se sintiera ansioso.

Agarró a la pequeña barra y notó que la cadena se había roto. Los eslabones eran delgados y pequeños. Con uno solo que se abriera el conjunto se estropeaba. ¿Podía ser que hubiera sucedido mientras se levantaba, aun sin darse cuenta…?

No, imposible. Algo tenía que haberle pasado para dejarlo atrás.

Se levantó y miró al resto de los pasajeros. En primera clase sólo había unos pocos, contándolos a ellos dos. Una familia con dos niños entretenidos en ver un reproductor de DVD portátil. Si hubiera habido un secuestro o una pelea no estarían tan tranquilos, por no mencionar que él mismo tenía el sueño ligero. Caos debió haberse ido tranquilamente, quizá con alguien amenazándolo a distancia. ¿Para incluso quitarle la memoria? Debió ser una amenaza bastante convincente para que su compañero ni siquiera intentara despertarlo.

Una cosa positiva: estaban en pleno vuelo, lleno de gente inocente y preocupada por su ciudad. No tendrían muchos lugares donde ocultar a Caos. Empezaría buscando en la segunda clase pero, antes de poder traspasar las cortinas que los separaban, de pronto se le apareció en frente una persona.

—Disculpe —dijo, pronunciando lentamente la ese.

Kenshi lo miró, preguntándose la conveniencia de hacerlo a un lado. Lo sobrepasaba en estatura por una cabeza y tanto más. Portaba un ridículo turbante de brillante tela azul y un gran parche amarillo cubriéndole un ojo. No obstante, vestía la versión masculina del uniforme que usaban las azafatas.

—Estamos a punto de llegar a destino —continuó el joven empleado—. Por favor, vuelva a su asiento y abróchese el cinturón.

—No encuentro a mi amigo —dijo, sin la menor intención de ir a sentarse. No cuando tenía la memoria de Caos en la mano—. ¿Lo has visto? Es casi de mi misma altura y pelo negro. Lleva lentes de sol.

De pronto la expresión del empleado hindú cambió. El único ojo visible se abrió en sorpresa, lo que activó la alarma definitiva en la mente de Kenshi. Se adelantó, empujando al más bajo con su pecho, y apenas atravesaron la cortina (lejos de los niños) agarró su cuello, aplastándolo contra la pared, cerca de donde las verdaderas azafatas guardaban las botellas de agua y el armario para las bandejas de comida. Kenshi lo subió por la superficie para poder estar frente a frente.

—¿Dónde está Caos? —le escupió al rostro.

El pequeño impostor se mantuvo extrañamente tranquilo. No contestó de ninguna forma.

—No estoy jugando, imbécil —le advirtió, apretando los dientes—. Dime ahora mismo quién eres y para quién trabajas.

—Tanto te importa, ¿eh? —dijo finalmente con el mismo acento.

Kenshi levantó la mano cerrada en torno a la memoria, prologando un puñetazo. El otro apenas lo vio sin interés.

—Habla ahora o no lamentaré lo que pase después.

El más joven de repente quiso sacarse algo del bolsillo. Kenshi lo dejó, porque incluso si fuera un arma a esa distancia y con su fuerza no iba a serle difícil quitársela. Incluso le haría un favor. Pero lo que vio en cambio fue un reloj de plata. El muchacho lo abrió y vio la pantalla.

—No tengo tiempo para esto —declaró, apretando un botón en el costado.

El segundero se detuvo en su recorrido. El rostro del hombre joven quedó paralizado, igual que el resto de su cuerpo. E incluso aunque no pudiera verlo, sabía que todo el avión se hallaba igual. Sirf le abrió los dedos, que habían dejado de hacer presión, y aterrizó en el suelo. De ahí continuó observándole la expresión enfurecida, el cuerpo en tensión y preparado para cualquier enfrentamiento.

Así que esa era el tipo de compañía que escogió el caos una vez libre. Ni siquiera se molestó en cambiarse el nombre. Se preguntó brevemente qué clase de relación habrían tenido esos dos para que reaccionara de esa forma. De todas formas iba a averiguarlo pronto, por lo que carecía de importancia.

El cuerpo del hombre joven ahora era poco más que una muñeca articulada para él. Abrirle los dedos para liberar la memoria fue de lo más sencillo. Luego comprobó el espacio utilizado con un hendidura de su brazo, causando que sólo la estrella azul se prendiera. Se quitó el parche del ojo rojo mientras se completaba el procesamiento de imágenes. Ya estaba casi llena. Todo sucedió justo a tiempo. Mejor así.

Convocó un portal y desapareció. Todavía tenía trabajo que hacer.

Regresó a su sitio. El Deus falso adonde había almacenado la mitad del núcleo ahora habría vuelto a la Catedral, llevado por Muru Muru 1, para realizar la decisión final respecto al destino de su Mundo. Una vez lo hiciera debería empezar a ajustar nuevas leyes para su siguiente jefe, pero por ahora todavía tenía un espacio libre para sí. Entre unos engranajes que sólo él podría haber reconocido introdujo su dedo metálico en un pequeño espacio y lo hizo girar. Tres veces de un lado y cuatro del otro.

La enorme máquina del universo hizo un suave sonido (él nunca permitiría que chirriaran) mientras una parte de la pared se hacía atrás y se elevaba, revelando una habitación oculta. Esta era la única estéticamente acorde con las catedrales de arriba. Al meterse ahí uno tenía la impresión de hallarse en medio del espacio, rodeado de estrellas titilantes. En el centro surgía una base dorada, sobre la cual antes se alzaba un tubo que se conectaba con el gemelo del techo. Pero ahora en su lugar dónde quedaban colmillos de vidrio transparente.

Sirf se arrodilló en frente de ella y palpó hasta dar con una zona susceptible a su toque. Lo presionó, haciendo que la parte delantera se abriera. De ahí salió empujada por un brazo mecánico una caja negra. Poseía una ranura en el medio adonde conectó la memoria. Al cabo de unos segundos la luz de la estrella se encendió, apagada la barra. Luego se deshizo en el aire, como si todo ese tiempo hubiera estado hecha de arena y ahora se rindiera al impulso del viento. Al final no quedó nada de ella.

—Lo siento por las incomodidades —le dijo a la caja—. Pero no te preocupes, acabarán pronto.

—Así que Aru tenía razón —pronunció la voz del dios más joven a sus espaldas.

De haber tenido un corazón todavía, el de Sirf habría dado un vuelco completo. Pero como no era así, pudo mantenerse tranquilo mientras devolvía la caja a su lugar, se ponía en pie y giraba. El muchacho anteriormente conocido como Amano Yukiteru le miraba desde la entrada con un aire inusualmente serio en él. Ya no se veía tambaleante ni a punto de desmayarse como cuando peleó contra el caos. Incluso la palidez se le había ido. Nada más la manga continuaba igual, completamente vacía. Para eso ya no había cura posible.

—No tengo idea de lo que hablas, Yukiteru —dijo, fingiendo una sonrisa cordial—. ¿Qué tal anda el Observador?

—Me llamo Shuei —replicó este, adelantándose—. Aru se recuperará pronto. Mientras tanto me habló de sus sospechas y quise venir para confirmarlas. No esperaba verte con las manos en la masa.

Sirf sólo continuó mirándolo, sin negar o afirmar nada. Prefería saber antes qué pensaba hacer el otro frente a esa escena. El joven dios se agitó de la pura indignación.

—¿¡Por qué lo hiciste!? ¿Tienes idea de cuántas personas murieron? ¿Y todo para qué? ¿¡De qué diablos ha servido toda esa matanza!?

—Es gracioso que seas tú quién hable así —respondió con tranquilidad—. Notas la ironía, ¿cierto?

—¡Eso era otra historia! —rugió el joven—. ¡Sólo pude hacerlo creyendo que podría arreglarlo después! Creí que podría hacer las cosas mejores pero tú sólo…

—Entonces estás de acuerdo —le atajó, sin elevar la voz— en que el fin justifica los medios.

—¡No! ¡Eso no es lo que quise decir!

—No, pero lo crees. Mataste a tus amigos, permitiste a los usuarios de diarios morir frente a tus ojos, engañaste a un montón de huérfanos, todo, con tal de traer de vuelta a tus padres. Como el fin era tan noble, bueno y, sobretodo, te convenía, ¿a qué cuestionar los métodos? —En cuanto vio que el dios se quedaba sin palabras, lanzó un suspiro por la futilidad de esa discusión—. Shuei, nadie ha muerto. Sus vidas están en modo de espera en el tiempo. Sólo con arreglar unas cosas sus vidas volverán al mismo punto en que estaban antes de las explosiones. Bastaría manipular la memoria de las demás persona para que no haya confusiones. Ya lo he hecho antes y no es tan difícil.

Sus palabras dejaron anonadado al otro. Era de esperar porque prácticamente había declarado que lo sucedido fue para nada.

—Pero entonces… ¿cuál fue el punto si de todos modos ibas a arreglarlo? ¿De qué sirvió?

Sirf señaló el tubo roto en el centro de la habitación.

—El caos ha sido erradicado del universo. Lo que he guardado sólo es la memoria de un joven que ha vivido en la Tierra. Sus vivencias, sus gustos, su personalidad. Ya no tiene ningún poder sobre nadie, así que no tienes por qué preocuparte por él.

Shuei observó la caja oscura, la misma que se veía a un lado de sus pies.

—¿El caos está ahí? —preguntó.

—Caos a secas. Así decidió llamarse —especificó, encogiéndose los hombros. Desvió la vista, contemplándola a ella en cambio—. Desde que la Segunda comenzó a jugar con el espacio y el tiempo se había vuelto tan grande que adquirió consciencia propia. Me hablaba mientras hacía mi trabajo. Al principio no le prestaba atención pero él sólo quería hacerme preguntas. Quería saber por qué no podía salir. Creí que sería más fácil de controlar si le cumplía el capricho, de modo que me quedaba con él cuando podía. Pero sólo conseguí que deseara con más fuerza su libertad. Llegó a suplicarme que lo dejara serlo, aunque fuera por un tiempo. Me dio lástima.

No agregó nada más. Tampoco debería hacer falta. Sirf se sonrió, recordando esas conversaciones que llenaban sus pocos momentos de ocio. Ni siquiera él era consciente de cuántas cosas recordaba de la Tierra hasta que el caos le impulsó sacarlas a la luz para que se hiciera su propia idea. La cantidad de historias de su cultura que aún en la actualidad se conocían.

—Yo también fui humano, ¿sabes? —dijo, volviendo a su interlocutor—. Yo sé de lo que me pierdo y por eso prefiero estar aquí. Él no tenía ese privilegio. Le construiré un nuevo cuerpo y, si todavía desea volver, le haré un hueco en las leyes de causa y efecto. El resto dependerá de él. Puedes decírselo a Deus o Muru Muru si quieres pero no serviría de nada. Nadie más que yo puede hacer mi trabajo, y Deus en particular ha perdido el poder para imponer cualquier castigo. Es más, lo único que impide que el mundo comience a autodestruirse ahora es mi soporte de vida artificial para el núcleo de Deus. Además, como dije, eliminé el caos, una preocupación constante de los dioses, de manera que dudo que le importe demasiado. ¿Conoces la historia de Aladdin y el genio de la lámpara? —preguntó, sonriente.

Shuei no supo habituarse a tiempo al cambio de tema y él prefirió tomar su silencio como un permiso para continuar. Hizo un ademán dramático en el aire antes de ofrecer una reverencia, abriendo los brazos.

—El Aladdin original, para servirte.

—¿Qué? —soltó el otro, obviamente confundido.

Tenía una expresión graciosa así. Como un niño al que asombraran con un simple truco de manos. Podía entender que Akise Aru quisiera buscarla durante tanto tiempo. O al menos podía hacerse a la idea.

—El cuento lo crearon por mí —aclaró—. Se lo conté a uno de mis hijos y de ahí se extendió. Aunque cambiaron un detalle —Desembolsó su reloj de siempre y abrió un segundo compartimiento en su interior, justo debajo del mecanismo que hacía mover las agujas. Una luz cegadora nació de su interior, haciéndole cerrar un ojo, mientras el joven dios se tapaba el rostro con sus manos. De ahí surgió un reloj de arena cuyo contenido caía de los dos lados, uniéndose en el medio—. Nunca hubo una lámpara. Sólo esto. ¿Quieres conocer mi historia? El tiempo aquí nunca pasa, se construye, por lo que para tu detective no pasará ni un segundo cuando vuelvas con él y le confirmes que, una vez más, tenía razón.

Por un momento Shuei sólo miró hacia atrás, al camino que había tomado para llegar hasta ahí.

—De paso, si quieres, te creo un nuevo brazo —le dijo, adelantándose para volver al pasillo hasta darle la espalda—, y te digo lo que sé acerca del sueño que causó que Akise Aru empezara a buscarte. Así serás capaz de resolver un misterio para él.

Eso acabó determinando al joven dios a seguirle.

¡

El taller de Sirf era la habitación más ordenada que hubiera visto en su vida. Absolutamente todo, hasta la pieza más pequeña de maquinaria tenía su cajón o rincón junto a varios gemelos. Tornillos, engranajes, tuercas, resortes, de diferentes tamaños, brillando y reflejando desde distintos ángulos a su dueño, mientras buscaba las herramientas y las colocaba en la enorme mesa metálica del centro. Shuei se sentó en la única silla disponible, pensando para sí que así tenía que lucir el sitio de una persona con todo el tiempo del mundo. Nadie más podría mantenerlo de esa manera.

Ni siquiera de dónde llegaba la luz. El techo, bastante alto, sólo mostraba diferentes cajas plateadas con etiquetas que no podía leer. Una escalera extensible de color negro servía para llegar a ellas. Al final de las dos barras tenía un par de ruedas para girar en todas direcciones. Incluso encima de la mesa misma, lo que causó un respingo en el joven dios, temiendo que le estrellara su única mano. La escalera se movió de arriba abajo, sin siquiera dejar marcas o señales de su peso.

—Lo primero —dijo Sirf desde la parte superior— es buscar una base para el brazo. Tienes suerte. Como tu brazo desapareció y no te lo arrancaron podemos ahorrarnos la parte donde tengo que limar el hueso y cauterizar la herida.

Abrió uno de los cajones, alargándolo en frente de sí. Shuei se cubrió la cabeza para evitar cualquier objeto víctima de la gravedad, pero no hizo falta. De lo que sea que estuvieran envueltos los cajones mantuvo todo en su sitio en tanto el muchacho hindú saca una placa de metal. Cerró el compartimiento sólo presionándole un dedo y la escalera descendió, rueda por rueda, de la mesa. Parecía alguien caminando con sancos. Sirf bajó sin tener que tocar más escalón que del inicio cuando el resto se retrotrajo. Dejó los materiales encima de la mesa y se puso a contar, certificando que era todo lo que necesitaba.

A su pesar, Shuei no podía evitar sino sentirse nervioso. Como un paciente que veía al dentista preparar el instrumental con el que sabía iba a perforarle el diente y causarle mucho dolor. Nada más contemplarlo traía a la mente el futuro que le esperaba. Sin embargo, trató de convencerse de que ese no era él. Él era un dios y podía suprimir el dolor, siempre que no fuera una señal de su inminente destrucción. Para confirmarse su valor, ordenó a su manga revelar lo último que le quedaba de hombro incluso sin que el otro se lo pidiera. La tela, obediente, actuó igual que se lo tragara un sapo, desapareciendo de su vista hacia atrás.

Sirf tenía razón: no tenía un muñón sobre el cual trabajar. En su lugar había un triángulo de músculo y piel, cuya parte baja era un hueco oscuro donde se veían destellos eléctricos de vez en cuando. Shuei los vio una vez y luego ya no pudo resistirlo. No había dolido, no había sido un desgarre traumático, pero era demasiada impresión. Ahí antes tenía un brazo completo. Con dedos, uñas pintadas de negro y un codo. Ni siquiera podía caminar sin sentir que el cuerpo entero se le quisiera ir a un costado, buscando compensar la falta de equilibrio. Le gustaría tener dos manos que apretar, en lugar de una. Mientras más pronto eso sucediera, mejor.

De pronto, el muchacho hindú se la arrebató del regazo y la sostuvo desde las puntas de los dedos, agitándola como un pescado vivo. Shuei, por un momento, sólo pudo ver en absoluto desconcierto y luego reaccionó soltándose con irritación.

—¿Para qué hiciste eso?

El otro ni siquiera se molestó en responderle. Parecía que se había olvidado de que era otra persona y no una simple máquina más. Su mirada se perdió en el aire unos segundos, su ojo brilló y se puso a buscar más cosas. Cables, barras, martillos, destornilladores. Un par de gafas protectoras para cada uno y eso fue todo. En su vida había ido al dentista, pero Shuei estaba seguro de que alguno habría tenido la consideración de darle palabras tranquilizadoras. Debía ser un efecto de vivir trabajando en soledad durante tanto tiempo. La gente como tal dejaba de importarle.

Normalmente eso le dejaría indiferente, puesto que iba a hacerle un favor que de verdad necesitaba, pero no podría aguantarlo en puro silencio. Lo supo con toda certeza cuando Sirf se acerró con la plancha recortada y un pequeño taladro inalámbrico. La mortal punta giratoria le aterró y se decidió ver a otro lado. Sintió el frío del metal apoyándose contra su piel. Ordenó a su cuerpo que eliminara toda sensación de dolor en su costado, de modo que cuando oyó el espantoso sonido del instrumento comenzando a perforar, sólo percibió la vibración y molestia.

El otro ni siquiera le dio un aviso. Cada vez le agradaba menos su compañía.

—¿Entonces? —dijo, casi gritando sobre el ruido del trabajo.

Por el rabillo del ojo veía pequeñísimas chispas saltar y le resultaba increíble que eso se lo estuvieran haciendo a su cuerpo. De tener el viejo, el mortal, ya estaría percibiendo las náuseas.

—¿Qué cosa? —le respondió el otro igual.

—Dijiste que ibas a decirme lo que hacías antes de estar aquí —le recordó, tragando para sí—. Mencionaste un hijo, pero no entiendo cómo es posible. No pareces mucho mayor que yo.

—Es sólo el cuerpo que escogí —Sirf, acabando de hacer los agujeros, atrajo hacia sí los tornillos y los ajustó con un destornillador de mano—. Cuando me trajeron aquí ya estaba en mis cincuenta. Dime si ajusta demasiado.

Vaya, la primera vez que le hablaba como humano.

—Creo que está bien —dijo Shuei, sin sentirlo incómodo. Lo miró—. ¿Quién te trajo aquí? ¿Y por qué?

—El genio del reloj —contestó Sirf, suspirando. Le había dejado con su nueva base y estaba empezando a trabajar con el brazo, ajustando piezas y uniéndolas con una naturalidad que se le escapaba al joven dios—. O más bien, mi predecesor. Habrás oído de los tres deseos que concede el genio de la lámpara.

Shuei recordaba haber visto una película sobre el tema de niño.

—Sí.

—Falso. En las tradiciones más antiguas no aparece ningún límite en los deseos. Pero yo entonces no lo sabía y no me extrañé cuando este me dijo que sólo podía pedirle cuatro deseos. Debía pensar muy bien cuál sería el cuarto porque sería el último que me concedería. Tampoco sabía entonces que los genios no suelen pedir algo a cambio.

—¿Pedir algo a cambio? —repitió Shuei, mirando el brillo rojizo de su ojo artificial.

Sirf se dio cuenta de eso y levantó la vista para sonreírle.

—Así es —dijo solamente y volvió a trabajar. Cada vez que soldaba algo la luz del fuego revelaba su rostro inexpresivo—. Encontré ese reloj un día que me caí por un barranco, jugando estúpidamente con unos amigos. Tenía más o menos la edad que me ves ahora y ese reloj casi me rompe un tobillo. Nunca había visto algo así y me pareció interesante, así que me lo llevé. Creí que podría venderlo en el mercado por algo de comer. Éramos muy pobres entonces. Pensé que nadie iba a quererlo sucio y lleno de polvo tal como lo encontré, de modo que me puse a limpiarlo con un paño. De ahí salió mi predecesor, aunque en ese momento no lo sabía, dándome el susto más grande de mi vida. Me habló de los deseos y desde luego sentí interés. Incluso con la condición de pagarle, nos hacía falta algo así. Lo primero que perdí fue mi brazo cuando pedí que mi numerosa familia tuviera una fuente de comida constante. Tuvimos un campo para cultivar, ahí, en medio del desierto, y yo tuve que ver a mi propio miembro siéndome arrancado, sin nada que pudiera hacer al respecto. Inventé un accidente de camello para no alarmar a mi madre. Nunca supe si me creyó pero no había nada más que pudiera hacerse. Intenté deshacerme del reloj. No sirvió para nada, como puedes comprobar —Shuei escuchaba en silencio, incapaz de imaginarse la horrible experiencia que habrá sido esa. A él le tocó vivirla sin dolor y sin una gota de sangre a la vista. Ni siquiera podía entender cómo la soportó la Novena—. Luego una enfermedad se cobró las vidas de más de la mitad de la población. Mi familia incluida. Tuve que pedir una cura para todos ellos y fue ahí que me despedí forzosamente de mi ojo.

Sirf levantó lo que tenía hasta ahora y, sorprendentemente, ya se estaba pareciendo a un brazo. Lo dobló una y otra vez, observando la tensión de los cables y tubos. Un detalle pareció no dejarle del todo satisfecho y activó de nuevo el soplete.

—Eso fue más fácil de encubrir. Un parche y una historia acerca de una piedra que me dio en el rostro en plena tormenta de arena, no necesitaba más. Guardé el reloj, espantado y decidido a no sacarlo de su sitio mientras siguiera con vida, aunque por entonces estaba seguro de que me había condenado. Unos años más tarde, a causa de nuestros alimentos, que eran deliciosos, fuimos acumulando riquezas y prestigio, por lo cual nos invitaron al palacio del sultán. El más grande honor que podríamos aspirar. El sultán estaba ausente cuando llegamos, tres días antes de lo planeado, de modo que nos atendieron su esposa e hija. Sin advertirlo o pensarlo, mi familia planeó una boda entorno a la hija del sultán y yo. Lo descubrí cuando el buen hombre regresó a su palacio y mi madre, junto a su esposa, se lo propusieron. Recuerdo muy bien la tos que me dio cuando intenté probar el vino y escuché aquello. Para mí fue una total sorpresa y más cuando el sultán dijo que cualquier hombre que hiciera brotar ricas verduras del mismo desierto, que además contaba con nuestra fortuna, era digno candidato. Fue su hija la que se preocupó por mí y se encargó que me sirvieran un vaso de agua para calmarme, como si ya debiéramos empezar a ocuparnos del otro. Era hermosa, amable y dueña de una inteligencia que hizo que se ganara mi respeto en los momentos más difíciles. Fui muy dichoso a su lado y tuvimos cinco hijos en total. Dos niños y tres niñas. Un día secuestraron al menor, todavía no tengo idea de por cuáles medios. Ya desde entonces existía el tráfico de personas, aunque no tenía ese nombre, y temimos los peores escenarios. No tuve más opción que recurrir al reloj nuevamente para pedir que volviera a casa, sano y salvo, y que los bribones que se atrevieron a ponerle un dedo encima fueran justamente castigados. Pensé que el otro brazo o una pierna sería un precio más que justo a pagar, pero no fue eso lo que mi predecesor tomó.

Sirf dejó el brazo y sus instrumentos para comenzar a abrirse el chaleco negro que llevaba. Era la primera vez que Shuei lo veía vestido tan normal, aunque fuera de un aire muy serio. El muchacho se abrió también la camisa y corrió el cuello para que viera, en el lado izquierdo de su pecho moreno, un círculo metálico con un centro rojo. Era evidente que en realidad se trataba de una luz que se prendía, pero de momento estaba apagada.

—Tomó mi corazón –explicó. Luego volvió a arreglarse. Su voz, igual que su tono, parecían igual de tranquilos e inescrutables—. Por alguna razón seguí vivo y mi hijo regresó. Los criminales fueron ajusticiados, pero no me sentí tan feliz como lo hubiera deseado. Fue más bien alivio porque hubiera podido liquidar finalmente ese asunto. Mi esposa fue la primera en notar el cambio aunque, por supuesto, no pude decirle nada. Me parecía que habría sido un sufrimiento innecesario. Llegó a pedirme que al menos fingiera entusiasmo en frente de los niños y así lo hice, hasta que los vi a todos casados y en sus propios hogares. Años más tarde, una noche, unos ladrones entraron a nuestro hogar, el palacio, y le clavaron un cuchillo a mi esposa. Pudimos atraparlos y enviarlos a la prisión de inmediato, pero ya no podíamos hacer nada por ella. Iba a sufrir una muerte dolorosa y lenta si no hacía algo. Nuestra hija mayor esperaba. Merecía conocer a su nieto o nieta. Le iba a alegrar mucho más que a mí. Salvarla fue mi cuarto y último deseo. Lo siguiente que supe fue que trabajaría aquí por toda la eternidad hasta que alguien encontrara el reloj de arena y tomara mi sitio. De esa persona yo también tomaría partes de su vida, una por una, para seguir conservando las leyes de causa y efecto. El reloj que te mostré es una ilusión. El real está en el fondo de un volcán inactivo, donde ninguna mano humana será capaz de tocarlo. ¿Y sabes por qué?

Shuei parpadeó, sorprendido de la directa pregunta. Todavía se le hacía difícil imaginar a ese mismo muchacho como padre o abuelo de alguien, y, sin embargo, no le resultó complicado encontrar una explicación. Era la misma que le habría servido si se tratara de él.

—Porque no quieres que otro sufra lo mismo —dijo.

Sirf sonrió y ese gesto, amplio y abierto, parecía distraída, en otro sitio.

—Eso es lo que te gustaría creer, ¿verdad? Pero no. Sencillamente me gusta demasiado lo que hago para permitir que otro lo haga —Dio un último toque al brazo y se acercó a él—. Muévete hacia mí. Voy a instalártelo.

Shuei se puso de lado, ofreciéndole el pequeño muñón. Sirf hizo algo que produjeron nuevas chispas pero esta vez él apenas les prestó atención. Pensaba en la historia que acababa de oír y en lo increíble que era que realmente hubiera pasado, hacía mucho tiempo, bajo la mirada de Deus. Volvió a contemplar el enorme taller. Cada pieza podía constituir un nuevo artefacto, una nueva pierna. Incluso a una nueva persona con ranuras de memoria detrás del cuello.

—Dime si sientes un pinchazo —le dijo el Mecánico. Inmediatamente después Shuei soltó un gemido de inesperado dolor en una parte profunda de su cerebro. Por un momento sintió miedo, porque hasta ahora sus únicas causas jaqueca fueron la cercanía de Caos, anunciando su propia destrucción—. Eso fue para conectar la maquinaria a tu mente. Al principio se sentirá extraño, pero irás acostumbrándote. Intenta levantar el codo.

Shuei visualizó su brazo moverse de la forma que pedía. Por mucha intensidad que puso en la idea, no sucedió nada. Esa parte mecánica estaba ahí, colgando, muerta.

—Lo haces mal —le dijo, viéndole la concentración en su rostro—. Muévelo como ya mueves el otro. Sin tener que meditarlo tanto. Responde a tus impulsos nerviosos, no a tus pensamientos.

El joven intentó relajarse suspirando y estiró ambos brazos al frente. El de metal se movió un poco, apenas una sacudida, pero era mejor. Shuei cerró los ojos, trató de imaginar que su brazo de siempre seguía ahí y nada había sucedido. Y si sucedió algo, ya estaba arreglado. Sólo debía creerlo. En ese segundo intento el puño de metal brillante salió disparado, sacando de la mesa el pequeño taladro. Mientras Sirf se agachaba a recogerlo, Shuei continuó haciendo movimientos reflejos, sincronizando ambos miembros. Lo extraño no era realizar acciones de ese modo, sino que debía acostumbrarse a que sólo uno percibiera estímulos externos, como la caricia de su manga. Pero a medida que doblaba y desdoblaba, abría y cerraba, giraba y retrotraía, se hacía más sencillo de manejar.

—¡Vaya, eres impresionante! —dijo, admirado, fascinado porque ese pedazo de ingeniería ahora le perteneciera. Casi no podía creer que lo hubieran hecho de forma tan rápida y eficaz en frente de sus ojos, convirtiendo lo que parecía piezas inconexas en una parte de su cuerpo. De pronto no le molestó en lo absoluto su falta de calidez—. No me extraña que te guste tanto tu trabajo, siendo tan bueno con él. ¡Gracias!

Sirf sonrió de nuevo, indudablemente satisfecho.

—¿Ves? Soy un artesano dedicado a su arte. ¿Cómo va a esperar alguien que me vaya de aquí, cuando todavía quedan tantas máquinas que reparar o crear? Cuando era humano nada de esto existía siquiera y ahora mismo la Tierra está muy atrasada. Quizá, algún día, cuando estemos al mismo nivel… aunque yo no pondría las manos en el fuego por ello. Caos no tenía idea al respecto, por eso creí que debía darle una oportunidad.

Caos. El desastre. Eso trajo a la memoria de Shuei la cuestión que le decidió ponerse en manos del otro joven y detuvo su embobamiento.

—Dijiste que ibas a decirme sobre el sueño de Aru —le recordó.

—Ah, sí —Sirf se quitó las gafas protectoras y lo miró, divertido—. Quieres saber el por qué Akise Aru tuvo aquel sueño contigo e impulsó en primer lugar que te buscara, ¿no?

Shuei cabeceó. Su corazón, de pronto, estaba excitado. Ese era uno de los misterios que habían movido a Aru durante dos años. El otro meneó la cabeza, como si le hubiera leído la mente.

—Esto va a encantar —dijo, ampliando su sonrisa—, pero no tuve absolutamente nada que ver con ese dichoso sueño. Ni sabía de él hasta un año más tarde, cuando Akise Aru se presentó ante el Amano Yukiteru del Tercer Mundo y comprobó que no eras tú. No tengo idea de cómo sucedió.

—Pero… es una ruptura en el espacio y tiempo. Debe haber una explicación.

—Tal vez —respondió el muchacho, apoyando el mentón sobre su brazo mecánico, con aire indolente—, pero si la hay la desconozco. En todos mis años aquí he aprendido que hay cosas que se escapan al control de Deus y, por lo tanto, a mis propios ojos. Esa es la mayor consecuencia de que las criaturas tengan libre albedrío. Algunas veces las cosas sólo suceden. Y por la forma en que te salieron las cosas, de nuevo a tu favor, por supuesto, dudo que eso te moleste demasiado.

¡

En la Catedral de la Causalidad las paredes seguían agrietándose, el suelo seguía siendo invisible, y el Deus artificial estaba sentado en el suelo, atendido por una Muru Muru que casi llegaba a morderse los nudillos de la pura ansiedad. En el centro de la sala, sobre el suelo también, yacía Aru acostado, usando una porción de su capa como almohada. Desde el pecho hacia arriba continuaba siendo el mismo joven de siempre, pero en ese punto y hasta abajo lo cubría una especie de cápsula blanca proporcionada por Muru Muru 3. Sobre la misma había una manta rosada y de ella se desprendía un ligero humo inodoro.

Cuando Aru acabó con el caos y este se desintegró en el aire, no le permitieron verlo al principio. Su Muru Muru, a la cual seguía atado y por ella seguía estándolo en otro sentido, apagó la pantalla y le dijo que no se moviera, que ya todo estaría bien. Pero no todo debía estar bien, o si no dejarían que fuera a encontrarse con el detective. Sin el caos para restarle sus fuerzas y de vuelta en su propia dimensión vacía, la jaqueca desapareció, la debilidad fue menguando y fue más dueño de su propio cuerpo. Se liberó con materia oscura, formándola de un espacio entre sus piernas que Muru Muru no advertiría, y lo usó para cortar sus ligaduras. Se alejó en un nuevo portal, creyendo que iba a volverse loco si algo malo le había sucedido. Lo que dijo en presencia del caos volvió a perforarle los oídos. No podía irse. No podía dejarlo. No después de tanto tiempo.

Se apareció en la Catedral sin aliento y ni idea de lo que haría. Vio a Muru Muru 3 arrodillaba y a Aru, inconsciente, en el piso. Quiso adelantarse, pero de pronto se vio empujado hacia atrás por la Muru Muru que le servía.

—¡Quieto! —le ordenó como a un niño malcriado. Shuei se libró de su pequeña mano pero la demonio, persistente, le agarró de los pies para hacerlo caer—. ¡Escucha! Las piernas de Akise sufrieron mucho daño. Casi fue succionado hacia otra dimensión, su cuerpo sufrió demasiada presión. Volverá a caminar pero tú no quieres ver cómo está.

—¡Sí que quiero! —replicó, obstinado, buscando levantarse. Pero era difícil con un sólo brazo y una sirviente tenaz agarrándole de los tobillos. Además, todavía estaba mareado por la caída—. ¡Muru Muru! —le gritó a la otra demonio—. ¡Muéstrame a Aru!

La demonio del Tercer Mundo se giró y bufó.

—Yo no tengo por qué hacerte caso —declaró y volvió a hacer lo que fuera que hiciera sobre la mitad inferior del detective.

—No te molestes, Akise ni siquiera puede oírte —le dijo Muru Muru 2, ya exasperada—. Ahora mismo ella lo está curando por órdenes de Deus y no hay nada que tú puedas hacer al respecto.

Shuei tenía una pelota en el medio de la garganta.

—¿Estará bien? —preguntó, mirando atrás.

—¿Qué es lo que acabo de decir? Sí, sí, Akise estará bien, listo y capaz de hacerte de uke en cualquier momento, pero tú debes tener paciencia.

—Gracias al cielo —suspiró Shuei, finalmente dejándose caer.

Recordó que Muru Muru 1 había logrado curar a sus padres y el padre de Yuno en el Tercer Mundo, a pesar de que estaban casi al borde de la muerte. Ella podía dejarlo como nuevo, estaba seguro.

Porque si no, la mataría con sus propias manos.

—¿Qué es un uke? —preguntó la demonio.

Shuei volvió a erguir la cabeza.

—Ah, bueno, si quieres te explico. Uke, en las historias entre chicos, es aquel que…

—¡No le digas esas cosas a la gente!

Muru Muru 3 hizo un puchero.

—¿Por qué? De todos modos tú eres el seme, así que si se lo dijera te estaría dejando en una buena posición, ¿no?

Shuei apoyó el rostro contra el suelo. El fresco y helado suelo contra su rostro hirviente.

—Eso no es asunto de nadie, Muru Muru —le soltó con cansancio.

—Bah, ya lo averiguaré —desestimó la demonio del Tercer Mundo.

Shuei sintió a su sirviente soltarle y ponerse a caminar sobre su espalda hasta llegar a su cabeza. Su peso no era del todo molesto, pero sí lo era creer que lo estaban usando de alfombra. Ella se agachó y le extendió un pedazo de papel. Creyó reconocer en el acto el tipo de hoja.

Era del mismo que llenaban la libreta gris de Aru. Lo tomó inmediatamente de sus manos, irguiéndose tan rápido que envió a su asistente a caerse de espaldas. Abrió la pequeña carta y leyó. Fue así, en realidad, que supo de las sospechas de Aru respecto a Sirf y cómo le pedía que lo averiguara por él, en caso de que no lograra salir vivo de esa. Todo con tal profesionalidad que casi le hicieron desear que despertara sólo para poder darle un puñetazo.

Para cuando fue tras el Mecánico, el detective seguía inconsciente. La segunda vez que entró fue el primero en recibirlo, volteando hacia él al sonido de sus pasos. Tenía los ojos rojos abiertos y una sonrisa que le hizo sentir más ligero de golpe. Había tenido razón, como siempre.

—No tardaste casi nada —hizo notar Muru Muru, echada cerca del detective. Parpadeó un par de veces, incrédula. Shuei lo comprendió pasados unos segundos: no se había acordado de bajar la manga de nuevo—. ¿Ese es un brazo nuevo? ¿El Mecánico acaba de hacértelo?

—Sí —dijo Shuei pasándole al lado y yendo a sentarse al lado del muchacho, cogiéndole una mano con la suya artificial—. Lo hizo muy bien. Excepto porque no siento nada con él, es como si fuera de verdad.

El detective cerró los dedos alrededor de los suyos. Shuei percibió la presión por la forma en que obligaron a mover sus músculos pero no su calor. Le acarició el rostro con la otra mano para volver a recordar el tacto de su piel cálida.

—Es fantástico —comentó Aru, recorriendo con el dedo unos cables perfectamente trenzados y que parecían músculos sin piel—. De haberme quedado sin piernas sin duda habría podido hacerme unas nuevas sin inconvenientes.

—Ni siquiera lo digas —le reprochó Shuei, besándole la frente—. Me diste un susto de muerte.

—Tú también con tu actuación de kamikaze —El joven elevó la vista, el semblante serio—. No vuelvas a hacer algo así. Nunca. Fue demasiado imprudente.

—No puedo garantizar eso, Aru —El dios sonrió. No podía dejar de tocarlo, acariciarlo, comprobar lo vivo que se hallaba y todavía a su alcance—. No si creo que es la única manera en que podré salvarte.

—Creo que ahora estoy entendiendo por qué eres el seme, Yukiteru. Un buen seme siempre se sacrificará por su uke.

Shuei la fulminó con la mirada, en tanto el detective se echaba a reír.

Muru Muru 3 vio la curiosa escena y suspiró. No había mejor momento que el presente.

—Bueno, bueno —llamó la atención—. Por si no lo recuerdan todavía tenemos un dios que seleccionar para este mundo antes de que se destruya.

—¿Necesariamente tiene que destruirse? —preguntó Aru.

—Aru, está bien —dijo Shuei, revolviéndole el pelo—. Tú te vendrás conmigo y Muru Muru al Segundo Mundo.

—Eso no será posible —replicó la Muru Muru del Tercer Mundo—. Él pertenece a este mundo, y además Deus ya ha decidido que Akise Aru será su heredero.

Por un momento nadie habló.

—Es verdad —dijo el núcleo de Deus, de vuelta fundido en uno, desde el interior del artificial creado por Sirf. La máquina, enorme, emitía sonidos de pesas y movimiento de pequeñas piezas al verse movida la boca—. Akise Aru es mi creación, aunque sea libre en su voluntad, por lo que es sólo lógico que él me suceda como dios del espacio y el tiempo. Esa era la oferta a la que Muru Muru se refería antes de que ustedes dos llegaran, aunque más que oferta deberíamos decirle “llamamiento.”

—Lo que estás diciendo es que no tengo opción —dedujo Aru desde el suelo, tranquilamente.

—En efecto —La maquinaria tembló brevemente y se recompuso. Cada vez que el dios hablaba parecía que lo hacía desde el fondo de una botella—. Lo he pensado cuidadosamente, he contemplado todas las alternativas, y no existe candidato mejor que uno dueño de su propio futuro. Una vez mi núcleo desaparezca del todo, la destrucción del mundo y tu alzamiento serán automáticamente un hecho.

—¡Pero eso no es justo! —protestó Shuei—. ¡Nunca le preguntaron si él quería hacerlo!

—Deberías alegrarte —dijo Muru Muru 3, cruzada de brazos—. Convirtiéndose en dios será la única manera en que Akise Aru seguirá con vida mientras el resto del mundo perece.

—Eso no suena del todo justo —señaló Aru, levantando la cabeza y apoyándose en ambos codos para ver más allá de la cápsula que encerraba sus piernas—. Se me ocurre otra alternativa, si a Deus no le molesta.

—¿Mmm? —pronunció la enorme máquina—. ¿Qué alternativa sería esa?

—Este proceso de selección ha estado mal desde el inicio. Elegir al último superviviente de un juego de todos contra todos no logro entender cómo cualificará a alguien para obtener el control del universo. ¿Matar a todos te da el derecho de dominar al resto? Un mundo creado a partir de la sangre y la muerte no es uno que yo escogería. Shuei me mostró sus resultados y esto sólo es la inútil destrucción del universo, un vacío del que nada sale porque todo fue destruido. El dios del nuevo Mundo debería ser alguien preparado para recibir esa responsabilidad, consciente de sus actos y el impacto que tendrá sobre los demás. Debería ser un dios listo a vivir por su mundo, no a matar por tenerlo a su capricho.

—¿Y dices que ese no puedes ser tú? —replicó el Deus falso.

—Digo que yo no estoy listo para algo así —contestó el joven—. He visto a Shuei usar sus poderes y no he podido sino sentir desconcierto porque los utiliza sin abusar, sin dejarse consumir por ellos. ¿Cómo puedo aspirar a tener los mismos si no comprendo lo simple que es para él? Con eso en mente, debo considerar el que todo se salga de mis manos y, siendo así, no puedo permitirme ir más lejos en esto. No estaría bien asumir semejante poder sin estar completamente seguro de que sabré manejarlo.

—¿Qué sugieres entonces? —preguntó el Deus, curioso.

—Propongo que Shuei y yo entrenemos al próximo dios. Shuei asumirá como dios principal y mantendrá a este mundo con vida, de modo que todavía habrá millones de candidatos dignos alrededor de todo el globo. Yo me encargaré de elegirlos personalmente. Al final, terminada su formación, uno de ellos se convertirá en dios del Tercer Mundo. Así sabré que lo dejo en las manos correctas.

Por un largo segundo pareció que el dios más viejo se había quedado sin palabras. Luego, la boca de metal se abrió a su máxima capacidad y dejó ir un sonido extraño, desconcertante: el de Deus emitiendo una carcajada.

—¿Cuál es la gracia? —preguntó Aru, frunciendo el ceño—. No estoy bromeando.

—Estoy seguro que no —replicó el dios viejo, todavía riéndose—. He tenido tiempo para leer acerca de los otros Mundos y he visto cómo te has desenvuelto en cada uno de ellos. Desde el Primer Mundo hasta hoy te has vuelto más y más impertinente, al punto que me obligaste a reconocer tu independencia en el Segundo Mundo, razón por la cual la tienes en este. Eso es lo que te hacía el candidato ideal. E incluso cuando te doy la oportunidad de hacer lo que gustes con el universo, libremente, ¡continúas asombrándome con tus negativas! En parte debe ser mi culpa por esperar que, por esta vez, hicieras exactamente lo que esperaba de ti. Pero debí imaginar que a mi Observador le encanta ser innovador.

—No es por eso —dijo Aru, sonriendo de lado—. De no haber conocido a Shuei habría aceptado en el acto. No habría dudado ni un instante. Afortunadamente no es el caso.

—Ah, ya veo —La cabeza de Deus se movió e inclinó un poco. Las figuras metálicas que le servían por ojos se dirigieron al dios más joven—. Sí, puedo entender por qué escogería a este chico para participar en el juego. Es capaz de reescribir el futuro como ningún otro.

Shuei, sin saber por qué, se sintió enrojecer por ese extraño cumplido. No sabía cómo explicar que el no tuvo nada que ver, no de forma consciente al menos, y él se contentaba sólo con tener al detective consigo. Que él en realidad no tenía nada extraordinario y todo inició porque le dio curiosidad una libreta gris vista de casualidad.

—Entonces… —dijo, inexplicablemente cohibido—, ¿eso significa que podemos hacerlo? ¿La idea de Aru?

La cabeza de Deus se agitó sobre sus hombros mecánicos. Ninguno de ellos entendió el significado de ese gesto indeterminado, por lo que la boca volvió a bajar para aclarárselos.

—Sí, pueden hacerlo.

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